Tres días de Kvothe
Últimos temas
» Hola a todos
por Thétalo Hoy a las 1:46 am

» Duelo de portadas
por Gwynbelidd Hoy a las 12:52 am

» Elige la mejor canción
por Netalia Ayer a las 9:28 pm

» Clue (versión Temerant).
por Edeus Ayer a las 10:06 am

» ¿Qué estás escuchando?
por Rhasent Ayer a las 12:32 am

» II Concursos de minirelatos 2017
por szao Sáb Nov 18, 2017 1:48 pm

» Volar. Me gusta volar.
por AtitRuh Sáb Nov 18, 2017 9:35 am

» Serie sobre El Señor de los Anillos
por szao Vie Nov 17, 2017 11:02 pm

» Ya tenemos fecha de lanzamiento para la edición décimo aniversario de El nombre del viento
por Bluecat Vie Nov 17, 2017 12:24 pm

» Titula la novela a partir de la imagen
por Krismaril Jue Nov 16, 2017 11:22 pm

Conectarse

Recuperar mi contraseña

Sondeo

¿Qué personaje de la saga se ganó tu odio?

 
 
 
 
 
 
 

Ver los resultados

Twitter
Twitter

El monje y sus perros | Editado 04.08.2014

Publicar nuevo tema   Responder al tema

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

El monje y sus perros | Editado 04.08.2014

Mensaje por Old Medie el Vie Jul 25, 2014 7:13 am

Hola chicos, de aquí a que vuelva a la universidad tendré algo de tiempo libre y se me ha ocurrido que podría llenarlo haciendo una de las cosas que me gusta: escribir. Así que les presento una historia que para bien o para mal aun no ha decidido que tan larga ha de ser, la iré actualizando de vez en cuando y por si acaso tendrán que entrar para ver si posteé algo nuevo porque tendré, seguramente, que editar mi mensaje para agregar más historia.

Sin más preámbulos:




El monje y sus perros


La campana del convento tehlino sonó particularmente fuerte aquella mañana fría. El joven monje Títere había ingresado hace poco a la comunión y estaba lleno de energía para tocar la campana, «Pero no para ayudarme con el huerto» pensó Feren arrastrando una pala y con un saco de tierra de hojas en el hombro. Miraba la torre de la campana donde se podía ver la silueta gris del hermano Títere mientras tiraba de la gruesa cuerda de la campana.
Cuando llegó al huerto vio que había mucho trabajo por hacer, había que sacar las zanahorias y las lechugas, y también recolectar las manzanas ¡Y encima tenía que plantar las calabazas! No era trabajo para una sola persona, ni siquiera para dos, pero los hermanos habían visto mermadas sus filas durante los últimos meses. Luego de que estalló la guerra muchos hermanos habían sido muertos por razones estúpidas y habían pocos hombres que eligieron la iglesia sobre las trincheras: uno había muerto cuando sacaba agua del pozo, dos habían muerto en un asalto a su carromato cuando traían panales al convento, tres cuando entraron a robar a la iglesia de Tarbean, y ni siquiera pudieron evitar que robaran los candelabros de plata. Varios habían muerto cuando fueron a Tarbean a buscar a los hermanos que quedaban en la iglesia, unos pocos llegaron y dieron por perdido el lugar, los rebeldes lo tomaron y usaron como fortín. Al final el único lugar seguro era el convento, varias familias habían ido a dejar a sus hijos allí con temor de que los reclutaran para la guerra, entre ellos estaba Títere, un niño flaco y no tan alto como Feren. Usaba lentes y tenía un cabello un tanto rubio que no se podía peinar con nada.
Feren comenzó a escarbar la tierra removida con la pala, haciendo una hilera para luego sembrar las semillas de calabazas. Después que bajase Títere le pediría que trajera los cestos y tendría que recolectar las zanahorias o las lechugas, estar metido en la tierra sería su castigo por ofrecerse a ir a tocar la campana cuando tenía que haber ido con él al huerto.

