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La aventura de Elodin

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Re: La aventura de Elodin

Mensaje por Títere el Jue Mayo 22, 2014 2:47 pm

Un día, Elodin paseaba por la Universidad pensando en cual sería la mejor forma de lograr que, sin mirar, acertase a ensartar a un árbol con un cuchillo en un punto exacto, ya que que aún viendo resultaba complicado. Sujetó el mango hasta que se le pusieron los nudillos blancos, calculó y lanzó con toda la precisión que fue capaz. Se le daba bien, o eso él creía. De repente, pasó el viento y le llevó el cuchillo hasta el cielo. ¡Maldito viento! El cuchillo debe ir al árbol no al cielo, entonces Elodin haciendo uso de lo que si se le daba bien, su maravillosa y prodigiosa nominación, pronunció el nombre del árbol, pues le pareció que llamar al viento para que clavase el cuchillo en el árbol sería demasiado fácil y aburrido. El árbol sacó sus raíces del pedregoso suelo y con un prodigioso salto huyó en dirección contraria a donde se encontraba Elodin, rumbo al puente de piedra, camino a Imre.
Podría decirse que Elodin en aquella situación habría dado muestras de sorpresa o estupefacción, pero el hombre ni se inmutó. Dejó que el árbol siguiera su camino, pues comprendió que este no estaba hecho para echar raíces y dejar que hombres tontos le clavasen puñales, fue por eso que se decidió a ver mundo. El árbol por un lado, y Elodin por otro.
El maestro después de aquello no hizo si no disponerse a buscar de nuevo el cuchillo para practicar con otro árbol más conservador, el no era de los que abandonaban tras la primera caída.

Elodin encontró otro árbol.

Un árbol nudoso, viejo, con las raíces bien firmes. La clase de árbol que no sale corriendo. Pero también, la misma clase de árbol que no puedes intentar atravesar con un puñal. Así que le prendió fuego.
-Lo siento árbol -dijo Elodin.- Debo hacerlo, pues de lo contrario, la historia se volvería demasiado aburrida.
Y el árbol contestó:
-No me importa, pues soy un Roah. Y como le hago honor a mi nombre, no le temo al fuego. Sus lenguas me lamen pero no me queman. Su calor me agobia pero no me calcina. Y su luz me deslumbra pero no me ciega. Así que anda contento humano, pues ni daño ni perjuicio me has causado.
-Bien -contestó Elodin.- De lo contrario me arrojaría voluntariamente a las llamas. Y ahora si no te importa, gran y centenario árbol Roah, voy a seguir practicando en otro lugar, pues un hombre que se precie debe saber como se lanza correctamente un cuchillo, incluso si le privan del sentido de la vista.
-Siente. -le aconsejó el Roah- Escucha el nombre del árbol al que vas a atacar con tu rudimentaria arma, su miedo te guiará hacia su posición. Susúrrale palabras de aliento, como si no le fueras a hacer daño, pues incluso el árbol más débil sería capaz de levantarse y echar a correr, y mi intuición me dice que eso ya te pasó antes. No eres hombre que tropieza dos veces con la misma piedra,
eso también lo sé. -terminó el árbol- Sigue tu camino, humano, y aléjate de los de mi clase, sabemos defendernos llegado el caso.

Elodin siguió su camino, de nuevo y con nervios de acero, sin inmutarse y con infinita paciencia, buscando a otro árbol, preguntándose qué pasaría después, pues estaba claro que no lo lograría tan fácilmente.
Encontró otro árbol. No era un árbol de Roah, y estaba sujeto a la tierra. Elodin intentó pensar en algún motivo que pudiese ir en contra de disparar en contra de ese árbol.
No lo encontró. Así que, volvió a apuntar con su afilada y corta arma. Sumergido en El Corazón de Piedra, se disculpó con el árbol. Le mimó. Le prometió caricias. Después le dijo que le iba a disparar con un arma, y que no se preocupara, que todos lo hacían hoy en día con la gente.
Y le contestó:
-¡No lo hagas!
Elodin se enfureció:
-¿¡Pero qué pasa con los árboles respondones hoy en día!? Antes os callabais, por el ennegrecido cuerpo de Dios. Y a ver, ¿es que no has oído que tengo que disparar a un árbol para que todo esto tenga algún sentido?
-¡Mamiiiii, ayúdame!
...
Oh, mierda. Ahora era joven. O un cobarde. No sería heroico dispararle. Tenía que buscar a otro árbol. Y encontraría el indicado, aunque le costase todo el día. No perdería la apuesta.
El sol le calentaba tanto la nuca, que notaba como le dolía... Y según se llevó la mano al sitio donde la quemazón le mataba, lo supo. Miro a su derecha.
Lo vio. Aquel era el árbol perfecto. Y con un rápido movimiento digno de un legendario Adem, lanzó su afilada arma contra el desprotegido blanco. Jamison se desplomó en el suelo con un cuchillo clavado en la espalda.
-Lo siento chico -dijo Elodin- pero es que necesita urgentemente un maldito árbol donde clavar el cuchillo. Y mira por donde, has aparecido tú...
-Agh... pe... pero si yo no soy un árbol...
-Bah, eso no importa, ya has visto lo bien que se te ha clavado el cuchillo. Bueno, nos veremos mañana, adiós.
-Me... me muerogh...
-Oh, claro. ¡Mola! Si ven aquí, lleva a Jamison a la Clínica, el idiota se ha clavado un cuchillo.

Cuando ella hizo lo que se le pedía y se hubo marchado, Elodin solo sonrió.

