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Mi novela de zombies

Mensaje por Wisseppi el Dom Abr 07, 2013 6:08 am

Está actualizado, por favor, haganlo mierda


I
El día comenzó muy mal… Fue terrible. Por la mañana discutí con Theresa. Ella siempre decía que invertía mi dinero en cosas innecesarias. Me había comprado dos réplicas de sables láser de la guerra de las galaxias. Qué estúpido fui, no sabía para qué usarlas, ni dónde colocarlas. La verdad es que sólo las quería tener. Es ese tipo de cosas que quieres, sólo para sentir que tienes control sobre ellas, que te pertenecen a ti y no cabe la posibilidad que le pertenezcan a otro… Aquella mañana escuché sus argumentos con un tono de voz elevado, y decidí reservarme. ¿Para qué responderle si sería como echarle más carbón al fuego? Yo tampoco tengo mucha paciencia, y la verdad es que estaba orgulloso por haber guardado silencio. Además, siempre terminamos bien. No importa cuántas discusiones tengamos, o cuán enojados estemos el uno con el otro, siempre nos reconciliamos.
Como todas las mañanas, me lo pasé en la clínica, atendiendo pacientes con los mismos síntomas. Más resfriados comunes de los que pudiera contar, cinco hipocondriacas, una pequeña niña de doce años que había intentado suicidarse cortando las venas de su muñeca porque su novio la dejó por otra y tenía una ligera infección que le provocaba escozor y molestia.
Sin dar más detalle, tenía la tarde libre y más dinero del que llegara a necesitar. Las dos cosas necesarias para comprarle un grandioso regalo de cumpleaños a mi muchacho, que cumpliría dieciocho en tres días más. Acabé esa mañana con una amplia sonrisa que recorría toda mi cara. Probablemente si batman me hubiera visto, habría tratado de arrestarme. Al salir de la librería, observé por última vez el paquete envuelto en un papel de variados tonos azules y una rosa blanca descuidada, hecha por compromiso. Decidí comprarle a Thomas, mi hijo, un libro sobre zombies. ¿Qué clase de padre compra semejante clase de literatura a un muchacho de diecisiete años? Les diré la verdad; todos. No conozco a ningún padre que no quiera ver feliz a su hijo, y si algún día llego a conocer uno, no lo consideraría un padre. Tom y yo tenemos muchas cosas en común, aborrecemos el esfuerzo físico, nos gusta la ciencia-ficción, compartimos mucho, discutimos mucho, y ambos intentamos imponer nuestra razón en cualquier discusión. Sin embargo, nos diferenciamos mucho. Yo soy amante del noveno arte y el buen cine. Él es amante de leer, libros de toda clase, pero sobre todo sobre zombies.
Camino a casa me encontré con un taco fatal. Recuerdo que me dio curiosidad ver tantos helicópteros surcando los cielos, ambulancias, y carros de policía intentando pasar entre los vehículos como un leucocito atravesando los vasos sanguíneos, jamás había visto maniobras tan precisas. Hasta el día de hoy creo que tuvieron suerte. Después de lo que sucedió, creo que todos la tuvimos en ese momento. Al ver que los vehículos no avanzaban, y además del escandaloso bullicio de bocinas y sirenas que me volvían loco, tomé la decisión de aparcar mi vehículo en el estacionamiento más cercano que encontré, y decidí ir caminando a casa. Mi idea no era dejarlo ahí tirado, volvería en cuanto pasara todo el caos. Me bajé y al cerrar la puerta detrás de mi, recordé el regalo de Tom que había quedado en el asiento trasero. Cuando abrí la puerta y estiré mi brazo para recoger el paquete, pude ver a la distancia una mujer agitándose con firmeza endemoniada mientras dos policías con unos trajes antibalas y cascos, totalmente negros, intentaban inmovilizarla con una violencia que en ese momento consideré exagerada. La tiraron contra la pared y parecían hacer un esfuerzo sobrehumano para colocarle las esposas.
Los gritos guturales y exasperados de esa mujer, con las manos manchadas de sangre siguieron dando vueltas por mi cabeza hasta que me encontré, sin darme cuenta, frente a mi casa. Ahí, de pie frente a mi hogar sentí que me quitaba un gran peso de encima. Como si durante todo el trayecto hubiera temido por mi vida, y ahora que sabía que estaba en casa, me sentía seguro. Exhalé el aire emitiendo un ligero gemido de alivio, sin moverme de la acera. Comencé a caminar hacia la puerta, con lentitud, como si por fin hubiera abierto los ojos para darme cuenta de todo lo que tenía, y de todo lo que podía agradecer. No soy muy creyente, pero si Dios existe, en ese momento él estaba ahí, en mi interior. Agradecí por todo, por mi familia, mi barrio, mis vecinos y su detestable perro… Sí, agradecí por el perro, el maldito perro que me mordía los talones en cuanto encontraba una manera de emanciparse de sus correas. Y sonreí al abrazar con mi mano el pomo de la puerta. La abrí despacio, inspirando el aroma al hogar. Ese dulce aroma que siempre está ahí, esperándote pero que siempre estás muy ocupado para percibir. Ese aroma que dejas de recordar porque pasas mucho tiempo con él. Pero cuando no estás en casa por un tiempo y te lo encuentras, te encanta y lo inspiras profundamente antes de que vuelva a desvanecerse. Eso hice. Inspiré profundamente, y lo próximo que vi, me quitó el aire.
Momento de estrés. La sangre se olvida de ti, y se preocupa de ella. Todo tu organismo te abandona sólo para salvarse a sí mismo. Las pupilas se dilatan, el corazón comienza a latir como si quisiera salir de tu pecho y ser el primero en salvar su vida. Las contracciones estomacales disminuyen y cada poro de tu cuerpo comienza a emanar sudor. Todo esto ocurre en milésimas de segundo, lo suficiente para diferenciar entre la vida y la muerte. Lo suficiente para reaccionar, huir o atacar. Cazar o ser cazado…
¡Feliz cumpleaños!- Gritaron todos parados detrás de la extensa mesa rebosante de botanas y dos tortas cubiertas de crema, sobre las cuales flameaban un par de velas de colores. Casi me matan del susto. Habían al menos doce personas, no sé si nombrarlas todas, porque la mayoría deben de estar muertos. Pero eran personas buenas, y creo que recordar a las personas buenas es algo que ellas, donde quiera que estén, valoran más que nada.
La primera que nombraré será a Teresa, mi esposa. Siempre fuimos muy diferentes, en todos los aspectos. Prácticamente lo único que teníamos en común era el lazo amoroso que nos unía con firmeza. Algunas veces compartíamos a regañadientes lo que al otro le apasionaba, pero ambos sabíamos que nos encantaba pasar tiempo con el otro, haciéndolo feliz… - Los ojos vidriosos de Robert reflejaban lo obvio. Pero su narración no se interrumpió. Sólo se limitó a secar una lágrima que se cristalizaba- Thomas era el único que se encontraba sentado. Jugueteba con un cheeto mientras me sonreía, y de reojo miraba un libro que tenía a su lado. Deduje que no había terminado de leer su capítulo, y que interrumpí su lectura al llegar a casa. Él odia dejar un capitulo a medio terminar. Con la mano en el hombro de Thom estaba mi padre. Su nombre era Vincent. Él me enseñó todo lo que necesitaba para ser quien soy, y no me enseñó nada de lo que he deseado saber sólo un par de veces. Él era un hombre sin igual. Orgulloso como él mismo, y de carácter fuerte como un roble. Siempre fue más alto que yo, juré nunca perdonárselo, pero él siempre se salía con la suya. Y lo perdoné. A su lado, rodeándolo con sus dos brazos estaba mi madre. Marta, quien me entregó todos los medios que necesitaba para crecer recto. Ella me entregó la sensibilidad que todo buen hombre necesita para ser y hacer feliz. Me entregó sed del conocimiento. Era una mujer con muchas ganas de saber más de lo que nunca sabría, y era tierna y bondadosa como una monja que se gana la lotería. Si bien mi padre fue el sol, mi madre fue el tallo. Ambos fueron tremendamente necesarios, y sin uno de ellos… O sin ambos, jamás podría imaginar qué habría sido de mí. Justo al lado de mis padres, se encontraban los padres de Theresa; Dante y Eva. Siempre los quise como a mis segundos padres, estaban ahí cuando realmente los necesitaba… Y para ser sinceros, estaban ahí cuando no los necesitaba tampoco. –Robert suspiró. Y continuó hablando de cada una de las personas que se encontraban ahí ese día. De cada una dio su nombre y habló desde el corazón. Por cada una derramó una lágrima. Su público lo escuchaba alrededor de aquella fogata. Todos con la mirada fija en el suelo. Asintiendo con la cabeza, dando a entender que seguían la historia con angustia. Todas sus miradas reflejaban lo mismo, angustia, y un toque del pasado que alguna vez les entregó felicidad.
Los cumpleaños siempre me parecieron una excusa. Hay que aceptarlo, una excusa para hacer una fiesta, una excusa para recibir obsequios, una excusa para comer hasta no poder más, una excusa para que la familia se vea… En fin, excusas. Pero aquel día no parecían excusas para mí, todos estaban ahí porque querían. No se veían obligados, ni estaban ahí por compromiso. Mientras cenábamos entró a la conversación el tema de las calificaciones de Thommy, mi trabajo, la granja de los tios, el perro del vecino, y también comentarios de las últimas noticias.
Resulta que todo el boche que había vivido en la mañana tenía una explicación bastante sencilla. Se habían escapado los pacientes más peligrosos del manicomio, pero las autoridades habían logrado controlar la situación. Miriam, que tenía una amiga que trabajaba en la corporación de salud mental, nos comentó que según su fuente, en el manicomio no había pasado nada, pero que la policía había llegado con muchos individuos que realmente habían perdido la cabeza y llenaron todas las celdas.
Todos disfrutaban de la comida, de la bebida, de la compañía, de la música. Incluso Thomas bailó con su madre, y dejó tranquilo sus libros por un rato. Pero la fiesta duró hasta que se hoyó un llanto afuera de la puerta. Dante bajó el volumen de la música sin pensarlo y Theresa abrió la puerta. Se quedó inmóvil, permitiendo el que las ráfagas del helado frio nocturno llenaran cada esquina de la casa. Se apartó de la puerta, y una niña pequeña de doce años se presentó ante el umbral. Tenía sus manos cubiertas en sangre y lloraba con tal angustia que de solo verla se te recogía el corazón. Theresa me dirigió una mirada y no tardé en comprender. Revisé a la muchacha, con cuidado para que no se sintiera acosada. Le hablé con ternura pero sus ojos estaban perdidos entre las lágrimas y no reaccionaba en lo absoluto. Los invitados se comportaron con mucha civilización. Tanta que me molestó sentirme solo con la niña en mi propia casa. Callaban y miraban curiosos, creyendo que con solo ver cómo revisaba a la pequeña, obtendrían respuestas. La verdad es que no hubo respuestas, tanto de parte mía como de ella. Sólo se asomó una pregunta… -¿Cómo… te hiciste eso?- Dije al ver una herida en la parte inferior de su brazo, cerca de su axila. La niña no reaccionó, sólo sollozaba. Sus llantos se habían calmado solo un poco. –Está pálida- Dijo Theresa. – La miré con curiosidad fatal.- ¿La conoces?- Theresa asintió con un movimiento torpe de cabeza – “Es la hija menor de los Levi. Se ve pálida, normalmente tiene la piel clara, pero ahora parece un vaso de leche”- El tono de voz de Theresa poseía un poco de temor. Los Levi eran nuestros vecinos, no nos llevábamos del todo mal, excepto su perro y yo. La herida no parecía infectada. Decidí preocuparme de sus manos cubiertas de sangre, pensé en su estado de shock, e inmediatamente en sus padres.
La dejé en casa al cuidado de los invitados, y salí de la casa para entrar a la noche, vagamente iluminada por los faroles de la calle. Tardé un par de minutos en llegar ante la puerta de los Levi. La casa estaba con las luces apagadas, y no se oía ruido en el interior. Toqué la puerta pero nadie abrió.
II