La campana dejó de sonar y Feren miró la torre, por fin Títere iría a ayudarle. Siguió haciendo los surcos en la tierra cuando la pala chocó con algo. «Le dije a ese idiota de Títere que sacara todas las piedras» pensó molesto Feren. Hincó una rodilla en la tierra y comenzó a escarbar para sacar la piedra y dio con algo blando. Removió la tierra con la lentitud de quien está aburrido de su trabajo y dio con ello. Lo primero que vio fue la tez blanca y fantasmal pero no notó hasta que encontró el cuero cabelludo del color de la madera que era una cabeza. Saltó hacia atrás muerto de miedo, se arrastró hasta dos metros para alejarse de aquello. Se puso de pie trabajosamente, respirando agitado y con los ojos muy abiertos como un caballo de carreras mientras se tocaba la rueda de hierro que le colgaba en el cuello. Se calmó como pudo y avanzó entre la tierra removida hasta el muerto, removió la tierra nuevamente, ésta vez con asco. La cara quedó revelada, era una chica, no solían aceptar chicas en la iglesia, pero el Maestre Medieval la había dejado ahí luego de haber peleado con medio convento por aceptarla.

— ¿Qué sucede maestre Feren? —dijo Títere desde las zanahorias, la túnica gris le iba grande y la tenía manchada de polvo de la torre.
—Llamad al Maestre Medieval, y a los hermanos del mortuorio.
— ¡Por Tehlu! ¿Hermano Feren, alguien ha muerto?
—Es Dinnaeh.

* * *

Los monjes mortuorios habían tenido mucho trabajo desde que estalló la guerra, aun así había demasiados cuerpos que no iban a parar a los conventos ni a los cementerios, muchos soldados quedaban tendidos en las zanjas en los campos de batalla y varios otros cientos lanzados a simples fosos comunes. Ya quedaban pocos soldados, las armas, armaduras y escudos sobraban. El Rey estaba ofreciendo un sueldo de plata por enrolarse en el ejercito porque se le estaban acabando los soldados para pelear contra aquellas cosas.
Sobre toda esa muerte encima tenían que soportar la muerte de los suyos. El encargado de los monjes mortuorios, el Maestre Fasp, hace tiempo pedía a los superiores más dinero para comprar féretros, madera y bálsamos para encargarse de los muertos, pero luego de que le entregaran el dinero no supo donde gastarlo, en todos los almacenes de Tarbean se habían acabado. Al final tuvo que conformarse con envolver en sábanas a los muertos. Y así estaba Dinnaeh, envuelta en una sábana blanca.
Antes de enterrarla el Maestre Medieval le pidió ver el cuerpo. La chica estaba desnuda sobre una mesa de madera que solían usar en el salón para limpiar y vestir a los muertos. Fasp había descubierto algunos moretones en los brazos y piernas de la chica. La niña era joven y hasta muerta se veía hermosa. El Maestre Fasp informó con dolor al Maestre Medieval otra cosa que había descubierto, había sido violada. El Maestre Medieval con un grito entre la ira y el dolor destruyó la mitad de los instrumentos del salón mortuorio.

«Ahora tendré que ir a Tarbean a comprar nuevos instrumentos» pensó el Maestre Fasp dando un suspiro.
— ¡Manos negras! Medieval, sé que te dieron el cuidado personal de ésta niña, pero mantén la cordura.
—No lo entiendes —dijo con los ojos llenos de lagrimas el Maestre Medieval—. No sólo está muerta, sino que fue alguno de nosotros quien la violó y mató.
—Está claro quien fue —dijo Fasp—, ve a por esos chicos que aceptamos hace tres días. Arl, Kandrian y el otro mocoso. Seguro que uno de ellos fue.

El Maestre Medieval se peinó la barba bien recortada con los dedos, no había pensado en esos niños. No debía pensar en esos niños. La imagen de Kandrian se le vino a la mente de inmediato, como miró a Dinnaeh en el comedor, esos ojos estaban llenos de lujuria.

—Sé con quien tengo que hablar. Maestre Fasp, ve con el Maestre Bast, dile que junte a todos los hermanos en la iglesia, tenemos que hablar sobre esto.
—Pero debemos enterrarla antes —dijo Fasp.
El Maestre Medieval miró a la chica con pena, agarró las sábanas y la envolvió con cariño. No sabía como iba a decirle a su hermana que su hija estaba muerta, muerta dentro del convento donde se supone que estaría más segura que en el caos que suponía el mundo. Dio un hondo suspiro.
—Dele entierro cuanto antes Maestre Fasp.

El Maestre Medieval salió del salón mortuorio con paso firme, fue de inmediato a las habitaciones de Arl.
Abrió la puerta sin tocar antes y lo encontró jugando con su espada de madera. Se había sacado la túnica, abajo vestía sencillos ropajes de cuero y lana. El chico se exaltó.

