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Re: Construyamos una historia

Mensaje por Bóreas el Vie Feb 03, 2017 4:37 pm

Hace muchos, pero muchos años, eones de años atrás en ésta nuestra comunidad comenzó una leyenda. Se trata de una historia absurda que bien podría haber sido inventada por un loco con muy poca cordura y demasiado tiempo libre. Sin embargo siquiera el mayor de los escépticos se ha atrevido al día de hoy a negar su existencia. Sus susurros se escuchan en todos los rincones del mundo, pero todo inició en el ojo del espejo. Un ojo que todo lo veía pero al que no siempre se podía recurrir, pues para que se pusiese a tu servicio había que llevar a cabo un rito muy complejo.
 
Primero había que coger una ardilla. Luego un poco de salsa barbacoa. Tenías que bajar a la más profunda de las montañas y ascender al más alto de los abismos. Con la ardilla en la mano izquierda y la salsa barbacoa en la derecha, obviamente. Y la ardilla muerta. Que no se os olvide.
 
Cuentan las malas lenguas que fue un joven pelirrojo aquel que osó realizar tamaño conjuro, ignorante de las terribles consecuencias que sus acciones podrían tener sobre la comunidad. Aquel conjuro trajo las peores desdichas a los caminantes. Las piedras de guía se deshicieron en pedazos dejando una única huella en su lugar, la naturaleza fue nuevamente modelada y concebida. Sólo las vacas, que al ser bonitas y teniendo el favor del dios ardilla, Ardillopochtli, pudieron salvarse de la furia de éste vengativo dios. Nadie contaba con que el peligroso conjuro del pelirrojo fuera un éxito. El ojo había despertado. 
 
Fueron días grises, donde la neblina parecía enturbiar todo el mundo, El Ojo observaba atento aquellas siluetas difusas que se acercaban a su morada… traían su lentilla, ahora todo estaba claro y diáfano, la neblina no era más que el humo de una pizza con piña que afortunadamente se quemaba en la hoguera. El olor de la pizza con piña quemándose atrajo a seres extraños babeando y hambrientos. Estos seres eran unos incomprendidos y los demás los despreciaban. Querían venganza por ello y empezaron a rezarle al gran ojo para que los ayudase a conseguirla. Y sus plegarias fueron escuchadas, el poder del Ojo fue alimentado por ellas y en todo el mundo estalló una lluvia constante y sin tregua de trozos de pizza con piña y salsa barbacoa (esto último fue cosa del Ojo, amante de esta salsa). 
 
Lo que nunca se imaginaron los seguidores del ojo, fue que el espejo tenía otros planes. El espejo tenía de su parte al champiñón y a la soja, y a espaldas del ojo, creó su resistencia a la pizza de piña y la salsa barbacoa. A partir de ese momento, el ente que una vez fue llamado el ojo en el espejo, se dividió y dio paso a dos bandos, que iniciaron lo que hoy conocemos como la guerra del maná, una guerra sangrienta que trajo consigo centenares —¡miles!— de muertes. Pizzerías fueron arrasadas, supermercados destrozados y McDonald’s remodelados. Todo parecía acabado. La guerra aparentaba ser interminable, y la poca esperanza que los ciudadanos de la comunidad habían mantenido durante todos esos años finalmente se había apagado.
 
Hasta que apareció alguien. El héroe de nuestra historia.
 
Y su nombre era Floripencio.
 
Floripencio era el primogénito de Ardillopochtli. Contaba con el favor de todas las ardillas del planeta, además del de las vacas, que como eran bonitas y se habían salvado, se habían hecho amigas de las ardillas. Además. su ejército contaba también con algunas piñas rebeldes, y unos cuantas Ardivacas mestizas.

Al Ojo no le gustó todo esto. A su primo Sauron Play, dale dale al play, le había pasado lo mismo, se metió en el mercado de la bisutería y le mandaron la empresa a tomar por culo. Y él no pensaba cometer los mismos errores. Él tenía el monopolio de las pizzas. Y Floripencio amenazaba con arrebatárselo.
Por eso ordenó su muerte.
 