-¡Comida enlatada!- Dijo James acercándose al grupo alrededor de la fogata. Tomó una herramienta multiuso y la utilizó como abrelatas. Greg ubicó un trípode sobre el fuego, en el que pendía una olla, dentro de la cual James vertió el contenido de las latas. – No es mucho, pero será suficiente para no morir de hambre por ahora. No sabemos cuánto durará todo esto. – Robert continuaba con su mirada perdida, como si aún en silencio él continuara contando aquella historia para sí mismo, una y otra vez.
James era un tipo delgado, de unos treinta años o quizás menos. Tenía el cabello rizado y una mirada que acababa por ser una verdadera amalgama entre positivismo y mala leche. Greg por otra parte, era más viejo y más delgado que todos nosotros. Tenía una barba descuidada y la calvicie comenzaba a aflorar en su coronilla. Alrededor del círculo de luz que brotaba del fuego, había cuatro personas más. Lucy era una pequeña rubia de diez años, de grandes ojos y de facciones delicadas, hija de James. Elin, su madre, se encontraba a su lado, cubriéndola con una manta. Pedro, el hijo de Greg y por último, Red. Red era el único del grupo que sabía utilizar armas de fuego. No le simpatizaba a nadie, era independiente, no comía con nosotros, no nos hablaba, era como si sólo estuviera para protegernos. Como un ángel de barba descuidada y vestido totalmente de negro. Su silueta se aliaba con la oscuridad, y su voz era grave.
Robert observaba a Pedro mientras éste llenaba de sopa de legumbres, si podíamos llamar así a unas habichuelas sazonadas, cada uno de los platos. Los platos estaban en perfecto estado, también los cubiertos.
-Tuvimos mucha suerte de que a Robert se le haya ocurrido echar vajilla a su mochila, además de buenas porciones de comida.- Dijo James mientras empujaba su cena con una cuchara. Robert lo miró a los ojos y articuló – No fue idea mía, fue de Theresa. Debemos agradecerle a ella.- Todos callaron y miraron al suelo. El nombre de Theresa parecía poner incomodo al grupo completo. Excepto a Red.
Ya había acabado la cena. Apoyados en el suelo, entre las piernas de las siete personas se encontraban seis platos vacíos. Totalmente limpios. El primero fue Greg, que le dirigió la mirada a Robert. Luego todos, incluso Red compartieron aquella mirada. Todos los ojos posados sobre Robert señalaban sólo una cosa. Robert asintió, y continuó torciendo el gesto.
III
Registré las ventanas y estaban todas cerradas. Abrí la puerta que me permitió ingresar al patio trasero de la casa. El maldito perro, para suerte mía, no se encontraba ahí. Cualquier protagonista con agallas habría intentado forzar las ventanas o derribar una puerta… ¿Para qué? La hija de los vecinos estaba enferma, sus padres no estaban en casa, ella probablemente sangró y se presentó en mi puerta para buscar consuelo. ¿Qué motivo irracional me llevaría a entrar una casa en la que obviamente no hay nadie dentro? Salí del patio de la casa, y me dirigí a la acera. Mientras caminaba de regreso a mi casa, pensaba en qué clase de padres eran los Levi, y en el porqué de las manos ensangrentadas de la niña.
Estaba apoyada en el respaldo de la cama, cubierta por varias capas de cálidas mantas. La cama de Thomas era tan grande que la hacía ver aún más pequeña. Sus manos estaban limpias, Theresa había lavado sus brazos y piernas antes de acostarla. Estaba hirviendo en fiebre.
Debo aceptar que me molestó que una persona ajena a la casa, aunque sea una niña, venga enferma y tengamos que utilizar la cama de nuestro hijo. Ella debería tener padres, pensaba, porque en ese tiempo no sabíamos lo que les había ocurrido. Yo miraba con reprobación a Theresa, y ella intentaba hacerme entender que la pequeña tenía fiebre, que si llegaba a pasarle algo malo tendríamos que cargarlo en nuestra consciencia.
Llamamos a la policía y en un par de minutos teníamos dos oficiales bajo mi techo, probando mi pastel de cumpleaños. –“Señora, la niña se vendrá con nosotros y pasará la noche en la comisaría.”- Dijo intentando tragar mientras comía y bebía. –“Conseguiremos una orden de allanamiento para entrar a la casa de sus vecinos en cuanto podamos. No podemos ingresar ahora porque no es una situación vital. La pequeña está enferma, la llevaremos al hospital y desde ese punto será responsabilidad de los doctores.”- Mientras hablaba agitaba su tenedor en el aire, convencido de que el lenguaje somático le daba más fundamento a lo que él decía. Todos los invitados me miraron consecuentemente, querían que yo dijera lo que iba a decir. ¡No soy una mala persona! No me molesta ayudar al prójimo, y menos a una niña pequeña convaleciente. Pero siento que es una invasión a mi privacidad…
Una hora más tarde nos encontrábamos sólo nosotros en casa. Los invitados se habían ido, y Thomas ayudaba a Theresa a retirar los platos de la mesa mientras yo me encontraba diagnosticando a la pequeña. Tenía fiebre, sudoración excesiva, mirada perdida, y estaba pálida. Llevaba varios minutos tratando de hacerla hablar, pero no lograba nada. –Tengo hambre- Me dijo con voz tímida, mirándose las manos. Le sonréi, le pedí que me esperara y le acaricié la cabeza con cariño. En menos de dos minutos regresé con una porción de pastel. Ella lo comió rápidamente. De hecho, no estaría muy lejos de la verdad decir que lo engulló. Al acabarlo, en cosa de segundos me miró hambrienta. -¿Podría darme más por favor?- Al cabo de veinte minutos la pequeña se había servido cuatro porciones de torta. Al acabar la cuarta, no me pidió otra, pero por la forma en que miraba el plato, y retorcía sus manos, parecía más hambrienta que antes de comer. Decidí ignorarlo, y convencerme de que ella estaba satisfecha, y que podía estar equivocado.
Thomas durmió en nuestra cama, entre Theresa y yo. La idea le disgustó, pero todos sabíamos que el que hablaba era su orgullo. La noche era calurosa, y a las dos de la mañana me desperté con un ruido sordo. Me preocupé por la niña. El ambiente estaba tan sofocado que tanto Thomas como Theresa se habían destapado entre sueños para refrescarse. Abrí la puerta de mi habitación, y encendí las luces del pasillo. Oí sollozos desde la habitación donde se alojaba nuestra huésped. Entré con cuidado, y encendí las luces. La muchacha se cubrió los ojos y lanzó un grito desgarrador que quebró mi alma, y me llevó a apagar las luces instintivamente. Sensibilidad a la luz, no era nada bueno. – Escucha, encenderé la luz para ver cómo estás, ¿está bien? Cierra tus ojitos- Le dije con suavidad paternal. Ella asintió con un gemido “ahá”. Volví a dar la luz, y analicé nuevamente la situación, ahora fue diferente. Encontré a la pequeña destapada por completo, las sabanas estaban cubiertas de sangre, la piel de sus brazos y piernas se estaba cayendo. Podía ver los músculos bajo su piel, palpitando. Yo estaba sorprendido, no sabía de ningún virus que hiciera algo como eso en tan poco tiempo. Me cubrí la boca.- ¿Te duele?- le pregunté – No. Tengo hambre.- Espetó ella. –Ya comiste mucho por hoy- le dije amablemente.- Pero tengo hambre.- Volvió a decir con la mirada perdida en la pared.
