Tres días de Kvothe
Últimos temas
» Hola a todos
por Thétalo Hoy a las 1:46 am

» Duelo de portadas
por Gwynbelidd Hoy a las 12:52 am

» Elige la mejor canción
por Netalia Ayer a las 9:28 pm

» Clue (versión Temerant).
por Edeus Ayer a las 10:06 am

» ¿Qué estás escuchando?
por Rhasent Ayer a las 12:32 am

» II Concursos de minirelatos 2017
por szao Sáb Nov 18, 2017 1:48 pm

» Volar. Me gusta volar.
por AtitRuh Sáb Nov 18, 2017 9:35 am

» Serie sobre El Señor de los Anillos
por szao Vie Nov 17, 2017 11:02 pm

» Ya tenemos fecha de lanzamiento para la edición décimo aniversario de El nombre del viento
por Bluecat Vie Nov 17, 2017 12:24 pm

» Titula la novela a partir de la imagen
por Krismaril Jue Nov 16, 2017 11:22 pm

Conectarse

Recuperar mi contraseña

Sondeo

¿Qué personaje de la saga se ganó tu odio?

 
 
 
 
 
 
 

Ver los resultados

Twitter
Twitter

Una historia que nunca pensé subir...

Publicar nuevo tema   Responder al tema

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

Una historia que nunca pensé subir...

