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Mensaje por Alraisen el Lun Jul 07, 2014 12:57 pm

Reglas de Casa y Candy Land

Si has estado leyendo mi blog durante un tiempo, o me has seguido en cualquier medio de comunicación, sabes que soy un gamer.
Supongo que por eso es normal que juegue con mi hijo.
También habrás supuesto que soy un cabronazo irritable que critica a prácticamente todo. Y por eso es normal que encuentra algunos de los juegos irritantes.
Por ejemplo, Candy Land:

http://blog.patrickrothfuss.com/wp-content/uploads/2014/03/orenstein_candyland.jpg

(Así era le versión de mi infancia.)

No voy a soltar un rollo sobre diseño de juegos...
Dios. Estoy mintiendo. Claro que lo voy a hacer. No quería. Solo iba a venir aquí y contar una historia muy mona de mi hijo en menos de 600 palabras. Pero tengo que soltar esto o de lo contrario reventaré alguna vena. En serio que no debería dejar esto dentro. Prometo que será un rollo inteligente y pequeño. ¿Vale?
Querido cualquiera: Los juegos para niños deberían ser juegos.
Lo sé, lo sé. Lo principal de un juego para niños no es la competición. No tiene que ser estimulante. No estamos jugando Traveller. No esperamos las intricadas maquinaciones de Go. Lo entiendo. Hay dos cosas elementales que dan todos los juegos infantiles:
1. Te da una excusa para estar un tiempo con tu hijo.
2. Da a tu hijo las reglas básicas de un juego.
El segundo no debería ser pasado por alto ( https://www.youtube.com/watch?v=M0VOVuxiahk ).  Cuando empecé a jugar con Oot hace más o menos un año, estaba sorprendido de cuánto de ello no es normal. Los conceptos de seguir las normas, respetar los turnos. Tienen que aprenderse.
Vale. Sé que esas son las razones principales por las que juegas un juego de mesa con tu hijo. Pero aun así, puede haber algo parecido a un *juego*.
Piénsalo. La razón principal por la que comemos es para conseguir calorías y nutrientes. Pero no nos sentamos y nos comemos una manteca de cerdo y un multivitamínico de una sentada, ¿verdad?
No, no lo hacemos. No dos veces, desde luego.

***

Me acuerdo de jugar Candy Land con mi madre. Era divertido. Pero era un niño, así que tenía pocas exigencias para que algo fuese divertido. Prácticamente cualquier cosa que un adorado hijito hace con sus padres es divertido. Cuando era mayor, mi madre me contó que se había cansado del juego. Escondía las cartas dulces de bajo nivel porque hacían que el juego fuese eterno.E
El tedio no hace que sea un buen juego.
Me sentí igual que mi madre cuando, después de unas cuantas partidas con Oot, empecé a hacer lo mismo. Porque *es* tedioso, y no solo para los adultos. Oot empezaba a moverse a mitad del juego. No porque tuviera falta de atención, pues Oot puede estar leyendo un libro durante horas. Puede resolver un puzzle solo.
No. Está aburrido porque es tedioso. Está aburrido porque no hace falta habilidad en el juego. Dibujas una carta, miras la carta, la relacionas con un color, mueves tu ficha.
Juegos que no requieran habilidad no son buenos juegos.
Ayer, tras meses sin jugar, volvimos a sacarlo para echarnos una partida. Porque quería, y porque lo preguntó amablemente. Puedo soportar un poco de tedio si hace feliz a mi hijo.
Pero cambiamos el juego un poco. Hicimos una regla de casa por la cual coges dos cartas y decides cuál escoger.
Con este pequeño cambio, Candy Land se convirtió en un juego.
Todavía tenía una parte rara, claro, pero al menos se requería un poco de habilidad. Tenías que hacer decisiones.

http://blog.patrickrothfuss.com/wp-content/uploads/2014/03/CandyLand5.jpg

¿Qué va a ser, mi hombrecito? ¿Verde o rojo?

