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FIC COMUNITARIO

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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por Albertet el Jue Oct 17, 2013 12:01 am

Interludio:

Cuando vi los carromatos de los Edena Ruh, supe que allí viajaríamos seguros y sobre todo, escondidos de miradas ajenas. Las monedas mágicas que llevábamos no llamarían la atención en un pueblo acostumbrado a encontrarse con todo tipo de dinero como pago por sus actuaciones. Tampoco la variedad de nuestro grupo sería vigilada en los caminos, pues entre los Edena hay hombres y mujeres de todo tipo, y muchos suelen viajar disfrazados mientras ensayan las obras de teatro, canciones, poesía... Y lo más importante, pensé, a la gente normal no le gustaba viajar con los Edena Ruh. Sí, disfrutaban al verlos actuar, pero detrás de un escenario y bien lejos, no al lado tuyo.

Yo mismo, había oído en mi Atur natal un montón de historias sobre los Edena Ruh. Algunos decían que no les gustaba trabajar, que vivían todo el día cantando canciones y dando palmas. Otros contaban que si te encontrabas a un Ruh en un callejón solitario, te quitaría la bolsa amenazándote con una navaja. Incluso se decía que en las bodas Ruh le hacían a la novia una extraña prueba con un pañuelo. Pero la historia más curiosa que oí, ésta en Imre, es que los Ruh daban a los niños caramelos con denner para engancharlos desde pequeños.

Por supuesto sabía que este tipo de historias suelen ser exageraciones y mentiras, pero por si esta última tenía algo de verdad, todavía guardaba dos pequeños sacos de denner en los bolsillos. Nunca se sabe dónde puede estar el negocio.


Última edición por Albertet el Mar Oct 22, 2013 6:59 pm, editado 1 vez
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Mensaje por Viajera el Dom Oct 20, 2013 5:17 pm

Aún no estoy muy seguro de cómo me he visto envuelto en medio de todo esto, lo único que tengo claro es que ahora no puedo echarme para atrás. No al menos después de haber visto esas monedas. Ese fue el único motivo por el que permití que esa especie de perturbada exhibicionista me obligase a acompañarla, porque vi la moneda que la otra mantenía oculta, un leve vistazo pero lo suficiente como para despertar en mi memoria una vieja historia que mi madre me contaba todas las noches cuando era niño, mientras me peinaba y me acostaba. Sabía que era imposible que se tratase de esa moneda, estaba convencido de que no eran más que un cuento, pero cuando la vi tuve el fuerte presentimiento de que debía continuar por ese camino y ahora veo que no me equivocaba. En contra de toda lógica esa historia es real, al menos una parte de ella y si el resto también es cierto…no se trata de algo que pueda caer en malas manos y, sinceramente, no estoy seguro de hasta  qué punto nuestras manos son las correctas. Una loca máquina de matar, una exorcista de demonios, un ladrón, una niña rica modegana cuyo rostro me es demasiado familiar, un traficante....y luego estoy yo, perseguido también por mis propios demonios. Pero ya no es sólo esa historia, hay algo más, de pequeño siempre escuchaba a hurtadillas las conversaciones que mi padre mantenía con otros soldados, a veces bebían demasiado y decían cosas incoherentes. Recuerdo una noche en particular en la que hablaron de la historia de las monedas, mis recuerdos de aquella época son difusos, apenas recuerdo otra cosa que no fueran los gritos de mi padre resonando por toda la casa y el asqueroso olor de sus bebidas…pero creo que puedo recordar algunas cosas que dijo sobre esas monedas y la historia que él contó no era como aquella que escuchaba cada noche, era más siniestra, más llena de oscuridad…¡maldita sea mi memoria que no soy capaz de recordar! Sé que había algo muy importante relacionado con esa vieja leyenda…

  -Siento haber desaparecido así. Fui a encontrarme con alguien- la voz de esa mujer, Mei, rompió totalmente el hilo de mis pensamientos, me giré y vi con alivio que se estaba poniendo la ropa- Chicos, quiero ir a un sitio que nos coge de paso. ¿Me acompañaréis? Solo es desviarnos ligeramente de nuestra ruta.
  -¿Desviarnos?- Holly la miró con preocupación- no creo que debamos…
  -Sólo será un momento, iremos.

La joven exorcista puso los ojos en blanco y suspiró.

  - Está bien, ¿a dónde quieres que vayamos?
  -Hay un bosque cerca de Salsabil y Vintas. Allí.

Mi cabeza se alzó bruscamente al escuchar ese nombre. Ese pueblo está a apenas una hora de camino de Adernis…creí que nos encontrábamos mucho más lejos pero recuerdo que mi tío me habló de ese lugar cuando le informé de mi viaje. Si pudiese ir a Adernis…si pudiese hablar con él…zanjaría de una vez por todas uno de mis demonios y podría también descubrir el resto de esa historia que le escuché contar… Vi las caras de duda de los demás miembros del grupo y supe que tenía que intervenir.

 -Iremos- mi voz sonó algo más autoritaria de lo que pretendía. Todos miraron en mi dirección sorprendidos y sé que esta vez no vieron al viajero que dejé que vieran desde el principio, esta vez vieron al general que soy- Tengo asuntos que resolver y apenas sabemos nada de esas monedas, lanzarse a la aventura de algo que desconocemos por completo sería una estupidez. Debemos meditar sobre los pasos que vamos a dar y cómo los vamos a dar. Desviarnos unos días de nuestro camino podría marcar la diferencia entre la ignorancia absoluta y la simple ignorancia. A fin de cuentas no creo que tengamos prisa.

  -Perfecto- Mei esbozó una sonrisa complacida de la que no podía fiarme ni un pelo- en ese caso ya estamos tardando. Caminad.
  -¿Siempre es tan mandona?- oí como susurraba la joven modegana al otro chico, Senzo.

Contuve la risa al recordar mi primer encuentro con Mei y lo que había pasado. Me temo que los recién llegados aún tienen mucho que descubrir.

  -Creo que puedo asegurar que nunca conoceréis a alguien igual- comenté mirándoles con diversión.

La joven me miró unos segundos y su acompañante soltó una risita. Su miraba volvió a despertar en mí ese sentimiento de familiaridad. Una familiaridad que cada vez me convence más de que ya he visto a esta mujer antes….
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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por Rasec el Mar Oct 22, 2013 5:12 am

Interludio:

-Acérquense! Acérquense!. El mago y músico Gabint va a comenzar su función!-. Escucho que grita mi infiel compañero Ruh, Varis.- Desaparece monedas para luego sacarlas de su oreja! Quema cosas con solo verlas! Y se desata de un nudo de horca antes de que lo sentencien!-.

Salgo de mi carromato, con una moneda escondida entre los dedos, y en la otra mano una tarjeta chispa. Me quito mi sombrero de pluma y me enfrento al público.

-Buenas noches damas y caballeros, niños y niñas de Vintas, hoy les presentare mis trucos de la magia más antigua del mundo, pasada a mis conocimientos gracias a los viejos pobladores de Yll, para mi primer acto necesito que usted bella dama-. Señalo a una hermosa chica de ojos verdes y pelo rojizo -. Me dé su mano solo un momento-. La chica me tiende la mano y yo la tomo y con delicadeza se la beso-. Quiero que la extiendas y la abras, por favor, necesito que me mires fijamente a los ojos-. Lo hace, parece nerviosa, perfecto-. Quiero que te concentres y pienses en que estas forjando una moneda en tu mente-. Le aprieto la mano con la mía, donde tengo la moneda-. Vamos! Piensa! Concéntrate!-. Parece que de verdad se esfuerza, que divertido. Al final suavemente retiro mi mano y la de ella está la moneda que tenía escondida-. Aaah! Eso guapa, lo has logrado.

El público aplaude, se ve muy contento, y eso que es el primer acto. Para el final de la noche el público queda satisfecho y yo me divierto con la joven de los ojos verdes, esto de ser Ruh no es tan malo, casi creo que de verdad nos robamos a las mujeres.
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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por Albertet el Miér Oct 23, 2013 12:46 am

PARTE 1:


Poco a poco y casi sin darnos cuenta las semanas habían ido pasando. El otoño daba ya sus últimas mañanas cálidas, en las que podíamos viajar al aire libre, caminando al lado de los carromatos, mientras los caballos recorrían los caminos que llevaban a la ciudad de Severen. Otros días, sin embargo, traían un viento frío que nos obligaba a viajar dentro de aquellas casas con ruedas. Esos eran los días que contábamos historias y compartíamos canciones con los Edena Ruh.

Nuestro grupo pasó el viaje como si fueran unas vacaciones. Continuamente estábamos oyendo música, por lo que viajábamos relajados, habiendo dejado atrás la tensión de los últimos días. Lo mejor es que nunca vimos ningún signo de nuestros perseguidores. Alván y Meiko actuaban como guerreros que eran y hacian las guardias, vigilando por delante y por detrás de la hilera de carromatos. Holly se encargaba de revisar el contenido de las obras religiosas, dando detalles que daban más realismo a los espectáculos, Senzo ayudaba en múltiples tareas de carácter más práctico y poco se fue haciendo casi imprescindible. Berdine se había integrado tanto en la troupe tocando su lira, que parecía que siempre hubiera formado parte de ella. En cuanto a mí, durante todo el viaje me dediqué a practicar la simpatía y la sigaldría que había aprendido en la Universidad.

La troupe quería llegar a Severen antes del solsticio de invierno, en los días del Gran Duelo. En esa fiesta popular se hacían representaciones de la lucha de Tehlu y Encanis, y la gente se disfrazaba con máscaras de demonios. Pensaban que durante esos días llenarían la bolsa para todo el invierno.

A veces nos alejábamos de los Edena para hablar sobre las monedas y tomar decisiones sobre nuestro futuro. Cerca de nuestro destino decidimos dejar la troupe e ir a un pueblo cercano a Severen, Salsabil. Algunos del grupo tenían interés en ir allí, y yo no pregunté por qué. No sabía que esa decisión nos acabaría salvando la vida.

Durante esos días los Edena decidieron que una buena parte de la troupe se diera un poco más de prisa en su camino hacia la ciudad para preparar el alojamiento y el lugar donde darían sus espectáculos. Mientras tanto, la otra mitad iría más lenta para dar tiempo a fabricar los disfraces, pintar las máscaras y ensayar las representaciones. Este dividirse en dos mitades lo habían hecho ya en otros acercamientos a grandes ciudades, y solía funcionar muy bien, cada uno sabiendo la función que le tocaba. Nosotros nos quedamos con los más lentos, los que se dedicaban a pintar las caras diabólicas para actuar en el Gran Duelo.

….
Por fin llegó el día de nuestra despedida. No habíamos dicho nada a la troupe. Era mejor que no supieran que nos íbamos hasta que estuviéramos bien lejos. Habíamos decidido que tras abandonar los carromatos y montar el campamento unos kilómetros al sur, yo recorrería los últimos metros de vuelta y hablaría con los líderes de esa mitad de la troupe para avisarles de nuestra partida y pedirles que no hablaran a nadie de nosotros.

De todas formas, aunque hubiéramos anunciado nuestra marcha, no sé si nos hubieran prestado mucha atención, porque estaban entretenidísimos con la extraña vasija que habían encontrado en el túmulo. Días atrás un malabarista que se iba solo a preparar sus trucos había encontrado unas ruinas, y revolviendo en ellas, además de algunas tumbas y armas antiguas, un objeto en el que estaban dibujados varios demonios, y escritos sus nombres en varias lenguas. El objeto ideal para inventar máscaras para el Gran Duelo.

Precisamente en esa vasija pensaba yo, cuando un hombre se me acercó riendo:

Uhhhh, soy Ferule, el malvado Ferule de ojos negroos, uuuuh.

Y se fue. Otros ya habían preparado también sus disfraces. El de un hombre con la cara negra les gustaba mucho, y se lo habían pedido varios. – Venid a ver el poder de Alaxel, el hombre sin cara- decía otro.

Dejé atrás a Alenta, la mujer pálida, y a Dalcenti, de color gris.

Vamos Berthus -me dijo Senzo- los demás ya están abandonando el campamento.

-Qué ganas tengo de irme- contesté. -Ya me cansa un poco tanta fiesta y tanto disfraz-. Y lentamente nos fuimos alejando. Antes de dejar atrás una cuerda donde tendían la ropa a secar me llegó el eco de sus voces…

Cuando de azul se tiñe el fuego del hogar
¿Cómo podemos actuar, cómo podemos actuar?
Salgamos corriendo, escondámonos huyendo

Cuando tu reluciente espada se empieza a herrumbrar,
¿En quién confiar?, ¿en quién confiar?



PARTE 2:

Tras un rato de camino, llegamos donde estaban los demás. Alván encendía un fuego. Holly leía el Libro del Camino y estudiaba la moneda que había encontrado hace unas semanas; Berdine miraba con pena el sendero que la alejaba de los Edena Ruh, y Meiko, totalmente desnuda, estaba pensativa.

Senzo caminaba delante de mí, y algo sobresalía de su bolsa de viaje. Un papel arrugado, pero con firmas y sellos importantes. Se lo cogí.

¿Qué es esto Senzo?- Y leí el papel. Lo que leí me enfadó. –Senzo, esto es la licencia del Maer Alverón para actuar en sus tierras- ¿por qué la has cogido?

Podría ser un buen disfraz para nosotros si nos encontramos con guardias cerca de Severen –dijo Senzo- Podríamos fingirnos parte de la troupe.

Es muy buena idea-dije yo- pero los Edena la necesitarán para actuar. Si no la tienen pasará un ciclo hasta que puedan sacarse otra, y no obtendrán nada de las fiestas del solsticio. Iré a devolvérsela y a despedirme.

Y eché a andar de vuelta hacia el campamento de los Edena Ruh. Atravesé un pequeño bosque, luego un prado, y después otro bosque. Estaba anocheciendo. Detrás de la colina se veía luz. Apresuré el paso y me preparé para ver a la troupe con sus máscaras demoniacas, jugando y ensayando sus trucos para divertir a los vínticos.

Iba pensando en mis cosas cuando escuché una voz que no tenía nada de artista. Era una voz de mando, acostumbrada a dar órdenes crueles.

¿dónde están las monedas, sucio liante? ¡habla o te sacaré los ojos!

En la explanada donde antes estaba la troupe preparando los disfraces ahora había un revoltijo de ropas ensangrentadas, armas rotas y restos humanos por todas partes. En algunos puntos se veían pequeños fuegos azulados. Unas siniestras figuras estaban de pie sobre lo que quedaba de un escenario. Las reconocí a todas ellas.

El primero, desafiante era el que conocía como El Ceáldico, experto arcanista y nominador dedicado por completo a la maldad. Junto a él una mujer empapada en sangre Ruh de los pies a la cabeza, su mirada mostraba su carácter no humano. Y un poco más cerca estaban los otros tres guerreros que los acompañaban, uno de ellos el fiero Ar-Gular. Guardaban a los cinco prisioneros que quedaban, los cuales llevaban tantas heridas que apenas se tenían en pie. El que hablaba estaba aturdido y confundía las cosas:

Ferule, yo estaba disfrazado…de Ferule. Y a mis compañeros le gus..taba.

¡Olvidate de ese tal Ferule, o de ese Alaxel que has dicho antes! –dijo Ar Gular. ¿Dónde está el grupo que vino de Imre?

Esos nombres les sonaban al demonio y al nominador, pero en ese momento no recordaban de qué. En ese momento la mujer le arrancó al hombre el corazón y le dio un mordisco como si fuera una manzana.

-Este tampoco sabe nada- dijo ella, o lo que había dentro de ella.
- Mas nos vale encontrarlos, o si no el barón nos despellejará vivos cuando nos encontremos con él en Severen.

Y de pronto me vio a lo lejos. No sé cómo, pero percibió mi presencia y dijo un nombre mientras sonreía: Aerlevsedi
Intenté huir, pero me encontré con una muralla de viento que no me dejaba escapar, cómo si tuviera que atravesar un huracán. Estaba jugando conmigo, lo sabía. Pronto le ordenaría al viento que me llevara hasta él, y entonces comenzaría el dolor.

Mientras tanto, el hombre que odiaba a Berdine encontró la vasija, y comenzó a leer entre dientes: “Cyphus, Stercus, Ferule, Usnea, Dalcenti, Alenta, y Alaxel… vaya, aquí está ese tal Ferule que dijo el hombre, igual este objeto tiene relación con esas monedas, -fue al Ceáldico y le enseñó la vasija- Jefe. Aquí habla de Ferule, de Ferule…

PARTE 3.

¡Basta ya de decir mi nombre, malditos mortales!

Una nube de oscuridad se formó sobre el campamento. De la nube salió un ser de pelo blanco y ojos negros que se movía velozmente, ágil y fluido. Con un tajo de su espada le cortó la lengua al sicario y con otro la garganta. Más formas salían de la oscuridad. Una mujer de cara pálida tocó a otro de los guerreros, y al instante cayó muerto, víctima de la peste. El resto fueron acabando rápidamente con los supervivientes. Incluso el guerrero Ar-Gular aguantó poco frente al ataque combinado de Ferule y un siniestro hombre calvo con barba gris.

En cuanto a mí, el viento que me retenía paró de golpe, pues la mente del Ceáldico estaba puesta ahora en los nuevos atacantes. Me escondí bajo un tronco de árbol mientras mi nariz olía a pelo quemado, a flores cortadas y al olor a miedo que venía de mis pantalones. Los carromatos se desvencijaron de golpe produciendo un gran estruendo. Y ese ruido anunció la llegada del Señor de aquel grupo de pesadilla. Una túnica en la que sólo había oscuridad bajó de las tinieblas y caminó lentamente hacia el escenario de la lucha.

Esos nombres deben ser olvidados, y quien los pronuncia ha de ser destruido- y con un susurro dijo una palabra. Una columna de fuego azul salió de sus manos hacia los que quedaban.

La mujer-demonio quedó totalmente arrasada y de ella ya sólo quedaban cenizas. Pero el nominador dijo otro nombre, y en el camino del fuego surgió, como de la nada, una pared de piedra.

Me estás causando contrariedad - dijo el ser de oscuridad y con una palabra suya, la piedra se convirtió en un muro de arena. Pero el Ceáldico estaba preparado, con un susurro lanzó un rayo que salió de detrás de la arena y fue directo a su enemigo.

Alaxel estaba desprevenido, y el rayo estuvo a punto de alcanzarle. Pero aquel ser era mucho mejor nominador que cualquier simple arcanista mortal, por muy bueno que fuese, y en ese momento estaba realmente enfadado. Por supuesto, una rápida palabra de su boca eliminó el rayo.

Te voy a enviar al duro y doloroso manto de la muerte. Y dijo un nombre. El Ceáldico comenzó a gritar y a retorcerse. Conozco los giros internos de tu nombre. Y tu vida llega a su fin. El esbirro del barón literalmente explotó en una lluvia de sangre y huesos.

Los demás estaban muy animados por la matanza. La mujer pálida encontró la vasija y la tiró al suelo, haciéndola pedazos. Aquellos seres se movieron por el campamento totalmente destrozado. Yo me arrastré lentamente hacia el bosque y cuando ya estaba alejándome por el bosque oí la voz de su jefe que decía:

Registrad la zona y regresad rápidamente a las sombras. Ellos no tardarán mucho en venir.

Me eché a correr a toda velocidad. No sabía quienes eran ellos pero con lo que había visto hoy ya era suficiente. Seguí corriendo por las tierras de Vintas durante varios minutos, cada vez más rápido. Pasé bosques y pequeños montes.

En algún momento de mi carrera debí decir un nombre, un nombre que salió de mi mente dormida, y llegó en un susurro a mi boca. Era el nombre del viento. Y en ese momento sentí los árboles pasar mucho más deprisa y supe que mis pies ya no tocaban el suelo, sino que el propio viento me llevaba por los caminos hasta llegar cerca de donde estaban mis compañeros. Así recorrí varios kilómetros en unos momentos. Nunca en toda mi vida he vuelto a hacer algo semejante.

Cuando pisé de nuevo la tierra, subí un pequeño montículo y encontré a mis compañeros.

-Tenemos que irnos ya mismo. Hay que alejarse de aquí. Cuando amanezca os contaré.- les dije casi sin aliento.

Y al instante emprendimos la marcha, directos hacia los bosques de Salsabil.

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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por SenzoTrace el Lun Oct 28, 2013 10:57 pm

Era el punto mas gélido de la noche, y todos avanzábamos velozmente entre jadeos y tropezones. Era de espectáculo ver como un grupo tan numeroso avanzaba con tanta discreción y en tanto silencio, parecía que cada uno tenia experiencia a su manera de pasar desapercibido cuando era de necesidad.
Aun que Berthus todavía no nos había contado de que estábamos huyendo, esta marcha silenciosa y en grupo me parecía excitante, y a pesar de todos nuestros percances podría decirse que estaba disfrutando del viaje, quizá no tanto como de un buen barullo en una posada, pero lo suficiente como para poder sacarme alguna sonrisa disimulada.
La sonrisa desapareció en cuanto oí un sonido a lo lejos en el bosque, pero no lo suficientemente lejos como para despreocuparme. No todos se habían dado cuenta, tan solo la psicópata pervertida Mei y el soldado que le hacía compañía, Alván, parecieron al tanto. Berthus también hizo señal de haberlo escuchado, e intentó girarse para observar con cara de preocupación absoluta cuando le puse la mano en el hombro y le insté a continuar.
-Si hay algo detrás, -Comenté en un tono casi inaudible- girarse para contemplarlo solo nos quitará tiempo. Vayamos más rápido.

Al igual que nosotros, los otros dos aceleraron el paso, animando al grupo entero a hacer lo mismo con señas. Algunos cayeron en la cuenta de lo que ocurría y pusieron la misma cara de preocupación que mi compañero, pero, en silencio, obedecieron y aceleraron el paso. Atravesamos algún claro y una gran distancia de bosque en poco tiempo. El frío y el cansancio comenzaron a hacer mella en muchos de nosotros, me sorprendió lo resistentes que eran algunos de los miembros, como la exorcista, quien parecía estar menos cansada que todos los demás o por lo menos eso aparentaba. Empecé a cansarme bastante y propuse aminorar el paso sin detenernos. Berdine me miró con cara de agradecimiento.

Seguimos andando varias horas, aun que todavía no amanecía intuí que debía de faltar poco. Hacía un frio mañanero que pelaba. Puse más atención a Berthus con el fin de preguntarle que había ocurrido, pero me fijé en un detalle todavía más significativo; aún conservaba el permiso de actuación de los Ruh.

-Al final... ¿No se lo has devuelto?-Le miré con cara de interrogación.
-Bueno lo que ha ocurrido... Nada. Pensé que al final si que lo necesitaríamos más nosotros que ellos. ¿Hasta donde llegaremos sin una tapadera de lo que somos y lo que hacemos?

Parecía bastante convincente, pero un buen delincuente sabe cuando alguien esta mintiendo, y yo llevaba muchos objetos “prestados” de los Ruh en mi macuto. Podía oler una mentira a kilómetros. A pesar de todo quise quitarle importancia y cambiar de tema.

-¿Que haremos una vez llegados a Salsabil? Nosotros no tenemos ningún motivo para ir a ese lugar.
Berthus se lo pensó un rato.
-Se encuentra a medio día de Severen. Allí tendremos mejores oportunidades para conseguir suministros o lo que necesitemos. Berdine me comentó el otro día que iría donde fuéramos nosotros. Realmente no tiene elección.

Soltamos una pequeña sonrisa que nuevamente volvió a borrarse al instante.

-2...4...¿5 puede ser? - Comentaba Mei.
-¿Perdona? Preguntamos yo y mi compañero al unísono.
- Seis.-Intervino Alván. - Estoy seguro de que son seis.

De repente los sonidos a nuestras espaldas se hicieron más intensos.

-¡Corred!- Gritó Berthus. -¡Deprisa!

El grupo por completo dudó un instante. Se cruzaron miradas, y ante el miedo de algunas de ellas, se llegó a la decisión de que correr era lo correcto. Todos empezaron a correr a grandes zancadas. Holly y Berdine tropezaron por el vestido, que por las prisas se olvidaron levantar. Le tendí la mano a la exorcista y Alván hizo lo respectivo con Berdine. Sentí una punzada cuando vi que el soldado se la quedaba mirando fijamente durante unos instantes, pero no cabía tiempo para sentimientos, emprendimos la marcha a la misma velocidad, sin soltar la mano de las chicas para acelerar su paso.

Entramos en una zona bastante cerrada del bosque, y para evitar que las ramas y las zarzas se engancharan con el vestido de Holly le abrí camino a base de cortes con la espada o embistiendo las zarzas con mi propio cuerpo cuando no había tiempo. Corrimos hasta perder el aliento, hasta que mi cuerpo entumecido ya no sentía el azote de las ramas.

-Creo que hemos podido despistarlos.-Dije. -Pero no por mucho tiempo, a nuestras espaldas hemos dejado un rastro claro y evidente.
-Nosotros nos separamos aquí.-Dijo Berdine tomando la iniciativa- Debemos ir a Severen. Al igual que vosotros nosotros también hemos hecho... planes. Y será lo mejor para despistar a quien sea que nos persiga.
-Tiene razón,-continué.- Pero no podemos olvidar que ahora todos tenemos un objetivo común. Y está claro que nadie querrá desprenderse de la moneda que ya tenga. Así que propongo encontrarnos pronto en algún lugar cercano a Vintas.

Después de un rato hablando sobre que lugar era mejor, y mientras recuperábamos el aliento, Decidimos separarnos de nuevo. Solo nos disgregamos Berdine, Berthus y yo del resto del grupo, pero casi seguro de que habría más separaciones.

-Bueno, si nos damos prisa llegaremos en uno o dos días a Severen, no queda muy lejos de aquí.- Dijo el ex-estudiante.

-Ahora que hay mas intimidad...- Miré implacable a mi compañero, a pesar de que podría ser mi hermano mayor (en cuanto a edad se refiere)- supongo que me contarás lo que de verdad ocurrió en el campamento ¿verdad?

"Espero que el grupo de Ruh que se separó hacia Severen estén bien"

-Supongo que tendré tiempo para contároslo por el camino.

-Pero por favor chicos-Intervino la joven- Me duelen los pies horrores, estoy muy cansada, sedienta y cansada. Tomémoslo con un poco más de calma.

-Solo cuando lleguemos a Severen.-Dije. "Si es que llegamos con vida.".
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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por Rasec el Mar Oct 29, 2013 4:27 am

Cuando eres el hijo (bastardo) de un Virrey, sabes de antemano que tu vida está ya planeada, tendrás una bella mujer por esposa, hijos que solo esperan la hora de tu muerte para quedarse con la herencia, vivirás a expensas de otros, engordaras como un marrano y serás rico toda tu vida…fin…?...Para mí no, a la mierda ser el jodido hijo de un Virrey, por eso me fui, me fui a los 16 años de la casa de mi *padre* para seguir mi impulso de sueño, ser músico y ver el mundo… y saber quién es mi madre.
El día que me fui era un día caluroso de primavera, creo que tome como referencia el florecimiento de las nuevas flores y hojas para un nuevo renacimiento para mí. Antes de irme tome el anillo más caro de mí *padre* y lo golpee hasta cansarme con un martillo, le deje una carta en la que decía…jaja…a si ya recuerdo:

¨Te agradezco los años que me diste alimento y alberge, pero ya me fui, te dejare así no más, como tus hijos naturales te dejaran al morir, te regalo un anillo como muestra de mi desprecio, con amor… Gabint.
PD: El anillo esta en tu maniquí para, valga la redundancia, anillos, por último, siempre le escupí a tu sopa y orinaba tus pantalones.¨

Daria todo por haber podido ver su expresión, salí de la casa tirando cada jarrón y florero, cortando con mi navaja cada pintura y cortina. Tome mi laúd (instrumento que aprendí a tocar por primera vez) unas monedas para el viaje y la yegua favorita de mi *padre* y partí hacia el sur.

Apenas un año después estaba en Hallowfell, viví ese año por la habilidad de mis dedos y mi facilidad para hacer amigos, la misma facilidad que tengo para hacer enemigos. Antes de llegar a Hallowfell me encontré a un calderero, simpático y rechoncho como la mayoría, pero detrás de el llevaba algo que parecía un laúd, pero con la forma de una pera, el calderero vio como miraba ese extraño instrumento para mí, y se paró.

-Buenos días chico- Saludo cortes mente- Te gusta?

-Claro, que tipo de laúd es?- Conteste

-No es ningún tipo de laúd chico, es una guitarra- Al escuchar ese nombre me sorprendí jamás escuche de ningún instrumento parecido- Y viene de Yll, los antiguos lo tocaban, con el hacían música que ningún otro pueblo ha escuchado. Música chico, que enamorara a la chica que quieras.

Creo que fue lo último lo que me convenció de hacer un trato con él.

-Qué quieres por el?- Pregunto sin esperanzas de poder pagarle.

Dame tu laúd, cambiaremos música por música, solo con la condición de que toques y te esfuerces por tocar lo mejor que puedas con ella, la guitarra-

Me lo dijo con una bondad y pasión que jamás he escuchado.

Señor no puedo aceptarlo- Me miro como si supiera que mis palabras eran falsas- Esta bien acepto, tome el laúd, espero que no me esté engañando.

Un calderero jamás miente joven amigo- Tomo mi laúd, yo me quede parado viendo la belleza de ese instrumento y no me di cuenta que el calderero ya no estaba hasta que pasaron cinco minutos.

Dos semanas más tarde ya estaba con los Edena, la guitarra no era muy diferente al laúd pero tenía una tonalidad más viva y feliz, me vieron tocando ese extraño instrumento y me invitaron a ir con ellos… Seis años después estoy aquí tratando de recordad porque mi *padre* rio como un loco al encontrar esa moneda, al darme la bofetada diciéndome que no me metiera en sus asuntos y terminando con un: -Todo gracias a tu madre-.

Hace una noche ayudamos a unos viajeros que sabían algunas cosas de las monedas extrañas, me contaron cosas raras como que, los seguía un demonio, un noble los quería matar y que las monedas eras de unas ciudades antiguas o algo así. No sé por qué no me fui con ellos, no sé si fue porque los Edena me ayudaron y no me quiero ir sin haberles ayudado más o… no sé si es porque tendría que volver con mi *padre*…

El crujido de la madera vieja de la puerta al tocarse me saca nuevamente de mis memorias. Me levanto con pereza, tomo una de mis cartas de "Esquinas Incendiarias" y
me dirijo a la puerta, me acomodo el pelo y abro. Lo primero que veo es una chica guapa, acompañada por dos tipos amenazantes cargando espadas.

Segundo día con intrusos extraños.

-Demonios, si siguen apareciendo demasiadas chicas bellas y tipos extraños por aquí me volveré loco!!-. Grito para mí mismo-.

-Tu eres el mago? Hijo del Virrey Bannis?-. Pregunta uno de los hombres

-Nadie me llama así hasta después de mis actos-. Volteo a ver los carromatos de mis compañeros- o más interesante aun, no me llama hijo del Virrey hasta que mis compañeros, en especial Varis, suelta la lengua-.

Eso no nos interesa solo venimos a preguntarte por los ¨amuletos¨ -. Me dice la chica del grupo.

Quemo mi ¨papel cerillo¨, y al instante una llama lo envuelve y se consume en el aire.

Aggg, qué necesitan saber? Ya les dije a sus compañeros que solo recuerdo la maldita moneda de mi *padre* y que según supe por las historias, que
son monedas que te dan propiedades o simplemente que pertenecen a ciudades antiguas-. Les digo con un tono casi cortante

-Compañeros? Nosotros venimos solos-. Dice el otro varón

-Exacto, ya que lo mencionas…que buscaban nuestros *compañeros*?-. Pregunta la chica bella, bella y amenazante, rara combinación, pero extrañamente excitante.

-Tendrás que decirme tu nombre-. Digo con mi mejor sonrisa

-Ellos son Sac y Jake…-. Comienza

-Epa! Dije: tu nombre. No sus nombres-. De nuevo sonrío, parece no hacerles gracia.

-Aurae, me llamo Aurae-. Me contesta con un tono realmente frío, sin ninguna emoción dentro.

-Bien Aurae, el otro grupo solo venia cansado, los estaban siguiendo y tenían en su poder monedas de las que me hablas… al menos tienen dos-. Por qué estarán siguiendo o buscando tanta gente estas monedas? De verdad serán tan importantes? – Después dijeron que esas monedas se calientan al juntarse, en ese aspecto no son tan distintos al humano, y que supuestamente los seguían un grupo de *villanos* y una *demonio*. La verdad por su aspecto no les creí mucho, pero viendo que ustedes también tienen interés en esas monedas me empiezan a surgir las dudas.

- Gracias por la información. Sabes a dónde fueron?-. Me dice el que parece llamarse Jack.

- Claro, hasta puedo llevarlos-. Es momento de decidir, y tengo que irme, tengo que saber más sobre esas monedas.- Solo déjenme despedirme de mi familia, podríamos ir con ellos pero van muy lento llegaremos más rápido solos.

Y así me despedí de todos, al menos de la mitad, los otros deben de estar bordando y haciendo máscaras, espero  que lleguen con bien... Guitarra y artículos de magia en manó parto.


Última edición por Rasec el Miér Nov 27, 2013 11:40 pm, editado 2 veces
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El'the que persigue el viento
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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por Old Medie el Lun Nov 04, 2013 11:32 pm

Los días habían pasado tristes y largos. Era el invitado permanente en la torre de Caudicus, prisionero hasta que apareciese Ar-Gular. Así pasaron tres largos días sin información del tipo, luego llegó el fin de semana y Mathey me ofreció tocar en el salón de su casona, conocí uno que otro nuevo noble, siempre un integrante de la secta del talento. La conversación siempre era acalorada y loca, con Denner, mucho alcohol y a veces muchas chicas. Casi me acostumbré a ello.
A fin de cuentas me terminé sintiendo a gusto siendo rehén de los nobles, esperando todas las tardes junto a la doncella pelirroja, la morena y la rubia; por las noches tocaba el violín para Mathey y a veces para más gente en salones o tabernas lujosas sobre el tajo. Las mañanas eran confortantes, siempre junto a Mathey, quien era una viuda excepcional, casi sentí pena por su muerto marido por irse a la tumba sin haber disfrutado a aquella mujer.
Para cuando habían pasado dos semanas, tuve permiso para ir y venir por Severen, vigilado claro, por Estas, la doncella pelirroja. Su cabello caía en largos torbellinos rojos como la sangre enmarcando su rostro níveo y estrellado de pecas, era la única que no llevaba vestido, sino pantalones, blusa y una capa corta, muy de la corte. Llevaba siempre consigo una daga larga, pero, y tomando en cuenta que siempre me acompañaba a todos lados, desde que salía del dormitorio de Mathey hasta que entraba de nuevo en el, pude hacerme una idea muy clara de lo que ella en realidad hacía. Tenía manos delicadas sin nada que delatara que usara la daga seguido, tampoco tenía una contextura fuerte, ni los brazos ni la espalda que son las musculaturas que más se trabajan cuando usas aquellas armas. Ella en realidad era arquera, no llevaba arco, claro, ni carjac ni flechas. Pude deducirlo por su forma de caminar, por su forma de observar, a veces me dejaba solo en medio de la ciudad y me daba unos preciosos segundos de paz y soledad que sólo sabes apreciar si te mantienen vigilado día y noche, pero de pronto y sin darme cuenta miraba más allá de las casas, plazas y mercados y la veía, parada en una esquina a varios cientos de metros. Sólo la reconocía por sus mechones rojos, pero claro que era ella. Por último estaba el objeto que le daba todo el peso a mi teoría, siempre movía entre sus dedos un dedal de arquero, era metálico y tenía un tallado intrincado, seguramente lo había recibido de algún noble o conde. Sin duda su runa tenía algo que ver con eso y me moría de ganas por saber que podía hacer.
La tercera semana de espera conversé varias noches con Caudicus, estuve obligado a contar como había sacado las runas del talento. Aquello había pasado hace años, pero esas cosas no se olvidan. El talento de oro tenía un hermoso decorado, pero, una vez que lograbas realmente ver el talento notabas algo extraño, las runas se asomaban como notas en una tablatura, y así como sólo un buen músico logra ver la verdadera música, yo logré ver las runas y separarlas una en una. <<Entonces ¿Es cómo una canción?>> me preguntó Caudicus aquella noche en que le expliqué. <<Como una canción de poder>> Le dije, y me miró maravillado. Desde entonces le visité todas las noches en su torre, hablábamos de las runas y se embelesaba tan sólo con pensar que tendría mi talento en un par de días. A esas alturas sólo quería largarme a Tarbean y entregarle mi talento luego, el dinero por primera vez hace mucho tiempo no era un problema pues en las tabernas se ganaba bien y ya tenía dos bolsas llenas. Pensaba seriamente en ayudar a Caudicus con las runas una vez le trajera la mía, aunque claro que tendrían que cambiar un poco las reglas.
Para el final de la tercera semana llegó algo, no Ar-Gular como esperaba yo tan ansiadamente, sino una noticia extraña. Una pequeña troupe había sido asesinada, con ensañamiento, con sangre esparcida por varios metros. Las personas estaban destrozadas como los muñecos de un noblecillo malcriado, encontraron sus carromatos destruidos, con la madera podrida y el hierro de sus ruedas oxidados. Aquella información llegó temprano en la mañana, y para la tarde la escena era casi nítida, al rededor de diez personas muertas, entre ellos mercenarios, por los tatuajes pudieron reconocer a Ar-Gular.
—¿Quien crees que pudo haber hecho esto?
Me preguntó Caudicus mientras cavilábamos con una copa en la mano mirando por la ventana de su torre.
—Otros mercenarios, asesinos con mucha experiencia y conocedores de las runas —Contesté.
—Pues sin duda es una especie de "magia" —dijo lentamente —pero no me parece que sea de las runas. Me parece que hemos sido visitados por los Chandrian. Quien lo diría, los siete tan cerca de aquí.
Lo miré indulgentemente, pues el vino estaba fuerte, pero mi sonrisa no pareció gustarle mucho y la borré.
—¿Hablas en serio? —dije casi sin proponermelo.
—Sven, llevas muchos años viendo como un dibujo tiene poder suficiente para destruir y formar, tienes en tu poder un trozo de metal redondo que guarda un secreto milenario, el cual es incluso más viejo que los siete.
—Caudicus, los Chandrian son cuentos de niños, no me trago eso que me dices arcanista chantajero —dije en tono jocoso. Ya me podía tomar ciertas atribuciones con aquel hombre.
—Lo siento Sven, pero los siete son un tema serio, si alguna vez llegan a enterarse que los talentos aun existen correríamos un gran peligro.
—No, aun no me creo lo que me dices, los Chandrian no existen y ya. —Ademas ¿Cuantos años han de tener? Sus historias son viejisimas, si hasta existen en los tiempos del imperio Atur.
—Claro que son viejos, son tan antiguos como el tiempo mismo.
—Exacto —dije— Si son tan viejos, entonces han tenido mucho tiempo para haber encontrado los talentos, ¿No es así?
—Tienes razón, pero no los han encontrado por varias razones. En primer lugar porque existimos nosotros los arcanistas. Nosotros llevamos una carga magnética, un aire mágico siempre y para donde vayamos el cual se esparce por sobre el mundo cubriendo el olor de los talentos, en segundo lugar los talentos están dispersos por ese motivo. Hace cientos de años que guardados los siete en una ciudad, pero el guardian fue asesinado y un Chandrian casi se hace de ellos. Por suerte no estaba su líder, sino otra historia sería la que contamos. Tuvieron que dispersarlos hasta que se perdiera su rastro, para nuestra mala suerte, se perdieron tan bien que aun lo están, haciéndolos potencialmente fáciles de encontrar para malas manos.
—Manos negras, Caudicus, espero que me estés jugando una puñetera broma.
—Lo digo en serio hombre, llevamos buscando esos talentos por mucho tiempo.
—Entonces ¿Por qué me tienes esperando tanto tiempo aquí y no partimos a buscar mi talento?
—Yo no puedo dejar este lugar, cuando salgo de aquí malas cosas suceden. Soy el arcanista del Maer por un motivo, y es para que Lackless no se acerque a este palacio.
—¿Y eso que tiene que ver con el precio de la mantequilla?
—Bueno, eso es como dicen en la Universidad ácido de otra probeta. Pero te lo explicaré en sencillas palabras. Lackless tiene un tesoro y Alveron tiene otro, si se juntan pueden desencadenar un terrible problema, algo de magnitudes catastróficas. Como Amyr, debo preocuparme porque Alveron nunca se junte con Meluan Lackless cueste lo que cueste, aunque termine matándolo, todo sea por el bien mayor.
—Pues, entiendo... ¿Dijiste Amyr?
—Estas en un territorio desconocido Sven, el día que veas a los siete recién creerás en ellos, lo sé. Ahora debo barajar mis cartas, ve a dormir y ven mañana, te mandaré con Estas a Tarbean.

Caudicus era un arcanista, tenía poder sobre mi cuerpo con aquel muñeco, podía hacer magia, era el cabecilla de una secta de nobles con el propósito de juntar talentos de oro los cuales tienen un poder oculto. Dijo que era capaz de matar al mismo Maer con tal de llevar a cabo su meta, sea cual sea. El cuadro que se estaba pintando no me gustaba en lo absoluto y los Chandrian eran la tinta más negra de todas. Sin duda alguna era tiempo de irse. Miré todas mis cosas sobre la cama de Mathey, mi violín en su estuche negro de cuero, mi capa para viajes unas mudas de ropa, la espada que solía llevar cuando viajaba, el macuto, dos bolsas llenas de dinero. Me senté en la cama y abrí una bolsa, de pronto el dinero me parecía tan vulgar y sin valor, solo un montón de discos de metal. El verdadero valor, el poder no estaba en esto, sino en el talento de oro, en la magia de verdad. Si tenía un talento de oro lo más probable era que me buscaran hasta el final del mundo, pero Caudicus dijo que llevan cientos de años perdidos. Me podrían buscar pero otra cosa es encontrarme. Pero escapar sin ser visto de Severen, con Estas vigilandome sería tarea difícil, difícil pero no imposible.

A la mañana siguiente Mathey se levantó con el alba, dijo que había llegado una prominencia, el Maer. Dejó de lado su viaje de negocios por los países bajos y volvió a Severen, cuentan, porque Meluan Lackless estaba próxima a venir a Severen también.
Salí de mi habitación, y por primera vez en tres semanas no estaba Estas fuera de ella. Conociéndola lo más probable fuera que estuviera cerca, lo suficiente para que me viera pero no para que yo la viese a ella. Desayuné algo frugal y me largé a mirar la llegada del Maer. Cuando ya habían pasado algunos minutos de mi camino al palacio paré. Miré a todos lados buscando a Estas, su melena roja se rehusaba a aparecer. En vez de ir directo al palacio fui a una taberna cercana, en donde los nobles más chismosos me colmaron de información. Lúdico y sus tres doncellas recibían al Maer y aquella noche junto con varios otros nobles asistirían a una cena de bienvenida. Era mi momento de escapar, cuando estuvieran en la cena no habría nadie que me vigilase.
Bajé a Bajo Severen para comprar todo lo necesario para mi partida, pasé por varios almacenes para mirar, compraba cosas pequeñas, yesca y pedernal, en otra tienda un par de botas resistentes para viajar. Traté de observar a ver si alguien me seguía, pero nada. Al final compré en un solo lugar todo lo demás que necesitaría, comida que no se hechase a perder, un afilador, grasa de cerdo para impermeabilizar el cuero, una abrigadora capa de color negro y un macuto más grande. Luego volví a la casona de Mathey con todo guardado en mi macuto nuevo, siempre evitando a las miradas sospechosas. Me preparé mentalmente para la noche, cuando llegó Mathey me avisó de todo, me dijo que estaría también en la cena, yo para no preocuparle dije que iría a la taberna de siempre, quizá tocaría un par de canciones y luego me iría a a dormir. Ella se fue sin más y yo me preparé para salir.

