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Tales of Temerant

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Re: Tales of Temerant

Mensaje por Aliethz el Jue Feb 25, 2016 10:57 pm

Aryanne ya estaba en su habitación del Poney Pisador. Había pedido a la muchacha llamada Nelly un balde con agua caliente para limpiar la sangre tanto de Areath como de la armadura. También aprovechó para desengrasar ambas cosas, cuando uno está en medio del bosque o de la montaña nunca puede saber si es buen momento o no de hacerlo, mejor dejarlo todo dispuesto y así evitar los futuros contratiempos.
Se vistió con la muda más cómoda que tenía y escondió los macutos junto a su espada en el lugar más remoto que encontró. No le gustaba separarse de nada, sobretodo de Areath pero lo último que quería hacer era llamar la atención, quién sabe si alguno de los hombres de la Espita estaba por allí. Más valía prevenir que curar.
Así pues, con un aspecto más decente se dirigió a la calle principal, la gente murmuraba todavía, pero los cotilleos nunca le habían interesado y no iba a ser la primera vez. Paró a comprar en varios puestos: en la frutería se hizo con una bolsa de manzanas deliciosas, nunca se pasaban y en el monte no sabía si habría posibilidad de cazar, suponía que sí, es por eso que también compró un buen pedazo de queso, varias hogazas de pan y un cuarto de cecina. Tuvo suerte y encontró al calderero, necesitaba ropa mullida y caliente pues hacía más de seis meses que no pasaba frío y sus anteriores prendas las había cambiado anteriormente. Regateó con el calderero y al final se quedó con dos camisetas negras afelpadas, un par de pantalones gruesos y cómodos y el pequeño capricho de un licor de frutos del bosque, el favorito de Earthen. A cambio, el calderero se ganó un talento con cinco y una daga que tenía guardada y olvidada en el bolsillo de aquel viejo pantalón.  Su bolsa se vió prácticamente reducida a la mitad entre el alojamiento y las compras pero aun así consideró que la inversión había valido la pena.
Con unas cuantas bolsas en la mano decidió que lo mejor sería dejarlo todo en su alojamiento provisional y así después ir a buscar a Edurne. Tenía dos opciones: o bien ir preguntando de casa en casa en la plaza o sino esperar hasta la tarde cuando la coronaran reina de las fiestas.
Ciertamente estaba cansada y el cuerpo todavía le dolía tras el altercado de la Espita, llevaba buscando pistas sobre Earthen más de medio año... ¿Qué eran entonces unas horas más de espera? Annie tenía razón en una cosa, si Earthen no quería ser encontrada no importa que medios o que cosas hiciera, no lo haría. Esconderse era una de las artes que mejor dominaba. No obstante tenía un as en la manga, un as inesperado pero bien recibido, su arete seguía ardiendo con intensidad. Se estaba acercando y no sabía porqué, pero sentía más inquietud que emoción.

Aryanne recorrió la calle principal sin prisas, terminando de empaparse de la infantil risa de los niños, de las melodiosas carcajadas de las muchachas jóvenes y lozanas, había pasado tanto tiempo fuera de la civilización que estar rodeada de edificios, comercios y personas le hacían sentirse pequeña e insegura. Además, nunca le había gustado demasiado el bullicio.
En la plaza ya estaban terminando de montar el escenario, unas enormes y llamativas flores lo decoraban. Todos parecían muy volcados, sin duda sería una espléndida tarde para más de uno.
Sonrió con cierta nostalgia y pasó de largo hasta llegar al hostal donde saludó a Nelly pidiéndole que le avisara poco después de la comida, cuando estuviera más vacío. También le pidió que le guardara una ración de lo que fuera que hicieran para comer. Subió a su alojamiento, dejó las bolsas en el suelo y fue directa a la cama, quería descansar aunque fuera un par de horas. Inesperadamente la cama era mucho más cómoda  de lo que recordaba, sonrió y cayó presa del sueño de la misma manera que un bebé lo hace tras beber la leche de su madre.
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Re: Tales of Temerant

Mensaje por Sin Sangre el Dom Feb 28, 2016 9:47 pm

Rydell sopesó entre sus manos el fino acero que lucía algo quebradizo y con la ausencia de la tenacidad presente en piezas recién forjadas. Acto seguido, el joven colocó la daga en la cintura y se dirigió de frente hacia el puesto.

Rydell decidió intentar parecer el tipo de chico imprudente que se gasta todo el dinero que lleva en la bolsa a la primera de cambio por un capricho. Para aparentar tener más dinero cambió el pesado talento por diez iotas, así su bolsa lucía a rebosar.

-¿Eso es verdadero acero de Ramston?- preguntó con exagerada curiosidad el chico mientras señalaba una daga del mostrador y dejaba ver la bolsa completamente llena en su cintura.
-El mejor que verás en tu vida, el más duro y afilado, sostenlo entre tus manos- el mercader cogió la daga y se la puso en las manos al chico.
El peso del puntiagudo puñal era relativamente liviano, demasiado quizás. Rydell examinó la hoja que tenía un aspecto muy bueno y empezó a agitarla.
-¿Qué te parece? Por ser tu te la puedo dejar a dos iotas, tienes que tener en cuenta el maravilloso acero del que está hecha... podrías comprársela a tu padre como regalo y seguro que quedaría muy satisfecho.- dijo mientras se frotaba las manos con ansiedad
-¿Me enseñas algunas más?- rogó el chico
-Claro, claro...- respondió Kevin frotándose las manos mientras una gota de sudor frío le recorría la sien.

Alrededor de nueve dagas lucían en el mostrador, y Rydell las sostuvo una a una. La calidad a simple vista era gratificante, lucían muy brillantes y los mangos eran también muy bonitos, la mayoría de madera tallada.

-Todas ellas valen una dos iotas y siete drabines, y son de excelente calidad como podrás observar- explicó Kevin

Pero Rydell sabía que aquellas piezas eran un cebo de tontos. La anciana se lo había advertido, aquel hombre intentaría venderle un trozo de hierro mal hecho y bien decorado a cambio de un precio inflado. Así permaneció cavilando el chico mirando una daga por al menos un minuto.
Kevin empezaba a impacientarse y los modales y la buena educación empezaron a brillar por su ausencia.
-Vamos chico, decídete ya que pierdo clientela mientras hablo contigo- dijo algo más serio que antes Kevin

Rydell cambió su gesto desenfadado por un semblante serio y miró con dureza directamente a los ojos del vendedor.

-¿De verdad estas dagas son de acero de Ramston?- puso en duda Rydell - porque yo creo que ni siquiera son una aleación de acero real.
-Pues claro que son de acero de Ramston, estúpido ¿acaso no ves el brillo que tienen?- farfulló el hombre ya malhumorado
-Déjame poner en duda la calidad de estas dagas. Estas herramientas son más útiles para la decoración de tu bonito culo que para su uso real, la primera vez que tus clientes usen las dagas en una situación real se darán cuenta de la porquería que les has vendido. Ahora que ya nos conocemos tu y yo, son de alguna aleación con aluminio ¿verdad?

