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¿Qué personaje de la saga se ganó tu odio?

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FIC COMUNITARIO

Mensaje por SenzoTrace el Vie Mayo 31, 2013 12:13 am

Bueno gente pues como ya sabéis algunos, esta es una historia basada en el mundo de "El nombre del viento" pero lejos de la trama principal y sin los personajes existentes, solo con nuestros propios personajes. Puede participar quien quiera y unirse cuando quiera, incluso a mitad de la historia (una vez dentro no hay vuelta atrás). Para ello hay que seguir una serie de normas que servirán para regular y facilitar el transcurso de los hechos.

1- Usar siempre a tu personaje y contar la historia en primera persona ( no importa si es presente o pasado, a cada cual lo que le vaya mejor)
2- No destacar por encima de todos los demás como el "superhéroe" de la historia. No vale empezar conociendo el nombre de todas las cosas y beneficiandose a felurian.
3- No se puede matar a otros personajes, aun que si interactuar con ellos siempre que te den su permiso.
4- No coincidir con Kvothe ni ningun personaje del libro a no ser que sea un momento fugaz para darle emoción a la historia.
5- Respetar los turnos que se impongan.
6-Seguir el hilo de la narración del personaje anterior.
7-Escribir como mínimo media pagina del word aproximadamente. Nada de escribir un triste párrafo.
8-Cada cual perderá su turno si no ha escrito su parte en 48 horas (o un poco más, tampoco es problema).
9-Pasarlo bien y dejar volar la imaginación.


Y dicho esto, dar rienda suelta a vuestra mente. También decir que se podrá matar a un personaje siempre que lleve mas de 4 turnos sin escribir nada.

Empiezo yo con mi historia Very Happy:


Última edición por SenzoTrace el Jue Nov 14, 2013 2:14 pm, editado 2 veces
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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por SenzoTrace el Vie Mayo 31, 2013 2:21 am

Intro

Habrá quien diga que no siempre había sido así. Que el mundo de antaño fue pacífico y alegre, donde la bondad entraba por la puerta de cada casa y abrigaba a las familias con un cálido abrazo.Habrá quien diga que la tierra fue hermosa, fértil y próspera.Pero nunca fue así. Desde que el primer humano pisó el planeta, el futuro de todo ser vivo fue condenado.

Desde el norte de Ceald hasta el sur de Vintas, el ser humano ha plantado semillas de destrucción, dolor y caos. Organizando ese caos en forma de ciudades, se podría decir que Tarbean es el lugar de los miserables, donde se plantó la semilla de la pobreza.


Y yo, fruto de la pobreza, soy uno de los miles de huérfanos que subsisten en las abarrotadas calles de la ciudad a base de robos, engaños y limosnas ofrecidas por algun noble no muy cruel. Aun que había nacido en las afueras de Tarbean, acabé arriesgándome a emprender la dura vida del vandalismo, después de que los recaudadores de impuestos decapitaran a toda mi familia por no tener un par de peniques.
Y así, desde los 7 años, he logrado sobrevivir otros 11... 12 arriesgando mi vida diariamente. No me había percatado de que hoy era mi cumpleaños. Es difícil diferenciar si es Duelo o Abatida, cuando lo último que te interesa es el tiempo, pero en una taberna uno se entera de muchas cosas, y a día de hoy cumplía dieciocho años.
Os preguntaréis, ¿que hace un huérfano en una taberna? No tiene mucho misterio. Después de robarle una bolsa llena de talentos de plata a un noble que había sido lo suficientemente incauto como para adentrarse en la zona de la rivera, a uno le entren ganas de tomar un plato caliente por una noche en su mísera vida.

-Cuando despertó, Táborlin el Grande estaba encerrado en una alta torre. Le habían quitado la espada y las herramientas, pero lo más terrible es que la celda no tenia ni puerta, ni ventanas...-decía un hombre barbudo y de brazos fuertes, probablemente herrero de la zona- ...pero Táborlin conocía el nombre de todas las cosas, y le dijo a la piedra "¡Rómpete!", y la piedra...-
-Alto ahí Nikko, ¿no se supone que en la celda había antorchas con llamas azules? -Intervino un chico joven y delgado, podría ser el hijo o el aprendiz del herrero- ..Ya sabes, la señal de los Chandrian...
-¡Chandrian!¡Ja!- No pude evitar intervenir. No se tener la boca cerrada- ¡Eso es un cuento para asustar a los niños, no puedo creer que se hable de eso en una taberna!
Di gracias a Tehlu por haber terminado de comer, por que despues de las peleas de aquella noche en la taberna no habría podido volver por lo menos en veinte ciclos. La agilidad que me había proporcionado mi vida en Tarbean me ayudó a salir de alli con tan solo unos cuantos moratones, pero  de nuevo tube suerte y el herrero no intentó entrar en la pelea. Habría muerto con solo uno de sus manotazos. Ya veis, todo un cumpleaños.

Los días siguientes los pasé curándome las heridas y robando lo justo para poder comer una hogaza de pan al día. Permanecí en mi rincón secreto (un techo cubierto con tablas de madera y rodeado por paredes de barro) hasta que a nivel de la calle oí a un guardia gritar a viva voz:
-¡Se ofrece recompensa de 20 talentos por joven ladron, pelo negro y liso, ojos verdes, harapiento y de una altura aproximada de 1'70, cuyos testigos afirman que se llama Senzo!¡Al muy imbécil se le ha ocurrido robar descaradamente al barón Letswin!¡Repito, 20 talentos por su cabeza, vivo o muerto!
¡Era yo! ¡Le había robado a un barón! No sabía como reaccionar ante tal información. Pasaron mil cosas por mi cabeza; "Por 20 talentos me entregaría yo mismo", "he conseguido robarle a un barón, es toda una proeza", "¿por que pagaría alguien de su
status el triple de lo que le ha robado un ladronzuelo de poca monta?¿Se sentiría humillado?".
Pero al momento comprendí lo más importante. Si pagaba tal recompensa por mi, seguramente tendría a media guardia de la ciudad en mi búsqueda. Es más, por ese precio no habría un solo ciudadano de la rivera que no me estuviese buscando, hasta alguno de la colina habría bajado para conseguir algúnos talentos extras. Tenía que salir de allí, con la ciudad entera buscándome no duraría mas de dos horas.

-..Si, lo he visto trepar por estas cajas varias veces.-Se oyó en el callejón.
"¡Mierda!" maldije y salté al tejado contiguo,olvidándome por completo de la manta, la sal, y las pocas pertenencias que conservaba en aquel rincón. Seguí corriendo y saltando de tejado en tejado pasando por encima de decenas de viviendas y alguna que otra tienda.

-¡Allí está, en los tejados!-Cambié de dirección inmediatamente al oírlo y pasé de los tejados a una serie de ventanales seguidos que atravesé saltando de uno a otro con esfuerzo. Fui directo a la salida norte de la ciudad, que era la menos vigilada, y volví a escabullirme por una serie de tejados.
Creí haber despistado a mis perseguidores cuando a mitad de un salto un dolor punzante me recorrió la pierna derecha. Una flecha me había cortado la piel a la altura del gemelo. Tuve la suerte de conservar el músculo intacto. Estaba claro, no podía despistar a una ciudad entera, y menos cuando las palabras corrían más rápidas entre los ciudadanos que yo por los tejados.

Seguí saltando de tejado en tejado cuando una segunda flecha pasó tan cerca de mi cara que me hizo un pequeño corte en la mejilla. La impresión hizo que me descontrolara y me golpease contra el canto del tejado, cayendo encima de un puesto de fruta que amortiguó bastante la caida. De repente noté que una mano me agarraba un hombro, seguida de otra en el brazo contrario.

-Suéltalo verdulero, lo he cogido yo primero-dijo el guardia que me tenia amarrado por el hombro.
-Este es mi puesto y ha caído en el, de gracias a que pueda recuperar las pérdidas con su recompensa- Replicó antes de que el guardia le propinara un puñetazo en la cara. No pasó mucho rato hasta que mas gente se uniera a la pelea, momento en el cual no dudé para apartar las manos con un solo manotazo y salir corriendo como si un demonio me hubiera poseído. Atravesé un par de casas y salté por la ventana de de la segunda, acabando an uno de los niveles inferiores de la ciudad, lo que indicaba que estaba al lado de la puerta. Caí al suelo y rodé para amortiguar el impacto. Seguí corriendo y doblé una esquina con tanta prisa que entré casi sin darme cuenta en un carromato que estaba ahí plantado. El aire cerró la puerta detrás de mi a la vez que una gran cantidad de objetos apilados se me caían encima en forma de manto. Cuando aún estaba aturdido por el golpe, el carromato se puso en marcha.¿Se habrían dado cuenta de que había entrado? No... me habrían venido a echar a patadas. Decidí quedarme con la esperanza de que me perdieran de vista y cambiar por lo menos de lado de la ciudad, cuando de repente el carromato se paró y se oyó a un guardia preguntar.
-Alto calderero, declara lo que llevas en el carromato antes de pasar.- ¿Pasar? Si sabía que estaba ahí seguramente me estuviese llevando directamente a los calabozos para entregarme. Me entró un ataque de pánico casi al instante.
A continuación el calderero, un hombre con la voz áspera, pero a la vez cantarina, empezó a relatar una interminable lista de objetos típicos de un calderero.

-Vale, vale, no sigas viejo, ya puedes pasar.- contestó el guardia.

El corazón se me aceleró. Podía ocurrir cualquier cosa. Pero aún así, pasaron cinco minutos, el carromato no se detuvo. Diez minutos, el carromato no se detuvo. Quince minutos. Veinte. Empecé a relajarme, y conseguí relajarme media hora más.

- Bueno, ahora que estamos lejos de la ciudad... ¿cual es tu nombre chico?- Preguntó el calderero. Al principio creía que alguien sentado a su lado contestaría, pero mis dudas se despejaron cuando volvió a hablarme.
-¿Estás mudo o es que esconderte en carromatos ajenos es un hobby tuyo?- Se me paró el corazón unos instantes.
-... Me llamo Senzo señor.
-¿Senzo eh?- Soltó una profunda risotada.-¿Así que tu eres el muchacho que ha causado tanto revuelo?-Otra risotada- Ven, siéntate a mi lado, me tienes que contar muchas cosas.

Levantándome y cruzando el carromato con mucho cuidado intentando no tirar las pilas de objetos amontonados, conseguí llegar al lado del calderero.

-Señor... Sabiendo de mi recompensa, ¿por que no me ha entregado ante la justicia?
-Por favor, no me llames señor, mi nombre es Serafín, es más puedes llamarme Sera, me resulta más cómodo. Y contestando a tu pregunta, tengo intereses que me mueven más que un puñado de monedas. Y ahora respóndeme tu, ¿De verdad te beneficiaste a Lucy, la hija del barón, montaste peleas en más de la mitad de posadas y robaste al mismísimo barón justo después?

-¿Hija del...? De verdad que no tenía ni idea de que Lucy....- Me interrumpió con otra sonora carcajada.
-¿No creerás de verdad que se iba a montar este revuelo por un ladrón que ha robado un puñado de monedas? Gracias a todas tus fechorías ha conseguido poner a la justicia y a la iglesia en tu contra. De verdad que es suerte que sigas vivo y entero.
-Bueno, ¿y a donde nos dirigimos? En el caso de que usted no decida dejarme aquí mismo.
-No he rechazado a 20 talentos de plata sin más. Me vendrá bien la ayuda de unos brazos jóvenes y fuertes. Nuestro destino es Imre. Un lugar precioso. ¿Has estado alguna vez?-Negué con la cabeza.- Bien, pues ya lo verás cuando lleguemos. Por Tehlu chico, sigo pensando que has tenido una suerte de mil demonios encontrándote conmigo.
-Es algo más que suerte señor Serafín... Es un don.


Última edición por SenzoTrace el Lun Oct 21, 2013 1:54 pm, editado 2 veces
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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por Admin el Sáb Jun 01, 2013 11:54 am

Y Tehlu, en su infinita bondad, perdonó a todos aquellos que se habían olvidado de él, no sin antes castigarles como merecían. Regaló a los humanos siete días, durante los cuales les habló en sueños y les dijo todo lo que debían hacer para seguir su senda. Todos los humanos que lo escucharon se convirtieron en fervorosos seguidores suyos. Esos fueron los primeros sacerdotes tehlinos. Ellos, que habían recibido la gracia de escuchar la voz de Tehlu, pusieron por escrito lo que él les había transmitido. Y ése es hoy el Libro del Camino que todos conocemos.

Yo ya conocía esa historia, la había escuchado muchas veces, pero cada vez que la oía, el corazón se me llenaba de una profunda alegría por saber que Tehlu cuidaba de nosotros. Quizás sería la última vez que lo escucharía en mucho tiempo, porque me marchaba de casa.

- Buena suerte, Holly. - Me dijo uno de los sacerdotes que me había adoptado. - Ten mucho cuidado, a veces los hombres son más crueles que los demonios.
- Lo sé, Nathan. No debes preocuparte por mí, en serio.
- Que Tehlu te guarde.

Yo asentí con la cabeza y me despedí de él. Nathan había sido como mi padre des de que tenía siete años. Él y otros sacerdotes tehlinos me encontraron en la calle, hambrienta y a punto de morir, pero Nathan convenció a los demás para que me acogiesen y me cuidasen. Sentía que nunca podría saldar mi deuda con ellos y por eso, aunque nunca me lo había pedido, me dedicaba a limpiar, cocinar o lavar la ropa, siempre y cuando me necesitasen. Desde que era muy pequeña, Nathan se había aplicado a mí, a enseñarme como si fuese su acólito e incluso alguna vez le ayudé durante las celebraciones de Abatida. En mi hogar, una pequeña iglesia al oeste de la capital, Atur, a apenas dos días del Gran Camino de Piedra, había aprendido no sólo el Libro del Camino, si no que había tenido acceso a montones de libros de la biblioteca y otros tantos que traían las caravanas. También me educó como si fuese su hija, o quizás más, pues me había enseñado cosas a las que pocas mujeres tenían acceso. Cosas secretas, lejos del alcance de la soberbia y la codicia de reyes y magos y también de hombres locos con sed de poder.

Pero ahora emprendía un viaje fuera de los confines del Imperio Atur, pues tenía un objetivo. Yo ya había atravesado caminos, pero siempre en compañía de un grupo de sacerdotes, pues los acompañaba a visitar a algún enfermo muy grave o algún caso peor. Nathan me había transmitido el sagrado deber de exorcizar los demonios que corrían por nuestro mundo, poseyendo cuerpos humanos o no, pero destruyendo todo a su paso. Yo me encargaba de ello y gracias a mí, ya había enviado de vuelta nueve demonios al mundo al que pertenecían y tenía el deber de seguir exorcizando por los Cuatro Rincones. Nathan me había contado que fuera de Atur, eran pocos los que creían en demonios y que mi viaje podría resultar penoso por ello. También me había advertido sobre viajar sola, pues siendo apenas una chica de 15 años, intentarían hacerme daño. Era joven, pero no era estúpida. Sabía usar los puños mejor de lo que a los sacerdotes les hubiera gustado (de hecho, estuve a punto de ser expulsada de su cuidado porque empecé varias peleas). Pero no tenía nada que hacer contra una espada o varios enemigos a la vez. También se me daba bien huir y además, era inteligente como había pocas, pero mi cuerpo menudo me volvía endeble y un objetivo fácil para cualquiera. Conocía los riesgos del camino, pero aún así, los asumía.

Me uní fácilmente a una caravana que se dirigía, igual que yo, al Gran Camino de Piedra. Iban hacia la Mancomunidad, y aunque no tenía ningún destino en concreto, no me gustó dirigirme primero a aquella tierra llena de infieles, como tantas veces los había llamado Nathan. La caravana se encontraba a sólo una semana de Anilin, un lugar donde tendría la oportunidad de comprobar lo que me esperaba.


*Sólo los locos y los sacerdotes no le temen a nada. Y yo nunca me he llevado muy bien con Dios.*
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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por Albertet el Lun Jun 03, 2013 12:30 pm

Fui a la Universidad esperando encontrar respuestas, pero la única respuesta a todo es siempre el dinero. ¿Poderosos arcanistas que gobiernan como si fueran reyes? Sí ¿Una biblioteca donde se guarda el saber de la humanidad? También, pero junto con ello una pequeña ciudad donde los hijos de los nobles se divierten antes de retirarse a sus condados y sus marquesados, donde una burocracia envejecida se encierra en sus despachos contando cada uno de los drabines de hierro que recauda cada bimestre mientras espía con envidia los cuerpos jóvenes que llegan año tras año ávidos de ilusiones y de conocimiento. Quizás en la primitiva Universidad hubiera algo de lo que yo buscaba, pero lo único que queda ahora son normas, mediocridad y decadencia.

Perdonad vuestras mercedes, primero me presentaré. Mi nombre es Berthus. Nací en Atur, la que fue antigua capital del gran imperio aturano. Mis padres eran comerciantes con algo de dinero, no eramos de las principales familias burguesas de Atur, pero vivíamos bien. Cuando no estaba en la escuela, o ayudando a mis padres con los cambios de moneda y el precio de las mercancías, me pasaba las horas en la biblioteca leyendo libros de poesía y filosofía, disfrutando con las historias de los Fata, y buscando respuestas a las preguntas de nuestro mundo: ¿tienen un orden las estrellas?¿existen los demonios?¿es Tehlu real o una mentira de la iglesia tehlina? ¿a dónde va la luna en las noches en que sólo hay oscuridad?

A los 20 años tuve un golpe de suerte: mis padres murieron en un desafortunado accidente y me dejaron una buena herencia, lo suficientemente grande para permitirme ser arcanista. Porque ahí estaría la respuesta a todas mis preguntas: en el Arcano.

Así que en el plazo de un mes conseguí que un arcanista de Atur me hiciera una carta de recomendación (bajo la amenaza de revelar sus gustos sexuales), convertí mi dinero en joyas y monedas de alto valor y partí hacia el sur, dónde me esperaba el saber más antiguo de los Cuatro Rincones.

Mi llegada a la Universidad ni a propósito pudo ser peor. Llegué a Admisiones y allí comenzó el turno de preguntas. Ni lo hice mal ni lo hice bien, algunas las sabía y otras no tenía ni idea. El último en preguntar fue el maestro nominador, Elodín, con una voz que me analizaba por dentro, y una sonrisa que entonces aún no sabía como interpretar me preguntó:

¿Conoces las siete palabras que harán que una mujer te ame?

Todo feliz contesté sin pensar lo que había oído en una taberna en Atur: “soy noble, rico y la tengo grande”.

Después del una buena bronca del rector y una fuerte discusión entre todos me admitieron, pero con una matrícula de casi treinta talentos. La quinta parte de todo el dinero que tenía para ser arcanista.

Fueron pasando los bimestres, y descubrí, con gran decepción, como era la Universidad: muchas normas, mucho papeleo, y sobre todo interminables clasificaciones por todas partes: los 90 primeros vínculos simpáticos, las 20 runas más sencillas, las cinco razones por las que cayó el imperio de Atur, tres formas de curar una gripe, las tres leyes del químico, las nueve falacias principales, y por fin, las normas del Archivo y sus variadísimas formas de ordenamiento de los libros y documentos. Porque a mí lo que me interesaba de verdad era el Archivo.

Mientras tanto cada bimestre que pasaba el examen mi bolsa bajaba en bastantes talentos. Cuando me hicieron Re’lar tuve que hacer de secretario del Archivo para pagarme la estancia, y trabajar incluso los días de Duelo. Ya he dicho que no soy un estudiante especialmente brillante, por lo que mi matrícula era siempre bastante elevada. Eso y porque algunos profesores me tenían manía.

Cuando después de unos años llegué a Ethe, propuesto por Lorren y Hemme, se me acabó el dinero totalmente, y el que ganaba no me llegaba para las sumas que me pedían por una matrícula cada vez más alta. A punto estuve de abandonar la Universidad entonces, pero algo me salvó. Descubrí la forma de ganar dinero fácil y de garantizarme el pago del siguiente bimestre.

En varios años tuve mis primeras vacaciones, Lorren me envió a una ciudad cercana llamada Tarbean a buscar libros para el Archivo, pues el Archivo siempre se está nutriendo de libros de otras ciudades, sobre todo libros técnicos. Y fue allí, junto a la librería de Tarbean, en un callejón oscuro donde presencié el momento de mi salvación: dos hombres estaban vendiendo resina de denner, y los posibles compradores pagaban grandes cantidades por pequeños pedazos, para luego venderlos a su vez en dosis más pequeñas. Naturalmente que había oído hablar del denner, pero nunca había pensado que muy pronto yo sería el que proporcionase esa sustancia que deja los dientes blancos a toda la Universidad y a buena parte de la ciudad de Imre.

Los dos meses siguientes la cosa fue muy sencilla. De vez en cuando iba a Tarbean a buscar libros para el Archivo, y a la vuelta regresaba con un buen número de éstos. Claro que la mitad de los volúmenes estaban huecos, pues contenían dentro una buena cantidad de resina de denner, que provenía de algún sitio cerca de la ciudad de Trebon. El Archivo era el lugar perfecto para esconder estos libros, y luego ir vendiendo poco a poco la “sabiduría” que contenían. Sí, tuve algunos ayudantes. Sí, en temporadas de exámenes me lo quitaban de las manos. Sí, conseguí incluso que el maestro Hemme colaborase de algún modo en aquello.

Con lo que yo no contaba es que los dientes cada vez más blancos de algunos alumnos, y la manía de otros de consumir más de la cuenta hicieran que los maestros comenzaran una investigación seria sobre el asunto.

Mientras tanto yo seguía investigando el Archivo, preguntando a los maestros, buscando información sobre el mundo oculto que hay más allá del nuestro, pero cada vez que estaba cerca de algo conseguía evasivas y frustración. Parecía como si alguien hubiera eliminado a propósito los libros que yo estaba buscando. Sobre el draccus común había libros, sobre los demonios y los Chandrian, nada; de Retórica y Lógica encontrabas lo que quisieras, sobre si existía el mundo Fata, nada; y así continuamente. El único misterio que había en el Archivo era una puerta cerrada con el nombre Valaritas. Para colmo el maestro Elodín no quería enseñarme nominación. Yo creo que algo sospechaba.

Me pillaron y me expulsaron de la Universidad. Siempre he pensado que fue Hemme el que se chivó para salvar su culo. Me iban a dar latigazos como ejemplo a los demás pero pude escaparme gracias a que siempre guardo un puñal oculto entre la ropa. Corrí veloz por las calles de la Universidad, huyendo de mis perseguidores hasta que pasé el río, de camino a Imre.

Ante mí había varias opciones, podría volver a la Universidad a buscar los miles de escondrijos llenos de resina de Denner que había dejado por todas partes para alguna emergencia, o podría ir a buscar los otros alijos que había en el camino entre Imre y Tarbean. De lo que si estaba seguro es de que la Universidad ya no podía darme las respuestas que estaba buscando, que los misterios estaban en el camino, y que sólo a través de los viajes, las aventuras y el conocimiento podría llegar un medio-arcanista como yo, experto en el comercio de denner, a saber de verdad lo que ya sospechaba. Que detrás de este mundo tranquilo y ordenado hay una realidad dormida, llena de seres extraños, de los nombres de las cosas y de demonios que vigilan a los humanos.

Eso iba pensando mientras iba lentamente a caballo, camino de Tarbean, con los bolsillos llenos de una valiosa y mortal sustancia blanca…

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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por SenzoTrace el Mar Jun 04, 2013 3:05 pm

“Tengo curtidas buenas pieles,
¿Cuál de ellas queréis comprar?
De los Cuatro Rincones todas son.
Soy un calderero curtidor. “


Me desperté sobresaltado al escuchar una voz tan cerca. En Tarbean el sonido más cercano en mis momentos de sueño era el que cruzaba por las calles bajo mi escondite. Pero ya no estaba en Tarbean. Estaba en un carromato con un calderero que me había rescatado de la desgracia, eso hizo que me relajara notablemente.
Continuó cantando “Calderero, curtidor” como si se hiciera publicidad mediante la canción.
A pesar de la aspereza de su voz, cantaba afinado y con una buena potencia, de una manera que llegaba a hipnotizar.

-Así que el joven fugitivo se ha despertado.-Dijo cuando hubo acabado-La mayoría de la gente no duerme más de media hora sentado al frente de un carromato, menos varias horas. ¿Hace mucho que no duermes hijo?
-He tenido unas noches ajetreadas últimamente.
-Bueno, quizás puedas descansar esta noche, ya casi llegamos a Imre.

En este momento mil preguntas asaltaban mi cabeza. No sabía como era la vida fuera de Tarbean. No sabía como sería mi futuro desde el instante en que llegara a Imre. ¿Como me ganaría la vida? ¿Que pintaría “Serafín el calderero” en mi vida? No podía volver a Tarbean, además, no tenía a donde ir si las cosas iban mal por mi futura ciudad.

Me alegra decir que no hubo accidentes ni problemas durante el viaje, ya que por esos caminos solía haber altercados constantes. Mas bien todo lo contrario, de vez en cuando se cruzaba algún incauto que acababa siendo desvalijado con los asombrosos trucos de comerciante de Serafín. Pasaron una pareja a pie, un par de carromatos programados a Tarbean repletos de gente y algún que otro sujeto a caballo. El más interesante y con quien tuve un encuentro más provechoso fue uno de los jinetes. Era un hombre de una edad comprimida entre los 20 y los 30 con ropas elegantes pero algo estropeadas (como quien ha huido de una pelea justo a tiempo) y con un cierto aire burgués, pero sin la superioridad ni la prepotencia de un noble mimado. El detalle más curioso es que olía a resina de Denner, a kilómetros. No tenía los dientes blancos como la nieve, ni síntomas de adicción a éste, tampoco tenia las típicas pintas de comerciante, pero el olor era inconfundible.

-Buenos días calderero,-dijo el supuesto comerciante- le he encontrado en un buen momento ya que necesito un sustituto de algo que lamentablemente he dañado.
En ese mismo instante sacó un cuchillo de debajo de las ropas y lo acercó a Sera. Al principio me asusté (un acto reflejo de Tarbean) creyendo que lo usaría para atracar al calderero, pero rápidamente lo cogió entre el índice y el pulgar y se lo tendió con cuidado. Sera lo observó detenidamente y le hizo una señal para que lo acompañara a la parte trasera del carro.

-Hace poco conseguí apropiarme de un baúl muy especial con una gran variedad de armas cortas. Hay cuchillos, navajas, dagas.... Todas ellas preciosas y de gran calidad, finas, resistentes y afiladas.

Alcancé a ver una gran cantidad de armas, pero me llamó la atención el mismo objeto que al cliente.

-¿Por cuanto vende esa espada?- Dijo señalando a una cimitarra plateada, con el mango cubierto de cuero y el borde de sierra, una maravilla para cualquier vista experta.
-Vaya, lo siento chico, esta cimitarra no está a la venta. No se ni que hace aquí-Sacó la espada del lugar donde la guardaba y la envolvió en un fardo de tela, apartándola de nuestra vista entre un montón de cajas.- ¿Como te llamas joven?
-Mi nombre es Berthus señor.-Dijo levantando cabeza, como si se enorgulleciera enormemente de su nombre, un gesto que me pareció de lo más extraño.
-Berthus, tengo a tu disposición todo lo que ves en este baúl ahora mismo, observa lo que más te guste y no te preocupes por el dinero, podemos llegar a un buen acuerdo.

Bertus paseó la vista un buen rato por el baúl y cogió varios cuchillos y dejándolos segundos después. Repitió el mismo proceso con las navajas. Cuando aún sostenía una navaja en la mano, su mirada volvió a fijarse en el interior del cofre, como si hubiera encontrado algo que llevara tiempo buscando.

-¿Cual es el precio de esa daga?-Señaló una daga curva y y brillante, con una hoja impecable y un mango metálico lleno de inscripciones y surcos. Parecía la daga con la que un rey quisiera dar fin a su peor enemigo y honrarle con el hecho de haberle atravesado con su afilada hoja. Era digna de ser nombrada en cien canciones y recordada en el transcurso de la historia tanto como el martillo de Tehlu. - No importa, algo así no podría pagarlo ni en un millón de años.

-Muy buena decisión -Dijo Sera mientras cogía la daga con sumo cuidado y la levantaba a la altura de sus ojos. Ignoró completamente el comentario de Berthus y siguió hablando. Desde esa altura parecía que la hoja cortaba la luz, hasta la misma mirada. -Es más resistente que el acero, más brillante que una estrella y más afilada...- Hizo una pausa y miró fijamente al hombre a los ojos, por un momento el calderero que yo conocía cambió, revelaba sabiduría- ...que el mismísimo viento al ser nombrado.
Aun que eso pareció impresionar al comerciante de Denner, enseguida volvió en si y replicó:
-Lo siento, pero no puedo gastarme más de tres talentos, y eso debe de costar por lo menos mil. Necesito algo mucho más barato.
-Todavía no he dicho el precio.-Aún no era el Sera que yo había conocido, seguía mostrando sabiduría a través de su mirada, como si estudiándola pudieras descubrir los misterios más profundos del universo. Su larga barba blanca y el pelo enmarañado casi conseguían darle un aspecto de loco.-Para ti queda en tres iotas.

-¡¿Qué?!-Gritamos los dos a la vez, era tan absurdo como saludar al rey de Vintas con un “Hey, como va”. Podría vender ese objeto por una cantidad que le solucionaría la vida. ¿Tres iotas? Realmente era un loco.