Fuera de la casona de Mathey habían dos hombres esperando, estaban a unos cien metros y cuando partí rumbo a la taberna me siguieron como era de esperarse. Llegué y todo estaba como siempre, llena de tope a tope. Los saludos de los nobles me llegaron casi enseguida, a estas alturas el mecenazgo parecía una idea muy lejana y aquellos hombres me parecían tan insulsos como cualquier campesino, ignorantes de las grandes maquinaciones de los realmente grandes. Me senté en una mesa y esperé a la mesera, una preciosa chica de ojos verdes. Le pedí metheglin como siempre, es una buena bebida para empezar cualquier viaje.
Llevaba un par de horas fingiendo tomar mientras aplaudía al músico de turno, los hombres que me seguían continuaban pegados a la pared del local, con una cerveza en la mesa aun sin consumir. Mientras me bebía el tercer vaso de metheglin se acercó un noble con una chica joven, morena, llevaba el pelo negro suelto pero arreglado, olía a polvo del camino y tréboles, era hermosa.
—Hola Sven, ¿Cómo estás hombre? Te quiero presentar a una dama, su nombre es Dianae, y viene llegando de los pequeños reinos. Tiene ganas de escuchar música diferente que no sea de laúd. Le dije que por estos lugares no hay muchas tabernas con buenos músicos pero dio la casualidad que estás hoy aquí ¿Te gustaría tocarnos algo hoy?
Mi macuto estaba escondido cerca de la casona de Mathey, hubiera escondido también el violín pero me parecía muy arriesgado para mi instrumento.
—Me encantaría Conde Jarrison, pero no creo que les gusté a el señor Her la idea de que vaya y me suba a tocar sin más.
—Ah, pero eso se puede arreglar.
El conde se dio media vuelta y partió a hablar con el dueño de la taberna, dejando a la chica frente a mi.
—Hola Dianae, mi nombre es Sven, ¿Cómo está el camino a los pequeños reinos?
—Pues—dijo— Ni bien, ni mal. Están como siempre están los caminos en todas partes.
—¿Y por allá tocan buena música?
—Si quieres oír buena música en Imre...
En ese momento se acercó el conde.
—Sven, está arreglado, sube.
Me puse de pie, cogí mi violín y me fui al escenario. El músico de la taberna me miró fríamente mientras guardaba su laúd. Yo saqué mi violín de su estuche y me puse a tocar algo fuerte y candente. Las notas vibraban en el aire y lo cortaban de vez en cuando, los nobles no son grandes oyentes, pero sé hacerme oír. Mi música voló por toda la taberna mientras las notas altas le ponían la piel de gallina a la primera fila, jugué con los nobles tocando violento y candente, mi música sonaba maravillosa e hice mi mejor espectáculo pues habían damas hermosas en el publico. Toqué tres canciones, una giga, una canción lenta y triste y por último una pequeña canción que escribí y nunca terminé, era tan buena que aun sin final sonaba hermosa. Cuando terminé miré al publico, todos con la cabeza vuelta hacía mí. Siempre me ha hecho sentir orgulloso mi música. Cuando bajé terminé de hablar con el conde y su chica, me hubiera gustado pasar otra noche más en Severen, seguro me la llevaba a la cama. Pero era tiempo de escapar, y tenía que deshacerme de los matones.
En vez de volver a mi asiento caminé hacía una mesa, había un chico con olor a pocos amigos, tenía pinta de pasar varios días en el camino y desentonaba en la taberna como un lobo entre las ovejas.
—Bienvenido camarada —le dije.
—Hola, bonita música.
—Gracias —me acerqué más a él y le hablé bajo. —Te seré sincero, no eres un buen ladrón, lo sé porque cuando chocaste con aquel hombre —apunté a mi izquierda— pude ver como le sacabas la bolsa, aprovecharse del embelesamiento de mi canción a sido muy propicio, pero amigo, ojalá no te haya visto nadie más. Acá en Severen tienden a cortar pulgares por menos. Será mejor que no te arriesgues, yo puedo pagarte mucho más. Y creo que puedes ayudarme si sabes realmente usar esa espada que tienes bajo la capa.
El chico me miró esta vez más en serio, pude ver como titubeaba por como agachaba la cabeza.
—¿Cual es tu nombre?
—Senzo. ¿Y el de vos?
—Sven de Berezan.
—Pues bien, Sven, te seré sincero, no soy un maestro con la espada, pero ella es buena por si sola, seguro que te podré ayudar. Ahora dime, ¿Para qué necesitas un espadachín?
—Pegados a la pared, a la izquierda de la chimenea hay dos hombres. Uno tiene barba negra bien recortada y pelo enmarañado. El otro, el de las facciones duras, tiene dos aretes con piedras verdes engarzada. Míralos disimuladamente.
—Vaya, tienen toda la pinta de ser matones de tomo y lomo.
—Definitivamente lo son. no quiero que los mates, pero ¿Puedes noquearlos al menos?
—¿Y cuanto estás dispuesto a pagar por ello?
—Tres talentos de plata, uno por el barbudo y dos por el grandulón.
—Me parece justo, aunque si me ayudaras creo que sería más fácil.
—Pues en tal caso tendrías que pagarme por ayuda ¿No crees?
—Pues te doy dos talentos por cargarte a los dos ¿Qué te parece?
—Joder, soy músico no hombre de armas, pero vale, te daré ayuda moral.
—Genial, vamos entonces, pero ¿Me pagarás por adelantado? No quiero que te mueras y no me pagues.

El chico me cayó bien al instante, nos pusimos de pie, guardé todas mis cosas, pagué mis bebidas y salí de la taberna con él. Caminamos un par de metros y nos metimos en el primer callejón que encontramos. Saqué mi daga larga y el chico su espada, era curva y me recordó una mujer.
—¿Tu espada tiene nombre de chica?
—Aun no le pongo nombre. No la llevo hace mucho tiempo, y la verdad es que no he tenido mucho tiempo como para pensar en esas cosas.
—Deberías ponerle nombre de chica, se nota que es una chica.
Entonces miré la espada a la luz de la luna, era una espada bonita, pero lo que llamaba la atención de ella no era la curva ni que fuera dentada, eran las runas. Tenía runas en la hoja.
Los hombres entraron en el callejón. y lo primero que hice fue lanzarme por el barbudo, el factor sorpresa ayudó bastante y le pude propinar con mucha fuerza un golpe en la sien derecha con el agarre de mi daga. Fue contundente y cayó de espaldas en el acto. El grandulón desenvainó una espada corta en el momento que yo me lanzaba a ellos y miró con perplejidad mientras el barbudo caía. Senzo miraba un par de metros más allá la escena y con la espada tomada con ambas manos no hacía amago de atacar.
—Así que nos tenías una sorpresa violinista. —dijo el grandulón— Con Snorri pensábamos que sólo erais un maricón que gustaba tirarse a los chicos jóvenes en los callejones. Nos reiremos mucho de ti por la mañana, sabes, Caudicus nos dijo que no podíamos matarte, pero no mencionó nada de cortarte un poquito ni de machucones. Así que venga dame tu mejor estoque. Y tú chico mejor mantente al margen que a lo que te muevas te separo la cabeza de los hombros.
Bajé mis brazos para parecer lo menos amenazador posible.
—Bien viejo, si quieres golpearme aquí estoy —tiré mi daga al piso, cerca de él— Si quieres cortarme hazlo. Se nota que tienes experiencia en esto y prefiero un ojo morado a que me encuentren medio muerto a la mañana.
El matón sonrió para si, los halagos habían funcionado.
—En ese caso, veamos que tal te queda una mano rota, a ver si tocas esa bonita música con una sola —Se acercó a mi con mucha confianza, Senzo miraba perplejo, con la espada en alto como al principio.
El grandulón se acercó lentamente hacía mi, yo levanté las manos en señal de rendición. El grandulón al último metro de distancia saltó como un gran conejo y me cazó las manos con las suyas. Con una risa mordaz empezó a apretar mi mano derecha, estaba frente a mi y podía sentir su aliento a perro húmedo. Me apretó la mano con la fuerza de un tornillo de herrero. Pero mi mano no hacía nada más que apretarse sin más, la runa que tenía grabada en el pecho hacía mi mano dura como un hierro frío y sin moldear. Lo único que logró el matón fue lastimarse su mano.
Al no oír ningún 'crac' el grandulón se empezó a impacientar.
—Estás perdiendo la fuerza aliento de perro —le dije.
Y distancié mi cabeza todo lo que pude de la suya para luego golpearlo con la frente en la nariz con toda la fuerza que fui capaz de juntar. Por supuesto que oí el 'crac' de él y también su aullar.
—aparte de tener aliento de perro también aúllas como uno —dije mientras formaba un puño con mi mano y le propinaba el mejor golpe al mentón que he hecho en años. Lo golpeé tan fuerte que llegó a darse con la pared unos metros atrás y cayó inconsciente como muñeco de trapo.

—Buen golpe —dijo Senzo.
—¿Ya te descongelaste, que clase de técnica secreta es esa? —dije mientras arreglaba mis ropas.
—Pues parecías tener todo bajo control, ¿No? No quise importunar. —Dijo Senzo mientras se acercaba a revisarle los bolsillos a los hombres.
—Ah pues, en ese caso gracias. —le dije mientras buscaba mi daga en el piso.
—¿No te molesta que me quede con los aretes de esmeralda de este?
—Para nada Senzo, tómalos como paga.
—¿Aparte de mis tres talentos?
—¿Esperas que te pague? No me ayudaste en lo absoluto.
—¿Cómo que no? Te di una coartada, ellos pensaron que venias a tirarme, si hubieras venido solo hubieran entrado al callejón esperando lo peor, y tu factor sorpresa hubiera quedado inutilizado. Ademas te di apoyo moral.
—Vale, te daré un talento por eso.
—Vale, peor es nada. Ademas tengo armas nuevas. —dijo levantando las armas de los matones.

Caminamos en silencio por las calles adoquinadas de Alto Severen camino a la casona de Mathey. Iba a coger mis cosas, bajar, comprar un caballo y partir hacía Tarbean por mi moneda.
—Hey Sven, se nota que estás escapando de algo, o alguien. Quizá no te quieres casar con Madame feacara y por eso te arrancas de la ciudad y creo que te puedo ayudar. Y tú a mi recíprocamente.
—¿Necesitas más dinero? Sabes, ya no necesito tu ayuda, pero aprecio que me escoltes.
—El dinero es lo de menos, sabes, estamos escapando igual que tú y creo que de lo mismo. Noté como te apretó la mano ese ogro, y como le golpeaste con la cabeza, se nota que no eres normal. ¿Te gustaron los dibujos de mi espada?
Bajamos el paso, y empecé a pensar. La verdad que conseguir algo de ayuda no me vendría mal, en especial porque me iba a perseguir medio Severen con un arcanista a la cabeza, me preguntaba quizá hasta qué distancia podría alcanzarme su magia. De pronto recordé que peleaba en contra de magia.
—Arranco de algo más que hombres malos, arranco de un arcanista. ¿Sabes que puede protegerme de eso?
—No hay otra cosa en el mundo que te pueda proteger de un arcanista que otro arcanista.
—Y conoces a algún arcanista que no sea de Severen.
—Sí, a uno. Te podría llevar con él, claro que sus servicios son caros.
—Esta bien, creo que estoy en posición de poder pagarlo. Espérame en Bajo Severen, en la plaza del mercado. No es buena idea que nos vean juntos ahora, luego de haber dejado dos cuerpos medio muertos en un callejón.
Así me separé de Senzo y su promesa de ayuda. Fui a por mis cosas a la casona de Mathey tratando de esconderme de la gente que caminaba por las calles a esa hora. Llegué a la casona, pasé por el pequeño jardín y saqué mis cosas escondidas tras los arbustos. Caminé a buen paso hacía los ascensores, donde con suerte estaría quince minutos bajando, otros cinco caminando y luego de una media hora estaría saliendo de Severen. Todo estaba bien calculado.
Pero al llegar a la fila de espera para bajar, pude ver la melena roja de Estas asomándose de su capucha. Ella por supuesto ya me había visto y me observaba a través de la oscuridad de la noche.
Me clavaba la mirada como flecha, yo me aceraba a ella a medida que subía la gente al ascensor,  mientras pensaba qué podría hacerme una mujer para impedir que escapase. Quizá tenga fuerza sobrehumana, quizá no sea en realidad arquera y es luchadora profesional. Divagaba mientras los metros se acortaban. Pude ver su rostro hermoso a espaldas del gran precipicio, las luces de la ciudad nocturna le daban un aire misterioso, aún más de los que solía tener. Nunca hablaba y moría por saber que tono tenía su voz.
Entonces la fila empezó a entrar nuevamente al ascensor. Yo no entré, me quede mirándola con mi mejor sonrisa, casi pude verla sonrojar.
—¿Me seguirás siempre?
—Es mi trabajo.
Su voz era hermosa como ella, mágica, como las notas cadenciosas del violín. Me pregunté seriamente si su runa tendría algo que ver con eso.
Caminé cerca de ella hasta apoyarme en la baranda del tajo, la que impide que los nobles borrachos caigan doscientos  metros a la última resaca de sus vidas. La miré con toda la confianza que fui capaz de juntar y salté al otro lado de la baranda, me sujeté de ella y puse los pies en los adoquines de la orilla.
—Entonces, buena suerte. —le dije, y salté.
Caí y caí por unos largos segundos, pensé en algún momento que chocaría con la pared de piedra y rodaría como un saco de papas, pero me aleje lo suficiente de ella. Casi caigo sobre una casa, pero me recibió la agradable tierra de una plaza. Caí de pies y manos, con toda la gracia del mundo, cual gato orgulloso. Mi macuto no se rompió y sólo quedé un poco verde por el pasto. Todo un milagro, nunca había puesto a prueba de tal manera la runa de mi pecho, pero hoy estaba seguro de que definitivamente soy a prueba de golpes.
Caminé un par de metros hacía la plaza del mercado y oí silbar el viento, acto seguido una flecha de medio metro de largo con delgadas plumas en el extremo se me clavó en la pantorrilla, atravesando mi bota, el pantalón y punzando mi pierna. Si no hubiera sido por la dureza de mi piel me hubiera clavado cuán larga era en mi pierna atravesándola y clavándose en el piso.
—Arquera, lo sabía.
Me desclavé la flecha de la ropa y empecé a correr. A los segundos otra flecha se me clavó en la parte de atrás de la otra pierna, y luego otra en el brazo. La chica me podía dar a más de trescientos metros. Decidí cambiar de ruta he ir hacia la salida más cercana de Severen, no podía arriesgar al chico a una flecha en el cuello y mucho menos a su arcanista.
Corrí con brío hasta atravesar las puertas, las luces de los faroles de la ciudad pronto me dejaron y entré a la oscuridad del bosque con la esperanza de despistar a Estas. Corrí hasta que las luces de la ciudad se perdieron, hasta que sólo la Luna menguante iluminó el bosque, no había suficiente luz como para encontrar un itinolito aunque lo tuvieras a un metro, entonces me sentí seguro y descansé.

Me senté apoyando la espalda en un árbol, necesitaba recuperar el aliento antes de seguir. Saqué mi odre de agua y bebí unos sorbos cortos. Entonces mientras lo guardaba sentí los pasos de alguien haciendo crujir las hojas. Me puse de pie y antes de hacer otro movimiento recibí un flechazo que me dejo clavado al árbol tras de mi por mi capa.
—No te muevas. O te clavaré la siguiente en el cuello.
—Sabes que no puedes matarme Estas, me necesitan por mi talento de oro.
—No me interesa, te mueves y te clavaré al árbol como clavan los muñecos en el solsticio de verano.
—Anda, hazlo. Ya me has metido otras flechas en el cuerpo y aquí me ves. Con fuerza suficiente para hacer esto. —Cogí la flecha que me apresaba y la tire al piso— ya me has hecho otros hoyos en la ropa, ¿Acaso no sabes cuanto cuesta una buena prenda en Severen?
De las sombras silbó otra flecha y se me clavó en el brazo que había usado recién. Yo no proferí ningún grito, sólo el hondo suspiro de quien ve como le agujerean la ropa.
—Me escaparé de aquí mujer, y no harás nada para impedirlo.
Estas que estaba a corta distancia susurro algo inteligible y de su cuello una piedra empezó a brillar con tonos azules, revelando su enmarañado pelo. La luz cobro fuerza y pude ver y oir como tensaba su arco.
—Mírame Sven. Estoy a dos metros de ti, a esta distancia la flecha te atravesará como un pollo. Quizá no pueda hacerte daño en la piel, pero te estoy apuntando al ojo, me gustaría saber si podrás resistir esta.
Anda mujer hazlo y te juro por mi nombre que te mataré.
—No le temo a la muerte —dijo, y soltó la cuerda. La flecha saltó del arco largo con una fuerza terrible, agaché la cabeza a punto de salvar mi ojo, la flecha me dio en la corona del cabello con suficiente fuerza para poder haber atravesado mi cabeza, pero solo se hundió en la piel sin hacerme un rasguño.
La adrenalina de ese momento me dejó rígido de miedo, pude sentir como la flecha se doblaba en si misma y crujía al romperse en mi frente, un odio espantoso me recorrió el cuerpo al ver mi vida amenazada de esa manera. Me lancé a aquella mujer con odio y sed de venganza, me había cazado como un ciervo y estaba dispuesta a matarme. Di tres pasos furiosos hacía ella y pude distinguir entre la noche en su rostro el pánico y el odio mezclados en miedo. Tiró su arco al piso y desenvainó su daga, pero no le sirvió de nada. Cuando la tuve suficientemente cerca descargué en su rostro un golpe con la palma de la mano rompiéndole la nariz. Ella saltó hacía atrás por la fuerza del golpe y fue a dar al piso con las manos en la cara. Automáticamente empezó a llorar mientras finas lineas de sangre comenzaron a caer de su rostro.
Al oírla llorar se apagó mi ira casi tan rápido como surgió dejándome lánguido y lleno de vergüenza. Me acerqué a ella y nuestros ojos se encontraron.
—¡ANDA, MÁTAME! hijo de p*... —su llanto cobró fuerza y sus manos en su cara impidieron que oyera lo que terminó de decir.
—No te voy a matar Estas.
—Hazlo, no me importa, de todas maneras estoy muerta. Lúdico me matará si te pierdo.
—Entonces vete, vete de la ciudad y empieza de nuevo en otro lado. No tienes porqué hacer esto.
—¿Es que no lo entiendes? Caudicus tiene mi sangre, y un pelo tuyo. Me encontrará igual que a ti. Tarde o temprano, y me matará.
Me acerqué a ella y le saqué las manos de la cara, cogí su nariz.
—Estate quieta. —le puse la nariz en su lugar haciéndole gritar. Sus gritos atravesaron la noche como cuervos.
—Coloqué tu nariz. Dejará de dolerte en una semana. Coge barro de un río y presionalo contra tu cara. Te ayudará. —Cogí su arco y lo rompí.— No me sigas más.
—¡No me dejes aquí! Termina tu trabajo ¡maldito cerdo!
—Tu vida no es mi problema. —Le dije mientras arreglaba mi capa y ponía mi capucha.

Pasé toda la noche caminando, estaba exhausto, según mis cálculos encontraría algún pueblo para el amanecer, pero no había visto ni un alma en todo el camino. Pasó así el día, sin nadie a la vista. el camino estaba vacío. Descansé al margen poco tiempo, tenía la impresión de que en cualquier momento oiría los caballos de Caudicus tras de mí. Aquel miedo me mantuvo andando el resto del día.
Al llegar la noche la Luna y las estrellas iluminaban poco, había comido hace algunas horas y mi odre de agua estaba a la mitad. Decidí adentrarme a un bosquecillo decidido a encontrar agua y refugio para la noche, realmente estaba muerto de cansancio y necesitaba dormir en un lugar seguro.
El bosquecillo estaba tan calmo como una tumba, sin siquiera un poco de brisa para mover las copas de los arboles. me adentré lo más prudente que pude y recogí pequeños trozos de madera para encender un fuego. Hice un fuego pequeño para calentarme los pies. traté de descansar un poco y sin darme cuenta estaba dormitando. Decidí que mañana con más fuerzas encontraría agua con menos dificultad, eso pensaba cuando me dormí con el fuego encendido.
Desperté en medio de la noche. Mi fuego se había esparcido pues no tomé la precaución de colocar piedras al rededor, el calor en los pies me despertaron pues estaba sin botas, me las calcé rápido y me puse a recoger mis cosas. El fuego alcanzaba un metro de altura y no estaba tan esparcido como para incendiar todo por que no había ni un poco de brisa para ayudarlo, así que me puse a dar pisotones para apagarlo como loco. Entonces sentí unos gritos. Más gente había visto el fuego y venía a ayudar. No, sólo era un grito, uno de mujer.
De tras los arboles apareció Estas, jadeando, llena de espanto.
—¡Sven! Gracias a Tehlu que eres tú. ¡Ayúdame por favor! me persiguen.
—Calma Estas, ¿Te sigue Caudicus? —logré articular, pero la verdad es que casi me castañeteaban los dientes. Caudicus me había encontrado.
—No, no es él. Creo que son mercenarios. Me encontraron hace unas horas, la noche me ayudó a escapar, pero ahora me pisan los talones. Pensé que los dueños de este fuego podrían ayudarme, pero es mejor, eres tú. Tu podrás con ellos.
—Estas, dime cuantos son.
—No estoy segura, más de cuatro por lo menos.
—Bien, alejémonos del fuego antes de que nos quedemos atrapados aquí.
Caminamos hacía la salida del bosquecillo hacía el camino, salimos de entre los arboles y llegamos a un prado quequeño que cruzaba el camino. La luz que proyectaba el fuego iluminaba todo hasta el otro extremo. Donde comenzaba otro bosque.
Caminamos por el margen del bosque rápido uno tras de otro, Estas daba largos pasos pero parecía no tener mucha energía.
—¿Has comido algo?
—Rompiste mi arco. —dijo con un tono mordaz.
—Ten, toma sorbos cortos sino no podrás seguir corriendo. —le entregué mi odre de agua mientras seguíamos corriendo.
Entonces sentimos los cascos de caballo. Estas se puso nerviosa y me cogió de la capa.
—¡Sven! ¡Son ellos!
—Calma, escóndete en el bosque, yo me encargaré.
El fuego que consumía ya las copas de los arboles me dejó ver claramente seis hombres, pecheras de cuero y espadas largas. Mercenarios dispuestos a traerme de vuelta.
Desenvainé mi espada y caminé hacía el camino. Los caballos se detuvieron y un hombre se bajó del caballo.
—Hola extraño, estamos buscando una mujer, pelirroja ¿La has visto? —al parecer no me buscaban a mí.
—No.
—¿Estas con más gente? ¿Iniciaste tú ese fuego?
—Sí, yo lo encendí.
—¿Por qué? —me dijo extrañado.
—Señor la brújula apunta hacía esos arboles. —dijo uno de los hombres tras del que parecía ser el líder.
—Que vaya uno por ella. Creo que tenemos el objetivo B aquí. —Sacó de su capa una brújula y apuntaba hacía mi.
—Creo que podré recuperar mi pelo. —dije con una sonrisa.
—Me gustaría ver como lo haces. —desenvainó su espada y un largo garrote —te seré honesto no sé calcular bien mi fuerza, quizá te maté de un golpe en la cabeza con esto —dijo mientras movía el garrote. —así que mejor quédate quieto mientras te golpeo, sino te puedo romper.
Levantó el garrote y golpeó el piso fuertemente, sonriendo hizo señas a los hombres tras de él, los que cabalgando se acercaron por mis costados.

Estaba en un embrollo grande, miré hacía el costado, para cuando pude ver al otro mercenario caminando por el prado siguiendo a Estas. Ojalá que se haya puesto a correr.
—Quizá me atrapéis, pero eso no impedirá que mate a uno o dos de vosotros.
—No seas idiota hombre, son cinco a uno. No podrás hacernos ni un rasguño. —Los hombres a caballo terminaron de andar quedando uno a cada costado, impidiéndome escapar. Entonces ataqué al líder, nuestras espadas se juntaron haciendo el sonido que tan pocas veces he oído. El líder esquivaba sin más algunos ataques, al parecer no era digno de la espada. Entonces me cogieron por la espalda y otro me dio un golpe fuerte en el mentón. El líder levantó el garrote sonriendo.
—Jefe, no use el garrote de inmediato, déjenos golpearlo un poco. —dijo el que me había dado el puñetazo.
—Está bien, iré a ver si Norman encontró a la pelirroja. Estaré un tanto ocupado, ya saben. Tienen un tiempo para divertirse con este idiota.

Intenté forcejear pero el mercenario me tenía bien agarrado de la espalda y brazos. El otro empezó a golpearme casi de inmediato. Resistí muy bien los golpes, en realidad era como un simple masaje. Usé mis piernas y le largé un buen golpe en la cara con la bota, lanzandole hacía atrás.
—Eres un maldito valiente. No me gustan los valientes, siempre mueren primero. —dijo mientras se sobaba la cara— haré que te comas esa bota. Sujétalo bien Parche, imbécil.
—Lo tengo bien sujetado idiota, no es mi culpa que seas tan lento como para no ver una patada.
—Imbécil, venga yo lo sujetaré y tú recibirás la bota, a ver si la ves venir.
—Está bien, anda cógelo.
Entonces, empezó a correr una brisa, la primera de la noche, me sacó la capucha y elevó el fuego lo suficiente como para tomarlo como un incendio de tomo y lomo.
—Mierda, con esta brisa el fuego nos llegará a los pies en segundos.
—¡JEFE! —gritó Parche— ¡Hay que irse!

Entonces por el camino salió una figura espectral. Un hombre bañado de negro cabalgando a toda máquina. Los mercenarios se asustaron y los caballos pifiaron. El hombre avanzó y la luz del fuego rebeló su figura, era un hombre viejo, con canas salpicando su barba y pelo. A la distancia pude ver que prácticamente no tenía cejas. Alzó su espada y el viento me atacó como un dragón, levantándome del piso varios metros. Moví los brazos y pies tratando de encontrar el equilibrio pero caí de bruces al piso de tierra. El viento aun era fuerte para cuando levanté la cabeza, los mercenarios estaban tirados de formas extrañas y sus caballos fueron a dar a los margenes del camino. El hombre misterioso llegó hasta mi y me apuntó con la espada.
—Puedo oler la magia en ti, arcanista. ¿Cual es tu nombre?
—Sven, pero no soy arcanista.
—Pues hueles a uno, te lo digo yo que tengo la mejor nariz a varios kilómetros a la redonda. —El viejo aun me apuntaba con la espada, así que levanté las manos.
—Ya te digo que no lo soy. Soy músico. —agité mi espalda para que viera mi estuche— toco el violín.
—Ese violín también huele a magia. Esto es extraño. ¿Por qué te atacaban?
—Es una larga historia.
—Tenemos tiempo. Pero antes. —giró su cabeza hacía el fuego, que ahora eran grandes llamas comiéndose la madera de los arboles— apagaremos este fuego.
Entonces aparecieron del bosquecillo los dos mercenarios que faltaban junto con Estas. Mirando con peligrosos ojos la escena, sus hombres tirados en el piso junto con sus caballos.
—¿Qué diantres pasa aquí? —gritó el líder de los mercenarios mientras caminaba delante del otro que tenía a Estas atrapada.
—Ellos también me siguen, y a ella. —le dije al arcanista.
—Ese mugroso huele a semanas sin baño, mezclado con el aceite de cuero, hierro y polvo. Pude oler a los seis mercenarios hace una buena distancia. La chica huele a abeto, cedro, fresno blanco y arce. Talla arcos y flechas, eso es seguro. También huele a leche fresca y galletas recién horneadas, a cuero y dientes de león. Es de Severen y huele a magia también, como tú Sven. Me serán de ayuda.
—Me separé de él unos pasos, mientras el aun sobre el caballo apuntó su espada hacía los mercenarios. El viejo hizo rugir el viento nuevamente y alzó al mercenario por sobre las cabezas de Estas y el hombre haciéndole caer bruscamente.
El otro mercenario sacó un cuchillo y se lo puso en el cuello a Estas mientras se paralizaba del miedo.
—¡Alto brujo, no me hagáis nada! ¡Sino desangraré a la chica como un cerdo!
El viejo rió sin descaro. Yo en cambio estaba sudando de miedo, mataría a Estas. De pronto me pareció que el arcanista estaba simplemente loco.
—Has algo viejo, ¡Matará a la chica!
El arcanista se bajó del caballo tratando de mantener siempre las manos en alto. Yo hice lo mismo para que el mercenario no hiciera nada. El fuego reventaba la madera de los arboles, ya estaba casi medio bosque en llamas.
El viejo habló y el fuego pareció brillar más, como si estuviese realmente vivo. Entonces como una gran explosión el fuego gimió, dijo una palabra como de cólera y se apagó. La oscuridad fue seguida por un gran grito de miedo por parte del mercenario. Yo abrí automaticamente más los ojos para poder mirar en la noche, estaba oscuro y Estas y el mercenario se perdían en la oscuridad de los arboles.
—¡Brujo! ¡Brujo! ¡Te dije que la mataría!
—Mierda, viejo ¿Qué has hecho? —dije, pero el arcanista ya no estaba cerca mio.
—¡Brujo! ¿Me oyes? ¡La voy a matar! ¡Bruj...! —El grito quedó ahogado me asusté de verdad. Corrí hacía donde supuse venían los gritos y choqué con la mano del viejo.
—Arcanista ¿Eres tú?
—Sí, soy yo. ¿Estás bien chica?
—Sí, estoy bien, gracias.
—¿Puedes ver con esta oscuridad arcanista?
—Sí, hago pociones para poder ver en la oscuridad, poder oler mejor, entre otras cosas. Soy el mejor alquimista de los cuatro rincones de la civilización. —dijo solemnemente.
—Te creo —dijo Estas— Mi nombre es Estas de Tonne. ¿Y tú?
—Me pueden llamar Abenthy.
—Abenthy, somos de Severen —dijo Estas— ambos escapamos de un arcanista llamado Caudicus.
—¿Eran prisioneros?
—En cierta manera, sí. —dije.
—¿Y por qué razón huelen tan fuerte a magia?
—Pues —dijo Estas— Ya que me has salvado la vida debo ser honesta. Tengo una runa tatuada, una runa sacada de un talento de oro.
Abenthy contuvo la respiración unos segundos, movió la cabeza mirando la Luna y calló varios segundos.
—Ese talento, ¿Sabes donde está?
—Sí —Contestó Estas— esta en el palacio del Maer. Escondido en la torre de su arcanista. Ah y él también tiene uno. —dijo apuntando mi cara.
—¿Ah sí? —dijo Abenthy. Casi pude ver como se iluminaba su cara.
—Si, tengo uno, pero está en Tarbean, en un banco Cealdico.
—Me han caído del cielo chicos, en estoy en una travesía, buscando justamente los talentos. Me dijeron que había salido uno a la luz en Tarbean. fui para allá pero no encontré nada, ahora me dicen que en Junpui habían visto otro y de camino me encuentro con esto. En este momento estamos más cerca de Severen que de Tarbean, así que creo que lo más idóneo sea que vayamos allá. Los talentos no son para que los guarden los músicos, y tampoco los arcanistas nobles. Hay que devolverlos a la Universidad. ¿Saben que son capaces de hacer? Hay que guardarlos. Protegerlos.
—Pues dudo que Caudicus vaya a entregarte simplemente su Talento —le comenté mientras mis ojos se empezaban a acostumbrar a la noche.
—Tengo que pensar en algo.
Empezamos a caminar hacía el camino, Estas encendió su piedra de brillo azul y Abenthy hizo brillar una piedra roja.
—Lo siento —dijo Abenthy— Se me olvidó que ustedes no pueden ver tan bien como yo en la noche.
—Pues podrías compartir una de tus pociones. —Le comenté de buena gana.
—Já. Lo siento pero cargo pocas.
Levanté dos caballos, revisé que no tuviesen las patas rotas y le di uno a Estas. Abenthy fue por el suyo y se subió, Estas hizo lo mismo, mientras yo iba por las brújulas que usaron los hombres para encontrarnos.
Una vez las encontré las guardé en mi macuto y me subí también a un caballo.
—Hay que ir a Severen.
—Pero Abenthy, nos siguen —le dije— No podemos llegar y pasar por la puerta. Además no estoy seguro de querer volver.
—Yo iré —dijo Estas— te debo la vida.
En su rostro pude ver los destellos de la venganza— y tú Sven deberías venir también, si es que tienes honor.
—Necesito a alguien que conozca el lugar—dijo Abenthy mirándola—  y a alguien que me ayude a pasar por los guardias. —dijo girando su cabeza hacía mi.
—No podemos llegar y pasar al palacio del Maer con intenciones de robar. Nos cortarán los pulgares. —dije cogiendo mis preciadas manos— Si pudiéramos entrar sin que nos vieran, si tuvieras pócimas de invisibilidad estoy contigo.
—Hay una entrada secreta. —dijo Estas, la entrada está en Bajo Severen, por el sector que se quemó hace algún tiempo.
—Excelente. Eres una chica muy lista. Entonces está arreglado, un favor por otro, síganme. En Severen les haré un Gramm a cada uno y no tendrán más problemas arcanos.
—¿Qué es un Gramm? —Preguntamos Estas y yo al unísono.
—Les explicaré por el camino.


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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por SenzoTrace el Mar Nov 05, 2013 11:09 pm

Tardamos más de lo esperado, un par de inconvenientes nos retardaron; una patrulla de guardias que decidimos esquivar, una pareja de ancianos que necesitaban ayuda... Llegamos casi al anochecer.

Una vez en Severen, decidí separarme de los demás para realizar mi trabajo sin molestias, no es que ellos molesten mucho, pero si me pillasen con las manos en la masa, cuantos menos nos viéramos implicados mejor.
Severen era parecido a Tarbean, pero con mucha menos basura. La ciudad estaba bien cuidada y tenía hermosas plazas y jardines por todas partes. Al igual que la otra, estaba dividida por alturas, aun que mucho superiores, era imposible cruzar de alto Severen a la zona baja sin que te viesen. Di como imposible el hecho de poder visitar la zona más rica, el palacio.  Acordamos un lugar de encuentro y me despedí de mis compañeros.

Una vez calle abajo ordené ideas en mi cabeza, solucioné conflictos mentales y planeé las mejores estrategias de robo. Aun que recién había anochecido, todos los nobles y individuos adinerados ya habían vaciado sus bolsas en las tabernas, prostíbulos y traficantes de denner. Algunos iban tan drogados y borrachos que me regalaban su bolsa de dinero con solo pedírselo, pero no conseguí más de cuatro peniques.

-¿Aún...¡Hip!... no has pisado taberna conde?- Gritaba un noble borracho tirado en una plaza.
-¡Voy de camino pequeño viejo verde! ¿Han llegado los otros a la taberna?- Contestó el conde mientras pasaba de largo con una sonrisa lasciva.
-Acaban de llegar con preciosas mujeres...¡Hip!... y mucho dinero que gastar-

La última frase me puso en marcha al momento, pero mentiría si dijera que lo de las mujeres no me llamó la atención. Quizás cayera alguna si el hurto tenía éxito.
Seguí el rumbo de mi presa, doblando esquinas y separandome a buena distancia. En unos instantes el sujeto entró en una taberna, bastante animada y con buena música. Entré unos segundos después.
A mis espaldas entró un violinista el cual fue atrapado por unos instantes entre una lluvia de saludos.
Aprovechando que me habían dejado vía libre a la barra me acerqué y pedí un vino tinto de Vintas, un producto caro pero muy refinado, no podía desentonar en un momento así, mi aspecto de trotamundos ya destacaba entre tanto pijo de palacio.  Momentos después una mujer morena con unos largos tirabuzones negros se acercó a mi mesa con una sonrisa inocente.
-¿Quieres pasar un buen rato guapo?- Dijo la prostituta.
-Quizá mas tarde preciosa, tengo un negocio entre manos.- Comenté mientras levantaba la copa de vino a la altura de mis ojos, para observar al conde a  través del cristal.

Uno de los nobles que lo acompañaban se levantó y le gritó al tabernero que apuntase los consumido en su cuenta. Estaba claro, ese no había gastado una sola moneda de su bolsa.
Me levanté y andé hacia el noble borracho. Calculé sus tambaleos para chocar contra él y robarle su pesada bolsita de cuero.
-Vigila donde pisas- le culpé mientras lo apartaba de un empujón. Puso cara de perro apaleado y desapareció de la taberna.

Volví a sentarme en mi mesa y seguí vigilando de cerca. El músico que había entrado detrás de mi estaba sentado entre el conde y yo, y ya se había bebido el segundo vaso de licor. Supuse que sería metheglin. Un segundo noble se levantó para pagar y repetí la misma acción después de que pagara (para que no se diera cuenta dela falta de la bolsa), claramente esta contenía menos dinero, pero me llegaría para pagar el vino y algunas copas más.

Una chica joven y realmente guapa se acercó al conde,  este se levantó y junto a la joven se acercó al músico. El conde le preguntó al chico “Sven” un par de cosas, entre las cuales entendí "¿Te gustaría tocarnos algo hoy?"
-Me encantaría Conde Jarrison, pero no creo que les guste al señor Her la idea de que vaya y me suba a tocar sin más.

El conde partió a hablar con el dueño del local, mientras Sven intentaba en vano engatusar a “Dianae”, o eso creí oír.

Minutos después, el violinista subió a escenario y tocó algunas canciones, las cuales, aun que me fastidie admitirlo, me calaron hondo. Por alguna razón, pensé que sería alguien con quien podría llegar a llevarme muy bien. Después de la primera canción el público se fundió en un estallido de aplausos y vítores. Aproveché para atacar y aceleré hacia el conde, que aplaudía entre la masa de borrachos. El único que podía verme actuar era el músico, que se situaba a una altura mayor, pero confié en que estubiese ocupado afinando el instrumento  o mirando los escotes de las cortesanas.
Choqué a la vez con el conde  y otro viejo que estaba junto a el, y conseguí robarle a los dos sin que  se dieran ni cuenta.

Para no despertar sospechas, pedí otra copa en la barra y volví a la mesa esquivando a los presentes con gran dificultad.

Para mi sorpresa, Sven se sentó a mi lado.

-Bienvenido camarada – Dijo él.
-Hola, bonita música.
-Gracias -Me miró con una mirada de desafío, pero sin demostrar superioridad (como hacen los nobles), eso me pareció muy sincero, y como pensé, me cayó bien al instante. -Te seré sincero, no eres un buen ladrón, lo sé porque cuando chocaste con aquel hombre pude ver como le sacabas la bolsa -“si solo viste como se la hurtaba a él, es que no soy tan malo como dices” pensé-, aprovecharse del embelesamiento de mi canción a sido muy propicio, pero amigo, ojalá no te haya visto nadie más. Acá en Severen tienden a cortar pulgares por menos. Será mejor que no te arriesgues, yo puedo pagarte mucho más. Y creo que puedes ayudarme si sabes realmente usar esa espada que tienes bajo la capa.

“Ya contabas con mi curiosidad, ahora cuentas con mi atención.”

-¿Cual es tu nombre?
-Senzo. ¿Y el de vos? -Pregunté fingiendo que no le había estado espiando anteriormente.
-Sven de Berezan.
-Pues bien, Sven, te seré sincero, no soy un maestro con la espada, pero ella es buena por si sola, seguro que te podré ayudar. Ahora dime, ¿Para qué necesitas un espadachín?
-Pegados a la pared, a la izquierda de la chimenea hay dos hombres. Uno tiene barba negra bien recortada y pelo enmarañado. El otro, el de las facciones duras, tiene dos aretes con piedras verdes engarzada. Míralos disimuladamente.
-Vaya, tienen toda la pinta de ser matones de tomo y lomo.
-Definitivamente lo son. no quiero que los mates, pero ¿Puedes noquearlos al menos?
-¿Y cuanto estás dispuesto a pagar por ello?
-Tres talentos de plata, uno por el barbudo y dos por el grandulón.
-Me parece justo, aunque si me ayudaras creo que sería más fácil.
-Pues en tal caso tendrías que pagarme por ayuda ¿No crees?
-Pues te doy dos talentos por cargarte a los dos ¿Qué te parece?
-Joder, soy músico no hombre de armas, pero vale, te daré ayuda moral.
-Genial, vamos entonces, pero ¿Me pagarás por adelantado? No quiero que te mueras y no me pagues. -Sonreí desafiante.
Salimos de la Taberna y nos preparamos en un callejón para noquear a los guardias.

-¿Tu espada... tiene nombre de chica?

La pregunta me sorprendió. Relamente no había pensado nunca en ello. Pero tenía razon. Las curvas recordaban a una mujer, parecía despiadada y elegante. Tan destructiva como silenciosa.
-Aun no le he puesto nombre. No la llevo desde hace mucho tiempo, y la verdad es que no he tenido mucho tiempo como para pensar en esas cosas.
-Deberías ponerle nombre de chica, se nota que es una chica.
Sin duda tenía razón.

En ese instante entraron los guardias al callejón. Levanté la espada y Sven se tiró contra el barbudo dejandolo tendido en el suelo.  Creo que esa noche fuí el único que se fijó, pero la espada del guardia rebotó en el brazo del músico sin hacerle un simple rasguño, y voló metros más atrás. La incredulidad me djó bloqueado, con los brazos sobre la cabeza, y el grandullón tubo una leve conversación con Sven. Mi nuevo compañero tiró las armas y provocó al guardia para que le cortase o le apalizase. Eso me hizo caer en la cuenta de que no era un chico corriente. Ocultaba algo, algo como lo que yo ocultaba bajo la camisa. Quizá no un objeto, pero sí algún secreto.
Vi como abatía al segundo guardia. Me reí y le expliqué que no le hacía falta ayuda, aun que me llevaría un talento como paga de la coartada.
Aun que fuera una broma, Sven me lo ofreció, y esa fué mi recompensa junto a los aretes de esmeralda de un soldado, algo de dinero que tenía el otro en sus bolsillos y sus espadas, que me llevaría como armas para Berthus y Berdine.  Estube pensándolo sériamente, y que mejor arma que un chico indestructible y violinista, que encaje con nuestro documento robado de “troupe con permiso para actuar”.

-Hey Sven, se nota que estás escapando de algo, o alguien. Quizá no te quieres casar con Madame feacara y por eso te arrancas de la ciudad y creo que te puedo ayudar. Y tú a mi recíprocamente.
-¿Necesitas más dinero? Sabes, ya no necesito tu ayuda, pero aprecio que me escoltes.
-El dinero es lo de menos, sabes, estamos escapando igual que tú y creo que de lo mismo. Noté como te apretó la mano ese ogro, y como le golpeaste con la cabeza, se nota que no eres normal. ¿Te gustaron los dibujos de mi espada? -Ví como los miraba con asombro.

Esperé un buen rato mientras Sven pensaba.
-Arranco de algo más que hombres malos, arranco de un arcanista. ¿Sabes que puede protegerme de eso?
-No hay otra cosa en el mundo que te pueda proteger de un arcanista que otro arcanista.
-Y conoces a algún arcanista que no sea de Severen.
-Sí, a uno. Te podría llevar con él, claro que sus servicios son caros. -Así Berthus podría sacarse un dinero extra a costa de Sven.
-Esta bien, creo que estoy en posición de poder pagarlo. Espérame en Bajo Severen, en la plaza del mercado. No es buena idea que nos vean juntos ahora, luego de haber dejado dos cuerpos medio muertos en un callejón.

Decidimos quedar al día siguiente en bajo Severen, a cosa del medio día, y nos separamos de nuevo. Con las espadas en el cinto y todas las monedas en una bolsa bajo la ropa volví a bajo Severen donde me reencontraría con mis compañeros. Al llegar al elevador, encontré una fila descomunal, donde los pueblerinos parecían sorprendidos por algo que había ocurrido.
"¡Venga hombre, ni que alguien se hubiera tirado por el precipicio!" Grité en el último lugar de la fila. Y esperé. Vaya si esperé, horas, hasta que el elevador apareció ante mis ojos, y pude mezclarme de nuevo entre la masa de apestosos comerciantes, nobles y todo tipo de basura de ciudad.
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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por Bast el Sáb Nov 09, 2013 8:26 pm

Nos encontrábamos en un bosque muy familiar para mí. Éste bosque me traía amargos recuerdos, pero no era el momento de recordar, teníamos compañía y no de la mejor, precisamente. Una serie de asesinos enviados por un conocido, nos daban alcance. Estos tipos no eran aficionados como soldados o bandidos, eran peligrosos. No era la primera vez que me enfrentaba a asesinos, pero, no podía confiar en que mis amigos y acompañantes no fuera su primera vez. Les hice una seña para que se escondieran y no bajaran la guardia. Ellos vacilaron un poco, pero después de un breve tiempo de meditación, me hicieron caso. Los asesinos eran un grupo de siete. No eran los mejores asesinos que podrían haber mandado a nuestra caza. Ataqué a uno de ellos que me salió al paso con un golpe ascendente en el rostro y lo mandé contra un árbol cercano quedando inconsciente y perdiendo el cuchillo que portaba. Quedaban 6, esta vez me lancé contra el grupo de asesinos, golpeé a otro de ellos, que portaba una navaja corta, pero recibí un corte en el brazo, provocado por otro de ellos, el cual portaba una navaja de 15 cm de longitud. Lo agarré con el brazo no dañado y lo lancé contra otro de ellos. Quedaban 3, golpeé a uno que venía con una espada y lo dejé inconsciente, luego se lo lancé a uno que venía contra mí usando una navaja dejándole inconsciente igual. Mejor era prevenir que lamentar, y podían hacerme daño. Sólo quedaba uno, el que parecía ser el líder. Se lanzó a atacarme con una espada larga, sabía que con la espada no podría acercarme, así que cuando daba el amago, él interponía la espada obligándome a retroceder. En uno de mis intentos fui cortada levemente en el vientre, un simple arañazo del que apenas brotaba sangre. Se me ocurrió una idea. La puse en práctica y funcionó. Al acercarme, el asesino interpuso su espada entonces, cogí la espada por el contrafilo y tiré un poco de él hacia mí consiguiendo impactar mi golpe contra su cuerpo. Saló despedido hacia atrás. Por su boca brotaba mucha sangre, me había pasado con la fuerza, lo sabía, pero aun así estaba segura que no moriría.

-Eres como decían… una auténtica monstruo-empezó a reírse fuertemente, luego miró hacia unos árboles, los árboles por donde se ocultaron mis compañeros de viajes y amigos-yo que vosotros me preocuparía, porque hasta ahora habéis estado viajando con…
-¡¡Cállate!!!-bramé mirándolo con mi cara más seria e intimidante, mientras apretaba los dientes y los puños al punto de hacer brotar sangre tanto de la herida de mi brazo, como de las palmas de las manos.