El hombre, perplejo y más nervioso aún que antes, empezó a balbucear y comenzó a exclamar injurias y a acometer verbalmente contra Rydell.

-Estúpido crío, ¡qué sarta de mentiras y calumnias me cuentas! Fuera ahora mismo de aquí o llamo al alguacil, ¡Fuera!- dijo mientras señalaba con la mano derecha hacía otra dirección y golpeaba con el puño de la mano izquierda en el mostrador con fiereza. La cara del rechoncho hombre se empezó a poner roja, las venas del cuello y de las sienes palpitaban y lo que a Rydell le parecía un mar de sudor le bañaba la cara.

Entonces, en una veloz ráfaga de movimientos y antes de que la muchedumbre dirigiera su atención hacía ellos, Rydell sacó la daga del cinturón con la mano derecha y la clavó justo a dos pulgadas de la mano del hombre, penetrando profundamente en la madera. La cara del hombre pasó del rojo al blanco en apenas un instante y los gritos cesaron.

-Yo aquí veo dos opciones.- replicó Rydell con una cínica sonrisa de oreja a oreja- En la primera sigues comportándote como un loco y niegas que éstos estiletes sean de...¿aluminio?, mientras llamas al alguacil que se encuentra en aquella dirección- dijo Rydell señalando la taberna El Poney Pisador- y le cuentas...¿espera, qué le vas a contar?¿acaso le vas a explicar las falsificaciones de acero de Ramston que vendes? Quizás yo podría aclararle esas dudas una vez lo llames. Quizás lo llame yo mismo si sigues en tus trece.
Tu segunda opción es que nos calmemos y hablemos como personas civilizadas, que saques tu verdadera mercancía y me ofrezcas un precio justo por ella.- Terminó Rydell, y acto seguido, dejando clavado su puñal en el mostrador, tomó una de las dagas y empezó a aplicar toda la fuerza que puedo por ambos extremos. El metal blando cedió y se dobló ligeramente.

El rostro de Kevin Jod estaba carente de expresiones y miraba fijamente al suelo con los ojos vacíos. Entonces miró a Rydell directamente a los ojos.
-Buscas una daga, ¿verdad?
-Sí, y espero que me enseñes alguna decente a precio de mercado.
-Tengo lo que buscas.

Kevin Jod se dio la vuelta y empezó a trastear en un macuto que colgaba de un lado del puesto, y sacó algo envuelto en un paño de lino bordado a mano. Lo puso en el mostrador y desenvolvió el paño, dejando ver un exótico estilete.

-Acero torsionado. Cógelo.- dijo Kevin con un tono de voz apasionado

La daga tenía unos patrones extremadamente raros en la hoja, de alrededor de veinte centímetros de largura.

-¿Por qué tiene esos patrones en la hoja?- preguntó Rydell con curiosidad
-La forma en la que esta cuchilla está hecha requiere de una maestría de décadas de trabajo en el metal, chico. Podrías cambiar esta daga por un caballo si encuentras a alguien que conozca este tipo de metal. El trabajo que requiere fabricar esta hoja es diez veces superior a una daga normal, y muy pocos herreros son capaces de hacerlas con éxito. El acero es torsionado y reforjado tantas veces que destruye una y otra vez su composición interna, y finalmente crea ese patrón. Tiene el carbono preciso para llegar a una tenacidad extrema. Posee una enorme dureza y no es necesario afilarlo demasiado y su única pega es que tiene que ser limpiado cada poco tiempo para evitar su corrosión. Es tuyo ahora.- acabó mientras le cedía el arma a Rydell.

Rydell no sabía si confiar en aquel tipo que había intentado estafarle, pero le estaba regalando algo que podría valer fácilmente ocho talentos si de verdad podía cambiar un caballo por aquella daga. Pero el semblante de Kevin Jod era serio y le miraba fijamente. Además, los ojos le brillaban mientras le explicaba la naturaleza de aquel bello acero.

-Me sentiría mal si me regalaras eso tan valioso a mí. No lo veo justo ¿no tienes acero de Ramston o algo similar para venderme?
-¿Acero de Ramston dices? Paparruchas chico, ese acero está mitificado hasta niveles insospechados, es muy quebradizo y no vale ni una cuarta parte de lo que vale esta cuchilla. Te ofrezco esto porque me has hecho sentir mal y como pago por todas las falsificaciones que he vendido. Convertiré este negocio en algo honrado a partir de ahora.

Acto seguido, Kevin dejó la daga en manos de Rydell, se dió la vuelta hasta el fondo del tenderete y comenzó a afilar una daga a espaldas del chico.

-Dale un buen uso de mi parte.- sentenció dando por finalizada la conversación.

Rydell se sintió afortunado de haber recibido semejante cuchillo tras su arriesgado discurso. La realidad era que tras la máscara de autoconfianza, seguridad y bravura, aquel chico solo tenía dieciséis años y estaba cagado de miedo.

Tras irse del lugar, diez monedas residían en el mostrador del puesto. Diez iotas. Un talento completo. El mismo talento que Arianne le había dado la noche anterior. Cierto era que el cuchillo se lo había dado gratis, pero Rydell no se sentía bien llevándoselo así como así, supuso que los momentos de generosidad se pagan con momentos de generosidad.

El chico estuvo un rato caminando por la plaza, pasó por un callejón y entró en la taberna la Arisca Aulaga. Allí se comió un cuenco de guiso de cordero que le costó cuatro drabines, compró dos hogazas de pan por seis drabines y dos manzanas por cuatro drabines, que almacenó en el fondo del macuto.
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Re: Tales of Temerant

Mensaje por Feren el Jue Mar 03, 2016 9:17 pm

Cerberus acudió a ese apartado pueblo en busca de tranquilidad. Y lo encontró, aunque relatívamente. Otra persona cualquiera no llamaría tranqulidad a matar a un hombre, pelearse con otro y formar parte en planes deshonestos. Pero allí nadie o casi nadie le conocía, lo que le daba la libertad para moverse por las calles sin que nadie le asaltara: desde antiguos enemigos, hasta personas con las que había tenido contratos con algún problema final. Medio Temerant le odiaba.
Esa era una de las razoens de que acudiera al bosque. Las leyendas decían que como si de un ritual se tratara, cada luna llena iba al bosque a hacer todo tipo de rituales. Se trataba de una tontería, al fin y al cabo nadie sabía cuándo iba, o eso quería creer.
Se estaba instalando poco a poco en el pueblo, ya que sabía que iba a pasar un largo tiempo en esas tierras. Compró lo que necesitaba e hizo todos los tratos que pudo para asegurarse una cómoda estancia. En total, se gastó menos de tres talentos y pensó que era un chollo.


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Re: Tales of Temerant

Mensaje por Títere el Jue Jul 13, 2017 4:43 pm

He encontrado un cuaderno en el que tenía apuntado todo lo que iba a suceder en el rol. Seguramente ya nadie se acuerde, y más probablemente a nadie le interese, pero ya que estoy lo dejo por aquí antes de volverlo a perder.