En realidad a Floripencio le importaba menos que una pizza acabar con aquella estúpida guerra, a fin de cuentas, el era vegano, la grasa nunca colapsaría sus carótidas, en el fondo, muy en el fondo de su corazón heróico, pensaba que la guerra del Maná acabaría cuando ya no quedara piña para hacer más pizzas.

Entonces ideó un plan maestro, suicida, extremista tal vez. Cazaría a todas las piñas habidas y por haber, pediría ayuda a los pequeños y extravagantes cocineros. 
Aspiró fuerte y prolongadamente, espiró más fuerte aún. Ya no tenía dudas, vestiría el blanco.

Pero había un problema, y es que Floripencio sabía que no estaba preparado para asumir tamaña tarea, y siquiera con su ejército de ardillas, vacas, ardivacas y piñas reveldes bastaba. Si de verdad quería dar con todas las piñas para acabar con la guerra, antes debería lograr alcanzar el verdadero poder de la pizza. Y solo había una persona en todo el planeta que pudiese enseñárselo.



Floripendio necesitaba al inventor de la pizza de piña: Agapitosimoni. Nunca hubo nadie más grande que él; el más valiente, el más astuto, el más insensato. El gran problema era encontrarlo.
 

Debía buscar al maestro Agapitosimoni. Los rumores decían que había creado la pizza de 7 veces 7 masas, 7 veces 7 quesos, y 7 veces 7 salsas. Todo esto en las entrañas de la Montaña hueca, donde se encontraba el horno de barro más viejo del mundo, que extraía calor de las estrellas que se ven en el firmamento. Así que fijó rumbo a la montaña hueca.
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Re: Construyamos una historia

Mensaje por Sciacere el Vie Feb 03, 2017 5:37 pm

Me uno!!

Hace muchos, pero muchos años, eones de años atrás en ésta nuestra comunidad comenzó una leyenda. Se trata de una historia absurda que bien podría haber sido inventada por un loco con muy poca cordura y demasiado tiempo libre. Sin embargo siquiera el mayor de los escépticos se ha atrevido al día de hoy a negar su existencia. Sus susurros se escuchan en todos los rincones del mundo, pero todo inició en el ojo del espejo. Un ojo que todo lo veía pero al que no siempre se podía recurrir, pues para que se pusiese a tu servicio había que llevar a cabo un rito muy complejo.
 
Primero había que coger una ardilla. Luego un poco de salsa barbacoa. Tenías que bajar a la más profunda de las montañas y ascender al más alto de los abismos. Con la ardilla en la mano izquierda y la salsa barbacoa en la derecha, obviamente. Y la ardilla muerta. Que no se os olvide.
 
Cuentan las malas lenguas que fue un joven pelirrojo aquel que osó realizar tamaño conjuro, ignorante de las terribles consecuencias que sus acciones podrían tener sobre la comunidad. Aquel conjuro trajo las peores desdichas a los caminantes. Las piedras de guía se deshicieron en pedazos dejando una única huella en su lugar, la naturaleza fue nuevamente modelada y concebida. Sólo las vacas, que al ser bonitas y teniendo el favor del dios ardilla, Ardillopochtli, pudieron salvarse de la furia de éste vengativo dios. Nadie contaba con que el peligroso conjuro del pelirrojo fuera un éxito. El ojo había despertado. 
 
Fueron días grises, donde la neblina parecía enturbiar todo el mundo, El Ojo observaba atento aquellas siluetas difusas que se acercaban a su morada… traían su lentilla, ahora todo estaba claro y diáfano, la neblina no era más que el humo de una pizza con piña que afortunadamente se quemaba en la hoguera. El olor de la pizza con piña quemándose atrajo a seres extraños babeando y hambrientos. Estos seres eran unos incomprendidos y los demás los despreciaban. Querían venganza por ello y empezaron a rezarle al gran ojo para que los ayudase a conseguirla. Y sus plegarias fueron escuchadas, el poder del Ojo fue alimentado por ellas y en todo el mundo estalló una lluvia constante y sin tregua de trozos de pizza con piña y salsa barbacoa (esto último fue cosa del Ojo, amante de esta salsa). 
 