-jejeje… desde luego sabes cómo intimidar… asesina legendaria. Asesina del Crepúsculo… ¡¡¡Furukawa Meiko!!! Vuestro destino está escrito. Mi jefe ha puesto en movimiento a los Ashura… estáis muertos-empezó a reír fuertemente al decir lo último, hasta que quedó inconsciente. Un escalofrío recorrió mi medula espinal cuando escuché esa palabra. Los Ashura eran los 10 asesinos de élite, eran los más fuertes entre la élite. Si los había puesto en marcha, su ambición era fuerte.

El crepúsculo estaba empezando a caer. Esa revelación me truncaría el viaje. Empecé a sentirme mal, nerviosa y triste. Vimos un claro y empezamos a montar las tiendas de campañas alli, pero nadie decía nada. Era comprensible, llevaban mucho tiempo viajando con una asesina, y no una cualquiera, sino que encima estaban con una asesina legendaria. La noche poco a poco empezó a caer, y allí a la luz de la hoguera tomé la decisión de narrar mi vida. Lo que nunca se había contado ni siquiera en las leyendas, y ellos serían los únicos en escucharla, no necesitaba más.

-Chicos, escuchadme. No era mi intención ocultaros quien era en realidad. Siento mucho si os he ofendido. Escuchadme bien, porque seréis los únicos en saber la verdad, la historia de mi vida, aquello que se escucha en la leyenda y lo que todo el mundo desconoce. Voy a empezar.

FLASHBACK

No recuerdo cuándo fue, ni cómo pero era muy pequeña cuando tuve que aprender a sobrevivir en las terribles calles de Tarbean. Sabía muy bien que los soldados me temían debido a mi enorme fuerza y recibía palizas por ello mismo. Era pequeña para defenderme, tampoco podía hacer nada contra gente numerosa y mayor que yo. Un día, en uno de mis hurtos por las calles de la ciudad, empujé a un soldado tan sumamente fuerte que terminó golpeándose contra la pared muriendo en el acto. Esa fue mi primera vez. No sabría explicar que sentí a mis 4 años cuando maté a alguien, tampoco era consciente de lo que acababa de hacer. Me pasaban los años huyendo y robando y si podía y me veía acorralada iba a saco para escabullirme. No me importaban las vidas de los demás mientras conservara la mía. Cuando apenas tenía 6 años, conocí a mi maestro. Draconel se hacía llamar. Era un hombre de pelo blanco y entrando en la vejez, alto y delgado. Daba un aspecto serio y siniestro, pero no me dio miedo. Él me encontró de casualidad mientras paseaba por la ciudad una tarde. Maravillado por mi fuerza me sacó de Tarbean y me tomó bajo su tutela. Con él aprendí a matar. Los entrenamientos fueron duros, terribles. Con él aprendí todos los puntos vitales para asesinar. También me dio clases sobre cómo defenderme con espadas y otras armas, pero jamás empuñe ningún arma. Sólo mis puños bastaban para provocar hemorragias internas. Me convertí en una asesina sin remordimientos que le daba igual la vida. Él me presentó a la muerte como algo que se disfrutaba mucho. Nunca acababa de comprender ese sentimiento, pero de algún modo, sabía que a él le gustaba verme de matar e incluso me premiaba. Eso me contentaba lo suficiente.

Cuando Draconel me creyó preparada, él simplemente me abandonó no sin antes dejarme un papel revelando una dirección en un pueblo cercano a Tarbean llamado Rafteel. Conseguí ir allí con esfuerzo, pero cuando llegué pude ver el cadáver de un hombre de pelo alborotado, castaño, de mediana edad. Tenía los ojos como rubíes, abiertos, pero no miraban a ningún lugar, ya que una espada le atravesaba el vientre. Las enseñanzas de Draconel susurraron en mi interior que ese hombre había muerto por una puñalada en el hígado que también había rozado el páncreas. El suelo se había convertido en una enorme piscina de sangre bajo él. También había el cadáver de una mujer, que, definitivamente, dentro de mí, pude ver que era igual que yo. Era yo de adulta: tenía la misma cara, los mismos ojos, el mismo pelo... Pero éramos distintas. Ella tenía la garganta completamente abierta, llegando a vérsele las cuerdas vocales, los tendones y todo el hueso. La lengua la tenía completamente cortada para que no pudiera gritar.  Y en ese momento comprendí que ellos eran mis padres, al mismo tiempo que vi a Draconel sentado sobre sus cuerpos. Éste me mando una sonrisa siniestra y huyó de allí. Al huir se llevó algo consigo. Quizás una parte de mi mundo que nunca llegaría a conocer o quizás se llevó mi infancia, algo que nunca había creído tener. Quizás fuera otra cosa, pero en ese momento mis sentimientos eran demasiado confusos para que una niña como yo los pudiera entender. Tras la muerte de mis padres algo cambió. Tras la muerte de unas personas a las que me sentía unida irremediablemente por tener parentesco, y por ser una criatura, las cosas cambiaron. Me empecé a dar cuenta de que las personas al morir se marchan para siempre, que no vuelven, que dejan de estar en el mundo, que dejan de estar a tu lado, al lado de nadie y me entró miedo, mucho miedo y dolor. Al principio porque pensaba que a mí también me podía pasar, morir y dejar de existir. Eso me aterraba. Por otro lado otra parte de mí sentía dolor porque personas a las que amaba sin ni siquiera conocerlas habían desaparecido para siempre, sin poder abrazarlas, sin poder conocerlas, sin poder despedirme o darles un beso. Esa fue la primera vez que lloré, o al menos la primera vez que recordara. Envuelta en dolor y confusión empecé a sentirme vacía por todo lo que conocía. Mi vida en Tarbean, Draconel e incluso mis padres, aun sin saber de su existencia, todo había desaparecido. Pero no es como si esa posibilidad hubiera muerto. Era peor, era como si hubiera muerto en vida, porque aunque ésta se había esfumado aún podía sentir las necesidades de los seres vivos, comer, vivir, respirar… pero como deseaba poder morir, pero mi instinto de supervivencia era más fuerte y se aferraba a la vida aunque mi mente no lo deseara. En ese vacío que era ahora todo lo que tenía, mi desesperación aumentó hasta convertirse en una espiral que giraba sobre mi misma, a veces lentamente, que me cubría por completo de un dolor que se asemejaba a una mortaja. Otras veces giraba rápidamente, hasta el punto que la rabia amenazaba con llenarme y, a través de mí, convertir todo a mi alrededor en un reflejo de mi alma vacía. En esos momentos, un eco, la voz de Draconel me susurraba qué hacer. A veces, cedía, y todo lo que había a mi alrededor era devastado, aunque la mayoría de veces mi ira me llevó a ser más destructiva conmigo misma que con los demás. Tras un tiempo, el huracán en mi interior amainó lo suficiente para convertirse en sólo una tormenta. Pero no hay que engañarse, las tormentas siguen siendo peligrosas, y más en el mar... aún seguía siendo una niña pequeña, y ahora estaba más sola que nunca y era consciente de ello. Por eso, sólo me quedaba una opción, y era hacer lo que mejor se me daba. Aquello para lo que fui entrenada. Aquello por lo que perdí a mis padres. Matar. Y sí, algunas veces me sentía culpable por ello, por causar el mismo dolor en alguien de la misma manera que Draconel me había causado el dolor de la pérdida de mis padres. Pero entonces mis ganas de sobrevivir me hacían olvidar eso. También mis ganas de hacerle pagar al mundo lo que me había sucedido, trayendo tanto dolor y muerte como la que sentía en mi interior. Sí, cada mañana, cuando me levantaba, era la supervivencia o la venganza lo que me empujaba a abrir los ojos.

Empecé a trabajar como asesina a sueldo recibiendo todo tipo de encargos, pero mi verdadero objetivo era matar a Draconel, a mi maestro. Pasó el tiempo, me había hecho un nombre como una asesina despreciable. Empecé robando dinero a cualquier precio, pero pronto me llegaron encargos de matar bandidos, nobles, varones... Entonces, el día de mi octavo cumpleaños recibí un encargo. Debía dirigirme hacia un pueblo enorme al norte de mi ubicación actual. Me encontraba en una pequeña aldea llamada Trinity y debía llegar hasta Overdell. Mi objetivo era buscar a una anciana llamada Mariko y llevarla sana y salva hasta Trinity pero una vez que llegué allí, descubrí que era una ciudad llena de soldados y pueblerinos armados. Me tendieron una trampa para entregarme a la justicia. No tuve más remedio que matar a todos los que me salieron al paso. Ese día, no dejé a nadie vivo en Overdell, con las pocas fuerzas que me quedaban intente volver a Trinity pero las fuerzas me abandonaron. Esa noche empezó mi leyenda. Esa leyenda que nunca debió contarse. Ni siquiera sé quién fue el que lanzó el rumor, pero desde ése día me conocen como Mei, la asesina del crepúsculo.

Cuando desperté, busqué algunas frutas para comer. Otra cosa que aprendí en mi época en Tarbean y reforzada con las enseñanzas de Draconel, ya que me enseñó que frutos eran comestibles y cuáles no. Sabía que me buscarían en Trinity, así que huí hacia Obel, una pequeña aldea al norte de Overdell hasta que las cosas por Trinity se calmaran. Pasó el tiempo y cumplí los 9 años. Para ese entonces, la cosa por Trinity se calmó, pero la leyenda y la historia de lo que pasó en Overdell llegó a Obel. En ella, nombraban a una asesina de sólo 8 años como la asesina del crepúsculo debido a que fue a la medianoche cuando acabó con toda la vida del pueblo. Dentro de mi inocencia y de mi mentalidad sin sentimientos, no le di importancia y seguí recibiendo encargos. Un día, cuando volvía de cometer fácilmente otro de mis asesinatos múltiples a gran escala la conocí a ella. Una chica de aproximadamente 20 años de edad, de pelo rubio y por debajo de la cintura. Desbordaba alegría y optimismo. Era una chica muy peculiar. No sería la primera vez que nos encontraríamos, ya que cuando volví a Obel buscando refugio de algunos soldados que me habían pillado con las manos en la masa, ella me ocultó en su carromato. Ella era una maestra calderera llamada Wilhelmina. Al poco tiempo de viajar juntas, empecé a abrirme a ella, aunque sólo con pequeñas palabras, pero poco a poco empezó a ganarse mi confianza. Ella me enseñó cosas buenas, todo lo contrario que Draconel, y gracias a ella pude retomar el rumbo de mi vida. Aprendí cosas que nunca me habría enseñado Draconel, e incluso se me daban bien aprovechando mis capacidades físicas extraordinarias. Para entonces yo ya tenía 12 años y estaba empezando a desarrollarme. Las enseñanzas de Wilhelmina me ayudaron a recuperar mi personalidad original que tenía de pequeña, con algunos toques de perversión provocada por la edad y en parte también por el carácter de mi mentora. Para aquel entonces, ya era consciente de todo lo que había hecho en mi vida. Pero pese a todo lo que estaba viviendo con ella, tenía la sospecha de que sabía mi verdadera identidad, pero no le daba mucha importancia. Whil siempre mantenía su sonrisa y nunca me preguntaba nada sobre mi pasado.  Entonces llegó ese día en que me confirmó mis sospechas al pedirme que le hiciera una promesa. Esa promesa.

No volvería a matar, para tener un futuro. Pero sin saberlo, había hecho dos promesas incompatibles entre sí. Ella me había humanizado e incluso una de sus enseñanzas fue usar mi fuerza para proteger a mis seres queridos en vez de como un arma para matar. Esa fuerza para ayudar a todo el que necesitara mi ayuda, que siempre habría una persona quien le podría ser útil alguien con mi fuerza, e incluso podría ganarme la vida honradamente. Todas esas enseñanzas de Wil hacían que mi vida retomara un sentido nuevo. La honradez. Aunque en ningún momento me dijo que no la usara para golpear. Sin duda, ella daría la vida para protegerme a mí, y yo para protegerla a ella. Llegué a considerar a Wil como una hermana, y el sentimiento era correspondido. Ella fue como la familia que nunca tuve. Entonces llegó aquel fatídico día, el día dónde volví a ver a Draconel. Nos encontrábamos en Salsabil, un pueblo cercano a Vintas, dónde por azares del destino, mi ex-maestro estaba de asesinato en el pueblo. Él nos dio alcance a las afueras del pueblo, en un bosque que había allí.

Wilhelmina y él tuvieron una batalla verbal sobre mí. Ambos eran lo contrario del otro. Wil desbordaba pureza y bondad mientras que Draconel era la viva imagen de la maldad. Draconel la acusó de haber destruido su mayor creación asesina y ella le respondió que una niña no debería crecer sin un futuro. Estuve viendo todo el rato la discusión. Temía por la vida de Wil, y mi temor se hizo realidad cuando vi manar sangre de la espalda de Wilhelmina y una enorme espada la atravesaba en vientre cortándola en dos, mientras yo corría y corría para socorrer a Wil, pero por más que me esforzaba parecía que no llegaba hasta ella. Draconel volvió a huir soltando una risa maléfica. Wil tenía los ojos cerrados y una sonrisa adornaba sus labios, estaba sonriendo aún en la muerte, estuve pensando mucho sobre el significado de esa sonrisa. En ese bosque, enterré a Wil usando una pala que ella tenía en el carromato. Esa fue la segunda vez sentí ganas de llorar, pero no lo hice por orgullo, pero no pude evitar que un par de lágrimas rodaran por mi rostro. No quería darle el placer de verme llorar a Draconel. En ese momento me prometí que mataría a Draconel con mis propias manos, sin descuidar las enseñanzas de Wilhelmina. No sabía qué hacer con lo poco que quedaba en el carromato de Wil, eran un par de cosas pequeñas. Una moneda extraña y unos guanteles de hierro. Esa noche en el bosque sería larga y aproveché los guanteles para hacerle una tumba como ella se merecía y de paso saciar mi frustración golpeando algo, la pobre víctima fue una enorme roca gris que allí había, y que poco tiempo después era un casi perfecto rectángulo que aproveché para ponerla sobre la zona dónde estaba el cadáver de mi amiga, mentora y sobretodo mi persona más importante. Cuando amaneció fui avanzando de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad buscando trabajo decente para sobrevivir y gracias a eso pude ir ahorrando para, finalmente al poco tiempo, alquilar una habitación en una posada de Beren, que ironías del destino se llamaba Rocagrís. Allí me dedicaba a ayudar a lo que me pidieran para no vivir de gorra. Al mismo tiempo protegía la posada de los maleantes y de los salteadores, mientras buscaba un extra-sueldo. Había conseguido rehacer mi vida, recuperando la humanidad que terminé de perder con las enseñanzas de Draconel. Pero aun mantengo en mi cabeza las dos promesas incompatibles entre sí.


FIN DEL FLASHBACK

Una vez acabé de contar mi historia, guardé silencio durante un instante. Luego simplemente sonreí falsamente.
-Bueno, chicos, escucho un río y voy a bañarme. Necesito quitarme el sudor.
Diciendo esto, me levante de mi lugar y me encaminé hacia los bosques, una vez en el río, me subí a una roca y allí me encogí sobre mis piernas y lloré, lloré nuevamente. Una serie de pasos me hicieron saber que tenía compañía.

-Pensarás que soy patética ¿Verdad?-dije mirando hacia la luna con los ojos llenos de lágrimas.

En este mundo existe algo tan inmenso que se escapa del conocimiento humano por ello la gente adora a los dioses o bien teme a los demonios. Dolor y devoción, llegado el momento uno encuentra algo que le supera ¿será eso también el destino?
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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por Viajera el Mar Nov 12, 2013 11:51 pm

La única manera de describir el pasado de Mei es utilizando la palabra…”desgarrador”. Tendría que haber supuesto que había algo así escondido detrás de ella, nadie puede ser tan frío y tan distante sin un buen motivo. Lo que me sorprende es no haber sido capaz de verlo antes…esa conducta letal y esa sonrisa falsa, son demasiado familiares para mí y tendría que haberlo comprendido desde un principio. Supongo que me dejé llevar por su impresión general y no quise ver más allá. Lo cierto es que me estremezco al pensar que yo podría haber tenido un futuro muy similar al de ella. A fin de cuentas no somos tan distintos como seguro que piensa.

Holly fue tras ella cuando se marchó. Es mejor que se queden solas durante unas horas, hablando de lo que tengan que hablar, sé que en estos momentos es lo que necesitan. No hay nada que yo pueda hacer y estoy seguro de que pocas veces se me volverá a presentar la oportunidad de ausentarme sin que ninguna se dé cuenta. Prefiero no decirles nada de esto, creo que ya hemos tenido bastantes traumas por hoy como para añadir los míos al saco. Es mejor que resuelva esto en silencio.

Estoy muy cerca de donde él vive, apenas a unos pocos minutos. Ya empiezo a sentir esa pesadez en el estómago. No creo que nunca sea capaz de librarme de esta maldita sensación pero no puedo permitir que los nervios se adueñen de mí, siempre se aprovecha de mis debilidades y hoy más que nunca debo mantenerme impasible ante todo lo que él intente provocarme, no puedo permitirle volver a tener ventaja…no como la última vez.

Me detengo en seco al ver el cuchitril en el que malvive, mucho peor que la habitación de aquella posada de mala muerte en la que vivía hace nueve años. De no ser porque mi tío me aseguró que esa era la casa no me lo habría creído. Cualquiera que pasase por delante pensaría que esa caseta medio ruinosa está abandonada u ocupada por un vagabundo. Frunzo el ceño al imaginar a cuantas otras cosas habrá renunciado para poder permitirse sus malditos vicios. No quiero perder más tiempo así que voy hacia la puerta y golpeo dos veces con el puño. Oigo el sonido de una silla cayendo al suelo y unos pasos arrastrándose. Mi corazón palpita con fuerza a medida que se va acercando a la puerta.

 Lárguese- gruñó sin molestarse en abrir- ya ha pasado uno de los vuestros, no tengo dinero así que déjeme en paz de una vez.
Ni siquiera me sorprende, la última vez que le vi debía dinero a un mínimo de tres prestamistas. Sus costumbres no cambian. No me molesto en llamar más veces, pongo la mano sobre el picaporte y abro con brusquedad. Él se sobresalta y vuelve a gruñir.
 ¿Acaso no me ha oído?- se gira hacia mí con una mirada furiosa- le he dicho que se…

Casi tropieza con sus propios pies en cuanto me reconoce. Su boca se entreabre y me mira con incredulidad. Sus ojos se fijan en mi cicatriz. Entrecierra los ojos.

 Esto sí que no me lo esperaba- murmura- el hijo pródigo ha vuelto- su mirada vuelve a recorrerme de arriba abajo- perfectamente uniformado y preparado. Ya veo que no fue un cuento eso de que te alistaste. ¿Siguiendo los pasos de tu querido padre?

Se ríe de su propio chiste y se arrastra hacia la mesa que está en el centro de la habitación.

 Bienvenido a mi hogar, está un poco desordenado pero no contaba contigo hoy. La próxima vez que me eches de menos avísame un poco antes.
 No he venido por cortesía, padre- ignoro su invitación a que me siente en una de las sillas- hay ciertos temas que deberíamos hablar y preferiría no tener que esperar más tiempo.
 Por supuesto, tú siempre quieres hablar. Hace nueve años también querías. Lástima que mis amigos no buscasen lo mismo que tú.

Aprieto los labios con tanta fuerza que podría hacerme daño. No esperaba que mencionase lo que había sucedido aquel día, aunque no es que sea algo que pueda borrar de mi memoria. Algunas noches aún puedo sentir los golpes…el vidrio de aquella botella rajándome la piel… Cruzo los brazos sobre mi pecho y me obligo a volver a la realidad.

 No creo que “amigos” sea el término adecuado- le digo mostrándome impasible- si no me equivoco eran unos matones que querían el dinero que les debías. Aunque lo buscaron en el lado equivocado.
 Les dije que me diesen más tiempo pero no quisieron escucharme, esos malditos…
 Les dijiste que fueran a por mí- mi tono se vuelve duro- y fue lo que hicieron. Estaba decidido a darte una segunda oportunidad, a intentar olvidar los años de maltrato que mi madre y yo sufrimos en tus manos. Volví después de años sin verte sólo para intentar ayudarte porque es lo que se supone que hace un hijo…no quise escuchar a mi madre y a mi padrastro rogándome que no lo hiciese. Intenté ayudarte y tú me lo pagaste mandando a aquellos matones a pedirme el dinero que tú les debías. No pude dárselo y en consecuencia me dieron tal paliza que estuve cerca de morir. No me digas que intentaste interceder porque sabías lo que iba a ocurrir y lo permitiste.

Mi padre me mira sin el más leve signo de arrepentimiento.

 Nada de lo que diga podrá cambiar lo que ocurrió aunque si te hace sentir mejor puedo disculparme.
 No quiero tus falsos arrepentimientos, no me hacen falta. Puedo convivir con lo que ocurrió. Estoy seguro de que te gustaría que la cicatriz de mi cara me atormentase siempre que me miro a un espejo pero no es así. Puede que mis recuerdos de ese día sean amargos pero no han eclipsado el resto de mi vida. Por suerte tuve un padre que fue y sigue siendo mucho mejor que tú, un padre que hizo lo imposible porque ese día quedase en mi pasado.
 Entonces ¿a qué has venido?
 Creo que no me hace falta decírtelo- siento como la pesadez de mis hombros se vuelve más liviana- tú mismo lo estás viendo.

Me sostiene la mirada durante unos instantes y por primera vez es él quien la desvía primero. Y ahora por fin puedo verlo tal cual es, un simple hombre.

 Quiero que me cuentes la historia de las monedas- se sobresalta ante mi petición- las monedas que someten a los demonios y quiero la verdadera historia.

Su asombro es evidente y durante varios segundos no es capaz de articular palabra. Por un momento incluso me pareció ver el miedo reflejado en sus ojos.

 ¿por qué quieres saberlo?- me pregunta
 Sólo dímelo.
 Esas monedas no es algo que deberías estar buscando Alván. La gente dice que sirven para mantener alejados a los demonios de las ciudades, que mantenían la maldad alejada de todo y de todos…quien tuviese las monedas podría mantener la paz.
 Esa es la historia que todos conocen.
 Sí, es cierto, pero hay una parte que muy pocos han escuchado- se deja caer en una de las sillas pesadamente y alarga la mano para coger una botella medio vacía que había en la mesa. Dio un trago y se quedó pensativo-  El poder es una mierda que corrompe, Alván. Todos queremos poder, venderíamos a nuestra madre sólo por eso…yo lo quise y mira como he acabado: sin mujer, sin hijo, expulsado del ejercito por conducta deshonrosa… Hubo un hombre, hace años, que mató a su hermano sólo para poder hacerse con su título y con sus tierras, intentó matar a su propia sobrina pero ella escapó y se escondió en el bosque. Nadie sabe lo que le sucedió pero aún hoy ese hombre la busca para asegurarse de que nunca pueda quitarle lo que él mismo usurpó.

Estoy desconcertado, no entiendo nada.

 ¿por qué me cuentas esto?- le pregunto
 Porque estás buscando algo mucho peor que lo que quería ese usurpador. Tú que siempre has sido tan bueno y tan noble. Me pregunto cómo lucharás contra la corrupción de ti mismo.
 No comprendo…
 Esas monedas. Controlarlas conlleva un costo. Ya sea para mantener a los demonios a raya o para controlarlos…el poder no sale de la nada Alván, siempre hay que pagar un precio por él. Y esas monedas siempre han estado rodeadas de muerte, se usaron durante la Guerra de la Creación, una época donde había más muertos que vivos…y no fue casualidad.
 ¿qué?
 Las monedas se alimentan de la muerte, los arcanistas de aquella época luchaban por un bien mayor y el precio que se les pedía por poder leer esas runas no les pareció excesivo. No sé por qué pero el poder de las monedas aumentaba cuando alguien cercano a ellas moría y por asociación también el poder de aquel que las controlaba. Muchos arcanistas murieron gustosos en aquella época. Pero hubo uno que se negó, consideraba que se trataba de una magia demasiado oscura y ayudó a los seis traidores a robar las monedas y esconderlas. Los años han pasado pero la magia de esas monedas sigue vigente y también su precio. Tenlo presente si las estás buscando, hijo.

Siento que el corazón me va a mil por hora y la velocidad de mis pensamientos no se queda atrás. Tengo…tengo que encontrar a Mei y a Holly. Tenemos que ir en busca de Berthus, Senzo y Berdine…no…ni siquiera sabíamos lo que estábamos buscando, tengo que advertirles antes de que sea tarde. Doy pasos apresurados hacia la puerta sin molestarme en despedirme de mi padre, en lo único que pienso es que tengo que salir de aquí. Cuanto antes. Una vez fuera echo a correr en dirección al bosque. Tan rápido como las piernas me lo permiten.
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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por Albertet el Jue Nov 21, 2013 4:12 pm

Después del encuentro con los Chandrian, mi forma de ver el mundo cambió como la noche al día. En un principio había comenzado la búsqueda de aquellas curiosas monedas como algo intelectual, una forma de ampliar mis conocimientos después de que me expulsaran de la Universidad. También tenía para mí un poco de juego, algo en lo que pensar mientras decidía qué hacer con mi vida. Y, por qué no decirlo, me atraía el hecho de vivir aventuras con este grupo de personas tan distintas.

Pero el día anterior había visto el Mal. El mal no eran sólo las personas que sufrían la pobreza en Tarbean, o las prostitutas que se arrastraban por las calles dispuestas a todo por un trozo de denner, que también. El Mal para mí era la aparición de cinco mercenarios torturando a media troupe de Edena Ruh, y después la aparición de siete demonios saliendo de la oscuridad para matar a todos ellos.

Si eso era el Mal, lucharía con todas mis fuerzas contra ello, costase lo que costase. Y si esas monedas mantenían las ciudades libres del Mal, entonces no cesaría hasta hallar esas malditas monedas y conocer sus misterios. Esa sería mi misión, que me unía a mis compañeros. Pero para cumplir la misión no podía estar siempre huyendo, siempre escapando de un lado a otro, esperando que no me mataran. Ésta vez iba a luchar. Y para luchar necesitaba armas.

Una vez cruzamos las murallas de Severen, Senzo, Berdine y yo nos separamos, por lo que me dirigí a los barrios bajos de la ciudad. En todas las ciudades hay una parte donde las calles se hacen más estrechas, las casas no tienen puertas, el suelo no está asfaltado, y todos los hombres que te cruzas guardan un cuchillo bajo sus ropas, dispuesto a clavartelo si te descuidas.

No me costó mucho localizar al verdadero Señor de Bajo Severen y a su corte de secuaces. Un hombre peligroso, sin duda, pero dispuesto a hacer tratos. No sin pesar me deshice de una de las dos bolsas de denner puro que me quedaban de mi vida anterior como traficante, pero el precio valía la pena, pues conseguí un objeto muy útil, que había llegado de la Universidad el mismo día anterior por redes clandestinas, mucho más rápido que las rutas de comercio legales. Un objeto lleno de runas que podía proteger al portador de cualquier flecha enemiga, o cualquier objeto de acero que le atacase por la espalda, una maravilla de la sigaldría. Se llamaba el “sin sangre” y nunca supe por qué.


Cuando salí del tugurio y hube cruzado algunas calles oscuras, varias figuras de aspecto amenazador me rodearon. No veía bien, pero supe que eran tres.

-Deprisa, danos todo lo que lleves- dijo uno.
-Somos los Basuras, y esta calle es nuestra. Tienes que pagar por estar aquí- dijo otro, y al momento note el brillo de una navaja delante de mi cara.

Pensé que no había escapado de los demonios y de los mercenarios para acabar siendo robado por aquellos matones, en una calle de Severen, así que ideé un plan.

-Sois muy valientes para ir a robar a un arcanista, sabed que poseo el secreto del fuego, y puedo causaros la muerte con sólo pensarlo- dije, con una voz que me daba miedo hasta a mí.

Saqué la vela y la encendí con un vínculo simpático, sacando el calor de mi propia sangre. Un segundo después desenvainé la daga llena de símbolos que me vendió el calderero, y esperé que aquello les impresionara lo suficiente para huir o para luchar. Pero lo que vi a la luz del fuego también a mí me sorprendió.

Eran tres niños de unos trece años, vestidos con andrajos rotos, y restos de ropa recogida en la basura. Sostenían la navaja con miedo mientras sus ojos me miraban como si fuera el mismo Taborlin que se hubiera presentado ante ellos. El truco que usaban para robar a los incautos era que las calles oscuras les hacían parecer peligrosos, tres forajidos que atacaban en las sombras. Se subían a unos bloques de madera para parecer más altos, y ocultaban sus pocos dientes blanqueados tras sucios pañuelos en sus bocas.

Guardé la espada. Le di un bofetón al que llevaba la navaja y seguí mi camino hacia la entrada de la ciudad. –No querréis volver a encontraros conmigo, Basuras- les dije, abandonando la calle. En el fondo deseaba que las monedas surgieran efecto y si las ciudades quedaban limpias del mal, la vida de esta gente mejoraría.

Después volví a la puerta del oeste, que daba a los bosques de Salsabil a esperar que llegase el resto del grupo. Mientras pasaba la tarde escuché los rumores en boca de guardias y viajeros que llegaban para la fiesta del Solsticio. Me enteré de que la historia de la matanza de la troupe había llegado ya a la ciudad, y de que los supersticiosos vínticos la atribuían a los demonios por la brutalidad de los hechos. También oí hablar de una pelea que había tenido lugar en una taberna, y de un gran incendio en los bosques. Noticias que me intranquilizaron.

Pero tras mucho esperar vi que se acercaban Holly, Alván y Meiko, esta última cubierta de la cabeza a los pies por una capa de color oscuro. Seguramente lo hacía para pasar desapercibida en una gran ciudad, pero también me hizo pensar que en ciertos lugares al este, el color que llevaba puesto era el color de la vergüenza.

En ese momento se acercaron también Senzo y Berdine, por entre las calles. Pareciera que el destino nos hubiera reunido a todos en ese punto. Junto a la entrada de Severen, donde la muralla daba a la Puerta del Oeste. Estaban todos muy nerviosos, como si cada uno hubiera escuchado una importante revelación. Holly y Berdine decidieron ir a las tabernas de la parte norte, junto a la Plaza del Mercado, para obtener información sobre la ciudad y sobre los hechos ocurridos en los alrededores. Los demás nos quedamos en la entrada a Bajo Severen, mirando a lo lejos el palacio del Maer.

Grandes edificios se alzaban tras la puerta del oeste. Allí se inspeccionaban las mercancías que venían de La Mancomunidad para ser vendidas en la Plaza del Mercado, varias calles más arriba. El sonido de los carromatos en movimiento, entrando por la calle principal, se mezclaba con el griterío de los comerciantes, que se reunían en esta plaza para ir controlando las mercancías. Algunos vínticos se acercaban a los forasteros ofreciendoles alojamiento y comida en sus posadas, al otro lado de la ciudad. Otros, un poco más escondidos, vendían pequeñas cantidades de denner y otras cosas prohibidas. Algunos soldados discutían entre ellos las guardias en este punto de la muralla, y otros se las jugaban a los dados. Entre todo aquel alboroto poco se podía oir.

Meiko y Alván hablaban de los Ashura. Yo les dije que no se preocuparan, que no eran más que unos niños disfrazados, y que ya me había enfrentado a tres de ellos. Algo me dijeron, pero yo no podía oir bien. No sabía que se referían a cosas muy distintas.

¿Por dónde comenzamos a buscar?- dijo Senzo.

De pronto, todo pasó muy rápido. Un hombre quiso regalarle unas flores a una modegana de lujo que venía por una calle, pero resbaló con los excrementos que había dejado un caballo de tiro y cayó encima de uno de los guardias que estaba engrasando una ballesta. La saeta de la ballesta salió volando disparada hacia un balcón y entró por el pecho de una anciana que tejía al aire libre. La mujer dio un grito y cayó muerta desde un segundo piso encima de un hombre que examinaba una espada . El peso de la mujer hizo que se clavara el arma en el cuello, y las grandes agujas de hacer punto cayeron de punta justo en el ojo de un comerciante que se giraba hacia arriba porque había oído un grito, incrustandose hasta el cerebro. Dos personas murieron justo al lado nuestro en una extraña manera de morir.

La moneda de Senzo sintió aquellas muertes, comenzó a emitir luz y al momento salió disparada por la calle, giró la esquina y se precipitó por un pozo, mientras emitía un extraño sonido, como un grito.

¡Tenemos que seguirla! –dijo Alván- No os lo he dicho antes, pero estas monedas se activan con la muerte violenta.

Es posible que la moneda nos esté diciendo algo- dije- Quizá nos muestra la forma de encontrar otras monedas, o igual cómo se activa, o igual ahí abajo hay algo que nos puede dar un señal.

Llegamos al pozo. Era una construcción de piedra muy antigua con extraños símbolos que nunca antes había visto, parecían nudos ýllicos, pero no sabía si había alguien en todo Severen que pudiera leerlos. El pozo estaba abandonado, como si no se hubiera usado en años. Saqué la cuerda que había comprado unas horas antes, otra señal del destino, sin duda, y mientras la fuerte Meiko la sostuvo, los demás fuimos bajando hacia la oscuridad deslizandonos por la cuerda hacia el fondo del oscuro pozo, en el que se filtraba un débil rayo de luz.

Encontramos la moneda en el suelo, junto al manantial que iba a parar al depósito de agua. Pero lo extraño no era ya la moneda, que aún estaba caliente, pero parecía haberse apagado. Lo que nos llamó la atención realmente fue un pasadizo que se abría en una de las paredes hacia el interior de la tierra. Tras el pasadizo unas escaleras que llevaban a algún sitio desde el que venía una débil luz.

De pronto, oímos gritos arriba, y algunos eran de Meiko. Sonido de lucha cuerpo a cuerpo. Sacamos las armas y nos preparamos para la acción. Coloqué el sin sangre entre las paredes del pozo, saqué la daga que me había dado el calderero y mientras tanto preparé algunos vínculos que quizá nos sirvieran. Alván y Senzo sacaron sus armas y miraban hacia arriba. Un montón de ropa cayó del cielo hacia nosotros, junto con una capa.

Y entonces llegó Meiko, bajando ágilmente por las paredes del pozo, con las armas sujetas a la espalda. Evidentemente, estaba desnuda.

- He preferido no seguir peleando en la calle llena de gente, acabaremos con ellos en el bosque- dijo- pero ahora tenemos que huir, pues son demasiados.

-¿Quiénes?- dijo Senzo

- Los Ashura

- No me hagas reir- dije- pero si son unos niños, ¿te han asustado con algún disfraz, eh? Yo antes me he peleado con tres.

- No es posible- dijo Meiko muy seria. Y nunca la había visto tan seria como en ese momento.

Para cerrar la conversación, una flecha envenenada bajó desde arriba hacia donde estábamos nosotros, dirigida hacia mí. Me hubiera matado al momento, si no hubiera sido por el “sin sangre”, que paró el golpe, dandonos un susto a todos. Recogimos nuestras cosas y entramos por el pasadizo, que se internaba en la tierra.

No hacía falta luz, porque lámparas simpáticas iluminaban el camino. Me quedé boqueabierto. ¿Lámparas simpáticas aquí? Por lo que parecía, ese lugar llevaba siglos sin que nadie hubiera puesto el pie en estos subterraneos. Entonces, ¡eran lámparas simpáticas de llama perpetua! La idea me asustó. ¿Qué poder habitaba los pasadizos capaz de descubrir algo que el mismo Kelvin llevaba toda su vida inventando? Quizá era un poder que se remontaba a los días antiguos, incluso a la misma Guerra de la Creación. Recordé las leyendas que se contaban en la Universidad sobre las cuevas y los pasillos que había debajo del Archivo, más allá de la Puerta de las Cuatro Placas. ¿A qué nos enfrentabamos?

La hilera de lámparas nos llevó a una sala redonda, con varias puertas cerradas.

¿Qué hacemos en este momento? – pregunté.

Yo tengo experiencia en percepción. Buscaré puertas secretas en el pasillo que hemos recorrido, dijo Senzo.

Yo examinaré las puertas para buscar trampas ocultas -dijo Alván-. Para mejorar la visión encenderé una antorcha que llevo conmigo.

Yo efectuaré una maniobra de esconderme en la esquina del pasillo, y me quedaré quieta para escuchar a los enemigos que pudieran seguirnos – dijo Meiko, que se había vestido-

Yo me concentraré en varios vínculos simpáticos durante dos minutos y los tendré preparados para lanzarlos cuando abramos alguna de las puertas, si nos encontramos con alguien. En los siguientes dos minutos, prepararé el “sin sangre”.



Y así quedamos en aquellos calabozos y mazmorras, preparados para la acción. Lo que no sabíamos entonces es que los Ashura nos seguían. Y tampoco teníamos ni idea de que el barón, que estába en Severen, nos había visto bajar por el pozo y estaba haciendo ya sus propios planes. También eramos ignorantes de que Sven, el hombre que había conocido Senzo, estaba más relacionado con las monedas de lo que hubieramos podido imaginar.
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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por SenzoTrace el Dom Nov 24, 2013 6:13 pm

-Yo tengo experiencia en percepción. Buscaré puertas secretas en el pasillo que hemos recorrido.- “Percepción. Já. Lo que tengo es una suerte que no me cabe en el cuerpo.”

Me encaminé hacia el pasillo y como dije,  volví sobre mis pasos. Comenté al grupo que en cuanto nos reagrupáramos debía echar un vistazo a las monedas disponibles, había algo que me inquietaba en el hecho de que solo la mía hubiera salido despedida.

El pasillo estaba hecho de piedra y en ocasiones encontraba columnas de madera ya podrida. Daba la impresión de que la estructura era vieja como el sol, y las paredes inestables, pero sin embargo al tocarlas en busca de pasadizos ocultos o signos de trampas, el tacto de esas paredes me resultaba tan resistente como la piel de Sven. ¡Sven! Se me olvidaba que debía verlo sobre el mediodía de un día anterior. Y ahora estaba encerrado en quien-sabe-donde buscando quien-sabe-qué. Desde luego no será fácil encontrar lo que busque entre tanta tela de araña.

Después de haberme alejado bastante del grupo y de estar seguro de que esos tales “Ashura” no andaban cerca, no resistí la tentación y saqué la moneda para observarla en busca de algún cambio. En efecto, tres de las siete runas que la rodeaban brillaban con una luz radiante, pero sin llegar a servir siquiera como vela, realmente era difícil fijarse si no se miraba bien, pero una vez veías las luces no podías apreciar nada más. “Tres runas”. ¿Tres muertes? ¿O tres monedas cercanas? Sabía que Mei poseía una. ¿El barón poseía otra? No, si hubiera otra cercana la mía se habría calentado, se encendía una runa por cada muerte acontecida.
“Entonces con el tiempo la runa se apagaría.” ¿Cuánto tiempo sería necesario para eso?

Tenía muchas preguntas, pero todo ocurría demasiado rápido, no había tiempo. Decidí revisar la moneda cada cierto tiempo para ver si alguna runa se apagaba y así calcular el tiempo de activación por cada muerte. “Estos objetos del diablo cada vez me dan más grima.”

Seguí el pasillo tocando cada pedrusco y observando cada pequeña grieta, mientras tarareaba una canción popular que hablaba de demonios en las alcantarillas y otras memeces semejantes, me pareció apropiado para ese lugar. El pasillo torcía bruscamente a la derecha, perdiéndose en la lejanía.

De repente, mi hombro tocó algo parecido a una tela de araña endurecida, y sonó un chasquido tras la pared seguido de una hoja terriblemente afilada que volaba sobre la altura de mi pecho. En cuestión de un milisegundo eché el cuerpo a tierra cayendo sobre mis rodillas, y la hoja desapareció de nuevo tras la grieta del muro de la cual había salido. Seguro que no era la única trampa que había en el pasillo, y tenía que volver para avisar a los chicos. Volví a torcer la esquina, cuando de repente otra hoja voló hacia mi cabeza. A Pesar de que ya estaba a medio camino y resultaba imposible esquivarla, conseguí evadirla echando el cuerpo hacia atrás, y cayendo de espaldas al suelo.

-Guau, que velocidad chico, nunca he visto a nadie con tantos reflejos.- Dijo Meiko, que avanzaba por el pasillo hacia mí.
-¡No te muevas, hay trampas por todo el pasillo, se me puede haber pasado algo! ¿Por qué vienes conmigo?- Ella se quedó quieta al momento.
-No escuchaba a nadie venir, así que decidí acompañarte para que nadie se quedara solo.-Hizo un gesto como si le hubiera molestado la pregunta y dio media vuelta.- Pero si te molesta vuelvo por donde he venido.

-No, me iría bien que te quedaras. A fin de cuentas dos ojos ven más que uno. ¿No?-Dije con una sonrisa que parecía una triste disculpa.- Pero te pido un favor, no te desnudes, sería un inconveniente que se activara una trampa mientras lo haces.
-No te prometo nada, pero lo intentaré.- Y sonrió.


Pasado un rato comenzamos a charlar, sobre nuestro futuro inminente y nuestras ambiciones personales, la verdad es que ni yo las tenía muy claras, ni ella tenía intención de contarme nada. Minutos después, mientras le contaba una de mis batallitas en Tarbean, ella paró en seco y me tapó la boca con la mano.

-Shh, silencio. Se acerca alguien.- Nos quedamos observando el pasillo con atención, por cada segundo que pasaba los pasos se hacían más fuertes, y la tensión iba en aumento. Por fin, un hombre tapado con una fina capa de seda de pies a cabeza se paró delante de nosotros.

-Es un Ashura, ten mucho cuidado. No sé ni si yo sería capaz de vencerlo.-
-Berthus dijo que no eran más que niños disfrazados…
-¡No sé a quién vio Berthus ni con quien los confundió, pero los Ashura no son lo que él cree. Son terribles asesinos expertos, así que mucho cuidado y deja que yo me encargue.-Mientras tanto, el hombre avanzaba lentamente, paso a paso hacia nosotros.
Mei se preparó para el combate, pero le paré antes de que se lanzara.
-Espera, tengo una idea-Susurré en voz baja.- En cuanto se acerque corramos los dos hacia él, Yo le distraeré mientras tu le esquivas y corres a avisar al grupo.
-¿Estas loco? ¡Morirás antes de poder pestañear dos veces!
-No lucharé contra él, confía en mí. Tengo un plan. –La chica me miró con cara de incredulidad, no sabía que hacer.-Por favor…

-Está bien, pero prométeme que no morirás.
-Como tú has dicho, “no te prometo nada, pero lo intentaré”.- Sonreímos un segundo, pero la seriedad inundó el ambiente al momento.
El hombre se paró a unos cinco metros de nosotros, y dejó caer la tela que le cubría. Era un hombre delgado pero con los músculos muy marcados. Tenía tantas cicatrices en la cara como en el resto del cuerpo. Su mirada totalmente inexpresiva parecía traspasar mi alma como una flecha de hielo, y congelaba hasta el último ápice de valor que pudiera tener.

-¡Ahora!- grité.

Ambos salimos corriendo a una velocidad desmesurada, pero me sorprendió ver como en un paso yo ya había llegado hasta él. De hecho, si él no hubiera desenvainado su katana a tiempo y no hubiéramos chocado estrepitosamente, yo habría salido despedido muchos metros más adelante. Mei pasó corriendo a nuestro lado medio segundo después.

-¿Vaya, así que el poder que otorga tu moneda es la velocidad eh? ¡Sobrevive! Nos vemos en un rato, confío en ti.

“¿Poder? ¿De qué carajos hablas?” Durante un momento me pareció absurdo, pero lo comprendí todo enseguida. Por desgracia no tuve tiempo de pararme a pensar. El asesino dio media vuelta y corrió hacia Meiko que estaba de espaldas. De otro paso Me interpuse entre ellos y ataqué al cuello, golpe que paró sin ningún esfuerzo. Contraatacó con un hábil corte que de poco me dejaba cojo, y a continuación me golpeó primero con el mango de la katana, después con el codo en mis costillas. Lanzó otro corte que habría cortado la cabeza de cualquier despistado, pero logré esquivarlo y volver a colocarme a sus espaldas. La chica ya había desaparecido por el pasillo.

-¿Sabes..? Disfrutaré cortándote la cabeza y mostrándosela a tus amigos. Me gustaría ver qué cara ponen.- El asesino tenía un acento muy peculiar, parecía que intentase imitar el siseo de una serpiente. Por descontado, él mismo disfrutaba de cada palabra que salía de su boca, como si fuera más una premonición que una amenaza.

-Tendrás que esforzarte mucho “cara-partida”. Le dije refiriéndome a sus cortes.

Enfadado se lanzó hacia mí, pero no intenté luchar, simplemente corrí hacia el pasillo y dejé que me siguiera. Me di cuenta que a pesar de que él era rápido como una bala, le dejaba atrás con facilidad. Intenté en todo momento mantener una distancia corta entre nosotros, para que él pensara que podía atraparme. Y hubo un momento que fue así. El me alcanzó y me vi forzado a pararme a luchar, por lo menos un momento. Nuestras espadas chocaron varias veces, nos golpeamos pero no llegamos a cortarnos. A pesar de que era un increíble luchador y me habría podido matar al momento, el poder especial que me ofrecía la moneda me volvía más rápido, y hacía que los movimientos de mi rival me parecieran lentos y torpes. Ese poder oculto apareció al activarse la moneda. Supongo que La fuerza descomunal de Mei se la provocaba su moneda, y entonces… Ese chico, Sven. Él también debía poseer una, por eso era tan resistente.

