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¿Qué personaje de la saga se ganó tu odio?

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Mensaje por Edeus el Jue Mar 26, 2020 3:56 pm

En busca de Patrick Rothfuss

Cuentan que existe un lugar, una pequeña comunidad, en el que fans de cierta saga viven su día a día maltratados psicológicamente ante la constante y falsamente inminente publicación de una historia que lleva años destinada a no existir; una historia a la que solo un hombre, perdido en el tiempo, podrá poner fin. El pequeño pueblo de Latekvothivlandia será el protagonista de tan desafortunado cuento, y sus personajes, los desdichados que deberán sufrirlo. ¿Lograrán alcanzar la paz y la felicidad deseada? ¿O se morirán sin leer antes el puto tercer libro? O sea, ejem... Humor, aventuras, tonterías varias, tópicos y amistad, son los componentes de una historia que solo vale la pena leer si te aburres un huevo. Pero bueno, para eso estamos en cuarentena, ¿no?




Última edición por Edeus el Dom Abr 05, 2020 8:27 pm, editado 5 veces


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Mensaje por Edeus el Jue Mar 26, 2020 3:58 pm

Introducción

Es bien sabido por muchos que hoy en día existen montones de maneras de empezar un cuento infantil. «Érase una vez…» y «Hace mucho tiempo…» son dos bonitos ejemplos que nos han acompañado a través de los siglos: prometen viajes fantásticos, princesas en apuro y torres custodiadas por encantadores dragones. Prometen genios encerrados en lámparas, reyes moribundos en busca de herederos y valientes guerreros inmortales. Sí, sí. Todo muy bonito. Qué cursi.

El problema es que a estas alturas nos encontramos en un punto en el que esos «Érase una vez…» y «Hace mucho tiempo…» han sido usados hasta la saciedad, por no decir que han llegado a un límite en el que toda historia que ose empezar con una de esas tres palabras terminará siendo catalogada al instante como esa-cosa-absurda-protagonizada-por-personajes-subnormales-que-intentan-enseñarnos-sobre-la-vida-a-través-de-un-montón-de-hechos-científicamente-poco-creíbles.
Ante esto, cualquiera con cinco —porque son cinco— dedos de frente podrá venir aquí y decir: ¡todos los cuentos infantiles son absurdos y poco creíbles!

Disculpa… ¿poco creíble? ¿Esto? ¡De eso nada!

Este no es un cuento infantil normal y corriente. Para empezar, basta con decir que sus primeras palabras no van a ser «érase una vez» ni «hace mucho tiempo», es más, tampoco continuará con «en una galaxia muy lejana…», porque el lugar donde nos situamos ni está en otra galaxia, ni está lejos. De hecho, está aquí al lado: solo hace falta encontrar un mapa político y buscar por un lugar llamado Latekvothiflandia. Está cerca del País de Nunca Jamás, a un par de kilómetros al norte de la Comarca, más o menos. Sí, justo ahí.

Podría decirse que ese es el punto de partida de nuestra historia. El lugar desde el cual nuestro intrépido protagonista partirá hacia tierras lejanas, más oscuras, y probablemente, más entretenidas que el horrible día a día que es Latekvothiflandia. Sí, sí que lo es, pero eso no significa que no podamos empezar por otro sitio.

Así pues, ¿por dónde comenzar la historia?
Claro que sí: por el malo del cuento.

Desde luego, en una historia así el malo del cuento no puede ser como los malos de cuento normales. Evidentemente. Basta decir que él no tiene una larga y negra barba. Ni un tenebroso castillo desde el que preparar sus malévolos planes. Tampoco tiene un fiel servidor corto de entendederas que lo acompaña a todas partes. Nah, él tiene un amigo. Algo puñetero quizás a veces sí que es, pero lo que cuenta es que es un amigo, al fin y al cabo. No le sirve. Solo se burla de él cuando es necesario, pero eso es lo que hacen todos los amigos. Al menos los normales.