-Eso no es todo. Por ese precio quedas sujeto a unas condiciones que has de cumplir a costa de tu vida.-El rostro de sabiduría de Sera pasó a convertirse en uno de inmutable seriedad.- La primera y más importante, una vez lo compres no podrás deshacerte de el objeto. Ni venderlo, ni empeñarlo, ni tirarlo... Este objeto formará parte de ti. La segunda condición es que solo puedes usarla en una situación de necesidad, nunca por placer, ni por trabajo, ni por otra cuestión. Siempre y únicamente por necesidad. Y la tercera condición es que le des un buen uso. Esta daga no es una “mata-ladrones”. Tiene que ser usada con cabeza, y no en un callejón oscuro a mala fe.

El hecho de que la llamara mata-ladrones hizo que me sintiera realmente sucio y angustiado. Durante una milésima de segundo me imaginé la daga atravesada en mi estómago . En cualquier caso yo habría aceptado sin dudarlo, pero Berthus se lo pensó muy bien, durante minutos sin decir nada. Minutos que parecieron días. Como si esas condiciones fueran realmente duras y extremas. Al final dijo simplemente:
-Acepto. - Y la transacción se llevó a cabo. Sera añadió al lote una majestuosa funda para la daga del mismo color metálico que el mango de ésta. Finalmente hablaron un rato, se agradecieron mutuamente el negocio resultante y se despidieron. Antes de irnos
volvieron a hablar en voz baja y me miraron. Esa situación me incomodó bastante, y giré la cabeza fingiendo que no me interesaba su conversación. Al cabo del rato Serafín volvió y nos pusimos en marcha.

-Le he dicho que necesitas unas monedas extras para comprarte ropa-Añadió el calderero sin mirarme.-Me ha entregado este sobre y me ha dicho que lo abras al llegar a Imre, en un lugar donde nadie más pueda leerlo.-Y me tendió un sobre sellado con el símbolo de la universidad.
-¿Que es?
-No lo sé, pero no esperes mucho de un comerciante de Denner.- Ofrecía un aspecto muy cansado, mas bien agotado. Como si dentro de su cabeza se hubiera librado una terrible batalla.

No volvimos a hablar en todo el viaje. Paramos para comer y me ofreció una hogaza de pan y queso. La verdad es que llegamos más pronto a Imre de lo que cabía esperar. Hice algunos recados para él, como ir a ciertas tiendas a comprar materiales con el dinero que me dio, cargar grandes pesos desde un lugar a otro y ayudarlo a organizar el carromato.
Después me dio tiempo libre y me dijo que fuera a visitar la ciudad.

Las calles de Imre estaban increíblemente limpias y cuidadas, sin aglomeraciones de gente y con un aire limpio, casi puro. Los edificios estaban bien cuidados y sus estructuras se veían mil veces más consistentes y seguras que los “barracones” de mi antigua ciudad. Pero lo que más me sorprendió fue sin duda la naturaleza. Imre estaba rodeada de plantas, por las fachadas de los edificios se arremolinaban las enredaderas. En la entrada de cada casa había macetas con flores y toda clase de plantas. Y un árbol cada dos pasos en cada calle. Parecía como estar viviendo un sueño. A la entrada de una taberna un violinista tocaba rápidamente y con precisión mientras algún transeúnte dejaba caer medio penique en el estuche. Al final de la calle, un edificio mucho más grande y majestuoso se alzaba por encima de los demás como si reclamara la atención de todas las miradas. Encima de la puerta un enorme cartel que indicaba: “El Eolio”. Las enredaderas que subían por sus paredes florecían con una llamativa flor azul. No sabría como describirla, pero su forma no podía recordarme otra cosa que no fuere una nota musical. Era como si el propio nombre de la planta debiera ser “acorde” o algo por el estilo. Vi algún músico aventurarse con su estuche hacia el interior del Eolio.

-Es hora de volver.-Dijo Sera a mis espaldas, me giré para mirarlo- Esta noche dormiremos en una posada cercana.
Saqué la bolsa de monedas que había pertenecido al barón para contar cuanto llevaba, cuando de pronto vislumbré un extraño brillo entre las monedas, no tenía nada que ver con un talento.

-Chico-Me sobresalté y cerré rápidamente la bolsa.- no es necesario que gastes nada, el posadero me debe algunos favores.

Más tarde llegamos a la posada y el posadero me acompañó a mi habitación, la cual tenía una cama que parecía bastante cómoda, un baúl a los pies de ésta y un armario.
Cerró la puerta y me senté en el borde de la cama. Volví a sacar la bolsa de monedas y vacié el contenido encima del colchón. Entre todos los talentos de plata alcancé a ver el destello dorado que había visto antes. Era una moneda de oro con una enorme luna en cuarto creciente grabada en ambos lados y con unas letras grabadas alrededor del borde, Eran unas letras que no había visto en mi vida. Parecían runas ceáldricas antiguas.
Volví a guardar el contenido en la bolsa y decidí leer en ese momento el contenido del sobre que Berthus me había entregado.
Arranqué el sello para poder abrirlo y saque de dentro dos hojas de pergamino. En la primera que cogí había dibujado un mapa muy bien detallado, con ciertos puntos resaltados e indicaciones de como llegar. En la parte superior el titulo rezaba “El Archivo” y en la parte trasera había una serie de frases escritas una bajo la otra. Parecían títulos de libros.
La segunda hoja tenía un texto escrito.

“A ti, quien seguramente necesites dinero y en quien habré puesto la confianza de que realizarás este trabajo. Te encargo el trabajo de recuperar una serie de libros escondidos meticulosamente en el Archivo, en la Universidad. Te adjunto un mapa del archivo y su localización. En la parte trasera del mapa están los nombres de los libros. No me importan tus métodos, haz lo que sea necesario. En unos días volveré a a Imre y te buscaré. Si has conseguido los libros te pagaré una buena cantidad por su contenido. Suerte, seas quien seas.”


Volví a guardar las hojas en el sobre y me tumbé en la cama pensando en la casualidad de todos lo sucesos, en mi cambio de vida de un día para otro, en la suerte de encontrar a Sera, y en general todos los misterios que habían llegado a mi en poco tiempo.
Al rato entró Sera alegando que tenia que curarme y coserme los cortes de mi persecución en Tarbean. Cuando salió, seguí inmerso en mis pensamientos hasta que lentamente, la profunda oscuridad de la noche acabó llevándome a su mundo de sueños y pesadillas.





______________________________________________________________________________
Bueno y aquí dejo la imagen de como me imagino la misteriosa espada (Aun que más plateada) Very Happy

http://images1.wikia.nocookie.net/__cb20101229143145/princeofpersia/es/images/0/0c/LionSwordPPWW.jpg

Y así la daga de Berthus (más o menos)
http://www.aceros-de-hispania.com/imagen/daga-crossnar-peana/daga-19030-crossnar.jpg
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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por Admin el Miér Jun 05, 2013 11:12 pm

Me acerqué un poco a Rina, la mujer que llevaba la caravana con su marido. Era una mujer amable, de sonrisa fácil como había pocas, pero dura como una barra de metal. Me gustaba. Ella llevaba las riendas de todo, sin dejar por ello a su marido Sellens en segundo lugar. No. Era ella quién tenía carácter y por eso a veces era ella la que expresaba la alegría o el enfado con más facilidad, pero ambos sentían exactamente igual. Formaban una buena pareja, casi entrañable. Mientras él estaba en silencio, ella le hacía arrumacos. Me alejé un poco de ellos para no molestar, aunque me apetecía hablar con Rina.

Estábamos ya a menos de tres días de Anilin y los pueblos por los que pasábamos eran cada vez más grandes y ricos. Aunque me preocupaba mucho llegar a una gran ciudad. Era una chica joven, sola, sin dinero ni apellido, ni manera de ganar dinero, pues evidentemente, nunca cobraba por exorcizar demonios, me parecía egoísta. Paramos en las afueras más próximas a Beren, un pueblo casi tan grande como el mío, casi una ciudad. Ayudé a aparcar los carros , y aunque Rina sólo dijo que no nos alejásemos mucho o dormiríamos al raso esa noche, no me atreví a entrar en la ciudad, todavía. Me quedé guardando los carros, junto con los caballos, y les di de comer. Aproveché para picotear un poco de comida que guardaba en mi bolsa, no era más que un poco de pan duro, pero tenía mucha hambre. Decidí calmar mi sed la fuente de piedra que había a unos trescientos pasos. Aunque el agua de la fuente corría, pude ver mi reflejo en ella.

Era una chica joven, de pelo largo y castaño y unos intensos y grandes ojos verdes. Llevaba un pañuelo en la cabeza para sujetarme el pelo y evitar mancharlo con el polvo del camino. Tenía una pequeña peca debajo de mi ojo izquierdo, tenía una pequeña nariz y unos labios carnosos. Llevaba una túnica azul, que me habían dado los tehlinos. El azul era el color que usaban los seguidores de Tehlu que practicaban obras de caridad, y yo en parte, las hacía. Conmigo traía una bolsa donde guardaba algunas cosas necesarias, como mi yesca para el fuego, un cuchillo, cuerda, que siempre era útil, una carta de mi iglesia y piedras. Sí, piedras, pues las usaba para defenderme. Pocos meses atrás había empezado a iniciarme con el uso del arco y aunque era capaz de utilizarlo, mi puntería no acababa de pulirse, así que yo confiaba mucho más en mi honda. Con ella no era capaz de causar tanto daño como con una flecha, pero podía matar animales pequeños y si me las ingeniaba bien, hacer heridas nada desdeñables a personas, aunque nunca lo hacía claro. Hacer daño no era algo que alguien debiera hacer, no era correcto.

Me dirigí de nuevo a los carros, pues en uno de ellos guardaba todo aquello que usaba para los exorcismos. No me gustaba alejarme demasiado de mis cosas, pues nunca se sabía cuando un demonio podría aparecer. El hijo pequeño de Rina y Sellens se dirigía hacia mí. Yo me acerqué, con curiosidad.

- Traigo un mensaje de mis padres.
- ¿Cuál es, pequeño? - Me habría gustado añadir su nombre, pero no lo recordaba.
- Holly, en Beren hay una iglesia bastante grande. Puede que aquí encuentres ayuda de sacerdotes tehlinos, pero ve con cuidado, ¿quieres? Te esperamos en la posada Rocagrís para cenar, no tardes.
- Muchas gracias. Dile a tus padres que voy a ver si los tehlinos pueden ayudarme, aunque no sé si me recibirán. - Miré el pueblo con gesto inquisidor. - ¿Tú sabes donde está la iglesia?
- Sí, está en la plaza grande, al lado de la zapatería.
- Gracias. Ve, anda, yo ya me las arreglaré sola.

Emprendí mi propia y pequeña expedición por el pequeño laberinto de Beren. Tampoco era tan grande, pero la mayoría de calles no tenían salida, eran estrechas y se retorcían como culebras. Llegué a la iglesia justo a tiempo y entré, esperando que alguien me recibiese.

- ¿Qué haces aquí, niña? - Preguntó un hombre, aunque sin demasiado interés, parecía más dispuesto a echarme que a escucharme.
- Soy Holly y traigo un mensaje de una parroquia tehlina de Atur. Me pidieron que la entregase a cualquier iglesia importante, y ésta es tan grande que parece que lo es... - Bueno, evidentemente elogiar su iglesia, no era mala idea para conseguir resultados.
- De acuerdo, niña, entra y di lo que tengas que decir. - Esas palabras me enfurecieron. No sólo seguía tratándome de niña, si no que dudaba de mis capacidades para llevar una carta en papel, pensando que había memorizado el mensaje. Sin embargo, no dije nada.

En la parte privada de la iglesia donde los tehliinos habitaban, había mucho espacio. Las paredes, aunque desnudas, parecían haber sido decoradas expresamente con ladrillos de distintas tonalidades. Había adornos sutiles por todas partes, que me parecieron de buen gusto, aunque me desgradó la idea de que se permitiesen ciertos lujos, cuando evidentemente debían vivir humildemente.

- Traigo un mensaje del abad Nathan, de una iglesia al suroeste de Atur, la capital.
- Bien, dímelo.

Todavía irritada, saqué la carta que me había entregado Nathan por si en algún momento me encontraba en dificultades. En realidad, esa carta sólo revelaba mi estatus como exorcista y por ello, rogaba la colaboración total de cualquiera con información, alojamiento o dinero a cualquiera que la viese, por la salvacikón de toda la humanidad.

- Ya veo... - Dijo él. - Exorcista, ¿eh? No eres muy joven, ¿niña?
- Puedo recitarle cualquier pasaje del Libro del Camino, capítulo a capítulo, versículo a versículo. Sé todos los salmos que se han compuesto nunca, todas las oraciones y mucho más.
- Bien, bien, no lo dudo. El caso es que... - Dudó el sacerdote. - me temo que los demonios no existen. Quiero decir, claro que existen, pues nuestro señor Tehlu nos salví de ellos, pero son sólo... una forma de hablar. ¿Sabes lo que es una metáfora, niña?

La sangre me hervía por los todos los poros de la piel. Con un esfuerzo sobrehumano, conseguí para las palabras que iban a brotar de mí, para decir:

- Lo sé, gracias por preocuparse por mí. - Dije con un tono sarcástico. - Tengo alojamiento y dinero - cosa falsa, por cierto - pero agradecería que me prestarais información. Gracias. - Añadí fríamente.
- ¿Sobre demonios? ¿sobre posesiones? - Se corrigió uno de los sacerdotes.
- Bueno... - Meditó el abad. - Ciertamente, hemos tenido un caso algo misterioso últimamente, pero no creo que se trate de algo relacionado con demonios. Aunque, si estás tan dispuesta, te puedo indicar el lugar.
- Se lo agradezco. Que Tehlu nos guíe a todos para iluminar la Senda a otros. - Recité una frase, una fórmula, muy típica de momentos formales. El sacerdote cabeceó, conforme.


Una hora después me encontraba otra vez en la calle, pero con unas nuevas indicaciones sobre el lugar al que debía ir. Para ello, debía desviarme del camino para Anilin, pero en menos de un día a pie llegaría al pueblo que me había descrito. El caso que me había dicho era sobre un niño que mostraba todos los síntomas de posesión: Ojos dilatados, lengua seca, convulsiones y en ocasiones, gritos en un lenguaje que nadie comprendía. Palpé en mi bolsa mis instrumentos y a la vez, sobre mi cuello, un grueso disco de hierro, cuya presencia y frialdad me templaba siempre en los momentos difíciles.

En Rocagrís, cené un plato de cocido de pollo y esperé. Cuando el matrimonio estuvo libre de otros compañeros de viaje, me acerqué a ellos y les di las gracias por avisarme. También les conté que me iría a un pueblo cercano a Anilin. Sellens me sorprendió con la seriedad de sus palabras graves:

- Ten mucho cuidado, Holly. Sabes que hay peligros en los caminos y también en las ciudades grandes, pero eres demasiado joven para imaginar la magnitud de ello. Viaja siempre acompañada, si puedes. Será mejor para ti. Si hace falta, escóndete en los márgenes del camino. Tampoco confíes en tu propia gente, puede parecerte duro, pero los tehlinos no son aquí como son en Atur.
- Gracias, Sellens. Lo recordaré. - Dije mostrando todo el agradecimiento que fui capaz. - Por eso quiero pediros un favor.
- ¿Cuál? - preguntó Rina.
- Necesito un puñal. Aunque no sepa usarlo, servirá al menos para advertir a posibles atacantes. Estoy segura de que me podéis vender uno.
- Holly, no tienes dinero. ¿Recuerdas lo que nos dijiste hace apenas un par de días?
- Lo sé. - Callé, pensativa. - Todavía falta un poco para llegar a Anilin, así que hasta entonces tengo tiempo, ¿no?
- Claro. Pero no te hagas ilusiones, pequeña.

Me volví a sentar, pensando cómo podría conseguir, al menos, medio talento para poder comprar el puñal y tener varias cenas y noches en una posada aseguradas. Pero a esas horas de la noche, el estruendo era infernal, y tuve que salir de allí si quería hilar más de dos pensamientos seguidos. Respiré una bocanada de puro aire nocturno. En las calles, la juerga de algunos borrachos continuaba, aunque el silencio de la noche absorbía su bullicio. No me gustaba el alcohol, Nathan siempre decía que inclinaba a los humanos a hacer cosas reprobables. Cerca de los borrachos, vi un truhán que usaba trucos para sacar todavía más dinero a esos hombres ebrios. Con una curiosidad malsana, decidí acercarme a ver como les sacaba hasta el último penique.

Ese truhán era el típico estafador: usaba el juego de los tres vasos, debajo de uno de ellos escondía una piedrecilla, mezclaba y pedía al incauto que averiguase cuál contenía la piedra. Me pareció hasta cierto punto divertido ver los desorientados hombres intentar seguir un movimiento tan diestro. Aunque en realidad no disfrutaba del mal ajeno, sólo era un espectáculo que inspiraba en mí cierto divertimiento y compasión. Cuando algunos ya se habían cansado de aquel juego, decidí enfrentarme al estafador yo misma. Sólo tenía tres peniques y medio para recorrer Los Cuatro Rincones, pero me arriesgué a perder uno de ellos. El estafador me miró, evaluándome, y con una sonrisa que había visto muchas veces, me invitó a jugar. Movió los vasos con rapidez, pero yo lo había visto jugar antes y sabía que ésa no era ni la mitad de la velocidad a la que solía ir. Me estaba dando coba. Evidentemente, acerté y el estafador me dio mi penique y otro de premio. Con una sonrisa de lobo, me invitó a seguir jugando. Con la misma sonrisa, yo acepté.

Esta vez, movió los vasos a una velocidad digna de un prestidigitador, con cierto arte y una elegancia nada propios de ese oficio. Los vasos, de barro, aunque todos exactamente iguales, eran una mancha difusa de marrón sobre la mesilla baja que usaba ese hombre para instalar sus bártulos. Siguió moviéndolos durante casi dos minutos de agotadora atención extrema y de cierto esfuerzo por su parte, pues de su frente empezaban a nacer gotas de sudor.

- ¿Y bien?

El hombre no contaba que yo había pasado la mitad de mi vida entre libros oscuros y polvorientos y mi vista se había agudizado insospechadamente. No sólo era sensible a cualquier mínima luzaque existiese, sino que mis ojos eran tan rápidos que podían leer decenas de títulos en poco tiempo. Una piedrecita, por muy rápidas que fuesen las manos de ese truhán, no debería suponer un problema.

- La de la izquierda.

El hombre, sorprendido, levantó el caso y como él sabía, vio que era la correcta. Me dio los peniques. Ya tenía cinco peniques y medio. Media iota y medio penique. No era mucho, pero pensaba mejorarlo mucho, mucho más. Con decisión, me giré de nuevo a aquel hombre. Él aceptó de nuevo el reto, aunque esta vez sus dedos fueron más veloces que el viento. Volví a ganar. Después, con una sonrisa más falsa que un penique de madera, me sugirió usar cuatro vasos en vez de tres. Acepté. Y gané de nuevo. Él volvió a insistir, pero esa vez, en uno de los movimientos de los vasos, lo acercó peligrosamente al filo, y supe que la piedra había caído en su manga.

- Uhmmm... - Dije en ese momento, haciendo que se formase una sonrisa de victoria en esa cara de rata ávara. - Creo que podemos hacer esto mucho más divertido si apostamos cinco peniques en vez de uno. Si averiguo donde está la piedrecilla, me dará un talento. - Le añadí los cuatro peniques que faltaban para que se formalizase la apuesta.

La sonrisa se volvió más ancha. Evidentemente, aceptó.

- Entonces, - dije con una sonrisa similar a la suya - muéstreme su manga. La derecha, creo. Sí, ésa. Ahí está la piedra.

Los ojos del estafador se volvieron terriblemente fríos y la diversión desapareció en él. No cogió la piedra, pero de su bolsa de dinero, sacó el dinero que me pertocaba. Con una mirada furibunda, me indicó que me largase de allí.

Esa noche me fui a la cama con una iota y dos peniques de hierro, más el medio penique, en la bolsa. Quizás ya tenía una manera de ganarme la vida.


*Sólo los locos y los sacerdotes no le temen a nada. Y yo nunca me he llevado muy bien con Dios.*
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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por Albertet el Dom Jun 09, 2013 11:52 pm

CAPÍTULO VI

Taborlín el Grande conocía los nombres de todas las drogas. Una vez le encerraron en una celda, vigilada por guardias armados. Le dijo a la piedra rómpete, y quedó libre. Le dijo al guardia colócate. Y el guardia se hundió en la profunda calma del denner…

Así hablaban tres hombres en una de las más sórdidas y miserables tabernas del puerto de Tarbean. Si es que a eso se podía llamar taberna. El suelo tenía restos de pescado medio podrido, las paredes tenían enormes manchas de humedad junto con piedra ya descolorida y oscura. Una pequeña ventana servía como tragaluz en aquel sótano lleno de olores y miseria, donde unos cuantos mendigos y gente de los bajos fondos se reunían a contarse historias y a quejarse sobre su triste vida. Pero también servía de punto de reunión.

Y a ese cuartucho sucio bajé yo, con los bolsillos llenos de resina de denner de la mejor calidad, después de un viaje apresurado desde Imre, y con malas noticias. Me habían expulsado de la Universidad, por lo que nunca podría ser arcanista. No había encontrado los secretos que buscaba y no sabía que hacer con mi vida. Al menos tenía una buena daga, una daga antigua y prodigiosa, que me había vendido un calderero que viajaba a Imre. Por supuesto la había dejado escondida lejos de allí.

Al verme entrar bien vestido, los dientes ligeramente blancos de aquellos tres hombres se abrieron en una sonrisa. Uno de ellos sacó un pequeño cuchillo y vino hacia mí. Pensaban que podrían sacar algun dinero por mis ropas y lo que llevara encima.

Antes de que se acercara mucho y su arma quedara enterrada en mis costillas grité con mi voz profunda de arcanista: “soy amigo del Ruh, necesito verle ahora”. Todos callaron, guardaron la navaja y me miraron con un profundo respeto.

El Ruh era el principal subalterno del que llamaban El Ceáldico, jefe de la banda más importante de comerciantes de denner en toda Tarbean. El Ruh no tenía nada que ver con los Edena, pero todos le llamaban así porque era de las personas más odiadas en kilómetros a la redonda. En cuanto al Ceáldico, era un poderoso arcanista que descubrío que la extorsión, la corrupción de las autoridades y el comercio de denner eran la mejor forma de poner en práctica sus conocimientos.

Tras una larga hora esperando aparecieron por la puerta. El Ruh era un buen guerrero que rivalizaba incluso con los mercenarios Adem. Vestía siempre de negro, y una horrible cicatriz le subía por la cara casi hasta el ojo, seguramente fruto de un fallido intento de asesinato. Venía junto con dos hombres musculosos y letales que siempre le acompañaban a todas partes.

-Hola Berthus.

-Hola- dije con la voz más segura que pude poner. Su presencia siempre me daba escalofríos.

-Hace pocos meses que nos vimos, tiene que ser algo importante lo que te trae por Tarbean. Si no no te decidirías a molestarme- dijo la última palabra lentamente, como si saboreara el efecto que tenía sobre mí.

-Es importante, señor – Le gustaba que le llamaran así, no sé por qué-. Me han descubierto y me han expulsado de la Universidad…

-¡Cómo has podido ser tan imbécil!- me interrumpió, casi gritando

-Me delataron, uno de mis clientes confesó y los maestros buscaron por todas partes…

-Eres indigno de estar conmigo. Tienes el denner ¿no?

-Tengo lo que pude sacar, tres kilos repartidos entre los bolsillos. Y es el más puro, no el que está cortado.

-Si no me equivoco la última vez que te fuiste de Tarbean te llevaste unos quince quilos más ¿no?

-Si, pero ahora no puedo volver. Conocen mi cara y…

-Sujetadle- Inmediatamente y sin que pudiera hacer ningún movimiento, sus dos musculosos guardaespaldas me agarraron por los brazos en una postura incómoda que me hacía bastante daño.

-Berthus, me estás causando contrariedad. Sabes lo que me cuesta traer el denner desde Trebon. Y más ahora que la ciudad ha sido incendiada hace poco.

-Lo sé pero deberás enviar a otro. A mí me darían latigazos y…

-no, tienes que encargarte tú. Debes volver a la Universidad. La próxima vez que vengas no quiero ver menos de veinte talentos o su equivalente en denner.- En ese instante se acercó a mi rostro lentamente y me dijo en voz muy baja, con su cicatriz frente a mi cara - Berthus, no intentes engañarme. ¿Quién te protege de los guardias, de los otros vendedores, de los adictos al denner, de todo el que podría hacerte daño?

-Vos, señor Ruh

-Eres una herramienta en mi mano.

-Soy una herramienta en vuestra mano- repetí, a punto de gritar de dolor.

-Señor Ruh

-Soy una herramienta en vuestra mano, señor Ruh.

-Pareces haber olvidado mi propósito, ¿o acaso tu propósito difiere del mío?



Me soltaron. Antes de irme el Ruh me dijo que no intentara huir, pues Tarbean es la ciudad de los mejores asesinos a sueldo, que enviaría a matarme sólo por dar un ejemplo a los demás traficantes de denner.

No le dije al Ruh que ya había enviado a por la droga a un hombre joven que encontré por la calle. Quería mantenerlo en secreto porque mi idea era quedarme con una buena parte del denner. Quince quilos decía el desgraciado. Lo menos tenía veinticinco escondidos entre los libros del Archivo, así que mi propósito difería del suyo lo menos en diez quilos

Al día siguiente cogí mi daga y volví a Imre. pero volví a pie porque los hombres del Ruh me habían quitado el caballo. Tenía que encontrar a ese chico y conseguir el denner del Archivo, o si no, las consecuencias podrían ser penosas. Si en un plazo corto no traía el denner, el Ceáldico enviaría un asesino a matarme. Aunque si consiguiera dinero se lo podría traer en su lugar.

Cuando ya veía Imre a lo lejos me encontré con unos mercaderes. Era un carromato en el que viajaban una familia de comerciantes, junto con una hermosa mujer que se había añadido al grupo para viajar entre las dos ciudades. Me dijo que se llamaba Danna. Estuve a punto de decirle que Danna se parece a denner, como forma de acercamiento por si más adelante quería comprarme algo pero en ese momento oí a los comerciantes algo que me dejó casi sin respiración.

El padre dijo exactamente esto: Me han dicho en Tarbean que se ofrece recompensa de 25 talentos por joven ladron, pelo negro y liso, ojos verdes, harapiento y de una altura aproximada de 1'70, cuyos testigos afirman que se llama Senzo!¡Al muy imbécil se le ha ocurrido robar descaradamente al barón Letswin. Toda la ciudad lo está buscando y dicen que alguien lo vió salir junto con un calderero…

-Joder- dije yo y sin decir nada más salí corriendo hacia Imre como si me hubieran poseido los demonios y necesitara urgentemente un exorcismo…
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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por Bast el Lun Jun 10, 2013 9:35 pm

Me encontraba en Beren buscando algún trabajo decente con el que ganarme la vida. La mayoría de personas se preguntaría que haría una chica de 15 años buscando trabajo, si no fuera por mi cuerpo excesivamente desarrollado para mi edad. Aunque faltara algo más de mes y medio para que cumpliera los 16, mi vida había sido una constante monotonía. Sobrevivir, sobrevivir y tener que sobrevivir. A los 8 años me encontró un maleante que me enseñó todas las formas humanas y demoniacas posibles de matar y me volvió una asesina sin sentimientos. Aceptaba encargos de todo tipo, desde matar a maleantes para recuperar dinero, hasta deshacerme de pueblos enteros. Al legar a la adolescencia, decidí que era mejor retomar el rumbo de mi vida. Salí de Tarbean y busqué refugios en varios pueblos y ciudades. Finalmente, reuní dinero bastante como para permitirme vivir de alquiler en una posada de Beren a cambio de ayudar en ella, pero no podía permitirme vivir siempre a costa de los dueños de la posada Rocagrís, así que me dedicaba a buscar trabajo honrado. Lejos quedaban ya los tiempos en que era una asesina sádica sin remordimientos, era una persona nueva. Me dedicaba la mayor parte a proteger la posada de los maleantes que, en todos lados había, pero no dejaba más que heridas leves, y en caso de las más graves, las provocaba en lugares que no eran mortales.

Era una chica algo alta, con el pelo castaño y largo, llegándome a la altura de la cintura. Mi piel era blanca y suave. Poseía unos bonitos ojos rojos. Mi cuerpo estaba bastante desarrollado, predominando unos pechos muy grandes, más grandes que la media de chicas de mi edad. Solía vestir con un traje de camisa blanca y una falda de volantes gris, mis calcetines eran blancos y usaba zapatos son marrones, usaba una chaqueta como capa. Otro traje que usaba bastante era un traje completamente negro ajustado a su cuerpo que realzaban mis curvas, también tenía un pantalón negro y una camiseta violeta, solía usar sostenes negros o rojos, pero también violetas. También era común verme en traje de baño, con un bikini rojo o negro. Mis medidas eran 100-58-88.