Theresa y Thomas me esperaban en el pasillo. Los miré, y luego me volví a ver a la pequeña. –Tenemos que llevarla a Urgencias.- Me acerqué más a ellos para continuar en voz baja. – Su piel se está cayendo, y perdió la sensibilidad. No le duele en absoluto y las sabanas están cubiertas de sangre.- El gesto de Thomas pronunció una expresión de asco.
Me vestí en mi habitación, y Theresa se vistió en el baño, cuya puerta daba directamente al cuarto. Thomas también se había vestido, quería acompañarnos. Lo entendí como un afán de satisfacer su curiosidad. Le dí un par de guantes quirúrgicos a Thom, y entramos a la habitación. Encendí la luz, y la pequeña no estaba. La cama estaba cubierta de sangre y trozos de piel muerta. La pequeña se había levantado y se dirigió al primer piso. Lo supe porque había dejado a su paso un camino de sangre.
Miré a Thomas y le sonreí. No me imagino qué clase de sonrisa debió de haber sido, pero él no me devolvió la sonrisa. Decidí bajar, pero él me cogió del brazo. –Papá…- Me dijo, y calló. No se atrevía a hablar. Quería decirme que tuviera cuidado, que las historias de zombies comienzan así, pero ¿realmente creen que yo le hubiera puesto atención? Ahora se lo habría agradecido, pero en ese momento hubiera pensado que le faltaban milenios para madurar, y me habría avergonzado de él. Bajé por las escaleras negando con la cabeza, y mirándole con reproche. Ya en el primer piso, la casa estaba impregnada de un silencio de ultratumba. Hasta que aquel silencio se quebró junto con un plato que cayó al suelo. La cocina. Caminé hacia ahí, y por cada paso que daba mi corazón latía más rápido. Me sentía estúpido por dudar de las teorías absurdas de Thomas.
Entré y la vi. Comiendo todas las sobras de lo que hubo en la mesa. Desesperada, dando inspiraciones y exhalaciones cortas, interrumpidas por la ingestión de comida. Giró su cabeza rápidamente y me observó con ojos penetrantes y perdidos. -¿Por qué las voces?- Me preguntó. No supe que contestarle. –Papi, ¿por qué le hiciste eso a mami? Ella no te ha hecho nada.- De cuclillas, comenzó a acariciar el suelo. Repentinamente hizo un movimiento rápido que hizo que me sobresaltara, y se abalanzó sobre su comida. Defendiéndola, como un perro con su hueso. Me limité a observarla, no sabía exactamente qué hacer. Se me ocurrió llamar a la policía, pero cuando iba saliendo de la habitación observé cómo ella abría el refrigerador y comenzaba a tirar toda la comida al suelo.- ¡No hagas eso! – Le grité, e intenté detenerla inmovilizándola entre mis brazos. Ella comenzó a moverse entre mis brazos, intentado librarse, y con una fuerza sobrehumana rompió mi llave. Ella giró su cabeza hacia mí, y sus ojos estaban perdidos. Pálidos e inexpresivos. Me miraba de la misma manera en la que miraba el pastel que le llevé cuando todavía era una muñeca inocente en una cama. Se lanzó contra mí liberando un grito desalmado y me tiró al suelo, rasguñando mi camisa. Su pequeña boca llena de comida intentaba morderme, me desesperé e intenté hacerla a un lado, pero… - Robert calló de súbito. Los compañeros en la fogata exhalaron lentamente, como si durante toda su historia hubieran guardado todo el aire para el final. Red se levantó despacio, intentando no llamar la atención y se retiró al interior de la casa. Robert lo siguió con la mirada.-Como sea, pude sacármela de encima, y corrí al segundo piso. Tomé a Theresa y a Thomas que iban bajando las escaleras preocupados por el ruido, y nos encerré en nuestra habitación. Les expliqué lo que acababa de ocurrir, y decidimos llamar a la policía, pero las líneas estaban saturadas. Theresa se sentó en la cama y encendió la radio. –“…revelando que los ataques de los internos del manicomio Saint Rose fueron en realidad producto de un retrovirus que manifiesta síntomas de forma casi inmediata después de una semana de contagio. Las autoridades aseguran que el manicomio será puesto en cuarentena, y se realizará un chequeo profundo de cada visitante y empleado de la corporación. El ministro de salud asegura que el pueblo no debe temer riesgo alguno, y que todo se encuentra bajo...”- Theresa me miró en busca de respuestas. – Miren… No hay peligro, ya oyeron. Ustedes descansen, yo esperaré. – Me quité la camisa, y la tiré al lavamos del baño.
Desde la ventana observaba la calle. Mi esposa y mi hijo estaban durmiendo como un par de ángeles. A la distancia por la calle divisé el reflejo de unas luces que cada vez más cercanas revelaban un vehículo de policía. Estábamos en estado de alerta, y el vehículo no emitía su clásica sirena. Abrí la ventana y grité a todo pulmón, pero no me contestaron. Fue entonces cuando oí movimiento en el primer piso. Dirigí la mirada a mi familia, pero no se habían despertado. La pequeña seguía ahí abajo. Nunca fui una persona creyente, pero recuerdo que me acerqué al velador de mi mujer, abrí un pequeño cajón y sostuve en mis manos su rosario, apretándolo con fuerza, esperando exprimirlo para obtener unas gotas de esperanza.
IV
A la mañana siguiente mi espalda me estaba matando, me había quedado dormido sentado en una silla al lado de la cama. Theresa y Thomas seguían en los brazos de Morfeo, y estiré mis brazos para cubrirlos mejor. Hacía mucho frio, y me pareció extraño, relacionándolo con el calor que había la noche pasada. Me levanté, guardé silencio y el silencio se mantuvo. Salí al pasillo revisando con precaución cada puerta, y bajé hasta la cocina. El suelo estaba regado de comida, y manchas de sangre. Iba a suspirar de alivio, pero la vi. Estaba tirada en una esquina sombría, respirando con dificultad. Su piel era difícil de identificar entre los músculos palpitantes, y los desperdicios de comida que tenía encima. Aún llevaba la bata de dormir con la que había entrado a la casa, ahora en un estado precario. Metí mi mano al bolsillo y saqué mi celular. Decidí hablar afuera de la cocina en caso de que ella me escuchara, pero no fue necesario, la pequeña abrió los ojos y lentamente movió mi cabeza hacia mí. Pero no se movió, sólo se quedó ahí, tirada. Llamé a la policía una vez más, me atendieron. Expliqué mi situación, y para mi sorpresa la operadora parecía entender de qué estaba hablando.
-Se ve tan…- ¿Aterradora?- Interrumpí a Theresa mientras intentaba describir lo que sentía al ver a la muchacha tirada en aquella fría esquina de la casa. –No… Indefensa. Me causa angustia verla en ese estado. Pobrecilla…- Eran las ocho de la mañana y ambos nos encontrábamos en la cocina esperando a los oficiales, que según la operadora no tardarían en llegar. Thomas no se atrevía a entrar a la cocina, tenía miedo de contagiarse. Desde hacía mucho temía que él tuviera fobia a los gérmenes, pero en esta ocasión lo comprendía. Si no fuera el macho alfa responsable de la casa, me habría quedado escondido en un bunker por meses.
