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¿Qué personaje de la saga se ganó tu odio?

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Mensaje por Rune el Sáb Dic 29, 2018 1:30 pm

Antes de empezar:
Esta es la primera vez que escribo algo en serio. Sentíos libres de criticar, corregir erratas o lo que sea, pero, por favor, siempre con cariño. Comentar también que es recomendable leer la ficha de personaje antes de leer esta audición.



¿Te has perdido, conejillo?

Empezaba a dolerle el maldito hombro de nuevo. Escire lo movió en círculos repetidas veces; parecía como si la vieja herida advirtiese cuando salía de caza. Se agazapó más entre los arbustos cuando distinguió a lo lejos del camino la silueta de su presa. Sintió varias gotas de sudor deslizándose por la espalda. 
Maldita sea –pensó– ¿Cuántas veces había hecho esto?
Ella se ganaba la vida matando humanos. Por lo general, seres despreciables que se habían ganado la enemistad de seres igual de despreciables que los primeros, pero con más recursos y mejor posición. No, el asesinato no era algo nuevo para ella. Su nerviosismo, sin duda alguna, se debía a que se había convertido en algo personal. Esto no lo hacía por dinero. 


Todo había empezado unos meses atrás, en una taberna en Newarre. Allí había escuchado una terrible historia repleta de sangre, lágrimas y dolor. Unas pocas horas antes habían encontrado a una familia entera descuartizada en una granja a las afueras de la ciudad. Llevaban muertos varios días. Se había hablado de demonios, de magia, de maldiciones, pero Escire se había mostrado incrédula ante esas conclusiones. Ella sabía, por propia experiencia, que las mayores atrocidades solían llevar la huella del hombre. No habían encontrado el cadáver de la hija más pequeña de la familia Arin, pero, dado lo siniestro de la escena, nadie había hecho muchas preguntas al respecto. En aquel momento, mientras pensaba en la niña, que no tendría más de 5 o 6 años, algo se había revuelto en su interior. La macabra historia le había hecho recordar cosas que no quería recordar, reviviendo un dolor del que llevaba escapando mucho tiempo. Con un gesto crispado en su rostro, Escire había terminado su bebida y abandonado el concurrido local con un humor sombrío, presintiendo el tipo de monstruo que se escondía detrás del abominable crimen y del cruel destino de la pequeña desaparecida.


Un ruido de cascos de caballo la sacó de su ensimismamiento, trayéndola de nuevo al presente. Escire volvió a centrar la vista en el camino; la figura ya se encontraba a escasos metros de ella. Se ajustó la máscara de oso a la cara, rozando la suave madera tallada, y, con la agilidad de un gato, salió de entre los arbustos de un salto, plantándose frente al hombre subido al caballo. El hombre se asustó durante un momento, pero tras distinguir la forma femenina debajo de la ropa, una carcajada brotó de su garganta.

Vaya, vaya. ¿Te has perdido conejillo? ¿Vas a alguna fiesta de disfra….. 

El hombre no pudo terminar la frase. La fuerza del impacto del destral contra su hombro derecho tiró al hombre del caballo, y ahora todos sus esfuerzos se centraban en intentar alejarse de la mujer de la máscara. Sus aullidos de dolor hicieron sonreír de nuevo a Escire que, lentamente y en silencio, ladeó su cabeza a la derecha observando los intentos del hombre por alejarse. Se mantuvo en silencio, siempre lo hacía. Las bravuconadas y los intercambios de comentarios mordaces, por lo general, no la satisfacían. Escire empezó a caminar hacia el hombre, que ya se había apartado de la senda del camino y se internaba en el bosque arrastrando su dañado cuerpo, gruñendo y maldiciendo a la mujer de la máscara. Cuando llegó hasta él, le propinó un fuerte golpe en la nuca con la parte roma de uno de sus destrales, dejándolo inconsciente. Sacarle el destral del hombro solo haría que el humano se desangrase con más rapidez, así que lo dejó dónde estaba. Entonces Escire lo amordazó y lo ató de manos y pies; luego subió el cuerpo del hombre al caballo de este, no sin antes acariciar el suave pelaje de su cuello mientras le susurraba al oído de forma tranquilizadora. Luego se adentró en el bosque hacia el pequeño claro en el que había dejado a su propia montura.  