La trama pública era la siguiente: Raptan a Edurne, se la llevan a las montañas y el Alcalde organiza una expedición para ir en su busca. En teoría el rol público iba a ser eso, buscar a la niña.

La trama privada era la siguiente: Para empezar había tres bandos:

Por un lado, la Junta de Mercaderes (creo que aún no habían entrado en escena). El actual Alcalde por alguna razón que no tengo apuntada les hizo perder mucho dinero, y estos como venganza deciden matar a la niña (Edurne) con una daga de Ridley Matalobos, para que la gente lo acusara a él y así eliminar a las dos personas mas influyentes del pueblo (el Alcalde y Ridley) y hacerse ellos con el control. (Sep, no se bromea con los Mercaderes.) 

Por otro, el Alcalde. Alguien le da el chivatazo y descubre que van a por su hijita, así que aprovechando la noche de la tormenta encarga a cuatro (eran cuatro?) de sus hombres que se la lleven lejos. Pero como había mucha nieve y eso, se desvían del camino y acaban en una cueva en las montañas del norte. (Los problemas típicos de viajar cuando hace un tiempo equiparable al de Groenlandia.)

Y por último, el gran Ridley Matalobos (apodado así porque mata lobos). Como odia al Alcalde, aprovecha que han raptado a su hija (Edurne) para idear un plan malvado: Hacer que Becc, la chica de profesión que el Alcalde visita en una cabaña aislada del bosque (un secreto compartido es un secreto a voces), se vaya del pueblo y sea sustituida por otra chica de profesión (igual de maja e igual de bonita) y entonces organizar una escena para que la esposa del alcalde pille a su marido in fraganti y que le monte la escena y hundir al mandatario (y hacerse él alcalde, ya que estamos). Ah, y además contrata a uno de los que van en la expedición en busca de Edurne para que les avise por paloma mensajera de nieve (la única raza de palomas que puede volar en Groenlandia) para que cuando sepan la ubicación llegue él con su troupe de caballeros andantes y salven a la niña. Y se lleve él el oro, la fama y las mujeres, claro está.

Eeeentonces, presentada ya la trama, cada bando contaba con ciertas personas que iban a ayudarles:

El Alcalde había contratado a un tipo para evitar que la expedición encontrara a su hija, pues eso supondría la muerte de la chiquilla.

Ridley había contratado a un tipo para que se llevara a Becc del pueblo y a otro para que fuera en la expedición y le avisara cuando la encontraran.

La Junta había contratado a un tipo para que robara la daga de Ridley, otro para que matara a la niña, y otro para que la encontrara.

Y los papeles que tenían nuestros protagonistas eran los siguientes:

Hombre del Alcalde y la única persona que trabajaba a favor de la vida de la infanta: Ferham (aka @Wardent)

Escolta de Becc que a lo mejor usaba sus servicios: Festus (aka @Sciacere)

Chivato de la paloma mensajera de nieve groenlandiesa: Rydell (aka @Sin Sangre)

Robadagas cuya muerte era segura una vez terminara su trabajo: Hjalmar (aka @Old Medie)

Asesino de niñas indefensas: Cerberus (aka @Feren)

Encontradora de niñas indefensas: Arya (aka @Aliethz)

Y luego estaba Becc (aka @Dinnaeh) que simplemente era Becc.


Bonus track: También he recuperado algunos Mps con las historias secretas de algunos.

Por quince marcos de oro, la historia de Cerberus:
El hombre se sentó en la mesa más apartada del antro al que había llevado a Cerberus.
-¡Leonard! -dijo.- Dos cervezas. Y que nadie nos moleste.
El tabernero obedeció, y con paso presto se dirigió a la barra.
-Cerberus, Cerberus, Cerberus…
-Ese es mi nombre.
-Tu reputación te precede. Sabía que no me fallarías. Pudiste haber cogido esos dos marcos de oro y haberte largado con ellos. Pero no lo has hecho. Ya solo por eso te mereces una poca de mi confianza. Ese hombre al que casi matas antes no merece mi confianza. Él habría corrido con los dos marcos. Pero tú no…
Leonard se acercó a la mesa con dos jarras de cerveza y un plato de aceitunas en aceite.
-Mmm, muchas gracias Leonard. Cerberus -le tendió su jarra.- esta es para ti. -lo miró, mientras él bebía un poco.- Lo primero, antes de hablar de negocios, dime, ¿qué te ha parecido Fwerral?




Hizo caso omiso a la pregunta y se dispuso a beber. Tras medio minuto de silencio entre ellos dos, el hombre intercedió.
-Veo que no te gusta hablar, no pasa nada. Yo quería...
-Hubieron otros hombres como tú- le interrumpió Cerberus- que querían ganarse mi favor. Me temo que está en contra de mis principios. Yo hago el trabajo, recibo el dinero y me marcho.
-Ah, entonces es el dinero lo que te motiva, joven amigo.
-No hay nada en esta vida que me motive. Pero el dinero es necesario para vivir, por eso hago esto.
-Lo haces porque te gusta matar.
-No hay ninguna razón. Yo mato porque se me da bien. Matando se consigue dinero. Con dinero vivo.
-Una retorcida lógica la tuya.
-La lógica de la vida.
-Entonces... ¿qué me puedes contar sobre tu vida?




-¿Podemos ir al grano, por favor? -le contestó Cerberus.- No me gusta la gente que da tantos rodeos. Me da la sensación de que me esta mintiendo.
-Bien, bien, bien... al grano entonces -le pegó otro sorbo a la cerveza.- Ya conoces Fwerral. Ya habrás oído hablar de su alcalde. Tiene una hija, hermosa. Quiero que la mates -el hombre se recostó en el asiento.- ¿Así está mejor o he sido demasiado directo?




-Me falta información- le respondió ignorando el anterior comentario.
-Claro, aunque debes saber que ya no puedes escapar. Debería matarte si no aceptaras el trabajo.
Casi se le escapa un "lo intentarías" a Cerberus, pero reprimió sus pensamientos una vez más y escuchó atentamente.
-Sólo quiero la información.
El otro hombre sacó una hoja pequeña de papel con unas notas y se la pasó con algo de discrección.
-¿Las comprendes?
Cerberus asintió y se dispuso a leerlo.




...y se dispuso a leerlo. La nota rezaba lo siguiente:
Esta noche, Edurne Hemingway desaparecerá de su casa. Mañana por la mañana, nadie logrará encontrarla. Su padre, Arnold Hemingway, alcalde de esta localidad, organizará una partida de búsqueda compuesta por voluntarios. Tú debes alistarte en esa partida, bajo una identidad falsa. Nadie debe reconocerte. Nadie debe saber porqué estás aquí.
Tu misión consistirá en viajar con esa partida de voluntarios, y convivir con ellos los días que sean necesarios hasta que deis con la niña. Una vez que deis con ella, te encargarás personalmente de acabar con su vida.
Pero debes hacerlo con un arma en concreto. Mañana al amanecer, montarás guardia en el callejón que está detrás de La Espita. Deberás permanecer oculto hasta que llegue un hombre, que dejará una daga escondida en un barril de agua. Será necesario que le veas la cara, pero que él en ningún momento te vea a ti. Una vez se haya marchado, cogerás la daga.
Esa daga debe quedar clavada en el cuerpo de Edurne. A la vista de todos. Da igual que no sea el arma ejecutora.
Además, deberás reconocer al hombre que dejará la daga en el barril de agua de entre todos los miembros de la expedición, pues viajará con vosotros. Después de acabar con la niña, liquídalo a el.
Una vez terminada esta tarea, reúnete de nuevo conmigo en una taberna llamada El Oso situada en Ralien. Allí recibirás tu recompensa.
El hombre lo miró.
-¿Entendido?




