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LOS CUENTOS NO SON PARA DORMIR

Mensaje por M. Dimas el Lun Mayo 15, 2017 3:21 am

LOS CUENTOS NO SON PARA DORMIR
 
-          Ya estoy harto. Quiero acabar con esto.
-          No puedes, recuerda que firmaste un contrato.
-          P-pero… Estaba borracho, no me puedes pedir en serio que lo haga.
La discusión siguió alargándose hasta que el sol rompió el crisol del alba. Ambos sujetos abandonaron el local, primero uno y quince minutos después, evitando que le vieran, salió el otro y se fue en dirección contraria.
No era nada que no fuera nada lo habitual. En un barrio limpio de carroñeros no se hubiera llevado a cabo esa conversación, no al menos en uno de esos lúgubres locales, por construir y donde solo hay polvo, silencio y alguna alimaña, pues no los hay.

En los barrios buenos, esos lugares no existen, por eso estaban esos dos sujetos en ese barrio, en esa calle y en ese local. Un sitio así solo podía estar en una ciudad esplendorosa, de gran renombre, en una capital. Estos dos sujetos, que nada tienen que ver con la historia se reunieron en ese lugar, porque es el local el que presta sus servicios.
¿Quieres hacer tus negocios al resguardo de los carroñeros de la prensa? Hazlos en nuestros locales. Ese era el reclamo comercial que Mario Salvador, apodado como Larios por aquellos que tuvieron la mala suerte de conocerlo en persona, tenía para captar a sus clientes.
Larios era un despiadado dirigente de una pequeña empresa que según fuentes policiales, nada tenía que ver con la droga, las armas o los esclavos, pero sí con el tráfico de información. Muchas veces la información era cómo conseguir cualquiera de esas cosas, o dónde invertir, o por qué perro apostar, o quién podía matar a tu jefe.

Todo era jurisdicción de la empresa que Larios gestionaba. ¿Y si los pillaban? Pues echaba la culpa al propietario de la empresa, un vegetal. No literalmente, claro. ¿O tal vez sí? ¿Un comatoso anciano que estaba con los dos pies fuera, pero que aún le quedaban los brazos, podía considerarse vegetal? Intoxicación por comer pescado en mal estado. Extraño y poético, macabro también, pues el propietario, Jaime, era vegetariano.
Misterios en torno a Larios había como para provocar un huracán, pero pruebas no había ninguna. Los policías corruptos le cubrían, los buenos policías también, y los recién entrados en la academia querían tumbarle, aunque sabían que terminarían lamiéndole los pies. Él era el jefe del alto y el bajo mundo y con eso bastaba para que cualquiera quisiera estar a sus órdenes, cualquiera en su sano juicio.

Ricardo, no lo estaba. Ricardo era uno de esos tipos sin miedo a lo desconocido porque no saben cómo es el peligro al que se enfrentan, pero es que si tú no le dices a un pájaro que no puede nadar, él lo intentará. Aunque falle.
Un joven ni alto ni bajo, con el pelo alborotado y despeinado, moreno y de tez morena, era de un blanco de esos al que le falta varios lavados. No es que fuera el chico especial que protagoniza historias, es que no había otro. Y la urgencia de acabar con Larios, el timador legalizado por el Estado, uno de sus mejores clientes, arreciaba con fuerza tormentosa y llevaba el barro hacia el río.
No fue especialmente difícil acabar con él, se sentía confiado y seguro en la ciudad, nadie se atrevería a desafiarle y eso lo sabía de buena mano. Concretamente de la mano que le cortó al último que se atrevió a toserle en la nuca…

Cuando una persona anda segura, no se espera que el viento traiga males. Y el viento le trajo un guiri que preguntaba por una dirección, algo no muy usual, pues hoy en día cualquiera tenía un móvil. Él sabía que en su barrio no había turismo, no al menos del tipo nipón con cámara. El punzón le devolvió a la pregunta del guiri, que ya se marchaba. No tenía muy frescas las lecciones de inglés pero creyó escucharle decir: It’s showtime, antes de largarse como el viento lo trajo.

Eso sí, el punzón le había perforado el vientre y sangraba de tal manera que por un momento pensó que era mentira. ¿Cómo podía morir así? ¿Cómo en su propio barrio, en su casa, le habían matado? Era una pregunta obvia, se había descuidado. El estanque había sido demasiado grande para un pececito de colores tan pequeño. Y así, sin nada más que lamentar que el no haber fraguado más su venganza, se desvaneció toda esperanza.
Aún no había desempolvado el plan para matar a Larios, y nuestro protagonista ya estaba muerto…


Los buenos personajes se defienden cuando su escritor quiere matarlos. Rezaba la tumba sobre la que Larios bailó, una vez más. Este ya era el tercero que me mataba…
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M. Dimas
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