No era exactamente una sonrisa malvada, pues no había placer en ella. Ni si quiera era una media sonrisa, de esas que, aún pareciéndote descortés lo que has hecho, no puedes evitar regocijarte en la gravedad de la situación. En realidad era una sonrisa extraña, que entreveía un poder desconocido y que le daba un aura solemne de majestuosidad formidable xD. Si lo hubieras visto no te habría parecido en nada malo lo que había hecho, pues según lo que su presencia gritaba, podía hacer eso y más, y no ser culpado por ello. Contadas personas lograban esbozar sonrisas así, y desde luego, el Maestro era una de ellas.

Elodin permaneció allí, estático, solo sonriendo de aquella manera extraña, hipnotizado, al parecer, en el vuelo de una bella mariposa.

Esa sonrisa escondía secretos. Algo más oscuro y turbio que un secreto normal y corriente. Y esa sonrisa se anteponía a otra sonrisa de superioridad. Ladina y ladeada. La sonrisa de quien sabe cosas y sabe que lo sabe.

El viento lo arrastró otra vez hasta la realidad. "Maldito Jamison -pensó con un esbozo de fastidio en el rostro- mira que ponerse en mi camino... puede que volver a encontrar otro árbol me lleve todo el día". Algo rezumbaba en sus oídos y llenaba su garganta. Estaba cerca. Lo veía, lo sentía. Simplemente, lo sabía.
Pero no era todo gozoso. Un poso de preocupación le rozaba la punta de la conciencia. Algo que le murmuraba que no siguiese.
Pero, ¿acaso un nominador se rinde fácilmente?
Claro que no.

Siguió al viento, siguió al nombre que le quemaba en los ojos.

Cuando se disponía a seguir buscando con paciencia eterna el árbol indicado se dio cuenta de que Jamison se había llevado su cuchillo, ¡maldito chico! ¡Debería haberlo recuperado de su espalda cuando tuve oportunidad! Enfadado por la pérdida de tiempo que buscar otro cuchillo le suponía se dirigió a sus habitaciones, allí tenía un buen arsenal escondido.
Cuando llegó, movió el pesado armario de madera de su habitación. Presiono una botella que tenía en la mesilla hacia abajo, entró por el pasadizo que había quedado descubierto, encendió una antorcha, fue a la derecha, a la izquierda, a la izquierda, a la derecha, a la izqdecha y de nuevo a la izquierda, pasó por un estrecho hilo un abismo de 246 pies de altura, luchó contra las arañavíspulas que poblaban el estrecho corredor, jugó una interminable partida de ajedrez contra el esqueleto de Ron Weasley, se tomó un filete de ternera y un chupito de coñac, durmió un rato y al fin, después de despachar a un gran tigrarosóptero llegó a una gran sala con las paredes cubiertas de todo tipo de armas.
Cogió un cuchillo.
Luego pasó por el cadáver del gran tigrarosóptero, bebió un poco más de coñac, terminó la interminable partida de ajedrez con un excelente jaque-mate, luchó contra las crías de las arañavíspulas muertas, pasó por el hilo sobre el abismo, giró a la izquierda, a la izqdecha, a la derecha, a la izquierda, a la izquierda y a la derecha, salió de nuevo a su habitación, tiró de la botella para ocultarlo de nuevo y colocó el armario en su sitio. Y con un suspiro de satisfacción dijo:
-¡El árbol! ¡Había que buscar el maldito árbol! -con tanta ida y venida para buscar el dichoso cuchillo se le había olvidado por completo para que lo necesitaba.
Salió de allí a toda prisa, procurando dejar todo como estaba, no quería que su secreto se desvelara por nada del mundo.

Avanzó siguiendo sus propias huellas, de nuevo rumbo al bosque, con una determinación que movería montañas con tan solo pronunciar sus nombres y ordenárselo.

-¡Ey, Elodin! ¿Ya lo conseguiste, o sigues siendo tan inútil como siempre? -le gritó el Maestro Hemme mientras se acercaba a él con una sonrisa de burla pintada en la cara.
-Cállate, imbécil -le respondió mirándolo con dureza. Tenía que llegar al bosque.- Ni aunque el que no cumpliera esta apuesta evitara que Caluptena volviera a arder, date por seguro que dejaría que todo se calcinara. Juro por lo más sagrado que te ganaré, ven dentro de una hora, tendrás tu derrota servida en bandeja de plata. Y ahora vete, molestas más que un grano en el culo.
Después de que Hemme se marchará, Elodin lamentó sus palabras. Le quedaba poco tiempo.
Así que elaboró un intrincado plan. Encontraría un árbol. Llamaría a Hemme. Y le clavaría el cuchillo en la frente. Después diría que fue un accidente.
Elodin sonrió y se felicito por tan ingenioso plan.

Cuando se cumplió la hora y vio a Hemme caminar hacia él todo confiado y esbozando una sonrisa de autosuficiencia las ganas de venganza y sangre aumentaron a niveles insospechados.
No se lo pensó más. Lanzó, le daría de lleno.
-¿¡Pero tú que te has fumao?! ¿¿Pretendes matarme o qué?! -Hemme se sobaba la oreja, el cuchillo le había raspado haciéndole un fino corte antes de caer de nuevo al suelo- Mira que tienes mal perder.
Hemmme se fue a la clínica, pensó en detenerlo y obligarle a prometer que no diría nada, pero descubrió que le daba igual, que hiciera lo que quisiera.