En cuanto a mi personalidad, era un poco extravagante, siendo algo ruda y seria, que me hacía ver como muy marimacho, pero realmente era bastante pervertida y divertida. Una vez que me conocías lo suficiente, podías darte cuenta que era muy simpática y optimista. No tenía pudor ninguno y tendía a desnudarme, causando hemorragias a los hombres que tenía alrededor. Decía que cuanto menos ropa, mejor para pasear. De tanto hacer esto último me desnudaba incluso sin pretenderlo. Tenía un gran sentido de la justicia. Dentro de mis principios de ex-asesina. Amaba pelear. Odiaba a la gente falsa y pesimista. Siempre hacía gala de una excelente educación, también era muy perceptiva a los cambios que se producían en mis seres queridos, por sutiles que fueran. También tenía un lado femenino. Me gustaba cocinar, pero mis gustos culinarios dejan bastante que desear, al menos para los que me conocen, siendo sincera conmigo misma, me gustaba mi comida casera. Tenía pocas virtudes, era buena peleadora en cualquier tipo de arte marcial, con o sin armas, me preocupaba mucho por mis seres queridos aunque ahora no tuviera gran cosa que querer. Era buena compañera. Cualquier tipo de ejercicio físico o de fuerza se me daba bien. Era bastante ágil, tenía bastante cabeza para los negocios y para armar buenas estrategias de combate en caso de problemas. Mis defectos eran problemáticos, Era mala cocinera, coser no se me daba nada bien, bien por romper la aguja al enhebrar el hilo, bien por romper el hilo o ambas cosas. Tal era mi fuerza física que rompía las fregonas y las escobas con solo tocarlas.

No me gustaba el ambiente que últimamente se estaba adueñando de la ciudad. Muchos maleantes y buscavidas pensando en sangrarte y timarte. ¡¡Por Tehlu!!! Muchas veces eran peor que unos consumidores de denner con síndrome de abstinencia. Sin dudas debería ir allí y ponerlos a todos en su lugar, pero una serie de rumores llegaron a mis oídos. Al parecer, hacía pocas horas que una joven había puesto en su lugar a uno de esos truhanes. Decidida a ver que se cocía por la ciudad decidí pasear al tiempo que observaba como algunas personas me miraban y se tapaban los ojos y los hombres babeaban y algunos se tapaban la cara intentando evitar, sin éxito, la hemorragia nasal que poseían. Sonreí pícaramente, al tiempo que me contemplaba a mí misma. Nuevamente lo había hecho, había vuelto a olvidarme la ropa Aleph sabe dónde. Decidí volver sobre mis pasos y a unos quinientos metros las encontré. Volví a vestirme y regresé a la posada Rocagrís. Otro día había desperdiciado, pero mi sangre hervía por aventuras. Aunque quizás Tehlu tuviera algo preparado para mí. Sea como fuere, podía asegurar algo. No me quedaría en Beren mucho tiempo más.
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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por SenzoTrace el Miér Jun 12, 2013 12:08 pm

Había dormido en una cama. Había despertado sin sobresaltarme y con la cálida caricia de los rayos de sol matutinos. No había tenido pesadillas ni tenía prisa por salir a mendigar a primera hora de la mañana. Me sentía verdaderamente libre. No solo eso, por primera vez tenía cosas que hacer, dinero con el que contar, y alguien en quien apoyarme si todo iba mal. No podía ir mejor... O eso creía.

Esa misma mañana bajé sin desayunar y me hice con ropa de mi talla; algunas camisas, una capa verde oscuro con grandes bolsillos interiores, unas botas, pantalones...
Más tarde, el calderero me enseñó parte de su oficio, me encargó tareas con el herrero, el sastre, un mercader y gente de todo el pueblo. Comí poco y dormí menos, aun que era yo quien quería que fuera así. No me gustaba ser una carga para nadie ni que gastaran comida en mi. En cuanto a dormir, con el tiempo me di cuenta que la justicia me seguiría buscándome fuera de los muros de la ciudad miserable.

Pasé los días bajo tareas de muchas personas, pero sobretodo aprendiendo y dando lo mejor de mí. Cogí mucha confianza con Serafín, hasta el punto que casi llegué a considerarlo familia, algo parecido a un tío lejano. Y así continuó hasta que llegó el gran día, en el que daría respuesta a algunas de mis preguntas. El día en que ejecutaría uno de mis robos más peligrosos. El día en que visitaría por primera vez (aun que no por última) la fuente de toda sabiduría: La Universidad.

Después de cruzar el puente entre Imre y la Universidad mi personalidad cambió por completo. Dejé de sentirme mejor y más inteligente que los de mi alrededor. Dejé de sentirme capaz de cualquier cosa. Sabía la verdad, sabía que por allí cualquier persona podía fulminarme con unas cuantas palabras. Decidí andarme con más cuidado con el que había tenido jamás durante mi estancia en Tarbean. Esquivé las miradas altivas de muchos nobles mimados, y aguantándome las ganas de llevarme sus bolsas de dinero, avancé rápidamente hacia el interior de los edificios de la universidad. Pregunté a decenas de personas y busqué durante horas, hasta que por fin pude encontrar lo que buscaba, uno de los maestros de la universidad. Intenté formular directamente la pregunta que me atormentaba sin llegar a conseguirlo ya que el maestro me cortó sin piedad.

-Lo siento chico, no tengo tiempo para jóvenes sin matrícula que vienen a hacer preguntas cuya respuesta nunca entenderán.-Dijo mientras seguía andando a paso firme

Su respuesta hizo que me hirviera la sangre, pero por primera vez logré controlar medianamente mi reacción.

-No necesito las respuestas que me pueda dar un viejo arrogante y creído. Solo quiero saber si algún profesor Ceáldrico que pueda entender su idioma rúnico antiguo.- Algo en mi respuesta debió provocar curiosidad al que más tarde se presento como Lorren “El archivero”, ya que paró en seco y comentó en voz baja y con una sonrisa desafiante y con cierta superioridad:

-¿Por qué a un joven temeroso de dios se la ha ocurrido la idea de hablar con un poderoso arcanista para solucionar una duda digna de estudiante de alto rango de esta universidad?

-En primer lugar no soy temeroso de un ser cuya existencia pongo en duda,-dije mientras introducía la mano en la bolsa de monedas que llevaba escondida bajo el pantalón.- Y en segundo lugar, creo que esto tiene más importancia de la que yo le di en un principio, y necesito saber qué es.

Saqué la moneda de oro con el grabado de una luna y las runas y se la puse a la altura de sus ojos. Creí que realmente no era más que una falsa o algo sin importancia ya que el maestro no mudó su expresión. Al cabo de un minuto en silencio guardé la moneda de nuevo en su sitio, a la vez que el maestro volvía a hablar, con un tono de voz mucho más débil e inestable, tartamudeando.

-Sígueme, atravesaremos el archivo y llegaremos antes a la artificiería.
¡El archivo! Eso lo ponía todo mucho más fácil. Si lograba escabullirme por su interior rápidamente conseguiría recolectar el denner escondido. En menos de un minuto llegamos al lugar acordado. Era el edificio más enorme que había contemplado en toda mi vida. Su interior era oscuro y sus pasillos se enredaban como unas zarzas entre la maleza. La cantidad de libros era inimaginable. Una persona podía pasarse toda la vida únicamente para poder contarlos. Como mucho leer todos los títulos si era un lector hábil.
Lorren me entregó una lámpara muy extraña que funcionaba sin aceite, la llamó “luz simpática”. Entramos en el entretelado sinfín de estanterías y cruzamos por varios pasillos, hasta llegar a una pequeña bifurcación de escaleras, unas de subida y otras de bajada. Descubrí que las de bajada llevaban al piso donde se encontraban los libros falsos, así que cuando el maestro empezó a subir, bajé rápidamente por el lado contrario.

Una vez abajo saqué el mapa del interior de una bota y comencé con mi búsqueda. Tardé por lo menos una hora en encontrar unos pocos títulos. Aquello era un verdadero laberinto. Cada vez que encontraba un libro hueco, vaciaba su contenido en los gigantes bolsillos interiores de mi capa (especialmente comprada para ese trabajo) y volvía a colocarlo donde estaba. Tras una hora más terminé de encontrar todos los libros y sentí que pesaba por lo menos veinticinco quilos más que antes.
El maestro Lorren me encontró y alegué que me despisté un momento y acabé perdiéndome sin encontrar la salida. Al rato proseguimos nuestro camino hacia el taller.

Entramos en el despacho del maestro artífice. En su interior se encontraba él. Era un hombre Ceáldrico grande y fuerte, con una larga barba .

-Kilvin, tienes que ver esto. Este muchacho tiene en su poder algo muy... interesante. Ha insistido en hablar únicamente contigo sobre ello. Chico, muéstreselo.

Tras dudar un poco, saqué de nuevo la moneda y la coloqué encima de la mesa. En unos segundos la expresión del artífice se tornó todavía más incrédula y exagerada que la del maestro anterior. Tras vacilar un momento añadió:

-Maestro Lorren por favor, ¿sería tan amable de dejarnos solos al chico y a mi? Hablaré con él.

A regañadientes, el archivero asintió y salió del despacho. A continuación Kilvin cogió la moneda y la observó atentamente y en silencio con una lupa. Tras un largo rato de espera por fin dejó de nuevo la moneda y suspiró.

-Chico, ¿sabes qué es esto que guardas en un bolsillito y que exhibes con tanto descaro?
-No señor, intuyo que si lo supiera seguramente no debería haberlo hecho.
-Tienes razón. Verás, ¿conoces la historia de los siete reinos?
- Si señor.
-Bien, según los textos ceáldricos más antiguos, los reyes que las gobernaban solo tenían derecho a ejercer el poder si el pueblo decidía entregarle su señal de aceptación. El talento dorado del rey. Los reyes de las 7 ciudades poseían cada uno un talento dorado. Que indicaba que reinaban bajo la aceptación de su gente.
Cada ciudad grabó unas palabras en su propio idioma. Y conservó la moneda hasta su caída. Como comprenderás no se que significan estas runas, ya que este idioma es miles de años más antiguo que el ceáldrico antiguo conocido por expertos. Pero estabas en lo cierto en una cosa, esta moneda perteneció al reino precedesor de Ceald, el que yace bajo el reino actual.
Se dice que quien pronuncie las palabras escritas en la moneda tendrá el derecho a reinar sobre todo el reino al que un día perteneció. Pero lógicamente, ya no hay nadie capaz de pronunciar esas palabras. En tus manos yace un objeto legendario. Algo que se consideraba un cuento, y que acabas de volver realidad. Algo que esconde el poder de toda una antigua civilización.

Finalmente el maestro se relajó y cruzo los dedos de ambas manos como si tomara una decisión importante. Volvió a suspirar.

-Ahora he de hacerte una pregunta, ya que eres el dueño del talento dorado y dueño de tus decisiones. ¿Que tienes pensado hacer con él?

-No lo sé señor. La verdad es que todavía no me creo que esa historia sea cierta...-La verdad es que encajaba todo. No solo había motivos para que la ciudad entera me persiguiese, era motivo de búsqueda de toda la Mancomunidad.- ¿Que cree que podría hacer?

-Bueno... Cualquier noble poderoso te pagaría una fortuna inimaginable si conociese la historia. Por desgracia solo los mas expertos historiadores y maestros como yo conocen la historia del objeto. En mi opinión, estaría bien que la dejases a cargo de la universidad para estudiarla... Pero dudo que dejes algo que podría solucionarte la vida en un lugar donde no te darán nada por ello.

-Muchas gracias por la información maestro Kilvin.-Dije mientras me levantaba y me preparaba para marchar.

-Hijo... Ves con cuidado. Con algo así en tu poder lo raro es que no te hayan matado ya mientras dormías.

-Lo tendré en cuenta señor.- Abrí la puerta a punto de marcharme cuando me cortó de nuevo.

-Por cierto... Apesta a resina de denner. ¿No serás un traficante o un adicto verdad? -Me puse algo nervioso pero conseguí disimular.

-En absoluto señor, para llegar aquí viajé en un carromato de comerciantes adictos al denner. Me temo que el olor se habrá impregnado en mi ropa. -Asintió como si no se creyera demasiado lo que decía, y salí de vuelta a Imre. Todo había salido mejor que a la perfección, aun que ahora tenía mil dudas más de las que tenía cuando entré.


Llegué a Imre en poco tiempo, pero extremadamente cansado por el peso de la resina. Llegué hasta el carromato de Serafín, donde me esperaba con una cara de impaciencia y nerviosismo.

-Senzo, tienes que marcharte de Imre ya, te están buscando, a ti y a todos los que tengan alguna relación contigo. Recoge tus pertenencias y guardalas todas en este macuto.- Dijo a la vez que me lo entregaba.-Por el carbonizado cuerpo de Tehlu... Si que ha llegado lejos este desastre.

Subí a toda prisa a mi habitación, guarde toda mi ropa y objetos y volví a bajar con la velocidad de un rayo. El resto ocurrió demasiado deprisa. Al verme el calderero me cogió y me empujó dentro del carro, quedándose el fuera, y susurró:
-Ni se te ocurra salir de ahí.

En ese mismo instante dos jueces con una armadura realmente imponente se plantaron frente a Serafín.
-¿Donde está ese sucio ladrón?-Dijo el más alto.
-El chico se marchó de la ciudad, no se nada de él.
-Entonces confirmas que lo conoces...
-Si, pero yo no...- No tubo tiempo de decir un una sola palabra más. El hacha del juez le arrancó la cabeza como si se tratara de un solo trozo de mantequilla. Todo ocurrió en unos segundo bajo mi estupefacta mirada.
-Mira dentro del carro-Gritó el segundo juez. Yo caí hacia atrás por el pánico a mi inminente destino cuando de repente mi mano topó con un fardo de tela con algo dentro. La espada de Serafín. Sin dudarlo la desenvolví. En el preciso momento en el que el juez asomo la cabeza, mis brazos hicieron que su peso descendiera como una guillotina, acabando con su vida de la misma manera que el había puesto fin a la de mi mentor. Antes de que el segundo juez desenvainase su espada, yo ya había saltado del carro, hundiéndole la mía en la garganta y atravesándole la columna. No perdí ni un segundo de tiempo, ahora estaba sentenciado a muerte, y tenía que conseguir todos los recursos necesarios. Sin perder un instante arranqué las bolsas de dinero del calderero y los jueces. Cogí prestadas algunas cosas del carro que ya no le servirían a nadie; sal, comida, funda para la espada, una navaja, yescas.... Lo guardé todo en el macuto, me colgué la espada en el cinto y escondí la navaja bajo la ropa. Al salir del carro dos guardias más vinieron a por mi, pero un hombre a caballo se interpuso entere nosotros y me subió junto a el. Galopamos sin descanso hasta perder de vista Imre.
-He oído que asesinarán al que te capture y a cualquiera que se haya relacionado contigo. No habrá recompensas como promete el barón. Parece que quiere guardar bien el secreto que le robaste, como acabas de comprobar.- Era Berthus, el comerciante que me encargó recuperar la resina de la universidad.- ¿Tienes lo mio?
-Si, todo. ¿Por que me salvas?
-No es a ti, es al denner y a mi pescuezo. Yo ya he tenido contacto contigo y los guardias lo han visto, pero es mejor eso que lo que me espera si no consigo la resina. Por otra parte necesito alguien que me ayude, y tu destino es ser un fugitivo desde que escapaste de Tarbean. Y ahora has sellado tu destino con la muerte de los jueces. Lógicamente la muerte del calderero te la achacarán a ti también. Según la ley ahora eres un ladrón experto, un asesino sin escrúpulos y un traficante de denner. ¡A este paso te convertirás en toda una leyenda chico!

Ignoré sus comentarios. Estaba demasiado alterado para que me importase todo lo demás estaba claro que tenía una suerte increíble para mantenerme con vida, pero todo lo que había a mi alrededor se desmoronaba como por arte de magia.

-¿A donde vamos ahora?-Pregunté.


-Ahora que te han visto en Imre vamos al único lugar donde no esperan encontrarte. Volvemos a Tarbean.
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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por Kahlan el Jue Jun 13, 2013 9:14 pm

Piel dorada, plata por corazón
Llaves de poder, lunas y runas
Juegos de traición, riquezas y gobierno
Hechos de forja, siete talentos…
 
… en enorme bache hizo tambalearse todo el carromato por lo que así con fuerza el asiento para no caerme de bruces. El caballero a mi lado se apresuró
 a sujetarme colocando una mano en mi hombro y otra por encima de mi estómago… demasiado arriba.

 
Le dediqué una mirada fulminante y retiró ambas manos de inmediato. Me senté de nuevo en una postura cómoda y traté de recordar la canción que
tarareaba en mi mente hacía unos segundos… no lo conseguí. Otros de los ocupantes se apresuraron a recoger sus pertenencias que habían caído al suelo.

 
- Como te decía, Berdine –dijo la voz aflautada del hombre del que no recordaba su nombre –me pareció extraño que viajaseis sola. Una dama como
vos, realmente bella… sin ningún tipo de escolta… no me gustaría pensar los peligros  los que podríais encontrar…


- Si no tengo escolta es porque no la necesito, ¿no te parece? –mentí con voz dura.
 
Si me gustaría tener un escolta, o un guardia,  no sabía viajar sola, ni defenderme de ningún otro modo que no fuesen gritos, arañazos y mordiscos.
Había tenido la suerte de dar con un par de carromatos que se dirigían a Anilin, pero yo me quedaría en Imre y allí me escondería para que no me
encontrase mi padre y sus sirvientes.

 
… tengo habilidad con la espada, mi padre era muy diestro y me enseñó todo lo que sabía y un par de trucos más –continuó diciendo “manos largas”
señalándose el pecho con el pulgar.

 
Era verdaderamente pedante, enumerando sus logros y habilidades, hablando de él constantemente. Puse mi mejor cara de fingido interés, que había
practicado desde niña en la corte modegana y de vez en cuando asentía o decía algo. El muy pesado estaba entusiasmado, no se daba cuenta que mi
interés era fingido.

 
Solo esperaba que Imre fuese tal y como me habían contado. Una ciudad de música y de arte en estado puro. Pero sobretodo deseaba que fuese un lugar
 limpio. Estaba harta del polvo de los caminos, del olor a humanidad y de los caballeros poco interesantes que se empeñaban en acercárseme como
sanguijuelas. Deseaba peinarme bien, estar limpia y llevar un bonito vestido.

 
Suspiré resignada, desde que había huido de la casa de mi padre todo había ido de mal en peor. Verdaderamente me di cuenta de lo inútil que es la
educación de las mujeres en la nobleza modegana. Tocar un instrumento, recortar flores y setos, modales y protocolo, chismorreo…

 
Parte de mi estaba aterrada, por haber desobedecido los deseos de mi padre y por andar perdida lejos del mundo y de mi casa. Pero otra parte de mi
despertó después, esa parte se maravillaba viendo nuevos lugares y haciendo cosas nuevas. Si tan solo pudiese esquivar eternamente mi pasado y mi
antigua vida.

 
Paramos para cenar y “manos largas” me ofreció la mano para bajar del carromato. Como mi habilidad física se reducía a los bailes de gala, me senté en
el borde y bajé los pies al polvoriento camino ignorando su ofrecimiento. Me tambaleé un poco pero me sujeté a la madera del carromato hasta guardar
 el equilibrio. A partir de ahora, no aceptaría ayudas, ni halagos de cualquiera.

 
Tras la cena uno de las viajeras sacó un laud y se puso a tocar. Me emocioné al oir la música, era lo único en lo que verdaderamente tenía talento. Los
más bravos caballeros lloraban cuando cantaba una balada. Me levanté y fui a por mí lira. Toqué con Tura, que era la otra viajera, una canción
malsonante y dos medios tiempos. Después toqué yo sola una vieja balada modegana sobre una reina que se enamoró de un granjero. Cuando su esposo
 lo descubrió los mató a ambos

 
No entendía como la reina llegó a amar a un hombre de tan bajo escalafón social, sin otra ambición que cultivar judías, pero la belleza de la letra y la
música combinadas con mi voz hizo que todos acabasen con el corazón roto por la tragedia.

 
A la mañana siguiente nos pusimos en marcha de nuevo y antes de mediodía llegamos a Imre. Me despedí de algunos de mis compañeros de viaje.
“Manos largas” intentó una despedida efusiva pero lo esquivé. Cargando el pesadísimo macuto busqué un sitio donde alojarme por el momento. Pasé
por gran cantidad de posadas, tiendas, parques, plazas y fuentes. Me encantó Imre.

 
Encontré una posada llamada “El Pony Dorado”, que me pareció que tenía la suficiente categoría para alguien como yo. De ningún modo iba a dormir en
cualquier cuchitril. Me registré con el nombre falso que había elegido, Berdine, Pagué y un mozo muy apuesto aunque algo bajito que subió a duras
penas mi gran y pesado macuto para después entregarme una llave.

 
Vacié mis pertenencias y decidí que de momento este lugar estaba bien. Aun tenía dinero escondido y de sobra para una temporada, pese a que me
habían robado varias veces sin que me diese cuenta. Tenía que mejorar eso de esconder el dinero, hacia solo unos días que lo llevaba la bolsa escondida
entre los pechos.

 
Decidí que esta misma tarde tras tomar un gran baño y arreglarme como era debido en una dama saldría a conocer la ciudad.


«El amor ha sido el opio de las mujeres, como la religión el de las masas. Mientras nosotras amábamos, los hombres gobernaban».
(Kate Millet)
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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por Admin el Mar Jun 18, 2013 11:49 pm

- Danos tu dinero, niña bonita.
 
Yo, asustada, les entregué mi bolsa sin quejas ni reservas. Los ladrones se agruparon alrededor del cabecilla, que contó el dinero. No parecieron satisfechos, por lo que volvieron a mirarme, todavía más amenazadores.
 
- ¿Qué más llevas, chiquilla? - Dijo el jefe con una sonrisa escalofriantemente perversa.
- Sólo cosas para poder vivir. Un poco de agua, algo de cuerda, algo para encender el fuego... esas cosas, señor.
- ¿Así que no nos puedes ofrecer nada más de valor, no? - Dijo ensanchando esa sonrisa con la que mostraba todos los dientes, esa sonrisa que ya se revelaba como una sonrisa lujuriosa.
 
Los bandidos se acercaron más a mí, mientras yo retrocedía, y con una velocidad que nunca habría alcanzado en circunstancias normales, buscaba en mi bolsa de vijae lo único que me podía salvar. Saqué mi honda.
 
Rápidamente, coloqué dos piedras en ella y la hice girar en el aire, apuntando, hice que las piedras saliesen disparadas hacia donde apuntaba: la frente del hombre que era el jefe. El hombre soltó una exclamación de sorpresa y luego otra de dolor, cerró los ojos y se palpó con cuidado la frente. Sangraba mucho y mira que sólo era una herida superficial, pero gracias a lo que había aprendido en los libros sabía que en la cabeza corrían un gran número de vasos sanguíneos muy superficiales.
 
- ¡Zorra estúpida!
- Señores, - dije ignorando por completo ese insulto tan vulgar. - no recomiendo a ninguno de ustedes que se quite la ropa. Tengo entendido que una herida como ésa en ciertos lugares puede doler muchísimo. - Hice una pausa intencionada para que calase la advertencia. - Ya tienen ni dinero. Y no tengo nada más de valor. Así que cada uno se va por su lado, ¿no les parece?
 
 
El pueblo al que había llegado estaba resultándome tremendamente hostil. Ya se sabe que los pueblos pequeños suelen desconfiar de los desconocidos, ¿pero cómo alguien podría pensar seriamente que yo, una chica de apenas catorce años, podría suponer una amenaza de cualquier tipo?
 
Bueno, en realidad, algo amenazante sí que podía llegar a ser. El único fullero, o repartidor de cartas, como también le llamaban, era un hombre que había desconfiado de mí des del principio e hizo bien, pues sólo le pude sacar seis peniques antes de que me echase. Y mi bolsa sólo tenía esos pocos peniques pues de camino al pueblo en el que me encontraba, me atacaron unos ladrones. Para una vez que conseguía dinero... Además, lo peor era que el fullero era también el ayudante del posadero, y claro, no había nadie en el pueblo que no tuviese ganas de escupirme en la cara.
 
Total, tampoco importaba demasiado ya que esta mañana iba a acabar por fin mi tarea en ese pueblo, pero claro, primero debía ir a otro sitio. La noche anterior había ido a visitar el niño poseído y había confirmado mis sospechas. Cuando informé a la familia que requería  estar a solas con el chico para exorcizarlo, la madre se negó. Textualmente dijo "No pienso abandonar a mi hijo" aunque no hacía falta demasiada astucia para leer entre líneas "No pienso dejar a mi hijo a solas contigo", así que acabé convenciéndola de que sólo se podía quedar un sacerdote tehlino para que me ayudara con la tarea que se me presentaba. Y ahora me dirigía allí, a la iglesia, pero me llevaban también otros motivos.
 
Una vez dentro, esperé a que el sacerdote estuviese a solas y la iglesia en un silencio respetuoso. Fue entonces cuando me acerqué a él, y tal y como se tenía que hacer, me arrodillé y le tomé una mano con la palma hacia arriba entre las mías.
 
- Padre, he pecado.
- Cuéntame, hija.
- He hecho daño a alguien.
- Las palabras son muy peligrosas, hija. Una vez las sueltas…
- No. – Le interrumpí yo. – No me refiero a eso, me refiero a daño físico, a una herida sangrante.
 
La desaprobación se marcó en los ojos de ese apacible sacerdote.
 
- Eso es todavía peor. La ira nunca debe dominarnos. No somos conscientes de nuestros propios actos y luego nos arrepentimos de ellos.
- Fue en defensa propia, padre. Me atacaron unos ladrones.
 
El sacerdote respiró hondo.
 
- Si es así, no debes preocuparte tanto. Todas las personas tienen derecho a defender su propia vida frente a otras, porque la vida es algo único. ¿Ha ocurrido algo más?
- Sí. He menospreciado a las gentes de este pueblo, lo siento y me arrepiento, pero me desprecian por ser extranjera.
- La gente teme aquello que no conoce y el miedo se convierte en odio, a veces. Si ellos no te comprenden, tú debes comprenderlos a ellos lo suficiente para perdonarlos.
- Gracias, padre.
- Que Perial rece por ti, que Ordal haga llano tus camino y que Tehlu te perdone. – Recitó él la frase de absolución.
 
Me puse en pie y, mirando a los ojos al sacerdote, dije:
 
- Hay otra cosa más, padre. Sabe que he venido a exorcizar un demonio. Necesito su colaboración, por favor.
 
El sacerdote pareció dudar un momento, pero finalmente aceptó, quizás pensando que unos demonios imaginarios no podrían dañarlo. Le aconsejé que se confesara él también, porque era absolutamente necesario tener el corazón sin una sombra para el ritual, pero él rechazó el consejo. No comenté nada.
 
Nos dirigimos a la casa del pequeño, el poseído debía de tener unos once años y su madre no se separaba nunca del borde de la cama. Con decisión, eché a todo el mundo de la habitación, incluso de la casa, para poder concentrarme mejor. Les mandé algunos preparativos que necesitaría tener listos para el momento. Me marché a otra habitación junto con mi bolsa y mis instrumentos y allí me cambié de ropa.
 
Al salir, la mujer me miró de una manera extraña, y más extrañamente todavía, la abuela asintió. Llevaba un vestido blanco, hecho de gasas y por ello, algo transparente, pero también tenía unas placas de hierro en los hombros, en el pecho y en la cintura. Las gasas blancas simbolizaban la pureza y la voluntad del exorcista. Las placas de hierro, que habían sido tratadas anteriormente con unos productos que impedían su oxidación, simbolizaban la incorruptibilidad y la fuerza necesarias. Alrededor de mi cintura, tenía un cinturón con algunos saquitos y espacio para mis pequeños instrumentos imprescindibles.
 
Volví a entrar en la habitación, donde había dejado gran parte de mis cosas, y de la bolsa grande empecé a sacar varios metros de cadenas. Había de distintos tipos: cadenas de cuero, de cuerda, de hierro y de acero. Yo escogí las de hierro más fino y las de acera, porque no quería marcar demasiado el cuerpo de ese joven con cicatrices. Hablé con el sacerdote, le pedí que encadenase el niño a la cama y le sujetase brazos, piernas y cuello con las cadenas.
- ¿Por qué no lo haces tú?
- Porque ahora mismo tengo las manos limpias y necesito seguir teniéndolas así hasta que saquemos el demonio de su cuerpo. Además, yo tengo que encender el fuego.
 
Él aceptó y mientras lo encadenaba, yo preparaba una tea, evidentemente la antorcha era de madera de serbal, y la sostenía con una mano mientras con la otra abría (como podía) uno de los saquitos. Acercándome al borde de la cama, cogí un puñado de virutas de hierro y las esparcí sobre el cuerpo del poseído.
 
No reaccionó. Fruncí el ceño. Cogí mi colgante de anillo de hierro y lo pegué a la frente del chico. Abrió los ojos al instante y pude ver un destello de pánico antes de que algo mucho más oscuro se apoderase de él. Sus ojos eran completamente negros y lo que debía ser el globo ocular, blanco, estaba teñido del color de la sangre. Se revolvía con una fuerza sobrehumana que las cadenas apenas podían contener. Alejé mi colgante de ese demonio y volví a mi tarea de esparcir las virutas de hierro sobre el cuerpo, empezando por los pies y acabando en el pecho. Pero no en la cara, eso no había llegado todavía. El demonio se revolvía en ese cuerpo y su mirada enfermante se centraba en mí, mientras seguía esparciendo virutas y el miedo que se apoderaba de mí me obligaba a murmurar algunas oraciones, más por temor que por necesidad. Escuchaba la pesada respiración del sacerdote detrás de mí, en un rincón de la habitación y sabía que tenía mucho más miedo del que jamás habría imaginado que pudiese existir.
 
