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La Última Danza de Ceniza (SIN EDITAR)

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La Última Danza de Ceniza (SIN EDITAR)

Mensaje por Old Medie el Sáb Mayo 17, 2014 4:32 am

Hola compañeros, tenía ganas de compartir con ustedes el relato que escribí para el concurso de este año, como debía tener cierta cantidad de páginas el que subí estaba editado, el que les dejo no. ¿Algo cambia? Sí, hasta tiene otro final.

Saludos




posibles títulos:

  • La última danza de Ceniza [OK]
  • La última noche de Ceniza
  • Delirio en la nieve
  • Espada, Capa y Sangre


La Última Danza de Ceniza

I


—Ni un vínculo simpático, ni alguna clase de 'magia' que te hayan enseñado en tu escuela te servirá —dijo desenfundando una sonrisa tétrica, revelando sus dientes perfectos y blancos —. ¿Qué esperabas? ¿Qué después de tanto tiempo no tomáramos esas precauciones?

Ambos oponentes se miraban fijo a través del la noche, daban vueltas dibujando un círculo en la nieve como un ritual de muerte, haciendo que las luces de las farolas de la ciudad danzaran en sus cuerpos.
El chico tiró al piso sus artilugios, con algo de rabia, petrificando un ceño fruncido en su rostro. No quería desenvainar su espada tan luego, quería guardar la sorpresa hasta el final. Envuelto en su capa negra llena de finos copos, movió sus manos enguantadas para tomar la empuñadura, la sacó haciendo un floreo y revelando toda la magnitud de la hoja a su oponente, él simplemente sonrió como antes. Claramente no era lo esperado, pero el chico supo ocultar su decepción.

—Vaya, la espada tan luego. —soltó el hombre, casi como un reproche—. Tú sabes que yo soy más de puños —dijo alzando sus manos níveas, desnudas, para que el chico las viera—. No suelo usar la espada con los humanos, claramente no merecen la pena. Al menos que necesite verlos por dentro —reveló una sonrisa gélida y añadió—: Pero tú sabes que esa es mi última opción, tú bien sabes que me gusta aumentar su sufrimiento todo lo posible.
Los ojos del chico chispearon revelando un verde profundo y oscuro. El hombre simplemente rió de buena gana soltando todo el aire que tenía, llenando su pequeño círculo del vaho de su aliento, por fin había hecho que el pelirrojo se enojara de verdad.

Ambos se quedaron quietos, como si se hubieran puesto de acuerdo. Pasó casi todo un minuto mientras se miraban el uno al otro, uno con una sonrisa, el otro con un odio sordo. El dulce y acre olor a flores podridas y pelo quemado del vaho del hombre se mezcló con el olor del metal frío de la espada del chico. Por fin el hombre acercó la mano a su empuñadura, desenvainó lentamente, revelando su terrible espada de a poco. Era tal cual como la recordaba el chico, un trozo de invierno, de filo como escarcha, empuñadura de témpano y en la punta, brillando, un trozo de luna llena.

El solo hecho de sacar la espada hizo a las aves nocturnas emprender el vuelo, a los gatos huir y a las personas, que dormían en sus casas rebullirse entre sueños. El instinto les decía que la muerte andaba cerca. El muchacho también lo sintió, pero supo soportar el miedo y las inevitables ganas de salir corriendo, como un siervo al oír las trompetas del cazador.

El hombre dio un paso hacia delante, luego otro calculando al chico, con su imperecedera sonrisa, esperando a que retrocediera. El chico buscó una posición, firme como montaña, sin demostrar el miedo que le revolvía las entrañas, listo para atacar. Al ver que no retrocedía, fluido y mortal como una avalancha el hombre lanzó el primer golpe, el cual fue recibido con un movimiento elegante y premeditado. El hombre lanzó un par de golpes más, analizando los movimientos del chico. Estaba claro que conocía el ketan.
El hombre atacó lento y sinuoso, expectante de como lo detendría el chico, el muchacho detuvo los golpes, con agilidad viva, ansioso por encontrar un espacio en la defensa de su oponente para contraatacar. Poco a poco su danza macabra cobraba velocidad y poco a poco los tañidos de las espadas llamaban a despertar a las gentes del lugar. Las personas se asomaban por las ventanas y del gran local frente a la plaza el sonido de la música dejó de sonar tan fuerte para dejar espacio al sonido de la pelea. Las espadas chocaron, una y otra vez, el hombre realizaba los golpes certeros y calculados, el chico los detenía y retrocedía. El hombre era como el agua, abarcando todo el espacio, moviéndose al son de la corriente, sus patrones eran precisos y mortales. El chico era como la roca, estático y resistente, no dejaba pasar golpe y sin embargo se resquebrajaba y cedía de a poco, ante la inevitable erosión.