Como sea, los agentes llegaron. Venían con cascos y trajes gruesos y negros, parecían verdaderos caballeros medievales. Me recordaron a los uniformados que había visto deteniendo a la mujer aquél día. Les expliqué la situación, y ellos asintieron por cortesía, sabían exactamente lo que iban a hacer. Nos pidieron que esperáramos en la calle, y obedecimos. Llevábamos varios minutos esperando afuera, mirando hacia nuestra casa, esperando algún ruido, pero Theresa nos interrumpió. - ¡Demonios, ya son las nueve y media! ¡Voy a llegar tarde! Y Thomas tiene examen hoy- Thomas la miró desilusionado. Tenía esperanzas de no ir a clases. Sin embargo, detuve a Theresa y le expliqué que no quería que fuera a trabajar porque las cosas estaban bastante raras, y me daba mala espina dejarlos por su cuenta. Decidimos quedarnos juntos todo el día. Repentinamente comenzaron a oírse gritos en el interior de la casa, y al cabo de unos minutos los dos oficiales salieron por la puerta principal llevando entre ellos a la pequeña, que escupía espuma y chillaba como un cerdo. La asieron y la encerraron en la parte trasera del vehículo. Ella comenzó a azotarse en el interior. –“¿Qué es lo que está pasando oficial?”- Pregunté con una voz más insegura de lo que esperaba. El agente se levantó la visera del casco, lo que me permitió ver sus ojos.-“Al parecer ha habido un ligero brote de rabia en la zona. Tenemos la libertad de utilizar cualquier medio con tal de tranquilizar a los afectados. Son demasiado agresivos.”- Dijo con cierto pesar. Su mirada decía con pesar, que al entrar a la academia jamás pensó que acabaría golpeando niñas rabiosas.- “Quédense dentro de su casa. Mantengan cerradas puertas y ventanas. Infórmense constantemente por el medio que estimen conveniente. Prefieran mantener distancia de individuos que actúen extraño, o parezcan mentalmente aislados.”- Recitó casi mecánicamente. Theresa me miró a los ojos, y luego se dirigió al agente.- Debo ir a trabajar, y el chico tiene que ir a clases, ¿qué tan grave es esto? Podemos…- El tipo interrumpió a mi esposa.- “Mire señora, algunas compañías continúan con sus actividades regulares y las clases de todos los establecimientos fueron canceladas hasta nuevo aviso. Buenos días.”- Él y su compañero subieron al vehículo, y desaparecieron varios metros más allá al tomar una curva.
V
“¡Mierda Robert! ¡Nos llevas entreteniendo casi dos horas aquí!”- Exclamó Greg. Elin tapó los oídos de su pequeña para que no oyera las maldiciones.- “Mañana debemos despertarnos temprano a cazar. Mis huesos me dicen que ya se acerca el invierno, y debemos reunir toda la comida que podamos.”- James rió y le contradijo –“¿Cómo esperas guardar toneladas de carne sin un congelador?”- Greg le miró con una mirada de odio bromista. -“Sea como sea, Greg tiene razón”- Opinó Elin. –“No importa lo que pase, no podemos darnos el lujo de esperar. Ya dejamos la ciudad varios kilómetros atrás, y aún no sabemos dónde ir.” – James se levantó y miró a su esposa con desaire. –“Sí sabemos dónde ir. Iremos al sur, donde se levantaron los campamentos de supervivientes, justo en la frontera estatal con Waveplace.”- Elin se irguió enfurecida, y le espetó en la cara clavándole su dedo índice en el pecho por cada palabra que salía de sus labios. –“Escúchame James Peacecaster Walker. Eres el único que vio en la televisión esa estupidez de los campamentos supervivientes del sur. Si ese estúpido cacharro rodante no fuera tuyo, probablemente ya estaríamos tomando duchas calientes, y desayunando algo además de carne y estos malditos frutos ácidos. Todo esto nos pasa por hacerte caso y seguirte como el puñado de gente necesitada y desesperanzada que somos.”- Elin calló, reposando una mirada penetrante en los ojos de James. Él miró a su esposa con el ceño fruncido. Robert sonrió al ver que la pequeña Lucy cubría sus oídos con fuerza. Todos miraron al suelo, o intentaron fingir que no formaban parte de la discusión. Robert sabía que la mujer tenía razón, nadie de los presentes había escuchado algo por el estilo, pero desde hace dos días se veía obligado a seguir a James ya que él era el dueño de la que alguna vez fue una lujosa casa rodante. Tenían las comodidades más básicas, y en esos tiempos cualquier comodidad era bienvenida. Elin lentamente acercó su cuerpo a James y lo abrazó, hundiendo su cabeza en la curvatura de su cuello. Él lentamente la rodeó con sus brazos y le besó la cabeza. Le susurró algo en el oído que nadie oyó, pero debió de ser algo tierno, algo que nadie se imaginaba que podría salir de James. Robert sonrió y al verlo todos los hicieron. Fueron en ese momento una luz en aquella tan espesa y profunda oscuridad. Una oscuridad a la cual no aleja el resplandor de la fogata, sino una que se encuentra en cada uno de sus corazones.
Robert ingresó a su tienda. Era una tienda para seis personas, grande y de un azul petróleo con finas franjas plateadas. En su interior había una mujer acostada dentro de una bolsa de dormir. Él se acercó, tomó su mano y ésta le sonrió. –“¿Cómo te encuentras mi amor?”- Theresa estaba sudando, y sus ojos se manchaban con un par de definidas ojeras. –“Bien… gracias”- Robert le sonrió y le acarició su mejilla con delicadeza. “Tranquila, esto va a pasar rápido y te pondrás bien.”- Robert le sonrió, y giro su cuello para ver a su hijo durmiendo plácidamente en un saco igual al de su madre. Intentó cubrirlo mejor, y se inclinó para besarle la cabeza.
Eran las tres de la mañana. En un improvisado campamento a un lado de la carretera, se encontraba un hombre sentado en una silla de playa, sobre una casa rodante. Tenía una vista espléndida para hacer guardia. Podía ver la ruta 7, desde que nacía a lo lejos desde una colina, hasta que desaparecía en un espeso bosque por el horizonte. De vez en cuando veía algún vehículo pequeño pasar por la ruta. Solo le bastaba rotar su cabeza para ver las cuatro tiendas. Llevaba cuarenta minutos haciendo guardia, cubierto con una manta y un café que no tardó en enfriarse. Cuando estaba a punto de caer dormido, escuchó a alguien subiendo por la escalera lateral del vehículo. Se giró confiado y le sonrió a Elin. Ella tomó una silla de playa que estaba cerrada sobre sí misma, y la abrió, ubicándose al lado de su esposo. -“James… Tengo miedo”- Le dijo. Y él le tomó su mano. “Todo va a estar bien. Sé que crees que el sur puede decepcionarnos, pero ¿dónde iremos sino? Es la única esperanza que tenemos. Las vacunas no lograron llegar a Waveplace. ¿No es eso lo que tememos? Tu misma viste lo que la gente está haciendo para no enfermarse, roban vacunas y las venden a precios estratosféricos. Otros saquean casas sólo para poder comprarlas.”