El cuerpo se dejó de revolver, por un momento sentí pena por ese niño, las posibilidades de que sobreviviese eran muy pocas, pero eso era algo que no había dicho a la familia, claro. Esperé, y en pocos minutos vi recompensada mi espera. El niño abrió la boca. De ella salía una especie de cuerpo, del que al principio, sólo vi una mano de color gris negruzco, con unas uñas largas y dejadas, más parecidas a garras animales que a manos humanas. El niño gemía y lloraba mientras el demonio se arrastraba para salir de él. Respiré hondo. Era el momento crucial. Cuando casi todo el demonio se había separado del cuerpo del niño, dejando al descubierto un cuerpo humano, pero negruzco y esquelético, además de que su cara parecía en oscuridad permanente, eché sobre el demonio más virutas de hierro, cosa que le enfureció y le hizo lanzarse sobre mí, con un chillido agudo y metálico que destrozaba los tímpanos. Me aparté y con la mano izquierda busqué en los saquitos un puñado de sal roja de rocas y se lo tiré a la cara. La sal roja de rocas servía para obligar al demonio a tomar solidez y evitar que se escapase escondiéndose en el mismo cuerpo que le había hospedado ya demasiado tiempo. Estaba ya a pocos centímetros de mí y su cuerpo, de un color parecido al de los cuerpos en descomposición, emitía un leve olor a pelo quemado y flores secas. Me quedé quieta y cerré los ojos. Noté que me tocaba y encogí mi estómago. Contuve la respiración. El demonio siseó, un rastro de humo salía de sus manos, donde habían tocado mi ropa, que llevaba hierro. La ira sobrehumana me atravesó por completo y yo esperé. Entonces, veloz como el pensamiento, y sin que pudiese impedirlo, fue a por el sacerdote, que lo observaba todo atemorizado. Lamenté mi mala suerte, si el sacerdote se hubiese confesado… El demonio ya se estaba introduciendo el cuerpo del sacerdote. Con un grito, enarbolé mi puñal de hierro y abrí la palma de la mano del sacerdote, de arriba abajo. Sangraba a borbotones. Tomé la sangre y la eché sobre el demonio.
 
- ¡Tehus antausa eha! ¡Aroi te denna-leyan!
 
El demonio se quedó paralizado durante unos pocos instantes que yo aproveché. Con mi colgante de hierro en una mano y la tea encendida en la otra, me acerqué mucho al demonio y le clavé el colgante en un lugar similar que parecía ser su espalda. Aulló. No lo solté, lo arrastré, como pude, fuera de la habitación, sin dejar que perdiese el contacto con el hierro. Abrí puertas y crucé pasillos, hasta salir a la luz del sol. Allí me esperaba toda la familia, que guardó un silencio de miedo y sorpresa. Allí me esperaba la gran hoguera que formaría la pira funeraria de esa criatura. Vio venir su destino, por lo que se revolvió, pero le acerqué mi antorcha y me dedicó una mirada envenenada desde la profundidad de las brumas oscuras de su rostro.
 
Sabía lo que tenía que hacer. Tiré la antorcha al suelo y cogí mi cuchillo de hierro. Se lo clavé entre los omóplatos y con una patada, lo empujé a la hoguera. Después, tiré la antorcha junto a él. Me arrodillé junto al fuego, mientras clavaba mi mirada en esa criatura moribunda y acerqué mis manos, junto con mi collar, al fuego tanto como me fue posible, hasta casi quemarlas, para hacer desaparecer todas las impurezas que pudiesen quedar en mí. Me quedé allí hasta que el fuego se apagó por completo. Cavé un profundo hoyo circular y tiré los restos de ese demonio, que no eran muchos y lo volví a enterrar todo.
 
Cuando alcé la mirada, esa familia me contemplaba estupefacta, como recién salida de una pesadilla. Cerré los ojos y disfruté del viento que acariciaba mi pelo.
 
Me marché rápido de allí, pues no tenía fuerzas para mantenerme apenas en pie y me moría por un cacho de pan. Fui a mi posada, donde se había armado un pequeño revuelo. Como no quería que me molestaran, conseguí comida que podía llevarme en mano y salí afuera, a un rincón menos transitado y más agradable.
 
Llevaba sólo unos minutos cuando una chica de pelo muy largo y cuerpo desarrollado se sentaba a mi lado, casi pegándose a mí. Sintiéndome interrumpida, intenté echarla amablemente.
 
- Tú eres Holly, ¿no? – Dijo ella.
- Sí, así me llamo.
- Eres la exorcista. – Sonrió de oreja a oreja. – Menudo lío que has montado con esa familia. Todo el mundo se lo cree.
- Los exorcismos no son falsos. Pero si quieres, puedes ir a ver el cadáver del demonio. – Respondí secamente.
- Vale. Me encantaría. – Respondió poniéndose en pie de un salto y esperando que yo la acompañase.
 
La miré horrorizada.
 
- ¿Pero tú estás loca?
 
Ella me ignoró. Se giró hacia mí, y al ver que no me levantaba, se volvió a sentar.
 
- Mira, yo me llamo Meiko. Y la verdad es que resultas ser alguien muy interesante. Te vi en Berens y me llamaste la atención. Estaba allí para encontrar trabajo, pero era un sitio demasiado pequeño para mí.  Así que ahora viajo en busca de otro lugar ¿Tú a dónde vas?
- A ningún sitio en concreto.
- Perfecto, yo tampoco. Podríamos ir juntas.
- ¿Y porqué querría ir contigo?
 
Ella me soltó una rápida bofetada. Yo me quedé perpleja.
 
- Porque no te sabes defender. Me lo acabas de demostrar. Mira, eres interesante y quiero saber más sobre ti. Estarías más segura y sin pagar un penique. ¿Porqué no?
 
 “Porque estás chiflada” pensé, pero no lo dije.
 
- Quizás… - Dije pero me interrumpí al ver como la Mei con la que estaba hablando se desnudaba ante mí. - ¿Pero qué demon…?

- Hace calor… - Respondió ella. Bostezó. – Creo que me pegaré una siesta. Cuando tengas algo decidido, me llamas.


*Sólo los locos y los sacerdotes no le temen a nada. Y yo nunca me he llevado muy bien con Dios.*
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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por Bast el Jue Jun 20, 2013 12:09 am

No sabía cuánto tiempo había estado echándome la siesta. Pero era tarde, apenas los primeros rayos de sol de la tarde. Me desperecé y me levanté. Cogí mi ropa y me la puse. Hacía calor aún pero al menos había podido echarme la siesta. Apenas había tenido algo de acción en el último mes y era hora de buscar un poco de camorra. Entré en la posada y volví a ver a Holly.

-Hola, Holly-dije en tono algo cansado. Bostecé nuevamente.  Estaba algo entumecida.

-Hola-respondió perpleja-vas con ropa-comentó ella.

-Tengo que ir a un sitio. ¿Te gustaría acompañarme?-pregunté esbozando una sonrisa.

-Vale-aceptó ella reticente

Salimos de la posada para pasear por el pueblo, pero en las calles no encontraba lo que buscaba. Estaba muy transitado, pero aun así no encontraba nadie a quien pegarle. Finalmente nos adentramos en un callejón. Allí los encontré. Eran unos tipejos perfectos para ser apalizados.

-Holly, ¿Ves esa montaña de cajas? Escóndete allí detrás y no salgas bajo ningún concepto-dije seria.

-¿Por qué?-preguntó desconfiada.

-Es fácil, no quiero que esos tipos te vean. Además, si vienes solo me estorbarás-dije aún más seria pero esbozando una sonrisa tranquilizadora.

Una vez que la joven se hubo escondido, pasé a adentrarme aún más al callejón. A medida que me acercaba pude observar como había al menos 10 tipos, en la puerta de una casa vieja. La puerta estaba abierta. Seguramente fuera el escondrijo de esos mandriles. Al verme, los tipos se envalentonaron.

-“Genial. Así será más interesante”-pensé esbozando una leve sonrisa algo arrogante.

-Mirad, muchachos. Tenemos otra víctima. Así podemos terminar la tarea que ayer no pudimos acabar con la chica del pañuelo-dijo uno de ellos mirando fija y lujuriosamente cierta parte de mi anatomía. Posiblemente fuera el jefe.

-“¿Chica del pañuelo? ¿Se refieren a Holly?”-pensé algo seria pero divertida. No siempre se estaba bajo enorme diferencia numérica.Carraspeé y me preparé para hablar-Disculpen, caballeros. Me ha parecido escuchar algo sobre una chica con un pañuelo. ¿Se refieren a ella?-dije señalando a las cajas mientras Holly me miraba aterrada. Le guiñé un ojo de manera tranquilizadora.

-¡¡¡Vaya!!! La mocosa ha vuelto por más-dijo otro de los compinches.

-¡¡¡A ella muchachos!!!-ordenó el jefazo.

Inmediatamente uno de los compinches salió corriendo para atrapar a Holly pero yo le sujeté del cuello levantándole más de 3 palmos del suelo sin hacer mucho esfuerzo físico, ya que para mí levantar un cuerpo de manera muerta era como coger una hoja de papel.

-Venid a por mí. Da igual el número o las armas que uséis. Todo está permitido-dije de manera divertida.

Inmediatamente todos se abalanzaron sobre mí. Lancé al tipejo que tenía agarrado del cuello contra uno de los que se venían para mí estrellando a ambos contra la pared de la casa mientras salía sangre a borbotones de ambos cuerpos.

-¡¡¡Maldita furcia!!!-el jefe se lanzó con un cuchillo contra mí, pero cuando agarré su muñeca, con la mano libre doblé el cuchillo como si estuviera hecho de simple plastilina, quedando una simple bola de hierro inservible. El pánico empezó a cundir entre los presentes, e incluso a algunos les temblaba las piernas. Sólo tuve que acercarme un poco para que retrocedieran contra la casa. Al verse acorralados yo ya había perdido toda la diversión, así que me limité a golpearles hasta dejarles inconscientes.

-Ya me aburrí. Ahora sólo queda saquear la base y devolver todo lo robado a sus dueños.-dije sin molestarme en ocultar mi decepción. No me habían servido ni para echarme a sudar. Había bastantes cosas dentro de la guarida, lo más llamativo era un enorme cofre repleto de tesoros y talentos de plata. Con esto el pueblo tendría suficiente para sobrevivir una temporada. También una bolsita con algunas monedas, sin duda era lo que le quitaron a Holly. Cargué el cofre sin problemas, aunque para cualquier ser humano sería imposible cargar semejante peso y salí de la guarida. Mis ojos se enfocaron en Holly, estaba bien. Suspiré tranquila. Entonces mis oídos escucharon un leve lamento. Al volver mis ojos hacia la dirección del sonido, mis ojos se toparon con los del jefazo. Inmediatamente se echó a temblar pero con determinación en su voz dijo.

-¡Eres una maldita asesina!.  ¡¡Furukawa Mei!!  ¡¡Incluso aquí han llegado los rumores de lo que le hiciste a aquel…!

-¡¡¡Cállate!!!-dije con autoridad en la voz

-¡¡Por favor!! ¡¡No me mates!! ¡¡Por favor!!-empezó a sollozar.

-No te mataré está vez. Pero… si no coges a tus hombres y te largas de este pueblo inmediatamente, juro que la próxima vez no seré tan complaciente-le dije con mi mirada más aterradora e intimidante. Inmediatamente se echó a sudar frío.

-S-Si, nos iremos de aquí cuando mis hombres despierten.

-Te tomo la palabra.-le dije caminando hacia la joven exorcista.

-Ya acabé lo que hice aquí. Toma, me he cobrado tu pequeña venganza-le dije extendiéndole la bolsita.

-Gracias, pero la venganza no es la vía correcta, la venganza corrompe el alma y nos alienta a caer en pecados peores-me dijo seria.

-Con lo que hay en este cofre, el pueblo podrá vivir una temporada. Lo llevaremos al ayuntamiento y luego regresaremos a la posada a descansar un poco y ya podremos salir del pueblo-dije ignorándola por completo. Odiaba los sermones.

-Yo aún debo hacer algo en el pueblo.-me dijo algo más tranquila. Creo que me había ganado su confianza.

-Muy bien, entonces iremos a la posada a descansar y luego nos vamos hacia lo que sea que tengas que hacer. Luego saldremos del pueblo.

Una vez nos dirigimos a la posada, había mucho escándalo. Muchas personas reunidas alrededor de una persona que estaba contando una historia, sino fuera por lo que trataba no habría puesto atención.

-Una vez que hubo llegado a su destino, la misión que le encargaron fue cumplida sin mayores problemas. Y así la joven asesina del crepúsculo acabó con todo el pueblo. Desde ese día el terror se hizo leyenda. Una leyenda que perdura por los años, de cómo una inocente niña de sólo 8 años, acabó con la vida de todo un pueblo.-terminó de narrar el anciano.

-Pero, señor Skarpi. ¿Qué pasó con la niña después del paso del tiempo?-preguntó un joven entrado en la adolescencia. Suspiré levemente y miré al grupo.

-Desapareció. Tras cometer muchos terribles asesinatos, simplemente desapareció.-respondí sin mudar mi expresión aburrida. No todos los días escuchabas una historia que hablaba de ti mismo.

Una vez hubimos descansado. Nos pusimos en marcha. Holly me guió por las calles de la ciudad hasta llegar a una casa. La cosa se ponía interesante.

La historia ya ha empezado. El destino rige nuestras vidas y las agita a voluntad. Ella alberga otros sentimientos de deseo, ¿qué le deparará el futuro a aquella que solo vive para alzar sus puños por una promesa? Continuará
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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por Albertet el Vie Jun 21, 2013 8:29 am



De las tres cosas que un hombre sabio teme, la tercera es, sin duda, la más peligrosa. Eso es lo que pensé mientras descansaba de noche en una buena cama, con la cabeza todavía dandome vueltas, cuando todo el peligro parecía haber pasado. También pensé en los efectos tan extraños que tiene el denner antes de matarte, pero eso vendrá después.

Cuando conocí a Senzo me pareció un joven muy despierto, acostumbrado a robar por los callejones, y por lo tanto con una capacidad fuera de lo común de encontrar los alijos de resina de denner que escondía en una parte del Archivo, no muy lejos de la entrada. Le hice un mapa que entendió a la primera, y le pagué tres talentos de plata. No era poco dinero, pero mi vida dependía de que encontrase los 25 kilos de denner para pagar al Ruh y al Ceáldico, dos de los principales criminales de Tarbean. No podía ser avaro.

Como creeréis que me sentí cuando llegué corriendo a Imre y vi como se escondía en el carromato de un calderero con el que viajaba. Mientras me acercaba a toda velocidad dos jueces asesinaron al calderero y entraron en el carromato. Recorrí los últimos metros y cogí el caballo del calderero muerto, que ya no necesitaría, dispuesto a hacer un trato desesperado con los guardias. No esperaba ver a ese chico con vida.

Cuando llegúe ví salir a uno de los jueces y lo que vi me sobresaltó. ¡Senzo le había cortado la cabeza! Inmediatamente salió el otro agonizando con una espada clavada en el pecho. Este chico es una máquina de matar, pensé. Al instante estabamos montados en el caballo con dos guardias persiguiendonos. Al menos tenía el denner.

Atravesamos Imre a toda velocidad y salimos hacia Tarbean. Mientras salíamos de la ciudad vi el carro donde iban los mercaderes y con ellos aquella joven que me hubiera gustado conocer, Danna. Pero no podía pensar porque ya estábamos alejandonos de las últimas casas. Comenzaba ya la tarde.

...

El caballo se estaba cansando con rapidez. Era un caballo de tiro, destinado al carro de un calderero, no estaba hecho para una persecución. Los guardias estaban muy cerca de alcanzarnos. Podía haber dejado a Senzo, confiando en que acabase con ellos como había derrotado a los soldados de Imre, pero se me ocurrió una idea.

En esa parte, el camino se acercaba a un bosque. De los árboles colgaban algunas ramas bajas. Paramos un momento, me volví hacia Senzo y le dije que desde el caballo cogiera una rama y la agarrase con fuerza, y cuando yo dijera tirase de ella hacia abajo como si le fuera la vida en ello.

El jinete se acercaba a lo lejos, entrando en el pequeño bosque donde estábamos esperando en silencio. Su caballo corría a gran velocidad mientras se adentraba en los árboles. Yo grité. En ese momento una de las ramas más bajas se movió sola, golpeó en la cabeza al soldado, tirándole del caballo, y volvió luego a su posición original en el árbol. Quedó medio inconsciente en el suelo. Uno menos.

¿Cómo lo has hecho? Me preguntó Senzo, asombrado de que su movimiento hubiera hecho caer al soldado diez metros más adelante.

Un vínculo simpático de movimiento –le dije- de las primeras cosas que aprendí en la Universidad. Las clases de Exa-Dal han sido al fin provechosas. No como las tonterías que enseñaba Elodín.

Lo dije con orgullo, esperando su admiración. Pero la verdad es que estaba muy cansado. Hacia varios meses que no usaba la simpatía y mi mente estaba muy muy dormida. Pero poco a poco estaba despertando. El miedo, la persecución me hacían sentirme distinto, como si algo en mi cabeza luchara por salir.

Llegó el segundo guardia, volvimos a jugar al juego de la rama. El hombre era más robusto y esta vez no cayó con el golpe, pero quedó un poco aturdido. Senzo saco la espada y sin ninguna vacilación bajó del caballo, corrió hacia él y le acuchilló la ingle. Cuando le vi matar al instante pensé que llegaría a ser un buen guerrero. Ni pestañeó siquiera cuando la sangre de su enemigo le bajó hasta el codo. Sacó la furia asesina del hombre tranquilo que todo hombre sabio teme.

Todo estaba en calma. Los dos guardias derrotados y en el suelo. Bajé del caballo y lo dejé junto a un árbol junto al camino.

-vamos a Tarbean – le dije- Allí no nos encontrarán y podré cerrar el trato dando una parte del denner. Tú estarás seguro. Con un buen corte de pelo y un cambio de ropas nadie te buscará.

-Y luego me denunciarás, ¿verdad? Para cobrar la recompensa. Y sacó una navaja, mirandome con mala cara.

Yo me eché a reir. -Pasé la infancia entre nobles y mercaderes. El timo de la recompensa es una de las mejores formas en que los nobles se ríen de gente como nosotros. Como te dije antes, aunque yo te llevara al barón el miserable no me daría nada. Lo mejor que podría pasarme es que me diera largas y promesas de que me pagaría más adelante. Lo más seguro es que me acusara de ser tu cómplice. Él nunca va a pagar.

El ambiente dejó de ser tenso. Menos mal, porque como Senzo se enfadara podría acabar sin cabeza, como los guardias de Imre, o con un cuchillo clavado en la ingle.

De pronto otra vez me miró fijamente. Su mano se cerró sobre el mango del cuchillo con fuerza. La acción se reflejaba en su rostro. Estaba dispuesto a atacar y a matar.

Un instante después me dí cuenta de que no era a mí a quien atravesaban sus ojos de hombre tranquilo, sino a los que estaban detrás de mí. Al menos siete hombres nos miraban encima de sus caballos y no tenían buenas intenciones.

No eran guardias, tenían espadas afiladas, y en algunos una pequeña cota de malla asomaba debajo de las ropas gastadas. Uno de ellos tenía un parche en el ojo fruto de alguna batalla anterior, el otro tenía el torso desnudo, y lucía todo tipo de tatuajes y cicatrices. El jefe tenía una maza de combate y estaba encapuchado. Otro balanceaba una gruesa cadena. Eran mercenarios. Nos miraban amenazadoramente. Dos de ellos hablaban entre sí señalandonos. Lo que no sabía es si venían a por Senzo o era un grupo enviado por el Ruh a ver si cumplía mi promesa de traerle el denner.

Al verlos pensé en la poderosa asesina Meiko, cuya leyenda dice que acabó ella sola con toda una ciudad a los ocho años. El aspecto de estos hombres hacia ver que podrían dejar toda la Universidad reducida a cenizas. También pensé en las leyendas que oía de niño sobre los Chandrian. Siete demonios que aparecían como rayos en un cielo despejado, asesinaban y desaparecían.

Mi cabeza se giró a Senzo, y de pronto ví lo que estaba haciendo. Había sacado los paquetes del denner, los únicos proyectiles que tenía, los había rajado y los lanzaba por encima de mí apuntando hacia los caballos. Enloquecer a sus monturas era la única salida que teníamos. Los paquetes rotos pasaban por encima de mi cabeza de dos en dos dejando una estela blanca.

¡Una estela blanca! De repente se me nubló la vista. Mi futuro, mis ilusiones de engañar al Ruh, el dinero, todo aquello por lo que había luchado, mi expulsión de la universidad, pasaban por encima de mi cabeza. Y lo peor es que los siete guerreros vieron que les tiraban algo y esquivaron las bolsitas, por lo que el denner nunca llegó a tocarles, sino que cayó delante o detrás de ellos dejando una pequeñas nubes de polvo blanco en el suelo.

Ya no pude más. Demasiadas emociones para un día. Además, el intento de Senzo no estaba dando el resultado adecuado. Los mercenarios eran demasiado rápidos y se apartaban bien de los proyectiles. Para mí cada bolsita lanzada eran talentos que se evaporaban entre las hierbas. Me iban a matar, se iban a reir de mí por lo absurdo de la situación, y se estaba perdiendo la resina de denner. Entré en un estado de shock, no sé si por todo aquello o por que algo de ese polvillo entró por mi nariz. Sólo sé que mi mente dormida despertó. Dije un nombre, el nombre del viento. Un nombre que nunca había pronunciado ni nunca más en mi vida volvería a decir.



Desperté en una habitación lujosa. En una mesa había una bolsa con talentos y dos bolsitas de denner. Lo único que quedaba de mi gran alijo del archivo. Cuando me desperté de aquella brutal resaca y puse mis ideas en orden salí tambaleandome al pasillo. Estaba en una buena posada, en el centro de Imre.

Cuando bajé al comedor ví a Senzo. No pude entender bien su historia pero lo que oí se parece a lo siguiente:

“las bolsas de denner no hacían efecto a los animales ni distraían a los jinetes, pero de pronto caiste al suelo con los ojos en blanco, gritaste algo, y una pequeñísima brisa sopló de repente. Me refrescó bastante, pero lo bueno fue que un poco de polvo de denner que tenían los jinetes a sus pies empezó a subir para arriba en una nube blanca.... El jefe gritó ¡Matadlos! y vinieron hacia nosotros con las armas en alto.

Luego, de pronto, dos jinetes empezaron a reir. Otros dos se miraron con una sonrisa. El jefe comenzó a cantar una versión erótica de Calderero Curtidor. El que llevaba cadenas llamó a otro modegana de lujo, y se miraron tiernamente. Los caballos se alejaron dando saltos, alejandose de aquellos gritos de alegría.

No podía creer lo que veía. Estábamos a salvo. Bueno, casi, porque los Siete venían hacia nosotros lanzando gritos obscenos mientras se reían a carcajadas. Te subí al caballo y nos alejamos de esos descocados. La última vez que miré hacia atrás los ví con poca ropa. Y supe que ya no nos perseguirían…

Llegamos a Imre. Para que no nos encontrara nadie me compré buenas ropas y pedí alojamiento en una lujosa posada, “El Pony Dorado”, con los talentos que me diste. Aquí nunca nos buscarán, al menos por hoy.

¿Qué por qué te ayudé? Por que tú me ayudaste a mí. Y porque si has sido estudiante de la Universidad me puedes aconsejar qué hacer con la moneda que le robé al barón. Una moneda muy especial que lleva en el mundo muchos años”




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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por Kahlan el Miér Jun 26, 2013 12:52 pm

No era de extrañar que Imre tuviese esa fama de buen lugar. En el ciclo que llevaba en ella había podido comprobar que servía
perfectamente a mis propósitos de permanecer escondida.

Situada en un lugar de tránsito y de comercio, no faltaban nunca carromatos y visitantes ocasionales que llenaban la ciudad.
Si buscabas a alguien podía resultarte una tarea casi imposible debido al número desproporcionado de tabernas y posadas. Esto
se debía a la proximidad de la universidad, que estaba situada al otro lado del rio Omethi. Sentía curiosidad por ver cómo sería
ese lugar, mi padre solía hablar de que su abuelo había sido un célebre Arcanista y también había oído hablar de ella a…

Detuve en seco mis pensamientos. Durante unos segundos me quede con la mente en blanco, tratando de no pensar en él. Por
suerte para mi alguien acudió a mi rescate.

- ¡Buenos dias! –dijo resueltamente un joven alto y moreno más o menos de mi edad al entrar en el comedor. Mi dirigió un
asentimiento de cabeza y una sonrisa al pasar por mi mesa. Muchos de los otros comensales lo miraron extrañados y algo
turbados por su saludo colectivo. A mí me pareció encantador. Se sentó en una mesa vacía y enseguida un camarero se
dirigió a él para tomarle nota.

Volví la vista a mi plato y continué tomando mi desayuno. En el tiempo que había pasado viajando me había dado cuenta
que realmente podía comer cualquier cosa si tenía hambre, lo cual me produjo una especie de satisfacción, sin embargo,
ahora prefería comer comida de verdad.

- … me gustaría llevármelo arriba –dijo el joven de pelo moreno.
- Por supuesto señor –contestó el camarero con cierto servilismo- mandaré a alguien para que se lo suba.
- No será necesario –dijo haciendo un ademán cortante con la mano- yo mismo lo subiré.
- Como quiera el señor –dijo el camarero tras una pausa y añadió- espere aquí.

Levanté la vista y vi como el anciano camarero se marchaba cojeando, después posé mis ojos en el joven que para mi
sorpresa me miraba con una media sonrisa. Se la devolví de forma tímida y volví la vista a mi plato para que no se notase
que me había sonrojado. Tomé el tenedor y me concentré en terminar mi desayuno.

- Me preguntaba… qué podías estar haciendo aquí –dijo una voz masculina al otro lado de mi mesa cuando dejé el cubierto
apoyado sobre el plato y tomé la servilleta en mis manos.

Levanté la vista y vi que el joven se había levantado, se había acercado hasta mi mesa y ahora estaba de pie como
esperando una invitación para sentarse. Vestía unas ropas elegantes y de calidad que no eran nada ostentosas. Su pelo
era negro y bastante largo. Era apuesto y sonreía de un modo tan encantador como su saludo.

- Tomando el desayuno –comenté con educación.
- Disculpa si te he interrumpido, me llamo Senzo –dijo con una inclinación de cabeza que parecía muy ensayada.

Abrí la boca y a punto estuve de decirle mi nombre –Berdine- conseguí mentir y añadí -¿te gustaría sentarte mientras
esperas?

Su cara se iluminó con una sonrisa –será un placer- dijo tomando la silla y sentándose frente a mí.
- No le había visto por aquí antes –comenté hablándole de usted aunque fuese tan joven como yo. Mi madre solía decir
que las damas hablan siempre con educación y como es debido. Tan arraigada tenía mi estricta educación que me salía
sola.
- Llegamos ayer mismo –dijo de modo resuelto.
- ¿Llegamos? ¿Su esposa le acompaña? –pregunté con verdadera curiosidad por este hecho.
- ¿Que? ¡Oh no! Nada de eso, no es mi esposa es mi… amigo –dijo casi riéndose.
- Ya veo –comenté al escuchar ese “amigo”.
- No es lo que crees –dijo en un tono encantador ignorando la oficialidad con la que yo me dirigía a él- es casi como mi
hermano, nos criamos juntos y no le ha sentado bien el viaje. Por eso pensé en subirle algo de comer.
- Qué detalle por su parte –dije con comprensión él me sonrió ampliamente con satisfacción. Senzo sacó una brillante
moneda dorada del tamaño de un talento y empezó a maniobrar con ella con los dedos de una mano, claramente
presumiendo de esa habilidad. La contemplé por un momento y me resultó perfectamente familiar. Es más, había
visto una exactamente igual. Sin embargo me callé esa información.
- Y dime Berdine, ¿hay alguna posibilidad de que demos un paseo o tomemos… algo? No se si me quedaré mucho y
realmente me encantaría pasar algún rato contigo –dijo Senzo con un podo de adulación mientras el talento dorado
pasaba de un dedo a otro.
- Creo que… si el cuidado de su amigo se lo permite, podría ser posible, si –contesté.

El renqueante camarero apareció con una gran bandeja plateada y la colocó sobre la mesa. Su cara parecía aliviada
por haber dejado ese peso.

- Aquí tiene, señor –dijo con educación después se dirigió a mi - ¿le gustaría algo más a la señora?
- No gracias –contesté poniéndome en pie- ya me marchaba.
- Bien, pase un buen día –contestó.
- Hasta otro momento –dije dirigiéndome a Senzo. Él se levantó tan rápido que se golpeó las piernas con la mesa y la
bandeja saltó de la mesa hasta casi caerse. Él azorado por su torpeza logró recomponerse y me tendió una mano que
recogí con la mía. Acercó sus labios a mis nudillos con una inclinación y depositó un beso en ellos. Mis mejillas se encendieron.
- Lo espero –dijo con una sonrisa.

Me di la vuelta y me marché, aunque me hubiese gustado quedarme, conversar un rato más. Aceptar su propuesta
de un paseo. Hacía demasiado tiempo que andaba sola. Siempre en mi vida había tenido gente a mi alrededor. Mis
padres, niñeras, compañeras de juegos… realmente no estaba acostumbrada a estar sola conmigo misma.

Subí a mi cuarto y saqué algo de dinero del fondo de mi macuto. Aunque la posada parecía tener buena reputación,
viajar me había enseñado a desconfiar y a apreciar el dinero de un modo diferente. Y puesto que de momento no
tenía modo de conseguir más guardaba el que me quedaba con celo.

Abrí la bolsa y derramé parte de su contenido sobre la suave colcha de la cama. Busqué unas cuantas monedas y las
guardé en una bolsa más pequeña. Al divisar un pesado talento de plata me acordé de la moneda con la que Senzo
jugaba con los dedos. Philip tenía una igual. Decía que había estado en su familia por generaciones.