—¡Padre! —dijo escondiendo la espada en su espalda.
—Te dije que no tienes que llamarme padre aquí —dijo el Maestre Medieval—. Ponte la túnica y esconde esa espada bajo la cama, no debí dejar que la trajeras.
El chico hizo todo rápidamente, se pasó la túnica por el cuello y metió los brazos en las largas mangas. El Maestre se sentó en la cama y le dejó un espacio al chico.

—Debemos hablar —le dijo a su hijo.
—De que se trata, ehm, Maestre.
—Maestre Medieval —dijo solemne el Maestre.
—Maestre Medieval —dijo el chico un tanto avergonzado.
—Arl, te lo diré una sola vez, y espero que contestes con la verdad ¿Sabes que ocurrió con Dinnaeh?

El chico abrió la boca, pero antes de que hablase se abrió la puerta de la habitación.

—¡Maestre Medieval! —dijo un novicio lleno de polvo y tierra del huerto.
—¡¿Qué sucede niño?! ¿Por qué nos interrumpes así?.
—¡Es el Maestre Feren! Está... está
—¿Está qué? —dijo el Maestre Medieval molesto, se puso de pie.
—¡Está muerto!

* * *

— ¿Cuántos de nosotros manejan cuchillos? —dijo asustado el ayudante del Maestre Fasp.
—Sólo los monjes encargados de las cocinas, nadie más tiene un cuchillo, o una daga o algo con filo —dijo el Maestre Medieval.
—Esto es sumamente preocupante Maestre Medieval —susurró el Maestre Fasp, hizo salir a su ayudante por una sábana de las lavanderías—. Debemos hacer algo de inmediato, no puedo creer que haya un asesino entre nosotros. Todos vimos a la chica ayer, la mataron de seguro en la noche, su cuerpo llevaba la rigidez de un muerte hace horas. Y el Maestre Feren, él no lleva muerto ni treinta minutos. Quien le cortó la garganta debe estar ahora reunido con los demás en la iglesia. Un cocinero. Estoy seguro que debió ser Beinwin, ese chico nunca me inspiró seguridad.
—No te apresures Fasp, ambas muertes están vinculadas, debemos saber cómo.
—Una violación, el cuerpo es enterrado en el huerto y luego muere Feren después de encontrarlo. Lo mataron porque la encontró —dijo mientras caminaba hacía su mesa el Maestre Fasp.
—No tiene sentido —dijo el Maestre Medieval siguiéndolo—, hubiera sido útil matarlo antes de que le dijera a todo el mundo, pero no después, debió matarlo por otro motivo.
El Maestre Fasp descorchó una botella de vino y sirvió dos vasos. Los hermanos llevaban más de una hora reunidos en la iglesia sin saber porqué oficialmente, pero ya corría el rumor de que Dinnaeh había muerto y que el Maestre Feren le había seguido. Estaban todos los hermanos inquietos y con miedo.

Desde las ventanas del salón mortuorio entraban las luces de la mañana, el Maestre Medieval apuró su vaso de vino y se sirvió un poco más.
—Debo hablar con el Maestre Cocinero y con sus dos ayudantes de cocina. También hay que apartar a Kandrian, tengo mis dudas con ese chico.
—Así será Maestre Mayor —dijo el Maestre Fasp. Vació su vaso y abrió la puerta, lanzó unos gritos para apurar a su ayudante, el chico entró y los dos envolvieron al Maestre Feren.

Los tres salieron del salón mortuorio con rumbo a la iglesia, el son invernal no ayudaba al abrigo, había que sacar luego las zanahorias y las lechugas sino las heladas las echarían a perder. Entraron a la iglesia y el Maestre Fasp tomó la palabra. Explicó a la comunidad sobre las muertes e informó que todos tenían desde hoy que ir en parejas a donde fuera, se decretaría un toque de queda y apenas el sol cayera todos los hermanos tendrían que estar en sus habitaciones. Luego de que todos salieran el Maestre Medieval hizo llamar al novicio Arl y habló con él en su despacho. El chico le informó sobre los dos chicos que habían entrado con él al convento, Kandrian no hablaba mucho y se notaba que no quería por nada del mundo ir a parar a un convento, mucho menos convertirse en novicio. Antes de llegar allí era un escudero en la guerra, pero sus padres decidieron traerlo de vuelta a casa cuando supieron que no eran humanos con quieren iría a pelear.
Devi, el chico con el pelo rojizo, no hablaba nada, tenía miedo de todos y pasaba siempre en la biblioteca o en la iglesia, hacía sus labores en silencio y con presteza y evitaba los baños y el comedor, siempre trataba de ir cuando estaba medio vacío.

