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La historia de Yukane

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La historia de Yukane

Mensaje por Jacktash el Dom Jul 20, 2014 8:13 pm

La casa era pequeña, acogedora. En el medio de la sala principal había una mesa, rodeada de sillas, la cual en estos momentos estaba patas arriba. En frente de la mesa se encontraba una chimenea, normalmente estaba apagada, pero este ciclo estaba haciendo más frío que los anteriores. Las habitaciones, contiguas a la sala, eran simples, constaban de una cama, una mesa (con su respectiva silla) y una vela.
La mujer del propietario de la casa estaba dando a luz. Era su segundo hijo, el mayor, Jar, tenía doce años y estaba jugando con sus amigos fuera. Cras, el padre de la familia estaba ayudando a su mujer, Hega, a parir. Aunque no era médico de profesión, Cras tenía nociones sobre medicina, ya que había estado estudiando durante tres bimestres en La Universidad. El parto no se complicó y Yukane pudo nacer bien. Con el llanto del pequeño recién nacido, Jar entró en casa, y la cara que se le quedó cuando vio al pequeño de los Shuja, no se lo podía creer, iba a tener un hermano pequeño.
El pequeño tenía los ojos de un verde oscuro que se fundían con la naturaleza. Todo en él era normal, todo salvo una extraña marca que tenía en la pierna, a la altura del gemelo. Sus padres, cuando lo vieron, pegaron un grito y, tal fue la magnitud de éste, que todos sus vecinos se acercaron a la casa asustados, por si pasaba algo. Mientras Hega cuidaba del niño, Cras salió a dar una explicación a la gente que estaba fuera.
- No se preocupen, mi mujer, que se ha tropezado y… como llevaba al niño encima y casi se le cae… pero vamos, no es nada, nada malo – a Cras no se le daba bien mentir, así que cuando volvió a entrar suspiró y se quitó el sudor que le caía de la frente.
- ¿Qué les has dicho? – le preguntó Hega.
- Que te habías tropezado, algo sin importancia.
Dicho esto, se acercó a su mujer y a su hijo, y volvió a mirar la marca, y después a su mujer. Vio como se le caían las lágrimas y él hizo lo mismo. Ambos sabían que, si no morían pronto, les esperaba una vida llena de sufrimiento y agonías.
El fuego azul, la marca más característica de los Chandrian, estaba plasmada en el gemelo de Yukane y eso solo podía significar una cosa. Habían dado a luz a un nuevo Chandrian. Pero en ninguna de las historias que habían oído de Táborlin y de los Chandrian había aparecido ningún niño con una marca así, por lo que no podían dar nada por hecho, pero cuando una idea se establece en la mente de una persona, ni siquiera un nominador podría sacarla de ahí.
Esa noche, cuando Yukane y Jar estaban durmiendo, sus padres, Hega y Cras se sentaron en un banco que había fuera y empezaron a hablar del asunto.
- Querido, ¿crees que deberíamos matar al niño?
- ¡¿QUÉ?! No. Rotundamente no.
- Pero la marca…
- La marca, es eso, es solo una marca. En mis tres bimestres en La Universidad no leí nada sobre marcas de fuego azul en Chandrians, ningún maestro dijo nada y yo no pregunté. De todas formas, no era más que un E’lir.
- Quizá, pero…
- Pero nada, no te preocupes más. Me voy a dormir, hoy ha sido un día largo.
Beso a su esposa y se metió en la casa. Hega se quedó sentada, parecía esperar a alguien. De repente, de entre unos arbustos salió un joven. Tenía el pelo negro, que le caía por los hombros. Sus ojos eran de un azul muy claro, que cualquiera que los hubiese visto, habría creído que de un hechizo se trataba. Era Tammat, un Adem. Pero no era un Adem corriente, aunque nació en Ademre, Tammat, a la edad de dos años, llegó al mundo fata gracias a una puerta de piedra que se encontraba en las montañas. Éste había conocido a Hega en el palacio de Remmen, rey del Crepúsculo y de Telwyth Mael, como invitada de su hijo, Bastas.
- ¿Lo has oído todo? – le pregunta Hega.
- Sí. Y no debes preocuparte, tu marido tiene razón, esa marca no significa nada. Bueno, al menos nada malo, quiere decir que tu hijo va a tener relación con los Chandrian, para bien, o para mal.
- Bueno, eso lo tendré que ver yo.
- No he conocido persona más cabezota que tú, Hega.
- No sé si considerarlo un cumplido.
- Haz lo que quieras – Tam había dejado de lado la conversación, fijándose en una tenue luz blanca que se encontraba en el bosque.
- ¿Qué miras? – preguntó Hega, mirando al bosque.
- Parece que alguien viene a visitarnos. Y no puede ser bueno. – el tenue resplandor blanco que emitía la luz se apagó y dejó que el azul iluminase el bosque.
El rostro de Hega solo expresaba miedo, sabía lo que quería decir el fuego azul, pero no estaba preparada para afrentarlo, en cambio, Tam mantenía la inexpresividad de rostro, típica de los Adem.
Los Chandrian.
- ¡Cras! ¡Jar! – gritó Hega con todas sus fuerzas.
De la casa salió un hombre con el pelo blanco.
- Encantado de conocerle, Amyr – el hombre formuló una pícara sonrisa, y sus ojos se centraron en Hega.
- Ceniza... – Hega conocía muy bien a este hombre – Mucho tiempo he estado esquivándote.
- El tiempo se ha acabado…
Detrás de Hega, de entre las sombras, salió una voz. Ceniza desenvainó su espada y atestó un golpe mortífero a Hega, que lo esquivó, y terminó dándole a Tam.
- ¡NO! – la desesperación reinaba en el rostro de Hega.
Con un certero movimiento, Ceniza decapitó a Hega.
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