Sin poder contenerme esta vez y sin que nadie pudiese salvarme de mis recuerdos, caí en ellos.
-… estas preciosa Julie -dijo Philip en mi oído cuando mi padre me dejó a su altura. Me sonrojé y miré sus ojos
oscuros –Gracias- contesté.

Desvié entonces mi vista hacia el frente, hasta el sacerdote Tehlino situado entre nosotros. Su túnica gris lucía
impoluta y levantaba ambas manos en un gesto conciliador…


Recordaba mi imagen en el espejo aquel dia. Mi pelo castaño claro rocogido de un modo elegante. Mis mejillas rosadas
y mis ojos verdes con un brillo de emoción. Agité la cabeza, despojándome de esos recuerdos. Después salí de mi
habitación y cerré con llave antes de bajar las escaleras y perderme en la calle.

Aprendí durante los días anteriores que Imre era una ciudad bien abastecida y limpia. No había ladronzuelos y vagabundos
a simple vista. También aprendí que la moda modegana era demasiado llamativa en comparación con la local. Esto no
convenía a mi necesidad de esconderme y procuré parecer lo menos modegana posible. La verdad es que aún tenía
mucho que mejorar.

Pasé por varios escaparates y acabé comprando algo de papel y tinta. Después me reprendí por haber gastado ese
dinero en algo que no iba a usar ya que realmente no tenía a nadie a quien escribir. Paré a descansar en un banco de
piedra en una plaza acogedora y adoquinada frente a un local llamado El Eolio.

Aunque aún me quedaba dinero para una temporada, era consciente de que tenía que hallar el modo de conseguir más
en el futuro. No tenía ni idea de cómo realizar trabajo alguno, no sabía coser, ni planchar, ni cocinar… ni nada útil
realmente. Solo sabía de una cosa que se me daba bien, tocar.

Fijé mi vista en el cartel de madera que colgaba en la fachada del Eolio. Hacía poco que me rondaba la idea en la mente.
Podía dedicarme a tocar, intentar conseguir un mecenas. Sabía que eso era también muy difícil, pero no perdía nada
por intentarlo. En realidad no tenía nada mejor que hacer y prefería concentrar mis esfuerzos en algo útil.

Pero si lograba un mecenas, ganarme la vida con mi lira también podría atraer la atención sobre mí. Y eso es algo que
temía profundamente. No quería volver a mi casa, no quería acordarme de Philip y no quería volver a ser una ingenua
a la que tienen entre algodones.

Me levanté del banco de piedra y volví a la posada. A lo mejor me encontraba con Senzo de nuevo. No sabía por qué
pero me gustaba su compañía. Era caballeroso y encantador. Pensé que si iba a quedarme en Imre, también debía
hacer amistades o con el tiempo acabaría por volver a Modeg. Y eso era algo que no quería.


«El amor ha sido el opio de las mujeres, como la religión el de las masas. Mientras nosotras amábamos, los hombres gobernaban».
(Kate Millet)
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Mensaje por Viajera el Sáb Jun 29, 2013 8:42 pm

Aún sigo preguntándome por qué hago esto, porque no le ignoro y dejo que pase el tiempo hasta que se canse de insistir. Aún me pregunto por qué siento esta necesidad de volver a donde él está aún sabiendo todo lo que hizo. Supongo que espero poder demostrarle que ya no soy aquel crío asustado al que podía maltratar, que he crecido, madurado, que soy lo bastante fuerte como para enfrentarme a él y demostrarle lo patético que resulta. Sé que es una niñería, muchos me han rogado que no lo haga pero no puedo evitarlo, no puedo huir, algo en mí me lo impide. Entré en el ejército cuando tenía quince años y en estos nueve años demostré que tenía la fuerza, la constancia y la inteligencia suficiente como para ascender rápidamente y poner mi nombre por encima del suyo pero su sombra sigue ahí, persiguiéndome. Supongo que mi padrastro tiene razón cuando dice que no podemos librarnos de todo lo que una vez nos hizo daño pero también sé que no me puedo pasar la vida huyendo de aquello a lo que tenía miedo de niño, debo enfrentarme a esto y seguir adelante…eso, claro, si encuentro el camino correcto a ese maldito pueblo y consigo salir de este bosque. Estoy empezando a pensar que el camino sobre el que estoy no es tal cosa y en realidad no lleva a ninguna parte…

- ¡Malditos zapatos!- exclamó una voz furiosa a mi espalda- ¡Maldita sea!

Me giré sobresaltado al escuchar tantas maldiciones y me tope con una joven morena que miraba con odio las sandalias verdes, ya muy usadas y medio rotas, que llevaba. Soltó un gruñido antes de pisotear el suelo con frustración. La moneditas que colgaban de una pulsera que llevaba sujeta al tobillo tintinearon fuertemente.  No pude evitar sonreír cuando hizo una mueca de dolor y fastidio.  La mujer volvió a gruñir y alzó la cabeza bruscamente. Sus ojos verdes se posaron sobre los míos y la sorpresa los inundó.

- Buenos días- dije inclinando ligeramente la cabeza a modo de saludo.

Ella no contestó. Sus ojos examinaron rápidamente todo mi atuendo con desconfianza y luego volvieron a mi rostro, donde se detuvieron en mi cicatriz. Vi como una arruga se le dibujaba en la frente al verla. No dije nada, estos últimos años he aprendido que lo mejor es dejar que las personas observen la cicatriz que me parte desde la ceja derecha hasta mi mejilla todo el tiempo que quieran, pierden el interés mucho más rápido si no tratas de esconderla o te avergüenzas. Al poco rato la arruga en su frente desapareció y volvió a mirarme a los ojos, aunque en ellos aún había mucha desconfianza.

- Tal vez tú pueda ayudarme- esbocé una sonrisa para parecer más inofensivo- creo que me he perdido.
- Eres un soldado modegano- murmuró ella entornando los ojos.

Bajé la mirada a mi ropa negra y sonreí. Al parecer me había topado con una mujer observadora, había visto y reconocido el bordado dorado que tenía en el pecho de la camisa. Tampoco a mí se me pasó el acento modegano que impregnaba todas sus palabras pero preferí no comentar nada.

- Puedes llamarme Alván- dije- busco un pueblo llamado Adernis me dijeron que estaba a dos días de viaje pero… lo cierto es que soy un desastre para estas cosas, no me sorprendería haberme pasado el pueblo hace horas y ni siquiera haberme dado cuenta.

Vi como la mujer reía. La desconfianza de sus ojos se redujo considerablemente.

- Sigue todo recto este sendero- señalo el camino sobre el que nos encontrábamos- hasta que llegues a una bifurcación, no te preocupes si tardas mucho en llegar, está lejos. Cuando llegues coge el camino de la izquierda y continúa hacia adelante hasta que llegues a un pueblo llamado X, allí podrán indicarte como llegar a Adernis.

- Gracias- suspiré- lo cierto es que saber que no estoy tan perdido resulta un alivio- la mujer esbozó una sonrisa- ¿puedo saber tu nombre?

Ella dudó. Vi como sus dedos se movían nerviosos sobre la falda de su vestido.

- … la gente me llama Viajera- dijo finalmente.
- ¿Y cómo te llamas tú a ti misma?- mi curiosidad aumentaba por momentos

Por tan solo un segundo llegué a olvidarme de mi camino y de por qué lo estaba recorriendo.  Todos mis pensamientos se centraron en aquella pequeña y misteriosa mujer que me miraba con una sonrisa causada por mi pregunta. Me hubiese conformado con resolver, aunque fuese, solo uno de los misterios que la rodeaban. Pero no me quedaba tiempo y ella no pensaba quedarse.

- Sera mejor que no te salgas del sendero en ningún momento- me aconsejó ella empezando a caminar en la dirección contraria- podría resultar peligroso. Llegarás al pueblo al anochecer, suerte.
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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por Admin el Mar Jul 02, 2013 6:54 pm

Me giré hacia Mei, que estaba a mi lado.

- Por favor, espera aquí mientras hablo con esta familia, ¿vale?
- Claro, pero no tardes, ¿eh? – Dijo ella, mientras se sentaba en una roca cercana, buscando la mejor posición para ver los campos de trigo.

Una idea horrible se me pasó por la cabeza sobre lo que la irresponsable Mei podría hacer en mi ausencia.

- Y… sobre todo… No excaves el suelo. No… - Respiré hondo. – No hace falta.
- Que sí, que no haré nada. – Dijo mientras me hacías una seña con la mano para que me fuese. – Anda, ve ya.

Más tranquila, llamé a la puerta y esperé. No tardaron mucho en abrirme, un hombre joven, de unos veinte o así, me miró un segundo hasta que me reconoció. Era el hermano del chico al que había exorcizado y la verdad, con toda la concentración que había necesitado antes, no había fijado que era realmente guapo.

- Me gustaría hablar con los padres de tu hermano.

Él asintió y me llevó por el interior de la casa, con ese orgullo y dignidad propios de quienes trabajan la tierra. Paró enfrente de la habitación contigua a la del pequeño y me indicó que entrase. Dentro había un par de sillas y varios muebles viejos, parecía un trastero a algún lugar similar. Escuché como el joven caminaba por la casa, unas voces amortiguadas y pronto entró más gente en la sala. La madre, llena de lágrimas y de nervios, se echó a mis brazos en cuanto me vio, el padre en cambio tomó asiento y le echó una mirada significativa a su esposa, que se calmó lo suficiente como para sentarse. Ese gesto me llenó de temor.

- ¿Ocurre algo grave a nuestro hijo? – Preguntó ella, sin darme ocasión a despegar los labios.
- En realidad – Dije dubitativamente. – venía precisamente para saber sobre su estado. ¿Cómo se encuentra?
- Está vivo. – Dijo el padre, en voz baja, y comprendí que él también estaba preocupado. – Pero no sabemos más, el médico se niega a visitarlo.
- ¿Porqué? – exclamé con horror.
- El sacerdote explicó al médico lo que ocurrió con nuestro hijo y… no se atreve a venir. – Dijo en voz también muy baja la madre.
- No es justo. – Mascullé yo. – Su hijo necesita un médico.
- No tenemos dinero para hacer venir un médico de otro pueblo. – Dijo el padre.
- Quizás… quizás… Podría verlo yo. Estudié un poco sobre medicina hará un tiempo. – Dije tímidamente.

La biblioteca a la que tenía acceso en casa tenía varios libros de un tal duque de Gibea y aunque nunca los había leído demasiado atentamente, mi memoria había retenido un montón de cosas útiles.

- Por favor… - Me invitó la madre, mientras ya se dirigía a la habitación de al lado. - ¿Prefieres que no haya nadie? – Preguntó, algo inquieta, pero servicial.
- No, no hace falta, pero sí sería bueno que hubiese poca gente en su habitación de una vez. Podría agobiarse.

Entré en la habitación, aunque ahora todo parecía distinto. La cama, que debería estar llena de virutas de hierro y sal roja de rocas, estaba limpia, igual que el suelo. La habitación ya no olía a flores cortadas y a pelo quemado, pues la ventana abierta permitía que el olor a brotes tiernos entrase en la habitación. Aún así, el niño tenía muy mal aspecto. Me acerqué más. Estaba muy pálido y tenía los ojos hundidos, aunque estaba durmiendo, y eso le daba el aspecto de un cadáver viviente. Su frente estaba llena de sudor frío y cuando le pellizqué en el abdomen, su piel estaba tirante. Comprobé su lengua, que estaba seca.

- ¿Ha dicho si le duele algo? – Pregunté a sus padres.
- No se ha despertado. – Dijo su madre.

Eso me mosqueó. El niño mostraba los primeros signos de deshidratación, que una vez despierto se podría acabar rápidamente con ella, pero había otra cosa que le impedía despertar.

- Necesito hojas y flores de artemisia.
- No hay ninguna artemisia cerca. – Contestó entonces la abuela, que se había quedado al margen hasta entonces.
- Pues entonces un poco de corteza de saúco.
- Ya voy yo, madre. – Dijo el mismo joven que me había abierto la puerta.
- Espera. – Dije. – También necesitaréis semillas de lino. O alcachofa.

Él asintió y se marchó. Yo me levanté y me dirigí al fuego de ese hogar. Le pedí una maza y un mortero a la mujer y tomé también una vieja tetera de madera y una taza grande. El chico volvió casi enseguida. Cogí la corteza y la trituré en pequeños cachos, no sin un gran esfuerzo, hasta que se volvió casi irreconocible. La eché dentro de la tetera junto con agua hirviendo. Después lamenté mis prisas, ahora tendría que colarlo todo. Esperé a que las hierbas desprendiesen sus propiedades y entonces, con una tela fina y limpia, filtré el líquido a la taza. Volví a la habitación, que bajo mi consejo estaba ahora casi vacía, a excepción de la madre, que se había quedado en la puerta, y del padre, que estaba sentado al lado de la cama.

Con cuidado, levanté la cabeza del niño y le abrí la boca. El padre se ofreció para sostenerle y yo acepté. Poco a poco le eché el contenido de la taza humeante dentro de la boca, aunque sólo pude darle medio vaso por miedo a que se ahogase con el líquido.

- Dadle medio vaso de esta infusión por la mañana y por la noche. Dadle también la sopa o el puré, lo que prefiráis, de semillas de lino o de alcachofa tres veces al día. Necesita hidratarse, pero sobre todo necesita depurarse de los últimos restos que puedan quedar del demonio dentro de él. Por si acaso, la infusión que le he dado calma levemente el dolor. – Hice una pausa y sonreí. – No se preocupen, tiene muchas posibilidades de que sobreviva.

La mujer sonrió, descansada y fue inmediatamente a preparar esa sopa para el pequeño. El padre se marchó de la habitación e hizo un gesto de que le siguiese. Volvimos a la habitación de al lado.

- Muchas gracias. – Dijo ese padre que tanto había sufrido por su niño, sin poder expresarlo. – No te imaginas lo feliz que estoy.
- No sé si funcionará, señor, pero sólo es lo que puedo hacer. No me lo agradezca.
- Quizás deberías hacerle compañía ahora que está solo, hijo. – Dijo la abuela, interrumpiéndonos. - ¿No crees?

El hombre la miró, indeciso, pero al final asintió.

- De acuerdo, madre. – Dijo mientras se marchaba.
- Acompáñame, hija. – Dijo la abuela, con una energía que no parecía tener sólo unos segundos antes.

Subimos las escaleras y me llevó a una vieja habitación. Me pidió que me sentase, pero como no había sillas, me senté en el borde de la cama.

- Hace muchos años, hija, cuando yo era joven, el hijo del vecino, con el que había jugado tantas veces de pequeña, fue poseído por un demonio, también.

Hizo una pequeña pausa, mientras reconstruía su historia.

- Pero por desgracia, no fue como esta vez. Ese demonio era realmente malvado y peligroso, se puso a destruir todo y todos los que estaban a su alrededor. Los que pudimos, huimos. Intentamos enviar un mensajero a algún otro pueblo para pedir ayuda, pero no l conseguimos. Fue entonces, cuando sin ni siquiera ser avisado, apareció ante nosotros un joven exorcista. – La abuela se ruborizó al recordar algo de su pasado. – Exorcizó el demonio, pero el hombre no se pudo salvar. Me enamoré de ese joven tan apuesto y valiente y él también se enamoró de mí. – Durante un segundo, dejó de hablar, rememorando quizás, momentos más felices. – Se quedó durante un año y un día, pero no pude retenerle más, porque al fin y al cabo, él tenía una misión que cumplir. Pero antes de irse, me dio algo.

Se dirigió a un viejo armario y sacó el cajón de abajo entero. Detrás del cajón, había algo pegado, que ella despegó con relativa facilidad. Se acercó de nuevo a mí, y me lo puso en una mano. Me cerró la mano y me la sostuvo fuerte, mirándome a los ojos.

- Me dijo que me amaba, pero que se tenía que ir, y que nunca lo olvidase. Me dijo que yo quizás nunca sabría lo que significaba esta moneda, pero que era una prueba de lo mucho que me quería, y que la guardase. Dijo que no lo olvidase nunca, y no lo he hecho, porque lo sigo amando, aunque me haya casado con otro hombre. Por eso puse a mi hijo Nathan el mismo nombre del hombre del que me enamoré tanto. – El nombre me sorprendió como un golpe imprevisto, pero no pude pensar, porque la anciana seguía hablando. - Yo ya soy mayor y siento que debo dejarla a alguien joven. Tú tienes buen corazón y quizás sabes para que sirve, ya que tú también eres exorcista, así que cuídala bien.

Soltó mi mano y yo observé la moneda de la que me estaba hablando. Era dorada, y parecía un talento, pero era algo más grande. En un lado había algo escrito en un alfabeto totalmente extraño, más que arcaico, desconocido. Al otro lado, había el dibujo de una hermosa áliga con las alas extendidas volando hacia el sol. Al principio, observé el dibujo con curiosidad, pues era muy bonito y era muy detallado, pero luego, se me heló la sangre. Dentro del sol había un símbolo que había visto yo en alguna parte, cuando era pequeña. En el lomo de un libro… en un libro…

En la biblioteca privada del padre Nathan, cuando tenía diez años. Sí, Nathan dijo esos libros eran peligrosos para una niña tan pequeña como yo y en ese momento le creí, pero… ¿qué hacía el símbolo de una moneda antigua en el lomo de un libro secreto y peligroso? ¿Qué ocultaba Nathan, y sobre todo, porqué lo ocultaba en su habitación, lejos de los otros sacerdotes? ¿Porqué no se fiaba de la vieja biblioteca para preservar ese libro? Y, si no lo quería preservar, ¿porqué no lo destruía?

Eso me hizo recordar la anciana. Alcé la vista, pero ya no estaba. Probablemente se había marchado hace un rato, pero no me había dado cuenta. Ella había dicho que se había enamorado de un exorcista llamado Nathan. Fue entonces cuando recordé un día en el que habíamos salido todos los sacerdotes de la iglesia y yo a un claro no demasiado lejos de allí, para recoger nueces. Yo hacía equilibrios con los pies desnudos sobre unas rocas muy estrechas, mientras Nathan se preocupaba por mí. Yo, burlona, le sacaba la lengua y le hacía preguntas incómodas.

<< ¿Nunca has pensado en abandonar la fe?>> Le pregunté yo.
Recuerdo el silencio espeso que se produjo. Cuando yo ya creía que no me respondería, dijo:
<<Sí, una vez. Durante un año y un día>>
Esa respuesta me dejó extrañada y aunque pinché a Nathan, no conseguí hacer que volviese a hablar en todo el día, encerrado en sus pensamientos como estaba. Ahora entiendo lo que me dijo.

Sentada sobre esa cama, lloré. Derramé lágrimas por ellos, por esas dos personas que no habían podido tener un futuro juntos. Ella había tenido que quedarse allí y trabajar la tierra de sus antepasados, él había tenido que vagar durante años para cumplir con su misión, sin dejar los hábitos. Me puse en pie violentamente, pensé en contarle a esa anciana quién era yo y qué relación tenía con Nathan, darle noticias suyas, etc… Pero no pude. Comprendí que a veces, un recuerdo cerrado, aunque doloroso, es mejor que una feliz noticia que no puedes acabar de disfrutar sin notar el sabor de la miel amarga de los recuerdos.

Bajé la escalera y sin hacer ruido, me marché. Al abrir la puerta, me esperaba un día soleado, muy lejos de cómo me sentía yo en ese momento, pero al ver a Mei, esperándome, quieta y sin haber hecho ninguna de las suyas, con una sonrisa cálida en su cara, no pude evitar devolverle la sonrisa. Y era también en parte una sonrisa de alivio. Una parte de mí suspiró tranquilizada porque el demonio seguía enterrado donde debía, por suerte.

- Vamos, - Dijo ella, cogiéndome del brazo. – ya estoy aburrida de este lugar. Tengo ganas de respirar el aire del camino.
- Sí, sí… - Le dije sonriendo. – Pero primero tenemos que ir a buscar nuestras cosas a la posada.

Sin prisa, nos dirigimos hacia el centro del pueblo, muy alejado, como es normal, de las granjas y los campos. Subimos a nuestras habitaciones y cada una recogió sus cosas. Mei, impaciente, llamó a mi puerta mientras yo todavía no había acabado.

- Ya va, ya va… Espérame abajo, ¿quieres?

Ella dejó de llamar, así que volví a centrarme en mis cosas. Tardé sólo unos minutos más en acabar y bajé las escaleras. Abajo, me esperaba el mismísimo infierno.

La barra estaba en llamas que crepitaban ya por encima de la altura de cualquier hombre fornido, las mesas más cercas también prendían y una silla tumbada formaba un puente al fuego para pasar al otro lado de la posada. El suelo, el aire y todo lo que nos rodeaba era de un color rojo intenso.

Me quité mi pañuelo, sin pensarlo, y me tapé la boca y la nariz con él. Busqué a Mei entre el humo que se acumulaba sobre las zonas dominadas por el fuego.

- ¡¡Meiko!! – Grité, pero nadie me oyó. A mi alrededor había la posadera, paralizada de miedo y un huésped que parecía inconsciente.

- ¡¡¡Meiko!!! – Volví a gritar, pero empecé a toser muy fuerte.

Entonces, una gran sombra me cogió de un brazo y me arrastró, hacia el centro de la habitación, sin que yo pudiese impedirlo. Intenté revolverme, pero era muy fuerte. Me soltó y noté el roce de varias manos a la vez, sentí un fuerte golpe y luego noté unas manos en mi cintura. Cerré los ojos y cuando los volví a abrir, ya estaba fuera de es infierno. Mei me tenía todavía agarrada y me miraba con preocupación.

- ¿Estás bien? – Dijo con un tono más brusco de lo normal.
- Sí, pero… ¡Espera! – Dije mientras ya se ponía en pie. – Hay más gente dentro, tienes que rescatarlos.
- Ya lo sé, la posadera y el tío que se ha desmayado ya están aquí.
- No, no… No lo entiendes. ¡Digo en el piso de arriba! ¡¡Hay más gente!!

Mei abrió los ojos y los volvió a cerrar con aire desafiante.

- Pues lo siento por ellos, pero si entro allí no será precisamente para salvar esa gente. – Dijo casi en un gruñido.
- ¿Qué estás diciendo? – Casi grité. - ¡Tienes que salvarlos! ¡No puedes dejar que mueran! ¡Eso sería casi asesinarlos!

Ante esas palabras, Mei pareció reaccionar y aunque con gesto agresivo, se volvió hacia la posada ardiendo. Entró y yo contuve la respiración durante un rato que me pareció horas. Cuando Mei salió de allí, cargaba con dos mujeres, un hombre y un niño. Los dejó en el suelo, como pudo y yo me levanté para socorrerla, pero ella fue a entrar de nuevo en el edificio.

- ¡Espera! ¿Hay más gente atrapada en la posada?
- No, pero sí que queda alguien a quien debo ajustarle cuentas. – Dijo con una sonrisa siniestra.
- Mei, - Dije mientras la retenía por un brazo. – ahora es más importante ayudar a los heridos. Y avisar a alguien para que apaguen el fuego o se extenderá…

Vi en los ojos de Mei la sombra de una lucha interna. Con algo de esperanza, tiré de ella hacia mí y al final pareció que la convencí para que se quedase.


Horas más tardes volvíamos a estar en el camino, pero cualquier rastro de entusiasmo que teníamos se había esfumado, sobre todo en Meiko, que parecía enfadada. De vez en cuando echaba vistazos hacia atrás y yo tenía que parar para comprobar que me seguía.

- Oye, si no me quieres seguir, no pasa nada. – Dije para hacer que volviese en sí.
- Bueno… - Dudó ella. Eso me hizo casi tropezar. ¡Si había sido ella la que había querido viajar conmigo a toda costa! ¡La que me había insistido tanto! Comprendí que lo que le ataba al interior de esa posada quemada tenía que ser bastante grave.

Al final, titubeante todavía, se puso de nuevo en camino, detrás de mí. Nos paramos en una encrucijada, perdidas sin saber qué camino escoger. No teníamos destino ninguno, ¡pero aún así tampoco queríamos acabar en el bosque y reencontrar el camino en los Pequeños reinos!

Mientras nos decidíamos y Mei miraba un mapa, y yo la intentaba convencer de que lo estaba mirando del revés, un chico apareció desde uno de los caminos.

- ¿De dónde viene, viajero? – Pregunté educadamente.
- De Rebeck.
- Allí nos dirigimos nosotras. – Comenté con una sonrisa.
- Ah, ¿sí? – Preguntó Meiko. – No me habías dicho nada.
- Bueno, es una ciudad bastante grande, seguro que averiguamos algo allí.
- ¿Podéis indicarme el camino a Adernis?
- Si le soy sincera, no tengo ni idea. – Dije yo.
- Creo que no está muy lejos de aquí, aunque no sé exactamente en que dirección. – Respondió Mei.
- Uhmm… Gracias de todas maneras. – Respondió el hombre. – ¿Puedo preguntaros porqué parece que hayáis salido de una chimenea?

Ambas nos miramos. Realmente, estábamos sucias de humo, cansadas y nuestras ropas estaban tiznadas de carbón, pero teniendo en cuenta de lo poco que nos había ido, a ninguna le importaba lo más mínimo.

- Nos hemos salvado de un incendio en la posada.
- Mala cosa. – Comentó él hombre. – Yo me llamo Alván. ¿Y vosotras?
- Yo soy Holly.
- Yo Meiko. – Dijo ella. - Y me parece que estoy oyendo un río así que voy a sacarme todo esta suciedad de encima. – Dijo mientras ya se dirigía fuera del camino y, cómo no, se empezaba a desnudar.

Alván se puso colorado, aunque por suerte Meiko desapareció de la vista antes de que desnudarse por completo.

- Ella es así. – Dije intentando disculparla.


*Sólo los locos y los sacerdotes no le temen a nada. Y yo nunca me he llevado muy bien con Dios.*
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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por Bast el Lun Jul 08, 2013 6:36 pm

Estaba sucia, muy sucia y malhumorada. Otra vez, otra vez había perdido una pista valiosa del paradero de ese hombre. Ese hombre a quien tanto perseguía. Me dirigía al rio mientras me desnudaba. Sin duda ese baño en agua fría me vendría bien para bajar los humos. Había cambiado mucho con el paso de los años. Me había vuelto una buena persona, pero aun quería conservar parte de mis cualidades que tenía cuando era pequeña, entre ellas, mantener la cabeza fría siempre. Llegué al río y metí los pies. El agua estaba bastante fresquita pero poco a poco empecé a sumergirme en sus aguas. Era bastante agradable estar allí metida. Cogí un poco de agua y la sostuve en la palma de mi mano mirando mi reflejo a través de él. Mi pelo largo caía algo desordenado y mojado. Me puse bocabajo para bucear mientras me calmaba lentamente.

Una vez me hube calmado, me preparé para salir del agua. Al no tener toalla, decidí que lo mejor era secarme con el viento mientras llegábamos a nuestro destino. Apenas había llegado hasta donde se encontraban Holly y Alván cuando me puse la ropa interior. Una vez llegué a sus posiciones, suspiré.

-Hora de ponernos en marcha, hacia donde sea que nos vayamos-dije con algo de pereza.

Noté un sonrojo en Alván, inmediatamente sonreí pícaramente.

-¿Te incomodo?-pregunté seductoramente mientras guiñaba un ojo-Si quieres… Podemos jugar

La reacción provocada en Alván era la que esperaba. Una vez que hube formulado la pregunta, la nariz de Alván empezó a sangrar abundantemente. Sonreí, entonces me dirigí a Holly.

-El agua estaba buena, si quieres puedes ir a quitarte la porquería esta-dije pasando de la reacción de Alván.

-Vale.-dijo Holly mientras se dirigía hacia el río. Me quedé sola con Alván, el cual se había puesto un par de algodones en la nariz para cortar la hemorragia.  Suspiré levemente. Me había tranquilizado pero, aún seguía molesta conmigo misma. Había dejado escapar una oportunidad de ajustar cuentas con él. Volví a suspirar. Para distraerme un poco, usé a Alván como entretenimiento.  Pero en ese momento, llegó Holly ya limpia y vestida. Decidí ponerme ya mi ropa.

-Bueno, Alván, tú te vienes con nosotras-hablé  en tono autoritario mostrando una sonrisa siniestra, provocando el temor del joven

-V-Vale. Acepto-dijo derrotado. Mi gesto fue de hacer el signo de la victoria mientras esbozaba una sonrisa. Definitivamente, el miedo lo podía todo, aunque sabía que esta vez me había pasado.

-¿Y hacia dónde vamos?-pregunté pensativa.

-Si no es mucha molestia yo quiero ir a…-Alván no pudo completar la frase porque un ruido hizo que nos pusiéramos en guardia.

Frente a nosotros, había un enorme grupo de bandidos. Sonreí divertida. Por fin alguien con quien descargar mi rabia y frustración, teniendo cuidado de matar a nadie.

-vaya, vaya ¿Qué tenemos aquí? Dos chicas y un chico-dijo uno de ellos

-Jefe, desplumémosles, luego matemos al chico y quedémonos con las chicas para nosotros-dijo otro de ellos provocando un grito de júbilo por parte de los demás maleantes, provocando que una gotita resbalara por mi cabeza. No sabían dónde se metían.

-Escúchenme bien, si no os vais de aquí inmediatamente, me veré obligada a tomar cartas en el asunto y creedme que hoy no es un buen día para buscarme las cosquillas-dije seria e intimidante. Inmediatamente todos los maleantes se echaron a reír.-Vosotros os lo habéis buscado.

Avancé lentamente hacia ellos. Inmediatamente vi que Alván hizo el amago de ir a ayudarme, pero fue sujetado por Holly.