—¿Recuerdas el fardo con paja, en donde te dije que metieras tu espada de madera? —le preguntó el Maestre Medieval al novicio.
—Si, Maestre... Maestre Medieval.
—Esos chicos, aparte de los caramelos y los libros ¿Metieron algo más?
—Pues, ehm —el chico se puso notablemente nervioso y el Maestre supo de inmediato que le ocultaba algo. Desde que tuvo aquel niño con la mujer del cervecero en la ciudad de Tarbean lo iba a ver regularmente, lo conocía muy bien. Luego de que murió el cervecero su madre le dijo la verdad al chico, él no tenía más de doce años y comprendió bien poco que aquel monje que frecuentaba tanto a su madre en realidad era su padre, pero le cogió más cariño que al anterior.
—Cuéntame hijo, puedes confiar en mí —dijo con un todo protector el Maestre Medieval.
—Kandrian, padre, él tiene una espada corta escondida bajo su colchón. Dijo que la había recibido del caballero de quien era escudero. Es del largo de mi antebrazo y tiene en el pomo una piedra tallada en forma de rueda de Tehlu. Dice que es sagrada y que lo protegen de los demonios.
—Dime hijo, ¿Lo has visto en algún acto sospechoso? ¿Recuerdas haberlo visto salir la noche de ayer?
—Pues... —el chico volvió a titubear, miró a su padre y vio el rostro de su padre tornarse severo—. Ayer salió en la noche, me dijo que irían a robar con los chicos un barril de cerveza de la cocina.
—¿Llevó la espada?
—No, la dejó guardada. Yo... yo la saqué y jugué con ella, por eso lo sé. Lo siento padre.
—No importa, y dime, cuando volvió ¿Notaste algo raro en él?
—No lo sé, cuando él volvió yo ya estaba durmiendo.
—Está bien. Ahora tendré que hablar con él ¿Quiénes son los otros chicos con los que salió?
—Pues... él siempre se junta con lethani y Alraisen.

El novicio Arl salió de la iglesia un poco antes de mediodía. El Maestre Medieval hizo llamar a los tres chicos que habían salido la noche anterior. No logró sacarles nada a ninguno de los tres, habían decidido mantener un pacto de silencio, pero no había problema con eso. El Maestre Medieval hizo llamar al Maestre Albertet, él los haría hablar.

* * *

El novicio Títere sacaba las zanahorias del huerto. Ya había recolectado todas las lechugas con una rapidez asombrosa, algunos pensarían que fue porque era nuevo y estaba lleno de energía, otros porque las lechugas eran las más próximas al gran hoyo donde había estado enterrada Dinnaeh. Aun le faltaban las manzanas, sacó unas cuantas y se dirigió a la cocina porque el día anterior el Maestre de Cocina Kvothe le había pedido unas cuantas para el almuerzo del siguiente día. Entró con un pequeño saco y desparramó las doce zanahorias en la mesa más próxima a la puerta, llamó a lethani, el ayudante de cocina pero no estaba, notó que ni siquiera estaban encendidos los fuegos bajo los grandes cazos. Llamó al Maestre, a su otro ayudante pero tampoco estaban por ningún lado. Salió de la cocina del convento y fue al huerto para continuar con su labor.

El novicio Arl pasó por el huerto y como solo estaba aquel novicio decidió que sería un buen momento para robar una manzana. Corrió por detrás del chico y saltó por una manzana que colgaba en las ramas más bajas. La sacó sin problemas, la manzana estaba verde, como le gustaban a él.

Las puertas del convento de Tehlu sonaron con estrépito y unos gritos siguieron a los golpes en las grandes puertas de madera.
—¡Abrid las puertas en nombre del Rey!
—¡Abrid las puertas, necesitamos provisiones!

El Maestre Mayordomo Bast, salió del salón de Maestres, tras él el Maestre Kvothe salió arreglándose la túnica. El Maestre Bast pasó por el lado del huerto y llegó hasta las puertas. El novicio Títere pudo oír como les gritaba a los hombres de fuera que éste era un convento y el Rey no tenía jurisdicción sobre Tehlu ni ellos. Los hombres de fuera se impacientaron y no pasó un minuto para que comenzaran a golpear las puertas con una fuerza increíble. El novicio Títere se puso de pie, llevaba la mitad de las zanahorias recogidas. El Maestre Kvothe le dio un grito y le dijo que fuera a por el Maestre Medieval.
Muchos monjes salieron a ver que sucedía, muchos de ellos entendieron y comenzaron a correr a esconderse. El Maestre Bast y el Maestre Kvothe colocaron un gran madero viejo para trancar las puertas mientras el Maestre Medieval salía de la iglesia para ver que sucedía.