Horas más tarde, cuando el hombre despertó, se encontró de pié atado a un árbol en un espeso y oscuro bosque. La luz del día apenas se filtraba entre las apretadas ramas de los árboles. Sentía un dolor insufrible en el hombro derecho; el destral seguía clavado en él, pero no sangraba. La boca le sabía amarga; su captora le había administrado algún tipo de preparado hecho con hierbas que impediría que se desangrase rápidamente. Giró lo que pudo la cabeza intentando localizar a la mujer de la máscara, pero fue en vano. Entonces escuchó un sonido repetitivo y, tras unos segundos, distinguió el inconfundible roce de metal contra piedra; pero el sonido procedía de un lugar fuera de su campo de visión. En ese momento el hombre fue consciente de su destino. El instinto de supervivencia se apoderó de él, y empezó a forcejear con la intención de aflojar sus ataduras. 

Escire observó con desgana los inútiles intentos del hombre por liberarse. Casi le daba lástima aquel desgraciado, pero rechazó ese sentimiento permitiendo que su oscuridad lo devorase. Dejó que sus recuerdos despertasen a su demonio y su mente voló con rabia amarga a la granja de los Arin.


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Mensaje por Rune el Sáb Dic 29, 2018 1:33 pm

Aquel día, cuando Escire salió de la taberna en Newarre, después de enterarse de la masacre de los Arin, algo en su interior la empujó a ir a la granja. Tras montar en su imponente caballo negro, Arod, se dirigió a la solitaria finca, situada a medio día a galope.

A su llegada los últimos rayos de sol se filtraban entre las ramas de los árboles. Algunos hombres retiraban los cadáveres mientras los curiosos repartidos en grupos observaban la escena entre susurros y caras de espanto. El señor Arin, la señora Arin, un hijo adolescente y dos gemelas que no tendrían más de 10 años. Cada uno de ellos asesinado de una forma violenta y cruel. Escire todavía podía sentir el horror que los cadáveres mutilados le habían transmitido, podía recordar los contraídos gestos de sus caras, seguramente provocados por una lenta y dolorosa agonía; aquellos pobres niños.
Los cinco cuerpos presentaban múltiples golpes, cortes y puñaladas. El señor Arin y su hijo habían sido encontrados en la casa situada en la parte trasera del terreno de la granja; sus cadáveres estaban atados de manos y pies, y las vísceras colgaban del maltratado cuerpo del hijo. La señora Arin había sido atada a una silla en el interior del granero, y sus ojos sin vida, que reflejaban una intensa y desgarradora angustia, miraban en la dirección en la que se encontraban sus hijas. Los cadáveres de las pequeñas colgaban de una de las vigas del granero. Escire no fue capaz de mirar más arriba de sus pequeños pies. 
Al salir del granero, se fijó en una silueta que llamó su atención por estar más apartada del resto, al otro lado del camino, apoyada en el tronco de un árbol. Escire escuchaba de fondo un perro que ladraba mucho, sin parar; parecía furioso y asustado a la vez. Tras inspeccionar la zona, se dirigió hacia los ladridos, encontrando al perro encerrado en uno de los corrales. Escire le habló, intentó tranquilizarlo, acariciarlo, pero fue todo en vano, el perro no la estaba viendo a ella, su mirada se dirigía hacia un punto muy concreto mientras saltaba y ladraba furioso. Tras reflexionar unos segundos, Escire abrió la puerta del corral y el perro, como una flecha, salió corriendo hacía el bosque. Ella corrió detrás del obcecado perro, que se dirigió hacia la silueta solitaria que había llamado su atención al salir del granero. El perro saltó sobre el hombre, que cayó al suelo de espaldas con el can intentando morderle el cuello. Escire intentó agarrar al perro, pero el hombre, tras sacar un cuchillo, apuñaló al pobre animal repetidas veces. Ella trató de sujetar al hombre por detrás, intentando separarlo del perro, pero este se zafó de su abrazo y propinó varias patadas al cuerpo inmóvil del pobre animal mientras maldecía y escupía, todo bajo la atenta mirada de Escire y los demás presentes. Ella observó detenidamente la cara del hombre, se fijo en su expresión, en el brillo febril de sus ojos mientras pateaba el cadáver. Sus miradas se cruzaron y Escire no tuvo ninguna duda; allí estaba su monstruo. 