-Créeme si te digo que solo la estorbarás si vas a ayudarla-le dijo Holly al joven Alván.

Poco a poco me iba acercando al grupo de maleantes, ellos solo sonreían maliciosamente.

-Eres muy valiente para venir tu sola. ¿Has decidido entregarte por ti misma?-preguntó el tipo que parecía ser el jefe.

-No. He venido a partiros la cara-dije seria provocando las carcajadas de los bandidos.

-Te crees muy valiente ¿Verdad? Pero… estas en desventaja numérica, somos muchos hombres contra ti, una simple mujer. Ni que fueras la asesina legendaria Mei-habló el bandido. El machismo de ese tipo me hirvió la sangre, pero no lo demostré-A por ella, muchachos, nos divertiremos un rato.

Todos los bandidos se lanzaron sobre mí, golpeé al primero mandándolo a volar contra tres bandidos que venían, dejando inconscientes a los cuatro. El resto de compañeros empezaron a tomarse todo más en serio. Sacaron cuchillos, sierras, cadenas y navajas. Nada fuera de lo normal, estaba acostumbrada a lidiar con esas pequeñeces. Ahora lo único que esperaba era divertirme con ellos. Jugaría hasta que quedaran inconscientes o salieran huyendo con el rabo entre las patas.

Nuevamente empezaron las acometidas, la primera línea era la línea de las navajas, seguidos por la de los cuchillos, mientras en la lejanía, me lanzaban las cadenas para inmovilizarme completamente los brazos y las piernas. Creyeron que lo habían hecho mientras yo sonreía divertida. Ellos mismos habían fabricado su propia trampa. Sólo tuve que tirar levemente para mandar a los 4 que me inmovilizaban los brazos contra los que portaban cuchillos dejando a la mayoría inconscientes en el suelo. Luego rompí las cadenas y me lancé contra los que quedaban. Empecé a lanzar patadas a diestro y siniestro, hasta que en un descuido del grupo de maleantes, cogí a cuatro de ellos y los mandé a volar hacia el montón de bandidos inconscientes. Sólo quedaba el que parecía el jefe, el cual temblaba y sudaba presa del pánico, pero al mismo tiempo me miraba con un hilo de sangre en la nariz.

-Relájate o te dará un infarto-dije seria aunque con un tono de broma. Sin duda éste incidente había hecho que perdiera mi cabreo, entonces miré mi cuerpo desnudo, sólo portando la ropa interior. Dirigí mi vista alrededor, hasta que vi mi ropa. Me acerqué y me la puse. No sabía en qué momento me había desnudado pero daba igual. Había podido tener algo de acción eso era lo que importaba. Nuevamente miré hacia el bandido.

-Coge a tus hombres y lárgate-dije de manera autoritaria.

-Sí. ¡¡En cuanto despierten nos iremos!!-dijo asustado y sin dejar de temblar.

-Te tomo la palabra. Ahora duerme-hablé seria, mientras golpeaba en el cuello al jefe bandido. Volví con mis compañeros de viaje. Alván estaba literalmente con la boca en el suelo, y Holly estaba ligeramente sorprendida. La segunda vez no sorprendía igual-Con el susto que el jefe tiene en el cuerpo, no creo que vuelvan por aquí en una temporada. Pongámonos en marcha.

Diciendo esto último, me puse en marcha hacia nuestro destino.


Como si estuvieran impulsadas por el destino, unas personas topan con otras y aunque se trate del inicio de las tinieblas ningún hombre puede desprenderse ya de tal dulzura. ¿Cuándo aprenderan los hombres a manejar los hilos de su propio corazón?
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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por Albertet el Jue Jul 11, 2013 6:15 pm

Tenía fiebre. No demasiada para no dejarme pensar, ni moverme, pero la suficiente para hacer de aquel día un infierno. Por la mañana estuve vomitando hasta quedarme sin fuerzas, parecía que todo lo que comía hacía su camino hacia el estómago y una vez pasaban unos minutos volvía a salir hacia fuera; la tarde fue un poco mejor, sólo dolor de cabeza y no vomité ninguna vez. Pero seguía teniendo fiebre.

Todo empezó hace dos días, cuando Senzo y yo escapábamos de Imre a caballo. Senzo era un ladrón experto que había robado una moneda de oro muy valiosa a un barón en Tarbean. En cuanto a mí, todavía no me perseguían directamente, pero me había quedado con el denner del Ceáldico, uno de los delincuentes más importantes de la ciudad.

Los guardias comenzaron una persecución camino de Tarbean, pero en plena carrera a caballo algo en mi mente se activó, a fin de cuentas fui hasta hace unos días estudiante del Arcano en la Universidad, y con dos trucos muy básicos de simpatía vencimos a dos guardias. Pero después nos rodearon siete mercenarios dispuestos a hacernos pedazos. Fue entonces cuando inconscientemente llamé al viento, y de una forma un poco rara los dejé fuera de combate.

He dicho que mi mente dormida se activó, pero el esfuerzo fue superior al que mi mente despierta podía aguantar, por lo que me dejó medio destrozado, con dolores de cabeza, cansancio, vómitos, fiebre, y otras cosas que no diré. La idea de ir a la clínica a que me curaran o, por qué no, directamente a que me internaran en las Gavias venía a mi cabeza una y otra vez. Pasé un día reventado. Hoy ya me estaba recuperando.

Estaba en una habitación de la posada más lujosa de Imre, el Pony Dorado. Senzo era listo, pues había pensado que nadie nos buscaría allí y tenía razón. Cuando me levanté de la cama, él no estaba por la habitación, pero me había dejado una nota:

“Espero que cuando leas esta nota te encuentres mejor, pronto tendremos que huir de Imre. He conocido a una mujer muy interesante, se llama Berdine, una guapa modegana que acaba de llegar a Imre a la vez que nosotros. Le gusta la música y va a ir esta noche a una taberna donde tocan los mejores músicos, el Eolio. Pasaré allí toda la tarde y parte de la noche.

Como verás, para que ningún guardia nos reconozca he comprado ropas nuevas muy elegantes. Me he teñido de rubio, y mientras estabas dormido te he teñido a ti también.”


Ahhh, grité en voz alta… Fui a buscar un espejo y cuando me ví me cagué en Tehlu y en todos los Amyr, los cantantes y los Sithe... Por supuesto en toda la familia de Senzo. El tinte se oscurecería en unos días pero todavía era muy amarillo, demasiado. Los guardias no nos reconocerían, pero nuestro aspecto les llamaría la atención, a ellos y a toda la población de Imre, una ciudad que estaba al sur y por lo tanto el 80% de sus habitantes eran morenos. Me entraron nauseas pero no vomité.

Decidí ir al baño, que estaba fuera de la habitación. Salí al pasillo y desde allí me dirigía hacia la última puerta a la derecha cuando lo que ví me despejó completamente y me hizo ponerme en guardia.

De espaldas delante de mí y ante la puerta del baño estaba el Ceáldico, un mafioso de Tarbean que además era un buen arcanista, y además quería matarme. Estaba junto con otros dos hombres. Les vi entrar a la habitación justo detrás del baño.

Me metí en el baño dispuesto a escuchar todo lo que decían. Pero tuve suerte, mucha suerte y no sólo les escuché. En el armario donde se guardaba el cubo para vaciar los orinales había un agujero, y ese agujero daba a la habitación de al lado, por lo que si me subía al cubo podía ver más o menos a los allí reunidos. Habló primero el hombre vestido más elegante, que llevaba puesto un hábito con una capucha negra:

-¿Seguro que ese Senzo está aquí en Imre? Quiero recuperar mi moneda cuanto antes, es muy importante.

- Mis espías le han visto por aquí- dijo el Ceáldico- está junto con otro, un antiguo colaborador mío llamado Berthus.

Al oir esto me quedé sin respiración, y la fiebre me subió al menos un grado.

- He dejado Imre llena de guardias, pero creo que eso no les detendrá. Ya han matado a dos y herido a varios. Son buenos… Así que he pensado que lo mejor sería formar un grupo secreto, aparte de los guardias, un grupo que los siguiera hasta destruirlos y recuperara la moneda, ésta y las otras...

- ¿Por qué son tan importantes esas monedas? Dijo el tercero, que tenía grandes músculos y parecía un gran guerrero.

- Os contaré la historia. Hace mucho tiempo hubo una guerra que destruyó el mundo en que vivimos, la Guerra de la Creación, en la que todos los seres de este mundo estaban enfrentados en dos bandos. Uno era el bando del imperio, el otro… no diré nada más de él, sólo que estaba aliado con fuerzas oscuras.

-¿Arcanistas? Dijo el Ceáldico. Y ví como el florín del arcano brillaba en un cordón alrededor del cuello. ¿Nominadores?

- Arcanistas había en ambos bandos, y nominadores también, pero lo que había en el bando contrario al imperio eran demonios, terribles demonios de un mundo distinto a éste.

En ese momento llamaron a la puerta y entraron dos hombres y una mujer.

-Son aquellos que he reclutado, dijo el Ceáldico. Para serviros a vos, señor barón. He visto sus verdaderos nombres, todos tienen algo oscuro en su interior. Dejaré que lo adivines.

Y el Ceáldico señaló a la chimenea que estaba en mitad de la habitación y dijo un nombre, el nombre del fuego. La hoguera se encendió. Pero no era el fuego ordinario de una hoguera, las llamas eran del color azul que sólo aparece cuando el mal está cerca.

¡Uno de ellos es un demonio! Dijo el barón, ¡buena elección, te felicito!

La mujer se adelantó sonriendo, se notaba que algo raro había en ella. Berthus sintió a través del agujero de la pared que alguien poseía el cuerpo de aquella mujer de cabello pelirrojo y ojos cuya luz no era de este mundo. Su sonrisa le dio escalofríos.  

- Yo soy Ar-Gular, dijo el hombre con pinta de guerrero. Soy el mejor asesino de los Cuatro rincones, he trabajado junto con la mismísima asesina Meiko, soy capaz incluso de superarla. Y no me asustan los demonios. Me gusta trabajar con ellos. – dijo, arrodillandose delante del barón y enseñandole su espada-

- Perfecto, perfecto-, dijo el barón.

- A mí me gusta matar. Amo matar a las mujeres que van solas por los caminos. Cuando llegué a Imre me fijé en una mujer. Quise seducirla pero no me hizo caso, me ignoró. Ahora la mataré. Ese es el único pago que quiero por ayudaros en vuestra búsqueda, matar a … Berdine…-y su cara se puso roja de ira, sólo al decir ese nombre- ¡Nadie me ignora y vive para contarlo!

-Y tendrás tu recompensa, no te preocupes. Podrás matar a esa Berdine, pero antes hay que encontrar la moneda, y luego ayudarnos a encontrar las demás. Una cosa os quiero decir, cuando encontréis a Berthus y a Senzo, y a cualquier hombre o mujer que nos obstaculice la búsqueda de las monedas no los mateis, heridlos y dejádmelos a mí. Tengo curiosidad científica.

- ¿Por sus cadáveres? ¿queréis sacar algo útil de su muerte?- dijo el Ceáldico-

- Sí, querido amigo. ¿No os he contado que mi antepasado fue el duque de Gibea? Es tradición familiar aprender de la muerte, sacar el corazón a mis enemigos para ver cuanto tiempo tardan en morir, provocarles la gangrena en brazos y piernas para ver los días que cuesta un cuerpo en pudrirse, clavar agujas en los ojos para ver si pueden seguir viendo con ellas… esas cosas.

-¡Qué interesante!, dijo la mujer demonio.

Del último no se sabía mucho, sólo que había estado en el ejército y que odiaba a todos los hombres, y a un tal Alván por encima de los demás. Tenía una mirada siniestra y se estaba siempre riendo. Provenía de la Sala de los Descocados, cualquiera que fuese ese lugar.

El barón acabó de contarles la historia de las monedas. Por lo visto en esa Guerra de la Creación había poderosos arcanistas. Mantenían las ciudades a salvo de los demonios y de la corrupción y la codicia de los hombres. Los corazones eran valientes y leales, no había maldad ni deseo de poder. Y todo eso lo conseguían con la magia de las monedas. Las monedas tenían grabadas unas runas muy antiguas que permitían, si eran leídas por algún poderoso nominador, conservar las ciudades a salvo del mal.

Pero hubo seis traidores que robaron y escondieron las monedas, y las siete ciudades del imperio cayeron, incluida la más grande, Myr Tariniel. Hubo uno que no traicionó, y una ciudad se salvó. Posteriormente la guerra terminó con la victoria del imperio sobre su enemigo. Los grandes nominadores se dispersaron, algunos se convirtieron en los Amyr.

Las monedas desaparecieron y se olvidaron. Sólo quedó en el recuerdo alguna canción sobre ellas, como esa que empieza Piel dorada, plata por corazón... Pero el destino había hecho que las monedas reaparecieran, y si esas monedas estaban saliendo a la luz, los malvados corrían peligro de que llegase una nueva época de paz y justicia.

¡No podemos permitirlo! –Gritó el barón-  ¡Tenemos que evitar ese momento porque entonces estaremos condenados! ¡Nada nos impedirá alcanzar el mal mayor!

¡Mataremos a quien quiera usar esas malditas monedas! -Dijo el demonio.

¡Por el mal mayor! -Gritaron todos. Y salieron todos de la habitación. Antes de salir el barón dio órdenes de que se dispersaran por Imre y sus alrededores buscando el talento de oro y a los ladrones que lo tienen.

Cuando estaban saliendo por el pasillo mi cuerpo no aguantó más, mi mente dormida empezó a llamar al vómito, y lo poco que había bebido y comido aquella tarde salió ruidosamente por mi boca.

Entonces se abrió la puerta del baño. El último en salir por el pasillo, que era el que había jurado matar a Berdine había oído un ruido y entró a investigar lo que pasaba. Se debió sorprender al ver a un hombre rubio platino con la cara metida en un cubo, vomitando con gran escándalo.

- Mal sienta el vino por la tarde, -le dije con una cara que reflejaba el cansancio de toda una vida  -Por la noche es mucho mejor- Y puse una voz de borracho que me salió muy bien.

El asesino puso cara de asco, cerró la puerta y se fue a reunir con los demás, que ya estaban en el piso de abajo.

Tenía que avisar a Senzo y a Berdine, coger las dos bolsas que me quedaban de denner, el dinero que quedaba en la habitación y preparar dos caballos. Salí del baño encontrandome un poco mejor, con menos fiebre y la cabeza y el estómago algo más despejados, dispuesto a coger la maldita moneda y salir de allí al precio que fuese.

Fui a la Universidad queriendo encontrar antiguos secretos entre sus paredes, rastree los libros del Archivo leyendo historias y viejas leyendas, y hoy el destino me había permitido descubrir más misterios en una hora que en varios años en el Arcano. ¿Qué aventuras nos esperaban en el camino? ¿adonde nos llevaría la búsqueda? Porque si de algo estaba seguro es que no iba a dejar que esas monedas cayesen en manos de esos malvados aunque tuviera que ir tras ellas a lo largo y ancho de los Cuatro Rincones. Pero eramos pocos… para hacer frente a aquella banda hacía falta un grupo más grande, ¿dónde encontraría compañeros que me ayudasen?
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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por Kahlan el Lun Sep 09, 2013 11:03 pm

Con la vista fija en mis manos retorcí el pañuelo en ellas por enésima vez esa noche. Tras instalarme en Imre y acostumbrarme a la ciudad decidí cual sería el modo de obtener un sustento una vez que agotase mi sustento. Conseguiría un mecenas antes de llegar al extremo de agotar mi última iota.

Tener mecenazgo no solo ayudaría a mi manutención sino que me ayudaría a pasar desapercibida. Yo era una noble modegana y si algún enviado de mi padre aparecía por Imre, estaba bastante convencida que interpretar el papel de música me ayudaría a pasar desapercibida. Tras huir de mi casa lo que más temor me inspiraba era verme sola y desamparada o ser víctima de algún desalmado. Ahora, tras el largo y penoso viaje y una vez establecida lo que más temía era tener que volver.

En el Eolio el murmullo general de las conversaciones invadía toda la estancia. Cuando las luces bajaron, las voces se acallaron y todos los ojos se posaron en el escenario. Una joven altísima y con el cabello dorado subía al escenario con paso firme y decidido. Era Merie, la había conocido unas horas antes y me había caído simpática. Tocaba el violín y había algo en su manera de moverse que parecía querer decir que era peligroso meterse con ella.

Marie abrió una funda y sacó un violín que colocó con medida delicadeza en su cuello mientras se giraba para encarar al público. Levantó el brazo y lo detuvo durante un largo segundo, miró al público directamente. Ese sencillo gesto hizo que cada uno de los que estábamos en el público le prestásemos toda nuestra atención. Justo cuando quedamos prendidos de ella, empezó a tocar.

El sonido elegante y lento invadió el local y alejó el silencio. Marie empezó con deliberada lentitud en una armoniosa demostración de control y manejo del arco que admiré y envidié. Después, de repente y sin aviso la melodía se volvió rápida y festiva. El público sintió el cambio provocado por la música, de la tensión inicial pasaron al regocijo. Tal fue el efecto que algunos incluso dieron palmas al ritmo que Marie imprimía y se podían oír multitud de botas golpeando rítmicamente el suelo.

Durante toda su interpretación Marie tuvo al público en vilo y a la vez entretenido. Sus dedos se movían ágiles por las cuerdas mientras movía el arco sobre ellas. Justo cuando el público se acostumbró al cambio de ritmo, Marie subió un poco más y con una sonrisa hizo que la festiva y pegadiza melodía tirara del público aun más alto.

La mayoría ya no se contenía y daban palmas mientras reían, yo misma sonreía de oreja a oreja. La mujer subió la velocidad más y más hasta detenerse de repente un instante antes de poner con una especie de charada las últimas notas a la canción. El público estalló en aplausos y risas mientras Marie bajaba los brazos y sonreía satisfecha. Aplaudí como la que más.

El murmullo se instaló de nuevo en El Eolio, solo que esta vez eran voces altas y claras que llenaban por completo cualquier indicio de silencio comentando la actuación. Al cabo de un rato cuando Marie llegó a mi mesa estaba radiante.

- Has estado magnífica –le dije con total sinceridad.
- Gracias –contestó- creo que ha sido una de mis mejores noches, sino la mejor de todas.
- No conozco esa canción, ¿cómo se llama?

Marie estalló en carcajadas.
- Se llama La Mula Coja –respondió- es como una especie de charada. ¿Te has decidido ya? –me preguntó cambiando de tema y tomando un sorbo del vaso frente a ella.
- Creo que si –contesté –una vez que todos se calmen subiré, ya tengo decidido qué coy a tocar.
- ¿Qué será?
- Puesto que tú has animado al público yo lo calmaré, será una vieja balada, ya lo veras –dije guiñándole un ojo.

Me agradaba poder hablar con alguien de algo que entendía y me gustaba. Había decidido interpretar una balada modegana llamada, Rio sin Nombre que bien interpretada dejaba una sensación de triste melancolía en el pecho. Cómo tantas otras baladas hablaba de la perdida de alguien y de dejar atrás el pasado, pero en vez de contar una historia simplemente, recurría a una metáfora continua que hacía que aquel que la oía interpretase la letra para si mismo.

La había elegido para crear esa clase de conexión con el público lo cual esperaba que jugase a mi favor y sobretodo la había elegido porque coincidía con mi estado de ánimo.
A medida que pasaba el tiempo me puse algo más nerviosa y para cuando llegó el momento de subir al escenario las rodillas me temblaban.

- Lo harás bien –me dijo Marie poniendo su mano en mi antebrazo cuando pasé a su lado.

Subí con toda la decisión de la que fui capaz al escenario, las luces me cegaron cuando me giré hacia el público pero inmediatamente después se atenuaron dando al local un aire íntimo mientras sacaba mi lira. Sabía que mi instrumento no era tan impresionante de tocar como un laud o un arpa. Algunos entendidos y resabidos la consideraban primitiva, lo que ellos ignoraban a propósito era el hecho de que sin lira, no hubiese habido ninguno de sus amados instrumentos de cuerda después.

Me senté cómodamente en el taburete alto y raspé muy levemente las cuerdas para tranquilizarme, las rodillas aún me temblaban. Miré al público mientras lo hacía y me encontré con una cara terriblemente familiar. El momentáneo shock disipó mi miedo escénico y lo transformó en desconcierto. Era Senzo, el joven que había conocido en la posada pero estaba diferente, su pelo resplandecía con un artificial rubio que chocaba con el resto de su aspecto. No podía haber estado más ridículo.

Justo después bajé la mirada y comencé a tocar. Una cadencia lenta y armoniosa se abrió paso captando la atención del público antes de que la melodía ascendiese lentamente. Empecé a cantar. Mi voz salió baja y suave mezclándose con la música hasta que el sonido de la lira era un mero acompañamiento de mi voz.

Así que…
Este es el fin
El tiempo…
Como granos de arena
Cae…
Hacia el pasado
Igual que las lágrimas en los ojos del ángel

Alargando esa última sílaba elevé la voz mientras, con cuidado, toqué las notas ascendentes para cantar el estribillo.
Déjalo…
No mires atrás ahora
Déjalo…
Mantén la cabeza alta
Sabes que los buenos hombres no lloran
No puedes mirar atrás ahora…


Mientras entonaba con voz clara y alta me permití un vistazo al público que me pareció que contenía el aliento. Animada canté sobre la perdida y el deseo de seguir adelante, canté con fiereza, sintiendo cada palabra y viviendo cada nota.


Así que…
Ve a ver mundo
Sigue a tu corazón
Y guárdalo…
Para alguien que lo merezca y
Te aprecie tal como eres…

Con resolución e impulsada por la música toqué más rápido, ascendiendo con cada nota, elevando al público antes de volver a entonar el estribillo, pero esta vez mirándolos cara a cara, como un desafío, de modo que la letra quedase gravada en su mente, instándoles a seguir adelante tal y como decía la balada, con la cabeza alta.

Déjalo…
No mires atrás ahora
Déjalo…
Mantén la cabeza alta
Sabes que los buenos hombres no lloran
No puedes mirar atrás ahora…

Mi voz se apagó lentamente y con delicadeza, mis dedos quedaron suspendidos en el aire uno segundos al terminar la canción. Respiré hondo y trague antes de levantar la cabeza y contemplar al público. Las mujeres tenían lágrimas en los ojos y los hombres hinchaban el pecho, conteniéndose de algún modo.

Me puse en pie y los aplausos llegaron. Guardé la lira en medio de la ovación y bajé del escenario a la vez que las luces subieron de nuevo. Stanchion me estrechó la mano suavemente y se inclinó para hablarme al oído.

- Con interpretaciones como esa, muy pronto tendrás tu caramillo –dijo con una sonrisa.

Inmediatamente después me vi arrastrada por una ola de apretones de manos, sonrisas y palabras de agradecimiento. Me di cuenta entonces de que tenía algo en la mano, el caramillo, mi caramillo.

Me giré buscando a Stanchion para de algún modo darle las gracias pero un caballero bien vestido se plantó delante de mi. Miré hacia arriba y con gesto serio me hizo una cortes reverencia.

- Permítame presentarme, soy el barón Letswin –dijo tomando mi mano y acercando los labios sin tocarla. No mentía en su título, esos modales y maneras solo se adquirían con una práctica continuada. Además su espalda estaba tan rígida como la de cualquier poderoso que se endereza para mirar el resto desde arriba.

- Berdine –susurré con un asentimiento cortés.
- Un honor Berdine –dijo con una sonrisa extraña llena de secretos - me gustaría preguntarte si no te importa, si una joven como tú ya tiene un mecenas a la altura de sus habilidades.
- Pues… aun no –contesté con humildad y emocionada por la posibilidad de tener un mecenas.
- Me alegra oírlo –dijo el barón cogiendo el caramillo de mi mano y prendiéndolo en mi ropa, justo debajo de mi hombro derecho.

Me condujo con amabilidad hacia los pisos superiores mientras me hablaba de su interés en ser mi mecenas. Me dijo que lo había pensado seriamente tras oír mi interpretación y que se había decidido al ver que Stanchion me entregaba el caramillo.

Subimos hasta el segundo piso, podía atisbarse el escenario desde el palco, el ruido de la gente lo llenaba todo de nuevo. Al subir los últimos escalones me detuve en seco, una figura a la que no podía ver la cara estaba plantada de pie casi como si me estuviese esperando. Me detuve pero el barón me empujó hacia adelante. Una sensación de temor me invadió.

La figura dio un paso adelante con una sonrisa macabra en la boca, le reconocí al instante. Era “manos largas” el caballero que había viajado en el mismo carromato que yo antes de llegar a Imre y del que no recordaba el nombre.

- Hola Berdine –dijo con su voz ridícula y aflautada. Mi padre la hubiese llamado “voz de alimaña” –tu y yo tenemos una cuenta pendiente.

- Discúlpame querida –dijo el barón a mi espalda cerrándome el paso a las escaleras –pero necesito que todos mis hombres me sigan fielmente y me temo que tú vas a ser el pago para él.

Sin saber qué hacer y buscando una forma de llegar a las escaleras me deslicé entre mesas y sillas vacías. El corazón me latía con fuerza, no sabía qué clase de trabajo haría “manos largas” para el barón pero para mi desgracia me había pillado en medio.

- No es atreveréis a hacer nada en…
- Nadie te escuchará gritar –dijo “manos largas” con una sonrisa repugnante –están todos hablando fervientemente de tu canción. Sin saberlo, te has cavado tu propia tumba.

Por instinto e impulsada por el miedo retrocedí hasta darme con una mesa en el muslo. Manos largas se abalanzó hacia mí y ambos caímos al suelo. El estruendo apenas se noto entre las voces del local. Tenía razón, nadie me oiría, pero aun así grité con todas mis fuerzas. Forcejeé y pataleé para sacarme a “manos largas de encima” con tan buena suerte que le golpeé la entrepierna con la rodilla haciéndole chillar de dolor.

Impulsada por el pánico me puse en pie y salí dispara hacia las escaleras pero el barón me agarró por el brazo y tiró de mi sin esfuerzo. Enfadada le di un fuerte bofetón que no le perturbó en absoluto. Sonrió y se dispuso a devolvérmelo cuando algo golpeó con fuerza en su espalda. Las astillas explotaron en todas direcciones y el barón se giró dolorido para ver quién le había roto una silla en la espalda. Vislumbré una cabellera rubio platino y me alegró que fuese Senzó.

Este esquivó el ataque del barón antes de hacerle un placaje y tirarlo por el palco del segundo piso.

- ¡Por las ardientes pelotas de Tehlu! –maldijo en voz alta, entonces se giró y me agarró por el brazo para tirar de mi hacia las escaleras mientras la conmoción se extendía por el lugar.

Al verle la cara me di cuenta de que no era Senzo, tenía su misma cabellera rubio platino, pero no hablaba ni se movía como él.

- ¡Vamos Berdine! ¡Tenemos que salir de aquí ya! –dijo tirando de mi al ver que no le seguía.
- ¿Cómo sabes mi nombre? ¿Quién eres? –pregunté mientras me veía arrastrada escaleras abajo.
- Soy Bertus –dijo mientras giraba a toda velocidad llevándome casi en volandas antes de lanzarse por la escalera que llegaba hasta la planta baja–te lo explicaremos todo luego, ¡ahora mueve esos pies y corre!
- ¿Explicaremos? –le grité mientras me arrastraba en su carrera suicida escaleras abajo - ¿Quienes?

Cruzamos el umbral y Bertus tiró de mi mezclándonos con la multitud conmocionada. Pasamos cerca de donde había caído el barón y, donde alrededor, se concentraba la gente. Enfilamos en dirección a la puerta y salimos al fresco exterior con rapidez.

La luna se erguía llena en el cielo, iluminando completamente la plaza, todo se veía claramente, Bertus se giró en todas direcciones como buscando algo, o a alguien. Conseguí soltarme.

- ¿Qué haces? ¿Qué quieres de mí? ¿Y cómo es que sabes mi nombre?–le pregunté indignada.

A nuestra derecha se oyeron pasos y Bertus me agarró por la muñeca antes de arrastrarme hacia ellos ignorando mis preguntas.

- ¡Manos negras Senzo! Ya pensaba que no…

Bertus se detuvo en seco y yo choqué contra su espalda. Una alta y robusta figura apareció.

- ¿Vais a algún sitio? –preguntó casi riendo.

El hombre era enorme y desaliñado. Desenvainó una espada corta llena de melladuras y bastante sucia. Al ver la espada ambos retrocedimos a la vez. Como impulsados por la misma fuerza, nos giramos en redondo y nos metimos corriendo por un callejón antes de darnos de bruces con una mujer. Cuando puse mis ojos en ella sentí algo extraño y aterrador, no sabía por qué pero intuía que esa mujer, no era una simple mujer.

- Camino erróneo amigos –dijo con un susurro casi sobrenatural.

Cuando nos giramos vimos que el gigante de la espada nos cortaba el paso acorralándonos entre ambos.

- Escuchad, no ha necesidad de… -empezó a decir Bertus.
- ¡Cállate! –dijo el hombre con fiereza.

A medida que ellos daban pasos hacia nosotros la sensación de angustia me impedía pensar. Algo silbó en el aire antes de precipitarse sobre la cabeza de la mujer haciéndose añicos. El objeto impactó con la fuerza suficiente para dejarla inconsciente.

- ¡Diana! –gritó una voz masculina conocida con júbilo desde uno de los tejados.

Se oyó de nuevo el silbido y algo pasó rozando la cabeza del hombre antes de estrellarse con estrépito en el suelo. Debía ser una teja de cerámica o adobe. Bertus aprovechó la distracción para empujar al hombre haciéndolo caer de espaldas, agarró mi muñeca de nuevo y tiró de mí hacia la plaza. La cruzamos corriendo y en medio de la carrera me di cuenta de que alguien nos seguía a través de los tejados.