De pronto, el juego se volvió divertido para los dos. No sólo hacía *mucho* más rápida la carrera al castillo. Tampoco debías temer tener una carta "backer" (que es a lo que Oot llama una carta que te hace retroceder).
Lo más importante, de pronto había que elegir. Tenía una razón para prestar atención. ¿Qué carta querrás? ¿Cuál te hará moverte más lejos?
Lo que de verdad me impresionó ocurrió cuando llegamos a este punto.

http://blog.patrickrothfuss.com/wp-content/uploads/2014/03/CandyLand4.jpg

-Oh, no- dijo-, ¡espero que no me toque una verde!

(No quería encontrarse con un Hoyo de Regaliz. Si te toca en esa casilla en concreto, pierdes un turno.)
Como me tocaba, lancé los dados y moví. Cuando le tocó, cogió una doble naranja y una doble verde.
-Elijo la verde porque me gusta el verde- dijo. Entonces cogió la pieza y miró el tablero. Volvió a dejar la pieza.
-No, mejor- dijo-, elijo la naranja.
Os digo que casi reventé de orgullo y alegría.
Con este cambio de reglas, el juego se convirtió en algo divertido para los dos. Incluso intentaba engañarme.

http://blog.patrickrothfuss.com/wp-content/uploads/2014/03/Candyland3.jpg

Y que yo sepa, esa es una parte tan importante de jugar un juego como la de seguir las reglas o respetar los turnos.
Ese pequeño y hábil bastardo incluso intentó que me equivocase cuando cogí el polo.

http://blog.patrickrothfuss.com/wp-content/uploads/2014/03/Candlyland2.jpg

Fue como:
-Deberías coger la doble azul, papá.
De nuevo, casi resplandecía de orgullo y alegría. Ese es mi chico. Si no puedes ganar con las cartas, ganas con tu lengua.
Le gané la primera vez. Estuve tentado de dejar que ganase, ya que podía ver que no estaba contento. Pero así no le estaría haciendo ningún favor. Esa es otra cosa que nos enseñan los juegos: cómo perder. Cómo tratar con la decepción. Cómo tratar con el hecho de que, a veces, te tocan cartas de mierda y no puedes hacer nada. Y eso da asco. Aguántalo. Le pasa a todo el mundo.
Además, Oot también me enseñó qué pasa cuando no juegas de verdad con tu hijo:

http://www.youtube.com/watch?v=mXWSkBp0z8Y

Así que en la primera partida le gané. Se lo tomó muy bien, ya que ahora el juego era corto con la nueva regla, y por es podía hacer la revancha. Y como no había sido un arrastre aburrido por una montaña de azúcar, a mí no me importó jugar de nuevo.
La segunda vez también empecé con ventaja. Pero no lo hice, y aun así mi hijo me ganó. Así que esa también es una lección para mí: a veces, debería dejar que las cosas se desenvuelvan solas.
También estaba bien ver cómo mejoraba en lo de escoger cartas. Antes, siempre escogía los dobles en vez de los solos. Pero también escogía las azules o las verdes porque simplemente le gustaba más el color.
No le decía que estaba equivocado, simplemente escogía los turnos y decía:
-Hmm, si cojo la azul llego hasta aquí. Si cojo la naranja, llego hasta *aqui*. Voy a elegir la naranja, porque me lleva más lejos.
Para la segunda vez que jugamos, Oot hacía lo mismo. Porque los niños son inteligentes. Están hechos para aprender.
¿Por qué os estoy contando esto?
Bueno, en parte porque me gustan los juegos, y en parte porque me encanta hablar de mi hijo.
Pero también estoy contando esto porque supongo que muchos de vosotros tenéis hijos, o los *tendréis*. O al menos jugaréis con niños. Y éste era un cambio tan sutil y elegante que no podía evitar compartirlo.
Si tenéis algún juego infantil que os encantaría compartir, ponedlo en los comentarios.
Jugad limpio,
pat


"El corazón va allá donde el corazón desea."
"¿Por qué todo el mundo dice que hay algo más bonito que no han visto?"
Baam, Torre de Dios

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