Eso no era necesario –le espetó ella mirándolo fijamente a los ojos. 
–El maldito chucho quería matarme –se rió despectivamente– ¡Claro que era necesario! –No apartó los ojos de ella. Escire vio su oscuridad casi tan claramente cómo veía la suya propia.
–¿Conocías al perro? –le preguntó ella tras unos segundos.
–No –contestó él bruscamente mientras se sacudía las hojas y la tierra de la ropa. Ya no la miraba.
–¿Por qué te ha atacado de esa manera?
Él levantó la vista de nuevo, volviendo a fijar sus ojos en los de ella. Le dedicó una larga mirada, una mirada inteligente y llena de maldad. 
–¿Cómo voy a saberlo? Puede que el maldito chucho tuviese la rabia, o quizá estuviese en celo –terminó la frase con una estúpida risotada. Escire no dijo nada y el corrillo de gente que se había formado se fue disolviendo poco a poco. Ella montó a Arod y se alejó de la granja al trote; después solo tuvo que seguir al hombre durante un tiempo, hasta que se le presentase la oportunidad de atraparlo en los caminos, lejos de la civilización.”


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Mensaje por Rune el Sáb Dic 29, 2018 1:37 pm

Escire volvió al presente y se levantó del tocón en el que estaba sentada afilando sus maravillosos destrales. Adoraba aquellas hachas. En realidad sentía algo especial por todas sus armas, pero aquellos destrales se habían convertido en su juguete preferido, y los cuidaba con un cariño casi maternal, deleitándose en la suavidad de la madera de la empuñadura y en el frío tacto de su filo. Se acercó al hombre despacio. Cuando estuvo a algo menos de un metro de él, se detuvo, y le dedico una larga y silenciosa mirada con la cabeza ladeada. Escire disfrutaba con este juego. Sabía que el hombre no tardaría mucho en empezar a hacer preguntas, a rogar, a prometerle dinero, o incluso en casos como este, a sacar el monstruo que llevaba dentro; ella había descubierto hacía tiempo que el silencio podía llegar a ser un arma muy poderosa; una que provoca ansiedad, ira y frustración. Aunque, en esta ocasión, Escire no necesitaba que aquel hombre se delatase en un ataque de ira. Ya había visto su oscuridad.
Entonces el hombre atado al árbol habló con un tono de voz que reflejaba tranquilidad. A ella no le sorprendió a pesar de lo inusual de la situación; los monstruos no le temen a la muerte.