Incluso en momentos como ese, donde un hombre normal y corriente se asustaría, temblaría y se arrepentiría, Cerberus se mantenía impasivo.
-Sea- contestó finalmente- por quince marcos de oro.
-Ha sido un placer hacer negocios contigo, Cerberus.
Cuando el mismo infierno no parece lugar para un hombre como aquel, cuando el mismo Demonio ha decidido dejarle en el mundo de los vivos.
Cuando la humanidad se enfrenta a la oscuridad de sí misma, solo la oscuridad víctima de aquel cruel mundo podrá combatirlo. Ahí es donde entran los cerberos, guardianes de las puertas del infierno.
Los que dejaron de ser humanos.

Falsas apariencias, la historia de Fergus:
Areces miró a sus compañeros, y ellos lo miraron a él.
-¿Es esta entonces? -preguntó.
-Sí, es esta.
-¿Seguro?
-Que sí coño.
-Segura, joder, no me hables así. Eso mismo te he preguntado antes y nos hemos equivocado de habitación.
-Mierda Areces, el posadero ha dicho, “la tercera a la izquierda”, y yo he abierto la tercera a la izquierda.
-Has abierto la de la puta derecha. La tercera de la puta derecha.
-Que no joder, era la izquierda.
-A ver Segura, ¿cuál es tu izquierda?
-¿Mi izquierda o tu izquierda?
-La tuya coño.
-Esta.
-No joder, es la otra.
-Es depende de como lo mires.
-No, no es depende de cómo lo mires.
-Sí, si me pongo así la pared izquierda es esta, pero si me pongo así la izquierda es esta otra.
-¡Que no joder, mierda puta, deja en paz a las malditas paredes, fíjate en tus malditos brazos! Esta. Mano. Es. La. Izquierda. Y. Esta. La. Derecha.
-Chist, calla, lo vais a despertar
-Reyes tiene razón. A ver Segura, tu encárgate de que nadie suba por las escaleras, y tú Reyes de que no salga de la habitación, ni él ni la chica. Y si me ataca, entras y lo matas. ¿Está claro?
-Si.
-Como el agua.
-Pues vamos.
Sus dos compañeros se dirigieron a sus puestos, mientras él respiraba hondo. Cargó la ballesta y metió la llave en la cerradura. Se la había dado el posadero. Abrió. Los tres contuvieron la respiración.
Nada.
Solo ronquidos.
Abrió un poco más.
Allí estaban los dos. El cabrón había conseguido tirarse a Mary, una de las camareras, y ahora estaban los dos durmiendo como benditos.
Areces sonrió.
Soltó el aire y terminó de abrir la puerta de una patada.
-¡A ver, escúchame hijo de la gran puta! -dijo apuntándole con la ballesta. Parecía que gritaba, pero solo susurraba fuerte. Los de las habitaciones contiguas no lo escucharían. Areces era un experto en esto.- ¡Solo he venido a negociar, si no gritas ni haces ningún movimiento raro, no tendré porque clavarte un virote de un palmo en tu sucia cabeza! ¿Entendido? -el chico despertó sobresaltado, al igual que ella.- Y tú Mary: calladita.




Fergus se despertó con una mezcla de susto y mareo, las palabras de aquel intruso provocaron que la sensación de embriaguez latente se intensificara durante un instante y se vió incapaz de reaccionar con rapidez. "¿Qué significa ésto?" Pensó, al tiempo que trataba de recordar la posición exacta de su cuchillo entre la ropa desperdigada por el suelo al lado de la cama, a los pies del invasor. "Mierda, demasiado lejos, debo ganar tiempo."

- Creo que te has equivocado, amigo. - Empezó a farfullar despacio con la lengua embotada mientras se incorporaba lenta y pesadamente. - No te conozco de nada... -  Intentó continuar y se echó una mano a la boca como intentando contener el vómito. Se inclinó hacia el borde de la cama conteniendo las convulsiones y con una mano apartó la ropa que tenía justo enfrente al tiempo que con la otra tiraba de una palangana metálica que había debajo de la cama que habitualmente se usaba para mear. Notó como la punta del virote de la ballesta acompañaba el movimiento de su cabeza e incluso le rozaba la colgante mata de pelo al bajarla hacia la palangana que sujetaba con su mano derecha; la mano izquierda se encontraba medio tapada por la ropa y con sutileza sus dedos encontraron el broche de la funda del cuchillo. Lo soltó justo con el ruido de una arcada y pudo ver en el pulido borde de la palangana un pequeño giro de cabeza que denotaba el asco del agresor, pero insuficiente para servir de distracción. Con la mano izquierda consiguió asir la funda del cuchillo cuando otra arcada empezaba a sonar y tras ésta, con gesto tambaleante, dejó caer la palangana orientándola un poco hacia los pies de aquel extraño.

Continuando con naturalidad el movimiento errático de arrojarla acercó su mano derecha a la izquierda para, justo cuando la palangana vacía golpeó el suelo, observar como aquellos pies se movían para apartarse de la inminente supuesta salpicadura. Solo fue un instante, pero suficiente para sacar el cuchillo con sorprendente agilidad y colocar la afilada hoja entre el virote y la cuerda, cerca de la nuez de la ballesta, ante la ahora atónita mirada que de nuevo le enfocaba a los ojos y dirigía rápidos desvíos a la hoja del cuchillo.

- ...y veo que tú a mí tampoco, - continuó con una voz ya más serena - pues sino sabrías que amenazándome no conseguirás nada bueno. - La mano izquierda de Fergus ya había agarrado con firmeza la ballesta por abajo para que no la alejara, apretó un poco el filo contra la cuerda y un hilo de la misma se soltó produciendo un liviano "zing", Fergus poco a poco se fue sentando al borde de la cama, había neutralizado la ventaja del intruso.

- Este virote ya no va a matar a nadie, pero si lo único que querías era hablar conmigo no necesitarías irrumpir en mi habitación con un arma en la mano.
- Desde luego has hecho un buen teatro, pero a una orden mía serás abatido igualmente, en realidad no necesito la ballesta y si quisiera matarte no te habría despertado.
- Razón de más para que apartes tu arma y que nadie tenga nada que lamentar. No creo que haya nada de mí que te interese, pero si realmente es a mí a quien buscas para negociar lo que sea que quieres te sería mucho más provechoso traer una bolsa de dinero y, desde luego, no estropearme la noche.