La única música que sonaba en medio noche era la que escapaba por la puerta del Eolio, a pesar de que era invierno solían mantener la puerta abierta pues el local siempre era un hervidero de gente. El primero en notar la pelea fue el portero, sin fijarse mucho, tomó la pelea como una lucha de nobles borrachos.
Extrañamente la música del Eolio, que rara vez dejaba de sonar paró para dejar llenar el lugar del sonido de las frías espadas. Los más jóvenes salieron del local para ver el espectáculo que se desarrollaba frente a la fuente, siempre era un gusto ver a dos idiotas pelearse. Los más viejos simplemente asomaron la cabeza para ver si era alguien conocido y luego volvieron dentro, no tenían ganas de enfriarse los huesos. En medio de la noche, entre la nieve y los vulgares gritos de los jóvenes que a esa hora ya tenían más licor que sangre en el cuerpo las dos figuras movían sus espadas, uno con furia, el otro con calma.

II


La capa negra del chico era como una sombra, frágil y sinuosa, siempre expectante del movimiento de su dueño, se movía como el manto nocturno dispuesto a ocultar y proteger a su portador. El chico la agitaba para distraer y usaba la capucha para ocultar su cabello rojo. El hombre llevaba sus largos rizos descubiertos, los que iban y venían con sus movimientos, blancos como nieve discurrían por su cabeza y caían hasta sus hombros de manera elegante. Ambos pisaban fuerte la nieve con sus botas, aferrándose al piso húmedo y resbaladizo, girando y atacando, sus pisadas agregaban un sonido más leve a noche que se perdía entre el choque del metal, los gritos y el repiquetear del agua de la fuente, que frente a ellos observaba, estática, la lucha.
De un momento a otro el hombre comenzó a atacar más rápido, su espada se deslizaba por el viento con toda la fuerza del invierno, cortando el aire como flecha blanca, apuntando, temible, al corazón del chico; quitándole el aliento, obligándole a moverse más rápido de lo que podía. El pelirrojo esquivaba y detenía la espada, el hombre lo llevaba a su límite y disfrutaba de lo sencillo que era poner en apuros al chico. Las puertas del Eolio se cerraron y las risas de los jóvenes frente al local cesaron, su respiración se cortó y quedaron prendidos del vertiginoso movimiento de la espada del ceniciento hombre, de pronto notaron ese sentimiento de temor profundo que despedía aquella espada, como un olor lejano que se apoderaba de sus corazones, acobardándolos. Se apegaron a la pared del local buscando la puerta con las manos, sin despegar la mirada de la lucha por temor a perder de vista aquella espada.

Cesura recibía los golpes y los detenía con precisión, retrocedía en la mano del chico y atacaba con fuerza y convicción. El pelirrojo encontraba espacios para atacar, pero se cerraban y tenía que improvisar, se movía dentro de los complejos pasos del ketan pero para acabar con su oponente necesitaba algo más que eso. La espada de escarcha del hombre silbaba en el viento, mostraba sus afilados dientes, y precisa y mortal cual era, cortó el brazo izquierdo del chico a la altura del hombro, rasgando la capa negra, su ropa y la tierna piel del pelirrojo hasta rozar sus fuertes músculos. El débil grito del chico no tardó en llegar, retumbando en la plaza, perdiéndose en el frío de la noche. Saltó hacia atrás haciendo distancia, se llevó la mano a la herida para detener la hemorragia, pero la sangre se escurría entre sus dedos.