- ¡Hay alguien que nos sigue! –le grité a Bertus mientras corríamos.

Bertus giró haciéndonos derrapar a ambos antes de tomar la calle que salía de la plaza. Tres caballos nos esperaban alineados.

- ¿Por qué has tardado tanto en traerla? –dijo Senzo saltando desde lo alto de un tejado al suelo al otro lado de los caballos.
- He tenido que improvisar–contestó Bertus -¿Y tú por que no estabas en la puerta como acordamos?
- Tuve que improvisar –respondió de vuelta -¡Has visto que puntería!
- Si, si -dijo Bertus con prisas –ahora salgamos de aquí rápido.

Bertus se subió de un salto al caballo y Senzo se acercó a mi.

- ¿Estás bien Berdine?
- Si –contesté- ¿Qué pasa? ¿Quiénes eran esso? ¿Quién demonios es ese? –dije apuntando a Bertus.

El sonido de voces y pisadas se oyó a nuestra espalda. Alguien nos buscaba.

- No hay tiempo para explicaciones –dijo Senzo –sube al caballo, te prometo explicártelo todo cuando estemos a salvo.
- ¿A salvo de qué? –pregunté- Yo no he hecho nada, seguro que es un error y…
- Son asesinos y esa mujer era un demonio –dijo Bertus –ahora monta el caballo o quédate aquí y muere.

Busqué los ojos de Senzo en la oscuridad de la noche, me miraba suplicándome que aceptase lo que decían. Los pasos se oyeron más cerca y obedecí por puro miedo.

Subí al caballo y los tres emprendimos la huida por las calles de Imre. Cuando casi estábamos fuera, el barón nos salió al paso montado en corcel negro como la noche.

- ¡Aquí! –gritó el barón a los suyos.

Senzo sacó algo de una de las alforzas del caballo y se la lanzó a Bertus mientras cabalgábamos hacia el barón. Ambos azuzaron sus caballos cada uno hacia un lado y la cuerda quedo estirada justo a tiempo para derribarle de su caballo. El barón pegó un soberano porrazo que espantó por completo a su caballo. Ambos rieron y juntos salimos de Imre a galope. Me pareció que formaban un buen equipo. Entonces se me ocurrió algo.

- ¡Tapaos la cabeza! ¡Parecéis dos antorchas! –dije cabalgando detrás de ellos refiriéndome a sus rubias cabelleras.

Ambos hicieron lo que dije y solo tras horas cabalgando y muchas desviaciones en el camino, frenamos la marcha.

- ¿Sabes dónde estamos? –preguntó Bertus a Senzo.
- Creo que en dirección a Rebeck –respondí yo pues me había fijado en la dirección que habíamos tomado.
- Tenemos que ocultarnos –dijo Bertus –que se enfríe nuestro rastro.


«El amor ha sido el opio de las mujeres, como la religión el de las masas. Mientras nosotras amábamos, los hombres gobernaban».
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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por Albertet el Mar Oct 01, 2013 9:56 pm

El mundo que conocemos es engañoso. Tenemos un rato de tranquilidad y creemos que va a durar para siempre, pero debajo de la paz acechan el asesinato y la violencia. Esto pensaba yo mientras cabalgaba junto con los compañeros que había conocido estos días, bajo la luz de la luna llena.

Cuando dejé la universidad y volví de camino a Imre pensaba retirarme a Atur durante un tiempo con el dinero del denner. Sin duda mi tío Albertet estaría orgulloso de mí.  Pero me vi envuelto en una peligrosa persecución que tenía como centro una misteriosa moneda, con extrañas inscripciones que guardaban un gran poder en su interior. Ese trozo de metal podía cambiar el mundo.

Llevábamos ya varias horas de camino. Me encontraba muy cansado y aunque ya no estaba enfermo, mi cuerpo se hallaba todavía débil por el estrés de estos días. En la pelea la adrenalina me había ayudado a actuar rápido y con decisión para atacar a esos miserables, ahora el efecto se estaba pasando y empezaba a sentir mucho sueño. Un rápido vistazo a mis compañeros que iban junto a mí me hizo sentir que ellos también estaban notando los efectos de la cabalgada. Y para colmo los caballos no habían llegado a su límite aún, pero estaban cerca.

Bajamos un poco el ritmo y pusimos cerca ambos caballos.

-¿Quiénes eran esos hombres? - Preguntó la mujer que habíamos rescatado en el Eolio. -¿Por qué me perseguían?-

Te has visto envuelta en esto por casualidad. Has tenido muy mala suerte. – dije- Sólo te busca uno de ellos, pero ahora todos quieren matarte.

Berdine me miró, pensativa, recordando las palabras del barón. “necesito que todos me sigan fielmente y tú vas a ser el pago para él”. Y asintió.

En realidad -dijo Senzo- lo que están buscando es esto. Y sacó la extraña moneda que brillaba de un modo especial a la luz de la luna.

Yo he visto otra antes.-dijo Berdine-. Senzo y yo nos quedamos mirandola fijamente. ¿De donde venía? Tocaba y cantaba de forma excepcional,  y sus modales eran refinados. Pensé que sería de sangre noble. Pero si era así… ¿qué hacía ganandose la vida en los caminos? Quizás escapaba de algo o de alguien. Quizás fuera una fugitiva, como nosotros. Fuera lo que fuera ahora ya no importaba, pues todos estábamos huyendo de ese malvado grupo.

Continuamos por entre caminos menos transitados, esperando que nos perdieran el rastro. Los caballos caminaban cada vez más despacio, a veces hasta tenían algún leve tropiezo. Íbamos en silencio, dejando atrás pequeñas aldeas, campos de labranza y pequeños bosques de pinos. En ningún momento vimos a nuestros perseguidores, pero yo no dejaba de sentir unos ojos clavados en mi espalda. Imaginaciones mías –pensé- que dan el cansancio y el miedo.

Al llegar a una aldea oímos gritos y ruidos, señal de que algo malo pasaba. Nos acercamos lentamente y bajamos de los caballos. Sabíamos que los tumultos son buenos cuando quieres que te pierdan el rastro.

Era un grupo de hombres que se estaban peleando. Una guerra de bandas, seguramente. O eso parecía al principio, pues a medida que nos fuimos acercando más vimos una situación tan extraña que por un momento pensé que estaba soñando.  

En realidad se trataba de una mujer, una hermosa mujer que estaba golpeando sin piedad a un grupo de hombres fuertes y corpulentos. En ese momento levantó dos cuerpos enormes cada uno con un brazo y los arrojó sobre el resto haciendo una montaña humana. De dos bofetadas tumbó a otros dos. Le arrojaron  varias cadenas y las partió como si fueran hilos de seda. Luego de haber dislocado una rodilla con una patada, y de haber perforado unas costillas con un golpe de su puño sonrió y comenzó a desnudarse…

Si en estos días había visto cosas raras lo de hoy superó a todo lo anterior. Aquella mujer le dijo al jefe de ese pequeño ejército   “Coge a tus hombres y lárgate”. Tocó su cuello y le dijo: “Ahora duerme”. Después rodeó esa montaña humana y echó a andar hacia el camino que estaba delante de nosotros.  

Junto con ella iban dos personas, un hombre con gruesas ropas de viaje. Se le notaba bien preparado para la vida en los caminos,  andaba con paso vacilante, por lo que deduje que todavía estaba sorprendido por el espectáculo, como todos nosotros. Al lado iba otra mujer. No parecía una mujer guerrera como los otros dos,  pero su mirada revelaba una gran fuerza interior. Seguramente escondía algo que todavía no quería mostrar.  

Mientras estaba pensando si sus ojos escondían algo o no, la mujer guerrera me miró a los míos.

- Nos están vigilando- gritó.

Los otros dos se pusieron en guardia.

-  Tenéis envidia de los otros y queréis recibir, eh… Pues hay golpes para todos- Y se acercó hacia mí rápidamente, crujiendo los puños. Yo me eché hacia atrás. Ya me veía recibiendo una paliza y uniéndome a la montaña de bandidos en el suelo.

-¡Nos persiguen!- Gritó Berdine. -Sólo queremos ayuda-  

¡No queremos atacaros!, -grito Senzo-

Entonces salimos a la luz los dos grupos y ellos nos vieron a nosotros. Imagino que teníamos buen aspecto porque la tensión desapareció entre nosotros en un momento.

- Estás herido- me dijo la mujer que estaba vestida. Y era verdad porque al pasar por un bosque,  mientras corríamos en los caballos a toda velocidad, la rama de un árbol me había hecho una línea de sangre en la cabeza.  – Te daré un ungüento que tengo para curarte-

Lo que vi en su bolsa mientras buscaba el ungüento me dejó con la boca abierta.

De…dónde… has sacado esta moneda. – dije-

-No es asunto tuyo- , me contestó. Y la tensión regresó.

En ese momento intervino Senzo… - tenemos que irnos. Venid con nosotros y os lo contaremos todo.  Confiad en nosotros, por favor- dijo poniendo la mejor de sus sonrisas.

- Si, así me enteraré de qué va todo esto, al fin- dijo Berdine.


El resto no fue difícil. Quitamos las monturas a nuestros caballos, que estaban cerca, esperando, y los mandamos a pastar por los campos. De ese modo les sería más difícil a esos villanos seguir las huellas.  Antes de despedir a los caballos robados vi en una de las monturas el nombre de un tal Ambrose Anso y un escudo nobiliario. Bueno, si lo necesita, pensé, que venga a buscarlo.

Como todo el terreno estaba con las señales de la pelea, si usaban perros para seguir nuestro rastro, se acabaría desvaneciendo ahí. Tras unas cuantas maniobras de despiste más avanzamos un rato juntos y entramos en un pajar abandonado que había en medio del campo. Ahí pasaríamos lo que quedaba de noche sin problemas, podríamos recuperarnos y contar nuestra historia. Nos dijimos nuestros nombres. El grupo quedó formado por Meiko, Holly, Alván, Berdine, Senzo y yo, Berthus.

…………

Al despertar por la mañana resulta que Senzo ya les había contado gran parte de la historia, que unas horas antes le había contado yo a él. Las monedas eran unos objetos mágicos primitivos que servían para guardar las principales ciudades de los demonios y mantener sus tierras lejos del mal. En la guerra de la Creación, al principio de los tiempos,  la traición de los Siete consistió, entre otras cosas, en alejar y esconder las monedas de las ciudades del imperio. El tiempo pasó, y por algún motivo que desconocíamos estos amuletos estaban comenzando a aparecer de nuevo.

Pero no éramos los únicos que buscábamos esos objetos. Había otros que estaban tras ellos. Otros que no se pararían ante nada para encontrarlos y matarnos.

Holly quedó  muy sorprendida ante el hecho de que estos talismanes liberaran al pueblo de los demonios. - Por  el amor de Tehlu. He perseguido a esos entes malignos por montes y valles, por campos y aldeas, quizá éste sea el gran objetivo de mi vida.- Y se inclinó ante la moneda como si fuese un objeto divino.

¿Nos persiguen a nosotros? –dijo Meiko-  ¿Por qué no les perseguimos nosotros a ellos? ¿Qué hacemos aquí escondidos… y vestidos? Ella se quitó la ropa y yo pensé por un momento en aquella mujer desnuda de hace un rato, con sangre de varios hombres por su cuerpo,  junto a los cuerpos amontonados de los bandidos.

No será suficiente. – dije- Cuentan con un poderoso nominador, y contra el que conoce los nombres de las cosas no vale la fuerza bruta. Además, también hay demonios y poderosos guerreros.

¿Qué son los nombres de las cosas? –dijo el resto del grupo- ¿no tienen todas las cosas un nombre? ¿en qué idioma está ese nombre? ¿si las llamas por su nombre vienen? ¿tú sabes ese nombre? ¿tienen apellidos las cosas o vale sólo con el nombre de pila? ¿las cosas hablan? ¿y si una cosa dice su nombre qué pasa?...

Hace magia… dije para cerrar la discusión.

Meiko habló y dijo: iré con vosotros. Me caéis bien, y además el pelear me trae diversión. . Pero tengo mis propios objetivos.

-Yo también iré con vosotros-, dijo Alván, pero ocultaba algo y no lo dijo.

Quizá sea mejor que vayamos separados.- dije yo-  Será más fácil pasar desapercibidos.

Ese día descubrimos que las monedas emitían calor cuando estaban juntas. Cuanto más las acercábamos más calientes se ponían. Pensé que igual tenían algún tipo de vínculo simpático permanente.

Después, casi por casualidad hicimos otro descubrimiento, las pusimos delante de un mapa de viaje, de los Cuatro Rincones, y se movieron solas colocándose donde estaban las siete ciudades, o donde habían estado esas ciudades. Las dos que teníamos se pusieron justamente donde nos encontrábamos nosotros. Una de ellas se puso sobre Vintas. Sobre la ciudad de Severen.

Quizá sea esa la primera que debemos buscar. –dijo Holly- Las monedas nos llevarán unas a otras.

¿cómo iremos hasta allí?, seguramente estos caminos estarán vigilados – dijo Berdine-

Meiko sonrió ante la idea de una pelea.

Nada más decir esto comenzamos a escuchar el sonido de animales cruzando un camino, a lo lejos. Eran los cascos de  unos caballos que avanzaban lentamente, como buscando algo. También se oían relinchos, como si arrastrasen algo pesado, o hubiesen estado recorriendo un largo camino. El sonido se hizo más fuerte.

Sacamos nuestras armas, y nos preparamos para la batalla.





Mientras el tumulto se acercaba, también se oía un ruido de carros. Y mucho más débil un laúd ensayando una canción, una voz ensayando un poema… Eran Edena Ruh. Salimos de aquel pajar abandonado y vimos que una troupe de las grandes, con varios grupos de carromatos se dirigía hacia el este, hacia Vintas.

Ahora teníamos una misión. Había que tomar una decisión y cada uno tomó la suya. O ir con los Edena, o ir por separado a Severen, o ir a cualquier otro de los puntos donde estaban las monedas. A fin de cuentas formabamos un grupo, viajáramos juntos o no. Y las monedas en el mapa nos indicarían dónde estaban los demás.  No diré nada de lo que hicieron mis compañeros, sólo que yo me dirigí hacia donde se veían los carromatos y se oía la música, dispuesto a viajar con los Edena, a pesar de todo lo que había oído de ellos.




En un monte cercano, varios jinetes nos observaban mientras salíamos de aquel edificio abandonado. No los vimos porque estábamos de espaldas a ellos, pero si los hubiéramos visto habríamos contado que eran seis, que uno era una mujer, y que el jefe de todos ellos sonreía.

Y si hubiéramos escuchado tranquilamente lo que decían, en aquel día despejado habríamos oído la siguiente conversación:

Hemos hecho bien en no atraparlos, ahora sabemos que tienen dos monedas y cómo pueden localizarse las demás. Dejaremos que piensen que les hemos perdido durante un tiempo, y cuando los capturemos acabaremos con ellos. Su sufrimiento inspirará a la ciencia tal y como hizo mi abuelo el duque de Gibea.

Qué interesante – dijo la mujer-

Estas palabras me las trajo el viento, y mi mente dormida las escuchó. Lástima que sólo fue capaz de recordarlas cuando fue demasiado tarde…
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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por SenzoTrace el Miér Oct 02, 2013 1:52 am

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“A ver Senzo, abre los ojos. No hace falta que sean los dos de golpe, con uno es mas que suficiente. Va, esfuérzate un poco más. Muy bien, parece que aun ves borroso... Prueba con el otro. No cierres los ojos, ahora no... despierta...”

“Vale, vuelve a intentarlo, abre los ojos. ¡Los dos de golpe no! Todavía da vueltas todo. Así, lentamente, observa a tu alrededor, ¿que ves?”

-No hace más que abrir y cerrar los ojos. Maldito saco de basura, por Tehlu que lo despierto a ostias...
-Más te vale dejar lo de las palizas para más tarde o no creo que consigamos despertarlo de nuevo.

"Dos hombres. Tienen voz de hombre. No, tiene que haber más. Sigue mirando, empiezas a ver mejor."

-¿Han encontrado ya al escurridizo de su amigo? Esa alimaña siempre se escapa. Se supone que ya tienen lo que buscaban de este. ¿Por que mantenerlo con vida? ¿Por que no puedo reventarle ya la cabeza?
-Por que la alimaña también tiene algo que buscamos y este saco de basura es necesario para encontrarle lo antes posible, y como sigas con esto seré yo quien te reviente la cabeza a ti. ¿He hablado claro?
-Transparente... Señor.

"Si... Los reconozco. ¿Solo quedasteis vosotros dos en último encuentro? No, alguien más debió escapar. De todos modos, no sois gran cosa. Si tan solo pudiera moverme unos centímetros...."

-¡Mira! El bicho raro intenta moverse. Para mi que tiene sed, ofrecerle un poco de agua al invitado.
-Ahora mismo... señor.

"¿Y ahora me echarás el agua en la cara verdad? ... Bah, lo sabía, que típico. Al menos esta vez no esta casi hirviendo como la última vez que me lo hicieron."

-Bueno enano, supongo que nos ahorraremos las fases de intimidación y pasaremos directamente a las preguntas. ¿Donde está tu amigo? ¿Y las monedas?

"¿Enano? ¿Llamas enano a alguien más alto que tu y que te ha pateado el culo varias veces seguidas? Si tuviera fuerza para mover los labios o algo de saliva en la boca ahora mismo te escupiría a la cara, cabronazo."

-Muy bien, si no respondes pasaremos a la parte divertida. ¡Tú! Trae los instrumentos, te voy a dejar experimentar.
-¿Por donde empiezo? ¿Le arranco los dientes o le corto los labios?
-Esto es solo el principio amigo, con lo más básico tienes de sobras, coge la barra de acero.

"¿Por favor, un palo? Hay que tener mucha imaginación para usarlo en condiciones, y vosotros no sois muy inteligentes. No le llegáis ni a la suela del zapato de los más compasivos de Tarbean. Si pudiera os avisaría de que no vale la pena intentarlo, pero para qué molestarme, ya lo descubriréis vosotros solitos."

-Empezaré por la cara, es donde le tengo mas ganas. Ahí va, trágate...¡Esto!

"Chicos... venid pronto, por favor..."

____________________________________________________________________________________________________


-¡Berdine! -Grité mientras la cogía del brazo, la situación era un poco tensa y yo fui demasiado brusco, así que se sobresaltó al instante. - Discúlpame, no quería asustarte. Deja que vayan hacia los Edena, tengo algo que preguntarte primero.
-Di...dime.-Me di cuenta que aun la tenía agarrada por el brazo y estaba muy cerca suyo. No me había dado cuenta pero olía muy bien, era como oler una rosa fresca. Una hermosa rosa en un campo seco. Sus ojos me hipnotizaron de tal manera que no caí en el hecho de que estaba apretando con más fuerza, de modo que la solté y me alejé un paso, disculpándome.
-¿Que quieres?-Dijo apartando ligeramente la mirada.
-Siempre que hemos hablado del tema alguno de los tres ha soltado una evasiva, pero me gustaría saber algo. Dijiste que ya habías visto otra moneda igual. ¿De ser así... donde fue? ¿Quien la tenía?
-Bueno, la verdad es que....

En ese mismo instante se oyó el fuerte crujido de una rama a mis espaldas, y suave y rápidamente le tapé la boca con una mano. Miré hacia atrás unos segundos que parecieron hacerse eternos, pero no vi ni volví a escuchar nada fuera de lo normal.
-Deberíamos juntarnos con el grupo.-dije a la vez que pasaba por su lado.
-Respecto a la moneda....
-Será mejor hablar de eso en otro momento.  No te preocupes, cuando estemos seguros volveremos al mismo tema.

Miré hacia atrás una vez más, y me pareció ver algo desaparecer en la espesura. "Imaginaciones mías" pensé. "Llevo una semana de lo más agotadora."

Curiosamente y a pesar de las preocupaciones que me absorbían, aquella noche solo pude pensar en los ojos de Berdine clavados fijamente a los míos,en sus rojos labios y en su olor a flor. Pensé que quizás no era olor a rosa, las rosas son las flores más típicas en una relación entre un hombre y una mujer. No, ella era especial. Era más complicada que una rosa. Ella era azul, como un rayo atravesando el cielo de la noche. Como el profundo mar, donde uno podía perderse a si mismo mirando hacia el horizonte. Ese horizonte que podías observar mirando sus ojos.
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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por Rasec el Miér Oct 02, 2013 3:41 am

En los carros, en el mundo de los Edena , no todo es como lo cuentan las personas que no han estado viviendo con ellos, llevando ya casi cuatro años con ellos sé que ellos son de las personas más nobles y buenas, con todo y sus carencias ayudaron a un chico como yo, que quería ser músico, a salir adelante, ellos son mi familia, no como el Virrey Bannis, ese anciano que es mi padre natural, detrás de su vejez esconde un hombre que se la pasa de burdel en burdel, soy su hijo bastardo y para su mala suerte el primogénito, según las leyes liberales antes decían que debía reconocer a sus bastardos como hijos legítimos pero eso solo era un reconocimiento sin importancia, no sé por qué decidió criarme si de igual manera no me querría ni aceptaría como hijo, recuerdo ese día que me echo solo porque le dije que yo no quería ser un noble que solo se la pasa comiendo y gozando de todo, quedándose en su gran casa, lo que yo de verdad quería (y soy) era ser músico, viajar, ver el mundo. Estos Edena me enseñaron muchas cosas, a tocar muchos instrumentos, a actuar, a hacer *magia* no la magia de los que estudian en la Universidad sino de la que divierte a la gente. En fin ellos me dieron un hogar, le dieron un hogar a un chico que lo necesitaba, que vago por Vintas, por Tarbean, Hallowfell, en Hallowfell me encontraron, parece que les gusto como me ganaba unos peniques tocando mi guitarra, un instrumento extraño para ellos, creado en Yll, me encontré con este instrumento en Ralien, se lo cambie a un viejo calderero por mi laúd, pero vah eso que importa… Escucho mucho ruido afuera…

Por qué el alboroto Varis?- Pregunto

Hay gente, que necesita ayuda- me contesta

Gente? Qué tipo de gente?

De la que necesita ayuda!

Salgo del carromato, Varis y su lógica, me fastidia cuando se pone asi, veo que es un grupo numeroso, hombres y mujeres. Parecen cansados y traen consigo un halo de misterio.

Quieren un poco de vino?- Pregunta Shanon la guía de la troupe.

Uno de ellos, el que parece estar menos cansado y que parece ser el más grande de ellos se le queda viendo. Niega y dice que prefiere agua, respuesta correcta.

Muy bien viajeros de dónde vienen?-Los interrogo

No te importa- contesta una chica que me recuerda a los Adem, pero evidentemente no es parte de ellos

No hay porque ser tan tajante- le contesta Shanon- vengan les presentar al gru…

No tenemos tiempo, por favor, partamos ahora- dice uno de ellos

Maldición quien se creen que son para darnos ordenes… Después de parlamentar con ellos rapidamente, Shanon acepta

Por qué los buscan?- Pregunta el fortachón de Jack, cuando llevamos tan solo 15 min de camino.

Por esto- Una de ellos saca una moneda, extrañamente familiar, de repente me llega el recuerdo de mi *Padre* riendo como loco al encontrar una moneda extraña, parecida a esa, recuerdo que cuando le pregunte el por qué de su repugnante risa me dio una bofetada y me dijo que no me metiera en sus asuntos.

Berdine, no es seguro sacarlas por aquí- se oye decir a un varón del grupo

No importa Senzo, les debemos explicaciones- Dice la chica.

Eh visto una como ellas- intervengo por primera vez en la conversación.

Todos los miembros de ese extraño grupo me miran a la vez, como si tuviera en la cara algún tipo de deformidad horrorosa...

Qué? Como si no hubiera monedas en todo el jodido mundo- Escupo esas palabras como si hablara con bebes...
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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por Ohaura el Jue Oct 03, 2013 2:41 pm

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El viento helado de la noche agitaba las, cada vez más marchitas y vulnerables, hojas de los arboles. El frío te penetraba hasta los huesos como el abrazo de un gélido manto etéreo… y yo lo sentía acariciándome, como afiladas cuchillas, cortando mis mejillas al caminar.

  Otra noche más, otro camino más pateado, otro final de día amargo… Por hoy ya teníamos bastante, habíamos pasado todo el día caminando, seguíamos el rastro a un pequeño grupo de salteadores de camino formado por cinco miembros que, no contentos con haber atacado y robado a viajeros, cometieron incluso la repugnante osadía de robar y agredir a un calderero. Y cualquier habitante de los cuatro rincones con un mínimo de principios éticos sabía que eso era imperdonable.

- ¡Lo sabia! Lo llevo avisando desde que se puso el sol… ¡Los hemos perdido! – Mascullo Jake parándose en seco en mitad del camino.

- ¡Cierra la bocaza idiota, aquí el rastreador soy yo! ¿De acuerdo?- Ordenó Sac reflejando ira en sus ojos - ¡Y yo digo que vamos por buen camino! – Añadió apuntando con el dedo hacia la senda.

- ¿Acaso crees que eres mejor rastreando que yo? – Preguntó Jake con tono mordaz.

- ¿Queréis parar de una vez? Es de noche y hace frio no empecemos otra bronca. –Les pedí armándome de paciencia
.
- Pues dile a ese que no se pase… estoy cansado y hace días que no pego a nadie. –Amenazó Jake con sutileza a Sac.

- ¿Quieres que te parta la cara?, ¡Pues adelante! – Gritó Sac deteniendo el paso y volviéndose contra Jake que aun seguía parado detrás de nosotros.

-¡¡Basta!! –Grité rotunda.- Llevamos todo el jodido día sin parar a descansar ni un momento, estoy cansada, tengo hambre y hoy no voy a aguantar otro numerito de los que soléis montar. –Añadí  con vehemencia.-A estas horas de la noche está claro que habrán parado a acampar en alguna parte y si nosotros tenemos aunque sean dos dedos de frente también deberíamos descansar… sí es que queremos tener algo de fuerzas para poder matarlos mañana.

  Después de mantenerse Jake y Sac fijamente la mirada durante unos instantes pareció que mis palabras hicieran su efecto. No recuerdo quien desvió primero la mirada, pero gracias a Tehlú volvimos a emprender el camino sin gritos, en busca esta vez, de un buen lugar para acampar.
  Mi nombre es Aurae y soy mercenaria… Hace tres años que cobro por matar, para mí ya no es un problema hacerlo, acabar con la vida de esa gentuza ya no me importa nada… Hubo un tiempo en el que no era capaz de hacer nada parecido, ¿hacerle daño a otro ser humano? ¡Ni hablar!... Pero las personas solemos pasar por la vida sin ser conscientes de los peligros que nos acechan una y otra vez, hasta que un día la vida se revuelve contra ti como una mortífera serpiente, te ataca, te acorrala y te muerde, dejando su veneno en tu sangre, recorriendo tu ser, quemándote por dentro…  Ya no me importa perseguir y asesinar a salteadores, bandidos, o violadores, mi vida cambió y yo cambié también.

  Trabajo con Jake y Sac desde hace algo más de un año. Ellos ya son mercenarios veteranos,  aunque ninguno de los dos llega a los cuarenta años, ambos poseen una gran experiencia en el oficio. Cuando yo me uní a ellos llevarían unos seis años trabajando codo con codo, no puedo entender cómo demonios siguen sin poder soportarse después de tanto tiempo. Junto a ellos e rastreado, peleado y matado y si… también robado… pero acaso es un delito robar a un maldito bandido sin escrúpulos?,  ¿Sí?... bueno… entonces que sea el propio Tehlú quien me juzgue…

  No siempre fue así. Antes yo era otra persona. La pequeña Aurae, Hija de Luciana, que murió al dar a luz a mi hermano pequeño e hija de Tillel mi adorado padre y el hombre que en soledad nos crio con su amor.
  Recuerdo la horrible sensación de la sangre de mi propia mano en mi boca, el aciago día en el que nuestra vecina Jess, la mujer del herrero, vino a la casa con lágrimas en los ojos a darme la horrible noticia. Unos ladrones habían asesinado a mi padre. Yo no podía creerlo ¿En realidad  era cierto?, ¿Estaba ocurriendo de verdad? pero… ¿por qué?... Mi padre era humilde, nunca salía de casa sin más monedas de las que fuera a necesitar. Incluso recuerdo haberle visto preparar su talega aquel día para salir a comprar. Guardó el dinero justo para un par de quesos y como siempre el preciado amuleto que llevaba consigo a todas partes, aunque ya no logro visualizar bien como era aquel objeto…
Yo solo tenía diecinueve años y mi hermano catorce, ¿cómo superar la muerte de tus dos padres?, y  que sería de nosotros a partir de ahora… Quería ser la fuerte no defraudar a mi hermano, aquella noche se durmió en mi regazo entre sollozos. Aguante y aguante las ganas de gritar incontroladamente, me mordí la mano para no hacerlo, apreté y apreté y apreté con mis dientes, sentí como mi boca se llenaba de sangre, mis mejillas de lagrimas, mi corazón de cristales rotos…

-¡Oye Aurae! –Masculló Jake sacándome de golpe de mis pensamientos. Todos paramos de caminar. –Llevamos horas sin parar. Acampemos aquí mismo, ¡yo también tengo hambre joder!

-¿Aquí mismo?  -Pregunté incrédula mientras extendía los brazos señalándolo todo alrededor. -¿No estás viendo?

-¿Y qué? Tengo hambre.- Se volvió a quejar Jake.