El Ashura aprovechó mis momentos de distracción para asestarme un puñetazo potente que me aturdió poco tiempo, e intentó matarme atravesándome el corazón. Por suerte reaccioné a tiempo, y golpeé con mi espada a tal velocidad que la suya salió despedida metros atrás. Sin inmutarse, hizo salir una cuchilla oculta de su brazal derecho y me la intentó clavar en el hombro. Consiguió cortarme, pero aun así le di una patada en el pecho y lo eché hacia atrás, aprovechando para seguir corriendo. El corrió detrás de mí, saltando sobre mis espaldas para asestarme el golpe de gracia. En ese mismo instante conseguí agacharme de nuevo para esquivar la hoja que partió al asesino en dos. El plan había funcionado. Y allí me quedé. Agotado en el suelo, con el torso sangrante de ese asesino sobre mi espalda. El su antebrazo había quedado a la altura de mis ojos, y observé el brazal, con la cuchilla que salía por debajo de la muñeca. Un instrumento con el que me habría matado rápidamente si lo hubiera usado en el momento correcto. Decidí quitársela y quedármela para mi uso. Ciertamente me encajaba a la perfección. Miré su otro brazo, pero solo estaba cubierto por un simple brazal de cuero sin sorpresas. Tampoco tenía nada más de valor encima. Con cuidado, volví sobre mis pasos, cogí la katana del muerto y me encontré con mis compañeros a mitad de camino, que venían a socorrerme. Volvimos al salón de las puertas.

Una vez allí, lancé la katana al suelo. A grito de “para quien la necesite mientras esté desarmado”. Me sentía terriblemente pesado, y cada vez me costaba más moverme, entonces recordé el corte de mi hombro y se lo comenté a Mei. Le mostré la cuchilla y el corte. También les expliqué todo lo que había ocurrido.

-Estás de suerte, es solamente un veneno paralizante. Te quedarás inmovilizado hasta que se te pase el efecto, supongo que esperaremos aquí hasta que eso pase.

-Me parece buena idea- Habló Berthus.-Por cierto, he encontrado la única puerta que no contiene una trampa. Ya sabemos por donde continuar.

-No sabemos lo que hay detrás de esa puerta,-Continuó Alván.- a partir de ahora andemos con pies de plomo. No sabemos que nos espera, y solo el comienzo ya ha sido bastante peligroso.

Miré mi moneda antes de quedar totalmente paralizado. Ahora había cuatro runas brillando. Empecé a reír por lo increíble de la situación. Guardé la moneda y quedé completamente inmóvil. Esperé a recuperar el movimiento tarareando "Diablos en las alcantarillas". Ese si que era un momento oportuno.
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Las crónicas de los talentos de oro. (FIC COMUNITARIO)

Mensaje por Old Medie el Lun Nov 25, 2013 7:02 am

INTERLUDIO

Recorrimos la noche iluminados por las estrellas, la luna y las piedras que brillaban en el pecho de Abenthy y Estas. Por cerca de una hora sólo oímos los cascos de los caballos y el ulular lejano de los búhos, todo para alejaremos de los mercenarios y el lugar del incendio. Nos alejamos bastante, y hubiéramos seguido, pero Abenthy nos dijo que no olía a nadie a más de un kilómetro, así que pasamos el resto de la noche cerca del camino, escondidos a algunos metros del margen y con un fuego. Me demostré todo lo preocupado que fui capaz con respecto al fuego y de dormir tan cerca del camino, pero el viejo dijo que no olía nada así que no había nada. Ante mis dudas y sustos Abenthy me miró como los padres protectores miran a los niños asustados. Me olfateo a un metro de distancia y me dijo con lujo de detalles todo lo que olía de mí: la cecina, el queso de viaje, el pan de día y medio de horneado, sal, orégano y la pimienta que tenía en un saquito de cuero, la grasa de cerdo en el pote y en mis botas, y prácticamente todo lo que restaba de mi bolsa, todo envuelto en el apestoso olor del humo del incendio. Olió un río lejano y un manzano a seis metros de nuestro fuego, Estas caminó entre los árboles hasta perderse en las sombras, a los segundos volvió con manzanas.
—Son manzanas de diantre, una rareza, no suelen crecer por aquí —dijo Abenthy dándole un mordisco— seguro que hace varios años un crío tiró lejos el corazón de su manzana y ocurrió este milagro.
Luego de disipar mis dudas de cuán seguros estábamos, comimos y lanzamos a suerte los turnos de guardia entre Abenthy y yo. Estas durmió casi con un ojo abierto toda la noche envuelta en una manta que Abenthy traía de repuesto, despertaba saltos.  En mis guardias solía mirarla dormir a medias, ella también tenía miedo de que nos encontraran. Pude dormir tranquilo cuando el cansancio acumulado de los días venció al miedo de ver llegar a Caudicus con el muñeco entre sus manos, apretándolo, quitándome todo el aire de los pulmones. Cuando vencí ese temor casi más por obligación que por valentía dormí y dormí.
Desperté mucho después del alba, Abenthy cocinó unos huevos, yo saqué el pan que traía y café de un tarrito, y mi taza de viajes que compartí luego con Estas. Ella había salido a buscar agua del río que discurría a casi un kilómetro de distancia, que recorrió de buena gana a cambio de un baño. Volvió radiante, con el pelo atrapado en una coleta que dejaba salir algunos rizos, y con dos odres llenos de agua y una larga y gruesa rama de álamo que empezó a tallar casi de inmediato después de desayunar.
Luego de comer levantamos nuestro pequeño campamento, ensillamos los caballos y partimos a Severen a paso lento.
Abenthy como guía era excelente, su capacidad olfativa me dejo asombrado y él por su parte se impresionó por nuestra historia, las runas y las tramas de Caudicus.
—Sin duda Caudicus quiere juntar los talentos, y dudo que para devolverlos a la Universidad. Es primordial recuperar el que tiene cuanto antes. Dudo que espere un ataque en su torre, es algo prácticamente loco —dijo mientras se dibujaba una sonrisa en su cara— así que tenemos el factor sorpresa.

CAPITULO XII


Entramos por la puerta opuesta de la que salimos, sólo por prevención, el sol estaba en su punto más alto y así que teníamos todo el día para prepararnos.
Los guardias no parecían preocuparse de buscar a alguien, había pocos como siempre y parecían calmados, aún así todos entramos envueltos en nuestras capas, bien cubiertos. Estas se preocupó de esconder todos sus mechones rojos dentro de la capucha mientras que yo guardé mi estuche bajo mi capa lo que me dio un aspecto de jorobado. Abenthy me pidió algo de dinero para comprar unos gramos de oro y otras cosas para fabricar el gram, le entregué los talentos de plata que necesitó y cual niño empezó a pasear por las tiendas especializadas pidiendo materiales de raros nombres y distintos metales con una extraña excitación la que luego confesó era porque hace tiempo no fabricaba nada. Pasamos unos veinte minutos yendo y viniendo por talleres hasta que entramos al último. Era de tamaño mediano a comparación con los otros y estaba casi vacío,  Abenthy pidió amablemente rentar una sala para un pequeño proyecto. El dueño del taller a cambio de unas monedas nos cedió nada más que una mesa y el uso de la fragua principal.  Su pequeño proyecto duró algo más de una hora, la que pasamos tranquilamente Estas y yo sentados en unos tocones de madera que tenían por asientos. Ella tallaba y yo miraba al viejo trabajar concienzudamente, me recordó vagamente a un anciano que hacia violines que conocí en mi juventud. Sólo nos paramos para que Abenthy nos pinchara un dedo, y nos sacara una gota de sangre. En esa hora junto con Estas sólo intercambiamos un par de palabras, ella estaba muy preocupada por lo que haríamos, ambos teníamos confianza en Abenthy, pero Estas sabía de lo que sería capaz Caudicus si nos capturaba.
—Estas, sólo quiero decirte que si no quieres hacerlo te entiendo. Y si quieres irte, eres libre. Tu sangre la tengo aquí— dije mientras de mi macuto sacaba la brújula que habían usado los mercenarios para encontrarnos. La de ella tenía dentro de una burbuja de vidrio una gota de sangre y la mía un mechón de pelo —ten, esta no es tu pelea, y siendo honesto no quisiera que murieras o fueras capturada nuevamente, lo que creo es peor que la muerte para ti.
Estas me miró recelosa, con los ojos entrecerrados. Por un momento pensé que había descubierto que la estaba poniendo a prueba. Ella era una de las personas que me mantenía prisionero, y debía saber de parte de quien estaba. Quizá simplemente estuviera jugando a la chica que quería huir de allí tanto como yo, para mantenerme vigilado.
—Entiendo que no confíes en mí, hay razones para hacerlo. Yo también  dudaría si estuviera en tu lugar —estiró la mano y la puso sobre la mía— guarda la brújula —dijo mientras componía su mejor cara de 'por favor' —déjame acompañarles, sabes que seré de ayuda. Conozco el palacio y donde tienen el talento. Además, tengo que liberar a Anabella y Blizz, ellas son tan inocentes como yo en esto —dijo, y su hermoso rostro se endureció, sus ojos tomaron un brillo inusitado y sus rojas cejas casi se juntaron. Realmente estaba enojada, nunca la había visto tan enojada como en ese momento —ninguna de las tres se merecía esto.
—¿Qué cosa? ¿Qué es lo que no se merecían?
Me miró titubeante, tenía aún en la mano la vara de álamo que cada vez estaba más delgada a fuerza de tallado, quito su mirada de mí y la poso en su arco a medio tallar. Y luego otra vez me miró titubeante.
—Las tres fuimos secuestradas por el Conde Lúdico, con el único fin de  ser usadas para experimentar con las runas. —calló un momento, su voz cargada de ira sonaba como un piano de fuerte melodía— En estos años, he vivido miserablemente y he sido obligada a matar. Me han tratado como un animal, o peor, como un instrumento. No soy nada más que un instrumento en manos de esos malditos —hablaba con rabia, y pronto un nudo en la garganta le impidió continuar. Cuando Estas logró templarse, la ira se borró de su hermoso rostro, y quedo plácida y melancólica, pero sus ojos chispearon cuando dijo.
—Merecen morir, todos.
Abenthy que observaba la escena trabajaba con manos hábiles, cuando el tema pareció zanjado alzo sus manos mostrando los discos de metal. Nos colgamos nuestros gram al cuello con una cuerda de cuero, y pronto nos sentimos diez veces más fuertes de lo que éramos. Salimos del taller dos horas después pues Abenthy se puso a fabricar otro artilugio para despistar al dueño del taller. Hizo un pequeño artefacto metálico con forma de tubo del tamaño de la mitad de una flauta dulce, dijo que nos serviría para más tarde. Una vez fuera anduvimos por las calles de Severen con un poco más de seguridad, Abenthy dijo que ya era hora de comer algo así que pasamos a una posada sencilla en donde aparte de almorzar rentamos una habitación en donde pasamos la tarde hasta la noche. Estas había terminado su arco y había comprado cuerdas y un carcaj lleno de flechas, yo alistaba mi daga larga, Abenthy trazaba líneas en una hoja y alistaba sus pociones y al final del día nos dicto un plan: entrar, robar, salir. Se veía simple. Lo primordial era pasar desapercibidos todo el tiempo que fuese posible.

CAPITULO XIII


El sol por fin se hundió tras del tajo,  y nos sentíamos listos. Dejamos todo lo que no fuéramos a usar en la posada, mi violín, mi macuto, los caballos y el macuto de Abenthy. Salimos los tres en el sigilo de la noche. Bajo los faroles, miré a Estas y recordé la noche cuando escapé de ella. En su rostro angelical no asomaba ninguna emoción, y casi parecía malicioso escondido en las sombras de su capucha, sus ojos quedaban bajo una sombra oscura dejando como centro de atención su nariz fina que ya no tenía rastros de la hinchazón que le aquejó luego de habérsela roto, Abenthy le había dado algo seguro. Sus labios rojos  y dulces estaban en línea recta libres de risa u odio. De pronto asomó una sonrisa, tan rara en ella.
—¿Qué miras? —Me preguntó, su tono era inofensivo y como siempre su voz era delicada y armoniosa.
—Tienes la sonrisa más hermosa que he visto. —dije sin pensarlo. Su sonrisa brilló en su rostro unos segundos hasta desaparecer, no podía ver sus ojos pero estaba seguro que allí había escapado aquel brillo.
Caminamos en silencio hasta llegar a la parte quemada de Severen, aquel lugar había sido consumido por un incendio impreciso y sin responsables hace ya varios meses, mencionó Estas mientras nos adentrábamos por la calle principal. El lugar era del tamaño de un barrio entero y estaba en total y completa oscuridad, con los faroles de las calles rotos, o reventados o simplemente sacados de cuajo del piso. Era de por si raro, todo cubierto por una gruesa capa de ceniza, con madera negra y carbonizada por todos lados, las tejas estaban esparcidas y los muebles rotos yacían como cadáveres fuera de las casas, comercios y en medio de la avenida. Las casas principales hechas de piedra estaban sin techo y vidrios, y las de madera que era la gran mayoría, apenas se mantenían en pie, aferrados como ancianos a los pilares principales.
Cuando miraba desde arriba del tajo siempre me pregunté que habría sido de la gente que vivía aquí, que no volvió a levantar sus casas, a dónde se fue, y por qué el Maer no hizo nada para reconstruir el lugar, ni siquiera limpiarlo.
—Cuentan los chismosos de la corte que el Maer mandó a quemar este barrio para levantar uno nuevo, con jardines y casas grandes, como una continuación de Alto Severen, pero acá abajo. Para que viviesen aquí los nuevos nobles que llegan cada año. Alto Severen se está quedando pequeño. —dijo Estas mientras las luces de la ciudad a nuestras espaldas con la distancia se atenuaban.
Caminamos varios minutos en la penumbra hasta divisar las primeras fogatas de los vagabundos, ladrones y prostitutas que se habían tomado el lugar. Mujeres con trajes baratos, de mirada hostil y maquillaje corrido, hombres con puñales al cinto y capas raídas. Ancianos harapientos, niños y uno que otro lisiado y personas notablemente enfermas. Siempre hay un poquito de Tarbean en todos lados, pensé.
Los hombres nos observaban fríamente, los niños y ancianos con miedo, las mujeres, bueno, las mujeres me miraban como siempre lo hacen, sólo que esta vez preferí pasar de largo. Abenthy nos obligó a no apresurar la marcha y no parecer nerviosos. Para evitar que los ladrones y hombres de mala fama nos siguieran se valió de sus dotes de arcanista, haciendo brillar bajo su negra capucha sus ojos en un color rojo carmesí. Los hombres que se acercaban lentamente a nosotros pararon en seco y escondieron sus cuchillos. Pasamos a unos metros de ellos mientras que Abenthy sonreía y soltaba una que otra pequeña carcajada. Hasta a mí me dio miedo, parecíamos guiados por la parca en medio del barrio muerto.
Nos alejamos de las fogatas y Abenthy volvió a la normalidad, riendo de su truco. Guiados en todo  momento por Estas doblamos por una calle hacía la gran pared blanca del tajo, que en toda su blanca longitud sólo aquí cambiaba de color al negro del hollín. Caminamos hasta el final de la calle y entramos a la única casa con la puerta cerrada.
Estas empujó la puerta que le faltaba el pomo, entramos y la pequeña morada se iluminaba gracias a las estrellas, no tenía techo pero el piso estaba limpio de tejas y restos de madera, caminamos por la estancia hasta llegar a una pared sin nada especial, Estas puso las manos en la roca fría hasta que hundió una piedra, al otro lado sonaron engranajes y la pared se abrió hacía nosotros, como una puerta de piedra.
Dentro del pasadizo que se abrió ante nosotros la oscuridad era palpable. Entramos, Abenthy delante, Estas al medio y yo atrás. Cogí un asa de piedra que tenía la puerta por dentro y la cerré, las luces nocturnas me dejaron y ahora sí que estaba oscuro. Abenthy y Estas tenían sus piedras colgantes brillando en sus cuellos, pero no era suficiente, apenas iluminaban sus rostros y las paredes cercanas del pasillo, de pronto empecé a cuestionarme no haber traído una simple linterna. Empezamos a caminar por el pasillo mientras Abenthy trajinaba su pequeña bolsa, las paredes y el techo eran de piedra blanca y constante, estiré mis brazos a los costados y toqué las paredes del pasillo, seguro que no tenía más de metro y medio de ancho, y el techo dos metros como mucho. Pasaban los minutos y todo se veía igual, tenía la sensación que por más que caminaba no avanzábamos. Entonces mientras avanzábamos Abenthy sacó de su bolsa varias pociones oscuras dentro de botellas de cristal redondas.
—Necesito que tengan sus sentidos alerta, se tomarán dos pociones cada uno, una es para la vista, la otra para el olfato. El efecto es inmediato y durará unas doce horas. —estiró la mano y puso dos pociones en manos de Estas, luego las otras dos en las mías. —Beban, tenemos por lo menos media hora de subir escaleras para llegar al palacio, será tiempo suficiente para que se adapten.
Estas apuró sus dos botellas y le entregó los envases vacíos a Abenthy, cuando yo no le sacaba ni el corcho a una. Me tomé las pociones una tras otra, la primera era dulce, con un toque a canela y zanahoria. La segunda era terriblemente asquerosa y pastosa, me la tuve que tomar a la fuerza.
—¡Por Tehlu, que asco! ¿Qué le echaste a esta? ¿Carne podrida y basura?
—Cerca, pero no —dijo Abenthy riendo.
—Me las debí haber tomado al revés, así la dulce hubiera... —de pronto sentí como las luces de mis compañeros iluminaban todo el corredor, era como si estuviera entrando el sol, me refregué los ojos y miré de nuevo, podía ver hasta el final de ambos extremos —Dios, esto es increíble.
Abenthy sonreía como un lobo.
—Ahora aspira con todas tus fuerzas regocíjate en el mundo de los olores.
Aspiré poco a poco, con algo de miedo. Entones empecé a sentir un tenue olor a las botellas que acababa de tomar, la canela y la zanahoria, menta, y minerales. El fuerte olor de grasa rancia y otras mugres que yacían en las gotas de la poción mala. Le puse el tapón enseguida y se lo entregue a Abenthy. Luego me llegó el olor del polvo bajo mis pies, de mis ropas, las manchas de café de mi capa, el cuero aceitado de mis botas, el metálico olor del acero de mi daga y el arco de álamo de Estas. El carjac de cuerdo de vaca, y las flechas de varias maderas diferentes. Todo envuelto en el olor de piedra muerta. Mi rostro debió ser ridículo pues al abrir los ojos mis compañeros rieron de mi impresión.
—Arcanista, esto es increíble, loados sean tus menjunjes —aspiré de nuevo, me llegó el olor de Estas, su exquisito aroma de sudor limpio, maderas viejas y manzanas rojas.
—Lo sé chico, ahora, sigamos caminando, al final veo una escalera.
Nos demoramos otros tres minutos en llegar al otro extremo, al final del pasillo había una cámara con antorchas apagadas en las paredes, varias puertas de madera y una escalera labrada en la pared que subía en espiral hasta perderse. Tuberías de todos los tamaños bajaban por la pared pegadas a la escalera y confluían todas hacía una gran arco donde faltaba una gran puerta de la que no quedaban más que goznes y madera podrida, la luz que entraba me permitió ver las cloacas de Severen, discurriendo por una sala grande y amplía.
—No recordaba tantas puertas, la verdad es que  siempre que bajaba o subía por acá mi trayecto era recto, nunca me fijé en ellas—dijo Estas.
— ¿No sabes a donde llegan? —preguntó Abenthy mientras se rascaba la barba.
—Ni idea.
Me acerqué a una pero estaba atascada, la otra tenía el pomo tan oxidado que crujió y se deshizo en mis manos cuando la giré. Las cuatro que había estaban o con llave o atascadas, y había una quinta, sin pomo y sin bisagras. La madera de todas estaba intacta, eran de Roah.
—Nos sería útil saber hacía donde se dirigen estas puertas, serían una buena ruta de escape. Seguramente si nos ven entrar por el pasadizo lo primero que harán será bloquear la salida por donde entramos.
—Bien pensado Estas —dijo Abenthy —no sé quién tomó las precauciones de hacer puertas de Roah, seguro que hay cosas importantes al otro lado. Caminó hasta ponerse frente a una.
—Hmm, creo que era más menos así. ¡Edro! —gritó Abenthy golpeando la puerta con su mano. No pasó nada —Estoy algo oxidado —dijo riendo —mejor subamos, ya me ocuparé del escape.
Subimos las escaleras, los distintos tonos de blanco de la piedra me hacían divagar mientras los olores que se agolpaban en mi nariz me tenían embobado, era todo un mundo nuevo revelado. Llegamos hasta arriba, donde encontramos otro pasillo, este era más grande y nuevos olores me llegaban del final. Una puerta de madera de nogal nos tapaba el paso, una luz como del sol se asomaba de la cerradura. Abenthy sacó unos alambres y jugó un poco hasta abrirla. La luz que entró al pasillo me cegó.
—Shh —dijo al ver que emití un pequeño gemido, de verdad me había lastimados los ojos —Tengan, dijo y de su bolsa sacó unos paños como correas —deben vendarse los ojos, nuestras pupilas no soportarán tanta luz.
Nos pusimos las correas de tela en los ojos, y la luz ya no me molestó tanto. Entramos por fin dentro del palacio, a una habitación bien iluminada por velas, sencillas velas. Deambulamos por habitaciones y pasillos en silencio. Todo estaba tranquilo, Abenthy que estaba más entrenado reconocía cuantas personas habían en cada lugar del palacio, para mí sólo eran un amasijo de olores, entre sudor, cuero, comida y otras cosas. Estas nos daba rutas y Abenthy nos sugería el mejor camino. Caminamos silenciosos hasta llegar al pasillo de la torre, sin que ningún guardia nos encontrara, sin que nadie sospechara que tres personas estaban violando la seguridad del palacio del Maer.



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Las crónicas de los talentos de oro. (FIC COMUNITARIO)

Mensaje por Old Medie el Lun Nov 25, 2013 7:02 am

CAPITULO XIX


—Abriré la puerta, ustedes manténganse tras de mí.  Atrás huelo a un hombre, debe ser Caudicus. Debo mantenerlo tranquilo, y necesitaré de toda mi concentración arcana para pelear contra él.
—Quiero participar —reclamó Estas.
—No se entrometan, serán un estorbo.
—¿Iremos luego por mis amigas?
—Una vez reduzca a Caudicus podremos, una vez tenga el talento en mi mano, iremos.
Abenthy metió aquellos ganchos en la cerradura de la puerta de Caudicus, le dio dos giros y la abrió. Abenthy entró y yo me acerqué al marco de la puerta y asomé un poco la cabeza para observar que sucedía.
Caudicus estaba sentado en su mesa, escribiendo en un pequeño libro, los múltiples tubos y vasos y demás utensilios químicos estaban ordenados y guardados en un mueble pegado a la pared contigua a la puerta, todo lo demás estaba igual. Levantó la cabeza.
—Buenas noches —miró consternado, sin saber si molestarse o no —¿Quién es usted y cómo abrió mi puerta?
Abenthy caminó hasta la mesa, hasta estar frente a él, puso su mano derecha sobre la mesa, con fuerza y todas las luces simpáticas se apagaron. Caudicus dio un fuerte respingo y hablo.
—¿¡Qué demonios!? ¡Luz! —gritó, y su voz cargaba el peso de una orden, y las luces simpáticas se encendieron de nuevo.
—¡Que me aspen! —dijo Abenthy —¡Aeruh! Que el viento pese sobre tu lengua —gritó.
Caudicus saltó de su silla como un resorte, se tocó la boca y el cuello tratando de proferir habla, pero por más que modulaba con su boca ninguna nota asomó.  
—Destruye las luces —dijo mirando hacia nosotros, No alcancé ni a girarme para mirar a Estas cuando silbaron varias flechas cerca de mi cabeza, una tras otra. Una a una las flechas rompieron las lámparas.
Me saqué la cinta de los ojos, la luz de la luna entraba por la ventana de la torre iluminando todo como si fuera de día, al menos para mí, que había tomado la pócima, Abenthy saltó la mesa hasta el otro lado, quedó frente de Caudicus, de pronto entendí que se proponía.
—Caudicus —dijo Abenthy cogiéndolo por la ropa casi levantándolo del piso —Soy el azote de los impíos, el verdugo de los arcanos negros, soy el asesino de los ladrones de los talentos —sus ojos empezaron a brillar rojos como flamas en medio de la oscuridad de la torre y su voz se cargaba de poder —Mía es la brisa y la tempestad del viento, el calor y la violencia del fuego, el temple y la dureza de la roca… ¡Soy el rayo en el día despejado! ¡Yo soy Abenthy!
Caudicus quedó reducido, encogido en sus ropas, Abenthy parecía medir dos metros más que él. En sus ojos se reflejaba el miedo, Abenthy parecía un demonio sediento de venganza.
—Me dirás donde tienes el Talento de Oro, el talismán protector. Me dirás eso y nada más, sino meteré mi mano dentro de tu garganta y moveré tus cuerdas vocales para que lo digan para mí —Caudicus estaba perplejo, de su boca salieron débiles y trémulos sonidos.
—Yo… yo… —dijo —…El talismán… el talismán está en las catacumbas Señor, tras la puerta de Roah, la puerta sin pomo ni bisagras.
—Ahora, abjurarás de tus intenciones para con el talento ¡Lo harás! ¡Por el poder de mi propia sangre te vinculo! —Y alzó su mano en alto con el índice apuntando hacia el cielo, y de su dedo brotó un hilillo de sangre. Puso su dedo en la frente de Caudicus, manchándole —¡Júralo!
—¡Lo juro! —gritó Caudicus. Y Abenthy lo soltó, Caudicus cayó de rodillas al piso, sin fuerzas para mantenerse en pie, y lloró.
Estas entró en ese momento tensando el arco, apuntando a Caudicus.
—¡No! —dijo Abenthy —déjalo, ya no hará nada con el talento.
—¡Debe morir! ¡Por lo que nos hizo!
—¡No! ¡No le matarás, ha abjurado!
Estas tensó el arco, enojada, Abenthy se puso frente a Caudicus, yo le puse la mano en el hombro.
—Déjalo Estas —dije —la venganza no solucionará nada.
Ella bajó el arco y lagrimas brotaron de sus ojos.
—Iré por mis amigas, con o sin ustedes —se giró y empezó a caminar rápido. Miré a Abenthy interrogante.
—Yo debo bajar a las catacumbas, a buscar el talento.
—Tenemos que ir con Estas, debemos salvar a esas chicas.
—El talento de oro es mi único objetivo, luego todo lo demás —dijo Abenthy y caminó hacia la puerta, pasó a mi lado y dijo.
—Debes elegir, irás conmigo a por el talento o con Estas por las mujeres. Pero te advierto, si vas con ella te perderás la oportunidad única de conocer una verdad por sobre todas las demás, una verdad absoluta, la magia en conjunto de los talismanes es comparable sólo con la grandeza de Aleph —me miró inquisitivamente, aun le brillaban, rojos, los ojos.
—No sé qué hacer —dije consternado.
—Es tu decisión —caminó por el pasillo de la torre y bajó la escalera.
Me quedé apoyado en el marco de la puerta, viendo bajar a Abenthy. Aun la oscuridad se cernía sobre la torre, Caudicus había dejado de llorar.
—¿Eres tú, Sven?
—Sí.
—Qué bueno que volviste hombre, por favor saca un encendedor del mueble, no veo nada.
Saqué el encendedor, Caudicus ya había sacado una vela de bajo de la mesa. La encendí y su potente luz me hizo girar la cara hacía la sombra.
—¿No te gusta ver a los hombres llorar? —dijo con una cansina risa —¿Guiaste a ese hombre a mí? —preguntó. En su voz no hubo malicia alguna.
—El talento lo guió —dije, colocándome la tela en los ojos.
—Morirá, sabes. El guardián lo matará —me miró serio —lo abrirá en canal, de arriba abajo —rió despiadadamente—sus entrañas decorarán el piso.
—¿De qué hablas? —dije entre molesto e impresionado. Silencio y una pequeña risa. Golpeé la mesa con los puños—¡Dime!
—Lo siento Sven, ya no necesito tu talento, ya no puedo tocarlos ni hacer nada con ellos —se puso de pie, al parecer recuperando su poder —Ya no eres bienvenido aquí. Vete —Lo miré a través del fuego de la vela
—Caudicus…
—¡Vete!... ¡Viento! —gritó y un torbellino me sacó de su torre, entre libros, botellas y probetas salí disparado por las escaleras, hasta rodar al primer piso.

CAPITULO XV


Me levanté, con la cabeza dándome vueltas. Me puse de pie y ya no estaba Abenthy ni Estas en el pasillo. No sabía hacía donde ir, pero sentía el tenue olor de Estas, y el químico olor de Abenthy, pude haber ido por cualquiera de los dos, pero elegí ir por Abenthy. Los talentos, el poder. La gran verdad.
Corrí por los pasillos del palacio, evitando los que tenían gente, en sigilo y rápido, llegué a la habitación, entré a la puerta, me saqué la tela de los ojos y me lancé por la escalera. Caí en seco en el piso como una piedra, levantando todo el polvo de la vieja cámara.  Me puse de pie sin un rasguño, no tenía luz alguna y era difícil ver, me calé la capa y le di unos giros para taparme la boca. El polvo me hizo toser y tuve que palpar la pared para encontrar la puerta sin pomo y bisagras, caminé en penumbra guiándome por el tacto, llegué a la puerta, estaba abierta.
—¡Abenthy! —grité hacía dentro. Nadie contestó.
Entre  y lo primero que encontré fue la puerta tirada en el piso, pasé sobre ella y seguí caminando, choqué con una poción. Cogí la botella y estaba vacía.
—¡Abenthy! —volví a gritar, pero nada. El polvo empezaba a disiparse, pero el olor a tierra seguía en el ambiente —¡Abenthy!
Una luz verduzca asomó al final del pasillo, corrí y se hacía más fuerte, luego sentí el calor y un fuerte olor a azufre, insoportable —¡Abenthy! Por la barba de Dios. Contesta.
Llegué a una siguiente gran cámara, estaba totalmente oscuro excepto por una pequeña llama verde, que ardía dentro de un cráneo, dentro de un casco. Era una momia formidable, con una armadura y una espada entre las manos. Estaba sentada en un trono, y a los costados de la gran silla había otras dos puertas, seguramente de Roah también.
Entré tratando de mirar, pero no había mucho más que ver. Di un par de pasos recorriendo el lugar y la luz verde se acentuó. Fijé la vista en el cráneo y noté que se estaba empezando a incendiar ¿Una trampa? Estaba esperando algo más violento que el fuego, Caudicus dijo que matarían a Abenthy de manera violenta y estaba preocupado, además ¿Dónde está el talento?
Llegué hasta estar en frente a la momia, el olor a azufre provenía de ella, el calor también. La luz extra que proporcionó el cráneo me permitió ver el talento, sobre la cabeza del muerto, incrustado en lo alto del trono. Avancé, puse un pie en el espacio vacío entre las piernas de la momia, le corrí un brazo y puse el otro pie en el soporte. Estiré la mano y toqué el talento, busqué un espacio entre el talento y la pared, entonces. Fuego. Una explosión de fuego verde me hizo volar varios metros hacia atrás. Caí de espaldas, el calor era intenso, levanté la cabeza y vi el monstruo.
La momia se puso de pie, envuelta en llamas verdes, su armadura brillaba, estaba llena de detalles, era antigua y tenía en los hombros formas de cráneos de caballos, largos y feos. La capa raída se consumió en segundos y su espada era larga y terrible. El monstruo era alto, los cuernos de su casco raspaban el techo de la cámara. Y me miraba, me miraba con su monstruosa cara, con sus ojos despidiendo humo negro y verde.
Me gritó profiriendo un sonido agudo de muerte, raspó con su espada el piso sacando chispas. La tomo con sus dos manos y me lanzó un estoque. Me tapé con los brazos la cara en un acto reflejo, la espada me cortó los guantes, la camisa y parte de la capa, mi piel quedó intacta. Ahora el fuego verde iluminaba toda la estancia, miré todos los rincones buscando el cuerpo de Abenthy, pero nada.
El caballero muerto me lanzó otra vez un golpe con la espada, apuntándome al corazón. Cogí la espada con las manos, sin hacerme daño. Tiré de la espada tratando de quitársela, pero era fuerte y me tiró con ella, me zarandeó y lanzó contra una pared. Me puse de pie y me llegó otro estoque cortándome la capa y la camisa por la espalda. Luego me calzó la espada en el estomago apretándome contra la pared, presionando hasta hacer crujir la piedra, enterrándome en ella. Golpeé la espada tratando de romperla, pero aunque era vieja, no estaba mellada y oxidada. Otro grito como de dragón. Hizo crujir toda la cámara con el. Yo le grité de vuelta, pero no produje el mismo efecto.
—¡Por el carbonizado cuerpo de Dios! —grito Abenthy —¡No debiste despertarle!  —Levantó su espada con una mano y con la otra una antorcha encendida.
El caballero dejó de punzarme con la espada y se puse enfrente de Abenthy.
—¿Qué harás?
—Pensaba prenderle fuego, las momias odian el fuego.
—No creo que resulte —le dije —ella está ya en fuego.
—No me digas —dijo el viejo —Fuego —gritó, y de la antorcha salió una serpiente zigzagueante que fue a dar a la cara del monstruo. Otro grito. El caballero cogió la espada y quiso enterrársela al arcanista, el viejo saltó para atrás y la espada se enterró en el piso casi hasta la mitad. El viejo llamó al fuego de nuevo y fue a dar en la cara de la bestia haciendo saltar lejos su casco. Las llamas verdes lamieron el techo de la cámara como una hoguera. Con las dos manos sacó la espada del piso haciendo temblar todo el lugar, las piedras del piso se derrumbaron y todo el lugar empezó a colapsar. Yo que estaba enterrado en la pared grité a Abenthy que se alejara, pero no pudo hacer nada, el piso se esfumó bajo él y cayó a la oscuridad entre el polvo y las piedras. El monstruo quedó hasta la cintura enterrado y chillaba con la espada golpeando las piedras, trató de zafarse pero quedaba más enterrado a medida que se movía.
—¡¿Sven estás bien?! —gritó Abenthy bajo el piso.
—¡Sí ¿Y tú?!
—¡Estoy atrapado, estoy en una cloaca hasta la cabeza de agua!
—¡No te muevas, trataré de salvarte!
—¡No lo haré!
Me zafé de entre las piedras de la pared, habían un par de metros de piso alrededor del hoyo que dejó el monstruo, que ardía en medio de el. Se removía en el lugar tratando de salir, usando brazos y piernas.
No tenía armas, ni sabía qué podía hacer contra él. Miré hacía el talento y corrí a por el. Entonces antes de llegar al trono vi en el piso el casco. Lo cogí con los cuernos apuntando hacía el caballero de fuego verde. Corrí como nunca, di un salto y caí sobre él. Su fuego me envolvió y traté no respirar, levanté el casco con ambas manos y le enterré uno de los cuernos en el cráneo.
El chillido que dio me ensordeció. Con uno de sus grandes brazos me lanzó con todas sus fuerzas y fui a dar en contra de una de las puertas destrozándola. Me puse de pie en el pasillo, éste estaba bien iluminado por antorchas,  caminé de nuevo a la cámara. La bestia se sacó el cuerno y de su cráneo salieron humos negros, entre el fuego verde, sus ojos se fueron apagando poco a poco, pero aun no estaba del todo muerto. Se removió de su cárcel provisoria, con la fuerza de un titán. Se puso de nuevo su casco y el humo negro que había escapado empezó a dar vueltas por el techo, como si tuvieran vida propia.
Poco a poco salió del derrumbe y el sonido del agua rujió bajó él.
—¡Abenthy! ¡¿Estás bien?!
No obtuve respuesta. El monstruo salió de la trampa y el agua corrió fuerte bajo él, por entre las piedras y el derrumbe. Se puso de pie y cogió su espada.
Estaba frente a mí, como una gran mole de fuego verde, otro gran grito, esta vez no lo sentí tan fuerte, seguramente ya estaba medio sordo. Giré la cabeza al ver sombras asomar del pasillo, ¿Se aproximaban guardas?

CAPITULO XVI


Entraron seis. Una chica voluptuosa con una sonrisa macabra en el rostro al ver la bestia, una pequeña niña con ropas de monje y un libro del camino que seguro pesaba más que ella. Un tipo con espada al cinto y una cicatriz que el recorría desde la ceja hasta el pómulo derecho. Un tipo con pinta de comerciante, y una pequeña daga en la mano. Una chica que seguro estaba perdida y por último Senzo, el chico que me había encontrado en la taberna en Alto Severen hace dos noches. Algunos me hablaron, otros perplejos miraban el monstruo, en mi sordera no pude entender nada. La más pequeña se lanzó al piso, abrió el libro rápidamente y empezó a cantar, el tipo de la cicatriz desenvainó la espada sin saber por dónde empezar a atacar, la chica voluptuosa apretaba los puños y hablaba con los demás del grupo se acercaba un poco al monstruo y se alejaba por el calor, luego agarró valentía y lanzó un golpe en el pecho del caballero desplazándole unos pasos hacia atrás, el monstruo puso un pie para no perder el equilibrio y con su gran espada lanzó un corte hacía la cabeza de la mujer que se lamía la mano claramente dañada por la armadura ardiente, entonces la espada de Senzo y el otro hombre la pararon. El tipo de la daga entonces se puso delante del monstruo y el viento cambió en el ambiente, en caballero verde alzó las manos y sus llamas se perfilaron hacía arriba tocando el techo atrapado en el viento. Entonces los humos negros del techo que pululaban en la habitación escaparon por la puerta abierta, y la pequeña del libro gritó y casi pude escucharla a través del pitido que sonaba en mis oídos. La bestia verde ardió intensamente, salió disparado su casco y del orificio que le hice escapó todo el humo que le quedaba dentro, hasta formar una espesa nube negra en el techo. El monstruo empezó a consumirse con su propio fuego, ardiendo sus tendones, músculos y nervios a través de su transparente piel. Volvió a chillar estrepitosamente, esta vez estoy seguro que de dolor. Cogí el casco y me lo puse, preparándome para el fuego que cada vez ardía más dentro de la cámara. La chica terminó de gritar, y cayó al piso desmayada. El viento dejó de sujetar al monstruo y éste cayó al piso estallando en mil pedazos, levantando un aire caliente que lanzó a todos hacía atrás, choqué al igual que todos en contra de la pared a una fuerza impresionante.

CAPITULO XVII

Me puse de pie, estaba intacto, con la ropa hecha jirones y un poco chamuscada. Gracias al casco y mi habilidad no perdí la conciencia, no así todos los demás que estaban en la cámara. Caminé entre ellos, cuidando de no pisarles. La luz de las antorchas del pasillo iluminaba la habitación, al parecer todos estaban vivos. Miré el talento sobre el trono, brillaba como una antorcha. Sus runas estaban todas encendidas como letras de oro.
Con el casco puesto cogí la espada, me paré en el trono y la usé para hacer palanca y sacar el talento, la metí en la pared y con un poco de fuerza y lo saqué, lo guardé y bajé del trono. Con la espada, el casco y el talento me sentí más fuerte que nunca. Entonces cogí las piezas de la armadura, usando mi capa como bolsa para guardarlas, me puse el paño en los ojos, entré al pasillo y tomé una antorcha, entonces me topé con la chica que parecía perdida con su vestido y estuche de arpa bajo el brazo, acurrucada en el pasillo con miedo en los ojos.
—Hola, ¿Estás bien?
—Sí… creo que sí —dijo mirándome raro.
—Pues, te ves bien al menos —le dije —¿Hacía donde se dirige este pasillo?
—Hacía una gran habitación. Otras puertas y una salida por un pozo a una calle de Severen.
—Entiendo.
Volví a la cámara, cogí la armadura con la capa usándola de bolsa. Miré la puerta que se dirigía hacia el palacio, y luego miré la otra puerta al lado del trono, estaba abierta. Me paré asomando la luz de la antorcha al fondo parecía haber más puertas y un olor que me aseguraba una salida. Miré por última vez a los hombres y mujeres tirados inconscientes en el piso.
—Gracias por salvarme —dije —pero no dejaré que nadie me quite mi talento de oro.


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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por Rasec el Miér Nov 27, 2013 12:58 am

Llevábamos ciclo y medio de caminata, mínimo le llevábamos tres días a el resto de la troupe, estábamos a dos días de Severen, el Sol se veía más invernal y el viento comenzaba a enfriarse. Aurae y sus dos fieros compañeros me seguían y vigilaban siempre, como si fuera un prisionero de guerra. No habíamos tenido problemas durante el camino, al parecer todo estaba en completo orden, vimos a varias personas en dirección opuesta y hasta a dos caldereros muy amables. No pareciera que corriéramos ningún riesgo, hasta que comencé a sentir ojos que me vigilaban, de principio creí que era la constante vigilancia que tenían conmigo los mercenarios, pero empezaba a dudarlo, sólo cuando vives en constante viaje te das cuenta o sientes esas presencias que no se dejan ver. A la hora de acampar antes de que se escondiera el Sol, le comente mis sospechas:

-Nos siguen, o al menos eso creo- Miro a mis acompañantes uno a uno, veo sus expresiones, parecen muy frías, las expresiones de guerreros que han peleado cien batallas y han sufrido la misma cantidad de heridas-. Lo más raro de todo es que… tengo la sensación de que es solo una persona.

-Ya lo habíamos hablado, Gabint-Dijo Sac- Para ser un músico tienes el sentido agudo, pero poco curtido.
-En efecto, nos dimos cuenta desde hace unas horas- Continuó Aurae- No sabemos si tiene intenciones hostiles pero a mi parecer lleva siguiéndonos días.

Mi sospechas claramente eran ciertas, me sorprendió la calidad de sentido del peligro que tienen estos tres mercenarios, como dije, es el sentir de peleadores natos. El Sol casi se ocultaba y la fogata aún no estaba prendida, fuimos a buscar un poco de leña, la encendimos y para cuando teníamos montadas las tiendas el Sol se ocultó por completo. Saque mi preciado instrumento musical, me miraron con recelo los dos mercenarios varones, la chica me miraba curiosa, en todo el trayecto solo había tocado una vez, ya me hacía falta un poco de música.

-¿Alguna en específico?- Pregunte atentamente.

-No creo que puedas tocar alguna conocida con ese raro laúd-. Me dijo Jake

-Oh! Claro que sí- Afine las cuerdas,  y me prepare.

-¿Qué tal la balada de Sir Savien?- Me dijo la mercenaria a unos instantes de empezar a tocar El Asno Erudito.

-¡Silencio! ¡Atentos! Pues por mucho que escuchen,
mucho aguardaran sin la esperanza de oír una canción
tan dulce como esta, compuesta por el propio Illien
hace una eternidad. Una obra maestra sobre la vida
de Savien, y de Aloine, la mujer que tomó por esposa…

Al instante de terminar la presentación mis dedos empezaron a moverse, tocando complicados arpegios, con complicados movimientos de acordes, era de las canciones más complejas que sabía, y era de las que más disfrutaba. En si la canción la aprendí con los Ruh, pero antes ya la había practicado, para mi esa canción tenía algo oculto que no lograba descifrar. La letra de la canción fluía de mí como agua sobre mi garganta. Después de unos minutos termino la canción, vi que todos están observándome, con mucha atención.

-Bien…eh terminado- Guardé mi guitarra en su funda y regrese a la fogata.

Durante los siguientes instantes que permanecimos despiertos, platicamos un poco, me entere de que Sac fue soldado dl ejército de Vintas  del cual deserto, Jake ha sido mercenario desde siempre y Aurae es una mujer muy dura. Les cuento sobre mi vida con los Ruh, desmentí rumores de gente que no conoce de ellos, y después comentamos sobre el grupo que visito nuestros carromatos.

-Como les eh dicho todo este tiempo- Dije fastidiado- Estaban cansados, agitados y buscaban problemas con brujería. Se hablaba de monedas extrañas con propiedades sobrenaturales, y parecía que los quería muertos gente poderosa, después mi caravana y yo nos separamos, unos para
confeccionar los trajes y máscaras para el carnaval y los otros se adelantaría para apartar lugar para los carros.

- Bien, y ¿estás seguro de que van a Severn?- me preguntó Aurae.

-Como les eh dicho todo este tiempo- Volteo los ojos- Ellos buscaban monedas, como están repartidas por los Cuatro Rincones una está en Vintas, y mi padre sabe algo de ellas. Y otra esta en Severen Si lo piensan bien, queda más cerca Severen.

A la mañana siguiente partimos a penas se asoma el Sol, el viento agitó un poco mi capa y mi cabello , y yo comenzaba a sentir la frescura y oscuridad de algún bosque, en el camino no había nada de gente, pasamos por una posada en la que paramos para comer, di gracias a Thelu y a Encanis porque estos tipos tuvieran suficiente dinero para parar en esta posada, llevábamos todo el trayecto sin comer un plato caliente.

En la posada el ambiente estaba tenso, no nos miraron al entrar pero si se sentían las charlas de la gente, charlas que parecían ser sobre noticias extrañas. Un grupo de leñadores corpulentos sentados a lado mío platicaban con voz baja. Tuve que aguzar el oído para escucharlos.

-…te lo digo yo…

-No puede ser, ellos no existen…

-…claro que sí, si no po…

Esa parte me la perdí porque una dama llego con los platos.

-…señales de los Chandrian…

-…muertos, muertos los encontraron…

-…si, eran una caravana de…

-…seguro se lo tenían merecido…

-Hey, ¿qué haces?- Me preguntó Aurae.

-Nada, solo escuchaba, las noticias siempre son de ayuda.- Me quede pensando en lo que dijeron.