—Hermoso —dijo el hombre, mirando la sangre manchar la nieve.
El pelirrojo bajo la mirada siguiendo la del hombre, vio su sangre escurrir por su capa y teñir la blanca nieve de rojo. Levantó su mirada, aireada y redoblada de odio para encontrar los ojos del hombre, negros.

— ¿Estás guardando lo mejor para el final? —dijo Ceniza, mientras bajaba la espada, estirando los músculos de sus brazos, como desperezándose—. ¿O es que esto es todo lo que puedes hacer? ¿Acaso te dejé vivir para nada, niño? —dijo, escupiendo la última palabra. Miró al chico con sus ojos de tinta, desapasionados.

El pelirrojo empuñaba aun la espada, apretaba fuerte el puño contra el corte. Su ira era como un ancho mar en que la noción de una herida grave navegaba sin rumbo ni timón. Sabía que debía escapar, detener la hemorragia o moriría desangrado en poco tiempo, pero, a cambio de salvarse perdería aquella oportunidad única.
¿Qué hacer? Espero toda su vida para vengarse, si arrancaba ahora ¿De qué serviría sobrevivir? El chico se debatía, miraba al asesino de sus padres con el pesado odio que con los años había formado. Ceniza se aburrió de esperar, lo tomó como una ofensa. Su sonrisa se borró como si nunca hubiera estado ahí, su rostro de endureció y una profunda rabia brotó de él. Aunque sus facciones seguían siendo humanas, tras esa careta yacía un demonio, y podías verlo a través se sus ojos. Su voz se crispó y verle la cara helaba la sangre.

— ¡Vamos, dame una pelea digna de ti, de tu nombre y tu leyenda! — gritó lleno de ira—. Déjame sentirme glorioso al hincar mi espada en tu vientre. Déjame pensar que hice algo maravilloso, en vez de simplemente quitarle la vida a un crío mugroso, que no tuvo otro motivo en la vida más que llorar la muerte de sus padres y ver frustrado su pequeño sueño de venganza… ¡Dame una buena pelea!

Kvothe se lanzó contra Ceniza, blandiendo su espada con furia y lagrimas, llenando su boca del nombre del viento, chocando Cesura una y otra vez contra la pálida espada de su adversario. El viento acudió a la plaza, llenando todos los rincones, volando los sombreros de los temerosos jóvenes, los que ya estaban sobrios a golpes de miedo. La capucha del shaed le descubrió el pelo, que sudado se le pegaba a la frente. Él hablaba mientras peleaba en la lengua antigua, dictándole al viento que apresara a su contrario, que detuviera el movimiento de hielo y escarcha de Ceniza. Pero la mano del hombre no se detenía, se paralizaba a segundos y luego volvía, ágil a componer los perfectos movimientos de demonio que con gracia desarmaban los mejores ataques del chico.

La nieve empezó a caer fuerte y constante gracias al viento que como tormenta acudía a proteger a Kvothe. El agua de la fuente corría hacia arriba desbordándose y el sátiro temblaba en su sitio por la fuerza de la ventisca. Ceniza sonreía mientras, por primera vez se defendía realmente con toda su fuerza. Aunque el viento le daba en la cara y la nieve le atizaba con fuerza era portentoso en su forma de pelear y no perdía nunca el ritmo. Tuvo que poner las piernas firmes en la nieve que le llegaba ya por las rodillas para no caer de espaldas mientras se defendía de los ataques más fuertes de Kvothe, recibía cortes mínimos en la ropa y brazos e intentos de puñaladas mientras el viento luchaba por tirarlo, aun así su defensa era magnifica.

Kvothe hablaba con el viento y atacaba junto con él, y Ceniza reía de buena gana mientras se defendía. Cesura golpeaba y mordía la piel de Ceniza, él esquivaba fluido y con arrogancia los mejores intentos de darle muerte. Detuvo los mejores golpes del pelirrojo, tan fuertes que cualquier espada se hubiera roto. Y los devolvió con furia y violencia contra el chico, obligándole a defenderse del ataque. Las espadas chocaban y chocaban sin dejar tregua hasta que débiles grietas asomaron en Cesura. Las espadas chocaron, soltando chispas que salían disparadas a infinito cielo nocturno. Ambos oponentes quedaron tan cerca que podían oler la ira del otro.