—Van a tirar la puerta —dijo el Maestre de Conducta Albertet a su lado, mencionando lo obvio.
—No pierdas de vista a estos tres —dijo el Maestre Medieval apuntando a los chicos sospechosos de los asesinatos.
El Maestre Medieval corrió gritando que todos fueran a refugiarse, corrió por el patio y agarró por el hombro al novicio Títere que en ese momento estaba parado como una estatua en medio del huerto, corrió con él hasta las habitaciones del novicio Arl pero el niño no estaba ahí. Metió la mano bajo el colchón del novicio Kandrian y sacó la espada con el pomo en forma de rueda, luego metió la mano bajo la cama de su hijo y lo encontró ahí escondido con la espada de madera abrazada al pecho.

—Van a entrar padre, van a entrar y saquear todo como en casa —dijo.
—Ven aquí, no tengas miedo —lo cogió y sacó de bajo la cama.

Las puertas crujieron y el madero viejo que las trancaba estalló. Las puertas cayeron aplastando al Maestre Mayordomo, el Maestre Kvothe dio un grito tremendo que quedó ahogado enseguida por una espada.

—¡Nadie le cierra las puertas al Rey! —bramó un soldado a caballo—. ¡Saquen todo el alimento posible, si se resisten mantelos!

Docenas de caballeros picaron espuelas y entraron a toda prisa por el convento. El Maestre Medieval cerró la puerta y escondió a los dos chicos bajo las camas. Abrió un poco la puerta y vio como entraban, era una veintena, luego una treintena, luego dejo de contarlos.

Los soldados revolvieron toda la cocina; robaron el cesto de lechugas mientras los caballos pisotearon las zanahorias que aun estaban plantadas. Sacaron las manzanas de los árboles, un pesado caballero se subió a uno con toda la armadura puesta, cayó por el peso y se rompió una pierna. Todos los monjes se escondieron en la iglesia mientras los soldados mataban a los que quedaban dando vueltas por el convento —¡Les salvamos el culo y nos pagan acaparando la comida! había escuchado el Maestre Fasp antes de morir bajo tres espadas y una lanza.

El Maestre Medieval sabía que si salía a darles batalla con una espada barata y sin más protección que su túnica estaría perdido así que hizo lo posible por mantenerse escondido. Dos soldados entraron en el transcurso de unos minutos mientras todo ocurría, ambos miraron la habitación y al notar que no había nada de valor salieron de inmediato. El tercero tuvo la mala idea de abrir el armario donde se escondía el Maestre Medieval, la espada corta le entró por debajo de la barbilla e hizo crujir el hueso del cráneo del hombre al tratar de salir. El Maestre corrió a cerrar la puerta, metió apresurado el cuerpo del hombre bajo la cama, al lado del novicio Títere esperando ocultar su asesinato, pero la sangre que emanó del cuerpo era difícil de esconder.
Se quedó tras la puerta, con la espada del soldado y la espada corta en cada mano. Pensó por segunda vez ir a pelear por su convento, pero no le tenía aprecio suficiente al lugar como para morir por él, en cambio, sí le tenía mucho aprecio a su hijo y era mucho más probable salvarlo a él que a todo el lugar.

* * *

Pasaron las horas largas como una vida hasta que todos los soldados se fueron. Nadie extrañó al que había matado el Maestre Mayor. El monje abrió la puerta y miró para todas direcciones, salió y fue a dar una vuelta para ver como estaba todo, les dijo a los niños que se quedasen ahí.

La iglesia ardía hasta la campana y unos soldados reían en la puerta principal mientras tras ellas aun gritaban algunos hombres. El Maestre Medieval corrió por sus espaldas y le cortó el cuello a uno, los otros lo vieron y desenvainaron sus espadas. El que parecía estar a cargo tuvo tiempo de tapar el pellejo de vino que bebía.

—Cuanta osadía para un monje, pensé que ustedes no mataban gente —dijo el soldado con una sonrisa.
—A ustedes no los considero gente —dijo el Maestre Mayor Medieval escupiendo las palabras.