–¿De qué cojones va esto? ¿Eres algún tipo de enferma mental?
Escire siguió mirándolo fijamente, esta vez ladeando la cabeza lentamente hacia la izquierda.
Ella metió la mano en un bolsillo y sacó un paquete con mechones de pelo que había encontrado entre las posesiones del hombre. Eran nueve; los dejó delicadamente en el suelo, a la vista de él.
El hombre fijó su vista en los mechones y luego miró detenidamente a Escire; una mezcla de comprensión y astucia asomó a los ojos castaños de aquel monstruo. 
–Si te gustan, podemos conseguir algunos para ti.
Una intensa rabia sacudió el cuerpo de Escire. Apretando los dientes se retiró la capucha, dejando su larga melena pelirroja al descubierto. Después se quitó la máscara de oso, algo que no hacía normalmente.
–¿Me recuerdas? –le preguntó al hombre.
Él tardó unos segundos en reconocer a la chica pelirroja que tan mal se había tomado lo de aquel asqueroso perro.
–¿Esto es por ese maldito chucho? –en su cara había una mezcla de incredulidad y sorpresa.
Escire se quedó mirando fijamente al hombre de nuevo.
–¿Dónde está la niña? 
–¿Que niña? –Él le sostuvo la mirada, casi con altivez.
Una pequeña sonrisa se asomó por los labios de ella. 
Entonces, con un movimiento deliberadamente lento, Escire llevo su mano a la empuñadura del destral clavado en el hombro derecho de aquel monstruo; lo retorció un poco mientras miraba fijamente al hombre a los ojos.
–Jodeeeeer –un grito salió de la garganta de él, seguido de resoplidos que escapaban de sus apretados labios. Seguía con la mirada puesta en los ojos de ella. El esfuerzo por no volver a gritar contraía todos los músculos de su rostro. 
–¿Dónde está la niña? –La ira de Escire estaba cerca de dominarla por completo. Sus pupilas habían adquirido un tamaño que casi no dejaban espacio al verde iris de sus ojos. Se quedó fijamente mirando al hombre, casi rozando su nariz; podía oler su apestoso aliento.
El hombre se quedó mirando fijamente a los ojos de ella, ahora a pocos centímetros de su cara, y en ellos vio dolor y odio. Entonces se echó a reír. Era una risa malvada que surgió de lo más profundo de aquel despreciable ser. Escire le asestó un fuerte golpe en la cara con el mango de uno de sus destrales, sintiendo una oleada de satisfacción recorrer todo su cuerpo. La sangre brotó de la nariz del hombre, pero tras unos segundos, este comenzó a reír de nuevo.
–Eso no te va a funcionar conmigo, conejillo. –Sus carcajadas se apagaron un poco cuando una mueca de dolor se dibujo en su rostro. Seguía mirándola fijamente– Te veo –le dijo tras unos segundos que parecieron minutos– Estás tan podrida como yo –la última letra la acompañó de una sonora carcajada–. La única diferencia es que tú te escondes detrás de una máscara.
Ella arrugo el ceño, adoptando la expresión de una niña a punto de hacer un puchero. Le importaba muy poco lo que pudiera pensar aquel hombre.
–¿No te gusta mi máscara?
Una desagradable mueca asomó a la boca del hombre, era casi una sonrisa.
No es esa máscara a la que me refiero, conejillo. Me refiero a la máscara que le has puesto a tus peores instintos. Disfrazas lo que eres con la idea de que esto lo haces por justicia –una cruel sonrisa se dibujó en los labios del hombre–. Pero en el fondo sabes que no es así. Esto, te gusta –pronunció las sílabas de las últimas palabras lentamente. Sus ojos seguían clavados en los de ella.


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Mensaje por Rune el Sáb Dic 29, 2018 1:40 pm