—Eso estuvo mejor —dijo Ceniza, casi contento—. Ahora veamos si estas a mi altura.

Su rostro compuso la peor sonrisa asesina que Kvothe hubo visto nunca, llenándose de miedo. El hombre tomó con ambas manos su espada y con todas sus fuerzas lanzó para atrás a Kvothe, tirándolo a la nieve unos metros más allá. Luego, con pasos ágiles cubrió el trecho y alzando la espada con la punta hacia abajo buscó atravesarle el corazón, Kvothe apenas tuvo tiempo de girar y hacer espacio pero su capa quedó en su lugar justo cuando la espada se enterraba en el piso. Como resultado el Shaed quedó atrapado y Kvothe tirando de el, Ceniza lo piso y con la mano libre cogió la punta de la capa y con su espada como una hoz cortó el Shaed por la mitad. El chico dio un grito de pánico, odio, y estupefacto tocó la parte rota de su capa, sintiendo entre sus dedos los finos hilos de sombra y luna deshilacharse y perderse entre sus dedos como agua. El trozo que tenía Ceniza también se deshilachaba, deshaciéndose como un sueño al despertar, hasta que ya no quedó nada de ella.

De pronto ya no había capa, ni hilos, ni algún indicio de que alguna vez hubo una. Kvothe aun no salía del shock, el viento soplaba frío en su cara la que no reflejaba ningún sentimiento, parecía tener una máscara como un Adem bien entrenado. Ceniza le miraba jocoso tratando de descifrarlo, avanzó hacía él con la punta de la espada en el piso, rozando los adoquines, llenando la plaza de un ruido metálico. Cuando estuvo frente a Kvothe movió su cuerpo a una velocidad tremenda, como un gran fuelle, su espada rápida, se movió como una parte más de su cuerpo, vibrante hacía arriba. El chico dio un solo movimiento hacia atrás, preciso, y esquivó el golpe.

Nuevamente empezaron su baile, pero ahora Kvothe era otro, no daba dos pasos si necesitaba uno, veía el viento, no se movía tres centímetros si necesitaba dos. Sus espadas crujían y chispeaban y Ceniza estaba satisfecho, el chico estaba a su altura. Peleaban como demonios, los golpes retumbaban en toda la plaza y desprendían la nieve de los techos provocando derrumbes blancos, la gente rezaba dentro de sus casas implorando la protección de Tehlu. Los jóvenes frente al Eolio tenían en corazón en la boca. Las terribles espadas chocaban y las grietas en Cesura cada vez eran más notorias. El fuego del chico y el hielo del hombre se fusionaban y se anulaban, eran uno.


III


Un golpe, fuerte y potente de la espada de Ceniza dio de lleno en la espada del chico. Sonó como si el frío piso de hielo de un lago hubiera crujido bajo los pies de Kvothe, el sonido invadió los oídos del chico sacándolo de su concentración, quitándole el nombre del viento. La espada fuerte, la que había estado por infinitas generaciones en manos de los Adem, Saicere, estalló como si fuera vidrio golpeado con un mazo. Los pedazos cayeron en la nieve quedando enterrados bajo la blanca capa. En siete grandes trozos el metal precioso se partió, y como si hubiera sido su propia mano, Kvothe sintió el dolor de su pérdida, aguda y profunda en su pecho.

—Los mortales practican esgrima por unas pocas décadas como mucho. —dijo Ceniza bajando la espada y levantando la vista sintiendo en su rostro los copos de nieve—. ¿Cómo podrían alcanzar la maestría que ofrece la inmortalidad?