Mensaje por Jacktash el Dom Ago 23, 2015 8:59 pm

PRÓLOGO:
PRÓLOGO

Se encontraba frente a un ejército entero. Le doblaban en número. Le triplicaban en experiencia. Pero no luchaban por una causa común, al menos no de la misma manera. Los Pueblos Vivos se habían unido contra aquellos que defendían el rey, contra aquellos que negaban el progreso. La gente empezaba a pensar que tener un rey no servía de nada, salvo para vaciar las arcas que tanto les costaba llenar o emborracharse hasta firmar algún tratado de guerra que les llevaría a la hambruna y la pobreza durante años. No. No se podían permitir contar con semejante persona en un cargo tan alto. Baco, el actual rey llevaba gobernando desde que tenía quince años, y habían pasado de una época próspera que ya quedaba olvidada a una época de hambruna, producida por las Cuatro Batallas.
Pero nadie se atrevía a alzarse contra él. Podría ser un inepto, pero todo el mundo sabe que las personas con poder son peligrosas. Y más si son irreflexivas esas personas. Un hombre poderoso e irreflexivo es de lo peor que hay. ¿Y un hombre inteligente que le maneja? Aún más. Y eso es lo que estaba ocurriendo. Tanátos, el hombre de confianza de Baco, manejaba al rey como quien maneja una marioneta. A su antojo. A ojos del pueblo, quien gobernaba era él, el rey legítimo, Baco, pero realmente detrás había una serie de lazos que llegaban a Tanátos, que planeaba usurpar el trono. Pero claro, esto no lo sabía nadie. Ni siquiera el propio Baco. Y mucho menos su propio ejército, que lo defendía.
El campo de batalla era un escenario desolador. A primera vista ya era algo que encogía el corazón. La sangre bañaba lo que antes había sido un verde prado, los cuerpos, la mayoría mutilados, ocupaban el lugar en el que antes habían brillado flores. Pero si pasabas más tiempo podías llegar a sentir otras cosas. El olor de la sangre, el frío de los cuerpos tendidos en el suelo, los llantos de los compañeros de los fallecidos. Pero sobre todo el murmullo que recorría las bocas del ejército. Se decía que no iban a conseguir nada. Se decía que esa guerra estaba perdida.
Pero Damond no pensaba así. Erguido ante sus oponentes, en su mente se trazaban más de diez planes de ataque al enemigo. No dejaba que lo interrumpieran. No hablaba con nadie. Simplemente medía minuciosamente cada error en la formación enemiga y pensaba cómo atacar en esa zona. Y casi lo tenía. El golpe perfecto. Había una brecha en el lado oeste, entre la infantería, un sitio perfecto por donde entrar.
- General, ven.
Las palabras de Damond hicieron que el General Fáberen respondiera a una velocidad alarmante. Podía ser joven, pero tenía un tono de voz impasible.
- Dime.
- Esta guerra ya es nuestra.
- Creo que no sabes lo que dices, Damond. ¿Acaso no has visto cómo ha quedado nuestro ejército? ¿Acaso no cuentas las bajas que hemos sufrido? Esto está perdido. Estaba perdido antes de la Primera de las Cuatro.
- Si crees eso en verdad no mereces llamar a esto tu ejército.
Apenas había terminado de decir la frase y el General ya yacía en el suelo con una raja le cruzaba el cuello, desangrándose. Damond se dio media vuelta y alzó la mano en la que tenía el cuchillo manchado de sangre.
- Compañeros. Amigos. Esta guerra es nuestra. Esta guerra la ganaremos. Después de esta guerra iremos cada uno a nuestras casas, besaremos a nuestras mujeres y nos olvidaremos de esta guerra. ¿O acaso no es lo que queréis? Ninguno quiere estar aquí. Viendo los cuerpos inertes de sus amigos. Pisando la sangre de sus compañeros. Temiendo por su vida a cada instante. ¿Me equivoco?
Desde el ejército surgió un murmullo. Algunos aceptaban que querían irse. Otros fingían disfrutar en ese momento. Pero todos miraron a Damond. Y entonces se dieron cuenta de quién acababa de hablar.
Era un joven de no más de diecisiete años. El pelo le cubría media cara, y dejaba ver sólo uno de sus ojos, negros como la noche. No era más que un chaval. Y tenía más arrojo que todos los que estaban allí.