Lo que nunca se imaginaron los seguidores del ojo, fue que el espejo tenía otros planes. El espejo tenía de su parte al champiñón y a la soja, y a espaldas del ojo, creó su resistencia a la pizza de piña y la salsa barbacoa. A partir de ese momento, el ente que una vez fue llamado el ojo en el espejo, se dividió y dio paso a dos bandos, que iniciaron lo que hoy conocemos como la guerra del maná, una guerra sangrienta que trajo consigo centenares —¡miles!— de muertes. Pizzerías fueron arrasadas, supermercados destrozados y McDonald’s remodelados. Todo parecía acabado. La guerra aparentaba ser interminable, y la poca esperanza que los ciudadanos de la comunidad habían mantenido durante todos esos años finalmente se había apagado.
 
Hasta que apareció alguien. El héroe de nuestra historia.
 
Y su nombre era Floripencio.
 
Floripencio era el primogénito de Ardillopochtli. Contaba con el favor de todas las ardillas del planeta, además del de las vacas, que como eran bonitas y se habían salvado, se habían hecho amigas de las ardillas. Además. su ejército contaba también con algunas piñas rebeldes, y unos cuantas Ardivacas mestizas.

Al Ojo no le gustó todo esto. A su primo Sauron Play, dale dale al play, le había pasado lo mismo, se metió en el mercado de la bisutería y le mandaron la empresa a tomar por culo. Y él no pensaba cometer los mismos errores. Él tenía el monopolio de las pizzas. Y Floripencio amenazaba con arrebatárselo.
Por eso ordenó su muerte.
 
En realidad a Floripencio le importaba menos que una pizza acabar con aquella estúpida guerra, a fin de cuentas, el era vegano, la grasa nunca colapsaría sus carótidas, en el fondo, muy en el fondo de su corazón heróico, pensaba que la guerra del Maná acabaría cuando ya no quedara piña para hacer más pizzas.

Entonces ideó un plan maestro, suicida, extremista tal vez. Cazaría a todas las piñas habidas y por haber, pediría ayuda a los pequeños y extravagantes cocineros. 
Aspiró fuerte y prolongadamente, espiró más fuerte aún. Ya no tenía dudas, vestiría el blanco.

Pero había un problema, y es que Floripencio sabía que no estaba preparado para asumir tamaña tarea, y siquiera con su ejército de ardillas, vacas, ardivacas y piñas reveldes bastaba. Si de verdad quería dar con todas las piñas para acabar con la guerra, antes debería lograr alcanzar el verdadero poder de la pizza. Y solo había una persona en todo el planeta que pudiese enseñárselo.



Floripendio necesitaba al inventor de la pizza de piña: Agapitosimoni. Nunca hubo nadie más grande que él; el más valiente, el más astuto, el más insensato. El gran problema era encontrarlo.
 
Debía buscar al maestro Agapitosimoni. Los rumores decían que había creado la pizza de 7 veces 7 masas, 7 veces 7 quesos, y 7 veces 7 salsas. Todo esto en las entrañas de la Montaña hueca, donde se encontraba el horno de barro más viejo del mundo, que extraía calor de las estrellas que se ven en el firmamento. Así que fijó rumbo a la montaña hueca.

Mas el camino a la montaña hueca estaba roto, y tuvo que tomar el sendero del desierto pegajoso. Sí, era pegajoso, pero la ropa de Floripendio lo era más, pues sudaba hasta por las uñas en aquel desierto del infierno. Finalmente resolvió quitarse la ropa ante tanta agonía, quedó en calzoncillo. Y era blanco con tréboles morados, su calzoncillo.
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Re: Construyamos una historia

Mensaje por Aliethz el Sáb Feb 04, 2017 12:03 am

Hace muchos, pero muchos años, eones de años atrás en ésta nuestra comunidad comenzó una leyenda. Se trata de una historia absurda que bien podría haber sido inventada por un loco con muy poca cordura y demasiado tiempo libre. Sin embargo siquiera el mayor de los escépticos se ha atrevido al día de hoy a negar su existencia. Sus susurros se escuchan en todos los rincones del mundo, pero todo inició en el ojo del espejo. Un ojo que todo lo veía pero al que no siempre se podía recurrir, pues para que se pusiese a tu servicio había que llevar a cabo un rito muy complejo.