- Elin torció sus labios y miró al suelo. Luego se le acercó al oído y le dijo a su esposo en voz baja: “Tienes razón. Es lo mejor que tenemos ahora, pero hablaba de nuestro nuevo grupo. Está bien llevar a Greg y a Pedro, después de todo siempre fueron amigos de familia. El tipo de negro se ha demostrado fiel, y sabe manejar armas. Pero los nuevos… No me dan confianza.” – James la miró comprensivamente. –“No es una familia mala, no nos han traicionado, ni mentido… Además tienen vacunas.” – Elin miró hacia las tiendas y luego se acercó al oído de James aún más –“Creo que la esposa de Robert está enferma. Llevan dos días con nosotros, y cuando la subimos se veía decaída…”- “Eso no prueba nada”- Le interrumpió Robert. Pero Elin continuó –“No ha salido de su tienda desde el mediodía de ayer. Y hoy, cuando pasaba por el lado la oí toser fuertemente.”- James la escuchó y luego de pensar un rato dijo- “No tiene sentido. Él tiene vacunas, me las enseñó, y sé diferenciar una vacuna original de una falsa. No lo conozco mucho, pero sé qué clase de hombre es, y es obvio que tiene a su familia ya vacunada. Todo el mundo sabe que la vacuna no sirve una vez contraída la enfermedad.” – Elin asintió. Pero se quedó callada un largo rato mirándose las manos. –“¿Te hago otro café, amor?” – Le dijo a James con voz dulce.
Al día siguiente, Robert y James habían ido a cazar. James le pidió a Greg que se quedara cuidando de las mujeres mientras ellos regresaban Esperaban encontrar un venado o un jabalí, pero la verdadera intención de James era enseñarle a Robert a disparar un arma. Sólo había un rifle en el grupo, y tenía el cañón levemente torcido. “¿Y cuánto tiempo se supone que debemos buscar?”- Preguntó Robert mientras se sorprendía por el peso del arma.- “Eso depende, la verdad es sólo cosa de suerte y saber rastrear. Yo no sé hacerlo, aunque hace doce años acompañe a un tío a cazar.”- Robert asintió y continuaron hablando de cosas sin importancia hasta que se sumergieron en un largo silencio incómodo. “Quiero que nos vacunes a todos.” Dijo James con voz imponente. Robert continuó caminando a su lado, en silencio. “Me mostraste tus vacunas, quiero que las utilices. De nada sirve que tengamos toneladas de ellas, si las utilizamos cuando estemos infectados.”- Robert negó con la cabeza y continuó en silencio. James lo detuvo bruscamente por el hombro a la vez que tomaba el rifle con la otra mano para evitar que escapara un tiro. Colocó el brazo contra su cuello, y lo empujó hasta que su espalda se diera contra un árbol.- “No te hagas el imbécil conmigo Robbie, tú sabes que en estos tiempos la única justicia va por la fuerza. Ahora háblame, o deberás decirle a todos en el campamento por qué te molí la cara a golpes.”- Robert balbuceó algo, y luego de que James lo liberó se sobó la garganta.- “Te diré la verdad, todo esto fue un mal entendido. No quiero hacerte daño a ti, ni a tu familia, ni a Greg, ¡ni a nadie! Cuando nos encontramos en medio del camino, e hicimos que te detuvieras, me preguntaste si tenía vacunas. Te dije que sí, y te enseñé una.” – “Era una original, lo recuerdo.”- “Correcto James. Era UNA. En ningún momento te dije que tenía más de una…”- James enfureció y tiró el rifle al suelo para lanzarse contra Robert, agarrándolo de los hombros y sacudiéndolo.- “¡Pudiste haberlo dicho antes, hijo de p*! ¿Sólo una miserable vacuna? Eres un imbécil, al menos pudiste haberla usado en tu esposa antes de que se infectara, eres un fracaso como médico, ahora ella está perdida, ¿lo sabes no?” – Robert se quedó parado mirando fijamente a los ojos de James. James lo soltó y se distanció un poco. –“James, las vacunas son una farsa. Luego de que uno de los funcionarios robó miles de muestras y las puso al mercado, Pharma Wing se apresuró con las pruebas y la sacaron al mercado sin ser adecuadamente probadas en humanos. En pocas palabras, si inyecto a una persona sana, ésta tiene un treinta por ciento de probabilidades de padecer los síntomas… Y si inyecto a una persona ya enferma, las probabilidades de curarse son de diez por ciento, y de sufrir síntomas más agresivos de un treinta por ciento. Ahora vemos a la gente sana, de vez en cuando aparece en la radio un pequeño brote que rápidamente logran controlar. Pero bastan unas semanas para que inicie el verdadero problema.” – James se quedó callado como si se quebrara parte de la esperanza que llevaba guardando hace mucho tiempo. Buscó a tientas algún tronco donde sentarse y se quedó ahí por varios minutos con la mente en blanco, hasta que decidió romper su silencio.- “Es decir que al proteger a mi familia corro el riesgo de matarla. Ahora entiendo por qué no la has usado… Pero ¿cómo sabes todo esto? ¿Qué va a pasar en unas semanas más?”… Robert recogió el rifle que James había dejado caer y se sentó al lado de James.
VI
Luego de lo que ocurrió con la hija de nuestros vecinos, realmente me impactó mucho los efectos sintomáticos que el virus traía consigo. Aquél día, después de que los agentes se llevaron a la muchacha, no pasaron ni siquiera cinco minutos cuando me llamaron del Hospital Princeton para avisarme que había un problema en urgencias, y que debía ir de inmediato. Le dije a Theresa y a Pedro que se quedaran en casa y que no salieran por ningún motivo. Subí a mi automóvil y me dirigí lo más rápido que pude al centro de salud, pero me era imposible. Como no había escuchado noticias hace horas porque llevaba mucho tiempo distraído, encendí la radio. Informaban que los canales de televisión no funcionaban por falta de personal, y que un cargamento de vacunas ya se estaba repartiendo por los hospitales de Fallshire. Había vehículos por doquier, tocaban sus cláxones y los conductores bajaban sus ventanas sólo para insultar a la familia del que iba adelante. Había gente andando por las calles, algunas llevaban mascarillas quirúrgicas. En general, si olvidabas las mascarillas, y la gente desesperada por llegar al hospital más cercano, hasta parecía un día normal. Después de dos horas a paso de tortuga entre las calles de la ciudad, llegué a Princeton. Tuve que dejar mi vehículo estacionado dos cuadras antes, porque el estacionamiento del hospital estaba tan saturado que me sería imposible aparcar ahí. Me dirigí al hospital. Por la puerta principal entraban y salían oleadas de personas, algunas con cajas entre las manos, y otras con los bolsillos llenos de vacunas. Ingresé por una puerta trasera que había sido forzada desde el exterior, y por el cual también salían sujetos cargados con vacunas. Algunos llevaban mochilas llenas, otros llevaban cajas e incluso se notaban sus bolsillos hinchados. Ingresé por el pasillo al que esa puerta me llevaba, y tuve que darle el paso a varios sujetos que atravesaban corriendo con su botín. Era un desastre, las personas entraban y registraban todo. Era imposible que eso estuviera pasando. Hace casi veinticuatro horas todo parecía normal. Pasé cerca de un escritorio donde se encontraba mi secretaria gritándole a unos tipos que intentaban romper una vitrina de medicamentos prescritos. –“Anna, ¿qué significa todo esto?”