Ah, y en realidad no es «él». Es ella. Menudo giro brutal de los acontecimientos.

El nombre de esa malvada es Dalcenti, y el lugar en el que vive nadie lo sabe porque no tiene nombre. Ella lo llama el nido lleno de viejas. Su amigo Gwyn prefiere llamarlo ese sitio de allí.

Ese sitio de allí es un pequeño pueblecito abandonado de la mano de Tehlu, situado en un lugar rodeado de altas montañas cuyos picos jamás han logrado ser conquistados por la raza humana o semejante, hecho que ha terminado obligando a sus habitantes a pasar allí encerrados durante largas generaciones en él, como una cuarentena de Coronavirus, pero más larga. El cómo llegaron en primer lugar, nadie lo sabe. El problema es que tampoco hay nadie a quien le interese saberlo. Eso no haría más que acarrear problemas, pues lo más probable es que al verse libres sus jóvenes terminasen por abandonarlos, lo que terminaría significando el final de ese sitio de allí.

Dalcenti y Gwynbelidd eran dos de esos jóvenes. Probablemente, de tratarse de los protagonistas de esta historia, llegase un día en el que lograsen encontrar alguna absurda-barra-poco creíble manera de escalar una de esas anormalmente grandes montañas y poder emprender su viaje a conocer mundo, luchar contra malvados trolls, matar a magos tenebrosos con cara de serpiente y librar batallas contra el mal, en general.

Pero no, recordemos que hoy son los malos. Y los malos siempre hacen lo que les da la gana.

Porque al final, tras años y años de espera, fue gracias a sus malas artes, a sus engaños, a sus chantajes y a un casual encuentro con un niño propietario de una extraña nube voladora, que Dalcenti y Gwynbelidd lograron dejar atrás ese sitio de allí y pudieron así emprender su viaje hacia esas tierras lejanas para poder alcanzar su objetivo: encontrar a Patrick Rothfuss.

______

El día amanecía soleado en Latekvothiflandia, como siempre. Lo cierto es que hacía ya prácticamente un siglo entero que el pueblo amanecía con un cielo completamente despejado. Hacía un siglo entero que no llovía.

Con una sequía permanente, Latekvothiflandia ya no era tan radiante como antaño. Ya no había flores. Ni árboles. La tierra había dejado de ser fértil hacía mucho tiempo, y la gente no era capaz ni de cultivar sus propias verduras. Por todo esto, su rey Dur había terminado cediendo al país vecino para aceptar un comercio en el que claramente terminaban perdiendo.
Así pues, Latekvothiflandia era pobre, seca y fea. Y eso, como es de prever, era un disgusto permanente para sus aldeanos.

Pero a Aloine todo eso le daba igual, pues tenía un lugar donde dormir, y eso le bastaba. La pobreza a la que se veía sometida el pueblo no le afectaba en absoluto, dado que ella había crecido acostumbrada a ella. Era una extranjera allí. Había llegado al pueblo diez años atrás, sin embargo, siquiera su vida anterior podía compararse con las comodidades que le ofrecía el lugar en el que vivía. Porque ella, pese a que el paisaje del pueblo resultase algo más que patético —por culpa del rey, que era un cutre—, tenía algo con lo que escapar de la deprimente vida a la que sus vecinos se veían sometidos día a día.

Tenía libros.

Oh, sí. Muchos libros. Montones de ellos. Más incluso que los que podía llegar a contar con todos sus dedos.
Pero evidentemente, ella, una chica pobre, no era la propietaria de tan valiosos objetos. Y no, su verdadero dueño no era un viejo loco con bastón, larga barba y cara de mala leche. ¿Cómo coño hay que decir que este no es un cuento normal? El hombre en cuestión no era realmente un hombre: era una mujer. Aunque yendo aún más lejos, tampoco era una mujer. Era una bruja.
Así era ella. La bruja blanca, Szao. Su para los amigos. Y Aloine era su estudiante. O estudianta, si lo quieres decir siguiendo esa política absurda de lenguaje inclusivo.