-Siento que perdieras la apuesta -le dijo una voz detrás de él- ya estaba preparado para recibir el corte de tu cuchillo, ¿sabes? Aunque hay que admitir que ver lanzarte contra ese tipo intentando atravesarle con él ha sido realmente divertido, cosas así no pasan todos los días.
Elodin se giró sobre sí mismo y localizó a quien le hablaba, era un árbol joven, aventurero, de esos que viven la vida con pasión. Aún no conocía lo que era ver mundo, pero lo deseaba.
-Hagamos un trato, te dejo clavarme el cuchillo y tus pronunciarás mi nombre y me liberarás, quiero irme de este maldito bosque, ya lo he contemplado más veces de lo recomendable.-ante el semblante de duda de Elodin, el árbol continuó- Venga, Maestro, ambos conseguimos lo que queremos. Yo me voy. Tu atraviesas con ese cuchillo a un árbol. Que más necesitas?
-Conseguirlo yo. Me has dado tu permiso. Si quieres te nombro y te doy tu libertad, pero no puedo atravesarte con el cuchillo. No quiero conseguirlo así. Además-hizo un gesto exageradamente teatral, mas propio del maestro Dahl que del poderoso nominador- si te libero, y tu a cambio me dejas que te acuchille... estaremos en paz... mientras que si solo te libero, aun me debes una-sonrió con lo labios demasiados curvados, y los ojos demasiado cerrados-No estaríamos en paz. Y nunca se sabe cuando puedes pedirle un favor a un arbol...
-Pero me darías la libertad?
Elodin pronuncio un largo nombre. Si hubiésemos estado cerca, hubiésemos sentido vibrar la tierra levemente. Hubiésemos oído el aire que envolvía el árbol y lo dejaba a merced de su propia voluntad.
-Gracias- susurró emocionado, deslizándose por el bosque.
Elodin sonrió, y siguió con su camino.
Necesitaba algo nuevo con lo que entretenerse. Ser Maestro le ocupaba tiempo, pero no el suficiente para impedir que se aburriera. Y se le ocurrió una idea. Una buena idea. Una genial idea. Una idea tan brillante que deslumbraba al propio sol.
Se dirigió a una pradera cercana.
Se agachó entre la hierba.
Se concentró.
Y lo vió.
Cogió la vaina de algodoncillo que había localizado y la abrió mientras la lanzaba al aire. Después se puso a perseguir los algodoncillos hasta que le falto la respiración. Pasarse 6 horas y media persiguiendo algodoncillos era divertido, pero cansaba, y mucho.
Se tumbó entre la hierba y pensó: "Debería enseñarles esto a mis alumnos algún día. Seguro que les divierte. Ah, no, espera, si yo no tengo alumnos. Ya sé, voy a enseñar Nominación.
Elodin se puso en pie y se dirigió a la Universidad con paso seguro. Pensaba enseñar Nominación. Se lo comunicaría a los demás Maestros inmediatamente.
Aunque fuesen las 4 y cuarto de la mañana.


-...el primer borrador lo escribes con el corazón, el segundo, con la mente.-
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Re: La aventura de Elodin

Mensaje por Feren el Jue Mayo 22, 2014 5:39 pm

Spoiler:
poned spoilers!!!!!!!!!!!!!!!!!


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Re: La aventura de Elodin

Mensaje por Dinnaeh el Sáb Mayo 24, 2014 2:08 pm

Un día, Elodin paseaba por la Universidad pensando en cual sería la mejor forma de lograr que, sin mirar, acertase a ensartar a un árbol con un cuchillo en un punto exacto, ya que que aún viendo resultaba complicado. Sujetó el mango hasta que se le pusieron los nudillos blancos, calculó y lanzó con toda la precisión que fue capaz. Se le daba bien, o eso él creía. De repente, una ráfaga de aire desvió el cuchillo, que cayó al suelo con un ruido sordo. ¡Maldito viento! Maldijo. Entonces Elodin, haciendo uso de lo que si se le daba bien, su maravillosa y prodigiosa nominación, pronunció el nombre del árbol, pues le pareció que llamar al viento para que clavase el cuchillo en el árbol sería demasiado fácil y aburrido. El árbol sacó sus raíces del pedregoso suelo y con un prodigioso salto huyó en dirección contraria a donde se encontraba Elodin, rumbo al puente de piedra, camino a Imre.
Podría decirse que Elodin en aquella situación habría dado muestras de sorpresa o estupefacción, pero el hombre ni se inmutó. Dejó que el árbol siguiera su camino, pues comprendió que este no estaba hecho para echar raíces y dejar que hombres tontos le clavasen puñales, fue por eso que se decidió a ver mundo. El árbol por un lado, y Elodin por otro.
El maestro después de aquello no hizo si no disponerse a buscar de nuevo el cuchillo para practicar con otro árbol más conservador, el no era de los que abandonaban tras la primera caída.

Elodin encontró otro árbol.

Un árbol nudoso, viejo, con las raíces bien firmes. La clase de árbol que no sale corriendo. Pero también, la misma clase de árbol que no puedes intentar atravesar con un puñal. Así que le prendió fuego.
-Lo siento árbol -dijo Elodin.- Debo hacerlo, pues de lo contrario, la historia se volvería demasiado aburrida.
Y el árbol contestó:
-No me importa, pues soy un Roah. Y como le hago honor a mi nombre, no le temo al fuego. Sus lenguas me lamen pero no me queman. Su calor me agobia pero no me calcina. Y su luz me deslumbra pero no me ciega. Así que anda contento humano, pues ni daño ni perjuicio me has causado.
-Bien -contestó Elodin.- De lo contrario me arrojaría voluntariamente a las llamas. Y ahora si no te importa, gran y centenario árbol Roah, voy a seguir practicando en otro lugar, pues un hombre que se precie debe saber como se lanza correctamente un cuchillo, incluso si le privan del sentido de la vista.
-Siente. -le aconsejó el Roah- Escucha el nombre del árbol al que vas a atacar con tu rudimentaria arma, su miedo te guiará hacia su posición. Susúrrale palabras de aliento, como si no le fueras a hacer daño, pues incluso el árbol más débil sería capaz de levantarse y echar a correr, y mi intuición me dice que eso ya te pasó antes. No eres hombre que tropieza dos veces con la misma piedra,
eso también lo sé. -terminó el árbol- Sigue tu camino, humano, y aléjate de los de mi clase, sabemos defendernos llegado el caso.