-“Doctor, anoche llegaron tres casos de Rabia, pero escuché hablar a unos doctores que era una enfermedad de la que no se tenía registro. Parece que había muchos casos más, y por la tele decían que los casos seguirían aumentando exponencialmente dado a que el tiempo de incubación del virus era de dos semanas… La gente llegó muy temprano a los centros médicos esperando que el cargamento de vacunas llegara a Fallshire. Mucha gente no estaba dispuesta a pagar treinta dólares por la vacuna, y otras la necesitaban urgentemente y no podían darse el tiempo de rellenar la ficha de eximición por efectos secundarios.”- Miré a Anna un largo rato mientras los tipos que estaban detrás lograban romper la repisa y echar todos los medicamentos a una mochila. Ella estaba más nerviosa que yo, como si temiera que la culparan por no detener el caos que estaba ocurriendo. Curiosamente yo estaba tranquilo. – “¿Ficha de eximición de efectos secundarios? ¿Me puedes decir qué es eso?” – “Son un montón de papeleo, que libera al hospital de la responsabilidad por cualquier efecto secundario que ocurra al tomar la vacuna.”- Todas las vacunas conllevan ese riesgo, ligeramente. Ya que en pocas palabras, lo que te inyectan en la vacuna es el mismo virus que intentas evitar, pero “atontado”. Entonces al ingresar a tu cuerpo, tu sistema inmune ya está preparado para contratacar a cualquier sepa de virus que desee ingresar al organismo. ¿Para qué hacer papeleo? Me pareció extraño, así que le pedí una copia del documento e ingresé a mi oficina para leerlo. En resumidas palabras el documento informaba que “su prueba en humanos no era cien por ciento exitosa”, pero no informaba qué porcentaje lo era. Entre sus muchos efectos secundarios destaqué “incremento de síntomas”. Muchas cosas me parecían muy turbias, así que solicité un informe detallado de esta nueva sepa, que denominaron Rabies Virus Carnifiex, que significa algo como “Virus asesino de la rabia”. En el informe hecho por mis colegas que presenciaron la llegada de los pacientes afectados, pude ver detalles muy interesantes. Los afectados sufrieron cataratas severas, opacando sus cristalinos. Se pudo encontrar un aumento importante de masa muscular, perdida de sensibilidad y matriz del epitelio, es decir que su piel moría. Había muchos detalles más, aumento del metabolismo celular y frecuencia cardiaca, entre muchos otros síntomas que revelaron los exámenes de laboratorio. Al parecer según deducciones suyas, el virus tardaba entre catorce y veinte días en incubar hasta presentar los síntomas de una manera casi explosiva.
De improviso fui interrumpido. La puerta se abrió y entró un sujeto que intentó decir… Bueno, no estoy seguro si quería decir “Robert” o “Doctor” porque en cuanto comenzó a modular vomitó cerca de mi escritorio, dejando el suelo cubierto de porquería. Le entregué la mejor sonrisa que pude –“Descuide, no se preocupe, tome asiento.”- Pero el hombre se derrumbó en la silla y quedó inmóvil. Esperé un largo rato a que reaccionara pero no estaba seguro de que respirara. Me levanté y me acerqué a él. Llevé mis dos dedos a su canal del pulso, en el brazo, pero no sentí nada. Rápidamente llevé mi mano a su cuello, ejerciendo una ligera presión. Asentí al comprobar que tenía pulso, pero al retirar mi mano un trozo de su piel quedó pegado entre mis dedos.-“¡Anna! ¡Pide una camilla urgente!”
Seguí a los enfermeros que llevaban la camilla a través de los caóticos pasillos del hospital, hasta que ingresaron al paciente a una sala incólume. Esperé a que realizaran los procedimientos adecuados, hasta que dejaron al paciente en una camilla en el interior de una sala de riesgo biológico. Me quedé observando al sujeto por largos minutos a través de una sala de observación. Recuerdo que tenía unos cincuenta años, casi calvo y una barba piamente rasurada. Las cosas se salieron de control cuando se comenzaron a oír disparos en el hall de entrada. Esperaba que fuera la policía, y esperaba también que fueran de advertencia. El sonido de cada detonación llegaba fuertemente hasta la sala, haciendo vibrar el vidrio que me separaba de la habitación del paciente. Al tercer tiro, el paciente abrió los ojos y comenzó a gritar desaforado. Su rostro parecía reflejar una extraña amalgama entre ira y dolor. Intento salir de su camilla y calló de bruces en el suelo, moviendo su cabeza rápidamente por cada disparo que retumbaba en la habitación. Dos enfermeros con trajes sellados corrieron a socorrer al sujeto, y fue entonces cuando recordé esas frívolas actitudes, iguales a la de la pequeña que me atacó. “¡No! ¡Salgan de ahí!” Les grité, pero no hicieron caso. Los muchachos ingresaron a la sala y tomaron al paciente. Uno de ellos colocó el brazo del tipo rodeando su cuello para ayudarlo a levantarse, pero éste en cosa de segundos ejerció presión y le quebró el cuello de forma limpia para luego tirarlo al suelo y morder su casco sellado. El otro enfermero intentó huir de la sala, al verlo, el hombre tomó la camilla con una sola mano y se la lanzó, impactando contra la puerta segundos después de que el muchacho logró salir a salvo. Pasó corriendo a mi lado mientras se quitaba el casco, activó la alarma y huyó por el pasillo buscando la salida. Me quedé petrificado mirando al paciente mientras intentaba comerse al joven, pero el traje todavía lo mantenía “a salvo”. La criatura parecía estresarse al no poder engullir la carne que olfateaba con seguridad. Comencé a retroceder despacio, hacia el mismo pasillo por el que el chico había huido hace unos minutos. El sonido de la alarma llenaba el edificio, pero nadie parecía darle importancia. Había tanto desorden en ese hospital que una alarma sólo afirmaba lo que los ojos de todos estaban viendo. Intenté buscar un guardia, o una autoridad, pero estaban todos ocupados controlando a los ladrones de medicamentos que abundaban en cada esquina. Teníamos a un loco que podía aventar una camilla de ciento cincuenta kilogramos con una sola mano, que estaba hambriento y que no tenía problemas morales con el canibalismo. Intenté avisarles a cinco oficiales de policía y un guardia de seguridad, pero entre el ruido de la alarma, los gritos de la muchedumbre y los disparos, no lograron entenderme y continuaron cada uno en lo que hacía. Al guardia de seguridad le sujeté del hombro para hacerlo entrar en razón, pero estaba tan nervioso que casi me da con su puño cerrado en la nariz. Logré esquivarlo y explicarle la situación, pero él estaba ocupado intentando esposar a dos sujetos que llevaban sus bolsillos llenos de vacunas y medicamentos. Por lo que me respondió asintiendo rápidamente la cabeza con el claro fin de que le dejara hacer su trabajo. Terminé por decidir lo mejor para mí y regresé a casa.- Robert suspiró y colocó su mano en el hombro de James.-Tranquilo amigo, mientras el grupo esté unido no pasará nada.... Y sobre lo que dijiste por Theresa, ella sólo tiene gripe.

