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El Humor de los Libres

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El Humor de los Libres

Mensaje por M. Dimas el Miér Mayo 17, 2017 11:32 pm

El Humor de los Libres


Dos días llevaba en la ciudad. Dormía en las calles, a orillas de un portal, comía los restos de comida de los restaurantes. Iba sucio y andrajoso, pero estaba en su amada ciudad.

Una ciudad para enamorarse. Ahora, subiendo por esa callejuela empedrada, escalonada, escoltada por dos hileras de casas de muy distinto color, con plantas y flores en sus balcones y ventanas. Una calle estrecha que subía hacia un castillo medieval, de piedra ocre vencida por los años. Sus almenas y torres recordaban a los libros de ficción que había acostumbrado a leer hasta hace dos días, enhiestas amenazaban la vista del viajante cauto.
Era una calle para vivir leyendo bajo una parra, recostado donde el muro de una plazoleta se junta con una casa, entre el ambiente jocoso de niños disfrutando de su infancia en las calles. A gritos y ganando terreno en su “guerra” de agua. Globos vuelan como granadas, estallan y empapan de felicidad el ambiente extranjero insomne de una ciudad en su más temprano anochecer.

A cada paso que iba dando, más cerca estaba de su destino y más ganas tenía de volver atrás y unirse al juego de los niños. Sus ojos llenos de ilusión desentonaban con una imagen dura y pobre que llevaba con orgullo. Pues no le quedaba más que eso.
El orgullo le hizo perder el nombre de la luna, perder la guerra de su vida y los futuros que pudieron haber sido, pero que dejaron de serlo al negarse a que aquel hombre entrase en su vida. No era amor. Ni tampoco necesidad, ni siquiera era odio. Simplemente no quiso por orgullo, el orgullo de ser pobre.
Un niño pobre por las calles de París andaba en busca de un lugar donde echarse a dormir y si el destino quería, despertar otro día.
Ser pobre no quiere decir dejar que un hombre bien pagado te trate como un perro por un plato de comida y una jaula donde dormir. Aunque este sea un rey.
Esa vida no era para él. Él era libre, igual que su hambre, igual que su orgullo, igual que sus sueños…

Echado en el suelo, apoyado contra el castillo, soñaba con que el cielo le dijese qué debía hacer. No pensaba en otra cosa, y poco a poco iba cerrando los ojos; hasta que entrevió una señal del cielo. No era muy nítida pero poco a poco se iba acercando más, y más, y más…


De pronto, una granada englobada de agua estalló contra su cara. Y comprendió con humor el mensaje que su cielo amado le enviaba: ¡Dúchate!
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M. Dimas
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