Elodin siguió su camino, de nuevo y con nervios de acero, sin inmutarse y con infinita paciencia, buscando a otro árbol, preguntándose qué pasaría después, pues estaba claro que no lo lograría tan fácilmente.
Encontró otro árbol. No era un árbol de Roah, y estaba sujeto a la tierra. Elodin intentó pensar en algún motivo que pudiese ir en contra de disparar en contra de ese árbol.
No lo encontró. Así que, volvió a apuntar con su afilada y corta arma. Sumergido en El Corazón de Piedra, se disculpó con el árbol. Le mimó. Le prometió caricias. Después le dijo que le iba a disparar con un arma, y que no se preocupara, que todos lo hacían hoy en día con la gente.
Y le contestó:
-¡No lo hagas!
Elodin se enfureció:
-¿¡Pero qué pasa con los árboles respondones hoy en día!? Antes os callabais, por el ennegrecido cuerpo de Dios. Y a ver, ¿es que no has oído que tengo que disparar a un árbol para que todo esto tenga algún sentido?
-¡Mamiiiii, ayúdame!
...
Oh, mierda. Ahora era joven. O un cobarde. No sería heroico dispararle. Tenía que buscar a otro árbol. Y encontraría el indicado, aunque le costase todo el día. No perdería la apuesta.
El sol le calentaba tanto la nuca, que notaba como le dolía... Y según se llevó la mano al sitio donde la quemazón le mataba, lo supo. Miro a su derecha.
Lo vio. Aquel era el árbol perfecto. Y con un rápido movimiento digno de un legendario Adem, lanzó su afilada arma contra el desprotegido blanco. Jamison se desplomó en el suelo con un cuchillo clavado en la espalda.
-Lo siento chico -dijo Elodin- pero es que necesita urgentemente un maldito árbol donde clavar el cuchillo. Y mira por donde, has aparecido tú...
-Agh... pe... pero si yo no soy un árbol...
-Bah, eso no importa, ya has visto lo bien que se te ha clavado el cuchillo. Bueno, nos veremos mañana, adiós.
-Me... me muerogh...
-Oh, claro. ¡Mola! Si ven aquí, lleva a Jamison a la Clínica, el idiota se ha clavado un cuchillo.

Cuando ella hizo lo que se le pedía y se hubo marchado, Elodin solo sonrió.

No era exactamente una sonrisa malvada, pues no había placer en ella. Ni si quiera era una media sonrisa, de esas que, aún pareciéndote descortés lo que has hecho, no puedes evitar regocijarte en la gravedad de la situación. En realidad era una sonrisa extraña, que entreveía un poder desconocido y que le daba un aura solemne de majestuosidad formidable xD. Si lo hubieras visto no te habría parecido en nada malo lo que había hecho, pues según lo que su presencia gritaba, podía hacer eso y más, y no ser culpado por ello. Contadas personas lograban esbozar sonrisas así, y desde luego, el Maestro era una de ellas.

Elodin permaneció allí, estático, solo sonriendo de aquella manera extraña, hipnotizado, al parecer, en el vuelo de una bella mariposa.

Esa sonrisa escondía secretos. Algo más oscuro y turbio que un secreto normal y corriente. Y esa sonrisa se anteponía a otra sonrisa de superioridad. Ladina y ladeada. La sonrisa de quien sabe cosas y sabe que lo sabe.

El viento lo arrastró otra vez hasta la realidad. "Maldito Jamison -pensó con un esbozo de fastidio en el rostro- mira que ponerse en mi camino... puede que volver a encontrar otro árbol me lleve todo el día". Algo rezumbaba en sus oídos y llenaba su garganta. Estaba cerca. Lo veía, lo sentía. Simplemente, lo sabía.
Pero no era todo gozoso. Un pozo de preocupación le rozaba la punta de la conciencia. Algo que le murmuraba que no siguiese.
Pero, ¿acaso un nominador se rinde fácilmente?
Claro que no.

Siguió al viento, siguió al nombre que le quemaba en los ojos.

Cuando se disponía a seguir buscando con paciencia eterna el árbol indicado se dio cuenta de que Jamison se había llevado su cuchillo, ¡maldito chico! ¡Debería haberlo recuperado de su espalda cuando tuve oportunidad! Enfadado por la pérdida de tiempo que buscar otro cuchillo le suponía se dirigió a sus habitaciones, allí tenía un buen arsenal escondido.
Cuando llegó, movió el pesado armario de madera de su habitación. Presionó una botella que tenía en la mesilla hacia abajo, entró por el pasadizo que había quedado descubierto, encendió una antorcha, fue a la derecha, a la izquierda, a la izquierda, a la derecha, a la izqdecha y de nuevo a la izquierda, pasó por un estrecho hilo un abismo de 246 pies de altura, luchó contra las arañavíspulas que poblaban el estrecho corredor, jugó una interminable partida de ajedrez contra el esqueleto de Ron Weasley, se tomó un filete de ternera y un chupito de coñac, durmió un rato y al fin, después de despachar a un gran tigrarosóptero llegó a una gran sala con las paredes cubiertas de todo tipo de armas.
Cogió un cuchillo.
Luego pasó por el cadáver del gran tigrarosóptero, bebió un poco más de coñac, terminó la interminable partida de ajedrez con un excelente jaque-mate, luchó contra las crías de las arañavíspulas muertas, pasó por el hilo sobre el abismo, giró a la izquierda, a la izqdecha, a la derecha, a la izquierda, a la izquierda y a la derecha, salió de nuevo a su habitación, tiró de la botella para ocultarlo de nuevo y colocó el armario en su sitio. Y con un suspiro de satisfacción dijo:
-¡El árbol! ¡Había que buscar el maldito árbol! -con tanta ida y venida para buscar el dichoso cuchillo se le había olvidado por completo para que lo necesitaba.
Salió de allí a toda prisa, procurando dejar todo como estaba, no quería que su secreto se desvelara por nada del mundo.