Oh, y ya que estamos desmintiendo falsas verdades, podríamos aprovechar para dejar constancia de que Aloine tampoco era una chica normal. O quizá sí. Al menos parte de ella. La otra parte era un demonio. Solo durante la noche, pero lo suficiente como para dejar de considerarla una chica normal.
También sabía hacer magia, pero eso no es tan importante. O sí.
Solo un poco.
Ya veremos.


Última edición por Edeus el Jue Mar 26, 2020 4:13 pm, editado 1 vez


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Mensaje por Szao el Jue Mar 26, 2020 4:12 pm

Edeus Pérez-Reverta escribió:O estudianta

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Mensaje por Edeus el Dom Abr 05, 2020 11:59 am

CAPÍTULO 1
Hasta el cuello
 

—Daaaaaal… —pidió Gwynbelidd, con una eterna mueca de asco, fruto del cansancio acumulado tras una larga, larguísima caminata que perfectamente podría haber alcanzado ya los quince minutos—. En seeerio, ¿estás segura de que lo encontraremos aquí? No es por ser aguafiestas ni nada, pero llevamos como mil pueblos visitados en solo tres meses, y lo más cerca que hemos estado de encontrarlo ha sido… nunca.
 
—Que te calles, Wini. Tengo una corazonada. Tiene que ser aquí.
 
—¿Sí? —Gwynbelidd se plantó y se cruzó de brazos, así todo indignao—. Pues espero que no sea como aquella corazonada que terminó metiéndonos en mitad de esa secta pseudo-satánica de locos disfrazados de fantasma… —Dal abrió la boca para replicar mordazmente, pero Gwyn se le adelantó—. O esa otra en la que nos robaron hasta el último centavo que llevábamos encima en esa cosa a la que decidiste llamar “hostal”. Ah, ¡y definitivamente espero que no sea como aquella noche en la que la posadera resultó ser un ogro verde y feo!
 
—¡Bueno, ya! —lo cortó de pronto, rápida como el rayo, volviéndose hacia él y clavándole dolorosamente en el hombro a Charlie, un pincel que llevaba siempre encima—. Deja de quejarte. ¡Estoy segura de que está aquí! —Lo miró con suavidad—. Venga, va. Que si no es te juro que te llevo a caballito lo que queda del viaje.
 
—Hecho. —Y como si no hubiese pasado nada, retomaron la marcha, esta vez a un paso normal—. La verdad, si me preguntas, pensaba que esto sería mucho más fácil —añadió, mirando a su amiga de soslayo—. Encontrar un señor con barba. ¡Ya verás cómo en un par de días lo tenemos liquidado! Mimimimi —soltó, con un tono de voz excesivamente más agudo de lo normal en un pobre intento por imitar su voz. La aludida lo miró y volvió a amenazarlo con Charlie. Pero cambió de parecer. Finalmente, le sacó la lengua y siguió andando.
 
Y así, los dos agotados caminantes tomaron finalmente el gran camino de entrada que daba paso a la horrible ciudad de Latekvothivlandia. Sabían para qué estaban ahí. Sabían qué buscaban. Pero definitivamente no tenían la más mínima idea de lo que se iban a encontrar.
 
______
 
El gran palacio real se alzaba majestuoso sobre el valle del Vino. No es que el valle en cuestión fuese una tierra rica en viñedos, como su nombre pudiese indicar, ojo. Si te parases a preguntarle a cualquier vieja del pueblo el porqué de semejante nombre, te diría que el valle había sido bautizado como tal el día del nacimiento de su actual rey, Durzo, el del Vino, cuyas tempranas palabras, aún pronunciadas cuando apenas contaba con unos minutos de vida, habían sido «¡Viva el vino!», antelando así la extraña afición de su soberano por darle a la botella a cualquiera que fuese la hora del día (?).