-...y, desde luego, no estropearme la noche.
Areces miró al chaval. El muy cabrón le había quitado la ballesta.
-Jefe, ¿lo mato? -la voz de Reyes le llegó desde fuera de la habitación.
Él se giró para mirarle.
-¿Tu estás tonto?
-No, pero a ver -Reyes se acomodó contra el marco de la puerta.- te ha atacado. Me has dicho que lo matara si te atacaba.
-No, no te confundas. No me ha atacado. Estamos negociando.
-Yo no lo veo así, eh. Te ha quitado la ballesta y tiene un cuchillo en la mano. Yo lo mataría. Es peligroso.
-Joder Reyes, ya sé que es peligroso, si no fuera peligroso no habría venido acompañado por dos tipos armados con ballestas y espadas. Habría venido andando.
-Andando es como has venido.
-Bueno sí, pero llevo espada.
-Pues dí "habría venido sin espada". No digas "andando", porque yo también he venido andando y no por eso lo voy anunciando por ahí.
-Yo no lo voy anunciando por ahí.
-Si que lo haces. Lo acabas de hacer.
-Reyes no me toques las pelotas. Vuelve al pasillo.
-Vale, vale. Pero que conste que lo has dicho.
Areces suspiró, y volvió a mirar al chico.
Mierda.
El muy cabrón había sacado otro cuchillo, y se había puesto delante de la chica en actitud defensiva. Además se había puesto los calzones.
-Bien, bien, negociemos pues -dijo Areces. Sacó una bolsa de cuero de uno de los bolsillos de su pantalón y se la lanzó.- Ahí van seis talentos de plata. ¿Te parece que ahora nuestra conversación va a ser más provechosa?
-Me parece que tiene más posibilidades de serlo.
Areces sonrió.
-En ese caso, que Mary se vaya. Lo que voy a decir a continuación es solo para tus oídos.
El joven se apartó dejando que la chica recogiera sus prendas y se vistiera a toda prisa.
-Reyes -le dijo Areces mientras veía a la chica abrocharse el sostén.- Ahora cuando salga recuérdala que su madre está enferma. Y recuérdala que la única forma de conseguir el dinero para su medicina es trabajando aquí. Y también que yo soy muy amigo del dueño del local. Resumiendo, que no se vaya de la lengua.
-Sí jefe.
La chica acabó de salir finalmente de la estancia, y Areces quedó cara a cara con el chaval.
-El trato es el siguiente. Tú te quedas con esa bolsa. Mañana por la mañana una persona muy influyente de Fwerral descubrirá que su hija no está. Organizará una partida de voluntarios para ir a encontrarla. Tú te apuntarás. Y te encargarás de que no lo hagan. Que no la encuentren. Bajo ningún concepto. Si la expedición vuelve al pueblo sin la niña, tu recibirás otra bolsa como esa. ¿Trato?





- Mmmm... Si se trata de una persona "muy influyente" seguro que ofrecerá una buena recompensa. Tú me estás ofreciendo el trabajo por un total de 12 talentos, ¿seguro que la recompensa por encontrarla no va a ser mayor que éso?- Fergus lanzó una mirada pícara con un amago de sonrisa. - Si es su hija no creo que ofrezca menos de recompensa que lo que vale un caballo medianamente decente. - Quedó un momento pensativo. - Más bien creo que la recompensa no bajará de los 30 talentos, y aún así creo que me quedo corto. - Le volvió a tirar la bolsa a Areces, dejándose entender y empezó a vestirse.
- Ya supuse que no sería tan fácil convencerte, veo que te gusta tomar la iniciativa.
- Además, para aceptar la misión sería conveniente conocer algún dato más, como hacia dónde no deberíamos ir para no encontrarnos a la niña, en qué medio se desplazan los secuestradores y cuántos son, porque de eso depende cuánto tendría que ralentizar la expedición para no dar alcance a los secuestradores, en caso de que no pueda desviarla, solo nos llevarán medio día o un día de ventaja.
Fergus ya se había vestido y ataviado, con lo que se sentó en una silla que había a los pies de la cama junto a un macuto del que sacó una pequeña piedra de afilar y se puso a afilar una bonita navaja mediana con el mango de granadillo y un ancla de plata incrustada en la oscura madera. - No sé si estás en disposición de cumplir estas condiciones, o algunas de ellas, principalmente la del dinero.





-...principalmente la del dinero.
Areces le miró pensativo. El chaval pedía demasiado, no le habían dado tanto dinero, pero sí le habían dado la orden de reclutarlo costase lo que costase. Y al final le iba a costar de su propio bolsillo.
-¡Segura! ¿Cuanto dinero llevas encima?
-¿Que cuanto dinero llevo?
-Sí.
-Pues no sé, ¿por?
-Dámelo.
-Pero... Tengo que soltar la ballesta.
-Pues suéltala, el chaval no es peligroso, está dispuesto a negociar.
-Está afilando un cuchillo.
Areces lo miró. Es verdad, tenía una navaja en la mano.
-Vale, bien, pues no dejes de apuntarle. Ya la cojo yo.
-Señor pe... pero la llevo... debajo de...
-Silencio. Y que esto quede entre nosotros.
Después de haberle quitado la bolsa a Segura, y de haberle pedido también su dinero a Reyes, Areces volvió a la habitación, y juntó el dinero de los tres es un solo saquito de cuero.
-Aquí van treinta y cuatro talentos de plata -Areces levantó la bolsa, para enfatizar sus palabras.- Equivalen a tres marcos de oro y medio. Es mucho dinero -se la lanzó de nuevo.- La primera de las condiciones está cumplida. Segunda: Respecto hacia donde no deberíais ir -sacó un mapa de uno de sus bolsillos y lo extendió en el suelo para que el chico lo viera bien.- Esto es el collado norte. Es un pequeño monte que hay antes de las montañas. No debéis ir hacia allí. Llévalos hacia el sur.
Areces le señaló los puntos clave en el mapa. Una vez el chico lo hubo entendido, lo enrolló y se lo tendió.
-Y tercero: Los secuestradores se desplazan a caballo, son bestias fuertes, de patas anchas, no corren mucho pero tienen aguante y se saben mover por las montañas. Y son tres, mas otros tres que les esperan en el collado norte.
Areces se levantó, mirando al chico a los ojos.
-Todas tus condiciones están cumplidas. No puedes quejarte -lo miró serio.- Además, te he dado información que en principio alguien como tú no debería tener. Puede que ahora estés en una posición aventajada, tú tienes un cuchillo, yo una ballesta rota, tú tienes amigos en las otras salas, y yo solo he venido con dos. Yo necesitaba convencerte y tú podías pedir más. Pero ahora ya no. Si hablas con la persona equivocada, si te vas de la lengua, si intentas huir con el dinero... Mi jefe es poderoso. Tiene muchos más hombres a parte de Reyes y Segura. ¿Conoces a Cerberus? Su reputación lo precede -Areces sonrió.- Está en Fwerral, por si te interesa -se puso los guantes y se enganchó al cinto la ballesta rota.- Eso es todo -le tendió la mano.- ¿Trato?





... Eso es todo -le tendió la mano.- ¿Trato?