Si en verdad eran los Chandrian, no debían de estar muy lejos, puesto que la noticia había llegado hasta aquí, pero esas intuiciones no eran de fiar, pues los rumores corren más rápido que mis piernas. Chandrian, siempre es malo oír de ellos, más cuando las cosas están como están, mientras buscamos a un grupo de gente rara que busca monedas aún más raras que ellos.

-¿No te pararás a tocar?- Preguntó Jake-¿No hacen eso los músicos Ruh?

-De alguna manera tu comentario me ofendió.- Le dije mirándolo a los ojos, pero no dio muestra de temor- Pero si, iré a tocar, hace falta música aquí.

Me pare, camine hacia donde está la pequeña banca donde debería estar el músico y me senté, saque mi guitarra, vi miradas de atención. El cantinero me  volteó a ver sorprendido, como si casi nunca pasara eso y comencé a tocar El Ultimo Día de Taeth.

Al terminar se escucharon aplausos y el cantinero me sirvió un poco de scutten. Mire a mis compañeros sonriente y continuamos con nuestra comida. Me lleve una gran decepción al sentir mi comida un poco más tibia, casi fría. Entonces me puse a escuchar de nuevo.

-…primero los Chandrian y ahora un tipo que tiene la piel de metal...

-…deja de hablar tonterías Brutt…

-…no son tonterías, lo juro…

Llevábamos alrededor de 3 horas de trayecto después de abandonar la posada, aún tenía en la cabeza a los Chandrian. ¿Sería verdad todo eso?...Al pasar una pequeña curva algo me saca de mis pensamientos…Un hombre vestido de negro completamente y con una espada curva muy amenazante.

-Ríndanse y hablen sobre las monedas y sobre Meiko y su muerte será rápida- Su voz me recordó a las serpientes.

Casi al instante de que terminara su pequeño discurso aquel hombre de mediana edad, con rasgos aguileños, una barba de candado y un corte recto en el labio, Aurea y sus compañeros desenvainaron sus respectivas espadas, Sac llevaba una espada bastarda a dos manos, mientras que Aurae y Jake llevaban estoques. Mientras yo intentaba sacar la daga que llevo siempre conmigo.

-No te conviene, estas en desventaja- Dijo Sac mirando amenazante a aquel extraño, que aparentemente era el que nos estaba siguiendo.
Aquel hombre tenía algo extraño, se notaba su adiestramiento en algún tipo de arte asesina, no parecía para nada un practicante del lethani pero aun así me recordaba a ellos.  

-A ustedes es a quienes les conviene rendirse- Dijo aquel- No te atrevas a amenazar a un Ashura.

-Bien, Ashura, no sabemos nada de esa tal Meiko- Le dije tratando de evitar la confrontación- Pero se de las monedas sabemos que…

-¡Calla insolente!- Grito el Ashura, con su peculiar arrastre de palabras. En seguida se abalanzo contra Jake, quien apenas pudo parar su tajo. Sin siquiera pensarlo ataco a Aurae, a quien sí logró herir muy levemente en la pierna, por los pelos se pudo hacer a un lado, esta figura se movía rápidamente, era como una máquina de lanzar tajos a diestra y siniestra.

Sac lanzo un mandoble hacia el costado derecho del Ashura, este lo paro sin problemas, entonces Jake llego por detrás con un tajo hacia el cuello, de nuevo nuestro atacante lo esquivo echando su espalda hacia atrás, doblándose, tenía una agilidad increíble. Yo estaba paralizado nunca había peleado contra alguien armando, nunca había tenido la necesidad, solo sabía un poco de combate cuerpo a cuerpo.
En se instante el Ashura se me abalanzó, intentó cortarme por la izquierda pero logre apartarme, volvió a atacar por la derecha y en ese acertó, me hizo un corte de unos cinco centímetros de largo poco profundo. Para mi suerte los mercenarios vinieron en mi ayuda, Aurae con un fluido movimiento de espada atacó, el cual fue detenido por el Ashura, Sac intento lo mismo con la misma suerte, el Ashura pateo a Aurae y la lanzó hacia Jake, Sac solo podía detener los movimientos del atacante.

Al ver el desarrollo de la pelea mi cerebro proceso todo rápidamente, entonces tome dos de mis cartas incendiarias, espere a que el Ashura descubriera su costado derecho y le lancé una, su ropa comenzó a encenderse, en el descuido apenas pudo detener un mandoble de Sac, el cual lo mando al suelo, lance mi segunda carta a su otro costado, él intento apagar las llamas sin lograrlo. Fue entonces cuando comenzó a rodar, Jake y Aurae fueron a su encuentro, pero el Ashura ya no tenía llamas y se incorporó.

Comenzó de nuevo la pelea ahora con ventaja nuestra pues el Ashura había recibido serias quemaduras en su costado derecho, en esos momentos se volvió una maquina desenfrenada de matar, corto a Jake en un brazo, esta vez una herida profunda y larga, fue una suerte que no le cortara aquel brazo. Llego Sac y ahora ya era una pelea tres a uno. En ese momento fue cundo el Ashura toco al suelo de nuevo por un ataque, nuevamente, de Sac. Al llegar al suelo Aurae le atravesó el vientre con su estoque.

Todos agotados vieron como el atacante no se levantaba, tenía los ojos fijos en Aurae y de su boca brotaba sangre.

-Malditos, malditos todos ustedes- Dijo apenas, sin fuerza- Mis hermanos me vengaran, y esta vez no tendrán oportunidad, díganle a Meiko que sus horas están contadas…

El hombre no pudo más, tosió sangre y le estaba dando un pequeño ataque. Finalmente se quedó inmóvil y su corazón paro. Mire a aquel hombre, de destreza pura, de ojos inyectados en sangre y de rarezas. Al observarlo recordé quien era Meiko, era una de las chicas del grupo que buscábamos, la chica que me recordó a los Adem.

-Buscaba a una chica del grupo que visito la caravana un día antes que ustedes.-Sentencie.

-Buen trabajo Gabint- Me dijo Aurae.

-Sí, me salvaste, casi me mata ese monstruo- Dijo Sac.

-¿En qué estamos metidos?- Pregunto Jake, cubriéndose el brazo herido.

-En una…especie de… carrera por monedas- Dije- Una carrera que debe involucrar gente poderosa, y sobre todo peligrosa…

Nos quedamos allí plantados un momento, mirando aquel cadáver de aquella máquina de matar.
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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por Ohaura el Mar Dic 03, 2013 12:02 am

Me desperté sobresaltada y confusa, el ruido del chasquido de una rama seca al romperse cerca de mi me puso en alerta, el agudo instinto de mercenaria que había ido cultivando durante estos duros años, provocó que me levantara de un brinco del incomodo y áspero suelo en el que dormía. Saqué la afilada navaja, que siempre llevaba escondida en las pateadas botas que nunca me quitaba cuándo dormía al raso y me coloqué en posición defensiva, permaneciendo presta para atacar en cualquier instante.  Después de unos segundos tras escudriñar  con la mirada  alrededor del pequeño campamento que habíamos improvisado aquella noche y que ahora ya se bañaba por la luz del alba, no vi ningún peligro acechar. Una de las principales reglas de un mercenario es no relajarse jamás sin antes haber comprobado primero que no existe ninguna amenaza cerca, por lo que seguí observando cada palmo que alcanzaba mí vista con suma minucia.  Entonces la vi saliendo por detrás de la lisa piedra sobre la que reposaba la cabeza de Gabint  mientras dormía, asomaba una salamandra de tierra seca de unos cuarenta centímetros de largo, hice el amago de acercarme a ella pero se escabullo con rapidez y desapareció detrás de unos ajados arboles a metros de nuestra posición. Respiré enfadada pero aliviada y me guarde la navaja de nuevo.

Mi condición de Mercenaria me exigía ser una depredadora constante, pero los últimos acontecimientos  me hacían sentir un tanto vulnerable. Había pasado un día después de luchar contra aquel condenado asesino. Nunca antes nos habíamos encontrado algo así. Un hombre tan peligroso,  feroz, e infatigable. Poseía movimientos agiles como un felino, fuerza pétrea, y vigor inagotable. La incertidumbre a la vez que la rabia me corrían por las venas, no soporto no ser yo la que maneje la situación y no logro comprender que es lo que quería de nosotros...

Era evidente que nos venía siguiendo, controlando nuestros movimientos durante horas antes de atacar y me hubiera jugado la recompensa de las tres cabezas de los salteadores de caminos más buscados, de que no se trataba de un demente solitario. Estaba claro que ese bastardo formaba parte de algo amplio y oscuro… ¿Cómo narices hubiera  aprendido a luchar de esa manera sino?... Solo podía compararlo con cierto tipo de guerreros y esos eran los Adem. Y los Adem no nacen sabiendo luchar, sino que, se les enseña el arte de la lucha desde la más pura infancia. Estaba segura que había demasiado detrás de aquello, y que se trataba de un maldito grupo de fanáticos más implacables en la lucha incluso que los propios Adem. Ashura, así se autoproclamó… como miembro del clan de los Ashura creo suponer.

Después de ir a echar un vistazo a unos quinientos metros a la redonda y comprobar que todo, en principio, permanecía sereno volví al campamento. Me senté en el mismo lugar donde antes yacía dormida, al hacerlo flexioné las piernas con brusquedad y la herida de mi muslo se estiró y me provocó una fuerte punzada. Apreté los dientes y volví a estirar la pierna. Ya no me sangraba, era una herida larga pero superficial. No me preocupaba, en peores situaciones me había visto… Pero la herida de Jake… esa si me causaba intranquilidad. Cuando pensaba en lo cerca que había estado ese desgraciado de cercenarle el brazo me hacía estremecer…  gracias a Tehlú que Jake poseía rápidos reflejos y logró apartar el brazo a tiempo. Me sentía preocupada y furiosa, pero ahora más que nunca debía estar preparada para luchar en el momento menos esperado.

 Nunca antes nos habíamos enfrentado a esta situación. Ninguno de los tres había sido herido de gravedad en el fragor de la lucha. Me resultaba como una broma de mal gusto, el hecho de pensar, que un solo hombre hubiera estado a punto de acabar con la vida de tres duros y experimentados mercenarios a la vez y también con la de un músico itinerante que conoce demasiadas cosas dicho sea de paso…

Aquella situación me incomodaba, el asesino conocía la existencia de los esotéricos amuletos o por lo menos eso dejó entrever  con sus palabras ¿Acaso tendría que ver aquel absurdo ataque con Gabint? Desconozco si lo persigue a él o a nosotros, lo cierto es que la peligrosa experiencia que nos sucedió era nueva y desconcertante y me provocaba desconfianza… desconfianza hacia Gabint quizá. Es como si supiera más de lo que nos decía, y a mi parecer existían lagunas en toda aquella historia estridente sobre antiguas monedas y el grupo que las andaba buscando. ¿Acaso sería posible que Gabint poseyera una moneda oculta?, empecé a especular y preguntarme sí quizás nos hubiera llevado hacia una trampa, pero por otro lado cuándo nos enfrentamos con el Ashura, Gabint intentó prenderle fuego y quemarlo vivo, por lo que terminé descartando que fueran cómplices… En el fondo me negaba a pensar mal de él, puesto que me inspiraba nobleza, pero un mercenario no puede permitirse confiar en nadie, mucho menos en un desconocido…

El nombre de Meiko se quedó grabado en mi mente como a fuego. Según afirmaba Gabint desconocía el nombre de los miembros del grupo salvo el de Berdine y Senzo, ya que los llegó a escuchar mientras hablaban entre sí, pero tan solo esos dos nombres. El grupo había aparecido buscando cobijo para descansar en el refugio ruh, pero también le interrogaron sobre las monedas. Quizás una de las mujeres fuera Meiko… sí es así pienso encontrarla y llegar al fondo de todo esto…  

La mente me iba a mil por hora y cada vez me agobiaba más… ¡¡uff!! Exasperada me volví a poner en pie, tenía demasiadas dudas rondando por la mente. Decidí despertar al resto del grupo no debíamos perder tiempo en llegar a Severen, en aquel momento no solo las monedas corrían prisa, el brazo de Jake ahora era más importante. Sac le había hecho un torniquete rodeándole el brazo y cortando así la hemorragia, pero urgía llegar a una clínica de Severen para que lo cosieran lo antes posible.

Los desperté sin mas preámbulos, después de echar un ojo a la herida de Jake comprobé que no había empeorado a la noche anterior, pero le estaba subiendo la fiebre cada vez mas y eso no nos ayudaba nada en el largo día de viaje que aun nos quedaba por delante. Recogimos el campamento y nos dispusimos a continuar con la caminata hasta Severen. Estamos hambrientos, sucios y cansados, y por si fuera poco el tiempo jugaba en nuestra contra.

En circunstancias así pongo mi confianza en el gran instinto desarrollado de Sac, no solo era un gran mercenario también un rastreador excelente, conocía casi todos los atajos que existían. Tiempo atrás, me había explicado que su talento lo debía al aleccionamiento de uno de los rastreadores mas excepcionales de los cuatro rincones de la civilización, aunque pocos conocían la gran capacidad que poseía aquel hombre en realidad, su nombre era Marten y Sac estuvo trabajando junto a él durante años. Marten le explicó en su día que antes había sido cazador,  por lo que Sac también fue bien adoctrinado en el manejo del arco, por desgracia hacia dos ciclos que rompió el último que le quedaba en mitad de una persecución.

Aceleré el paso para caminar junto a Sac, sabía que estaba molesto conmigo. Al ponerme junto a él lo mire y aún tenía el semblante serio.
- Tu viejo arco nos abría venido muy bien en estas dos últimas noches. – Comenté para romper el hielo- Una liebre asada reconforta el ánimo de cualquiera y…

-¿Por qué Aurae?, ¿Por qué? – Interrumpe mis palabras interrogándome con vehemencia-

Lo miro a los ojos pero no contesto, se perfectamente a lo que se refiere.

- ¿Por qué no me dices la verdad? No entiendo a que viene todo esto ¿sabes?, Jake y yo nos asociamos contigo hace tres años y si te soy sincero nunca nos has fallado en nada, todo lo contrario tu papel como mercenaria ha sido mucho mejor que el de decenas de mercenarios curtidos que conozco.

- Sac yo…

- ¿Por qué hemos tenido que dejar al grupo de salteadores que perseguíamos? Ya casi los teníamos atrapados, solo faltaba una noche más y lo sabes. – Me recrimina apuntándome con el dedo.- Y tu de repente decides largarte a buscar no se qué dichosas monedas y dejar la misión del conde Farlend colgada.

- Te prometo que os compensaré a los dos Sac.

- No se trata de eso, no es solo el dinero de la recompensa que hemos perdido, ¡que también!... sino de nuestra reputación como mercenarios profesionales. El conde Farlend estará muy cabreado cuando se entere que los tres sanguinarios mercenarios que había contratado, se han largado sin más a otra parte.

- ¡Vamos a quedar como unos cobardes de pacotilla! – Grita Jake por detrás metiéndose de golpe en la conversación-  Ya puedo ver vuestras caras de espanto cuando se corra el rumor y… y… tengáis que liaros a golpes en cada taberna que os… que os llamen… jajajajaja. – Empezó a reír a carcajadas mientras intentaba caminar.

- Está claro que la fiebre le esta nublando la mente. – Apunta Gabint mientras acelera el paso para acercarse a nosotros.

- Lo que faltaba ahora resulta que esta mas tonto de lo que suele estar. – Masculla Sac con sorna.

-Te he oído cabronazo. – Le reprende Jake mientras aun intenta contener la risa del comentario anterior.

Miro a Gabint un tanto avergonzada.
-Perdona el lenguaje, veras entre mercenarios es un poco mas agresivo todo y el vocabulario no iba a ser menos.- Le comento.

-Tranquila guapa. – Contesta Gabint con una sonrisa de oreja a oreja.- Estas hablando con un edena ruh querida, nosotros conocemos las costumbres de todas las gentes que habitan esta tierra y las respetamos.

Le devolví una mirada cómplice y volví mi mirada hacia Sac otra vez.

-Te aseguro que te lo explicaré todo solo dame un poco más de tiempo. – Casi le ruego con los ojos.

-De acuerdo. – Me espeta moviendo la cabeza de un lado a otro.-Tienes suerte, ahora sí que no nos queda más remedio que ir a Severen para que atiendan a Jake. Pero más le valen a esas jodidas monedas valer cuanto menos como la recompensa de doce grupos de salteadores juntos.

Anduvimos todo el día sin descanso, me sentía en cierto modo culpable de lo que le había sucedido a jake. Me constaba demasiado explicar a mis dos compañeros el porqué de la búsqueda de las monedas. Si lo hubiera explicado desde el principio lo más seguro es que hubieran pensado que era el delirio del recuerdo infantil inventado de una niña con imaginación. Si a esto le sumábamos que, hacía pocos años, había perdido al único padre que me quedaba, el resultado parecía la historia fantástica creada por una huérfana dolida, queriendo encontrar un porqué y deseando mitigar su dolor con venganza. Pero yo sabía que había algo en todo esto,  debía llegar a ello y tenía que sacarlo a la luz.

Los conocimientos de Sac sobre el terreno nos llevaron hacía Severen mucho más rápido de lo que en principio creíamos que tardaríamos. Tuvimos que atajar por en medio de pedregosos montes y senderos abandonados, pero antes de que anocheciera ya divisábamos la ciudad.
Sac se negó durante todo el camino a que lo lleváramos a cuestas, sin embargo hacía rato que había empezado a tener escalofríos. Necesitaba beber agua urgentemente  llevábamos dos días sin beber ni comer nada y empezaba a mostrar signos de deshidratación.

Cuando nos encontrábamos ya en las afueras  encontramos una taberna muy concurrida. Decidimos entrar para beber algo caliente puesto que todos lo necesitábamos, y preguntar dónde podría haber una clínica abierta de noche en Severen. El tabernero nos desanimó bastante al explicarnos que las únicas clínicas dispuestas a atender a tales horas eran las pertenecientes a la nobleza o clínicas militares. Sin embargo la dimensión del tajo del brazo de Jake lo preocupó y se ofreció a darle antibióticos para evitar infecciones, dos escrúpulos de nahlrout para que dejara de sentir dolor y una infusión de hierbas para remitir la fiebre. Fue en realidad toda una suerte que el tabernero guardara un pequeño cofre en su alcoba con medicinas de calidad para emergencias y accidentes. El problema era que no tenía nada para cortar la hemorragia ni coserlo y Jake no podía aguantar mucho mas tiempo con un torniquete en su brazo. Mientras Jake se tomaba la infusión para rebajar la fiebre, Sac, Gabint y yo decidimos aprovechar para darnos un baño, después bajaríamos a meternos algo en el cuerpo para reponer fuerzas.

Cuando baje a comer me sentía renovada. El baño de agua caliente borró de mi piel las manchas de tierra, sangre y polvo del camino. Me deje la melena suelta para dejarla secar mas rápido, el cabello ondulado del color de las almendras me caía en bucles hasta la cintura. Siempre había sido una mujer hermosa de rostro redondeado y grandes y rasgados ojos color miel. Pero hacía cuatro años que un alo de dureza me cubría el rostro. No era la típica mercenaria de rasgos y aspecto viriles. La mirada de demasiados hombres para mi gusto me recorría de arriba abajo mientras me tomaba una jarra de scoutten. Era consciente de ser demasiado exuberante para ser una mercenaria, lo que suponía un problema a la hora de relacionarme y hacer negocios entre hombres. Poseía caderas redondas, pechos desarrollados y espalda poco fornida para ser una luchadora, pero por otra parte, mis piernas si eran fuertes, y sabía cómo manejarlas bien a la hora de la lucha. Antes de que mi padre muriera era una joven delicada que no había usado nunca la fuerza. Pero tuve buenos y agresivos maestros en el arte de la lucha. Por aquel entonces no conocía a mis dos compañeros…  ojala hubiera querido Tehlú que hubieran sido ellos mis instructores…     

Notaba la incomodad de Sac al tomar consciencia de cómo algunos hombres me desnudaban con su forma de mirarme y en más de una ocasión retó a algunos de ellos con la dureza de sus ojos. En cierto momento me volví para comprobar a que venían las risas de tres soldados que bromeaban y bebían al fondo de la taberna, tras comprobar que era a costa del escote de una de las camareras me fui a volver hacia mi jarra, sin embargo, me percaté de la silueta de un hombre bebiendo en el último rincón de la taberna entre sombras. Lo primero en lo que mi mente pensó fue en los Ashura. Recuerdo al desquiciado guerrero que nos atacó envuelto en sombras, casi ocultando su rostro en la oscuridad y no revelando su semblante a la luz asta el momento de atacar. Me puse en pie sin darme cuenta y miré fijamente al extraño tipo, estuve a punto de ir hasta su mesa sin avisar a mis compañeros, no quería mas heridos por mi culpa, pero el desconocido se inclinó apoyando su hombro derecho junto a la ventana abierta que dejaba entrar la claridad de la luz azul de la luna, su rostro se iluminó ligeramente y pude observarlo durante unos instantes. Tras unos segundos,caí en la cuenta  de que no se trataba de un Ashura, ni su ropa, ni su rostro se parecían a él. Sobretodo carecía de esa mirada de lunático que el asesino poseía. Pero había algo extraño en el, mi intuición de mercenaria me lo decía, mas aun al comprobar que con sus profundos ojos me observaba también fijamente.

-Aurae, ¿Qué has visto? - Me preguntó Sac con preocupación, sacándome de mis pensamientos.

Me giro hacía Sac y meneo la cabeza quitándole importancia.

- Entonces vayámonos ya. Tenemos que encontrar algún lugar donde puedan coser a Jake. – Añadió.

Una vez ya entrados en Severen, mi preocupación por el estado del corte de Jake empezaba a desbordarme. Si hubiéramos llegado de día o recién entrada la noche hubiera sido todo muy diferente, entre las calles abarrotadas con todo tipo de gentes hubiéramos encontrado ayuda sin duda alguna. Pero ya entrada la madrugada el panorama era otro muy diferente. Como bien nos advirtió el tabernero no había ninguna clínica que prestara sus servicios a esa hora e ir a tocar a la puerta de algún habitante de Severen con un mercenario herido como presentación no era la mejor idea.

-¡Por Tehlú!, ¿Es que no vamos a encontrar de verdad ningún lugar en donde le cosan la herida? - Espete casi desesperada.

-No necesito ninguna cura, la herida se curará sola. -Añadio con fastidio Jake mientras escupía al suelo.

-Si la necesitas, deja ya el orgullo Jake. -Le recrimino mientras le doy una patada a una piedra del camino.- Si encontramos aguja e hilo yo misma te coseré la herida.

-O mejor déjame a mi hacerlo, creo que me divertiría mucho. -suelta Sac mirandolo con burla.

-Esta bien, esta bien... se donde podemos ir. No me hace ninguna gracia pero se donde. -Interrumpe Gabint con naturalidad.- Hay un viejo templo tehlino abandonado donde habita un supuesto sacerdote en retiro espiritual... Bah! En realidad es un farsante y un traficante también.

-¿Adonde quieres llegar?-Preguntó Sac poco convencido.

-A que ese perro tenía negocios sucios con mi padre y teme a un Virrey tanto como los corderos temen a los lobos. Sabe que soy su hijo no dudará en ayudarnos.

No nos terminaba de convencer la idea a ninguno de los tres, pero a falta de otra solución decidimos seguir a Gabint.

Nos dirigimos hacia el viejo templo dejándonos guiar esta vez por el edenah ruh. Tardamos poco en llegar, el alto templo se alzaba delante de nosotros como una ajada reliquia de lo que en su día fue sin duda una iglesia majestuosa. Cuando entramos en el interior del arruinado santuario el sacerdote tehlino  reconoció a Gabint al instante, su cara rebosaba pánico al verse rodeado por tres mercenarios mas el hijo del Virrey Bannis. Por unos momentos temió que el Virrey mandara a cobrarse alguna antigua deuda sin pagar, pero al explicarle nuestras intenciones se mostró servicial y amable hasta el punto de provocar nauseas.

Mientras el sacerdote cosía a Jake, Gabint nos llamó con disimulo a Sac y a mi, quería contarnos algo... Nos colocamos detrás de una ancha y gruesa columna de mármol para hablar con libertad.

-Si confiáis en mi puedo hacer que nuestra suerte cambie. -Dijo Gabint y continuo con gesto casi de repugnancia.- Conozco este antro de corrupción y abusos desde que era pequeño. El cerdo de mi padrastro me trajo aquí más de una vez. Los tehlinos encerraban aquí a prostitutas adictas al denner para aprovecharse de ellas a cambio de un poco de esa maldita droga y la sabandija de mi padre era uno de los invitados de honor...ya sabéis el dinero lo puede casi todo... Supongo que ese cerdo esperaba que me convirtiera en algo parecido a el. Pero nunca lo consiguió. - Terminó de explicar con una sonrisa de satisfacción.

-¿Pero eso que tiene que ver ahora? -Pregunta Sac.

-Pues que se dé un escondite donde podrían aun hoy hallarse ocultas joyas valiosas en abundancia . ¿Por qué crees sino que los tehlinos tienen a ese sacerdote aquí?, ¿Retiro espiritual?, Ja!, claro y yo soy una Modegana de lujo. Lo tienen aquí para que se encargue de que las alhajas sigan guardadas a buen recaudo.

-¿Pero porque entonces no se lo llevan de aquí y lo guardan en otro lugar mas seguro? -Pregunté confundida.

-Pues porque este maldito lugar es enorme, cuenta con múltiples estancias, celdas ocultas e incluso pasadizos subterráneos. Cada vez que esos malditos quieren montarse algún festejo aun en la actualidad, utilizan estas salas, alcobas y celdas. Se sirven de la escusa de visitar al sacerdote que esta cosiendo a Jake, pero la realidad no es esa. Esconden a personas que encierran en celdas hasta que se cansan de ellas... Quién sabe si ahora mismo hay alguien escondido entre las paredes de este templo. Una adicta al denner, un mendigo o incluso un pobre niño... Ahora decidme, necesitamos dinero para seguir con la búsqueda y ya sabéis que apenas nos quedan un par de talentos... ¿Queréis que cojamos el botín o no?

-Te diré lo que vamos a hacer. -Aclaró Sac con absoluta rotundidad en su voz.- Primero vamos a por ese condenado botín del que hablas y luego... -Continuó mientras sacaba su espada y la agarraba con rabia.- Voy a esperar a que esa execrable rata termine de coser a mi compañero, y justo cuando acabe le voy a cortar la cabeza y a ponerla de trofeo en el lugar donde estaba antes el botín.

-Cálmate Sac, no quiero que te escuche. -Le advertí.- No cometas ninguna locura piensa un poco... todo el mundo creerá que lo hemos matado por puro saqueo... Esto es lo que vamos a hacer, de momento dejaremos que termine de curar y cerrar el corte de Jake y mientras tanto iremos a por esas joyas de las que hablas, esconderemos el pillaje en tu saca Gabint porque es muy amplia, pero la llevará colgada Sac si no te importa… y despues volveremos por Jake.

-¿Y luego? -Me pregunto Sac con esperanzas en los ojos de que aun pudiera eliminar a ese canalla.

-Y luego ya veremos...

Gabint hizo un papel magistral como buen actor ruh que es. Convenció al tehlino por completo de la nostalgia que sentía por aquel lugar que había formado parte de su infancia. Le explicó que ardía en deseos de dar un paseo por aquellos pasillos en los que de pequeño había convertido en patio de juegos, consiguiendo que el perverso sacerdote no pusiera en duda sus palabras en  ningún momento. Yo aproveché para explicarle a Jake al oido lo que nos disponíamos a hacer. Estuvo de acuerdo desde el primer momento.
Dejamos a Jake solo con el tehelino mientras le cosía, Gabint sacó una lámpara simpática de mano de su holgada saca y nos guió como si conociera el lugar como la palma de su mano, giramos por un largo pasillo hacia la derecha, bajamos unas escaleras y volvimos a girar a la izquierda adentrándonos en una habitación. En la misma habitación existía una puerta contigua que daba a otra sala cerrada, en esta unas largas escaleras hacia abajo, cuando descendimos del todo encontramos una gruesa puerta que se abría haciendo girar una gran rueda dentada por medio de unas cuerdas, el mecanismo no suponía un gran esfuerzo físico para hacerlo funcionar, por lo que un niño o incluso un viejo tehlino podría abrirla sin problema. Tras la puerta un pasadizo oscuro y eternamente largo, llegado al final del pasillo, una puerta entreabierta en el suelo nos esperaba. La abrimos por completo y bajamos por las cortas escaleras a otra rara estancia cerrada y cuadrada. Sus paredes eran tan gruesas que si algún pobre desgraciado gritaba dentro de aquella habitación no lo escucharían jamás. La habitación poseía una puerta en un rincón a la derecha, que según Gabint conducía a los pasadizos subterráneos.

-Por aquí debería estar debajo de un suelo falso de piedra, ayudadme a buscarlo. –Nos dijo el ruh.

Mientras Sac y Gabint buscaban el falso suelo en mitad de la habitación yo iluminaba con la lámpara simpática. De pronto la pequeña puerta de la estancia se abrió de golpe. Delante de nosotros aparecieron seis desconocidos. Sac y yo sacamos las armas en menos de lo que se pronuncia Tehlú pero la expresión de Gabint fue desconcertante... su semblante paso de la sorpresa a la cordialidad…
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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por Bast el Miér Dic 04, 2013 1:19 pm

Me desperté, cogiéndome de la cabeza. Una hilera de imágenes vino a mí, el monstruo, el tipo que se encontraba peleando con él, el conjuro de Holly... de pronto escuche un susurro. Desperté a los demás, y reparé en que Berdine no estaba con nosotros. La encontré con su arpa en su estuche y acurrucada. Holly se acercó a ella, e intentó tranquilizarla. Yo me limité a barajar nuestras opciones. Lo primordial era salir de allí, evitar que nos encontraran los Zaidan o el Ashura a cargo del grupo, el cual, seguramente no estuviera muy lejos. Entonces repare en algo. El tipo que se encontraba peleando con el monstruo… no se encontraba allí. Apreté los puños ¿Se nos había adelantado? La respuesta era clara. Lo había hecho.

-Tíos. Hora de marcharse de aquí.-dije algo más seria de lo habitual. Estábamos entrando en terreno cada vez más peligroso.

Nos aventuramos en la sala, y salimos por la única salida disponible. Ni rastro del tipo, pero nos topamos con un grupo de 3 personas, dos hombres y una mujer. Inmediatamente nos pusimos en guardia. 2 de los individuos, uno de los hombres y la mujer, sacaron sus armas. Me preparé para golpearles, pero la expresión del otro hombre, más la de Senzo y Berdine hicieron que bajara los puños. Senzo, pensativo, dio marcha atrás y se internó en las catacumbas nuevamente. Holly intentó detenerle pero la detuve.

-Déjale, Holly. Senzo sabe cuidarse.-dije sonriendo levemente

-Pero Meiko…-el nombre hizo que la expresión de los 3 desconocidos cambiara levemente, mostraban algo de terror. Alguna experiencia terrorífica tuvieron que tener. No sabía cómo preguntarles acerca de ello, así que guardé silencio, pero el otro hombre habló.

-Tenemos un mensaje de un tipo que afirmaba ser un Ashura. Un mensaje para ti, Meiko. Ha dicho que tus horas están contadas.-con sus palabras me sorprendí, no muchos se topan con Ashuras y sobreviven.

-No lo entiendo, los Ashuras son implacables, nunca dejan a nadie vivo.-la historia estaba haciendo que sospechara del trío.

-Fue duro de matar, nos dio muchos problemas. 3 mercenarios de élite y un Edena y casi palmamos. Ese tipo de negro, casi nos mata. Incluso uno de los mercenarios está en el hospital-dijo nuevamente el hombre. Con sus palabras estallé a carcajadas. Cuando se me pasó hablé seriamente

-Eso no era un Ashura. Era un Zaidan, son los subordinados de los Ashura. Cada uno de los Ashura, tiene un número indeterminado de Zaidan. Habéis matado a un Zaidan y os ha dejado medio muerto. Si hubierais luchado con un Ashura… no estaríais aquí ahora mismo. Los Zaidan son débiles. En la jerarquía militar, sería un soldado raso, y siempre visten de negro.

Silencio. Supongo que era hora de las presentaciones, al parecer la chica se llamaba Aurae, al ser mercenaria, me recordaba un poco a mí en el pasado. El hombre que nos contó la situación se llamaba Gabint. Por último, el hombre de aspecto rudo era Sac.

-Ojala pudiéramos hablar más, pero hay que salir de aquí. Por cierto, el tipo que se acaba de ir, se llama Senzo. No se lo tengáis en cuenta. Ahora, rumbo a por vuestro compañero.

Salimos a una calle cercana a las afueras de una Severen completamente caótica. Los Zaidan estaban creando el caos por toda la ciudad, escondiéndonos en las sombras recogimos al último mercenario cuyo nombre era Jake. Con cuidado nos fuimos de la ciudad rumbo a los bosques. Mientras corríamos, fui poniendo al grupo al día acerca de mi identidad, salvo Alván y Holly, todos se sorprendieron, normal, estaban viajando con una asesina, y no una cualquiera, sino una asesina legendaria. Pero no era momento de sorprenderse, la segunda parte era aún más sorprendente y era el preciso momento de cantar por soleares.

FLASHBACK

Me encontraba en las afueras de un poblado masacrado. El único superviviente de aquella masacre era un niño de las calles, al cual decidí darle el indulto debido a que, con un cuchillo me había salvado de una muerte segura matando al soldado cuya espada alzó contra mí en un acto de cobardía pura, atacando por la espalda. Ese chico era algo mayor que yo, un par de años. Su pelo era castaño claro, sus ojos de un verde esmeralda puro, pero reflejaba la inhumanidad de aquel que lo ha perdido todo. Ese chico me recordaba a mi en cierto modo. Su nombre era Albus. No sería la primera vez que nos veríamos. Cuando cumplí los 8 años, Draconel creó la organización de asesinos más poderosa del mundo: Los Ashura. Su uniforme consistía en una camisa hecha de elástico, de talla única, que se amoldaba muy bien a todo tipo de cuerpos, desde los altos a los bajos a los gruesos y delgados. Unos pantalones largos con las mismas propiedades y botas grises. Externamente a ello, portaban armaduras. Algunas eran completas, otras armaduras era tipo peto y solo tapaba el pecho. También podías personalizar tu armadura. Algunas tenían hombreras, otras no. Algunas armaduras eran grises, otras rojas sangre, e incluso la de Albus era verde, pero la que despuntaba sobre el resto era la mía. Solo me tapaba el pecho, pero era de color dorado, sin hombreras. Todos los miembros de la organización portaban capas azules, salvo la del comandante cuyo color era rojo.


Dicha organización estaba comandada por el asesino o asesina más fuerte del mundo… y así me convertí en su comandante. Eran un grupo muy variopinto, todos se llevaban muy mal entre sí, salvo mi segundo al mando, con el cual, en los entrenamientos siempre empataba. Demostraba mucho apego a mi, pero no le recordé hasta que oí rumores de él. Era el chico que me salvó en el pasado. Le habían apodado “Albus el de la lluvia carmesí” debido a la velocidad con que rebanaba cabezas, cuya sangre salpicaba casi como si estuviera caída del cielo. Si ambos éramos letales por separado, trabajando en equipo éramos implacables. Debido a la personalidad del resto de miembros, y debido en parte a mi primera  interacción con Whil, abandoné la organización no sin antes dejarle el mando a Albus.

FIN DEL FLASHBACK


Mientras el relato acababa, ya habíamos llegado al bosque, nos faltaban escasos metros para llegar a un claro. Yo iba encabezando la marcha, o mejor dicho, la carrera. Una vez en el claro, iluminado por la luz de la luna. Se encontraba un hombre. Su pelo castaño bien peinado hacia atrás con el flequillo hacia la izquierda. Ojos verdes como esmeraldas y de aproximadamente metro ochenta de estatura y cara aniñada, pese a superar los 18 años. Portaba las clásicas ropas que lo identificaba como uno de los Ashura. Me sorprendí cuando le vi.

-Esto es cosa mía, chicos. No os metáis.-ordené seria.

Inmediatamente, ambos salimos disparados hacia el otro. Albus desenvainó su espada y fue a cortarme la cabeza. Mi puño se quedó a escasos centímetros de su corazón, mientras que su espada se quedó a escasos centímetros de mi yugular. Inmediatamente ambos nos echamos a reír, dejando a todos los presentes con cara de no entender nada.

-Ha pasado tiempo, Meiko del crepúsculo-dijo con tono cordial sin perder la sonrisa

-Si, encantada de verte nuevamente, amigo Albus… o debería decir, Albus de la lluvia carmesí-respondí en el mismo tono jovial y cordial.

Ambos nos quedamos mirándonos a los ojos, no sabría decir cuánto tiempo estuvimos así, sin que ninguno de los dos dijera nada, pero sin perder la sonrisa. Hasta que él decidió romper ese momento de silencio, el cual, una parte de mi deseaba que no acabara.

-Y… bueno, ¿Qué tal te ha ido estos años?-preguntó recolocándose el pelo, haciéndose el desinteresado.

-Me fue bien… digamos que soy otra persona diferente-respondí sinceramente.

-Me alegro… Creo que hiciste lo correcto en dejarnos a todos. -sus palabras me sorprendieron gratamente.

-¿¡¡Entonces por que nos perseguís!!? ¿Puedes decirles a tus hombres que nos dejen o son órdenes de Draconel?-pregunté en tono cordial, pero exigiéndole respuestas.

-Bueno… son órdenes de “ese hombre” aunque… me gustaría poder revocar la orden, pero no puedo. Como sabes, los Ashura usan una jerarquía del uno al diez, siendo el uno el más poderoso y el décimo es el más débil. Ahora mismo, mi número es el diez.

Sus palabras me dejaron en shock, me eché a temblar, creo que esa fue la primera vez que sentí miedo, miedo no, lo siguiente. Del pánico que tenía no podía controlar mi cuerpo y sus temblores. Apreté los puños y mi cuerpo dejó de temblar, abandonado todo el miedo y pánico que le entró segundos antes. Estallé a carcajadas.

-Si tú eres el más débil, y siempre que luchamos empatamos, eso significa que los otros son unos auténticos monstruos. Nuestras horas están contadas. Al menos eso me gustaría decir, pero… lucharemos. Si hemos de morir, lo haremos luchando. Pero… los milagros existen. Nos repondremos a esto, como siempre. ¡¡¡Venceremos!!!-hablé esbozando la sonrisa, haciendo que Albus también sonriera.

-Muy bien. Me uniré a vosotros en la lucha contra los Ashura, pero… al nivel que estáis no les hacéis ni cosquillas. Lo máximo que os podré dar son 3 días, en esos 3 días aparecerá el Ashura numero 9, Eldros. Yo también tengo que ajustar cuentas con “ese hombre” cuyo nombre es Draconel… y el primer paso es derrotar a su élite-dijo desapareciendo en las sombras.

-Gracias por todo, Albus. Ten cuidado… ¡¡No mueras, prométeme que volverás sano y salvo!!-grité mientras lo veía partir. Intenté no sonar preocupada, si no sonar indiferente, aunque fue en vano. Su partida me dejó una sensación extraña en el pecho. Holly se acercó a mí y me dio dos codazos mientras sonreía pícaramente, al darme cuenta de su mensaje, me giré fingiendo molestia pero sin perder la sonrisa. Luego puse una expresión seria y severa y me giré hacia el grupo, silencioso durante esos momentos.

-Ya lo habéis oído. Cada uno tiene una especialidad, pero solo tenemos 3 días. Os enseñaré todo lo que sé en estos días, y que manera mejor de aprender que… ¡¡¡En el infierno!!! Aprenderéis en estos 3 días, el arte de matar-dije seria mientras liberaba todo mi antiguo instinto asesino. Ahora era una batalla campal a vida o muerte… o no.

-A ver, para que os enteréis, os explicaré las zonas donde podéis matar a vuestros rivales.-puse una pizarra con la anatomía humana dibujada, dejando a todo el grupo con cara de estar pensando “¿De dónde narices ha sacado la pizarra?”

-Yugular, hígado, pulmón, aorta, estómago, ojos, corazón, páncreas y  riñones. Son los nueve sitios claves para matar a alguien. Un buen golpe en los ojos, hará que el cerebro reciba todo el golpe internamente. Del resto no hay gran cosa que explicar. Practicaréis en estos bosques, hay que mejorar vuestro físico, también otorgaros resistencia y algo más de fuerza. Los guerreros… lucharéis a muerte contra mí o  unos contra otros. La muerte no es una opción en este entrenamiento. Os supervisaré gran parte del mismo y os corregiré errores. Como os he dicho… La muerte no es una opción, si queremos desentrañar los misterios de las monedas. Berdine, Holly, Berthus, Gabint… debéis mejorar en vuestras especialidades. En eso no os podré ayudar demasiado. Sólo unos consejos. Holly, tardas mucho en leer los hechizos, debes intentar memorizarlos o a lo sumo, no leerlos en voz alta. Podrás atacar por sorpresa de ese modo. Berthus, Berdine, Gabint… os dejo el entrenamiento a vuestro gusto. No me decepcionéis.-dije más seria de lo habitual

Diciendo esto último me oculté en las sombras. Tenía mis propios planes en este entrenamiento. No sólo debía multiplicar por 3 sus fuerzas. Si no quería morir… yo misma debería encontrar la manera de mejorar en tiempo récord sin hacer daño a nadie. Sonreí... al fin y al cabo, la vida y la muerte son solo posibilidades. Las estadísticas se vencen siempre.

Algunas horas más tarde, estaban todos agotados durmiendo. Sonreí y uno a uno les fui tapando. Cuando acabé, miré a las sombras.

-Ya puedes salir, Albus.

-Justo como suponía, tus sentidos no se han disminuido lo más mínimo, ni tu presencia tampoco. ¿Desde cuándo sabias que estaba ahí?

-Desde que volviste hace unos 15 minutos.-respondí sentándome en una roca, mirando al cielo. Él se sentó junto a mí, también mirando al cielo. Otra vez el silencio.

-Oye, Mei… yo… bueno… ¿Puedes ver esa estrella? Es hermosa ¿verdad? ¿Crees que sepa que la estamos viendo? ¿Sabrá que nos maravilla su belleza? yo creo que no... Y sin embargo sigue brillando. Tu tienes que ser igual que esa estrella, siempre debes procurar brillar, porqué aun cuando tu no lo sepas, siempre hay alguien que te admira por lo que eres...-dijo sonriendo levemente sin despegar la vista del firmamento. Sus palabras me hicieron sonreír.

-Gracias… Albus. No importa a quién más involucre, cuando decides algo, es una promesa contigo mismo, luego entonces, sólo tú puedes romperla, nadie es responsable de las promesas ajenas. Aún estás a tiempo de romper aquella promesa de hace años.

-¿La de estar siempre juntos? Esa la rompimos hace mucho. Yo ahora te haré otra. Ya que te he encontrado otra vez, prometo no dejar que nada malo te ocurra.-respondió serio.

- Una persona es muy débil cuando está por su cuenta. Pero si tiene amigos que la apoyen, si tiene amigos que la aprecien, puede hacerse tan fuerte como quiera. Yo encontré gente a quien proteger, además… el dúo invencible de los Ashura está reunido otra vez. Venceremos.

-No las tengo todas conmigo, siendo sincero, no sé cómo pude perder con esa mujer. Acerté todos los golpes con mi Benihime, pero ella ni se dio por aludida, en cambio, mi mano sangraba a borbotones. La actual comandante de los Ashura, da miedo. Mi Benihime acabó grieteada levemente en el filo, cerca de la tsuba-desenvainó y me la mostró. Efectivamente tenía una pequeña grieta, pero nada grave.

-¿Cómo es la actual comandante?-pregunté curiosa.

-Da miedo. Su melena negra como la noche, sus ojos grises, su armadura es como la que tú tenías, en marrón y algo más fina. Pero mi espada no atravesaba su defensa. Sólo usó una vez su espada, para desarmarme. No sé de qué manera lo hace.-suspiró tristemente.

-Pensar en algo que no se puede comprender es algo inútil por ahora.-hablé devolviéndole la espada.

-Sí. Mañana te haré un regalo, pero… antes es hora de irse a dormir. Mañana el día será largo y duro. Te ayudaré a entrenar, además… con un poco de suerte, completemos aquello que nos dejamos a medio hacer.-respondió Albus ahora, devolviendo su sonrisa  a sus labios. Sentía mis mejillas arder un poco. Con esa conversación, ambos nos fuimos a dormir, pero en mis pensamientos solo estaba Albus, nuestro reencuentro y el mayor misterio de todos… ¿Cuál sería el regalo que me tendría? Y… ¿Por qué no lo llevaba encima? ¿Estaba ocultado en la zona? Debía esperar. Mientras mi corazón latía con fuerza, poco a poco me quedé dormida.

¿Por qué? ¿por qué nacen las personas? ¿cuál es el objetivo de su existencia? ¿por qué se encuentran con gente que cobra importancia en sus vidas? Todo ocurre por una causa, y toda causa tiene un efecto
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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por Albertet el Miér Dic 11, 2013 10:30 am




Ese día fue igualmente cansado y descorazonador. Continuamos preparando la llegada de los asesinos como los condenados a muerte que esperan el día de su ejecución. La esperanza unas veces seguía en nuestros corazones y otras nos abandonaba. En esos momentos nos mirábamos y nos dábamos ánimo unos a otros, intentando coger fuerzas ante el reto tan importante que nos esperaba, la gran batalla con los Ashura.  