 
Pues bien.
Era un día de mierda. Radiante, pero de mierda. Y el rey lo supo nada más escuchar a su secuaz golpetear la puerta de sus aposentos con el ansia típica de alguien que le va a dar malas noticias. Qué demonios. Lo supo en cuanto se levantó de la cama con el pie izquierdo, señal de mal augurio por antonomasia. En realidad, hay que decir que realmente su suerte no tenía nada que ver con ello; es solo que el día anterior se había pegado un golpe en el dedo meñique del derecho por corretear descalzo por el castillo. Por eso prefirió levantarse con el pie izquierdo.
 
Total. Que apenas tuvo tiempo para terminar de ponerse los calcetines cuando un apresurado golpeteo resonó en la puerta de su habitación, y una voz al otro lado sonó con firmeza a través de ella.
 
—Su majestad Durzo, tiene usted visita. —Se trataba de Bóreas, el consejero-barra-abogado-barra-ayudante-barra-notario real. Lo tenía un poco sobreexplotado, pero eso era lo que tenía ser el rey de un país pobre como el suyo.
 
—¿A estas horas intempestivas? —Durzo miró su reloj simpático de pared, sorprendido—. ¡Pero si todavía son las dos de la tarde!
 
—Lo sé, señor. Pero parece ser que es importante. Tiene relación con el futuro del reino.
 
—Ah bueno. Pues si es importante voy para allí. —Ni corto ni perezoso, el rey Durzo terminó de ponerse las zapatillas, se colocó bien su bata carmesí imperial sobre el pijama de Batman y salió raudo por la puerta para encontrarse con su secuaz. El consejero-barra-abogado-barra-ayudante-barra-notario real Bóreas miró de refilón la estrafalaria vestimenta con la que su señor pensaba presentarse ante los mandatarios que lo esperaban, pero decidió no comentar nada, no fuese a echarlo del castillo.
 
Apenas tardaron media hora en alcanzar la sala real donde su invitado los esperaba. Normalmente ésta se encontraba bastante vacía, como todos los días, de hecho, pues tristemente nadie quería ver al rey de un país tan cutrillo como era Latekvothiflandia. Y, sin embargo, ese día en concreto había en ella una persona en especial cuya fuerte y brillante presencia parecía ser capaz de llenar de vitalidad toda la sala. Bueno, su presencia y el cacho vestido que llevaba. Una cosa enorme que ocupaba como dos tercios del suelo. Pero sobre todo su presencia.
 
—¡Reina Janis! —exclamó Durzo, el del Vino, al verla—. Un placer verte por mis tierras. ¿Qué te trae por aquí? ¡Siéntate, mujer! ¿Quieres que te traiga algo? —Hizo un gesto a Bóreas para que fuese a por algo para picar, pero la expresión adusta que se encontró en la mujer le hizo cambiar rápidamente de idea.
 
—Vengo a cobrarte lo que me debes, truhán. —Se cruzó de brazos con hastío, y su morado cabello cayó con especial gracia sobre su rostro—. ¡Has vuelto a retrasarte este mes!
 
Al entender que, de hecho, esa no se trataba de una simple visita de cortesía, sino de una con un cariz mucho más amenazador de lo esperado en un inicio, Durzo retrocedió unos pasos por precaución.
—Aaaah, síiii… Sobre eso… Verás… —Intentó pensar algo rápido, y sin embargo el pesado silencio que se posó sobre la sala no hizo más que incrementar su nerviosismo. Lo tenía, ¡una distracción!—. ¡Oye! ¿Sabes… sabes cómo se inventó el hilo de cobre?
 
La mujer lo miró sin decir palabra.
 