Primero había que coger una ardilla. Luego un poco de salsa barbacoa. Tenías que bajar a la más profunda de las montañas y ascender al más alto de los abismos. Con la ardilla en la mano izquierda y la salsa barbacoa en la derecha, obviamente. Y la ardilla muerta. Que no se os olvide.

Cuentan las malas lenguas que fue un joven pelirrojo aquel que osó realizar tamaño conjuro, ignorante de las terribles consecuencias que sus acciones podrían tener sobre la comunidad. Aquel conjuro trajo las peores desdichas a los caminantes. Las piedras de guía se deshicieron en pedazos dejando una única huella en su lugar, la naturaleza fue nuevamente modelada y concebida. Sólo las vacas, que al ser bonitas y teniendo el favor del dios ardilla, Ardillopochtli, pudieron salvarse de la furia de éste vengativo dios. Nadie contaba con que el peligroso conjuro del pelirrojo fuera un éxito. El ojo había despertado.

Fueron días grises, donde la neblina parecía enturbiar todo el mundo, El Ojo observaba atento aquellas siluetas difusas que se acercaban a su morada… traían su lentilla, ahora todo estaba claro y diáfano, la neblina no era más que el humo de una pizza con piña que afortunadamente se quemaba en la hoguera. El olor de la pizza con piña quemándose atrajo a seres extraños babeando y hambrientos. Estos seres eran unos incomprendidos y los demás los despreciaban. Querían venganza por ello y empezaron a rezarle al gran ojo para que los ayudase a conseguirla. Y sus plegarias fueron escuchadas, el poder del Ojo fue alimentado por ellas y en todo el mundo estalló una lluvia constante y sin tregua de trozos de pizza con piña y salsa barbacoa (esto último fue cosa del Ojo, amante de esta salsa).

Lo que nunca se imaginaron los seguidores del ojo, fue que el espejo tenía otros planes. El espejo tenía de su parte al champiñón y a la soja, y a espaldas del ojo, creó su resistencia a la pizza de piña y la salsa barbacoa. A partir de ese momento, el ente que una vez fue llamado el ojo en el espejo, se dividió y dio paso a dos bandos, que iniciaron lo que hoy conocemos como la guerra del maná, una guerra sangrienta que trajo consigo centenares —¡miles!— de muertes. Pizzerías fueron arrasadas, supermercados destrozados y McDonald’s remodelados. Todo parecía acabado. La guerra aparentaba ser interminable, y la poca esperanza que los ciudadanos de la comunidad habían mantenido durante todos esos años finalmente se había apagado.

Hasta que apareció alguien. El héroe de nuestra historia.

Y su nombre era Floripencio.

Floripencio era el primogénito de Ardillopochtli. Contaba con el favor de todas las ardillas del planeta, además del de las vacas, que como eran bonitas y se habían salvado, se habían hecho amigas de las ardillas. Además. su ejército contaba también con algunas piñas rebeldes, y unos cuantas Ardivacas mestizas.

Al Ojo no le gustó todo esto. A su primo Sauron Play, dale dale al play, le había pasado lo mismo, se metió en el mercado de la bisutería y le mandaron la empresa a tomar por culo. Y él no pensaba cometer los mismos errores. Él tenía el monopolio de las pizzas. Y Floripencio amenazaba con arrebatárselo.
Por eso ordenó su muerte.

En realidad a Floripencio le importaba menos que una pizza acabar con aquella estúpida guerra, a fin de cuentas, el era vegano, la grasa nunca colapsaría sus carótidas, en el fondo, muy en el fondo de su corazón heróico, pensaba que la guerra del Maná acabaría cuando ya no quedara piña para hacer más pizzas.

Entonces ideó un plan maestro, suicida, extremista tal vez. Cazaría a todas las piñas habidas y por haber, pediría ayuda a los pequeños y extravagantes cocineros.
Aspiró fuerte y prolongadamente, espiró más fuerte aún. Ya no tenía dudas, vestiría el blanco.

Pero había un problema, y es que Floripencio sabía que no estaba preparado para asumir tamaña tarea, y siquiera con su ejército de ardillas, vacas, ardivacas y piñas reveldes bastaba. Si de verdad quería dar con todas las piñas para acabar con la guerra, antes debería lograr alcanzar el verdadero poder de la pizza. Y solo había una persona en todo el planeta que pudiese enseñárselo.