Kvothe miró los restos enterrados de  su espada y luego a Ceniza, con la empuñadura en la mano apretándola con todas sus fuerzas, haciendo sonar el viejo cuero de sus guantes. Su rostro seguía imperturbable y respiraba tranquilo. Ceniza también lo miraba sintiendo sus ojos tras los suyos, como si lo tantearan por dentro, y por segunda vez borró su sonrisa. Avanzó hacia Kvothe tomando su espada con ambas manos, Kvothe susurró algo indescifrable, tiró la empuñadura y esquivó el corte, otro pero no el tercero. Con las manos desnudas no podía hacer nada más que esquivar, se movía ágil entre la nieve y no perdía la vista de la mirada de Ceniza, el hombre trataba con todas sus fuerzas de quitarle la vida, pero el chico era como el agua, perdiéndose entre los dedos de Ceniza en un patrón que el hombre no podía ver, a tan solo un metro el uno del otro, moviéndose al son de la corriente, esquivando y susurrando bajo el agua un nombre. La voz de Kvothe se volvió fuerte como piedra y acercándose a centímetros de Ceniza logró asirle los brazos con fuerza impresionante, el hombre trataba de zafarse pero los músculos de los brazos del chico eran como mil cuerdas trenzadas. Uno frente al otro, cara a cara, Kvothe compuso el nombre de Ceniza. Lo trajo del más amargo recuerdo de su infancia a la superficie, abriendo el hondo pantano de sus cicatrices cerradas.

Férula.

La agilidad mercúrica de Ceniza se tambaleó y cayó, y su cuerpo se volvió débil y su mirada aciaga esquivó los ojos de Kvothe, agachó la cabeza y sus rizos cayeron en cascada ocultando su rostro.

—Te condeno a morir bajo el peso de mi nombre.

Ceniza rió y su cuerpo se movió en espasmos de dolor y risa. El viento helado dejó de aullar y todo se silenció, Kvothe abrió las manos y el hombre cayó de rodillas en la alfombra fría de nieve.

—Este es tu fin.

—Hace tiempo cumplí mi cometido. A ti te quité tu familia, tu espada, tu capa. Y a tu mujer. ¿Qué tanto daño podrías hacerme tú a mí? La muerte para mi es un premio más que un castigo.

Ceniza alzó la mirada y de su rostro de porcelana ya no quedaba nada humano, sus rizos enmarcaban su rostro de demonio sin sonrisa y sin dolor. Le sonrió a Kvothe por última vez y al hacerlo las grietas en su cara se propagaron desde su boca por todo su rostro, como si fuera una máscara a punto de romperse. Se llevó las manos a la cara tratando de mantener las piezas en su lugar mientras de sus ojos caían lágrimas negras, todos se asomaron llamados por el silencio sepulcral, hasta la pálida cara de la luna asomó tras las nubes.
Las piezas blancas cayeron en trozos y un grito sobrehumano recorrió la plaza, las calles e Imre entero, las farolas de la plaza estallaron en un pulso que se expandió desde su cuerpo como una gran explosión, destruyendo los adoquines en donde se encontraba de rodillas. Un humo espeso y negro salió despedido de su rostro, escapando de su cuerpo como un gran cuervo enjaulado hasta que todo su cuerpo desapareció y sus ropas se consumieron en un fuego azul del que no quedaron ni las cenizas.

Kvothe se mantuvo de pie, observando con ojos muy abiertos el final de su oponente, sin perderse ningún detalle. Cuando todo terminó apenas pudo desclavar su mirada de los adoquines destrozados. Giró y dio un par de pasos lentos hacía la fuente, pero al dar el tercero cayó desvanecido.

IV

La plateada luz de luna destellaba sobre la plaza, y nadie se atrevía a mover un pelo. El cuadro onírico que tenían frente a ellos les descolocó de tal manera que era imposible saber si de verdad estaban despiertos o dormidos. Sólo un hombre, el portero del Eolio, tuvo suficiente valor para ir a ver si Kvothe aun respiraba. Corrió hasta él y le tomó un segundo dejar de mirarlo como si fuera un Dios dormido en su cama de hielo. Se agachó y le tomó el pulso, estaba vivo. Gritó por ayuda y del Eolio salieron un par de músicos que lo tomaron con sumo cuidado y lo levantaron.

—Dadme un segundo —. Susurró el pelirrojo.

—Tienes un terrible corte en la espalda Kvothe —dijo el portero—. Si no te cerramos la herida te desangrarás, ya has perdido mucha sangre.