Avanzó siguiendo sus propias huellas, de nuevo rumbo al bosque, con una determinación que movería montañas con tan solo pronunciar sus nombres y ordenárselo.

-¡Ey, Elodin! ¿Ya lo conseguiste, o sigues siendo tan inútil como siempre? -le gritó el Maestro Hemme mientras se acercaba a él con una sonrisa de burla pintada en la cara.
-Cállate, imbécil -le respondió mirándolo con dureza. Tenía que llegar al bosque.- Ni aunque el que no cumpliera esta apuesta evitara que Caluptena volviera a arder, date por seguro que dejaría que todo se calcinara. Juro por lo más sagrado que te ganaré, ven dentro de una hora, tendrás tu derrota servida en bandeja de plata. Y ahora vete, molestas más que un grano en el culo.
Después de que Hemme se marchará, Elodin lamentó sus palabras. Le quedaba poco tiempo.
Así que elaboró un intrincado plan. Encontraría un árbol. Llamaría a Hemme. Y le clavaría el cuchillo en la frente. Después diría que fue un accidente.
Elodin sonrió y se felicito por tan ingenioso plan.

Cuando se cumplió la hora y vio a Hemme caminar hacia él todo confiado y esbozando una sonrisa de autosuficiencia las ganas de venganza y sangre aumentaron a niveles insospechados.
No se lo pensó más. Lanzó, le daría de lleno.
-¿¡Pero tú que te has fumao?! ¿¿Pretendes matarme o qué?! -Hemme se sobaba la oreja, el cuchillo le había raspado haciéndole un fino corte antes de caer de nuevo al suelo- Mira que tienes mal perder.
Hemme se fue a la clínica, pensó en detenerlo y obligarle a prometer que no diría nada, pero descubrió que le daba igual, que hiciera lo que quisiera.

-Siento que perdieras la apuesta -le dijo una voz detrás de él- ya estaba preparado para recibir el corte de tu cuchillo, ¿sabes? Aunque hay que admitir que ver lanzarte contra ese tipo intentando atravesarle con él ha sido realmente divertido, cosas así no pasan todos los días.
Elodin se giró sobre sí mismo y localizó a quien le hablaba, era un árbol joven, aventurero, de esos que viven la vida con pasión. Aún no conocía lo que era ver mundo, pero lo deseaba.
-Hagamos un trato, te dejo clavarme el cuchillo y tus pronunciarás mi nombre y me liberarás, quiero irme de este maldito bosque, ya lo he contemplado más veces de lo recomendable. -ante el semblante de duda de Elodin, el árbol continuó- Venga, Maestro, ambos conseguimos lo que queremos. Yo me voy. Tú atraviesas con ese cuchillo a un árbol. ¿Qué más necesitas?
-Conseguirlo yo. Me has dado tu permiso. Si quieres te nombro y te doy tu libertad, pero no puedo atravesarte con el cuchillo. No quiero conseguirlo así. Además -hizo un gesto exageradamente teatral, más propio del maestro Dahl que del poderoso nominador- si te libero, y tu a cambio me dejas que te acuchille... estaremos en paz... mientras que si solo te libero, aún me debes una-sonrió con lo labios demasiados curvados, y los ojos demasiado cerrados-No estaríamos en paz. Y nunca se sabe cuando puedes pedirle un favor a un árbol...
-¿Pero me darías la libertad?
Elodin pronunció un largo nombre. Si hubiésemos estado cerca, hubiésemos sentido vibrar la tierra levemente. Hubiésemos oído el aire que envolvía el árbol y lo dejaba a merced de su propia voluntad.
-Gracias -susurró emocionado, deslizándose por el bosque.
Elodin sonrió, y siguió con su camino.
Necesitaba algo nuevo con lo que entretenerse. Ser Maestro le ocupaba tiempo, pero no el suficiente para impedir que se aburriera. Y se le ocurrió una idea. Una buena idea. Una genial idea. Una idea tan brillante que deslumbraba al propio sol.
Se dirigió a una pradera cercana.
Se agachó entre la hierba.
Se concentró.
Y lo vio.
Cogió la vaina de algodoncillo que había localizado y la abrió mientras la lanzaba al aire. Después se puso a perseguir los algodoncillos hasta que le falto la respiración. Pasarse 6 horas y media persiguiendo algodoncillos era divertido, pero cansaba, y mucho.
Se tumbó entre la hierba y pensó: "Debería enseñarles esto a mis alumnos algún día. Seguro que les divierte. Ah, no, espera, si yo no tengo alumnos. Ya sé, voy a enseñar Nominación."
Elodin se puso en pie y se dirigió a la Universidad con paso seguro. Pensaba enseñar Nominación. Se lo comunicaría a los demás Maestros inmediatamente.
Aunque fuesen las 4 y cuarto de la mañana.

-¡A levantarse holgazanes! -gritó a pleno pulmón al entrar en el edificio donde todos dormían- ¡Vamos! -al ver que nadie le hacía caso se le ocurrió un idea, una idea tan brillante como la otra. Respiró hondo, se tumbó en el suelo y esbozó una sonrisa demente- ¡SOCORRO! ¡MALDITA SEA, NECESITO AYUDA! ¡AYUDA! ¡NOS HAN ROBADO! ¡ME ATACAN!