Meiko entró en una cueva cercana y salió con un extraño uniforme... junto con nuestra cena. Comimos aquel oso con rapidez,  saboreando cada trozo de carne como si fuera el último que pasaría por nuestra garganta. Esa noche no contamos historias ni hablamos unos con otros.

Una vez el fuego comenzó a apagarse nos envolvimos en las capas de viaje y nos quedamos en silencio antes de tumbarnos a descansar. Era una noche sin luna y sólo las brasas que quedaban hacían posible que pudiésemos vernos el rostro los unos a los otros.

Tenía que hacer la primera guardia. Todos se tumbaron en el frío suelo y se envolvieron en sus capas de viajeros. El cansancio se notaba en sus rostros. Berdine y Holly fueron las primeras en dormirse. Un poco más tarde Meiko y los dos mercenarios, Sac y Aurae comenzaron a respirar de forma regular, entrando en la blanca e indolora manta del sueño. Los últimos en cerrar los ojos fueron Gabint y Alván, cada uno luchando con sus propios fantasmas.  Me quedé solo, con tristes pensamientos que pasaban por mi mente:

¿Qué pasará si morímos todos? ¿Aunque nadie lo ha dicho, es bastante posible con los enemigos a los que nos enfrentamos. ¿Y si no morimos pero quedamos tullidos, incapaces de movernos? O peor aún, esclavos de los Ashura de por vida… ¿Y si nos cortan los brazos y las piernas? No debería pensar estas cosas, no es cosa de guerreros, pero nadie ha dicho que todos los guerreros sean valientes. Cobardía. ¿Cobardía o sentido común? ¿No hay otra forma de acabar esto? Podemos huir ¿Dónde? Ir hacia Severen. Aunque quizá en Severen podrían estar esperando. Casi mejor ir hacia el norte, hacia el Eld. Es imposible escapar. ¿o hay alguna posibilidad? ¿No escapamos del barón y sus secuaces? La huida no es deshonra, la muerte sí.

Escapar, pero con las monedas, claro. Las monedas deben ser salvadas. Aunque quizá hay otra forma. ¿Qué es lo que buscan los Ashura? No recuerdo bien lo que nos dijo Meiko. Creo que los Ashura sólo la buscan a ella. Por lo tanto, si les entregamos a Meiko nos dejarán en paz. No, eso no puede funcionar. ¿Por qué no? Los Ashura son guerreros, pero son humanos. Se puede llegar a un trato con ellos. O en todo caso, dejarles a Meiko y escapar. Es una solución. Es la única solución. Aquí nuestras vidas ya no importan, lo único que importa es salvar las monedas, y si nos enfrentamos moriremos y las monedas caerán en malas manos. Porque vamos a morir, eso es seguro. Por el bien mayor. Eso decían los Amyr y era lo más sensato. Y si hay que sacrificar a Meiko por las monedas, pues se hace.

Pero ¿cómo hacerlo? Por la fuerza no, eso está claro. Y después tengo que convencer a los demás de que es lo correcto. Algunos igual aceptan. Otros preferirán luchar. Entonces lo más seguro será no decirselo a nadie. Ese es mi destino. Pero tengo que actuar paso a paso. Primero dejar a Meiko fuera de combate. ¿Es eso posible? Podría hacerlo con la simpatía. No sería difícil hacer un muñeco de cera con unas velas que compré en Severen, después arrancarle un pelo y crear un vínculo simpático. No. Tardaría demasiado. Tiene que ser rápido. Hay algo mucho más sencillo. El denner.

Sacaré el denner. Qué suerte que lo que me queda lo tenga en polvo. Lo espolvoreo delante de su cara. Eso le hará seguir dormida para continuar mi trabajo. Luego le echaré más por la boca y eso la dejará inconsciente. Después debería hacer lo mismo con Holly para quitarle su moneda. ¿Y luego? ¿Cómo encuentro a los Ashura? Estamos en los bosques de Salsabil, en el fondo de un valle boscoso. La única entrada al valle es al norte, hacia el Eld. Si yo fuera a atacar lo haría por el norte. Así que me dirigiré al norte con Meiko drogada al hombro, y al menor movimiento la dejaré allí. No me gusta esto, pero es necesario. Es por el bien mayor. Estoy seguro de que los demás lo entenderán.

Además, no me gustó cuando Meiko se puso a darnos órdenes, hace un día. Poneos a entrenar…pero ¿quién creía que era? ¿nuestra jefa? Cada día me cae peor. No, cada día la odio más. Es justo hacer lo que voy a hacer. Ella tiene la culpa. No sólo es justo, es que no tengo más remedio. ¿O igual podría luchar y dejar todo esto? No, qué digo. Hay que seguir con el plan. Hay que seguir con el plan. Debería haberme quedado en Severen, ahora no hay más remedio. Sacaré el denner.


Inmediatamente me levanté, como guiado por una voluntad ajena a la mía. La noche estaba tranquila. No se oía ningún animal, ningún ruido, ni el aleteo de algunos murciélagos que hasta hace unos instantes era constante por encima de los árboles, ni el ulular de las lechuzas a lo lejos. En ese extraño silencio cualquier movimiento que hacía me parecía demasiado fuerte. Hasta el viento estaba como paralizado.

Metí la mano en mi bolsa y desaté la correa que daba lugar a un compartimento secreto debajo de mis ropas de viaje. Allí había un saquito de cuero, de color negro, junto con las piezas del “sin sangre”. Nada más meter el brazo me llegó el olor del denner. Lo sostuve con las dos manos como si fuera un alimento sagrado. Y en realidad lo era, era la sustancia que nos iba a salvar la vida a todos. A todos menos a Meiko.

Me acerqué al lugar en el que dormía sin hacer ruido. Se notaba que respiraba profundamente. Su cara estaba tensa, como si dentro de ella hubiera una fuerte lucha interior, semejante a la que nos había preparado para el día siguiente. Me avergoncé de lo que iba a hacer, pero ahora ya, esos sentimientos no importaban. Abrí la diminuta bolsa y me preparé para dejar caer el polvo blanco encima de su cara.

Y entonces lo vi. A pocos metros de nosotros había uno de esos soldados vestidos de negro que nos había atacado en las cloacas de Severen. Estaba preparando una ballesta apuntando a la cabeza de Alván.

Dos pensamientos cruzaron mi mente en cuestión de segundos: el primero fue de sorpresa. ¿Qué hacía ese allí? La orden era atacar mañana. No sabía cómo, pero estaba seguro de que ese soldado sería castigado esa misma noche.

El otro pensamiento parecía provenir más de dentro de mí. Un pensamiento que se abría paso en mi mente, ahogando cualquier otra idea. Y al final lo tuve claro. Grité con todas mis fuerzas:

¡Enemigos! ¡Nos atacan! ¡Despertad!


El soldado puso cara de furia al oir mi voz y me miró profundamente. Tiró la ballesta, ya que no le daría tiempo a montar el virote. Sacó su espada y se lanzó contra nosotros.

Pero Meiko y Alván ya había despertado y ahora sacaban sus armas. Muy pronto formaron una muralla de espadas, en la que también estaban Aurae y Sac

Alván lanzó un ataque hacia las piernas del soldado, que fue bloqueado inmediatamente por el guerrero Zaidan, y con un gesto casi no visto envió una estocada a la cabeza de Aurae. Pero la mercenaria tenía experiencia en esos ataques rápidos y detuvo sin problemas el golpe.

Nuestro grupo atacaba de forma lenta. Nos habían pillado en mitad del sueño y los músculos no estaban funcionando pero aún así poco a poco íbamos cogiendo el ritmo de la lucha. Tampoco ayudaba mucho que fuera una noche sin luna,  ya que el asesino iba vestido de negro y no se veían bien sus movimientos.

Me di cuenta de la situación, recogí el denner y me concentré en la hoguera apagada. Extrayendo el calor directamente de mi sangre murmuré el vínculo simpático y  conseguí que una pequeña llama surgiera de entre los rescoldos. Una llama que comenzó a prender en la madera seca y formó una nueva hoguera. No era muy grande, pero era suficiente para compensar la falta de luz.

Los demás del grupo, Holly, Berdine y Gabint se preparaban para entrar en acción en la retaguardia de los soldados. Los finos dedos de Berdine preparaban el sin sangre detrás nuestro, que pararía cualquier ataque de proyectiles a nuestra espalda.

Ahora era el Zaidan el que estaba apurado intentando parar las acometidas de los cuatro guerreros expertos. Dio un gran salto mortal hacia atrás para perderse en las sombras. Mientras saltaba paró un golpe mortal de Meiko y continuó su retirada, como si nada le hubiera tocado. Varios saltos más y estaría fuera de nuestro alcance.

Pero no llegó a tocar tierra ya nunca más. Una sombra más veloz que el viento se acercó a él por detrás y con una fuerza sobrehumana ensartó su cuerpo en la punta de su arma. El soldado comenzó a agitarse vomitando sangre por la boca, con la mitad de sus intestinos fuera.

Era uno de los legendarios Ashura. Tenía un impresionante traje rojo y negro. El rojo quizá estuviera teñido con la sangre de sus enemigos, el negro era el color de la muerte que venía a buscarnos.

Comenzó a dar pasos hacia nosotros. Sentí un poder inmenso a cada paso, como si las montañas se estuvieran moviendo y se acercaran poderosamente. Me asustó ver que no se protegía ante las armas que llevabamos, como si pensara que no le fueran a hacer nada.

Sin decir ni una palabra atacó a Meiko con la espada directamente a la cabeza. Su rapidez era asombrosa, y más viendo como el soldado moribundo todavía estaba colgado de su espada, sacudiéndose cada vez más débil.

Meiko paró el golpe a duras penas y contratacó. Por supuesto el Ashura bloqueó el ataque.  

En ese instante otro guerrero Zaidan apareció por detrás y levantó la espada, lista para matar. Con una rapidez propia del entrenamiento más salvaje atacó a la cabeza de Gabint.

Lo que el guerrero no había previsto es que el sin sangre pararía el golpe del acero y la fuerza del golpe arrebató el arma de las manos del soldado. El sonido nos dio tiempo a ponernos en guardia al segundo grupo. Ahora la sorpresa estaba de nuestro lado.

Pero el Zaidan era muy bueno, tiró el arma y nos atacó con una serie de puñetazos y patadas firmes y precisas. Golpeó a Holly fuertemente en la cabeza y la dejó aturdida. Pero mientras esto ocurría Berdine estrelló una piedra en su rodilla. Entre los sonidos de la batalla pudimos escuchar cómo se rompía el hueso. Ahora estábamos más igualados.

Saqué mi daga y me enzarcé en un desesperado ataque contra aquel guerrero, hábil incluso cuando estaba herido. En aquel momento de lucha, Gabint sacó dos de sus cartas incendiarias y las arrojó a la cara y al cuerpo del soldado, que comenzó a arder y consumirse entre gritos.

Moriréis todos. Mi maestro os destruirá…sentiréis el dolor más horrible que…

Se acabó. Sus pulmones dejaron de respirar. El olor a carne quemada inundó el claro del bosque donde nos encontrábamos. Agotados por la lucha miramos a nuestros compañeros. A ellos no les había ido tan bien.

Todavía contenían los ataques del Ashura, pero no por mucho tiempo. Meiko y Aurae estaban menos cansadas que el resto, pero sus ropas estaban manchadas de sangre en varios puntos. Alván también combatía con ferocidad aunque también había recibido varios golpes, uno de ellos estuvo a punto de ser mortal. En cuanto a Sac, era el que estaba recibiendo la peor parte con una fuerte herida en el costado.

El Ashura tenía un aspecto impresionante, como si la lucha todavía no hubiera empezado para él y esto fuera un ejercicio que hacía sólo por diversión. Una sonrisa diabólica asomaba en su cara.

Gabint se sumó a la pelea contra el asesino, Berdine preparó de nuevo el sin sangre y se preparó para colaborar en la pelea. En cuanto a mí, al ver que Holly estaba herida un pensamiento pasó por mi mente:

Berthus, coge la moneda. Ahora está todo perdido. No podemos ganar. Esos guerreros son invencibles. Tenía que haber seguido el plan de ofrecerles a Meiko a cambio de escapar. Sólo queda salir de aquí para salvar la moneda. Pero ¿a dónde iré? Por el norte, hacia el Eld. Allí no podrán seguirme. Iré por el sendero que cruza el río, junto a los itinolitos.

Holly, dame la moneda –dije- los Ashura nos están ganando. Hay que escapar. La esconderé en Severen.

Holly me miró con unos ojos profundos, en los que se reflejaba el fuego de la hoguera.

-¿Qué dices, Berthus? El destino me la confió a mí. No puedo dartela. Hay que seguir luchando-

Pero en ese momento a nuestras espaldas se oyó la risa del Ashura por encima de los sonidos del combate, el entrechocar de espadas, y el grito de alguno de nosotros, que caía herido. Y al mismo tiempo un pequeño hilo  de sangre cayó de la frente de Holly y le alcanzó en el ojo, cegandola. El golpe había sido fuerte.

-Está bien- dijo- protégela con tu vida. Y cuando me la dio quedó como si le hubiera arrebatado una parte de sí misma.

Salí corriendo sin mirar atrás,  con el estruendo de la pelea a mis espaldas. Un trozo de acero salió disparado y se me clavó en un hombro. Me dolía pero podría continuar corriendo.

No fue fácil encontrar el sendero que cruza el río. Era una noche sin luna y el camino aparecía y desaparecía en la oscuridad. El bosque estaba tranquilo. No se oía ningún ruído por entre los árboles, ni murciélagos volando, ni lechuzas ululando. El silencio le daba al sendero un aspecto siniestro. La batalla había quedado lejos, entre las sombras de la noche.



Al final llegué al río. Estaba exhausto. La herida del hombro me dolía bastante a pesar de saber que no tenía mucha importancia. Quizá debería haber descansado, tendría que haber hecho un alto en el camino para reflexionar, pero algo dentro de mí me decía que continuara hacia delante, que no podía detenerme.

Después de unos minutos siguiendo el río el camino se metía por entre unos arbustos. Giré hacia el este bordeando un enorme árbol y entonces me giré, y me di cuenta de que estaba a mi lado.

Una imponente figura vestida de rojo y negro estaba junto a mí. Sus ojos me miraban directamente y su brillo diabólico reflejaba un poder sobrehumano que me sobrecogió. Un espadón inmenso colgaba de su espalda junto con un montón de armas ocultas, de las que sólo se veían pesados bultos bajo la capa. En su boca se formó en una sonrisa cruel.

-Lo has hecho bien, Berthus- dijo con una voz que inspiraba terror. –Hubiera sido mejor que me hubieras traído a Meiko, pero no importa.  Pronto ella morirá.  

Su rostro se puso serio, y su voz retumbó como un trueno:

-Ahora dame la moneda y prepárate para morir.

No fue fácil para mí escuchar aquellas palabras. Ahora lo entendía todo, ahora que estaba a punto de morir sabía la verdad de aquella noche. Sabía quién había entrado en mis pensamientos, qué oscura fuerza había guiado mis acciones. Mi mente se partió en varios pedazos por el dolor y la vergüenza, pero una parte de esos trozos llamó al viento, y el viento acudió.

Un enorme huracán, que arrancaba los arbustos de cuajo y rompía las ramas a su paso cayó sobre el asesino. Su capa fue arrastrada hacia el interior del bosque. Una parte de sus ropas se rasgo, y sus armas salieron volando en varias direcciones. El ruido era ensordecedor, como si una tormenta se hubiera concentrado en un punto y estuviera descargando toda su furia. Las pocas hierbas del suelo fueron arrancadas, y el gran árbol bajo el que estábamos se balanceó con violencia, a punto de caer.

Luego llegó la calma. El viento cesó. Cuando abrí los ojos el Ashura todavía estaba ahí. Había utilizado toda su habilidad en seguir clavado en el suelo, como si formara parte de la tierra, y el viento no había podido arrastrarlo, aunque sí había desgarrado sus ropas, y esparcido parte de su equipo. Me miró con expresión de respeto, pero también de profundo odio.

Me di la vuelta y me eché a correr. Sabía que ya nada podía salvarme. Me dio tiempo a volver hasta el río, y desde allí me dirigí hacia los itinolitos. Pensé que el Ashura estaría débil después de la tormenta que había lanzado contra él, y que aún tenía posibilidades de salvarme.

De pronto sentí un intenso dolor en la pierna y caí al suelo. Miré a mis pies y vi que una daga con extraños símbolos sobresalía por debajo de la rodilla, atravesandome los tendones del tobillo. La sangre brotaba, tiñendo mis ropas de rojo.  Lo peor es que ya ni siquiera podía andar sin sentir un terrible dolor. Por detrás de mí venía el implacable guerrero con su espada levantada, listo para quitarme la vida.

Cerré los ojos y me preparé para morir. Había hecho todo lo que podía hacer y ya no me importaba nada.

Pero el golpe no llegaba. Miré hacia arriba y le vi de pie, sobre mí, con la espada en la mano. Pero ya no me prestaba atención. Tenía la mirada fija en algún punto lejos de mí. Al mismo tiempo comencé a oir una canción suave, una canción lenta y sensual que provenía de otro mundo.

Cae-Lanion Luhial
di mari Felanua
Kreata Tu ciar
tu alaran di
Dirella. Amauen.
Loesi an Delan
tu nia vor ruhlan
Felurian Thae.

Me giré y vi a la mujer más hermosa que haya visto jamás. Se bañaba en una laguna que había aparecido misteriosamente en un recodo del río, no lejos de los itinolitos. Nos miraba seductoramente mientras cantaba canciones en una lengua desconocida y enseñaba su cuerpo desnudo a la luz de la luna. Digo a la luz de la luna, porque aunque la noche era oscura y habría jurado que no había luna, sus rayos venían de algún sitio para iluminar el cuerpo de aquella mujer venida de otro mundo.

Su canción me hizo llorar. No sólo por la belleza de sus notas, sino por el contraste con aquella noche de pesadilla. Fascinado por su belleza y, olvidando cualquier otro pensamiento, comencé a arrastrarme hacia aquel remanso en el río, con deseos de no volver jamás.

El guerrero asesino que estaba junto a mí movía la cabeza hacia ella y hacia mí. Parecía que estaba en terrible lucha interna, intentando decidir qué es lo que quería hacer antes, si matarme y después ir a por la mujer, o dejarme que muriera desangrado y volver a por mí después de haber conseguido a la mujer. Tras unos instantes, la mujer sobrenatural salió del agua, nos miró y comenzó a andar sensualmente por el bosque. Todo el poder de los fata la acompañaba, la luz de la luna la seguía.

El Ashura me miró despreciandome y fue tras ella sonriendo. Sus ojos dejaron ese poder diabólico y sus músculos se relajaron. Era un guerrero asesino, pero hombre al fin y al cabo. Vi como se alejaba a grandes pasos. La mujer le sonreía mientras escapaba de él dulcemente por detrás de los itinolitos.

Desaparecieron. Dejé de arrastrarme por entre las piedras y me quedé durante unos instantes en estado de shock, sin poder pensar ni moverme. Luego comencé a oir los pájaros en el bosque. Estaba amaneciendo.

Lentamente me hice un torniquete por debajo de la rodilla, me vendé la herida del hombro como pude, y con una gruesa rama que había en el suelo fabriqué una improvisada muleta. Podía andar, muy despacio pero podía andar. Paso a paso fui desandando el sendero hacia donde estaban mis compañeros. Tenía que saber qué había sido de ellos. La salida del sol me daba fuerzas para volver al claro donde se encontraban y ofrecerles mi ayuda, pero todavía me quedaban algunos kilómetros. Paciencia, Berthus, -me dije-, has de ir poco a poco, un paso tras otro. No sabía cómo se encontrarían ni si habrían sobrevivido al ataque. Lo que si sabía es que después de esta noche nunca más volvería a ser el mismo.


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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por Old Medie el Jue Dic 12, 2013 5:53 am

CAPITULO XVIII

Deambulé de posada en posada cada noche en los siguientes días, escondiéndome de todos, descansando en la penumbra, sopesando lo sucedido. Aquel combate me había dejado algo roto por dentro, vacío y sin dolor. Ese demonio que me hubiese podido abrir en canal deambulaba tras mis pensamientos, su imagen me acosaba, flotando en mis ojos cada vez que los cerraba y no me dejaba en paz. Durmiendo poco pasé los días, soñando con aquel guerrero de flamas verdes. Despertando a saltos a media noche con el corazón en la boca y sudando frío, soñando que me había encontrado, me arrancaba la piel y se la comía. Tuve que poner su casco frente a la cama para asegurarme de que el monstruo estaba muerto. Las noches siguientes antes de dormir lo miraba, vacío frente a mí, sentía casi como si me susurrara, recordándome la pérdida de Estas y Abenthy; recordándome el talento y su poder.
Luego de que mis oídos sanaron y volví a oír de manera moderada, empecé a recorrer por las tardes Alto Severen, entrando a sus tabernas en sigilo, tratando de escuchar noticias de Estas, hasta entrada la noche, pero nadie hablaba de eso en voz alta. Tuvieron que pasar tres noches para oír algo, un barón jugando a las cartas, tomó mucho scutten y se puso a hablar de cosas serías cerca mío. Por él supe que las doncellas de Lúdico habían escapado, y que en su huída una de ellas había muerto. Aquello me dejó paralizado, no podía hacerles preguntas por miedo a que me descubrieran, no podía ir a buscarlas pues no sabría por dónde empezar. Sólo podía resignarme al hecho de que nunca más vería a Estas.
Salí de aquella posada conmocionado, andando lento por las calles de Severen sin fijarme si me seguía alguien o no. Deambule por las plazas iluminado por las farolas, y me senté en una banca a pensar. Ya no me quedaba nada que hacer en Severen, Estas había escapado, quizá estuviera muerta y a Abenthy se lo tragaron las catacumbas.
Miré el cielo, aquella noche no había estrellas, sólo un cielo encapotado con nubes que escondían la luna. Me puse de pie luego de barajar mis opciones; según Abenthy en Junpui había otro talento y en Tarbean estaba el mío, si bien Junpui quedaba cerca, por otro lado en Tarbean obtendría el talento simplemente pidiéndolo en el banco. El talento que tenía en el bolsillo empezó a calentarse, lo saqué disimuladamente, extrañado, la plaza estaba medio vacía pero el talento aun brillaba y no quería atraer a ninguna mirada nocturna. Todas sus runas iluminadas me llamaban, estaba ansioso por saber qué podría hacer con la moneda. Que el talento se calentara no me parecía buena señal, quizá tuviera algo que ver con que unas finas gotas empezaban a caer. Caminé hasta  la posada en donde me escondía aquel día. Pasé, pedí comida para la habitación y subí.
Aquella noche no tenía ganas de correr a otro escondite, miré por la ventana la lluvia que empezaba a caer. Después de comer puse el casco sobre la mesa, frente a la cama y el talento aun brillante y caliente a su lado, me tiré en la cama vestido y con las botas puestas, tenso por los truenos que retumbaban e iluminaban mi oscura habitación.
Sin poder conciliar el sueño pasé una hora. Me senté en la cama, con la espada del guerrero de llamas verdes en mi regazo, mi mirada vacía observaba el cielo electrificado de Severen. De pronto alguien tocó la puerta, olvidé ponerle llave, el pomo giró. La puerta se abrió hacia dentro, una sombra entró a mi habitación ¿Era producto de mi imaginación?
—¿Quién eres? —pregunté con un hilillo de voz.
—Soy Senzo ¿Me recuerdas? —contestó la sombra, pasó unos segundos en la puerta observándome en la penumbra —me ha costado un par de días encontrarte, pero acá estás —recorrió la habitación y encendió el candelabro de la mesa cercana a la puerta.
—¿Cómo me encontraste? —pregunté, ahora pudiendo ver su rostro. El chico que me había ofrecido ayuda antes de huir, el que me salvó junto con esa pandilla del monstruo, me encontró, venía por mi talento.
—El talento, se calienta a medida que se acerca a otro —contestó mientras se apoyaba en la orilla de la mesa. Miró la lluvia caer fuerte por la ventana y luego me observó, luego la espada y calculadamente el talento en la mesa.
—Ya veo —Estaba calado por la lluvia, seguro llevaba un tiempo siguiéndome, desde la plaza. Quizá antes.
—Bueno, entonces —dije sujetando la empuñadura de la espada —dime a que has venido.
—Ya lo sabes Sven, quiero que nos ayudemos mutuamente —dijo estirando una mano, ofreciendo su palma —Es evidente que buscamos lo mismo, los talentos. Ya conocéis mi grupo, una persona como tú nos será de gran ayuda, además de que nos protegeremos mutuamente de los peligros que hay tras nosotros. Ya no tendrás que deambular sólo cargando el peso de la moneda, seremos apoyo mutuo, cuidaremos vuestras espaldas.
—Entonces —dije —aquella noche ¿Como lograron dar con la localización del talento?  ¿Sabían sobre el guardián?
—La verdad es que caímos en aquellas mazmorras por culpa del talento, pero no sabíamos en su momento porqué, después notamos que los talentos se buscan, luego… —dijo tratando de buscar la palabra —luego de una muerte, la muerte las activa. Y sobre el guardián no sabíamos nada.
—Ya veo —dije —por eso brilla —miré la moneda, al igual que Senzo. El talento brilló luego de que el guardián había muerto. Ahora sabía cómo funcionaban, ahora me sería más fácil encontrar las demás  —Por curiosidad —dije mientras me ponía de pie. Con la espada empuñada, me acerqué al talento, lo toqué, estaba caliente como si estuviese vivo, era un calor agradable —¿Tu grupo tiene más de uno, sabes cuantos son en total?
—Son siete, quizá más. Quizá menos. De lo primero, prefiero guardarme la información— Al verme de pie con la luz dorada brillando en mi cara y la espada del guardián en mi mano, se enderezó de la mesa y con su mano derecha buscó la empuñadura de su espada bajo su capa, tratando de parecer natural.
—Sven, mi gente me espera en Bajo Severen, te prometo ayuda y compañía —dijo Senzo formulando una sonrisa que parecía ser sincera
—La única compañía que necesité, ahora está lejos de aquí. —dije bajando la mirada, observando mi brillante moneda —Quizá este muerta — sentí su calor en mi mano, la guardé en un bolsillo cerca de mi pecho —lo único que me queda es esta moneda maldita. Esta moneda y la verdad absoluta que guarda tras sus runas, esperando alguien quien las lea.
—Recuerda que tenemos el mismo propósito —dijo observándome a los ojos.
—Creo —dije —que tu propósito difiere del mío.
Me puse el casco, sintiendo su peso en la cabeza, me sentía como el guardián. Miré su rostro, tenso. Mi espada rozaba el piso, un trueno retumbó en medio de la noche y la lluvia se aguzó.
—Sven…
—Senzo, mi talento advierte a su hermano, lo llama. Déjame quitarte ese peso. Si me lo entregas —dije estirando la mano, con la palma hacía arriba —ya no tendrás que escapar de nadie. Volverás a tu vida normal, normal, como todo el mundo, ajena a lo que sucede bajo sus narices.
—Declinas mi oferta, y además me pides que te entregue mi talento —rió —creo que me he equivocado contigo —dijo, y su semblante volvió a ser serio —Lo siento, no debí venir —se giró y dispuso irse.
En ese instante, me dio la espalda giró el pomo y comenzó a abrir la puerta. Puse un pie en la orilla de la cama, di un salto y usando las dos manos corté el aire con dirección a su cabeza, pero, en menos de lo que tardas en pestañear Senzo se agachó y terminé clavando la espada en la puerta.
—¡Maldito! —dijo mientras se alejaba hasta la ventana —¿Acaso te has vuelto loco?
Desclavé la espada de la puerta, el chico sí que era rápido, o eso o yo me estaba poniendo muy lento. Nos miramos por unos segundos eternos, ambos esperando el movimiento del otro, el sonido del repiqueteo del agua en el techo llenaba la habitación. Me lancé de nuevo al ataque con agilidad y fuerza, pero mi espada sólo rozaba el aire, el chico se escabullía, daba saltos hacía atrás y giros, mi espada no tocaba más que el denso aire de la habitación.
—Cálmate, de verdad no quiero pelear contigo ¡No me obligues!
—No te obligaré.
Senzo desenvainó su espada al ver que yo no desistía.
—No tienes nada que hacer en mi contra, no puedes hacerme daño —Las palabras brotaban de mi garganta, casi no las reconocí —Mejor entrégame el talento por las buenas. Sino —dije, haciendo un floreo elegante— tendré que arrancarlo de tus frías manos.
El chico me miraba de manera inquisitiva, empuñando fuertemente su espada curva.
—Acéptalo, tú y tu dama no pueden hacerme daño.
Lancé otro corte, directo como una flecha a su pecho. Fui rápido, pero él más, movió la mano haciendo brillar su espada y paró mi golpe, me golpeó con la mano libre en la cara y luego me dio una patada en el pecho. Me hizo saltar hacia atrás, dándole distancia suficiente para alzar la espada.
—Tú lo pediste —descargó su arma con violencia dándome en el casco, la espada me dio en seco, pero el casco resistió bien. Me puse de pie, tomando la espada siempre con la derecha.
Lancé un par de golpes, Senzo los respondía todos con gracia, algunos simplemente los esquivaba con una rapidez fluida. Sabía en donde iba a poner la espada, estaba un paso siempre más adelante.
—No puedo dañarte, y tú no puedes tocarme —dijo y la risa brotó de lo más profundo de su cuerpo —estaremos luchando por la eternidad, a menos que decidas rendirte, Sven.
—Deja de moverte, jodido chico —dije —muere ya y deja de atormentarme con tu risa —lancé otro golpe, y otro. Estábamos a corta distancia, la habitación no permitía mucho, pero me esquivaba con facilidad.
—¡Estás viejo! —dijo, y cada vez que podía me lanzaba un puñetazo, al mentón, al estomago.
Quedó de espaldas a la ventana mientras luchábamos, di dos pasos atrás, cogí el candelabro y se lo lancé, él simplemente giro en sí mismo y lo dejo pasar rompiendo la ventana.
La habitación quedó a oscuras y por la ventana ahora entraba el agua violentamente y el sonido de la tormenta de afuera nos inundó. Cayó un trueno, a la luz del rayo parecíamos espectros luchando por un alma. Senzo dio un respingo por el fuerte sonido y aproveché para cogerlo, desprevenido, del cuello de la camisa con mi mano libre.
—Ahora no escaparás —dije mientras la espada apuntaba su cara.
Él automáticamente me cogió del cuello de mi camisa y algo se activo en su brazo. Entonces mientras se diluía el sonido atronador una daga se proyectó de su brazal, incrustándose en mi cuello. En esos cortos segundos mientras seguía impresionado por el ataque logró cogerme de la mano para soltarse, pero al poner su mano sobre la mía el tibio talento en mi pecho tembló, lo sentí palpitar como un segundo corazón, explicándome algo sin palabras. Aquellos instantes eternos, pude ver como lentamente Senzo con su espada lanzaba un corte a la cara interior de mi brazo, fuertemente, cortando mi camisa y mi piel, haciéndome soltar la espada, lo vi todo incluso antes de advertir el dolor punzante. Me alejé de él apretándome la herida mientras su rostro revelaba la misma impresión que la mía, mezclada con un tono cansino que  hasta ahora no había visto, inspeccionó su mano concienzudamente ¿Sintió lo mismo que yo? Me miró con odio y se giró, mi camisa se manchaba con líneas de sangre mientras Senzo  abría la ventana. Volteó la cabeza para verme y luego saltó.
Me asomé por la ventana y ráfagas de lluvia me atizaron la cara. Observé entre la tempestad la figura de Senzo alejarse por los tejados, tranquilo, sin preocuparse de que le siguiera.
Me toqué el brazo derecho, me descubrí el brazo y miré horrorizado un corte limpio de varios centímetros de largo ¿Cómo...?
La espada, la espada curva tenía runas grabadas. Me toqué el cuello con ambas manos, preocupado de no estar desangrándome sin notarlo, pero no tenía ni un rasguño. Sólo era la espada.
Me asomé nuevamente, ya no se veía nadie. Rajé mi camisa y me hice un torniquete; estaba fuera de combate, abatido, apenas podía digerir lo que acababa de pasar. Entonces la voz en mi interior me dijo que debía continuar. Me susurró al oído, lamiendo con sus palabras mi ego y mi valor. Tenía que hacerme de ese talento, ahora ya, este era el momento.
De bajo la cama saqué el brazal derecho de la armadura del guardián, me lo puse apretando la herida para evitar que sangrara. Hace tantos años que no veía mi sangre fluir. Cogí la espada y la herida se tensó.

CAPITULO XIX

Salté a los tejados, fue un salto impresionante, lo que proponía ser un salto de un metro hacia el techo contiguo fue uno de más de dos. Caí de pie impresionado por mi proeza, otro rayo, esta vez pude verlo caer lentamente, como una raíz de luz buscando tocar la tierra. Mis sentidos estaban encendidos. Podía ver la lluvia caer lentamente frente a mí. Con esta agilidad renovada, sentí nuevas energías recorrerme. Metí la mano entre mi ropa empapada, mi talento estaba un poco más frío, corrí como un poseso en la dirección que había visto huir a Senzo. Pasaba por sobre las tejas mojadas sin perder  el equilibrio, recorrí los techos bajo la lluvia como un demonio. Toqué el  talento, seguía enfriándose. Deambulé por los tejados, hasta llegar a las orillas de las casas, di un salto impresionante, digno de un gato y sin perder el ritmo recorrí la orilla del tajo. El talento empezó a calentarse.
A lo lejos y con la luz de un trueno vi a Senzo, en un par de segundos estuve tras él. Apenas y tuvo tiempo de girar, mirarme y detener mi espada con la suya, lancé golpes rápidos y mortales, esta vez con la misma fluidez y maestría que Senzo. De pronto estaba a su altura.
La voz en mi cabeza me alentaba, casi podía oler el talento en las ropas de Senzo. Estábamos en los parques a la orilla del tajo, al borde de una caía mortal, para él.
Nuestras espadas chocaban y el metálico ruido se perdía bajo la tormenta. Ambos éramos rápidos y hacíamos vibrar el aire, cortábamos la lluvia y rozábamos al otro. Chocábamos y nos golpeábamos, pero ninguno parecía tener ventaja sobre el otro. La voz en mi cabeza me alentaba a continuar, la sangre caía de mi brazo en disimuladas gotas, mezclándose con la lluvia.
—Maldito —dijo Senzo, en su voz revelaba cansancio  —¿Qué has hecho para moverte igual de rápido?
—Calla chico —nuestras espadas chocaron y no quisieron soltarse, cogí con mi mano buena a Senzo por el cuello —Esto acaba ahora.
Forcejeamos, pero mi mano buena permanecía en su cuello apretándole, su piel mojada y fría se resistía y parecía mi esfuerzo no tener efecto. Senzo logró separar su espada, lanzó un corte rápido que detuve con mi brazal, cayó otro rayo haciendo brillar nuestros metales.
—Tarde o temprano morirás —dije, repitiendo lo que me decía la voz en mi cabeza.
—Te mataré Sven, Severen será testigo de que el poder del talento te consumió —su espada pasó rauda mi defensa y me moví rápido, pero me la enterró en el costado del pecho. Aproveché la corta distancia para apuñalarle. Enterré mi espada en su vientre atravesando su armadura de cuero, se la desclavé de una patada haciéndole retroceder, tropezándose en el barro, el chico se llevó la mano libre a la puñalada asombrado, dando pasitos hacía atrás, buscando equilibrio.
—Los talentos tienen hambre de sangre, ya es hora de complacerlos — dije con una sonrisa asesina.
Di un paso hacía él con la espada lista para el golpe final. Senzo aun caminaba hacia atrás, buscando prolongar su muerte hasta chocar con la valla que detenía una caída segura. Me detuve a unos metros de él sintiendo la tormenta caer con toda su bravura sobre nosotros. Eran los dioses que me pedían que lo matase, era la tormenta quien me reclamaba su alma.
Lo miré a través de la incesante lluvia, a través de mi casco, a través de la oscuridad. Levanté mi espada deseando clavársela entre el hombro y el cuello, la alcé triunfante, y llamé a un rayo. Furioso y potente, el viento tronó su nombre tras de mí, reventado en un rayo potente revelando toda su magnificencia a mis espaldas. Su fulgor me cegó y su potencia me levantó del piso y me lanzó en contra de la valla rompiéndola.
Ciego y sordo, colgaba como una marioneta de mi capa que quedó atrapada en la valla rota. Pendía del borde del tajo, miré hacía todos lados con mi poca visibilidad, aun tenía puesto el casco, pero mi espada no estaba. Bajé la mirada y varios metros más abajo, agarrado de las rocas salientes estaba Senzo. A por lo menos doscientos metros del suelo, agarrado como una rata mojada de la blanca piedra del tajo, me miraba. Me agarré de mi capa, y con ambos brazos logré subir a la orilla. Con la última fuerza terminé de abrirme la herida del brazo, ahora sangraba profusamente. Me apreté la herida, asomé la cabeza y vi a Senzo tratando de hacer fuerzas para subir. Joder, el muchacho tenía cojones. Subió lentamente, un metro, dos. Miré la escena sobre el tajo, buscando mi espada. Sólo encontré la mía, la cogí y me asomé de nuevo al borde. Apenas subiera Senzo le cortaría la cabeza. Senzo escaló lento y constante otro metro más y otro, pero la lluvia hizo de las suyas y Senzo resbaló, sus manos agitaron las piedras buscando la ayuda, pero no hizo otra cosa más que caer, como un bulto cayó hasta perderse en la oscuridad de Bajo Severen.


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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por Old Medie el Jue Dic 12, 2013 5:53 am

CAPITULO XX

Sonreí y suspiré aliviado, solo tenía que bajar a por mí moneda. Bajé los hombros descansado, y entonces sentí el punzante dolor que me aquejaba el costado del pecho. Abrí mi camisa, la herida se había lavado y dejó ver el corte ¿Qué debía hacer? Bajar ahora me suponía un peligro de morir desangrado, no bajar supondría perder el talento. Me puse de pie, alguien tras de mí hizo sonar sus pesadas botas.
—¡Por Tehlu! ¿Se encuentra bien? —dijo un hombre de unos treinta años.
—¿Por qué lo pregunta? —dije poniéndome de pie, apenas.
—Pues, parece que le ha caído un rayo ¿O me equivoco? ¿Necesita ayuda médica? Mi casa se encuentra a dos calles, soy médico.
El talento podría esperar, gracias al mío podría encontrar el de Senzo, fuera cual fuera la persona que lo recogiese abajo.
—Ahora que lo menciona, me he hecho un corte. Creo que está peor de lo que se ve —Le mostré la herida. El hombre la analizó con ojo clínico un segundo, se enjuagó el agua de los ojos y miró de nuevo.
—No veo nada, puñetera lluvia que se ha largado. Mejor vamos a mi casa, allí le examinaré.
Envainé mi espada y caminé con el hombre lejos del borde, giré la cabeza a cierta distancia, el rayo había destruido bastante, miré al frente, alcé la cabeza sintiendo la lluvia en mi cara. Tenía dos cortes, había perdido sangre y estuve al borde de la muerte pero esta noche fue la primera vez que realmente me sentí indestructible.
Llegamos a la entrada de la casa del médico y nos recibió su mujer, ambos hablaron y el hombre le explicó lo que había visto. Pasamos a la casa rápido para sanar mis heridas, mientras me sacaba el brazal y la ropa mojada el médico le explicaba lo que había visto a su esposa, de cómo vio caer el rayo tan cercano, y luego a mí de entre las tablas y la chamuscada parte del parque. El médico me pasó una toalla y me hizo sentar en una silla. Me hacía varias preguntas, si me había alcanzado el rayo y de cómo me había hecho esos cortes, yo le respondía lo que podía. La mujer se llevó toda mi ropa para secarla y el hombre empezó a sacar sus instrumentos para curarme.
Los cortes de mi brazo y pecho ya habían dejado de sangrar, pero se negaban a cerrar. Por más que el médico trató de pasar la aguja por mi piel no logró atravesarla.
—No me lo explico —dijo el médico —simplemente tu piel se niega a ser suturada.
—Eso se puede solucionar —dije.
Cogí la aguja de hueso más grande y otra de metal empecé a tallar la de hueso. Agucé la vista y le hice la runa que solía usar para que las flechas nunca fallaran. Cuando la terminé me puncé el dorso de la mano y una pequeña gota de sangre empezó a acumularse. Le entregué la aguja al hombre, que ahora me miraba con los ojos como platos.
Me cosió el brazo y el pecho prolijamente, y luego de vendarlos me dejó descansar en una pieza. Extrañamente sus preguntas cesaron, su mujer llegó con un plato de sopa caliente y me dejaron descansar el resto de la noche.

Desperté de un sueño profundo, desperezándome lentamente, sintiendo los dolores musculares y las dos heridas que me había dado Senzo. Senzo, su cuerpo inerte estaría seguramente ahora en alguna morgue cercana a donde cayó. Su espada, objetos de valor, botas y el talento seguramente en manos de los inescrupulosos funcionarios que allí trabajasen, si es que no los hubiera cogido antes algún transeúnte.
Me puse de pie, desnudo, preguntándome qué hora era. Mi reloj aun estaba en la posada en Bajo Severen, donde yacía mi violín y mi macuto. Me asomé en la ventana y abrí las cortinas, el sol resplandecía. Con las luces del sol me senté en la cama a mirar las vendas blancas y resplandecientes en mi brazo y cruzando mí pecho. Tomé un vaso de agua y noté que tenía mucha sed, vacié el jarro, dejé el vaso en la mesa y abrieron la puerta.
—¿Cómo te encuentras? —me preguntó el médico.
—Mejor, necesitaba dormir.
—Ya lo creo, has dormido dos días.
Salté de la cama, no podía creerlo. En dos días el cuerpo de Senzo quizá ya estuviese bajo tierra.
—Debo irme —dije apurado —No puedo creer que haya pasado tanto tiempo  —me encaminé hacía el pasillo.
—Dame un segundo, traeré tu ropa —dijo el médico, deteniéndome el paso —Imagina si andas así desnudo por mi casa, tengo a mi madre en casa, le daría un infarto.
Salí después de unos minutos de la casa del médico, con mi ropa seca, el casco bajo el brazo y la espada en una vaina sencilla que me regaló el médico junto con una camisa nueva, blanca y tersa, se rehusó a recibir un pago por su trabajo mirándome raro. Al despedirnos me mostró la aguja de hueso y me dijo que era paga suficiente.
Caminé por a Bajo Severen raudo esperando encontrar a Senzo. Recorrí las calles en donde cayó su cuerpo, pero sólo encontré las tablas rotas de la baranda a la orilla de la calzada. Pregunté en una tienda si sabía donde se habían llevado el cuerpo del fallecido que cayó, pero el tendedero me miró raro, y me dijo que la mañana siguiente después de la tormenta el llego a abrir temprano y encontró  las tablas y nada más. Le pregunté por la morgue más cercana y me encaminé. Allí expliqué que buscaba a un amigo desaparecido de hace dos días, me mostraron dos hombres que habían muerto ese día y no habían sido identificados, pero Senzo no estaba.

Tenía la mano en el bolsillo, tocando mi talento, estaba frío.