Escire reprimió el impulso de clavarle un puñal en el cuello. Encajó el golpe bajo y dominó su rabia. El muy cabrón había tocado la tecla exacta. La línea entre el bien y el mal se había vuelto difusa y discontinua; pero ella tenía sus reglas. Eso era lo que los diferenciaba.
¿O se equivocaba? ¿Quería matarlo por lo que él era? ¿O era para alimentar un instinto disfrazado de otra cosa? ¿Llevamos todos dentro un animal encadenado por la moral, por las leyes, por una conducta social adoptada del entorno que nos rodea, y que sale de vez en cuando a pasear en forma de pequeños actos de maldad cotidiana hacia el prójimo? ¿Serían todos asesinos en sus mentes?
No tenía una respuesta clara para ninguna de esas preguntas, pero lo que si sabía con certeza era que aquel hombre era un monstruo. Un monstruo que, tras masacrar a una familia entera, había vuelto al lugar del crimen para recordar el efímero placer que le había producido matar; para deleitarse con el recuerdo de su destrucción.
Volvió a quedarse mirando fijamente a los ojos del hombre, ladeando lentamente la cabeza de aquella manera tan inquietante. 
–¿Donde está la niña?
El hombre se echó a reír otra vez.
Sabes que no te lo voy a decir –hizo una breve pausa– Ni tampoco lo de los otros cachorros –le guiñó un ojo– ¿Sabes que si te diré? –otra pausa– Los cuerpos de las 3 niñas estaban llenos de moratones –la miraba con mucha atención, como si esperase ver algo rompiéndose dentro de ella– Apuesto a que era cosa del padre. En realidad, si lo piensas fríamente, les hice un favor a los cachorros. Puede que a los otros también –dijo mirando hacia los mechones en el suelo– El mundo es una gran bola de mierda, y todos terminamos impregnados de su olor más tarde o más temprano aunque no queramos. 
Escire apretaba tan fuerte el mango de su puñal que sus nudillos estaban blancos. Sus ojos seguían clavados en los del hombre, pero ella no lo veía a él; veía a las niñas. El mundo le daba asco.
Tras unos eternos segundos, el hombre volvió a hablar,
Dime conejillo ¿Cuando me rajes la garganta, podré escuchar el sonido de mi sangre saliendo a borbotones? Sería como una canción. El súmmum del placer para poner fin a todos los placeres.
Ella se quedó mirándolo con una mezcla de incredulidad y asco. Era un verdadero demente, y sabía que no iba a sacarle nada usando la fuerza; hasta era probable que estuviese disfrutando con la situación.
Con un movimiento rápido y preciso Escire lo degolló con uno de sus brillantes cuchillos, y mientras la vida de aquel hombre se apagaba, se acercó lentamente a su oído, 
Y esto –le susurró mientras le clavaba con rabia otro de sus puñales en un ojo– es por el maldito chucho. 
Cuando el hombre murió, desató el cuerpo sin vida del árbol. Se quedó largo rato con la mirada fija en el cadáver, recordando las palabras que el hombre le había dicho,
–Estás tan podrida como yo –Algo se sacudió en su interior. Se acordó de su padre, de su risa, de su olor, de la casa del bosque en la que fue tan feliz. Se acordó de cuando le hicieron daño la primera vez; de cómo su padre le enseñó que todos tenemos luz y oscuridad en nuestro interior. Podía escucharlo dentro de su cabeza.
Cire, pequeña, todos libramos una batalla en nuestro interior, una batalla entre el bien y el mal, entre la luz y la oscuridad. Solo tú puedes librar esa batalla –podía sentir sus manos enjugándole las lágrimas de sus mejillas– No permitas que las personas que han perdido la batalla contra la oscuridad devoren tu luz. 
Se acordó del día que lo encontró agonizando, apuñalado a las puertas de su propia casa por algo de comida y un poco de dinero; del día que se había roto por dentro; del día que la luz cedió ante la oscuridad. Con su último aliento, él le había pedido que buscara a su madre, alguien a quien ella nunca había conocido, y por las historias fantásticas que le contaba su padre sobre ella, alguien a quien sabía que nunca conocería ¿Por dónde empezar? ¿Donde se busca a un ser fata de naturaleza esquiva y caprichosa? 
Después de eso no le había quedado nada; se había quedó sola, y con el tiempo fue alimentando su oscuridad con rencor y odio. El mundo estaba enfermo y ella se había convertido en un producto de su enfermedad.
Tras años deambulando por los rincones más oscuros y desaconsejables de Temerant, finalmente encontró el antídoto que calmaba la rabia y la impotencia que la acompañaban. Un antídoto hecho con la sangre de seres despreciables. Matar a personas despreciables era lo único que acallaba los gritos de su corazón, y su código se convirtió en la única barrera entre la oscuridad y la poca luz que quedaba dentro de ella. Pero ese código era tan retorcido, que hasta ella se había perdido en sus vueltas y revueltas.  
 
Su vista volvió al cadáver. Apretaba tanto la mandíbula que le dolía. Pateó repetidas veces el inmóvil cuerpo antes de abandonarlo en las profundidades del bosque; al menos serviría para que sus habitantes se dieran un festín esa noche....

Rol finalizado


Última edición por Rune el Sáb Ene 05, 2019 7:43 pm, editado 1 vez
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 ¿Te has perdido, conejillo? [Audición] [Individual] [Narrativo] Empty Re: ¿Te has perdido, conejillo? [Audición] [Individual] [Narrativo]

Mensaje por Maestro de los Carromatos el Sáb Ene 05, 2019 3:49 pm

Rol finalizado, enhorabuena

-El usuario @Rune ha recibido 280 puntos de experiencia y 4 puntos de Suerte.

No olvidéis canjear vuestra experiencia en el tema Gastar Experiencia.

Un saludo
Maestro de los Carromatos
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