Se escucharon pasos en el piso de arriba, exclamaciones y maldiciones, y en seguida vio bajar por las escaleras a trompicones a los siete maestros, que con ojos legañosos y túnicas de dormir, se precipitaron a la habitación, esperando ver algo que no existía.
El rector iba a la cabeza, seguido de Kilvin, que empuñaba una lámpara con la que se suponía que atacaría a lo que fuera que hubiera abajo. Lorren, con su habitual cara impasible, miraba atentamente la habitación, buscando. Brandeur y Hemme cuchicheaban y se quejaban de haber tenido que levantarse de madrugada por que el loco chiflado de Elodin se le había venido en gana. El maestro simpatista y Arwyl fueron los únicos que se le acercaron, Elxa Dal lo ayudó a levantarse mientras el Arwyl le hacía un chequeo rápido, comprobando que no tenía lesiones. A Mandrag no se le veía por ninguna parte.

-Callad de una vez. -ordenó Herma mirando hacia el Maestro Matemático y Hemme- ¿Qué ha ocurrido Elodin? ¿Te encuentras bien?

Elodin se sacudió el polvo, cuadró los hombros y esbozó su mejor sonrisa cuerda.

-Quiero enseñar Nominación.
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Re: La aventura de Elodin

Mensaje por Títere el Sáb Nov 29, 2014 10:19 pm

Spoiler:
Un día, Elodin paseaba por la Universidad pensando en cual sería la mejor forma de lograr que, sin mirar, acertase a ensartar a un árbol con un cuchillo en un punto exacto, ya que que aún viendo resultaba complicado. Sujetó el mango hasta que se le pusieron los nudillos blancos, calculó y lanzó con toda la precisión que fue capaz. Se le daba bien, o eso él creía. De repente, una ráfaga de aire desvió el cuchillo, que cayó al suelo con un ruido sordo. ¡Maldito viento! Maldijo. Entonces Elodin, haciendo uso de lo que si se le daba bien, su maravillosa y prodigiosa nominación, pronunció el nombre del árbol, pues le pareció que llamar al viento para que clavase el cuchillo en el árbol sería demasiado fácil y aburrido. El árbol sacó sus raíces del pedregoso suelo y con un prodigioso salto huyó en dirección contraria a donde se encontraba Elodin, rumbo al puente de piedra, camino a Imre.
Podría decirse que Elodin en aquella situación habría dado muestras de sorpresa o estupefacción, pero el hombre ni se inmutó. Dejó que el árbol siguiera su camino, pues comprendió que este no estaba hecho para echar raíces y dejar que hombres tontos le clavasen puñales, fue por eso que se decidió a ver mundo. El árbol por un lado, y Elodin por otro.
El maestro después de aquello no hizo si no disponerse a buscar de nuevo el cuchillo para practicar con otro árbol más conservador, el no era de los que abandonaban tras la primera caída.

Elodin encontró otro árbol.

Un árbol nudoso, viejo, con las raíces bien firmes. La clase de árbol que no sale corriendo. Pero también, la misma clase de árbol que no puedes intentar atravesar con un puñal. Así que le prendió fuego.
-Lo siento árbol -dijo Elodin.- Debo hacerlo, pues de lo contrario, la historia se volvería demasiado aburrida.
Y el árbol contestó:
-No me importa, pues soy un Roah. Y como le hago honor a mi nombre, no le temo al fuego. Sus lenguas me lamen pero no me queman. Su calor me agobia pero no me calcina. Y su luz me deslumbra pero no me ciega. Así que anda contento humano, pues ni daño ni perjuicio me has causado.
-Bien -contestó Elodin.- De lo contrario me arrojaría voluntariamente a las llamas. Y ahora si no te importa, gran y centenario árbol Roah, voy a seguir practicando en otro lugar, pues un hombre que se precie debe saber como se lanza correctamente un cuchillo, incluso si le privan del sentido de la vista.
-Siente. -le aconsejó el Roah- Escucha el nombre del árbol al que vas a atacar con tu rudimentaria arma, su miedo te guiará hacia su posición. Susúrrale palabras de aliento, como si no le fueras a hacer daño, pues incluso el árbol más débil sería capaz de levantarse y echar a correr, y mi intuición me dice que eso ya te pasó antes. No eres hombre que tropieza dos veces con la misma piedra,
eso también lo sé. -terminó el árbol- Sigue tu camino, humano, y aléjate de los de mi clase, sabemos defendernos llegado el caso.

Elodin siguió su camino, de nuevo y con nervios de acero, sin inmutarse y con infinita paciencia, buscando a otro árbol, preguntándose qué pasaría después, pues estaba claro que no lo lograría tan fácilmente.
Encontró otro árbol. No era un árbol de Roah, y estaba sujeto a la tierra. Elodin intentó pensar en algún motivo que pudiese ir en contra de disparar en contra de ese árbol.
No lo encontró. Así que, volvió a apuntar con su afilada y corta arma. Sumergido en El Corazón de Piedra, se disculpó con el árbol. Le mimó. Le prometió caricias. Después le dijo que le iba a disparar con un arma, y que no se preocupara, que todos lo hacían hoy en día con la gente.
Y le contestó:
-¡No lo hagas!
Elodin se enfureció:
-¿¡Pero qué pasa con los árboles respondones hoy en día!? Antes os callabais, por el ennegrecido cuerpo de Dios. Y a ver, ¿es que no has oído que tengo que disparar a un árbol para que todo esto tenga algún sentido?
-¡Mamiiiii, ayúdame!
...
Oh, mierda. Ahora era joven. O un cobarde. No sería heroico dispararle. Tenía que buscar a otro árbol. Y encontraría el indicado, aunque le costase todo el día. No perdería la apuesta.
El sol le calentaba tanto la nuca, que notaba como le dolía... Y según se llevó la mano al sitio donde la quemazón le mataba, lo supo. Miro a su derecha.
Lo vio. Aquel era el árbol perfecto. Y con un rápido movimiento digno de un legendario Adem, lanzó su afilada arma contra el desprotegido blanco. Jamison se desplomó en el suelo con un cuchillo clavado en la espalda.
-Lo siento chico -dijo Elodin- pero es que necesita urgentemente un maldito árbol donde clavar el cuchillo. Y mira por donde, has aparecido tú...
-Agh... pe... pero si yo no soy un árbol...
-Bah, eso no importa, ya has visto lo bien que se te ha clavado el cuchillo. Bueno, nos veremos mañana, adiós.
-Me... me muerogh...
-Oh, claro. ¡Mola! Si ven aquí, lleva a Jamison a la Clínica, el idiota se ha clavado un cuchillo.