CAPITULO XXI

Recorrí Severen pensando que pudo haber ocurrido, como pudo él haber desaparecido. Llegué a la posada en donde tenía la armadura escondida bajo la cama, pagué y me dirigí a la otra posada.  Fui directo a la habitación en donde pasamos la tarde Abenthy, Estas y yo antes de ir a las catacumbas. Abrí la puerta y encontré mis cosas, todas reposaban aun en el mueble en donde las habíamos guardado. Saqué el macuto de Abenthy, dentro habían dos libros y muchas cosas como un carromato de calderero en miniatura. En el mío aun reposaban en el fondo mi bolsa llena de talentos, la bolsita con condimentos, el tarrito de café, mi taza de viajes y otras cosas. Abrí el estuche de mi violín y lo vi dormir, cándido como siempre, con su barniz intacto y sus cuerdas buenas. Cogí el arco y toqué un par de notas sueltas, luego una giga, toqué tranquilo y cariñoso, hace tiempo que no tocaba. Empecé a acelerar el pulso y la giga danzaba en la habitación, mis dedos se movían agiles y perfectos, entonces paré de golpe. Mi brazo derecho con el que sostenía el arco del violín empezó a doler, los puntos de mi herida no se abrieron, pero me dijeron que no los pusiera a prueba. Guardé el violín y saqué mi talento, le di vueltas por mis manos, su brillo se había apagado totalmente, ahora solo parecía una moneda cualquiera, de algún reino lejano. Lejano y olvidado, pensé. Seguía frío. Seguí revolviendo mi macuto y me encontré con algo que había olvidado, los rastreadores con que los mercenarios nos encontraron. Alcé ambas observándolas maravillado, la que tenía una gota de sangre apuntaba hacia el este, la que tiene el pelo apuntaba hacia mí. Si seguía el rastreador de Estas, podría encontrarla, sea en un cementerio o en otro lado, debía hacerlo.
Guardé todas las cosas, cogí ambos macutos y el estuche de mi violín. La armadura pesaba mucho así que mejor me la puse, sería mejor que cargarla en la espalda. Con la espada al cinto, el rastreador de Estas en la mano y calado en la capa de Abenthy salí de la posada. Tuve que pagar la habitación por los días que no estuve y por el cuidado de los tres caballos, agradecí que la posada fuera barata. Cargué los dos macutos en un caballo,  monté otro, sujeté el tercero y me encaminé con rumbo hacía donde apuntaba la aguja. Pasé por un barrio y otro siempre recto. Pasé por el mercado y por fuera de las iglesias, anduve y anduve hasta atravesar toda la ciudad y llegar al puerto. Me bajé de mi caballo, caminé hasta la orilla y miré el rastreador, apuntaba más allá del mar.
—Amigo ¿Qué hay exactamente hacia allá? —le pregunté a un hombre que cargaba sacos a una carreta. El tipo giró la cabeza hacía donde apuntaba mi dedo y luego siguió con lo suyo.
—Barcos, agua. Mucha agua.
—Que chistoso —dije. Metí mi mano a la bolsa y saqué una iota de cobre —mira, te daré una iota. Sólo dime ¿Qué país queda hacia allá?
—Al otro lado del mar está la isla de Junpui —contestó cortante, levantando la palma.
—Gracias —contesté, y le lancé la moneda.  
Miré el firmamento, entonces Estas había escapado, había escapado a Junpui. Las gaviotas que se posaban sobre las tablas emprendieron el vuelo al unísono y un hombre saltó, veloz, de su barco al puente, con cañas de pescar y varios pescados colgando, pasó corriendo a mi lado dejando caer varios.
—¡Flinn, sal de ahí! —gritó un hombre a mis espaldas, me giré para verle—¡El barco! —volvió a gritar.
Miré el horizonte, una gran galera se acercaba a velocidad mortal hacia nosotros. Corrí por el puente pasando al hombre que cargaba los sacos, que ahora hacía toda la fuerza posible por sacar su carro del paso. Miré atrás, si me arriesgaba a salvar esos sacos de patatas y chocaba la galera me hundiría como un yunque llevado por el peso de mi armadura, así que seguí corriendo, cogí a mis tres caballos y los saque del paso justo a tiempo en que la galera chocaba contra el puerto, destruyendo el puente y enviando al agua la carreta, los sacos y al desafortunado hombre.
La galera chocó con pequeños barcos de pesca y otro gran barco comercial, las tablas estallaron por todos lados. Mis caballos pifiaron de miedo, la galera se incrustó en el puerto y levantó polvo y olas por todos lados.
La brisa marina me saló la cara, la gente que compraba a esas horas y los marineros que descargaban otros barcos se apiñaron a ver el choque, el hombre que le había gritado al hombre ahora lo llamaba desesperadamente, al parecer no vio cuando el barco estalló  sobre él. Me acerqué para apreciar el espectáculo por la orilla de la galera observando sus grandes velas aun ondeando al viento.
—Parece que'l ron se le fue a la cabeza al capitán —bromeó un marinero a mi lado.
Varios hombres  se acercaron a la galera, la escalaron y subieron a borda mientas abajo se juntaba más y más gente. Entonces se asomó uno de los marineros por el borde levantando una camisa ensangrentada.
— ¡Están todos muertos en cubierta! —gritó haciendo ondear la camisa.
Las mujeres ahogaron un grito de  horror y giraron la cara para evitar ver la sangre. La gente del puerto hablaba—¡Piratas! ¡Llamen al alguacil!
Todos estaban ocupados, conversando entre ellos, hablando sobre lo mar que estaban los caminos del mar y que hace tiempo que los piratas acechaban las costas, al parecer nadie excepto yo se dio cuenta que por el lado opuesto de la galera una figura envuelta en una capa negra saltaba al barco de pesca que no se había destruido, luego a otro barco y luego a otro hasta saltar por fin al puerto. Lo miré detenidamente, analizando su movimiento, su ropa. En un momento volví a sentir los susurros, me avisaban de algo. Aquella figura se caló bien la capa tapando una armadura café como madera vieja, envuelta con correas negras. Antes de que se tapara por completo pude ver por lo menos dos espadas colgando de su cinto.
Omití informarle a cualquiera sobre aquella persona, no me servía hablar con nadie. Tomé mis caballos y  volví sobre mis pasos hacía el mercado, no me servían de nada tres caballos en el mar.

El mercado eran calles y calles de puestos de todo tipo, frutas, verduras, cuero y telas. Botellas de licor de diversos gustos y barriles de vino. Gente que venía artesanía, muebles de madera, espejos y animales de granja. Las calles formaban un círculo, y todas confluían a una gran fuente en medio. Me tomaron unos minutos para encontrar las caballerizas, había buscado una no muy importante pues no tenía ganas de hacer negocios que me llevasen mucho tiempo, necesitaba venderlos hoy mismo y lo antes posible. Entré en el establo con mis caballos, busqué con la mirada al dueño y con un gesto de la cabeza le pedí que viniera.
Me tomó un par de minutos para que el dueño no creyera que era una estafa, otros cinco para que los revisara para notar que no estaban medio muertos. Pedía quince talentos por los dos, ni mucho ni poco. Era una buena oferta, si hubiese tenido tiempo los hubiera vendido cada uno a diez. Luego de hacerles una revisión y de que le explicase que tenía prisa, el hombre fue a buscar a su mujer, que según él tenía más experticia en el tema de caballos. Me estaba empezando a exasperar, estaba perdiendo el tiempo.
El hombre dejó las caballerizas y sus empleados me miraban de reojo. Me acerqué al caballo que había dejado para mí, el de Abenthy. Le hacía cariño en el hocico y le ofrecí una zanahoria cuando llegó aquella persona que había salido de la galera, aun calado en la capa negra, caminando raudo.
Pasó a mi lado y pidió un caballo. Tenía un vozarrón cansino pero contundente, era  un hombre. Se sacó la capucha, era un viejo de unos cincuenta años, pero no uno cualquiera, tenía gran estatura, los músculos de los brazos y hombros marcados. Si no fuera por las arrugas, el pelo largo y barba blanca como nieve hubiera dudado de mis ojos. Los hombres le dijeron que el dueño llegaría enseguida. Cruzamos miradas y se me ocurrió una idea.
—Saludos extranjero —dije —al parecer buscas comprar, pues da la casualidad que yo busco vender. Tengo prisa, si tu también la tienes acá tengo un vaulder pura sangre.
—Necesito por lo menos dos —me contestó. Subió y bajó la mirada observando mis dos caballos, se acercó los tocó tranquilamente y les habló un poco —te doy por los dos veinte talentos.
Pensé que no podría tener más suerte.
Hicimos el intercambio, el hombre se subió a uno de los caballos y salió veloz del establo. Lo miré alejarse, su capa ondeaba y casi choca con una pareja cerca de la fuente, era evidente que tenía prisa. Los susurros volvieron a mi cabeza, hablando atrás de mis ojos. Había algo en ese hombre, algo que debía saber. Saqué el rastreador de Estas, aun apuntaba hacia más allá del mar. Salí del establo montando en mi caballo, lo pensé un segundo, espoleé mi caballo y salí disparado tras el hombre.

CAPITULO XXII

Salí de Severen seguido sólo por la corazonada de que aquel hombre iba por ahí. Recorrí un camino sinuoso y apenas visible mientras se iba haciendo de noche. Las piernas se me cansaron enseguida por el esfuerzo y trataba de usar sólo la mano izquierda para sujetar las riendas. Avancé cerca de media hora a medida que el sol se escondía en el mar, recorrí el camino otra media hora, luego otra hasta que el día se derrumbó y no encontré al hombre. La noche se había puesto una capa negra y no había luna. Me di por vencido, si avanzaba en medio de la noche podría chocar contra cualquier cosa en el camino, podría romperle una pierna a mi caballo, me detuve. Los susurros en mi cabeza me alentaban a seguir y tuve que frenarlos.  Me bajé de mi caballo cansado, el peso de mi armadura y los dos macutos lo tenían exhausto. Me empecé a acostumbrar a la noche que apenas me ofrecía la lánguida luz de las estrellas. Le ofrecí agua de mi taza a mi caballo y tomó tranquilo. De pronto levantó la cabeza,  alertado por un ruido que no oí. Hice lo mismo, observando la infinita espesura del bosque, un pájaro o una ardilla con suerte, pensé, con mala un lobo. Desenvainé mi espada, calmado, esperando lo peor. Entonces vi correr por el bosque un hombre, metros más atrás otro persiguiéndole ¿Era aquel hombre que seguía? Guardé mi taza y el odre de agua, con la espada en la mano me alejé un poco del camino adentrándome en el bosque tratando de ver más allá de lo que me permitían los ojos. Nada.
Volví al camino, mi caballo pifiaba, de pronto le entraron ganas de andar y se lo agradecí. Llegué a su lado con la intención de apearme, pero un hombre frente a mi apareció de la nada y me asustó.
—¡Por el martillo de Tehlu! —dije —me has dado un susto de muerte.
El hombre dio dos pasos hacía mi, agarré bien mi espada, preparándome para el ataque de un ladrón, un vagabundo o peor, un adicto al Denner. Oí el característico sonido de una espada al salir de su funda y la detuve con la mía apenas a unos centímetros de mi cara. El hombre cargó de nuevo en mi contra, chocamos nuestras espadas, estaba tan cerca de mí que pude verle a los ojos. Armadura negra, capa negra, rostro blanco e inexpresivo, cubierto de un par de cicatrices ¿Era un mercenario, un desertor? Su espada volvió, giró y apenas pude seguir su ritmo. Me sonrió mordaz provocándome un escalofrío. Movió su espada como el fuego, fluido y mortal, enterrándomela en el vientre. Mi armadura detuvo la espada, volvió a intentarlo en el pecho pero obtuvo el mismo resultado. Mi defensa era una burla, dos golpes mortales en menos de un segundo. Di un salto hacia atrás ordenando mis ideas, el dio otro, letal y cruzó su espada frente a mí. La espada chocó en mi cuello, si no hubiera sido por mi runa hubiera terminado sin cabeza.
El hombre me miró impresionado, con la cabeza ladeada. Me llevé una mano al cuello, no tenía nada. Sonreí y me lancé a por él. Ataqué con todas mis fuerzas, él hombre a la defensiva detenía todos mis golpes con sencillez y facilidad. Logré golpearlo con el puño y en un giró logré rozarle con mi espada su pierna. Al sentir el golpe el hombre dio un salto largo y quedó a unos tres metro de mí. En mi memoria evoqué recuerdos terribles.
—¡Ya termina con él, tonto! —gritó una voz desde los arboles.
En sigilo cayeron otros tres hombres de los arboles cercanos, todos del mismo negro. No hicieron ruido al caer, ni una hoja rota, ni un sonido de armadura. Se arrimaron al camino y me observaron, algunos rieron abiertamente, se burlaban de quien había herido —no puedo creer que te haya hecho un corte—
—Tendrás el terrible placer de ver un Zaidan enojado —me dijo el hombre herido.
—Mátalo de a poco, ya sabes, como en Caluptena —le dijo el que uno de los que se habían reído.
—¡Malditos sean los salteadores de caminos! —grité.
—Pobre hombre, no me sorprende que no sepas de nosotros, los Zaidan, pero confundirnos con salteadores —rió abiertamente —Mátalo ya, Yukio, líbralo de su ignorancia.
Aquellos mugrosos ladrones, Zaidan o lo que fueran. Me ofrecían la muerte, que necios.
—La ignorancia será su condena. Mataré a los cuatro y dejaré sus cuerpos pudrirse al margen del camino. Yo no sé quien carajos son ¡pero ustedes han de saber antes de morir que se enfrentaron a Sven de Berezan!
Los susurros en mi cabeza me alentaron, se encendieron como carbones para calentar mi ira, como una canción de odio. Los hombres me miraron implacables, luego a Yukio, el desgraciado con quien peleaba.
Se lanzó de nuevo hacía mi lanzándome una estocada, simplemente me corrí de su curso, lo cogí por la cabeza, se la bajé, alcé mi espada, su pesó cayó sobre él rompiéndole la espina dorsal bajo el cuello. La saqué de su cuerpo, haciendo brotar su sangre negra en la noche.
Los hombres que miraban mi espectáculo sacaron sus espadas, todas de distintas formas y largos. Me preparé para despellejarlos cuando un ruido rugió a mis espaldas. El viento se levantó a varios metros de mí, sacando de cuajo árboles, rocas y millares de ramas y hojas. Corrí a calmar a mi caballo antes de que escapara. Lo cogí por el cuello y evité que arrancase. El viento cuán rápido  había aparecido se fue, los arboles cayeron y una nube de polvo fue lo único que quedo luego de unos segundos. Solté mi caballo, me giré y fui espectador de una tormenta de espadas.
El viejo, el viejo que seguía peleaba contra los tres Zaidan, sus movimientos eran letales y calculados. Era como una furia haciendo volar la espada en una dirección y en otra, los Zaidan gritaban de dolor al recibir estocadas y cortes profundos. El viejo les golpeaba y cortaba, la sangre caía y salpicaba, el sonido de las espadas llenaba la noche.  Le separó la cabeza del cuerpo a uno, de un solo golpe, limpio y preciso. Enterró su espada en la pierna al segundo y con un movimiento fluido con su otra mano enterró una daga en el pecho al tercero. Sacó sus armas de los cuerpos, cogió su espada con ambas manos y volvió a hacer ese movimiento fluido y letal, cortando las cabezas de los otros dos. Lo miré impresionado, sintiendo el olor de la sangre flotar en el viento.
El viejo me miró mientras con un paño limpiaba su espada. La guardó al igual que su daga. Levantó las manos en señal de paz.
—Te mueves bien, me impresionó que hayas podido matar a uno —me dijo mientras disminuía el espacio entre los dos.
—Gracias, creo —le contesté extrañado, los susurros en mi cabeza se habían calmado un tanto, pero me apuntaban a él como una flecha  —esa fue una buena entrada. El viento, eso, eso no se ve todos los días.
—Yo no fui el que llamó al viento —dijo mirando hacía donde había estallado el viento —sólo usé esa distracción para atacar. Ya sabes, quien ataca por sorpresa ya tiene la mitad de la pelea ganada.
—Ya lo creo —dije —¿Tienes nombre?
—Lonnrot —nos dimos la mano.
—Mi nombre es Sven de…
—Berezan, lo oí desde los árboles.
—¿También estabas escondido en los arboles? —lo miré extrañado.
—Sí, estaba esperando al jefe de aquellos hombres —dijo mirando los cuerpos decapitados —tengo una deuda con él, que tiene que pagar.
—Si esos eran sus empleados, no me quiero imaginar cómo debe ser ese cabrón.
—Sí, es un cabronazo —me dijo sonriendo entre su blanca barba —lo mejor será que te alejes de aquí. No te gustará estar cuando aparezca.
—Ellos no son salteadores de caminos, ni soldados desertores del Maer, los conoces ¿Cierto? —necesitaba una razón para quedarme junto al viejo, había venido a por él, no podía volver —No tengo nada en contra de ellos, dejando de lado que me hayan querido matar, pero puedo ofrecerte mi espada, si es que el jefe suena tan fuerte como parece me necesitarás.
—Tienes muchas agallas, Sven —dijo sonriendo —pero necesitarás mucho más que eso en contra de un Ashura. Además, no peleas lo suficientemente bien como para enfrentarte a él. Lo siento, pero será mejor que te vayas, lo digo por tu bien.
—Me siento muy bien con mi forma de pelear, es verdad que no tengo mucho tiempo usando la espada, pero tengo buena resistencia a los cortes, lo viste ¿cierto?
—Sí, lo vi. Mira hagamos un trato. Déjame solo, me estorbarás, lo digo de verdad. Si te vas te daré unas clases de espada para que mejores, y tú me dirás como lograste resistir un golpe de espada en el cuello. Mañana en Severen, búscame en la plaza, frente al establo donde te compré los caballos ¿Está bien?
—Es un trato —le dije, mientras me apeaba a mi caballo.
—Es un trato —me contestó, mientras corría los cuerpos y las cabezas al margen del camino, para que se pudrieran ahí.

INTERLUDIO

El gran Dios sol estrellaba sus rayos en mi rostro. Estaba asomado en una ventana, a torso desnudo, la brisa era fresca y marítima. Mis heridas se habían mantenido cerradas, había pasado un día y ya era hora de que me cambiara las vendas.
Me pareció que habían pasado apenas unos minutos desde la pelea, había vuelto a dormir mal. Arrendé una habitación en una posada frente al mercado, con vista hacía la fuente. Apenas habían pasado un par de horas. Dejé la ventana abierta y me senté en la mesa frente a la cama. El casco, mi casco reposaba frente a mí, observándome. Aquel hombre, Lonnrot, me intrigaba demasiado, había algo más allá de lo explicable, algo en mi cabeza que me decía que el viejo sería importante en mi búsqueda de los talentos, era mi nueva prioridad. Al lado del casco estaba el rastreador, le di unas vueltas en mis manos, recordándola. La búsqueda de Estas debía esperar.


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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por SenzoTrace el Dom Dic 15, 2013 1:04 pm

Senzo

CAPÍTULO XX

Vergonzoso el hecho de no haberme despedido de mis compañeros. Pero no había tiempo. Debía encontrar a Sven, él tenía la moneda y eso era prioridad para todos. Si me quedara con el grupo pasaríamos más tiempo discutiendo sobre que deberíamos hacer que pasando a la acción, además, yo había conocido a Sven anteriormente. Si alguien podía convencerle, ese era yo.
No diré mucho sobre los días posteriores. Robé, mentí, peleé e hice lo posible por sonsacar información del paradero del chico. Pero nada. Escuché historias sobre tres fulanas que habían robado al Maer y de las cuales una había muerto. Se decía por las tabernas que las otras dos se prostituían ahora por bajo Severen para poder comer. Si algo había aprendido de mi ciudad natal era no hacer caso a ningún rumor. Todos tenían tanto de cierto como de mentira, pero era de sabios creer que el rumor en si era completamente falso.

Maldita sea, estábamos tan cerca. Cuando estaba aturdido vi como el chico hablaba con Berdine. ¡Y ella no nos dijo nada! ¿Hasta dónde puedo llegar a confiar en los que me rodean? Si ni siquiera ella misma nos explica detalles importantes, como voy a saber si debo prestar mi ayuda a guerreros despiadados como Alván o Meiko. ¿Hasta dónde están dispuestos ellos a llegar por mí? Todos siguen su propio camino y tienen sus objetivos. ¿Cómo no iban a traicionarme cuando se les presentara la oportunidad?
Empecé a sospechar de todos y cada uno de ellos, y a cada hora que pasaba sin noticias de Sven, aumentaban mis dudas y desesperación.

Será mejor que no confíe en nadie, eso incluye a Berdine y Berthus.

Hacía frío, y me sentía alejado de todo, perdido en busca de un rumbo, solo de nuevo. Caminando por las calles en busca de un fantasma, una sombra. Nadie lo veía, y si lo habían visto no se habían fijado en él. El frío hacía mella en mí por la noche, pero no pensé en dormir ni un solo segundo. Tenía la mente tan despierta como dormidos estaban mis pies, y los nervios y la inseguridad me hicieron pensar la idea más desesperada, volver de nuevo con el grupo para… no hacer nada. No, no podía permitirme pensar así. Yo debía de hacer algo, era mi responsabilidad. Pensé en alquilar una habitación para pasar la noche, pero no tenía tiempo suficiente, tenia que encontrarlo y tenía que ser ya. Además, como vagabundo sabía cuando malgastar dinero y cuando no era necesario.
Esperé y busqué hasta que mi desesperación alcanzó un nivel álgido. Y decidí preguntar al dueño de la última posada. Si no daba resultado, volvería con los demás.
Me detuve frente “El bosque de Scutten”. Abrí la puerta y entré dentro de una posada oscura, pero cálida. Realmente hasta acogedora. Era pequeña, pero el gentío ocupaba todas las mesas del lugar. Todas menos una, pequeña en un rincón.
Anduve hacia la barra y esperé sentado hasta que el ayudante del posadero terminó de atender a los dos corpulentos borrachos que parecían ser el ombligo del festejo. Me sentía caliente y a gusto, la actitud de los ciudadanos me animó, incluso un joven bebido hasta las cejas se acercó a regalarme su última copa de Scutten, la cual decía que ya no le entraba en el estómago. Un largo rato después, el ayudante me atendió.

-Buenas joven caballero, lamento la tardanza, ¿que desea?

-Mire, busco a un chico llamado Sven –le ofecí su descripción- puede que haya oído hablar de él.

El hombre se quedó pensativo un rato, casi un minuto que pareció eterno. Finalmente puso una expresiva cara de sorpresa.

-¡Oohh! Si, por supuesto que lo he visto. Esta tarde ha estado empinando el codo en esa mesa de allí, sin hablar con nadie-señaló a la mesa vacía del rincón-tiene una habitación pagada en la primera planta, segunda puerta a la derecha después de subir las escaleras. Me pareció verlo subir hace un rato.-Las palabras del hombre eran como música para mis oídos.

-¡Muchas gracias!-Dije a la vez que me levantaba veloz como una flecha.

-Pero..¿No va a tomar nada…?...¡Oiga!....

Subí la escalera y sin pensármelo dos veces ni llamar a la puerta, entré a la habitación.
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Para saber lo que ocurrió aquí, leer: SVEN- CAPÍTULO XVIII
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CAPÍTULO XXI

Allí estaba, cara a cara contra un titán de acero implacable, entumecido por la lluvia, a pie de un interminable barranco al cual solo yo era vulnerable. Los truenos retumbaban sobre nuestras cabezas, y los rayos iluminaban las piezas de la armadura de Sven, haciéndolo todavía más temible y aterrador. Durante un momento pude vislumbrar en sus ojos el mismo brillo que los “vacíos” de la momia a la cual habíamos derrotado.
Nuestras espadas chocaron al tiempo que un rayo iluminaba la noche. Él golpeó con una rapidez de la que antes carecía, y a pesar de que antes podía ver sus movimientos lentos y predecibles, ahora lo único lento que percibía era el caer de las gotas. La cortina de lluvia dejó paso a un veloz intercambio de golpes, estoques y manotazos, donde solo el agua recibía cortes. Chocábamos y nos golpeábamos, pero ninguno parecía tener ventaja sobre el otro. Empecé a fatigarme y jadear, empezaba a llegar a mi límite. Mis dedos estaban fríos y perdían su movilidad. Mi cuerpo entumecido se volvía más lento e inseguro, y la fiera que me atacaba no perdía su ferocidad.

—Maldito —dije incrédulo y agotado —¿Qué has hecho para moverte igual de rápido?

—Calla chico —nuestras espadas chocaron, ninguna cedía, y Sven me cogió por el cuello. —Esto acaba ahora.

Sentí el miedo recorrer todo mi cuerpo, y un escalofrío me recorrió el espinazo. Miré a los ojos de la muerte mientras ésta me sujetaba por el cuello con una malvada sonrisa. Separé mi espada y la lancé contra su rostro a la desesperada, pero con su brazal detuvo el golpe casi con una naturalidad desmedida.

—Tarde o temprano morirás —dijo con una voz macabra.

—Te mataré Sven—ya no me quedaba salida, todo o nada, medía mi suerte contra el destino—, Severen será testigo de que el poder del talento te consumió.

Con un movimiento inesperado y rápido que hasta a mí mismo me sorprendió, le atravesé un costado del pecho, y vi su sangre brotar. Aprovechó la distancia para Devolverme el golpe, insertando su espada en mi vientre, atravesando la armadura de cuero como si de mantequilla se tratara. De una patada recuperó su espada y me tambaleé hacia atrás sin sentir dolor alguno. Me llevé la mano al abdomen a la vez que intentaba recuperar el equilibrio. No había herida.

—Los talentos tienen hambre de sangre, ya es hora de complacerlos — dijo sin ningún rastro de cordura en su tono.
"Los talentos… Por supuesto. El talento que había robado él en la mazmorra, nos permitió adquirir las habilidades del otro en cuanto lo tocamos a la vez. Ese talento permitía copiar habilidades."
Sven levantó su espada, lo que me permitió volver al mundo real. Seguí retrocediendo y tambaleándome hasta dar con la valla que pretendía evitar una muerte segura.
Entonces la vi. Vi la forma humana de la locura a través de sus ojos. Vi la muerte, fría y delirante. A continuación, vi la luz. La luz de un rayo que caía a espaldas de Sven, y que reventó el suelo como el martillo de un dios, lanzándonos contra la valla con la fuerza de un gigante.

A pesar de que la luz me había cegado, pude abrir los ojos a tiempo para agarrarme a las rocas salientes del barranco. Resbalé de una piedra mojada en otra, hasta que con la punta de los dedos pude asirme a un hueco. Vi a Sven colgado de la capa, que había quedado atravesada en la vaya rota. Desorientado buscaba algo, quizá su espada, quizás a mí. Agarrado a la capa consiguió alcanzar la orilla del tajo. Traté de hacer lo propio. Lentamente comencé a subir, con mis manos entumecidas y heladas, sentía cada saliente como una cuchilla de hielo posarse sobre mi piel.
Al subir un solo metro resbalé por primera vez, asiéndome con fuerza a otro saliente de debajo. El corazón me latía a mil por hora. Volví a subir mientras veía como Sven por fin se asomaba, con su espada en la mano. De nuevo mi ritmo cardíaco aumentó, estaba entre la espada y la pared. “La espada y el barranco” literalmente. Pensé en no moverme. Quizá si me quedaba quieto hasta que apareciera alguien Sven huiría y yo no tendría que morir de un modo u otro. De todos modos, ¿Quién iba a salir a pasear por los jardines, con la lluvia torrencial? Era mi fin, y lo sabía, pero no tenía el valor de admitirlo. Por desgracia ya era tarde, la lluvia y el frío me jugaron una mala pasada, y ambas manos se desprendieron de la roca. Intenté en balde agitar los brazos, con la esperanza de que alguno de éstos quedara atrapado entre las grietas del muro, o que la manga quedara atrapada entre los clavos de la valla rota. Pero nada de eso ocurrió, y yo caí. No grité, ni me agité más. Simplemente fijé mi mirada en Sven, con todo el odio que podía contener una última mirada.
Pensé en mis padres, los que dieron la vida por mí. En su terrible final y el de mi hermana. Final que no merecían. Ellos eran buenas gentes, no como yo. Pensé en cómo había malgastado esa segunda oportunidad de seguir viviendo. Era como una burla a su recuerdo, como un desprecio a mi segunda vida.
Pensé en los jóvenes de Tarbean, todos los chicos que habían caído en peores desgracias que yo, pero sin embargo, con sus traumas, ellos seguían vivos… Yo al menos moriría en el intento de cumplir mis sueños. Sueños que ahora estaban a 150 metros de un golpe mortal.
Pensé en el calderero que me había sacado de Tarbean, bellísima persona que murió también por mi culpa, dándome otra oportunidad para vivir. Otro insulto a su memoria. A su legado, la espada que me había dado la oportunidad de defenderme. Espada que estaba conmigo, a 100 metros del golpe.
Por último, pensé en los chicos. El grupo. Berthus, Berdine, todos los demás. Ellos me habían ofrecido una nueva vida. Ellos eran los que de verdad, me dieron la oportunidad. La oportunidad de recuperar una familia, de tener sueños y objetivos, de tener un “porqué” y una razón de ser. Ellos eran mi familia, y también les había fallado, maldito el momento en el que decidí partir sin ni siquiera despedirme… Pero aún asi, ¿Cuántos de ellos habían acudido a mi ayuda? Nadie había mostrado el más mínimo interés sobre mi partida o mis planes. A ninguno de ellos le importaba lo más mínimo. A pesar de mis ilusiones y falsas esperanzas, solo eran importantes en mi cabeza. Yo no era nadie a sus ojos, nadie más que un huérfano intentando encontrar un camino. Todas las cosas que no dije se venían y morirían conmigo, en un impacto que se acercaba a menos de 50 metros.
Escuché los cascos de los caballos y las ruedas de los carros que arrastraban por bajo Severen. Oí el murmullo de los ciudadanos refugiados de la lluvia. Sentí el repicar de las gotas sobre los caminos de piedra. Un sonido tan cercano que me provocó un escalofrío.
“Lo siento”. Eso fue lo último que pensé.




CAPÍTULO XXII

Estoy… ¿Estoy muerto? Debería estarlo.

-¡Por Tehlu, que alguien llame a un doctor! ¡Rápido!

-Ya no importa querida, el chico debe haber muerto, llamemos a alguien para que se lo lleve. Yo me quedaré con lo que lleve encima, mejor nosotros que los asquerosos funcionarios de la morgue.

¿Pero qué demonios?...
Abrí lentamente los ojos. Por el rabillo de éste pude ver como el hombre alargaba el brazo para llevarse mi bolsa de monedas. Sin darle tiempo a tocarme le cogí por la muñeca. La mujer profirió un terrible grito de pánico, el hombre quedó petrificado.

-Ni se le ocurra-Dije-, si se acerca a mí le cortaré el cuello.-Y busqué a tientas mi espada. Cogí algo que parecía ser el mango, y levantando el objeto le apunté al cuello.-Juro por Tehlu que lo haré.

Entre tartamudeos y temblores el hombre se levanto y salió corriendo, con la mujer pisándole los talones. Seguidamente me di cuenta que el objeto que sostenía en mis manos era un trozo de barandilla en la cual había caído. Pensé en mi trayectoria y recordé como rebotaba en el tejado de enfrente, más tarde en las macetas del balcón y finalmente caía en la baranda que bordeaba la casa. También estaba rodeado de trozos de la valla que cayó de Alto Severen.
Maldita sea… ¿Qué ha pasado?... Ah ya recuerdo, cuando nos tocamos Sven y yo en el cuarto nos prestamos los poderes. No logré pensarlo por los nervios de la situación. Ya me creía muerto. ¿Se daría cuenta Sven de esto? No… él estaba totalmente absorto en sus delirios.
Aún así el golpe de la caída me dejó inconsciente, a saber cuánto rato, bajo la tormenta. A través de la lluvia pude ver el brillo de mi espada. Intenté levantarme a por ella. Estaba totalmente congelado y entumecido. Y a pesar de la resistencia que me había otorgado, el golpe me había dejado el cuerpo más dolorido que el frío temporal. Una vez de pie cogí la espada, enterrada entre los restos de las macetas y las flores de invierno. Al alargar el brazo una teja cayó y me golpeó la mano, provocándome un profundo corte, que dolió el triple por el frío. Seguidamente cayeron unas cuantas tejas más, provocándome todavía más heridas. Al parecer la resistencia extra había desaparecido. Envainé la espada después de limpiar los restos de tierra, y con todo mi esfuerzo, caminé hacia la taberna o posada más cercana. Maldita mi suerte, los cortes me estaban haciendo perder mucha sangre, lo que me hacían sentir todavía más débil. Entré en una posada aún más acogedora que la anterior, y allí, enfrente del fuego, me derrumbé, entre jadeos. Intenté vocalizar como pude, pero me parecía una tarea tan imposible como volver a ponerme en pié. La anciana que atendía tras la barra corrió hacia mí tan rápido como su edad le permitía, y al llegar a mi lado conseguí vocalizar algo.

-Pagaré lo que sea por las curas más básicas y el plato de comida más caliente que tengáis….Por favor…

Así, sin darme cuenta, fui perdiendo el conocimiento. Oía a la anciana pedir ayuda a sus hijos y gritarme: “No te duermas, mantente despierto. No te duermas chico….” Y así dormí.


Desperté en una habitación de lo más reconfortante, pequeña, acogedora, con una chimenea enorme en una esquina que mantenía el cuarto caliente. El crepitar del fuego contrastaba en potencia con el repiqueteo de las gotas en el cristal, y hacían la estancia todavía más acogedora, si es que podía serlo. No me moví. No pensé en lo que ocurrió ni en cómo había llegado hasta ahí. Solo podía descansar y disfrutar del momento. Dormí otra hora más, quizás dos. Y me sentí con suficientes fuerzas para levantarme. Noté el terrible escozor de las heridas y miré bajo las mantas para ver su estado. Para mi sorpresa me encontraba totalmente desnudo, con las heridas vendadas. Mi ropa y mis objetos estaban bien colocados en el armario abierto, de modo que los pude ver sin preocuparme. Aún así tuve la necesidad de levantarme y abrir la bolsa para comprobar si el talento dorado seguía allí. En efecto, no tuve que preocuparme. Aproveché para ponerme ropa interior y pantalones, y me senté en la cama de nuevo. Todavía me sentía débil, pero me sentía en la obligación de agradecer a la mujer y pagarle por la ayuda. En ese mismo instante, una chica un poco más bajita que yo, de ojos verdes y cabellos dorados y lisos que caían sobre sus hombros como una cascada, entró en la sala. Su cuerpo era tremendamente irresistible e iba vestida como una posadera.

-Vaya, ya ha despertado. Solo ha dormido 8 horas, con su estado debería descansar el día entero.

-Muchas gracias por el consejo, bella dama, pero ya me siento bien.-Dije mirándole los ojos, embobado.

- Venía a dejarle este caldero sobre el fuego para mantenerlo caliente, pero ya que está despierto podrá tomárselo recién hecho. Es un estofado especial de la casa.

-No hace falta que me trates de usted. Después de vendarme creo que ya hay confianza-Dije sonriendo. Ella soltó una tímida risa y dejó el caldero colgado en un gancho frente a la chimenea.

-Realmente mi madre te vendó. Yo solamente te…desnudé.- Y me guiñó un ojo mientras se alejaba sonriendo. Yo me sonrojé un poco.-Cuando termines avísame. Vendré a cambiarte los vendajes.-Y cerró la puerta tras de sí.

Me quedé unos minutos mirando a la puerta, pero en el instante que el olor del estofado me llegó, no pensé en otra cosa que en devorarlo. En el interior del caldero Había una hogaza de pan medio sumergida en el estofado y una enorme cuchara. Aún ardiendo, desfiló por mi garganta a la misma velocidad con la que yo daba un estoque. Estaba delicioso, tanto que la ingente ración de estofado se me hizo poca. Como si me hubiera estado vigilando, la chica entró de nuevo con tela limpia, preparada para renovar las ensangrentadas vendas.
Mientras me limpiaba las heridas y las cubría, fuimos hablando de cosas aleatorias. Tenía las manos frías, y cada vez que me tocaba se me erizaba al piel. Seguramente hubiera salido fuera por alguna razón.

-Por cierto chica, aún no sé tu nombre. ¿Podría saberlo yo o lo proteges para que no te lo roben?

-Me llamo Ellie. Aun que prefiero que solo lo sepan las personas indicadas.

-¡Jaja! Vaya eso me alaga mucho. ¿Y que tengo yo de indicado?-Le pregunté girándome y mirándole a los ojos de cerca.

-Bueno…-desvió la mirada, sonrojándose un poco-eso todavía no lo sé.

Hablamos de varios temas más, y ella empezó a hacerme preguntas personales. Le dije mi nombre, mi edad…

-¿Y de dónde eres?

-Soy de allí a donde me lleven los pies.-Dije tratando de aparentar grandeza. Al ver que me miraba con cara de no entenderlo rectifiqué- Pero… nací en Tarbean. A Las afueras.

No debía saber nada más o pronto tendría que explicarle como había llegado hasta allí y el porqué de mis heridas.

-Ahora bajaré a pagarle a tu madre las molestias que os he causado. Me quedaré una noche más, me gusta este lugar y necesito descansar algo más.

Y así hice. Bajé a pagar por los cuidados, la estancia y la comida. La mujer, Abentha, me lo agradeció, y yo se lo agradecí doblemente.
Pasé toda la tarde riéndome de la absurda situación y de cómo creía haber muerto. En la cara de la pareja que me encontró y sus gritos. Ya había pasado un tiempo. No sé qué había sido del grupo ni de cómo encontrarlos. Sabía que podía seguir las monedas de Sven y Meiko, pero solamente si se activaban. Pensé en muchas cosas e hice muchos planes absurdos, pero ninguno de ellos acababa de tener sentido. Pensé en lo más lógico. Prepararme para el siguiente combate, porque tarde o temprano llegaría, y si no estaba listo volvería a ocurrir lo mismo de nuevo, pero tal vez con un final un tanto trágico.
Llegó la noche. Y Ellie apareció en mi cuarto. No daré muchos detalles, pero diré que no pasaba noches así desde mi mejor época en Tarbean. A decir verdad, aquella noche las superó con creces, por desgracia no pude descansar como tenía planeado, y fue mejor así.

A la mañana siguiente me levanté y vestí sin hacer ruido. Cogí mi poco equipaje y me despedí de la chica con un suave beso en la mejilla, mientras ésta aún dormía. Dejé una propina a la posadera y partí en busca de provisiones.
Lo primero de todo fue buscar un curtidor. Necesitaba un buen macuto, resistente y con espacio. Con muchos bolsillitos, me encantaban los bolsillitos ocultos en el interior del macuto.
Lo siguiente y más importante era la comida. Me hice con un buen desayuno a base de pan y miel. En el interior de la bolsa guardé pan, queso, algunos embutidos y unas pocas manzanas.
A continuación pregunté por el herrero más barato de la zona. Me mandaron a la “Forja del trueno”.

-Buenas joven, ¿en qué puedo ayudarle?-Preguntó el herrero.

-Seré franco, necesito dos cosas. La primera es que repare esto.- Saqué la “hoja oculta” que había recibido un duro golpe en la caída y se había doblado, de manera que no podía ocultarse(Ellie estaba bastante sorprendida del arma cuando me contó que se había roto).- Y la segunda que grabe las runas de esta espada en la daga. Lo necesito listo para éste mediodía.

Dejé la espada y el brazal en el mostrador. El hombre me miró con cara de pocos amigos.

-Es un trabajo duro, y será complicado ponerlo por delante de otros trabajos y tenerlo terminado tan pronto. Serán 10 talentos.

-¡Maldito sea herrero, diez talentos! ¡Con eso podría comprarme un buen arco de guerra!

-Ese es mi precio. Y soy el más barato de Severen. Lo toma o lo deja.

-Por Tehlu…-Solo tenía 5 talentos. Se los dejé encima del mostrador.-El resto cuando lo termine.

-Por supuesto, joven.-Dijo con una renovada cara de buenos amigos.

Qué asco. El dinero era la invención más repugnante del hombre. Cualquiera de mi ciudad natal lo sabía bien.
Solo me faltaba una capa nueva. La mía se había desgarrado de tal manera que la capucha podía usarse de bufanda. El único inconveniente era el dinero. Me había quedado sin blanca.
Usé el truco del joven mendigo para recaudar algunos peniques, y después de eso realicé un par de estafas que aprendí de los más talentosos ladrones del distrito usando las pequeñas monedas. Logré hacerme hasta con dos talentos. Seguía sin poder pagar al herrero. De repente se me ocurrió una gran idea.
Según me estuvo explicando Meiko, el veneno paralizante de las armas Zaidan no desaparecía ni con el calor, de modo que aún después de pasar por la forja el veneno seguiría intacto. Lo usaría contra el herrero para huir sin pagarle.
En una tienda de ropa cualquiera Conseguí una capa negra totalmente igual a la anterior, pero nueva y limpia, sin cortes ni descosidos.
Usé un trozo de la capa anterior como fardo para guardar la comida dentro del macuto y separarla de otros materiales. Así, si se llenaba mucho, la comida no se estropearía al hacer contacto con el resto de objetos.
Paseé por la ciudad observando otras cosas de interés, pero decidí que de momento no necesitaba más de lo que ya llevaba puesto. Lo que sí me llamó la atención fueron unos guantes de cuero negros que cubrían hasta la mitad de los dedos. Me iría bien para proteger mis manos del frío, pero conservaría el tacto en la punta de los dedos para robar sin problemas. No me costaron más de dos peniques, al igual que la capa.
Una vez llegado el mediodía volví a la herrería. El herrero ya tenía todo listo y preparado. Me guardé la espada de nuevo en el cinto. Y cogí el brazal que tenía la daga oculta de nuevo en el interior. Al activarla, lo hice apuntando hacia el herrero lo más cerca posible de su cuerpo. Le hice un pequeño corte en el antebrazo.

-¡Eh chaval! ¡Vigila con lo que haces!

-¡Vaya, discúlpeme señor! ¿Se encuentra bien? Estaba tan emocionado de tenerla de vuelta que no he vigilado…-Fingí sentimiento de culpa.

-No importa. Ves con más cuidado.

Ahora solo tenía que hacer tiempo antes de que me pidiera el dinero restante.

-Disculpe mi atrevimiento señor pero… ¿Podría enseñarme la forja donde lo ha hecho?-Me miró con cara rara.- No es que desconfíe de su honrado trabajo. Es que mi tío (que Tehlu se apiade de él) tenía su propia forja, y me gustaría recordar viejos tiempos.

-Mmm… Está bien, te mostraré, pero no toques nada, o te cortaré las manos.

Salió a un amplio cobertizo y me hizo un gesto para que lo siguiera.
Me enseñó sus materiales y me explicó como trabajaba y sus trabajos más comunes. Necesitaba más tiempo.

-Vaya este yunque es enorme, al igual que la fragua. Debió de ser un trabajo traerlo hasta aquí.-Dije fingiendo interés.
Estuvo sumamente orgulloso de explicarme que era un legado de familia, la historia de la fabricación de ese yunque y como construyeron la herrería entre su abuelo y su bisabuelo.

-Bueno, será mejor que volvamos para adentro.-Dijo el hombre.

Caminé hacia la puerta, y él intentó seguir mis pasos, pero después del segundo paso tropezó.

-Vaya… Me siento realmente pesado. Me cuesta moverme.

-Debe de estar agotado. Ser herrero es un trabajo durísimo, y todavía más si trabajas con prisas. Permítame que le ayude.
Puse su brazo sobre mis hombros y le ayudé a caminar hasta el interior de la tienda. Allí, tras el mostrador, cayó desplomado, y yo le dejé caer.

-No deberías confiar en alguien que usa armas ocultas, eso es de por si una razón para desconfiar. Otra razón es que no te lo haya pagado todo de golpe. Yo hubiera tenido algo más de cabeza que tú.

El herrero intentó balbucear algo, pero la parálisis le impedía mover la boca en condiciones. Busqué el dinero que anteriormente le había dado y me lo guardé en el bolsillo.

-Siento haberte robado tu tiempo amigo, pero era más que necesario. Volví a mirar la hoja renovada. Ahora brillaba con más esplendor y resultaba mucho más elegante. Perfecta para dar una muerte rápida y silenciosa.
Eso me hizo pensar en que debía darle un nombre a la espada. Y mientras salía de allí comencé a darle vueltas al tema.
Di vueltas sin saber por dónde empezar o qué debería elegir. Seguir buscando a Sven o unirme al grupo. De hecho, no tenía elección. La primera moneda que se activase era la que seguiría. Pensando en el tema se me ocurrió sacar la moneda, y estuve jugueteando con ella entre los dedos un rato. Ya no brillaba, de modo que había perdido de nuevo la velocidad. Sin previo aviso, la moneda se calentó, indicando hacia el puerto.
¡El puerto! ¿Pretenderá huir de Severen por mar? ¡Por la gloria de Tehlu, he de detenerlo como sea!
Salté una serie de escalones que había y corrí calle abajo, pero unos metros más adelante una figura surgió de la nada y me golpeó en la cara, derribándome en el acto. Uniéndose a él, aparecieron dos personas más, y me rodearon.

-El Barón te manda recuerdos.-Dijo el que me golpeó, con una sonrisa de lo más burlona. Acto seguido me pateó la cara estampándola contra el suelo, haciéndome perder el conocimiento.



CAPÍTULO XXIII

Me despertó el ruido de mis propios zapatos arrastrándose por el suelo. Dos soldados me arrastraban cogiéndome por los brazos por el interior de los calabozos. Ambos mantenían una conversación.

-Sí, los hombres que nos trajeron al chaval dijeron que era otro de los piratas que habían intentado escapar. Por poco lo consigue.

-Pero míralo hombre, no tiene pinta de pirata, y lleva prendas nuevas, ni siquiera huele a mar.

-Ya has oído a los guardias, si alguien lo ha dicho es porque lo han visto. Se quedará aquí y morirá en la horca junto al resto de piratas.

Aproveché la distracción para soltarme de sus manos y empujar a uno contra la pared. Hice ademán de sacar la espada, pero ya no la tenía en el cinto. Busqué a tientas por el otro lado, bajo la capa, pero no estaba, ni ésta ni la bolsa de monedas. La pérdida de tiempo hizo que los vigilantes me golpearan repetidas veces hasta dejarme de nuevo en el suelo. Me arrastraron un par de metros más y abrieron la puerta de una celda. Me lanzaron en el interior como si fuera un triste saco de patatas pochas. El vigilante al que empujé me escupió, y seguidamente volvió a cerrar el portón con llave. Dolorido hice el esfuerzo de levantarme de nuevo.

-¡Por el amor de las sirenas y el rey de los bandidos! –Gritó un hombre de voz aguardentosa-¡Mirad a quien nos han traído! ¿No os acordáis de él? ¡El chico de la ciudad apestada!

Realmente impactado e incrédulo de volver a oír esa voz, me giré para comprobar si mis oídos estaban en lo cierto o solo era producto de los golpes que había recibido en la cabeza.

-¿Teach? ¡Por el amor de una madre, Edward Teach!

El capitán pirata, que estaba sentado en un banco de hierro rodeado de su tripulación se levantó entusiasmado para darme un abrazo. Seguía igual que la primera vez, ropas vistosas, pelo largo y enredado y su larga y frondosa barba negra que le llegaba hasta el pecho. Igual de corpulento y rudo, me abrazó con una fuerza que me robó el aire de los pulmones.