Floripendio necesitaba al inventor de la pizza de piña: Agapitosimoni. Nunca hubo nadie más grande que él; el más valiente, el más astuto, el más insensato. El gran problema era encontrarlo.

Debía buscar al maestro Agapitosimoni. Los rumores decían que había creado la pizza de 7 veces 7 masas, 7 veces 7 quesos, y 7 veces 7 salsas. Todo esto en las entrañas de la Montaña hueca, donde se encontraba el horno de barro más viejo del mundo, que extraía calor de las estrellas que se ven en el firmamento. Así que fijó rumbo a la montaña hueca.

Mas el camino a la montaña hueca estaba roto, y tuvo que tomar el sendero del desierto pegajoso. Sí, era pegajoso, pero la ropa de Floripendio lo era más, pues sudaba hasta por las uñas en aquel desierto del infierno. Finalmente resolvió quitarse la ropa ante tanta agonía, quedó en calzoncillo. Y era blanco con tréboles morados, su calzoncillo.

Entonces la dura noche del desierto cayó sobre él. El frío y el viento arreciaban juntos cual enamorados y Floripencio por una vez temió por su cuerpo ya casi azulado. Rebuscó en su mochila más no encontró nada útil. Desesperado, congelado y hambriento esperó como un hombre espera a la muerte.
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Re: Construyamos una historia

Mensaje por cmw el Dom Feb 05, 2017 9:03 am

Hace muchos, pero muchos años, eones de años atrás en ésta nuestra comunidad comenzó una leyenda. Se trata de una historia absurda que bien podría haber sido inventada por un loco con muy poca cordura y demasiado tiempo libre. Sin embargo siquiera el mayor de los escépticos se ha atrevido al día de hoy a negar su existencia. Sus susurros se escuchan en todos los rincones del mundo, pero todo inició en el ojo del espejo. Un ojo que todo lo veía pero al que no siempre se podía recurrir, pues para que se pusiese a tu servicio había que llevar a cabo un rito muy complejo.

Primero había que coger una ardilla. Luego un poco de salsa barbacoa. Tenías que bajar a la más profunda de las montañas y ascender al más alto de los abismos. Con la ardilla en la mano izquierda y la salsa barbacoa en la derecha, obviamente. Y la ardilla muerta. Que no se os olvide.

Cuentan las malas lenguas que fue un joven pelirrojo aquel que osó realizar tamaño conjuro, ignorante de las terribles consecuencias que sus acciones podrían tener sobre la comunidad. Aquel conjuro trajo las peores desdichas a los caminantes. Las piedras de guía se deshicieron en pedazos dejando una única huella en su lugar, la naturaleza fue nuevamente modelada y concebida. Sólo las vacas, que al ser bonitas y teniendo el favor del dios ardilla, Ardillopochtli, pudieron salvarse de la furia de éste vengativo dios. Nadie contaba con que el peligroso conjuro del pelirrojo fuera un éxito. El ojo había despertado.

Fueron días grises, donde la neblina parecía enturbiar todo el mundo, El Ojo observaba atento aquellas siluetas difusas que se acercaban a su morada… traían su lentilla, ahora todo estaba claro y diáfano, la neblina no era más que el humo de una pizza con piña que afortunadamente se quemaba en la hoguera. El olor de la pizza con piña quemándose atrajo a seres extraños babeando y hambrientos. Estos seres eran unos incomprendidos y los demás los despreciaban. Querían venganza por ello y empezaron a rezarle al gran ojo para que los ayudase a conseguirla. Y sus plegarias fueron escuchadas, el poder del Ojo fue alimentado por ellas y en todo el mundo estalló una lluvia constante y sin tregua de trozos de pizza con piña y salsa barbacoa (esto último fue cosa del Ojo, amante de esta salsa).