- ¡Lucharemos! ¡Habrá guerra! - gritaron los soldados. Al principio solo siguieron el grito unos pocos, pero pasado un rato, todos gritaban lo mismo. Al unísono. Todos unidos. Como si fueran uno. Y eso es lo que quería Damond. Unificar a todos los soldados. Juntarlos contra el enemigo común. De esta forma nada ni nadie podría con ellos.
Se le acercó un hombre. Era ya mayor, esta podía ser su última batalla. Y por eso contaba con más experiencia que Damond, y era algo que en ese momento necesitaba más que nada, una mente ya experimentada en las artes de la guerra con la que hablar de su plan.
- Hola. No sé tu nombre, y quizá tú sepas el mío.
Todo era muy ceremonioso, era así como las cosas le gustaban al joven. Todo lo tenía calculado, cada palabra que salía de su boca, cada gesto que hacía. Nunca había vivido en la corte y eran pocas las veces en las que había estado allí pero sabía más sobre el protocolo que cualquier noble de alta cuna.
- Soy el Capitán Ánzien, y llevo más tiempo luchando de lo que tú respirando, jovencito - le dijo el hombre. Intentaba demostrar a Damond que era más que él, pero no lo consiguió, el joven era más inteligente.
- Y por lo que veo no has llegado muy lejos… Ánzien… Yo soy Damond, y he matado a más enemigos en lo que llevamos de día de los que hayas podido matar tú en toda tu vida como soldado.
Ánzien palideció. Esperaba hablar con un joven alocado con las ideas poco formadas y sediento de lucha, pero delante tenía a un joven mucho más maduro que la mayoría, con las ideas claras y una lengua quizá tan afilada como su espada.
- Pero eso ahora no importa. ¿Tienes algún ataque pensado para romper sus filas? - sin dejar tiempo al soldado para que respondiera, Damond siguió hablando - ¿No? Bien. Yo sí. Mira hacia el oeste. Donde tienen toda la infantería. Hay una brecha. Coge a cien soldados y acércate lo que más puedas sin que te vean. Con los que queden aquí arremeteré a la par que tú, así les pillaremos desprevenidos, y, de alguna manera, tendremos más posibilidades.
- Mi experiencia como capitán me dice…
- No importa lo que te diga tu experiencia. No ha habido otra guerra como esta. Y tampoco la habrá. Todo es nuevo, la experiencia no sirve de nada.
Ánzien empezaba a hartarse de Damond. La verdad es que eran pocas las personas que le soportaban. Era sincero, y eso no hacía más que granjearle enemigos. Gente que, sin llegar al extremo de odiarle, tenía hacia el algo de aversión. Y eso lo sabía. Y jugaba con ello.
- Haz lo que te he dicho y tendremos posibilidades de conseguir algo. Y si perdemos, que al menos resonemos en los grandes salones de los castillos como el ejército que luchó por sus ideas, como el ejército que no se rindió.
El viejo soldado asintió y volvió con el resto del ejército. Eligió sus propios cien hombres y camino para el oeste, dispuesto a arremeter, como le había dicho el joven al que tanta aversión tenía. Había cogido a los cien mejores. Aquellos con los que llevaba años luchando hombro con hombro y aquellos que destacaban por su manejo con la espada.
Así, Damond se quedó al mando de casi cinco mil hombres. Cinco mil contra diez mil. El joven sonrió y se apartó la capa del hombro, dejándola colgar de la espalda, evitando que fuera un impedimento. Desenvainó la espada que tenía colgada al cinto en la cintura. El acero de la espada era negro como los ojos de su portador y en la empuñadura estaba tallado el rostro de un Wyvern, una criatura que había vivido en el mundo hacía ya milenios.
Damond se giró y evaluó con la mirada a cada uno de los allí presentes. Todos temblaban, la fría mirada del joven les atemorizaba, pero lo hacía aún más cómo se comportaba. La indiferencia que había presentado al matar a su general y la seguridad que tenía en sí mismo. Por eso nadie decía nada, ese lado del campo de batalla parecía desierto. Los hombres permanecían quietos, respirando lentamente, mientras el viento buscaba un lugar por donde pasar. Solo se oían los redobles de tambores y el clamor de las trompetas que provenía del otro lado del campo. Los estandartes enemigos se alzaban contra el viento. Las cinco espadas cruzadas que simbolizaban los Pueblos Vivos ondeaban en lo alto.