-¡Chico! ¡Jajaja! ¿Qué haces por aquí? ¡Cómo has crecido! ¡Si ya tienes barba, y supongo que te sobran pelos en los huevos! Aun así no has cambiado nada.

-Lo mismo digo Ed, en ti solo ha cambiado el tamaño de tus entradas, parece ser que el viento te ha dado más de cara de lo que deseabas.- A sus espaldas la tripulación estalló a carcajadas.

-¿Dime chico, como has llegado hasta aquí?-Preguntó sin apartar sus manos de mis hombros.

-Bueno, de un día para otro mi suerte cambió y tuve la oportunidad de salir de aquel lugar. Llegué a Severen con un grupo de personas que han cuidado bien de mí, pero ya ves…¡Las viejas costumbres no cambian!

-¡Ya veo! ¡Cierto, cierto! Pues que mal rayo me parta, a nosotros nos sabotearon el timón horas antes de llegar a puerto, noquearon al vigía y no pudimos ver tierra hasta que ya era demasiado tarde. La nave se estrelló contra el amarre y murieron algunos civiles y tripulantes. ¡Hasta el viejo Joe! Aahh… Pobre desafortunado. Precisamente el día que abandonaba la piratería para volver con su familia. Qué triste… ¡Como pille al maldito saboteador que…!

-Capitán-Interrumpió un tripulante-los vigilantes acaban de salir.

-Oh, sí, sí. Bueno chico te explico, la misma situación que la última vez. Esta vez tú no podrás colarte bajo la puerta, pero tenemos un nuevo camarada-Dijo señalando a la celda contigua, donde un niño hacía lo posible por pasar bajo los barrotes de su celda.

-Se ve que lo encerraron aquí por colarse en el patio interior de un noble influyente.-Susurró Teach- Querían tenerlo bien lejos y lo mandaron aquí, a los calabozos del puerto. No será necesario que coja algo para hacer contrapeso como hiciste tú, estos vigilantes son tan estúpidos que dejan las llaves a la vista.

-Vaya, cada vez os complicáis menos, se nota que os estáis haciendo viejos.-Dije burlándome cariñosamente.-¿Cuál es el plan una vez salgamos?

-Todas nuestras pertenencias están en la habitación de al lado. Primero nos haremos con ellas. Después he oído que en una hora zarpa un galeón hacia Junpui. Nos haremos con él y zarparemos.

-Vamos a ello.

Seguidamente el niño abrió la puerta.
Mientras salíamos todos apelotonados, pude darme cuenta de que todavía llevaba el brazal, nos sacaría de apuros si nos metíamos en problemas.
Defendiendo la puerta de la sala, había un guardia, que abatí con la hoja oculta antes de que pudiera hablar. Mantuve la hoja en su cuello hasta que dejó de emitir sonido alguno. Echamos al puerta abajo y cogimos todas nuestras pertenencias.
Alli estaban mi macuto, mi espada y mi bolsa de monedas, pero el talento había desaparecido. No estaba dentro de la bolsa. Esos malditos bastardos, me lo habían robado. Sin el talento no podía encontrar a los demás. Tenía que encontrar a los que me noquearon, quitarles el talento, y matarlos. Matarlos a los tres. Era mi talento, y de nadie más. Yo lo encontré y yo debía tenerlo. Mataría a esos tres. No debían haberlo tocado.
Una vez con armas y preparados, salimos al exterior, abatiendo a los guardias y vigilantes que se nos cruzaban. Una vez fuera corrimos hacia el puerto.

-Ed, hay algo que quería preguntarte. ¿Qué fue de Will?

-Ah, ese pequeño bribón. ¿Tú lo sabías no? ¿Lo de que se coló en el barco? Desde entonces ha sido un gran marinero, fue el único que logró escapar del accidente del puerto, dijo que encontraría la manera de navegar a Junpui y que allí nos encontraríamos.

-Gracias Ed, me alegra saber que está bien. Le he echado de menos.

-Y él a ti, chico… y él a ti.

Corrimos por el puerto hasta dar con el galeón que iba a zarpar, y para mi sorpresa y satisfacción, con los tres bandidos subiendo a bordo. En otro ataque de ocurrencia, planeé algo de lo más vil.

-¡Aquellos tres! ¡Ed, al venir oí que aquellos tres habían saboteado el barco pirata!

-¡Ya habéis oído chicos, cortadle las extremidades y usad sus lenguas de corbata! ¡Venguemos nuestra querida nave!

En un solo grito múltiple, todos los piratas atacaron el galeón y como fieros guerreros acabaron con las vidas de cada guardia y soldado de a bordo. Yo, cegado por la ira, atravesé el pecho de uno de los bandidos con mi espada, y le corté el cuello a otro antes de que pudiera defenderse.
El tercero logró sacar su arma y desarmarme de un golpe en el mango, pero le sorprendí insertándole la hoja oculta en el hombro, haciéndole gritar y soltar la espada. A continuación me abalancé sobre él y le puse el filo sobre el cuello.

-¿Dónde está la moneda? ¡¡Contesta!!

El hombre tembloroso sacó la moneda de su bolsillo con la mano buena y me la entregó. Mucha gente estaba muriendo alrededor, la moneda tenía todas las runas activas e iluminadas. Mientras observaba el resplandor, el hombre sacó una navaja e intentó atravesármela en el pecho, pero vi el golpe venir a cámara lenta. Tan lentamente que parecía una broma. Agarre su brazo y recuperé mi espada, cortándoselo a la altura del codo. El bandido gritó, y yo le atravesé el pecho con la espada. Me guardé la moneda y me levanté corriendo a seguir luchando contra el resto de tripulantes. En unos minutos, ya había acabado con la mayoría del grupo. La batalla se dio por concluida, el resto saltaron por la borda.

-No me creo lo que ven mis ojos-Comentó Edward-luchas como un siniestro perro de mar. Te has vuelto un temible guerrero chico. No hay tiempo, así que seré directo. ¿Vendrás con nosotros?

Miré la moneda para ver hacia donde indicaba. El calor me llevaba de nuevo tierra adentro.

-Quizás algún día pase por la isla, pero hoy tengo asuntos que resolver. Ha sido divertido Teach, lo repetiremos.

-Por supuesto, crío. ¡Que el viento sople a tu favor!

Corrí de nuevo entre las calles de Severen perdiéndome entre el gentío y esquivando a los guardias. Una vez lejos del puerto y creyendo estar a salvo, me encaminé hacia el lugar al que debía ir. Por un lado deseaba que fuera el grupo, por otro quería darle caza a Sven. Solo el destino sabía qué era lo que me esperaba.
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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por Albertet el Lun Mar 17, 2014 10:03 pm

CAPÍTULO XXVIII. UN NUEVO COMIENZO


Las llamas consumían lentamente la madera cortada unos días atrás, y el humo que provocaban las hojas secas al arder subía de forma serpenteante por la vieja chimenea. A veces unos braseros, situados en varios puntos estratégicos de la sala calentaban los rincones más alejados y más oscuros. Pero no sólo el calor del hogar ayudaba a pasar las frías noches de invierno, también eran necesarias las buenas historias.

Y una buena historia era la que en aquellos momentos estaba contando a mi auditorio en la posada Piedra de Gaia. No habían pasado más que unos años desde nuestra búsqueda de aquellos poderosos talentos, pero nuestra aventura se había hecho ya famosa, recorriendo todos los reinos desde las altas montañas que algunos llaman Montes Stormwal hasta las suaves colinas de la Mancomunidad y las tranquilas aguas de la bahía de Tarbean. Tan conocida era que por encargo de un noble se había hecho venir incluso a Devan Looches, que se hacía llamar a sí mismo el Cronista.

El primer día todo se había desarrollado como se esperaba. Mientras yo o algunos de mis compañeros que todavía seguían vivos contábamos como habíamos descubierto el poder de las monedas la posada se había ido llenando de curiosos, gentes venidas de la cercana ciudad de Tinüe, que acudían convocadas para escuchar una versión más de la Balada de los Siete Talentos, como la llamaban entonces.

El segundo día, cuando corrió la voz de que hablábamos de demonios, de poderes sobrenaturales, de arcanistas, y hasta de los mismos Chandrian, una gran multitud llenaba la sala dispuesta a oir hasta la última palabra de nuestra historia. Aquello era de esperar, ya que esos eran realmente malos tiempos, en los que extraños monstruos cruzaban los caminos y asesinaban a los animales, la guerra arrancaba las vidas de los hombres, y los caminos estaban poblados por feroces bandidos. Quizá todos aquellos desgraciados buscaban en nuestro relato algún indicio, por pequeño que fuera, de cómo vencer al mal que amenazaba sus vidas.

Pero al inicio del tercer día, en el que se supo que eramos los mismos héroes de la historia, habían venido viajeros a caballo desde Vintas, y los pocos campesinos que había en la sala habían cedido, previo pago, su sitio a escritores profesionales, que estaban dispuestos a copiar nuestra aventura palabra por palabra para vender cientos de copias a las bibliotecas privadas de los nobles. Nuestra historia ya no sólo tenía interés por sí misma, también era valiosa por el precio que iba a sacarse con su venta. Esto no había ocurrido ni siquiera con las historias más conocidas de Taborlin el Grande, Oren Velciter o Kvothe el Arcano.

Caminé durante varios kilómetros con el tendón destrozado- dije- a la espera de encontrarme con mis compañeros. Poseía la moneda que me había dado Holly, y su poder me daba la fuerza necesaria para seguir adelante.

Y después – continué- vencimos a los Ashura y nos preparamos para continuar la búsqueda de los talentos…



¿Ya está? –dijo Cronista- ¿así, sin más? Eso no se puede resumir de ese modo. Tienes que seguir. Vamos…continúa por dónde ibas –cada vez más nervioso-


No –contesté yo, con voz firme- la historia de como acabamos con los Ashura y sus guerreros Zaidan, siendo una gran historia, no está relacionada con la trama de las monedas. De modo que vamos a seguir adelante y…

Una ola de voces llenó la posada hablando a la vez. Los conocidos escritores Bast y Ohaura me miraron con cara de pocos amigos. Otro individuo, vestido a la manera modegana, que seguía la historia con mucha atención se levantó exigiendo la narración completa, a la que se sumó un hombre que me recordaba lejanamente a mi tío Albertet.

Un ridículo cortesano que se hacía llamar Emmgoyer me llamó estúpido e infantil y se marchó enfadado, dando fuertes empujones a los que le impedían el camino de la salida y provocando murmullos a su paso.

Un conocido discípulo de Lorren hablaba con uno de mis compañeros, incluso Medieval estaba alterado y ahora se unía a Cronista, dandole la razón. Un bardo que estaba componiendo una balada se unió a ambos y los tres se pusieron a hablar a la vez diciendome que debía continuar narrando lo ocurrido paso a paso. La única que callaba en mitad de la batalla, con ojos de haber asistido a miles de momentos como ése era Viajera, la experta contadora de historias, que desde su lugar junto al fuego observaba los acontecimientos.

Otro de mis compañeros se encaró delante de Cronista:

Ya hemos decidido –dijo- que esa parte debe ser contada, pero no será ahora.

Pero si tenemos tiempo –suplicó Cronista- los que están aquí no se cansarán y yo mismo puedo aplazar la cita que tengo para el bimestre siguiente con el conde de Baedn-bryt. No pensáis que…

Un puñetazo salido de entre la multitud intentó alcanzar el rostro de uno de mis compañeros. El ataque no le había cogido por sorpresa, por lo que giró su cuerpo con la rapidez propia de un guerrero curtido en el combate y bloqueó la mano del agresor mientras tiraba de su ropa haciendole caer al suelo. Dicho gesto derramó la tinta de uno de los escritores profesionales sobre sus notas del día anterior. Dio un grito de indignación y se lanzó a abofetear al primero. No fue hábil y cayó encima de una silla que se partió con el peso de su cuerpo. El ruido de madera astillandose se escuchó por toda la sala.

La posada estaba agitandose como una tormenta en el mar. Dos mercenarios Adem gesticulaban entre ellos. Varios nobles me lanzaron sus guantes, lo que indicaba que me retaban a un duelo al día siguiente. Una de las personas que discutían había sacado una botella y apuntaba con ella a la cabeza de su compañero de mesa mientras se ponía rojo de ira. Algunos de los cortesanos presentes me amenazaron con enviarme su anillo de madera si no seguía con el relato.

¡Sileeeencio!-dijo Meiko con una voz tan fuerte que todos se pararon a escuchar. Las paredes se estremecieron con la fuerza de su voz, dotada de tal autoridad que hacía que cualquier hombre o mujer que la escuchase se sometiera inmediatamente a su voluntad.

Se hizo un instante de calma, y nadie osaba hablar. Era un silencio triple que amortiguaba cualquier otro sonido. El silencio más obvio era una calma inmensa y resonante, como si la palabra no hubiera existido nunca. Era el silencio de una pelea interrumpida cuando empieza a formarse. El segundo silencio era el de Cronista. Sus ojos eran oscuros y distantes y tenía el aire de resignación de quien ha perdido toda esperanza de oir la historia de los Ashura y sólo le queda callar. El tercer silencio era el mayor de los otros dos. Era grande y poderoso como el fuego que animaba la mirada de Meiko, era el silencio paciente e impasible de aquella que ha vencido a sus enemigos y no espera oposición alguna. El silencio de una mujer que ha conocido la victoria…


Hemos de continuar – dije a toda la sala. En algún momento de esta narración volveremos atrás, si no nos dais problemas, y contaremos la parte más importante de la lucha contra los Ashura, la derrota de su lider, Draconel ¿Estáis de acuerdo con el trato?

Con Meiko de pie al lado mío, respondieron tímidamente y poco a poco que aceptaban, que era nuestra historia y que la contáramos de la forma que quisieramos. El ambiente se sentía mucho más relajado. El posadero sirvió algunos vasos de buen vino entre los asistentes más distinguidos y cerveza para aquellos con poco dinero en los bolsillos. Cronista mojó la pluma en la tinta y preparó su valioso papel para la escritura. Los escritores profesionales asintieron lentamente y me miraron con atención. Parecía que en vez de una historia les estaba proporcionando resina de denner, como en los viejos tiempos.

Así que comencé de nuevo. La narración salió de mi boca como si siempre hubiera estado allí, como si la interrupción no se hubiera producido nunca, como un río que nunca deja ya de fluir. Pensé en algo que había oído a un cuentacuentos llamado Skarpi en alguna ciudad del sur, que todas las historias son siempre la misma historia, una historia que tiene distintos nombres y se escucha en diferentes lugares. Si esto era así yo iba a contar mi parte en aquella gran historia como un infinito círculo de palabras que no tiene principio ni final. Y empecé así...


Tras la victoria sobre los Ashura noté que habíamos cambiado. Ahora éramos más sabios, más fuertes y más rápidos. Ya fuera por el poder que nos proporcionaban las monedas o por la experiencia de aquellos días de combate lo que era seguro es que los que dejamos los bosques de Salsabil no teníamos nada que ver con aquel grupo de aventureros que había llegado huyendo primero de Imre y luego de Vintas.

Khalan, Gabint, Holly y Aurae partieron a investigar más información sobre aquellos poderosos talentos. Tras una emocionante despedida nos apenó mucho dejarlos de ver. Después volvimos a encontrarlos, pero eso se contará más adelante.

Mientras seguíamos por los caminos siguiendo nuestro objetivo, atravesando las aldeas, cruzando los bosques y dejándonos guiar por el poder de las monedas, fuimos encontrando algo muy distinto de lo que buscábamos. Lo que encontramos entre el sonido de las cervezas en las tabernas, en los hogares de las casas junto al fuego, lo que escuchamos en boca de campesinos borrachos con expresión de asombro eran historias sobre un grupo de poderosos héroes que se enfrentaban a las fuerzas del mal a lo largo de los Cuatro Rincones. Lo que encontramos fue, en definitiva, nuestra propia historia.




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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por Old Medie el Lun Abr 07, 2014 10:56 pm

CAPITULO XXIX

Desayuné carne, patatas y un huevo junto con una hogaza de pan y café. Necesitaba reponer energías, pues la cabalgata de ayer sumada a la pelea me había dejado exhausto. Salí de la posada con destino a la plaza del mercado, caminando lento pues mis piernas me lo reclamaban, por primera vez luego de haber obtenido la armadura me había separado de ella, reposaba junto a todas mis cosas en la posada y entre más me alejaba de ella un sentimiento raro se iba formando dentro de mí, ansiaba volver a verla, ponerme el casco. Era extraño, no sentía eso ni por mi violín. De vez en cuando volvía la cabeza y miraba hacía la posada, aunque ya no estuviera a la vista, trataba de ver a través de los edificios y pensaba que debía volver por el. Llegué por fin a la fuente del mercado, luchando contra esos sentimientos, desde ahí se podían ver los establos en los que había estado ayer. Me senté en la fuente para darle un descanso a mis piernas y me estiré para aflojar los músculos de la espalda y los brazos con cuidado de no abrirme la herida del brazo y el pecho. No habíamos quedado a alguna hora especifica con Lonnrot, pero si apreciaba un día tanto como yo seguro que vendría temprano.
Observé el sol con los ojos torneados para calcular la hora, sólo por el gusto de mirar al sol y sentir su calor en la cara, seguro faltaban una o dos horas para el mediodía.


Llevaba cerca de una hora esperando, había dado un par de vueltas por el mercado, para estirar las piernas y no se me agarrotaran. Oí a un flautista en una de las esquinas del mercado, me quedé con los ojos cerrados oyendo. El tipo no era bueno, pensé con mi lado crítico, pero aunque se le quedaban varías notas por tocar me calmó y logré disfrutar una buena tonada. Hace tiempo que no oía música. También había probado una cerveza exquisita de un hombre que se paseaba por el mercado junto con su caballo con dos barriles, uno a cada lado de la bestia. Tomé tres vasos, si me hubiera quedado espacio hubieran sido cuatro. Me alejé por un rato del mercado para pasearme por la ciudad, quizá me encontrase con Lonnrot de casualidad, no fui muy lejos y me quedé mirando una representación callejera de Tres peniques por un deseo. No llevaba más de tres ciclos en Severen y todo había sido problemas, pensé. Ni siquiera había tenido tiempo para disfrutar de una buena obra ¿Este sería mi destino si me dedicaba a buscar los talentos? ¿Peleas a muerte todos días? ¿Ese era el precio por la gran verdad? Un pequeño noble irrespetuoso me sacó de mi ensimismamiento, chocando justamente contra mi brazo vendado mientras se movía entre la muchedumbre. Estiré la mano para cogerle su capa granate y obligarle a que me pidiera disculpas pero la tela se escabulló en mi mano y el pelirrojo escapó. Me quedé mirándole de mala gana dispuesto a gritarle algo, pero desistí, de pronto pensé que no solía tener tan mal carácter. El pelirrojo saludo a una morena, agradable a los ojos. Vaya, los talentos hasta me han alejado de las mujeres, pensé, entonces me vino la imagen de Estas. Sin el peso de la armadura en mis hombros, ni del casco en mi cabeza por fin podía pensar con una claridad que había perdido hace días. Si bien había elegido el camino de los talentos estos habían consumido todo mi tiempo y vida. Salí de la muchedumbre y me puse a caminar nuevamente, hacía la fuente, pensando en cómo mi mundo se había puesto todo de cabeza. Con el talento que tenía en Tarbean no había pasado eso ¿Acaso en Tarbean no existe gente que busque los talentos? O ¿Acaso simplemente había tenido mucha suerte y no me los había topado?
Llegué a la fuente en medio del mercado y me senté. Los gritos de los comerciantes vendiendo sus productos no eran ni tan fuertes ni tan burdos como los del mercado de Tarbean, le daban al ambiente un tranquilo contrapunto al sonido del agua que caía a mi espalda. Pensaba en eso y otras cosas, para no sentir que el tiempo pasaba y pasaba y el viejo no llegaba. Miré el sol que ya se coronaba en medio del cielo, era mediodía.
Tomé una bocanada de aire hasta llenar mis pulmones, sin el peso de la armadura se me hizo mucho más fácil. Miré hacía la ventana de mi habitación la que se podía ver desde donde estaba y los pensamientos negros comenzaron a flotar en mi cabeza nuevamente, el casco, la armadura, la espada ¿Estarían seguros allí? Absolutamente no, debía ir por ellos. El talento estaba en mi bolsillo como siempre, lo toqué solo para asegurarme que seguía ahí. Ahora sabía el verdadero peso que tenía esta moneda, cerré los ojos y pedí a Tehlu que me diera fuerzas para soportarlo.


CAPÍTULO XXX


Una mano se posó en mi hombro, abrí los ojos lentamente, era Lonnrot.

—Saludos Sven. —Me ofreció su mano. Me puse de pie y se la cogí
—Saludos Lonnrot.
—Ha sido difícil reconocerte sin la armadura y la capa. —Dijo, y tenía razón, la camisa blanca y sencilla y los pantalones de viaje distanciaban bastante de lo que llevaba ayer.
—Tú también te ves bastante diferente, aunque con esa barba te podría reconocer en cualquier parte.


La barba de Lonnrot era muy larga pero bien cuidada, igual que su cabello, nadie la usaba así en estos días. Pero lo que distinguías de él era su piel blanca, las plateadas cicatrices en sus brazos y manos y sus ojos grises. No me había fijado la noche anterior, pero era un Adem.
—¿Llevas mucho tiempo en Severen Sven? ¿Mucho tiempo lejos de Berezan?
—Soy un viajero. Hace muchos años dejé Berezan atrás y la verdad, no sé si algún día vuelva ¿Por qué lo preguntas?
—Porque no hay nada como conversar con otro viajero. Ven, conozco una buena taberna. Espero que siga ahí.


Recorrimos Severen hasta dar con una taberna llamada El Guardián Ciego. Era un lugar agradable y un tanto refinado, y estaba lo suficientemente alejada de las calles más atestadas como para ofrecer un murmullo agradable e indicado para una conversación.
Lonnrot pidió una mesa y nos sentamos junto a la chimenea. La taberna estaba un tanto vacía pues aún no era hora de almorzar así que la camarera nos atendió enseguida. Una muchacha de pelo largo y negro nos atendió con una sonrisa radiante. Pedí sidra y Lonnrot Scutten en vaso de piedra, la camarera apuntó nuestros pedidos en su cuadernillo y desapareció enseguida.
—La recordaba un tanto diferente —Dijo Lonnrot mirando el techo y la chimenea a mi espalda —Debe ser porque la ultima vez que estuve aquí en Severen fue hace un par de décadas.
—Así que eres también un viajero— dije mientras subía las mangas de mi camisa para que no me molestara el parche.
—Si, en mis tiempos de mercenario estuve en varios países, incluyendo este, hasta conocí al señor de estas tierras, el Maer. Supongo que ya debió haber pasado a mejor vida, su hijo debe regentar sus tierras ahora ¿Me equivoco?
—Oh! Siento no poder responder tu pregunta, la verdad es que no llevo mucho tiempo en Severen, y ahora que lo pienso ni siquiera sé el nombre del maer.
—Uhm. Esta bien —me miró sin saber que decir. —En tal caso, saltemonos los formalismos y vayamos al grano.


Los pasos de la camarera lo interrumpieron, giró la cabeza y vimos a la chica venir con un vaso de madera con sidra y el característico vaso de piedra del Scutten, junto con la botella. La camarera dejó los vasos en la mesa y sirvió la bebida, Lonnrot le pidió que dejara botella. La chica se fue y Lonnrot dio un largo sorbo.
—La bebida de los reyes ceáldimos—Dijo con una sonrisa, puso el vaso en la mesa haciendo un fuerte ruido —Ahora bien. Seamos honestos ¿No eres guerrero, cierto?
—No. —Iba a decir que era músico, pero me frené, sabía que a los Adem no les gustaba la música, así como que son guerreros formidables así que no valía la pena mentir luego de que me viera luchar.
—¿Y qué te llevó entonces a las armas?
—Yo... la verdad es una historia difícil de contar.
—Esta bien. No hace falta que me la cuentes. Eso si, tenemos una deuda, deberás decirme que usaste para aguantar ese golpe en el cuello.


Tomé un sorbo de sidra, pensando en como podría explicar el poder del talento, si sería prudente decirle a este hombre sobre ellos y sobre mí ¿Estaré haciendo lo correcto? ¿Y si después me lo intenta robar? Entonces recordé que yo había sido quien lo había buscado a él, fui yo quien lo siguió, debía ser honesto. ¿Cómo se lo tomaría?
El viejo dio otro sorbo de Scutten.
—¿A dónde ibas ayer cuando te topaste con esos Zaidan? Con esos guerreros de negro.


Lo miré y traté de ser sincero.
—Iba, tenía que buscar algo. Iba hacia Tarbean. —Mentí.
—¿Tiene que ver con tu lucha? ¿Por lo que te hiciste a las armas?
—Sí.
—¿Conoces los Medallones? —Me preguntó con una voz seria.
—¿Medallones?
—Es por eso que no pudieron cortarte el cuello —Dijo para si. —Tienes un medallón.
Me quede boquiabierto.
—¿Es así?
—Yo los conozco por talentos, talentos de oro.
—Sí, se parecen a un talento de oro. A un talento de la Mancomunidad. ¿Sabes algo de ellos?
—Algo oí.
—Lamento saberlo. —Dijo, y dio un hondo y triste suspiro. —Los talentos se buscan entre ellos, quieren unirse, por eso me encontraste. Así tenía que ser. —Apuró su vaso y se sirvió de la botella de piedra. —No es un Calanthi, pero esta muy bueno. Deberías probarlo.
Le di otro sorbo a la sidra, y otro, de pronto tenía mucha sed.
—Con la sidra esta bien. —Terminé mi vaso y lo miré preocupado —¿Entonces tienes un talento, un Medallón?
—No. No tengo uno, pero mi pasado y mi presente estuvieron atados a ellos. Hoy esperaba que mi futuro no, pero apareciste tú.
—No te entiendo bien.
—Me imagino que quieres unirlos. —dijo.
—¿Es malo que se unan?
—Sí. —Dijo rotundo. —Los separaron por una sola razón. Unidos destruirían el mundo.
—Entonces, si son tan malos ¿Por qué no destruirlos en vez de separarlos? —Pregunté
Lonnrot me miró con sus ojos grises sin decir nada.
—No se puede. —Dije.
—¿Hace cuanto que tienes tu talento? —Preguntó Lonnrot mientras le hacía gestos a la camarera.
—Tengo dos.
El viejo me clavó los ojos.
—Dos. —Dijo con un susurro. Le dio un sorbo a su vaso y la camarera llegó.
—¿Que tienen hoy para servir?
—Carne de cerdo con aderezo y arroz o patatas para acompañar. También hay trucha salteada.
—Elijo la trucha, y una porción de patatas. ¿Quieres algo Sven?
—Pediré lo mismo.
La chica terminó de anotar y se fue.


—Hace días que no como nada decente. Los marineros no son buenos cocineros.
—Eso me recuerda —dije —¿Qué sucedió en esa galera?
—Nos atacaron unos piratas. Mataron a la tripulación y se adueñaron del barco. Tuve que matarlos. —Lo dijo sin ninguna culpa, si siquiera parpadear. Le dio un largo sorbo a su vaso y lo miró vacío. —Hace tiempo que abandoné el Lethani.
—¿Por qué lo chocaste contra el puerto?
—No fue mi intención, no sé navegar un barco. Fue un milagro que logrará llevarlo hasta puerto.
Lonnrot tomó la botella y se sirvió un poco, luego me sirvió a mi.
—Te diría que lanzaras el talento lo más lejos posible, que dejarás que se hundiera en el mar. Pero no serviría de nada. Así como diste con uno, darás con otro y con otro, así son los talentos. Mejor te contaré una historia, cuando finalice, me dirás si aún quieres seguir con tu búsqueda.


Los platos llegaron, los tenedores, las servilletas, la sal y la pimienta. Le di una probada a la trucha y sólo puedo decir que jamás había comido otra igual.
—¿Rica, verdad? —Moví la cabeza en señal de aprobación. —Esta taberna nunca me ha decepcionado y siguen cocinando como sólo ellos saben.

Comimos en silencio, cada uno a su velocidad. Para cuándo terminamos nuestros platos aún quedaba Scutten así que nos servimos un vaso cada uno, aunque ahora volvía a tener el estómago lleno empecé a sentir sus efectos y a Lonnrot se le colorearon un poco las mejillas.
—Que agradable es tener el estómago lleno. —Dijo Lonnrot. — Ahora bien. A los que nos atañe. La historia.


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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por Old Medie el Mar Abr 08, 2014 8:05 am

CAPÍTULO XXXI


El viento fluía sin encontrar nunca descanso sobre las pedregosas colinas de Sierra Borrasca. Recorría este sitio ancestral abarcando todo con su frío aliento, dando forma a las montañas, como un mar turbulento invisible a los ojos. En este lugar tan inhóspito, tan alejado de la civilización como la conoces, habitan los Adem.

Aquel día, ya hace miles de días, el maestro de la escuela filosofaba sobre la colina más alta, oyendo el viento, mientras su comunidad vivía un día más de su silenciosa existencia.
El gélido viento le calaba los huesos y le contaba secretos, le tiraba la camisa con fuerza como la blanca vela de un barco, pero él se mantenía firme y escuchaba. El viento le contó sobre un mal presagio.
Bajó intranquilo, preguntándose qué era lo que le esperaba, llegó hasta su escuela y para su sorpresa un alumno había arribado hasta allí, el maestro le vio y sonrió. Su hijo había vuelto, y se había vuelto fuerte en el país de los bárbaros y eso puso orgulloso al padre.
El alumno le demostró que había aprendido, que se había vuelto fuerte y hábil, y le pidió al maestro ir al juicio de las piedras. El maestro aceptó, aunque su corazón le advertía que algo malo sucedía con su hijo.
El juicio de las piedras se celebró y en el lucharon los más fuertes contra su hijo, él venció. El hijo llegó frente al padre y el maestro luchó con el alumno, y el maestro cayó derrotado. En los ojos del hijo brillaba una lujuria por el poder, el maestro temió por el alumno, vio en su hijo algo que estaba más allá del Lethani.
El padre le pidió que le contase que había pasado en el país de los bárbaros, qué era lo que lo había hecho cambiar. Entonces el hijo sacó de su pecho un amuleto. Una grueso medallón dorado que le había traído fuerza y coraje. El medallón era indiferente del lethani, pero el hijo no. El padre le pidió que tirase el amuleto, que usar la fuerza que proporcionaba el medallón no era del lethani, pero el hijo no escuchó. Y se volvió orgulloso y pretencioso, y la escuela y su pueblo le temieron y le odiaron por igual. El alumno hizo daño y llevó la deshonra para la escuela, y le pidieron al maestro que lo cortara. Pero el padre no lo hizo, veía en su alumno a un hijo atrapado en un poder mayor, a un esclavo de su amuleto, e intento ayudarle, pero fue en vano.
El hijo entonces reclamo al padre el puesto del maestro, dijo que él sería mejor que el propio padre y lo retó. Pero el hijo ya no seguía el lethani, y quien no sigue el lethani no puede ganar. El hijo perdió, y no pudo perdonárselo al padre. Y el odio nació en él hacia su maestro. Fue entonces cuando empezó todo.

El hijo habló frente a la escuela y les mostró la fuente de su poder. El medallón de oro fue regocijo para algunos y espanto para otros. Muchos le siguieron y se fueron de la escuela en busca del poder, entonces el padre lamentó no haber cortado al hijo antes. Las sabias hablaron y dijeron que el medallón no era del lethani, y que el maestro ya no era digno de su cargo, pues había elegido con el corazón en vez del lethani.
El poder acaricio el corazón de muchos y siguieron al hijo en la búsqueda de los demás medallones. Fue entonces cuando el maestro decidió frenar al alumno, pero ya no había alumno.


Una noche llegaron vistiendo armaduras negras para diluirse en las sombras, habían conseguido otro Medallón y eso les había dado fuerzas renovadas. Llegaron a la escuela para robar las valiosas armas de los Adem. Pero dieron el aviso a tiempo y la escuela se defendió. El padre fue entonces a detener al hijo, a detener su retorcida cruzada, pero no encontró a su hijo, sino que a alguien diferente. Encontró un Ashura.
Aquella figura, que ya no era ni Adem, ni alumno, ni hijo, mató junto a sus hombres a toda la escuela en pos del poder de los Medallones. El padre, que ya no era padre de nadie sobrevivió, avanzó hasta el líder del los Ashura y ofreció su vida a cambio de que olvidara los Medallones, que enterrara para siempre el amuleto maldito, pero el corazón del Ashura estaba ya corrompido, el amuleto lo había consumido. El Ashura se negó a matarlo, pues aún quedaba un rastro de su hijo en él. Le ofreció su espada y le dijo que olvidara que alguna vez tuvo hijo.


La noche pasó, una tras otra. Y el maestro que ya no era maestro, el padre que ya no era padre se quedó allí, escuchando el viento susurrar entre las murallas de sus escuela, entre los cuerpos de su gente, entre el silencio de la muerte.
Al tercer día un hombre nuevo salió de aquel lugar, era un hombre que ya no tenía otro objetivo en la vida más que reivindicar sus errores, su necedad y su ceguera. Portando su espada y la de su hijo bajó de la tierra donde ya nadie vivía. Caminó junto al viento hasta salir de Sierra Borrasca y se encaminó en busca de una empresa que le ha llevado la vida.
Le creció el pelo y la barba, y se le volvieron blancos. Su armadura se volvió su segunda piel y sus espadas sus manos. Cazó a los Ashura por años, por décadas, por siempre.


Hasta que un día, un día hace varios años, encontró a quien había sido su hijo. Él, por la veleidad de la suerte, había perdido su amuleto hace mucho tiempo. Su magna fuerza se había reducido, pero aun así seguía siendo un gran luchador. Esta vez si luchó contra él, pues de verdad no quería vivir, su existencia se había vuelto amarga y cenicienta, tarde descubrió que su amuleto estaba maldito. El padre cumplió su cometido, y vengó a su escuela y a su verdadero hijo. Sacó de la faz de la tierra el negro veneno de los Ashura, o al menos eso creyó.
La verdad es que el padre, aquel Adem vagabundo, se había equivocado, muchos Ashura habían aparecido desde entonces, y aunque ya no eran más que la sombra de lo que habían sido los primeros, fueron oponentes resistentes y por mucho tiempo el Adem les dio caza, y no terminó hasta que el último Ashura del último clan diera su último aliento.


CAPÍTULO XXXII


Mi vaso seguía igual de lleno, no había movido ni un músculo mientras oía la historia de Lonnrot. Él me miraba tranquilo, tomó su vaso y se tomó todo el Scutten de un trago y dejó el vaso de piedra hacia abajo.
Tomé mi vaso, pensando en aquella historia, le di unos sorbos y dije con pausa.
—: Entonces, ¿Esa es tu historia? Tu pasado y tu presente, atados a los Medallones.
—Ayer en la noche, le di muerte al ultimo clan. Por primera vez había allí mas gente dispuesta a pelear contra ellos, incluyéndote.
—Pero, tú los llamaste Ashura, los de ayer se hacían llamar Zaidan.
—Sí, ellos, los Zaidan eran esbirros de los Ashura, sus perros.
Asentí en silencio mientras daba otro sorbo al Scutten.
—Espero comprendas que el camino de los medallones esta condenado. Te cuento esta historia para que sepas que aquellas monedas no te traerán ni riqueza, ni dicha, ni verdad. Su poder es una trampa, una manera que tienen para unirse.
—¿Qué debo hacer entonces? ¿Cuál es la salida?
—No lo sé —Dijo, negando con la cabeza, sus ojos se cerraron. —Solo sé que estamos atados a ellos, tú y yo, y cualquiera que se cruce en su camino.
—Entonces, la única solución es separarlos. —Dije —Que el mundo se olvide de ellos, lanzarlos al mar de Centhe y que nadie pueda nunca más tocarlos.
—Me gustaría pensar que haciendo algo así podríamos salvarnos de ellos, pero mientras existan, esto se repetirá en un ciclo infinito. Alguien será capaz de llegar hasta el fondo del Centhe y logrará sacarlos. —Lonnrot abrió los ojos, cansado, quizá de vivir. —La solución no está en mis manos. Lo mejor que puedes hacer es tenerlo y esperar que no te suceda nada malo, pero imagina, tienes dos. No quiero ni pensar que será de ti.
—Quizá para eso llegaste —Dije —para ayudarme.
—Claro —Dijo él, sonriendo. —No eres guerrero, y necesitas serlo si quieres ver otro amanecer con esos dos amuletos. —Alzó la vista al techo —Si no es a espada en mano, no sobrevivirás
—¿Me enseñarás? —dije, y en mi voz se mezcló la esperanza.
—Quizá así tenga que ser. —Dijo pensativo aquel viejo Adem —Si traje un hijo que causó tanta destrucción, quizá si forjo uno que traiga paz logre un equilibrio.
—Quizá así tenga que ser. —Dije.
—Pero primero, tengo que ver si eres un hierro que valga la pena golpear. —Dijo Lonnrot, y levantó la mano para llamar la atención de la camarera. La vi venir, con su sonrisa radiante.
—Pero primero, tengo que encontrar a alguien.
— Traedme la cuenta por favor. —Lonnrot me miró curioso mientras mis ojos se clavaban en la chica. La camarera terminó de sacar los platos y se fue—¿Puedo saber de quien se trata?
—Es una mujer. En este momento está en Junpui.
—Una mujer. —Dijo el viejo Adem, mientras se acariciaba la barba. —Junpui queda a unos días en barco. Tendremos tiempo suficiente para practicar un poco de Ketan. Quizá logres hacer tres o cuatro movimientos.
La camarera volvió y le dio la cuenta a Lonnrot quien la recibió y leyó en silencio.
—En mis tiempos los precios eran más razonables. —La camarera sonrió y se fue. El viejo dio un bufido —¿Cuantos talentos por el Scutten? —Mi vaso aún tenía un poco, apuré la bebida y puse mi vaso de madera boca abajo.
—¿Lonnrot, que es el Ketan?
—Doce talentos por una comida. Deben pensar que están sobre el Tajo. Canallas. —Dijo y movió su mano izquierda haciendo varios movimientos, por primera vez lo veía realizando movimientos de los
Adem.
Puso las monedas sobre la mesa y nos pusimos de pie.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —Dije.
—Claro.
—¿Qué edad tienes?
—sesenta y ocho. —Abrí mucho los ojos.
—Guau. Eso es difícil de creer. Te ves de cincuenta como mucho.
Lonnrot río por primera vez. Salimos de la taberna y nos encaminamos por las calles de Severen.
—Ya sabes, el ejercicio ayuda a mantenerse joven. Aunque yo creo que es por el Scutten.
—Vamos a Junpui entonces. —Dije, por fin vería a Estas.
—Sí, solo espero no tener que volver a toparme con piratas.


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Re: FIC COMUNITARIO

Mensaje por Títere el Miér Abr 09, 2014 4:41 pm

Volví a pegar un largo trago de scutten. Y volví a maldecir. Mentalmente, ya que había niños cerca.
Estaba sentado sobre unos sacos, con los codos apoyados en las rodillas y una gran jarra de buen scutten en la mano derecha. Viajaba con unos granjeros venidos del sur de Tinüe, que, aprovechando la multitud que había viajado hasta el pueblo para escuchar la Balada de los Siete Talentos, habían llevado allí su avena, esperando venderla a buen precio a las ricas gentes que habían viajado hasta ese rincón perdido del mundo. La posada Piedra de Gaia alojaba en el establo a la mayor parte de los caballos de los forasteros y habían vaciado su despensa en pocos días. En ese momento, el cabeza de familia, discutía con el dueño de la posada el precio de la avena. Sus tres hijas pequeñas, junto con el menor de los hermanos, acariciaban a Ghuaf, mi leal compañero canela de orejas caídas y colmillos afilados. Volví a pegar un trago al scutten y me di cuenta de que la jarra ya estaba vacía. Con un suspiro, la dejé en el suelo y me recosté sobre los sacos utilizando la rueda del carromato como respaldo.
Ghuaf vino hacia mi, me dio un lametón y se aovilló junto a los sacos. Me calé el sombrero de manera que me tapase de la luz de los faroles y me dispuse a dormir. El sol llevaba rato oculto y de la posada salía un delicioso olor a cordero asado, pero mi economía estaba resentida por el viaje y si no llega a ser porque hacía rato había conseguido birlarle la bolsa a un orondo comerciante, aprovechando la trifulca que había estallado en la posada después de que Berthus se negase a contar la parte de los Ashura, no habría podido permitirme el scutten. Pero había merecido la pena, si no me llego a tomar el scutten, habría empezado yo una pelea. Le tenía ganas a Berthus. Muchas. Y a los demás también, como no. Los malditos me habían dejado tirado. Literalmente. Me habían dejado tirado tiempo atrás sobre mis propias tripas y ahogándome en un charco de sangre. Si no llega a ser por Ghuaf, me habría quedado allí. Y ellos, ahora se llevaban la gloria, y el alojamiento, la comida y la bebida. Ni siquiera habían pensado en mí, estaba seguro.
*Ah, claro. Ellos creen que estoy muerto. Por eso no me han buscado desde entonces. Bueno, al menos no me enterraron, me habría costado una barbaridad salir de ahí. Eso se lo debo.*
Me levanté, cogí la jarra y me dirigí a la posada. Ya era hora de que me llevase yo mi parte, si señor. Me acerqué, abrí la puerta y realicé mi entrada triunfal.


Todos me miraban boquiabiertos. Y yo sonreía. Siempre me había gustado que me prestasen atención.
-Estás vivo... –dijo Meiko.
-No me lo  creo... –dijo Sven.
-¿Quién es este? –dijo un espigado noble.
-¿Coën? ¿Eres tú? –dijo Berthus.
-Pues sí, maldito arrogante. –dije yo.
Bajé de un salto de la mesa a la que me había subido y con un movimiento fluido cogí una espada que llevaba colgada al cinto un guardia de caravanas. Giré con una pirueta y corté. La cabeza de Berthus cayó al suelo como si fuese un pesado tocón. Al fin. Que ganas le tenía al maldito.
La posada estalló en gritos. La gente se pisoteaba entre ella para escapar de aquella ratonera. Me dirigí hacia Sven, cortando todo lo que corría por delante mía. Él enarboló una silla, pero le cercené la mano con la que la sujetaba y calló al suelo. Corté bajo el vientre y sus tripas se desparramaron por el bonito suelo.
El siguiente fue Senzo, intentó huir, pero tropezó y cayó al suelo. Levanté la espada y le desfigure su bonito rostro. No se porqué, eso me proporcionó un extraño placer. Miré alrededor buscando a Meiko.
El problema fue que me la encontré a mi espalda, sujetando una daga. Intenté esquivarla, pero ella fue más rápida y me la clavó en la garganta. Sentí como me faltaba la respiración. Me ahogaba en mi propia sangre. Caí al suelo, y ví como ella me miraba con unos ojos extraños. Unos ojos cómo ¿de perro?

Desperté con Ghuaf lamiéndome la cara. Y ví que ya estaba amaneciendo.
Intenté levantarme, pero me dolía la cabeza. Me miré las manos, pero no tenía rastro de sangre alguna. Lo que ví fue mi bolsa tirada sobre un montón de estiércol, completamente vacía. Y me acordé de todo. Me había dirigido a la posada, pero justo al final, cuando pensaba realizar mi entrada triunfal, me lo pensé mejor y entré sin hacer ruido. Me dirigí a la barra y estuve un rato escuchándolos. Y bebiendo Scutten. Debió ser un rato muy largo, porque al final, Berthus anunció que seguirían al día siguiente con la historia, que debían a dormir. Horas después, acabaron echándome de la posada porque estaba borracho como una cuba. También porque rompí un par de jarras, pero eso fue porque estaban resbaladizas. Los granjeros a los que había acompañado durante el viaje, se marcharon después de vender su avena, y me dejaron allí, abandonado en un trigal, sin un solo penique en la bolsa y con Ghuaf tumbado a mi lado.

Al mediodía, ya había conseguido birlar un poco de pan para Ghuaf y para mí y estaba cómodamente recostado sobre la blanda hierba que crecía debajo de un pequeño bosquecillo a las afueras del pueblo. Me había decidido a entrar en la posada en cuanto empezase a anochecer. Así que pensé que sería buena idea que fuese preparando la historia que le iba a contar a Devan.
*¿Cómo podría empezar? Ah, ya sé, no se de que me suena, pero podría valer. Sí, ese sería un buen comienzo:*
“Viajé, robé, confié y me pillaron.”
Mi nombre es Coën, que se pronuncia igual que suena. Si tengo que contaros mi historia, debería empezar por el principio de todo, el día que decidí marcharme de la hacienda de mi padre para ir a correr aventuras. Como las primeras semanas fueron muy aburridas, me las saltaré. Os contaré desde el día que llegué a la gran Tarbean, iluso de mí, creyendo que mi vida sería allí fácil. Estuve unos días hospedado en un mugriento hostal, lleno de ladrones y prostitutas. Qué decir tiene, que yo no me relacioné con ninguna de las dos clases. Como veía peligrar mi dinero (que era mucho, mi padre tenía una gran hacienda) me dirigí a un banco ceáldico situado en la Colina, pensaba dejarlo allí guardado y ver si de paso, me daban trabajo como chico de los recados. Era un banco de renombre, donde no me podía pasar nada, era el más seguro de toda Tarbean. O eso se suponía.


Última edición por Títere el Jue Mayo 01, 2014 3:47 pm, editado 1 vez


-...el primer borrador lo escribes con el corazón, el segundo, con la mente.-
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