—¡Fueron dos catalanes estirando de una iota! ¡Ja! ¿No? Ay, de verdad. —Al ver que la expresión de la mujer no hizo más que endurecerse, no se le ocurrió otra cosa que mirar a su alrededor en busca de ayuda—. ¡Bóreas! Ven aquí. Ven y explícale a esta bella dama cuándo vamos a pagarles.
 
El consejero-barra-abogado-barra-ayudante-barra-notario real Bóreas se acercó a echarle un cable. Para agradecimiento de Durzo, la reina Janis se olvidó de él y dirigió ahora su mirada iracunda hacia el consejero, quien se la devolvió con una envidiable calma que perfectamente podría haber sido el resultado del uso del Corazón de Piedra.
 
—Las arcas del palacio están vacías, su majestad Janis —comenzó él, tratando de sonar lo más diplomático posible, mostrando así como sus años de experiencia en el colegio de consejeros ayudantes abogados notarios no habían sido en balde—. Las cosas no han ido bien últimamente en nuestro reino. Y entiendo que esté enfadada por los pagos atrasados, sin embargo, debe entender que-
 
—Que… estamos a punto de recibir una buena cantidad de ingresos —añadió Durzo. La idea le vino a la mente así, como de repente. Carraspeó y continuó con su mentira—; gracias a los cuales lograremos liquidar todas las deudas que Latekvothivlandia tiene en la actualidad con su reino.
 
Bóreas lo observó descolocado, incapaz de articular palabra ante semejante falta de honradez. No obstante, la mirada de la reina Janis, si bien mantuvo ese brillo perspicaz, pareció suavizarse levemente ante la posibilidad de recibir finalmente lo que le correspondía.
 
—¿Ingresos extra? ¿Y puedo preguntar a qué se deben? —No es que quisiera sonar desconfiada. En el fondo esos pobretones de Latekvothiflandia le daban penilla, pero es que la pela es la pela, al fin y al cabo.
 
—No. —El rey Durzo sonrió, enigmático, tratando de aguantarle la mirada el tiempo suficiente como para que la reina terminase cediendo.
 
La mujer lo miró con los ojos entrecerrados. Finalmente, se encogió de hombros.
 
—Bueno, ‘enga. Que así sea. Pero tenéis una semana, ¿me habéis oído? Ni un día más. No permitiré que esto continúe así.
 
—Que sí, que sí. Prometido, guapa. Vete ya.
 
—Más te vale.
 
Dicho esto, la mujer se dio media vuelta —a duras penas, teniendo en cuenta el tamaño anormalmente grande de su vestido— y empezó a caminar muy dignamente en dirección a la salida, murmurando frases entre dientes como «Latekvothifienses tenían que ser» o «Si es que tendría que haber hecho tratos con el rey del norte, con lo buenorro que está».
 
Una vez hubo desaparecido por la puerta, Bóreas se volvió indignado hacia su señor.
—¡¿Pero se puede saber qué ha hecho?!
 
—‘Enga Bor, no te pongas así, que tampoco es pa tanto, hombre —le soltó, haciendo un gesto con la mano para quitarle hierro al asunto—. ¿No has oído lo que ha dicho? Tenemos una semana entera. Ya pensaremos en algo.
 
Bóreas le habría querido decir que no, que una semana no daba para nada. El reino de Latekvothiflandia estaba de deudas hasta el cuello, y en ese momento ni siquiera el mejor de los usureros sería capaz de ayudarles.
 
Finalmente, llegó a una conclusión. Suspiró.
Tenía muy claro a quién acudir.
 
______
 
La malvada Dalcenti se plantó en la plaza del pueblo cual forajido, y una bola del desierto pasó rodando por ahí. Gwyn la miró.
―¿Y ahora qué?
 
Miraron a su alrededor. No había nadie.
―¿Nos vamos?
 
―Vale.
Y así fue cómo su aventura llegó a su fin.


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Mensaje por Durzo el Dom Abr 05, 2020 4:51 pm

¡Viva el vino!
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