Fergus se quedó un instante quieto con la navaja y la piedra en la mano. Se había planteado tener que regatear hasta conseguir alrededor de 20 talentos o poco más, pero aquel hombre ni lo había intentado. Le había pedido además que le indicara hacia dónde se dirigirían los secuestradores y cuántos serían, no con la intención de que se lo dijese sino para poder negociar mejor, pero también había cedido en ello. Esos hechos le dieron la perspectiva de que se estaba metiendo en un asunto realmente peligroso, pero había puesto sus condiciones y ahora no se podía volver atrás. Le hastiaba el hecho de ayudar a encubrir un secuestro, jamás se había siquiera planteado algo semejante, pero estaba claro que no le dejarían irse tranquilamente con lo que sabía y además se manejaban unas cantidades de dinero importantes, así que no tendría recursos para evitar que le encontrasen en caso de huir. Había oído historias de aquel que se hacía llamar Cerberus y, aunque de los cuentos de taberna siempre desconfiaba bastante pues solían ser exagerados, no tenía intención alguna de enfrentarse a un personaje capaz de inspirar tales historias. La única salida era hacia delante.

- ¡Trato! - Contestó solemnemente, con más determinación que entusiasmo, al tiempo que le estrechaba la mano.

De pronto el presentimiento de que quizás no saliera de aquella se hizo muy patente en su corazón y sintió miedo. Tenía pocas horas para prepararse y además debía abandonar su vida de marinero durante un tiempo incierto para desenvolverse en el interior, cosa que en su vida pocas veces había hecho y siempre por poco tiempo. Realmente estaba en un apuro bastante mayor de lo que le había dado tiempo a valorar.

Volvió a contar el dinero, estaba todo. Cuando aquellos hombres abandonaron su habitación, estuvo un rato estudiando el mapa y se puso a pensar posibles estrategias para cumplir su misión. Quedaban poco más de tres horas para el amanecer y quizás le diese tiempo de dejar un par de pistas falsas antes de que el pueblo entero se levantara. Además no podía llevar todo aquel dinero consigo, tendría que esconder una buena parte y nadie debía saber en dónde.

Así pues, se puso una gran capa oscura con capucha que tenía en el macuto y salió por la ventana de la habitación en silencio, dejándola atrancada con una cuña de madera que se usaba en verano para que no se cerrase. Ató un trozo de un metro de cuerda a los barrotes del balcón cercanos a la pared y se deslizó con cuidado por la parte de fuera del mismo. Descendió por la cuerda hasta que pudo asirse a los salientes de la ventana de la planta baja y fue pasando ágilmente de ventana en ventana hasta la puerta trasera antes de saltar a la calle, pues aún estaba el suelo nevado. Se echó nieve por encima de la capa y se puso en marcha con paso ligero.

Su plan era sencillo: robaría un caballo y, empezando en el centro del pueblo, buscaría varios vagabundos o borrachos a los que pagaría un par de iotas "para que no descubriesen a sus amigos". Cada uno debía de pregonar que "los viera irse hacia el este" y acto seguido Fergus se iría pero hacia el sur, en busca de otro señuelo. Al llegar a las afueras del pueblo pro el sur lo rodearía para entrar por otro lado, devolvería el caballo y volvería a su habitación. Mientras rodeaba el pueblo, si le quedaba tiempo, buscaría también un buen sitio para esconder buena parte del dinero, que ya había separado en dos bolsas. Por el camino también pensaba en pillar algún sombrero, cayado, mantón o prenda que pudiesen reconocer los señuelos para abandonarlo cerca de la salida sur del pueblo.

No era un gran plan, pero era mejor que nada y tampoco había tenido mucho tiempo para pensarlo, ni tenía mucho para ejecutarlo si quería que nadie le viera entrar de nuevo en la habitación. Así pues, avivó el paso hasta un establo cercano sin que nadie lo viera.

En buena compañía, la historia de Festus:
-¿Ese es?
-Sí.
-¿Seguro?
-Que sí. ¿No ves que está calvo?
-Hombre, con tan poca luz no se distingue.
-Tu hazme caso, cógelo y luego ya veremos.
-Vale.
Demtrev se acercó con paso firme hasta donde estaba el viejo. En teoría ese era el tal Arbolviejo, un curtido pirata de los mares del norte. Estaba durmiendo. Su poblada barba subía y bajaba al ritmo de su respiración. Y su cabeza pelada brillaba ligeramente con la poca luz del amanecer. Demtrev sonrió. El pobre viejo iba a tener un buen despertar.
Con un movimiento, agarró a Arbolviejo de la chamarra y lo levantó por los aires.
Y después le sumergió la cabeza en el agua helada del abrevadero.
Demtrev sonrió aún más, al ver como se revolvía.
A Demtrev le encantaba su trabajo.





Sintió como algo lo haló y lo arrancó de su dulce sueño. El agua fría en la cara fue lo peor, la barba se le heló y la desesperación hizo que su viejo corazón palpitara como maquinaria. Extendió su brazo libre y asió a su captor por la manga mientras este le revolvía la cabeza dentro del abrevadero.
Afincó los pies, apretó el puño que mordía la tela, y giró su cuerpo con todas sus fuerzas mientras tiraba de la manga con su brazo firme. El hombretón cayó hacia el piso desbalanceado.
Arbolviejo tomó aire profundamente y corrió como una centella hacia su hacha que descansaba sobre los sacos de paja. Todo esto lo hizo a una velocidad asombrosa, dándose cuenta incluso de que había otro hombre junto a la puerta del establo…





-¡Eh eh eh, Demtrev para, solo había que despertarlo! -Roguer levantó ambas manos al ver como Arbolviejo derribaba al gigantón y se dirigía hacia su hacha.- ¡No queremos pelea! ¡Lo sentimos, ha sido mala idea!
Demtrev se puso en pie, mientras el pirata enarbolaba su hacha. Desenfundó una pequeña daga, y adoptó una pose defensiva.
-El muy cabrón me ha tirado al suelo. Voy a rajarle la garganta -Demtrev le escupió.
-No, no, no, no, no -Roguer mantenía las manos en alto, para dar a entender que no era peligroso.- Aquí nadie va a rajar la garganta de nadie. ¿Me oís? Solo vamos a charlar, como viejos amigos. Queremos ofrecerte un trato.
Roguer contuvo el aliento, esperando a ver si sus palabras lograban calmar a los dos guerreros.





Arbolviejo valoró las posibilidades mentalmente. Por una parte podría hacer frente a estos individuos salidos de no se sabe donde, podría matar a uno o herirlo gravemente, creando de esa forma una oportunidad para escapar. También podría entablar diálogo exigiendo una respuesta por lo sucedido, pero el hombretón no parecía muy dispuesto a ello. Después de varios segundos sopesando su mente resolvió bajar la guardia, y esperar la reacción de aquellos rufianes.