- ¿Veis las banderas? ¿Oís la música? ¿Sentís su tranquilidad? - preguntó el joven a su ejército.
Nadie respondió.
- Hoy puede ser la última guerra de muchos, incluso la mía. Pero también puede ser el día que hagamos historia. Y eso dependerá del arrojo que mostréis. Eso dependerá de cómo ataquéis. Rasgad las banderas, parad la música y arremeted contra ellos. No se esperan que ataquemos. Esperan que nos rindamos. Y no lo haremos. No hemos llegado hasta aquí para rendirnos, ¿o sí? Por eso os pregunto, ¿queréis vivir?
El silencio fue lo único que respondió a Damond, otra vez.
- ¿Queréis vivir? - esta vez el joven lo gritó con todas sus fuerzas, levantando el brazo en el que tenía la negra espada y mirando a todos los allí presentes - ¡¿Queréis vivir?!
Un rugido salió de las tropas. Los hombres desenvainaban las espadas, sacaban las dagas y los puñales de sus fundas y alzaban los escudos. Al unísono, sonó un solo grito.
- ¡Muerte!
Damond sonrió. Se dio media vuelta y, dando la espalda a sus hombres, salió corriendo para arremeter contra el ejército enemigo. En cuanto le vieron, sus soldados le siguieron, y desde entonces no han dejado de hacerlo. Al menos los que vivieron.
Ánzien vio cómo el joven iba espada en mano contra su objetivo, y, mirando al cielo en busca de una ayuda, gritó y empezó su ataque, al mando de los cien mejores hombres. Cuando se encontró con el ejército enemigo y vio la brecha de la que le había hablado Damond, supo que la batalla estaba ganada. “Condenado jovenzuelo… Y yo dudando de él…” se dijo el viejo soldado mientras arremetía contra la primera línea de infantería de los Pueblos Vivos.
Éstos, sorprendidos por el ataque, no hicieron mucho, y apenas se había alzado la luna en lo alto del firmamento cuando terminó la batalla. Damond hizo prisionero al capitán enemigo, un hombre que rozaba los cuarenta años, de pelo canoso y rostro sin arrugas. En el escudo tenía grabado el emblema de Libértae, uno de los Pueblos Vivos, el que se halla más al norte, cerca de la Cordillera Negra.
- ¿Hay algún ejército más esperando? - preguntó Damond.
El capitán, de nombre Prator, estaba arrodillado frente al joven, con las manos en la nuca. Del cuello le colgaba una T.
- Preguntas por la existencia de un ejército joven soldado. Y te respondo, ¡oh sí! No solo hay un ejército esperándoos, hay más de uno. Uno por Pueblo y diez que vagan por cada desierto del norte. Los sureños no tenéis nada que hacer en esta guerra… Y yo, Prator, capitán del ejército de Libértae, hijo de soldados y padre de soldados, juro, por los cuatro Pueblos Vivos que no verás otro amanecer, Damond el Joven.
- Te equivocas, Prator. Veré más amaneceres de los que puedes llegar a imaginar. Y acabaré con vuestros ejércitos. Uno a uno. Como he acabado con este.
Con un certero tajo, el brazo derecho del capitán cayó, y de su hombro empezó a salir sangre. Primero poco a poco y al poco tiempo a borbotones. Sin mediar palabra, el joven volvió a atestar un golpe al hombre arrodillado, pero esta vez al cuello.
Cuando el cuerpo inerte del capitán cayó, Damond se dio media vuelta, y con un gesto le dijo a Ánzien que le siguiera. Estuvo andando un buen rato, hasta llegar a una roca solitaria, rodeada de cadáveres de ambos bandos. Ahí paró y esperó a que el soldado llegara a su lado.
- Ánzien, hemos ganado esta batalla. Pero aún quedan muchas más por librar. Dirígete al norte, cerca de Rassae monta un campamento. Invade la ciudad cuando veas hueco. No arriesgues la vida de nuestros hombres. Ya le has oído.
- Entendido. ¿Y tú qué harás?
- Yo he de volver a Wyvae a hablar con Baco y decirle lo que ha ocurrido hoy. Si no soy yo quién se lo dice no estaré seguro de que le haya llegado el mensaje, al menos de manera correcta. También me aseguraré de que llame a filas a todos los soldados posibles, habremos de librar más batallas, algunas más difíciles que otras, y hemos de estar preparados.
Ánzien asintió y volvió a donde estaba el ejército. Damond, de un silbido, llamó a su caballo. Éste llegó en seguida, el joven se montó y comenzó su viaje a la capital del reino. A Wyvernae.