VII
“Ten, siéntate.”- Theresa obedeció y se sentó para beber del vaso de agua que le daba su esposo.- “Gracias Robbie… ¿Cómo les fue con la cacería? ¿Encontraron algo?”- “No. Hablé con James sobre la vacuna… Parece que depositó todas sus esperanzas en esa porquería. Falta poco para que comamos, ¿quieres que te traiga tu plato?”- “No, muchas gracias. Me siento bastante mejor, creo que me levantaré.”
La conversación en la mesa fue más que agradable, Red mantuvo su distancia del grupo. Y todos comieron hasta quedar un poco menos que satisfechos. Después de comer, todos ayudaron a desarmar las tiendas de campaña, incluso Lucy que con mucho trabajo quitó un par de estacas. Subieron los bultos a la casa rodante y emprendieron su rumbo por la Ruta 7. James conducía mientras Greg le conversaba y Red dormitaba con el rostro cubierto por su amplio sombrero. Robert miraba por la ventana consumido en sus pensamientos, mientras Theresa se apoyaba en su pecho para dormir y Thomas leía en una mesa frente a ellos, y al fondo del vehiculo se encontraban Elin y Pedro que le enseñaban a Lucy a jugar a las cartas.-“¿Cómo están los abuelos?”- Preguntó Thomas.-“Están bien. Hoy en la mañana, antes de partir les llamé, se cambiaron a unos condominios más seguros. Me queda sólo una barra de batería en el celular, ¿y a ti?”- Thomas negó con la cabeza y pasó una página de su libro. Robert observó lo que leía y dijo “¿Qué te pareció el regalo de cumpleaños de tu padre?”- Thomas le sonrió y le asintió con la cabeza.- “Está muy bien, es muy completa…”- Se quedaron callados mirando por la ventana.- “Escucha Thom… No hemos hablado de esto. Me gustaría ver tu opinión”- Thom miró con aire interrogante a su padre… -“Pues, yo creo…”- Hablaba lentamente.-“Que esto parece un apocalipsis zombie… Pero sé diferenciar entre ciencia ficción y lo que estamos viviendo ahora. Sé que todos los libros que tengo no me ayudarán de mucho, aunque tengo una guía de supervivencia.”- Desde adelante se oyó la vos de Greg, avisando que se detendrían en una gasolinera.
“Mierda, vacío. Ni siquiera huele a bencina.”- Robert dejó caer la manguera al suelo. Greg negó con la cabeza desde otro estanque. “Están todos vacíos Rick.”- “Es Robert- le corrigió- ¿James, encontraste algo en la tienda?”- “Sí, unas cajas de confites. Thomas y Pedro están en la tienda, cargarán las cosas al vehículo.”- James se acercó a la pequeña tienda y encontró a los muchachos conversando mientras comían barras de chocolate.- “Creí haberles dicho que subieran las cosas, no que se las comieran solos.”-Dijo James fingiendo enojo. Pero dibujó una sonrisa en su cara cuando Pedro le ofreció una barra de caramelo.- “¿Qué más encontraron además de carbohidratos? ¿Extintores? ¿Hachas? ¿Algo que pueda ser útil?”- Ambos negaron con la cabeza. “Este lugar ya debió de ser saqueado más de cuatro veces…”- Respondió Thomas.
“¡Mierda!”- Se oyó exclamar a Robert. James y los muchachos salieron y lo vieron en medio de la carretera, y a Greg sujetando su cabeza con ambas manos. James abrió los ojos y apretó los puños.- “¡¿Qué demonios pasó con la casa?!” – “Un infeliz maldito se coló dentro mientras nosotros estábamos aquí, y se fue con ella. Theresa, Lucy y Elin van dentro…”- Dijo Robert en medio de la calle mientras, preocupado, se echaba el cabello hacia atrás con su mano derecha. Greg agregó –“Creo que iban durmiendo…”- James tomó una de las mangueras de bencina y comenzó a azotarla contra los estanques. Robert se puso de cuclillas mientras veía como se alejaba la casa rodante. Eran dos hombres que habían perdido todo lo que les quedaba de esperanza.
Se escuchó un fuerte sonido de motor desde la parte trasera de la tienda.
-“No está en perfectas condiciones, pero podemos alcanzarlas.”- Dijo Red asomándose sobre una motocicleta roja, oxidada y sucia.
-“Tiene la mitad del estanque. Y si me lo preguntan, está medio lleno.”- Todos se quedaron sorprendidos.
Pero Greg tomó la iniciativa - “¿Y cuál es el plan? ¿Ir con el vehículo y disparar como en la tele? El rifle está dentro de la casa rodante, jamás pensamos que podía haber alguien en medio de la nada.”- Red se quedó callado, no había pensado en eso.
-“Vamos. No tengo idea de qué haremos, pero mientras más nos quedemos aquí parados sin hacer nada, menos probabilidades tendremos de alcanzarlos.” Dijo Robert y se subió a la motocicleta, detrás de Red.
-“Espero por el bien de todos nosotros que volvamos a buscarlos con la casa rodante.” Cuando Robert terminó de decir esto, Red aceleró haciendo que su compañero se aferrara de su cintura.
Surcaron la carretera bordeando los doscientos kilómetros por hora, las manos de Robert estaban entumecidas de frío. El sombrero de Red cedió ante el viento quedándose atrás, lo que permitió ver su cabeza. Gran parte de ella no tenía cuero cabelludo, y tenía el cuello cubierto de sangre coagulada. Robert intentó avisarle sobre sus heridas, pero era imposible hacerse escuchar a esa velocidad. Al cabo de quince minutos se acercaron bastante al vehículo, y comenzaron a extrañar un plan. Iban a ciento cincuenta kilómetros por hora en la carretera, sin ninguna idea de qué hacer y sin poder comunicarse debido a la alta velocidad. Red giró su cabeza y le hizo una extraña seña que Robert interpretó como “¡salta!”. Arqueó una ceja sin comprender, pero Robert insistió con más énfasis, incluso señaló a la casa rodante con el dedo apelativamente. Definitivamente quería que saltara. Robert miró a las ventanas de su lado, y pudo ver a su esposa durmiendo plácidamente en el interior. El hombre se llenó de agallas y tambaleándose un poco se paró en el asiento de la motocicleta aferrándose con fuerza de los hombros de su compañero, ya que el viento ejercía una gran resistencia. Red acercó la motocicleta a la escalera vertical que había en el lado derecho de la casa rodante. Robert soltó uno de los hombros de su compañero e intentó sujetarse de la escalera pero el viento lo obligó a afirmarse nuevamente de Red.
-“¡No puedo hacerlo!” Intentaba gritar, pero el viento se llevaba sus palabras a cientos de kilómetros por hora.
Nuevamente, se concentró y en cuanto estuvo cerca de la escalera estiró su brazo, pero el viento y su precario equilibrio hicieron que cayera de la motocicleta. Al caer logró asirse de uno de los peldaños de la escalera con una de sus manos, el viento ejercía una fuerza indescriptible con tal de tirarlo de ahí, y el conductor de la camioneta comenzó a zigzaguear para quitarse a sus perseguidores. Robert logró sujetarse con ambas manos de la escalera, sus brazos y manos le ardían, ni siquiera podía moverlos, solo ejercer la fuerza suficiente para no caer.
-“¡No puedo hacerlo! ¡Esto es una locura!”- Gritaba a todo pulmón, pero con mucha suerte sólo se oía él. Robert iba colgando de la escalera, sólo sus dos manos a duras penas soportaban semejante presión. Tuvo que ocupar todas sus fuerzas para alcanzar uno de los peldaños con sus pies, y quedó ahí abrazado de la escalera, sentía que cada uno de sus músculos se quemaban y palpitaban. Robert presionó su mandíbula y metió una mano al bolsillo, del que sacó una navaja. Sujeto de la escalera, abrió su hoja con gran dificultad. Luego intentó romper la ventana con el cuchillo, pero sólo rebotó. Theresa se despertó con el golpe y miró hacia todos lados, estaba demasiado confundida. Robert volvió a golpear con la navaja pero sus débiles manos no resistieron más, y ésta se le escapó de las manos acabando con la misma suerte que el sombrero de Red. Ésta vez Theresa vio a su marido aferrado de la escalera, y luego miró al conductor. Robert logró ver como ella avanzaba con cautela por el estrecho pasillo y tomaba el rifle de cañón torcido. Las manos sudorosas de Robert comenzaron a desplazarse de las barras que lo mantenían aferrado, mientras veía que su mujer y el rifle estaban cada vez más cerca del sujeto. Nerviosa, tomó el rifle con ambas manos, pero antes de que ella lograra asestarle un golpe en la cabeza, él pudo verla por el reflejo del espejo retrovisor y pisó a fondo el freno.