Roguer vio como Arbolviejo se relajaba, y lo hizo el también. Una suerte, pues no le apetecía morir en una estúpida pelea de callejón.
-Bien, sigamos así, Demtrev, guarda tu también tu daga.
El hombretón refunfuñó, pero obedeció, pues al fin y al cabo Rogues era su jefe.
-Y ahora, hablemos. Tenemos que pedirte un favor. La idea principal era intimidarte para obligarte a ayudarnos, pero ya veo que eso no surtirá efecto. Así que negociemos: ¿Estás dispuesto a dejar tus asuntos apartados durante, digamos, una semana? Te pagaremos por ello…

Ballestas y dagas, la historia de Hjalmar:
Menge miró a sus compañeros. Y ellos lo miraron a él.
-¿Listos? -no esperó a la respuesta.- Pues vamos.
Los seis echaron a trotar por el camino, en dirección a la casa del molinero. Era una construcción antigua, las vallas se habían podrido y en algunas partes el tejado se había hundido.La pobre hija de los Brockson, Ardee, se había quedado huérfana hacía poco, y no se había podido ocupar de todo.
Pero no era a ella a quién buscaban. Buscaban a su hermano, Hjalmar. Según sus informadores, había llegado el día anterior, a la noche.
Entraron al paso a la propiedad a través de la desvencijada verja de madera. Los cascos de los caballos hacían crujir la hierba, y su aliento levantaba nubes de vaho a su paso. Faltaban aún unas cuantas horas para el amanecer, y la nieve aún seguía posada en el suelo. El frío calaba los huesos, y el viento soplaba enfriando las cabezas de los jinetes.
Caleb Menge detuvo a su caballo a pocos pasos de la puerta, tirándole de las riendas. Desmontó de un salto, y se colocó en su posición. Sus compañeros hicieron lo mismo.
-Rodead la casa. Vigilad las ventanas, la puerta trasera y la del establo. Que no salgan.
Dió un par de palmadas secas para sacudirse la nieve de los guantes, y se acercó a la puerta principal con cuidado. Se quitó los abrigados guantes de piel de cordero, mientras miraba atrás.
Tobías le hizo un gesto afirmativo.
Menge asintió.
Lentamente, acercó la mano a la puerta, y llamó. Una, dos y tres veces.
Se hizo el silencio.
Menge aguzó el oído. Nada. Volvió a llamar.
Hasta que la puerta se abrió. Y la punta de un virote, seguido de una ballesta de mano, sostenida por una atractiva mujer, asomaron por el hueco.
Menge levantó las manos.
-Mi nombre es Caleb Menge. Me envía alguien que está interesado en hablar con tu hermano.
No quiero problemas -sonrió.- Solo baja esa ballesta, para que pueda asegurarme de que no vas a volarme la cabeza.





Hjalmar dormía en la silla mecedora de su madre, el brasero se había apagado y no sabía qué hora era, excepto que aún no amanecía. La puerta sonó, Hjalmar despertó de inmediato, su hermana apareció por el pasillo con una vela en la mano.
El soldado se puso de pie, dejó a un lado la manta y fue a coger la ballesta, pero su hermana se lo impidió. La puerta sonó nuevamente y ella abrió

Hjalmar se asomó tras ella cuando oyó que lo buscaban. No tenía motivos para temer, pero mantenía la mano en la empuñadura de su espada a un costado de su cadera cuando habló.
—¿Quién me busca, y por qué se presentan a esta hora?





-¿...me busca, y por qué se presentan a esta hora?
Menge permaneció con las manos en alto. Hjalmar había hablado desde dentro de la casa, mientras su hermana sostenía la ballesta.
-Te busca Caleb Menge, como ya he mencionado antes, soy el enviado de alguien muy influyente en este pueblo. Y me presento a esta hora porque el tiempo apremia, y debemos ponernos en marcha antes de que salga el sol. Quiero pedirte un favor, un favor sencillo, y con el que serás recompensado. Aunque me gustaría mucho más discutirlo adentro, junto al fuego, y tomando un tazón de sopa.





-¿Le conoces Ardee? -preguntó el soldado.
-Le he visto algunas veces por el centro, cerca del mercado con un varios otros hombres a su alrededor.
Hjalmar se quedó en silencio, mirando a aquel hombre. Luego de la muerte de sus padres no había perdido toda la confianza por el pueblo y sus hombres.
-¿Sabes en qué posición me colocas? -le dijo a Menge-. Un tipo se aparece en mi puerta en la madrugada, pidiendo "un favor", y pidiendo sopa -dijo con ironía-... La verdad es que no sé si ayudarte. ¿Cómo puedo confiar en ti?






-¿Que cómo puedes? Bueno, a lo mejor esto te ayuda a confiar en mí -Menge bajó las manos lentamente y sacó una bolsa de cuero de uno de los bolsillos de su chaqueta. Después la dejó caer al suelo y la pegó una patada, para hacerla entrar por el hueco de la puerta.- Contiene un par de monedas. Mas exactamente seis talentos de plata.
Caleb pudo observar como la mirada de la chica se dirigía durante unos breves instantes a la bolsa. Necesitaban el dinero.
-Recibiréis más como esas si sois amables conmigo y con mis hombres. Solo queremos charlar un poco sin morirnos de frío. La nevada de esta noche ha sido fuerte.







Hjalmar sopesó las monedas en su mente, con ese dinero podría cimentar un buen sitio para que viviera su hermana en la ciudad mientras trataba de vender la granja. Pero un atajo de plata no le daría a Mente y sus amigos un sitio en su mesa, debía resguardar la seguridad de su hermana.
-Lamento que haga frío, pero solo podrás entrar tú. Ardee no bajes la ballesta. También lamento no confiar en ti del todo. Puedes pasar y comer un poco, pero si considero que miras a mi hermana demasiado o siento a tus amigos queriendo entrar por la ventana, esa ballesta te hará florecer una saeta en el cuello.






Menge sonrió.
-Me parece bien.
Ardee abrió un poco más la puerta, y le hizo una seña para que pasara. Menge entró, aún con las manos en alto, y echándose a un lado para que no le clavase el virote en el ojo. Nada más pasar, la chica cerró la puerta de un golpe, y corrió el cerrojo.
Hjalmar lo esperaba con la mano en el pomo de su espada.
-Siéntate.
Menge obedeció, acomodándose en un taburete de madera que había cerca de uno de los braseros. Vio como el hermano se acercaba a las ventanas para intentar mirar a través de los postigos cerrados, mientras la hermana no cesaba de apuntarle.
-Seré rápido, pues no tenemos mucho tiempo -Menge se quitó la chaqueta.- Necesito que entres en la casa de alguien, sin que te vean los guardias que patrullan alrededor de la casa de ese alguien, consigas bajar hasta el sótano de la casa de ese alguien, y cojas una pequeña baratija del sótano de la casa de ese alguien -Menge lo miró.- Sí, lo sé, es algo muy burdo para alguien de rango tan elevado como lo eres tú, pero debo confesarte que no tengo más opciones. Y para ahorrarte un par de preguntas, también te diré el porqué de enviarte a ti y no a uno de los doce hombres que rodean esta casa: Hay una ínfima, pero ínfima posibilidad de que lo que te he contado salga mal, y ellos aparte de hombres son compañeros, y la verdad, prefiero perderte a ti que a uno de ellos -Menge se quedó en silencio, esperando una respuesta.- Básicamente es sólo eso, yo te doy la bolsa, y tu me traes la baratija. Un mero intercambio.