CAPÍTULO 1:
I
Desde ahí se podía ver el pueblo entero. Aunque también era verdad que Kudae no era muy grande, pero sí lo suficiente como para que el día de mercado se llenara de gente y se hiciera muy difícil el pasear por sus calles. Y eso le molestaba a él. Adoraba caminar sobre la piedra de su pueblo natal, disfrutando de la compañía de sus amigos. Por eso odiaba el día de mercado. Por la gente. La gente que le impedía disfrutar de su pueblo. La gente que venía de los alrededores y, que sin conocerlo, invadían el pueblo, ensuciándolo y estropeándolo. Y claro, luego les tocaba limpiar a ellos.
Fáeren era un joven especial. Era bastante maduro para su edad y disfrutaba hablando sobre temas actuales con los ancianos de Kudae, mientras que sus amigos preferían beber e ir de fiesta en fiesta por los pueblos colindantes. Todo el mundo decía que el joven era raro, pero se equivocaban. Era distinto, y no solo por su mentalidad, sino también por su físico. Era bajo para su edad, no tan bajo como puede llegar a ser un pequeño yunque, pero si lo suficiente para que te tuvieras que agachar para verle. Tenía el pelo negro en su totalidad salvo por una mecha rubia que tenía cerca de la oreja derecha. Eso era en lo primero que se fijaban los que no le conocían. Tenía los ojos marrones, como todo el mundo, pero en el ojo derecho tenía una pequeña marca de nacimiento, de color verde. No era fuerte, sino más bien delgaducho. No estaba en los huesos pero casi. Pero lo que le hacía especial no estaba en su físico. Estaba en su mente. Su cerebro trabajaba el doble que los de sus vecinos, siempre tenía afán por descubrir y cuando descubría rápidamente cambiaba de objetivo. Tenía su habitación llena de libros. Todo sobre la historia de Wyvernae y los Pueblos Vivos, todo sobre los antiguos pobladores de la tierra, todo sobre la Orden de Wyvern y sus adversarios, los mejores libros de historia estaban en una estantería al lado de su cama. Luego tenía libros menores, como la dinastía de los reyes de Wyvae, un pequeño tomo en el que se hablaba de cómo había sido la evolución de Kudae y algunos pequeños libros de herbología, herrería y otros oficios que poco le interesaban a Fáeren. Todo por simple curiosidad. A veces no salía de su casa en días porque un libro le había enganchado.
- Fáeren, ¿qué haces aquí? - preguntó una joven de pelo rubio.
El joven se sobresaltó. Creía que estaba solo allí, no esperaba encontrar la compañía de nadie más.
- No sé, Dáina… No me gusta el día de mercado… toda esa gente…
- Hablas como si fuera la primera vez que me lo dices. Sé que no te gusta que los vecinos vengan a Kudae, pero algún día tendrás que acostumbrarte, míralo por el lado bueno, si hay fiesta, nos lo pasaremos mejor. Es lo que necesitamos los pueblos pequeños mientras se libran batallas en el norte…
Así era Dáina. Siempre veía el lado bueno de las cosas. Daba igual lo que fuera. Y eso había veces que Fáeren lo agradecía, nunca venía mal un poco de optimismo. Y más en estos tiempos… Con las guerras, mucha gente moría y las familias empezaban a menguar. Los pueblos que antes habían estado repletos de risas y gente ahora estaban inundados por una tristeza que embriagaba el ambiente, haciendo difícil ver la fugaz sonrisa de alguna joven o el sonido de una risa. Por eso Dáina era tan importante para Fáeren, porque veía lo bueno en todo y hacía sus días más amenos.
- Tienes razón… Tal vez el mercado no sea tan malo… - dijo el joven, agachando la cabeza, ocultando una media sonrisa.
- Sabes que siempre la tengo… - Dáina le guiñó un ojo, lo que le hizo sonrojarse.
La chica cogió a Fáeren por el brazo y fueron ambos corriendo a la plaza de Kudae. Estaba llena de gente.
Había desde mercaderes de los pueblos más cercanos hasta grandes comerciantes del Norte y del Sur. Fáeren observaba todo con detenimiento. Muy pocas veces había estado en Kudae un día de mercado. Desde que su madre murió.
La gente corría de un lado para otro, de puesto en puesto, gastando todo su dinero en trastos inútiles o potingues para la edad. El joven no lo soportaba. Con la guerra, Wyvernae no estaba lo suficientemente bien como para gastarse el dinero en cosas que se iban a romper al poco tiempo o que nunca se les iba a dar una utilidad.
- ¿Qué te parece, Fáeren? No es tan malo, ¿verdad? - le preguntó su amiga.
- No… es incluso peor… La gente… Dáina, no me entiendes, no puedo con esto.
No había terminado de hablar cuando salió corriendo, apartando gente a empujones. En un principio tenía pensado ir a su casa, pero su amiga sabía dónde estaba y probablemente fuera allí, así que pensó otras opciones, en la torre abandonada tampoco, había descubierto que su amiga también sabía cómo llegar a su escondite, por lo que solo le quedaba un sitio. La casa abandonada del viejo loco. El viejo loco era un anciano que llevaba viviendo en Kudae desde que nació, antes de Las Cuatro Batallas. El viejo ermitaño decía tener poderes y una sabiduría inconmensurable sobre los seres de antes de todo y la magia que estos seres manejaban. Todo el mundo le tomaba como un loco y no se acercaba a él, pero Fáeren había crecido escuchando las viejas historias sobre los Wyvern y sus jinetes, los Wyv, grandes guerreros que combatían a las fuerzas oscuras, que pretendían usar la magia para restablecer a su señor, Teánato.