—Quiero —dijo, tomándose una pausa para llenarse de aire los pulmones—. Quiero la espada.
Apuntó hacía los adoquines con una mano trémula. Uno de los hombres caminó lentamente entre la nieve, agachó su cuerpo sólo lo suficiente y sacó de entre la nieve la espada, rápido, como si en vez de fría estuviera hirviendo. La tomó con miedo, corrió y se la puso en el pecho a Kvothe. El chico tomó con ambas manos la empuñadura, con el filo apuntando hacía sus pies, observó el piso en donde había caído y la nieve roja mientras lo llevaban dentro del Eolio.


V


— ¿Es realmente él? —dijo uno de los tres hombres que se había quedado, luego de que todos hubieran escapado de El Eolio después de que hubieran traído a Kvothe mal herido.

El chico yacía sobre la barra sin camisa y envuelto en largos trozos de tela blanca salpicada de rojo que había servido para contener su sangre. A Deoch le había costado muchísimo detener la hemorragia de la espalda, el corte recto que le había hecho la espada de Ceniza no era, para su suerte, profundo, pero hasta el portero se dio cuenta que aquella herida no se cerraría fácilmente, y era seguro que a Kvothe le quedaría una cicatriz terrible. Un último recuerdo.
Gracias a la simpatía evitaron que muriera desangrado y de hipotermia. Deoch envolvía en tela la herida del brazo y Stanchion preparaba los caballos para partir a la Clínica de la Universidad cuanto antes.

—Cuando se lo cuente a mi tío no me creerá. Ni yo puedo creerlo y lo vi —dijo un hombre, que podría haber pasado por un noble rico si no hubiera sido porque ayudó con simpatía a salvar al pelirrojo. Estaba sentado frente a Kvothe en un taburete en la barra, aún tenía la copa de vino en sus manos llena.

—Mató a un demonio, será difícil de que lo crea cualquiera —dijo el hombre de barba insipiente y arete que envuelto en su capa miraba al chico desde lejos. Apoyado en una mesa jugaba con un talento de oro, pasándolo entre los dedos.

—Los dos eran demonios —dijo el violinista de cabello largo, sentado junto al hombre de la barba. Bebió un sorbo de sidra y miró sombrío a Kvothe.

—No digas tonterías —replico Deoch, molesto—. Fueron los únicos que me ayudaron a meterlo dentro del local. Gracias. Ahora son libres de irse.

—Déjalo —contestó entrecortado Kvothe —. Tiene algo de razón. No hice caso, me dejé llevar por el delirio.

Los cascos de caballos se sintieron llegar, la puerta se abrió de par en par y Stanchion entró raudo. Entre todos levantaron a Kvothe y lo llevaron al carro.

El delirio. El delirio —dijo apenas Kvothe, tratando de asir con su mano la espada de Ceniza, sin éxito.
Los hombres lo sacaron del local sin hacer caso a lo que hablaba. Con su temblorosa voz el pelirrojo logró articular un grito que se pudo escuchar por toda la plaza, dentro del Eolio y algunos cuentan, que hasta la Universidad.

¡El Delirio!


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Re: La Última Danza de Ceniza (SIN EDITAR)

Mensaje por Dinnaeh el Sáb Mayo 17, 2014 11:04 am

El título está genial, es este o el último: Espada, Capa y Sangre, que también mola.

Es muy, muy bien, me encantó todo: la pelea, los diálogos entre ellos, las descripciones poéticas. Prefiero el de sin editar, prefiero en este como empiezas y como acabas. Por que ese contraste con lo que hemos estado leyendo durante todo el rato y las dos últimas partes con las conversaciones de simples mortales, y de nuevo escuchar como hablan de él, me recuerda a los interludios del libro, que después de estar sumergidos en la historia que nos relataba Kvothe, es como despertar tras un profundo sueño xD. En el otro no se quedaba con la espada y en este explicas que Delirio, como algunas teorías suponen, es de Ceniza, me encanta eso de que se la apropie, un símbolo de su pelea ganada con el enemigo del buscaba venganza toda su vida. Gobelin 
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