Cuando ella hizo lo que se le pedía y se hubo marchado, Elodin solo sonrió.

No era exactamente una sonrisa malvada, pues no había placer en ella. Ni si quiera era una media sonrisa, de esas que, aún pareciéndote descortés lo que has hecho, no puedes evitar regocijarte en la gravedad de la situación. En realidad era una sonrisa extraña, que entreveía un poder desconocido y que le daba un aura solemne de majestuosidad formidable xD. Si lo hubieras visto no te habría parecido en nada malo lo que había hecho, pues según lo que su presencia gritaba, podía hacer eso y más, y no ser culpado por ello. Contadas personas lograban esbozar sonrisas así, y desde luego, el Maestro era una de ellas.

Elodin permaneció allí, estático, solo sonriendo de aquella manera extraña, hipnotizado, al parecer, en el vuelo de una bella mariposa.

Esa sonrisa escondía secretos. Algo más oscuro y turbio que un secreto normal y corriente. Y esa sonrisa se anteponía a otra sonrisa de superioridad. Ladina y ladeada. La sonrisa de quien sabe cosas y sabe que lo sabe.

El viento lo arrastró otra vez hasta la realidad. "Maldito Jamison -pensó con un esbozo de fastidio en el rostro- mira que ponerse en mi camino... puede que volver a encontrar otro árbol me lleve todo el día". Algo rezumbaba en sus oídos y llenaba su garganta. Estaba cerca. Lo veía, lo sentía. Simplemente, lo sabía.
Pero no era todo gozoso. Un pozo de preocupación le rozaba la punta de la conciencia. Algo que le murmuraba que no siguiese.
Pero, ¿acaso un nominador se rinde fácilmente?
Claro que no.

Siguió al viento, siguió al nombre que le quemaba en los ojos.

Cuando se disponía a seguir buscando con paciencia eterna el árbol indicado se dio cuenta de que Jamison se había llevado su cuchillo, ¡maldito chico! ¡Debería haberlo recuperado de su espalda cuando tuve oportunidad! Enfadado por la pérdida de tiempo que buscar otro cuchillo le suponía se dirigió a sus habitaciones, allí tenía un buen arsenal escondido.
Cuando llegó, movió el pesado armario de madera de su habitación. Presionó una botella que tenía en la mesilla hacia abajo, entró por el pasadizo que había quedado descubierto, encendió una antorcha, fue a la derecha, a la izquierda, a la izquierda, a la derecha, a la izqdecha y de nuevo a la izquierda, pasó por un estrecho hilo un abismo de 246 pies de altura, luchó contra las arañavíspulas que poblaban el estrecho corredor, jugó una interminable partida de ajedrez contra el esqueleto de Ron Weasley, se tomó un filete de ternera y un chupito de coñac, durmió un rato y al fin, después de despachar a un gran tigrarosóptero llegó a una gran sala con las paredes cubiertas de todo tipo de armas.
Cogió un cuchillo.
Luego pasó por el cadáver del gran tigrarosóptero, bebió un poco más de coñac, terminó la interminable partida de ajedrez con un excelente jaque-mate, luchó contra las crías de las arañavíspulas muertas, pasó por el hilo sobre el abismo, giró a la izquierda, a la izqdecha, a la derecha, a la izquierda, a la izquierda y a la derecha, salió de nuevo a su habitación, tiró de la botella para ocultarlo de nuevo y colocó el armario en su sitio. Y con un suspiro de satisfacción dijo:
-¡El árbol! ¡Había que buscar el maldito árbol! -con tanta ida y venida para buscar el dichoso cuchillo se le había olvidado por completo para que lo necesitaba.
Salió de allí a toda prisa, procurando dejar todo como estaba, no quería que su secreto se desvelara por nada del mundo.

Avanzó siguiendo sus propias huellas, de nuevo rumbo al bosque, con una determinación que movería montañas con tan solo pronunciar sus nombres y ordenárselo.

-¡Ey, Elodin! ¿Ya lo conseguiste, o sigues siendo tan inútil como siempre? -le gritó el Maestro Hemme mientras se acercaba a él con una sonrisa de burla pintada en la cara.
-Cállate, imbécil -le respondió mirándolo con dureza. Tenía que llegar al bosque.- Ni aunque el que no cumpliera esta apuesta evitara que Caluptena volviera a arder, date por seguro que dejaría que todo se calcinara. Juro por lo más sagrado que te ganaré, ven dentro de una hora, tendrás tu derrota servida en bandeja de plata. Y ahora vete, molestas más que un grano en el culo.
Después de que Hemme se marchará, Elodin lamentó sus palabras. Le quedaba poco tiempo.
Así que elaboró un intrincado plan. Encontraría un árbol. Llamaría a Hemme. Y le clavaría el cuchillo en la frente. Después diría que fue un accidente.
Elodin sonrió y se felicito por tan ingenioso plan.

Cuando se cumplió la hora y vio a Hemme caminar hacia él todo confiado y esbozando una sonrisa de autosuficiencia las ganas de venganza y sangre aumentaron a niveles insospechados.
No se lo pensó más. Lanzó, le daría de lleno.
-¿¡Pero tú que te has fumao?! ¿¿Pretendes matarme o qué?! -Hemme se sobaba la oreja, el cuchillo le había raspado haciéndole un fino corte antes de caer de nuevo al suelo- Mira que tienes mal perder.
Hemme se fue a la clínica, pensó en detenerlo y obligarle a prometer que no diría nada, pero descubrió que le daba igual, que hiciera lo que quisiera.