Llamó a la puerta tres veces, como lo hacía de pequeño. La puerta se abrió un poco y por el hueco que dejaba asomó el ermitaño.
- ¿Sí? - preguntó.
- Ehm… Hola, soy Fáeren, ¿se acuerda de mí?
- Fáeren… ¿no serás el joven chiquillo que me visitaba hace unos años? No, no, no creo, ese joven murió hace tiempo - dijo, negando con la cabeza.
- En efecto, señor, soy aquel niño de ideas alocadas.
- No puede ser, me dijeron que había muerto acompañando a su madre por las lindes de los bosques hasta Wyvae.
- Le mintieron.
- Lo hacen mucho. ¡Bueno! Qué descortés que soy… Pasa joven, y siéntate, ya hablaremos con una buena copa de vino en la mano.
- Muchas gracias señor, pero declino su oferta de beber… - dijo Fáeren con cuidado, poca gente había negado algo al ermitaño.
El joven pasó y se quedó en lo que había sido antaño el recibidor de la casa. Los tabiques y las paredes se habían derrumbado, llevándose consigo la mayor parte del techo. Pero a pesar de la cantidad de escombros que había, la casa estaba limpia. Impoluta. No había ni una mota de polvo, nada de barro y ni una miga de comida. “Debe tener mucho tiempo libre, aquí solo…”, pensó Fáeren y el anciano adivinó sus pensamientos.
- No es tiempo, amigo, es esfuerzo. Me sería imposible pensar en una casa sucia. Tosiendo por el polvo o resbalándome con el barro.
- Yo no… no quería decir eso… bueno… ehm… pensarlo.
- No te disculpes, muchos lo piensan, pocos lo dicen.
Fáeren no recordaba haber dicho nada en voz alta, pero no quería contrariar al viejo. A pesar de ser más alto y fuerte que él, había algo en el ermitaño que le frenaba. Algo que se escapaba del lento porvenir de las cosas sencillas. Algo que emanaba de lo más profundo de la tierra. Algo que hacía tiempo yacía olvidado en las amarillentas hojas de los libros. Algo que gobernó Wyvernae y todo a su alrededor cuando todavía no se llamaban así.
Magia.
- Fáeren. Ya no eres el joven chiquillo que venía a escuchar leyendas antiguas. Has crecido. Y has madurado. Creo que ha llegado la hora. He de mostrarte el mundo en el que vives. Más allá de las guerras y las hambrunas. Hemos de ir al corazón de la Cordillera Negra.
¿La Cordillera Negra? Miles de historias le vinieron a la cabeza al joven. Desde las grandes tormentas del norte hasta las temibles llamas de los Wyvern. Y todas esas historias nacían en el mismo lugar. En las montañas.
- ¿A la cordillera? Está loco… ¿Sabe acaso la de peligros que hay?
- Los sé, para bien o para mal. Por eso te llevaré, porque eres el único que puede ir.
- Si voy, cosa que dudo, permíteme al menos llevar conmigo a una persona. Alguien importante para mí.
- ¿Tu madre? No sé si será lo más…
- Mi madre no.
- Entonces… ¿quién?
- Ella. Dáina.
Sin decir una palabra más, el joven salió de la casa. Sin despedirse del viejo ermitaño. Pensando en su propuesta.
Magia… Algo que no podía explicar le llevaba a viajar al norte, pero rápidamente su parte más racional le frenaba. Una aventura como esa tenía más peligros de los que se podía contar, y la recompensa era mínima.
Con estos pensamientos se dirigió otra vez a la plaza del pueblo, pues no tenía otro lugar al que ir. Con suerte, la gente se iría yendo y podría pasear tranquilo, sopesando las posibilidades que le ofrece el destino.
* * *
Y, alejado de toda civilización, en la más profunda sombra de la más alta cumbre, un hombre cubierto por una capa negra, hablaba a los que esa noche se habían reunido con él.
- Tiempo ha que los oscuros conocimientos de nuestra orden se olvidaron. Los grandes libros escritos por nuestros predecesores se perdieron en las miles de guerras que se libraron. Nuestra magia fue olvidada poco a poco, y otro saber, menos arcaico y poderoso, afloró en los lugares más recónditos de nuestro mundo, extendiéndose rápidamente. Pero se olvidaron de una cosa. Con el tiempo, todo lo maligno vuelve. Así volvió, y así volverá. Por eso os he reunido aquí, hermanos de la orden, esta noche, después de tanto tiempo. Hagamos que esta orden resurja de las cenizas de la anterior, hagamos que vuelvan a resonar en las grandes salas las baladas que nos temen. ¡Resucitemos la Orden del Draco! ¡Resucitemos el fuego y el huracán!
Un silencio impenetrable embriagó la oscura cueva. Y, como un rayo en la tormenta, el silencio dejó paso a los gritos de los demás allí reunidos. Los gritos que apoyaban a la orden resonaron por toda la montaña. Por las Cordilleras… Y entonces, algo ocurrió. En la otra punta de la cordillera, en una tumba tan antigua como la humanidad, un huevo se rompió, dejando entrever unos pequeños ojos amarillos y unos pequeños dientes, afilados como cuchillos. Y un pequeño rugido acompañó al primer vuelo de esta criatura. Al primer vuelo del último de los dragones azules del norte. El último enemigo de los Wyvern.
avatar
Jacktash
Conocedor del mundo
Conocedor del mundo


Hoja de Personaje
Nombre:
Sexo:
Edad:

Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba


Publicar nuevo tema   Responder al tema
 
Permisos de este foro:
Puedes responder a temas en este foro.