-¿Y qué?, ¡¿Y qué?! , ¡Serás imbécil! ¿Acaso estas ciego? ¡Maldita sea! –Gritó Sac enfadado. –Como acampemos en mitad de la nada se nos helará el culo, ¿O es que de verdad piensas que podría mantenerse viva la llama del fuego con este viento?

-Necesitamos encontrar algún tipo de cortavientos Jake –Explique tajante.- Si no será imposible poder asar la carne y las patatas… y también deberíamos poder calentarnos un poco, por cierto.

  Retomamos el camino, no sin escuchar algún que otro murmuro por lo bajo de Jake en forma de queja. Anduvimos durante largo rato. No sé decir cuánto. ¿Una hora quizás? Puede que menos. La senda era pedregosa y la tierra árida. Los arboles poco frondosos y demasiado separados entre sí, no conseguían cortar el azote del violento viento. Entonces lo vi a lo lejos una luz espesa, naranja y roja asomaba a unos doscientos metros desde nuestra posición. Pero que… ¿Cómo podían haber conseguido avivar el fuego quien quiera que fueran esos extraños? De repente lo entendí las grandes siluetas negras que se acoplaban alrededor de la hoguera eran carros protegiendo la lumbre. Estaba claro, se trataba de una troupe de Edenas Ruh.

Jake se  quedo mirándome con cara de espanto…  -¿No estarás pensado en ir allí verdad?- Me preguntó casi con cara de asco.

-¿Acaso tenemos otra opción? –Respondí impasible.

-No quiero ir a mendigarles un refugio a los propios mendigos. –Se quejó Jake.

-No son mendigos idiota son personas que viajan, interpretan y cantan para ganarse la vida. –Le replicó Sac.

-¡Buaf! Pues eso, mendigos de pacotilla. –Bufó Jake.

- ¡No son mendigos son artistas itinerantes ¿de acuerdo? Y en mi presencia no vuelvas a insultarlos así! –Sentencié rotunda y proseguí.- ¿Acaso tienes una idea mejor teniendo en cuenta el punto donde nos encontramos?

  Aquella noche fue extraña. Los edena nos recibieron con amabilidad como suele ser costumbre en los Ruh. Sí existía algún atisbo de desconfianza hacia nosotros y nuestra condición de mercenarios, (mucho más pronunciada en el aspecto de Jake y Sac que en el mío), este se esfumó en el momento que nos ofrecieron vino, actué rápido adelantándome a mis compañeros en contestar a sabiendas de la tradición, pedí agua para los tres. Jake y Sac casi me fulminan con la mirada cuándo lo dije. Más tarde se relajaron cuándo les explique el motivo y que ahora en adelante tendrían todo el vino que se les antojase beber cada vez que los encontraran por el camino. Lejos de juzgarnos como hacia Jake con ellos, los artistas troupe nos ofrecieron sus alimentos, nos embelesaron con su música y nos regalaron una sonrisa. Aquel ambiente tan familiar me hizo recordar a la que un día fue mi propia familia… Cuando pensaba en ellos los cristales se revolvían en mi corazón y el veneno de la venganza ardía por mis venas… Por lo menos me quedaba el consuelo de saber que mi hermano estaba a salvo en Vintas, ahora el estaba bien allí…

-¡Amuletos!

La voz de aquel Edena Ruh pronunciando aquella palabra me trajo de vuelta al campamento…

-Si, una especie de amuletos… o eso creí oír… yo en realidad no tengo ni idea de eso…

  Varis era un buen hombre sociable y muy generoso pero estaba claro que cuando bebía un par de jarras de vino de más se le soltaba la lengua. Estaba sentado junto a Sac y le hablaba de algo extraño… ¿Amuletos? No había vuelto escuchar a nadie mencionar esa palabra desde que… bueno… desde que murió mi padre.

-Si. Fue ayer cuando estuvieron aquí  aquel grupo tan raro, hicieron preguntas sobre monedas extrañas… La verdad no puse mucha atención, era difícil concentrarse con hembras hermosas delante, yo mas bien... observaba. –confesó Varis y soltó una gran carcajada después.

-¿Amuletos con forma de monedas? –Pregunté interrumpiendo la risa de Varis.

-Si, algo así… pero yo no lo tengo muy claro. Eso debes preguntárselo al chico, él es el entendido en eso.

-¿El chico, que chico? –Pregunté.

-El mago, ya sabes, el hijo del Virrey Bannis. –Contestó.

  Mi mente empezó a funcionar a mil por hora. Amuletos que son monedas… monedas que son amuletos… Noté el chasquido dentro de mi cabeza, como si un borroso recuerdo de mi padre intentara asomar… empecé de forma obtusa a recordar algo.
-¿Papa, por que siempre llevas esa moneda tan rara contigo? –Preguntaba una cría sonriente de apenas unos ocho años.

-Porque me lo dio alguien muy especial hija mía. –Contestó mi padre con dulzura. Mientras observaba de forma detenida la moneda, añadió para sí pero en voz alta.- Y la protegería con mi vida.

  Mil preguntas se agolparon en mi mente. ¿Tendría algo que ver aquel singular amuleto que solía llevar mi padre siempre consigo con su horrible asesinato?¿Porque querría nadie algo así?¿Las monedas que portaban los miembros de aquel misterioso grupo serian como la de mi padre?¿De qué huían?¿Quiénes eran y que sabían? ¿Hasta dónde sabe el mago que acompaña a los edena ruh? ¿Qué valor pueden tener las monedas?¿Qué demonios hay detrás de todo esto?

-Me levanté de forma muy brusca y rápida, todos me miraron extrañados y expectantes. -¿Dónde está ese chico? Necesito hablar con él. ¿Adónde ha ido?


Última edición por Ohaura el Mar Oct 22, 2013 9:20 pm, editado 2 veces
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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por Old Medie el Mar Oct 08, 2013 12:47 am

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Las pálidas sombras proyectadas por las velas danzaban en las blancas paredes de la habitación, las plateadas lenguas de la luna entrando por la ventana lamían con dulzura los cuerpos de las mujeres que me acompañaban. Las sábanas blancas de seda revueltas sobre nuestras cabezas, y bajo ellas Marion, Marian y yo.
Nos divertíamos como nunca aquella noche de verano, la brisa era fresca y la luna llena casi se sonrojaba mientras veía lo que hacíamos los tres.
Marion era modegana y eso era lo que más me atraía de ella. Ellas si que saben sobre sexo. La veía hacia casi siete meses en secreto y hace dos cortos meses se nos unió Marian, su hija. Ella era el contrapunto de Marion, inexperta y ávida por cosas nuevas, Marion en cambio era experta y gustaba de llevar el control. Los tres aquella noche entre el vino y el Denner hacíamos tormentas en la cama. ¡Cómo me gustan las modenagas!
Yo no soy de allí, lamentablemente, nací en Atur, pero he pasado largas temporadas allá. Me quedaría, pero soy músico, el violín es lo mío y no hay lugar donde paguen más a los músicos que en Imre. Y yo necesito mucho dinero.
Llevo una vida cara y tengo que mantenerme. A mis 33 años soy músico profesional y gano bien, pero la resina de Denner agota mis arcas y a Marion ya no le gusta mucho que le pida prestado. Así que, podríamos decir que estoy un poco complicado. Un poco.
Aquella noche decidí olvidar mis preocupaciones, disfrutar la noche, y de verdad lo estaba disfrutando, estaba muy concentrado en lo mío pues ambas exigían mucho. Marian estaba plácida tumbada de espaldas con el trasero en alto mientras la penetraba y Marion nos observaba mientras lamía y mordía mi cuello, cogí sus pechos mientras mis embestidas comenzaban a ser contestadas por Marian. Entonces bajé mi mano tiernamente por el vientre de Marion hasta llegar a su sexo y mis dedos se perdieron dentro de ella. Estábamos los tres tocando el cielo y sus gemidos subían hasta el punto de oírse hasta en la Universidad, llegamos hasta el éxtasis los tres casi al mismo tiempo. Fue perfecto.
Los tres nos tumbamos en la cama, a mis costados las dos mujeres más hermosas de Imre y sobre nosotros la cálida sábana nos protegía de la brisa nocturna que ahora enfriaba la habitación. Entonces lejano cómo si sonara en otro mundo sentí el sonido de la perilla de la puerta, mis miedos asomaron en la superficie de la cama. Encajé todos mis sentidos y pensé rápido, pero nada. La puerta se abrió y Erlus el esposo de Marion entró en la habitación.

—¡Por Tehlu, Marion! ¡Sé que estás con tu amante, pude oírte desde dos calles! —Lentamente la cabeza de Marion surgió de las sábanas para hacerle frente a Erlus.

—¡Maldita furcia, te golpearé hasta que Dios no pueda perdonarme! —Entonces me asomé.

—¡Tú! Gañán, el músico de La Calesa, debí saberlo por como mirabas a mi mujer, pero haré que te echen de allí y te meteré en la cárcel, y cuando salgas no dejaré que te acepten en ningún otro lugar. ¡No podrás tocar ni en una puñetera taberna de tres paredes y un techo!

Bueno, eso me lo temía, de verdad. Sabía que andar con la mujer del juez tarde o temprano terminaría mal. Pero aún faltaba lo mejor. Marian asomó la cabeza.

—¡TEHLU! ¡Maldigo sobre tus ángeles! Marian, Marian. Por Dios ¿Que has hecho?. No, no. Fuiste tú mujer, llevaste la perdición a nuestra hija. No, fuiste tú ¡maldito gañán! ¡Te mataré, te mataré ahora mismo y tu sangre en el piso y en mis manos será mi único consuelo!

Salió de la habitación dando tumbos y fue, seguro por la maza de guerra que tenía de adorno en el primer piso. Era la única arma que tenía la casa.
Salté pensando en que sabía que mi cuerpo no podía ser dañado, luego se me vino la imagen de mi cuerpo desnudo y sangrante en el piso y preferí no probar suerte, Marion salió de la cama y me ayudó a coger mi ropa desparramada por todos lados, entonces vi mi única salida. La ventana. Estábamos en el segundo piso y sería una caída fea, podría romperme hasta un tobillo, Marion me miró y me leyó el rostro.

—¡Vete, vete luego Sven! Lanzate por la ventana que será peor ver tu cabeza abierta en mi pieza que una pierna rota, piérdete de la ciudad y encuéntrame en un tiempo más. —Me besó sólo como ella lo hace y apenas tuve tiempo para ponerme el pantalón y una bota, aunque sí tuve tiempo antes de lanzarme para escribir una runa en el marco de la ventana. Caí sin rasguños, y me calcé la otra bota mientras el frío frescor me helaba el torso desnudo y sudado, di unos pasos llegando a la calle cuando el juez empezó a gritar. —¡Maldito! ¡Sé donde vives! ¡No hay en todo Imre un solo nido de ratas en donde no te vaya a encontrar! ¡¿Me oíste?!

Apoyado en el marco, con medio cuerpo fuera y agitando el puño el juez cayó ventana abajo cuando el marco se destruyó a causa de la madera podrida, la runa que grabé hizo un efecto casi instantáneo.

CAPITULO XII

Una semana después estaba en Severen. Viviendo en una agradable posada sobre el tajo. Si lograba hacerme un renombre aquí no necesitaría ir más a Imre, y modeganas hay en todas partes.
Aquella noche, demostraba todo mi talento en la posada más exquisita del lugar. Nobles y más nobles abarrotaban el lugar, y atraía la mirada de todos, hasta los trabajadores del local dejaron sus quehaceres y me oyeron.

Al final de la noche tenía la bolsa llena, una preciosa noble me hacía caídas de ojos y los más respetables me ofertaban buenas sumas para que tocara en sus palacios.

La mañana siguiente desperté entre almohadones de seda.
—¿Haces ejercicio Sven? —Preguntó la noble que la noche anterior me hacía caídas de ojos.

—Mantengo mi musculatura a base de ejercicio, ya te imaginarás del cual. —Le respondí mientras abrazaba sus caderas desnudas. Su cabello castaño se mezclaba con el mío, ambos largos y del mismo color.

Aquella mañana me la pasé aprendiendo los nombres de los nobles que conocería. Aquella noble me abriría las puertas hacía palacios cada vez más grandes. No podría haberme ido mejor.
Una vez pasada la velada, uno de los nobles pidió ver mi violín, cosa que siempre piden hacer estos tipos, por supuesto que aunque me molestó se lo mostré de mala gana.

—Aquella marca, ¿Se ha hiciste tú? —Se refería a la runa que había hecho en el mástil de mi violín, descubrí que esa runa en especial hacía que mi música le gustase a todo el mundo, aun si tocara chirridos con mi violín a todos sonaría espectacular.

—Sí, es una especie de firma mía, algo de buena suerte. —Mentí. Hace tiempo que aprendí a hacer esas runas, las saqué todas de un talento de oro que gané jugando una partida de esquinas, era grande, me cabía en la palma de la mano. Dependiendo de la runa que hiciese podía provocar un efecto en el objeto en particular, enfriar, calentar, romper, la herrumbre. Hasta conozco una runa la cual tallaba en las puntas de las flechas para que nunca fallaran, experimenté bastante en mi juventud. También llevo una runa tatuada en el pecho, una vez se la hice a un reloj de bolsillo y hasta golpeándole con un martillo sobre un yunque no se pudo romper. Entonces me tatué aquella runa en el pecho bajo el corazón y nunca más me resfrié, me torcí un tobillo, o sufrí alguna injuria. Hasta el Denner no me produce efecto de abstinencia.

—Interesante. Sabes, me gustaría mostrársela a un amigo mío, es cercano al Maer Alveron, su nombre es Caudicus.

—¿Es que acaso el Señor Caudicus gusta de ver firmas? La verdad es que no entiendo para qué querría verla.

—Oh, ya verás porqué. Ya verás. —Dijo, mientras sonreía amablemente. —Caudicus es un experto historiador, y gusta de ver firmas familiares, seguro que le encantará la tuya, es muy original y extraña.

—Gracias.

Aquella noche terminó en aplausos para mí, un buen vino y promesas de mecenazgo. Claro que, primero tenía que hacer quedar bien al Conde Lúdico mostrándole mi firma y un poco de historia al lame culos del Maer, Caudicus. Luego Visimo el lame culos de Caudicus me añadiría a sus trovadores personales, y yo podría vivir holgadamente en Severen gracias al mecenazgo del Conde.

La noche siguiente vestía mis mejores galas, una camisa de lino blanca combinada junto con una chaqueta azul profundo, mis botas de cuero negro que apenas había usado tres veces y para combinar mi capa negra. Todo coronado con un sombrero negro con pluma azul.
Salí de mi posada con rumbo al palacio del Maer junto con Mathey, la noble que me abrió las puertas.
Llegamos en carruaje por la puerta principal del palacio, un portero abrió las rejas y nos demoramos por lo menos dos minutos de la entrada del palacio hasta la puerta del mismo.

—Los jardines del Maer son bastante extensos. —Le mencioné a Mathey.

—Deberías ver los de atrás, si no vas acompañado podrías perderte allí una noche entera.

—Si voy acompañado por ti, también podría perderme la noche entera.

Nos bajamos del carruaje y nos abrieron las puertas, dentro del palacio nos esperaban bastantes criados, recibieron nuestras capas, y nos condujeron por largos pasillos. Todo estaba bien iluminado por candelabros y grandes velas en las paredes. Habían guardias en una que otra puerta. Caminamos y caminamos, el palacio parecía un laberinto. Mathey sonreía cariñosa pero yo estaba empezando a preocuparme, no parecía que nos dirigiéramos hacía algún gran comedor o algo así, más bien nos íbamos hacía un extremo del palacio. No quise hacer preguntas, preferí guardármelas.
Llegamos a una gruesa puerta de roble, los criados la golpearon un par de veces y Caudicus apareció.

—Buenas noches, adelante pasen.

—Buenas noches Señor. —Dije con mi mejor voz. Mathey saludó a Caudicus como si lo conociera hace tiempo, y dentro de la habitación estaba Lúdico y tres chicas bien vestidas, ¿prostitutas modeganas?

—Bienvenido Sven, me han hablado algo sobre ti, mi nombre es Caudicus, y como pudiste notar soy el Arcanista del Maer.

—Gracias por la bienvenida señor, he oído de los arcanistas, pero nunca he visto uno en persona. Dije mientras mi mirada iba de un lugar a otro, observando ese lagarto gigante colgado, la mesa llena de botellas pequeñas y cosas que usan los químicos, la estantería llena de libros de todos los tamaños, y por supuesto iba entre las tres damas que estaban sentadas en un largo sillón junto al Conde tras de Caudicus. Una era pelirroja, otra morena y otra rubia, mis ojos expertos las miraban con detenimiento, no podía decidir cual era más hermosa que la otra.

—Verás Sven, te he traído por una cosa en especifico, me gustaría ver esa firma que tiene tu violín. Soy un historiador y en este momento estoy escribiendo un libro muy extenso sobre la genealogía de los Lúdick y para mí y el Conde Lúdico sería de mucha ayuda verla.

—Miente. —Susurró la chica rubia desde atrás.

—Pues bien, no he traído mi violín como podéis ver, pero dadme papel y pluma y os la dibujaré. —Acto seguido Caudicus hizo aparecer frente a mi ambas cosas, todos nos acercamos a la mesa y allí escribí mi runa, era la paga por dejarme entrar en el circulo de Severen.
Caudicus la miró meticulosamente y formuló la pregunta indicada.

—¿Y te la inventaste tú, o la sacaste de algún lado?

—La he inventado yo.

—Miente. —Dijo la chica rubia, por su acento estaba seguro que era modegana.

—¿Perdón?. —Dije con un tono casi ofendido, la rubia me estaba haciendo quedar mal frente a mis próximos mecenas.

—Pues verás. —Dijo Lúdico con un sonrisa fingida. —Anabella tiene tatuada en el cuello una runa antigua, así cómo tu firma. —Dijo con tono jocoso. —La runa hace que siempre pueda saber quien miente.

—Interesante, ¿Y la pelirroja y la morena también tienen runas tatuadas? ¿Cual es la magia? —Dije con un tono exasperado. Esto se puso feo de un segundo a otro, al parecer no habría ni mecenazgo, ni dinero, ni modeganas. Me estaban tendiendo una trampa.

—Ya lo sabrás mi querido Sven. —Dijo Mathey.

—¿Qué quieren de mí, Mathey? ¡¿De qué se trata esto?! —Grité casi sin notarlo.

—Tranquilo Sven, sólo queremos información. Dime la verdad y podrás irte sin problemas de aquí.

—Miente. —Inquirió la blonda. Lo siseaba como una serpiente.

—Lúdico hazla callar por favor.

—Lo siento Caudicus, si alguien miente ella lo tiene que decir, está obligada.

—Bien, entonces no me dejaréis ir, aun si te digo la verdad. Grandioso. Entonces por qué decirte la verdad, ¿No? Ademas ¡Un par de mujeres y dos locos no me impedirán largarme de aquí! —En ese momento Caudicus bajo la mano y sacó de sus bolsillos un pequeño muñeco de cera, tenía un largo pelo castaño engarzado en la cabeza.

—Sven, lamentablemente Mathey no pudo sacarte ni una gota de sangre, porque según ella tu piel se resistió a la aguja.

—¡Es verdad! —Gritó molesta Mathey. La rubia parece que le creyó. —Debe ser por esa runa que tiene tatuada en el pecho.

—Aun así el pelo es suficiente. —Dijo Caudicus, luego levantó la mano y apretó con fuerza el muñeco. Una fuerza sobrehumana me aplastó por los costados quitándome el aliento y dejándome el pecho vacío de aire. Por unos angustiosos segundos pensé que moriría asfixiado hasta que me soltó.

—¡El Maer se ha rodeado de brujos y nigromantes! ¡Malditos sean! ¡y vos Caudicus el primero! —Escupí a bocajarro y mordaz,  

—La verdad, hace tiempo que estoy maldito... y uno acaba por acostumbrarse. Espero que entiendas rápido, no te pido mucho, solo que me digas de donde aprendiste las runas. Dime eso y no te mataré.

Al menos decía la verdad.

—Te diré pero, ¡Prométeme que no me matarás!

—Lo prometo. —Dijo solemne y la rubia me miró con una sonrisa pícara.

—Bien, hace tiempo, unos trece años, jugué una partida de esquinas en Modeg, le gané un talento de oro a un Barón borracho en una fiesta en el palacio del Solsticio. El talento lo guardé muy bien pensando en que me serviría en mis tiempos de escasez. La miraba todas las noches, era como mi amuleto de buena suerte, ganaba todas las partidas. Era como si el talento me diera suerte.
Entonces le presté verdadera atención. La estudié por años en secreto hasta que noté la secuencia y pude dividir las runas en unidades, las fui probando y ya entenderás el resto de la historia.

—¿Cuantas otras runas conoces?

—Sólo esta y la que tengo tatuada.

—Miente.

—¡Por las pelotas de Tehlu! Conozco varias. Varias.

—Me las mostrarás todas. ¿Y el talento, aún lo tienes?

—No.

—Miente. —Siseó la víbora rubia

CAPITULO XIII


Mi reloj encantado retumbaba las una. Estaba esperando noticias sobre Ar-Gular. Un esbirro de Caudicus, que le seguía la pista a los portadores de uno de los talentos, o amuletos, ya no sé cómo llamarles. Se supone que habían varios, Cuando Caudicus tuviera el mío y el otro podría buscar los demás. Mi talento yacía en el Banco de Tarbean por supuesto. Una vez que copié las runas lo guardé, junto con mi suerte al parecer. Los nobles de Severen gustan de cosas extrañas, existía una Secta y yo tuve la mala suerte de caer en medio de ella. Le había entregado todas las runas que sabía a Caudicus, claro que todas con pequeños fallos. Anabella no estaba con nosotros en ese momento, pero sí la morena. Luego de eso, Caudicus me dijo que esperaría a uno de sus hombres, Ar-Gular y con él iría a Tarbean por el talento. Me pagaría muy bien por él si todo salía sin problemas. Me pregunto si mentiría.

Mi reloj encantado retumbaba las una y un cuarto. Estaba de pie en los parques mirando el horizonte, en lo alto del tajo junto con la morena que me seguía a todas partes.

—Y tú, ¿Tienes nombre?

—Blizz

—¿Y se puede saber que haces tu runa?

—No.

—Y... ¿Donde la tienes tatuada? —En su rostro siempre serio asomó una sonrisa.

—En el vientre, abajo.

—Me gustaría verla. Ya sabes, para estudiarla.


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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por Bast el Jue Oct 10, 2013 9:19 pm

El grupo había crecido exponencialmente. Mi instinto me indicaba que estábamos en un peligro mayor del que todo el mundo creía. Si mi instinto tenía razón solo lo sabríamos con el tiempo.  Inconscientemente, me metí la mano en el bolsillo y palpé lo que tenía en él. Sonreí mirando la luz de la luna. Sin duda todo era raro. Había prometido proteger a Holly de cualquier amenaza y antes de que me diera cuenta ya estaba viajando con mucha gente. Ojalá todo fuera como en esos momentos, pero lamentablemente, lo bueno no duraba para siempre. Suspiré nuevamente. ¿Acaso estar con gente solo me traía ese recuerdo? No, definitivamente esos recuerdos del pasado habían vuelto por el incidente en la posada, pero no era momento de pensar en ellos. De algún modo, dejé de estar tan tensa para empezar a relajarme y disfrutar de todo.

¿Por qué estaba tan tensa? No sabría decirlo, pero intuía que algo no marchaba bien. Detectaba peligro inminente y debía estar alerta. Físicamente era de ayuda y sentía que, pese a que algunos de sus acompañantes hubieran estado toda su vida en los caminos, dudaba que pudieran luchar de igual a igual con alguien experimentado en matar, tales como mercenarios o bandidos. Detecté la mirada preocupada de Holly y le eché una sonrisa tranquilizadora.

-Estoy bien.-le dije, para luego seguir sumida en mis pensamientos-.“¿Por qué alguien querría las monedas antiguas? Ya hemos visto que conducen a algún lugar, pero… ¿Qué misterio esconden en realidad? Me pregunto si tú ya sabías el significado de todo esto… “.-Nuevamente suspiré y centré mi atención en la luna-.“Asi es. Aunque alcemos las manos, apartemos las nubes, atravesemos el cielo, y atrapemos la Luna, nunca lograremos alcanzar la verdad. La verdad de lo que pasó hace tiempo.”

Como poseída por dicho sentimiento de melancolía, no pude evitar tararear una canción que oí hace mucho. Se me quedó fácilmente, puesto que no eran de las típicas, tal como “Calderero Curtidor”, entre otras. Esa canción que tarareaba, en cierto modo se ajustaba a mí, la sentía parte de mí.

Il giudizio finale sta per essere emesso
Nessuno può emendarsi dal peccato che scorre nelle vene


El juicio final debe ser emitido
Nadie puede reparar el pecado que corre por las venas


Uminari no shirabe ni kurokumo wa sora e tsudou
Arashi wo yobu kaze wa takaraka ni


Las nubes oscuras se reunen en la melodia del mar retumbando
Los vientos de la tempestad empiezan a sonar


Nazomeku koto no wa ni mahoutachi wa fukumiwarau
Ibitsu na yoru no utage wa kurikaesu


Las palabras enigmaticas hacen reir a las brujas
Mientras el banquete de esta noche irregular se repite



(Sperare) Naraku e to ochita
(è peccato?) Kin-iro no chou wa
Ikutsu no tsumi ni  hane wo nurashite yuku no?


(Esperanza) Cayendo hacia el infierno,
(¿Pecado?) ¿Estas mariposas doradas
sumergieron sus alas en cuantos pecados?


Nakanaide
Torawareta gensou wo kowashi
Ichidokiri no shuuen wo ageyou
Hatasenai yakusoku wa mune no oku kogetsuite
Akaku akaku hazeteku yo, nee


No llores,
destruye estas ilusiones prisioneras
Solo una vez, alzate sobre tu muerte
Aferrate a las promesas incumplidas en tu corazon
Y revienta el rojo, rojo profundo!


Tu sei senza peccato?
Quanto sarà  pesante il mio castigo?


¿Estas libre de pecado?
¿Cuanto pesa mi castigo?


Ni siquiera sé en que en momento dejé de tararear para empezar a cantar la letra, pero tampoco me importó. Estaba con mi cabeza y mis sentimientos en otro lugar. En un lugar de un pasado no muy lejano. Pero, pese a mi estado, pude ver bien algo. Una flecha se dirigía directamente hacia mí. Apenas me dio tiempo de esquivarla echándome hacia atrás, siendo arrancados algún que otro mechón de pelo. Sin duda, el que había atacado iba a por mi cabeza. No lo pensé ni un segundo, me puse en pie y me adentré en la oscuridad de la noche.

Avancé unos metros a través de los árboles, con cautela. Cuando mis ojos se acostumbraron nuevamente a la oscuridad apresuré la marcha, hasta que llegué a un claro. En ese claro había una serie de personas. Conté unas diez personas. La luz de la luna era la única iluminación en ese claro. Juzgando por las ropas que llevaban, eran unos asesinos.

-Jefe, conseguimos atraer a la rata hasta la trampa. Misión cumplida.

-Cállate idiota. ¿Recuerdas a quien estamos tratando?-respondió otro, que parecía ser el del centro.

Avancé unos metros más, lo bastante para ver los rostros. Sin duda podía afirmar que todos eran hombres si no fuera por la figura de una mujer entre los hombres.

-Estamos tratando con alguien que podría matarnos con solo chasquear los dedos.-respondió otro de ellos. La mujer avanzó hacia mí.

-Por orden del maestro, ha llegado tu hora.

Al escuchar esa frase mi sangre hirvió y apreté los puños hasta que se me pusieron blancos. Aunque estos fueran unos asesinos de poca monta, no eran bandidos o soldados. Eran asesinos entrenados cuyas armas estaban cubiertas de veneno.

-Venid a matarme, si podéis.-dije rotunda.

Nadie se movía, entonces decidí irme de allí, fue entonces cuando ellos decidieron dar un paso, golpeé al primero que se me acercó estampándolo con un árbol. Eran asesinos, pero contra mí, estos tíos no tenían posibilidades atacando a lo loco.


-Es tan fuerte como dicen las leyendas, jefe. Menos mal que tenemos el plan en marcha. Aunque perdamos nuestras vidas, otro pelotón atacará a tus compañeros de viaje. Esas monedas estarán en manos del maestro cuando eso pase.

-Hablas demasiado.-dijo uno de los hombres dándole un sopapo al que había hablado.

Apreté los puños. Me sentía impotente, ahí me habían pillado. No, ellos estaban juntos. Sobrevivirían a la horda. Tan sumida en mis pensamientos estaba que no me di cuenta de nada hasta que fue demasiado tarde. Una simple orden y al girar mi cabeza vi que la mujer se lanzó hacia mí con un cuchillo y por la espalda. Reaccioné rápido y la golpeé como pude, aunque fui cortada. Seguramente todo tuviera veneno. Me chupe la herida por si acaso y me dispuse a dejar inconscientes al resto. Debía volver con el grupo rápido, pero al llegar a ellos vi que todos estaban sanos y salvos. Para alivio mío.

-Siento haber desaparecido así. Fui a encontrarme con alguien-dije en tono cordial, casi con deje de broma mientras otra vez me dejaba la ropa tirada por el suelo. Suspiré y sonreí mientras les daba alcance. Me volvi a vestir y añadi-Chicos, quiero ir a un sitio que nos coge de paso. ¿Me acompañaréis? Solo es desviarnos ligeramente de nuestra ruta.

Dieron un paso adelante sin ser capaces de volver de un universo empapado en un mar de sangre.
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