-Siento que no tengas tiempo, porque vas a tener que buscarte a alguien más. Lamento que me tomes por un ladrón, o aún peor, que me tomes por alguien que tiene menos valor que uno de tus amigos. No voy a arriesgar mi cargo en la milicia a cambio de un puñado de dinero y si me encuentran robando eso será lo que sucederá -Hjalmar habló claro y con voz retumbante, tan solo esperaba que aquel tipo captara la indirecta. Si estaban dispuestos a pagar tanto por un robo, seguro podría sacarle un par de talentos más-. Espero que entiendas.





-Entiendo -Menge se rescostó, pensativo.- Aunque no del todo. ¿Perder tu cargo en la milicia? Si me dijeses tu puesto como capitán de la guardia, o acaso tu rango de sargento, sería mas lógico, pero, ¿la milicia? -Menge bufó.- Ahí es a donde destinan a los campesinos que nunca van a lograr nada en el campo de batalla -antes de darle a Hjalmar tiempo para ofenderse, continuó.- Pero tú no eres de esos. Tú eres diferente, por eso te necesito a ti -lo miró a los ojos.- Tienes honor. Y eso es lo que busco.
Menge se incorporó. Ardee no dejaba de apuntarle con la ballesta, mientras que Hjalmar se había relajado un poco escuchando sus palabras.
-No será un vulgar robo. Para eso habría contratado un vulgar ladrón. Pero un vulgar ladrón puede irse de la lengua en cuanto le pagues un par de monedas de cobre. Espero que tú no seas de esos -Menge se acercó lentamente a Hjalmar.- Quiero una daga que guarda Rellie Matalobos en su armería. Es de plata, con rubíes en la empuñadura. Se distingue fácilmente. Tú eres el hombre adecuado porque casi nadie aquí te conoce, sé que no me traicionaras si te atrapan, y sé que podrás entrar en la casa haciéndote pasar por uno de sus guardias.
Menge volvió junto al brasero, y señaló la bolsa que sostenía Hjalmar en la mano.
-Eso es lo que le daría a un vulgar ladrón. A ti te puedo dar otra bolsa como esa, con el triple de monedas -Menge sonrió.- Pero a lo mejor no te interesan las monedas. A lo mejor te interesa otra cosa. A lo mejor quieres un puesto como Capitán de la Guardia de Fwerral. Allí los salarios son altos. O mejor, una granja en las afueras, con molino, pozo, y campos de cereales para el ganado. Tendrías sitio de sobra para vivir con tu hermana, y cultivar trigo con el que hacer funcionar el molino. O a lo mejor... -Menge los miró a los dos, mientras guardaba silencio, divertido con los ojos inquisitivos de ambos.- Preferís saber quién mató a vuestros padres.






Hjalmar se alzó hecho una furia.
-¡Así que sabes quién mató a mis padres! -gritó. Su espada salió de su saya y se bebió la luz del brasero-. Menge, no me interesa un sucio puesto ganado con favores, así como un nuevo sitio en este jodido pueblo -dio un paso hacia el intruso, aquel que había llegado entre la noche y la nieve-. Lo que quiero es que la muerte de mis padres no quede impune. Llámalo venganza si quieres, pero mataré a esos asesinos, y tú me dirás sus nombres -levantó la espada y apuntó al hombre a unos pasos de él-... Y me los dirás ahora. Haré el trabajo por el dinero. Los nombres me los darás a cambio de que no te mate aquí y ahora.






Menge rió.
-Me gusta eso -sonrió enseñando los colmillos.- Pero no voy a ceder tan rápido solo por ver refulgir el acero. Debes saber que hay fuera hay doce hombres esperando a que yo salga por esa puerta. Si eso no sucede, tienen órdenes de quemar esta sucia granja, de reducir a pedazos ese molino de ahí fuera, y de violar a tu hermana mientras a ti te rajan la garganta.
Hjalmar se tensó.
-Pero no te preocupes, eso no pasará. Yo no moriré hoy. Te ofrezco un nuevo trato: Tú te quedas esos seis talentos que te dí antes y te consideras por pagado. Luego vas a casa de Matalobos y me tares la daga. Yo mientras me quedaré aquí esperando, charlando con la bella Ardee. Y después te diré sus tres nombres. ¿Entendido?






El comandante sintió como la sangre le bullía. Las orejas se le pusieron coloradas y pronto sintió demasiado calor para estar al lado del brasero.
Sólo existen dos tipos de hombre en este mundo: los que amenazan con violar a tu hermana y los que no, y en ese momento, Hjalmar Brockson, supo que dejar entrar a Menge fue uno de los errores más grandes de su vida.

Todas las opciones que barajaba terminarían mal. Si mataba a Menge en ese instante tendría que lidiar con sus compañeros, y si aceptaba el trato, ¿qué seguridad tendría de que luego no le enterrara esa misma daga del Matalobos en la espalda?

El comandante aún estaba con espada en mano frente a Menge, se le pasó por un instante la imagen de ese cabrón con el cuello abierto de un tajo, «con las cuerdas vocales cortadas ya no podría darme el nombre de los tres.»
—Haré tu encargo. Pero mi hermana no tiene nada que ver contigo, tomará tu dinero y se irá en mi caballo. Tú me darás el tuyo y esperaras aquí junto con tu gente. Te traeré esa maldita daga y me darás los nombres.






-Bien -dijo Menge.- Me parece bien. Dale la bolsa a tu hermana, que coja mi caballo, y que se largue con los seis talentos.
Menge se levantó. y comenzó a vestirse.
-Supongo que sabrás donde vive Matalobos. En el caso de que la respuesta sea no, pregúntale a ella -señaló mirando a Ardee.- Tiene que saberlo, Rellie tiene una peculiar fama, sobretodo entre las mujeres jóvenes y hermosas -Menge la miró irónico.- ¿Verdad?
Se volvió a poner los guantes, y se arregló el cuello de su chaqueta.
-Coge lo que necesites para acabar con un par de guardias y dos o tres sirvientas en el peor caso. En el mejor no encontrarás a nadie. Como ya te he dicho, la daga está en el sótano, en una vitrina, es de plata, con rubíes incrustados en la empuñadura. La cojes, la traes, yo te digo los nombres, me marcho de tu casa, tu hermana regresa con los seis talentos y ya podéis vivir felices para lo que os queda de existencia. ¿Entendido?
Sin esperar respuesta, y con la chica aún apuntándole con la ballesta, Menge salió de la casa.
-¡Tobías! ¡Dale mi caballo a la chica! -y luego añadió en un tono en el que solo él pudiera oírle.- Y dile al pequeño Jimmy que siga a Hjalmar una vez le hayamos perdido de vista. Si la hermana se larga me da igual, pero no quiero que él se vaya sin coger la daga.

Y eso es todo Feliz 6


-...el primer borrador lo escribes con el corazón, el segundo, con la mente.-
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Conocedor del mundo
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Hoja de Personaje
Nombre: Hans Boggart
Sexo: Hombre
Edad: 28

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