Lo que nunca se imaginaron los seguidores del ojo, fue que el espejo tenía otros planes. El espejo tenía de su parte al champiñón y a la soja, y a espaldas del ojo, creó su resistencia a la pizza de piña y la salsa barbacoa. A partir de ese momento, el ente que una vez fue llamado el ojo en el espejo, se dividió y dio paso a dos bandos, que iniciaron lo que hoy conocemos como la guerra del maná, una guerra sangrienta que trajo consigo centenares —¡miles!— de muertes. Pizzerías fueron arrasadas, supermercados destrozados y McDonald’s remodelados. Todo parecía acabado. La guerra aparentaba ser interminable, y la poca esperanza que los ciudadanos de la comunidad habían mantenido durante todos esos años finalmente se había apagado.

Hasta que apareció alguien. El héroe de nuestra historia.

Y su nombre era Floripencio.

Floripencio era el primogénito de Ardillopochtli. Contaba con el favor de todas las ardillas del planeta, además del de las vacas, que como eran bonitas y se habían salvado, se habían hecho amigas de las ardillas. Además. su ejército contaba también con algunas piñas rebeldes, y unos cuantas Ardivacas mestizas.

Al Ojo no le gustó todo esto. A su primo Sauron Play, dale dale al play, le había pasado lo mismo, se metió en el mercado de la bisutería y le mandaron la empresa a tomar por culo. Y él no pensaba cometer los mismos errores. Él tenía el monopolio de las pizzas. Y Floripencio amenazaba con arrebatárselo.
Por eso ordenó su muerte.

En realidad a Floripencio le importaba menos que una pizza acabar con aquella estúpida guerra, a fin de cuentas, el era vegano, la grasa nunca colapsaría sus carótidas, en el fondo, muy en el fondo de su corazón heróico, pensaba que la guerra del Maná acabaría cuando ya no quedara piña para hacer más pizzas.

Entonces ideó un plan maestro, suicida, extremista tal vez. Cazaría a todas las piñas habidas y por haber, pediría ayuda a los pequeños y extravagantes cocineros.
Aspiró fuerte y prolongadamente, espiró más fuerte aún. Ya no tenía dudas, vestiría el blanco.

Pero había un problema, y es que Floripencio sabía que no estaba preparado para asumir tamaña tarea, y siquiera con su ejército de ardillas, vacas, ardivacas y piñas reveldes bastaba. Si de verdad quería dar con todas las piñas para acabar con la guerra, antes debería lograr alcanzar el verdadero poder de la pizza. Y solo había una persona en todo el planeta que pudiese enseñárselo.



Floripendio necesitaba al inventor de la pizza de piña: Agapitosimoni. Nunca hubo nadie más grande que él; el más valiente, el más astuto, el más insensato. El gran problema era encontrarlo.

Debía buscar al maestro Agapitosimoni. Los rumores decían que había creado la pizza de 7 veces 7 masas, 7 veces 7 quesos, y 7 veces 7 salsas. Todo esto en las entrañas de la Montaña hueca, donde se encontraba el horno de barro más viejo del mundo, que extraía calor de las estrellas que se ven en el firmamento. Así que fijó rumbo a la montaña hueca.

Mas el camino a la montaña hueca estaba roto, y tuvo que tomar el sendero del desierto pegajoso. Sí, era pegajoso, pero la ropa de Floripendio lo era más, pues sudaba hasta por las uñas en aquel desierto del infierno. Finalmente resolvió quitarse la ropa ante tanta agonía, quedó en calzoncillo. Y era blanco con tréboles morados, su calzoncillo.

Entonces la dura noche del desierto cayó sobre él. El frío y el viento arreciaban juntos cual enamorados y Floripencio por una vez temió por su cuerpo ya casi azulado. Rebuscó en su mochila más no encontró nada útil. Desesperado, congelado y hambriento esperó como un hombre espera a la muerte.

El olor de la madera quemándose hace que despierte del sueño febril en el que se había sumido, se hallaba desorientado pero tras incorporarse pudo observar que se encontraba en una cueva de roca clara. Tuvo la sensación de que no se encontraba solo y tras escudriñar las sombras que huían frente a la hoguera pudo verla.
Un par de ojos claros lo observaban fijamente. No quería enemistarse con alguien con esos ojos, no parecía buena idea. La figura permanecía inmóvil mientras a su lado descansaban en el suelo un kris rojo, una piña amarilla y un crótalo color verde
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