Última edición por Wisseppi el Sáb Abr 13, 2013 5:33 pm, editado 2 veces
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Re: Mi novela de zombies

Mensaje por Old Medie el Dom Abr 07, 2013 6:50 am

La verdad es que es una buena intro, tiene todo lo que puede tener, no sé, la verdad solo te diría algo malo por la mera necesidad de decirlo pues no le veo nada criticable.

Se espera el segundo cap.


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Re: Mi novela de zombies

Mensaje por Rasec el Dom Abr 07, 2013 6:52 am

Esta bien, esta bien, sigue, veamos que pasa bounce
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Re: Mi novela de zombies

Mensaje por Wisseppi el Dom Abr 07, 2013 7:23 pm

ACtualizado =O
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Re: Mi novela de zombies

Mensaje por Old Medie el Dom Abr 07, 2013 7:26 pm

Ve escribiendo en mayúsculas los títulos de los capítulos para no perdernos xD


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Re: Mi novela de zombies

Mensaje por Wisseppi el Dom Abr 07, 2013 7:59 pm

Le saqué los titulos de capitulos lol
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Re: Mi novela de zombies

Mensaje por Albertet el Jue Abr 11, 2013 1:45 pm

Buen comienzo Wisseppi, espero ya nuevas entregas.



Un buen escritor español de terror que seguro que ya conoces, Manuel Loureiro, escribió su primera novela de zombis, Apocalipsis Z, en su blog, una editorial se fijó en él, la publicó y se convirtió en un autor de los más vendidos en el tema ( en Wikipedia dice nº 1 en la categoría "Horror" en Amazon)

Cuando seas un gran escritor no olvides contar que empezaste posteando tu novela en Tres días de Kvothe Smile


Dos preguntas que me hago a la espera de más capítulos:

1. ¿Cómo usará el protagonista sus sables laser de Star Wars?
2. ¿Dice que fue el mejor día de su vida porque los días siguientes fueron horribles y de los días anteriores no se acuerda porque no puede recordar ya nada anterior a que empezaran los zombis?
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Re: Mi novela de zombies

Mensaje por Wisseppi el Jue Abr 11, 2013 5:40 pm

1) Probablemente no los use jamás porque no es un retrasado mental, solo un poco infantil.
2) Tuvo una infancia de mierda, unos padres que no le tenian afecto (pondré más enfasis en esa parte), y practicamente lo presionaron para ser una máquina de estudio sin vida. La ironia viene que comienza a vivir por fín en el apocalipsis zombie.
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Re: Mi novela de zombies

Mensaje por Albertet el Sáb Abr 13, 2013 12:23 am

Bueno, en realidad eran reflexiones en voz alta, pero te agradezco que me hayas contestado. Eso es lo bueno de esta parte del foro, que se pueden comentar cosas entre los que escriben y sus lectores.
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Re: Mi novela de zombies

Mensaje por Wisseppi el Sáb Abr 13, 2013 5:34 pm

Actualizado denuevo
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