-Siento que perdieras la apuesta -le dijo una voz detrás de él- ya estaba preparado para recibir el corte de tu cuchillo, ¿sabes? Aunque hay que admitir que ver lanzarte contra ese tipo intentando atravesarle con él ha sido realmente divertido, cosas así no pasan todos los días.
Elodin se giró sobre sí mismo y localizó a quien le hablaba, era un árbol joven, aventurero, de esos que viven la vida con pasión. Aún no conocía lo que era ver mundo, pero lo deseaba.
-Hagamos un trato, te dejo clavarme el cuchillo y tus pronunciarás mi nombre y me liberarás, quiero irme de este maldito bosque, ya lo he contemplado más veces de lo recomendable. -ante el semblante de duda de Elodin, el árbol continuó- Venga, Maestro, ambos conseguimos lo que queremos. Yo me voy. Tú atraviesas con ese cuchillo a un árbol. ¿Qué más necesitas?
-Conseguirlo yo. Me has dado tu permiso. Si quieres te nombro y te doy tu libertad, pero no puedo atravesarte con el cuchillo. No quiero conseguirlo así. Además -hizo un gesto exageradamente teatral, más propio del maestro Dahl que del poderoso nominador- si te libero, y tu a cambio me dejas que te acuchille... estaremos en paz... mientras que si solo te libero, aún me debes una-sonrió con lo labios demasiados curvados, y los ojos demasiado cerrados-No estaríamos en paz. Y nunca se sabe cuando puedes pedirle un favor a un árbol...
-¿Pero me darías la libertad?
Elodin pronunció un largo nombre. Si hubiésemos estado cerca, hubiésemos sentido vibrar la tierra levemente. Hubiésemos oído el aire que envolvía el árbol y lo dejaba a merced de su propia voluntad.
-Gracias -susurró emocionado, deslizándose por el bosque.
Elodin sonrió, y siguió con su camino.
Necesitaba algo nuevo con lo que entretenerse. Ser Maestro le ocupaba tiempo, pero no el suficiente para impedir que se aburriera. Y se le ocurrió una idea. Una buena idea. Una genial idea. Una idea tan brillante que deslumbraba al propio sol.
Se dirigió a una pradera cercana.
Se agachó entre la hierba.
Se concentró.
Y lo vio.
Cogió la vaina de algodoncillo que había localizado y la abrió mientras la lanzaba al aire. Después se puso a perseguir los algodoncillos hasta que le falto la respiración. Pasarse 6 horas y media persiguiendo algodoncillos era divertido, pero cansaba, y mucho.
Se tumbó entre la hierba y pensó: "Debería enseñarles esto a mis alumnos algún día. Seguro que les divierte. Ah, no, espera, si yo no tengo alumnos. Ya sé, voy a enseñar Nominación."
Elodin se puso en pie y se dirigió a la Universidad con paso seguro. Pensaba enseñar Nominación. Se lo comunicaría a los demás Maestros inmediatamente.
Aunque fuesen las 4 y cuarto de la mañana.

-¡A levantarse holgazanes! -gritó a pleno pulmón al entrar en el edificio donde todos dormían- ¡Vamos! -al ver que nadie le hacía caso se le ocurrió un idea, una idea tan brillante como la otra. Respiró hondo, se tumbó en el suelo y esbozó una sonrisa demente- ¡SOCORRO! ¡MALDITA SEA, NECESITO AYUDA! ¡AYUDA! ¡NOS HAN ROBADO! ¡ME ATACAN!

Se escucharon pasos en el piso de arriba, exclamaciones y maldiciones, y en seguida vio bajar por las escaleras a trompicones a los siete maestros, que con ojos legañosos y túnicas de dormir, se precipitaron a la habitación, esperando ver algo que no existía.
El rector iba a la cabeza, seguido de Kilvin, que empuñaba una lámpara con la que se suponía que atacaría a lo que fuera que hubiera abajo. Lorren, con su habitual cara impasible, miraba atentamente la habitación, buscando. Brandeur y Hemme cuchicheaban y se quejaban de haber tenido que levantarse de madrugada por que el loco chiflado de Elodin se le había venido en gana. El maestro simpatista y Arwyl fueron los únicos que se le acercaron, Elxa Dal lo ayudó a levantarse mientras el Arwyl le hacía un chequeo rápido, comprobando que no tenía lesiones. A Mandrag no se le veía por ninguna parte.

-Callad de una vez. -ordenó Herma mirando hacia el Maestro Matemático y Hemme- ¿Qué ha ocurrido Elodin? ¿Te encuentras bien?

Elodin se sacudió el polvo, cuadró los hombros y esbozó su mejor sonrisa cuerda.

-Quiero enseñar Nominación.

...

Elodin se encontraba en una situación que ya le resultaba familiar.
Estaba en un tonel.
Cerrado.
A la deriva.
Río abajo.
Camino al mar.
Todo por la culpa del cabrón de Hemme.
No le había hecho gracia su repentino interés por la enseñanza. Después de su anuncio, todos habían vuelto a sus respectivos dormitorios mientras mascullaban en su contra y en la de su madre.
Y al día siguiente unos sicarios fueron a por él mientras comía fresas silvestres, le ataron, le metieron en un tonel y le lanzaron al río.
Todo muy divertido.
Todo por culpa del cabrón de Hemme.
Se las pagaría.
Pero antes debía salir del tonel.


-...el primer borrador lo escribes con el corazón, el segundo, con la mente.-
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Hoja de Personaje
Nombre: Hans Boggart
Sexo: Hombre
Edad: 28

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