Las espadas se cruzaron y otro soldado cayó al piso con una herida en la pierna, el tercero hizo lo posible pero el Maestre había sido un gran espadachín en sus tiempos mozos, antes de huir de un destino cruel y convertirse por obligación en monje. El Maestre calló para siempre con un corte en el pecho al soldado que se quejaba por su pierna. El Soldado del pellejo de vino desenvainó la espada, era un mandoble, lo sostuvo con ambas manos. Desde la iglesia aun podían oírse los gritos, el calor del fuego le perló la cara de sudor al Maestre Medieval.

—Que Encanis lo reciba en su lecho de brasas y fuego, usted sabe bien que impedir que se abastezcan los soldados y matarlos es un gran pecado.
—Tehlu y sus ángeles vieron como quemaste su iglesia y mataste a sus monjes, ni yo ni nadie pedirá perdón por su alma soldado.
—El único perdón que espero oír será el tuyo cuando ruegues porque te mate rápidamente.

El soldado le lanzó un gran corte al Maestre y él se apartó dando un paso hacía atrás. Movió sus espadas al mismo tiempo y el mandoble las recibió chocando con fuerza, el soldado comenzó a avanzar moviéndose ágil y fuerte, tenía no más de veinticinco años y el Maestre ya había pasado los cuarenta. Ambos movían sus espadas y parecía que la pelea podía acabar en cualquier momento, el soldado parecía tener la ventaja, su espada era más larga y el Maestre estaba obligado a acercarse a él. Todo terminó rápido, el soldado clavó su espada en la espalda de uno de sus compañeros caídos sin querer y su mandoble quedó atrapada en las costillas del muerto. Apenas vio el instante el Maestre Medieval le cortó las dos manos que sujetaban el mandoble al soldado con un solo movimiento. El hombre aulló como un lobo antes de que el Maestre le pusiera la espada en el cuello.

—¿Una última palabra, pecador?
—¡Maldito hijo de mil put.. —la espada se clavó profundo en el cuello del soldado, el hombre sacó la lengua mientras la sangre comenzaba a salir por el tajo y su boca.

El Maestre lanzó la espada corta al piso y con la espada rompió el candado que cerraba las puertas. Las abrió con ambas manos pero nadie salió excepto un humo negro y espeso. El Maestre Mayor gritó y gritó, pero nadie respondió. Por último cogió un balde con agua, se lo vació sobre la cabeza y entró sin más. El fuego devoraba el techo y las largas sillas, el púlpito estaba intacto pero había muchos monjes tirados en el piso. El Maestre sacó a uno, dos, a cinco antes de que se derrumbara el techo y le impidiera sacar más.
Los maderos gruesos que sostenían la campana no resistieron más y dejaron caer la campana levantando un estruendo que de seguro se oiría hasta Tarbean, a unos tres kilómetros de distancia. Por último el techo se combó y colapsó.
Para la tarde el fuego aun consumía algunos maderos de la iglesia.

El Maestre tenía a su hijo Arl a su derecha, y a Títere a su izquierda, el novicio Títere había permanecido todo el tiempo pegado al soldado muerto bajo la cama y tenía toda la túnica empapada en sangre, el Maestre lo había mandado a cambiarse pero el chico estaba en shock. Arl lo acompaño a cambiarse y como resultado el chico terminó con una túnica nueva pero con la mitad de la cabeza manchada de sangre seca. El Maestre lo vio pero tenía otras cosas en qué pensar. Había dado vuelta el balde con agua y se había sentado en el. Miraba a los cinco monjes que había rescatado de la iglesia, no se habían quemado pero si ahogado con el humo. Los demás monjes estaban regados por todo el lugar bajo charcos de sangre. El Maestre Fasp estaba fuera de su salón mortuorio con las tripas afuera, su ayudante estaba dentro sin cabeza.
Para la noche el fuego se había consumido por completo.

Al día siguiente Títere y Arl se habían dado un baño y habían desayunado algunas pocas cosas que no se habían robado: seis zanahorias enterradas y escondidas, un par de manzanas que estaban hasta la copa de un árbol, semillas de calabaza y trigo. El Maestre Medieval hizo una sopa con todo eso en la noche y comieron también de desayuno y con manzanas de postre.
Luego de desayunar el Maestre caminó entre los escombros calientes de la iglesia para ver si no habían alcanzado a robar su despacho, el fuego había consumido prácticamente todo, todo excepto el arcón que tenía escondido bajo el gran mueble con libros. No le costó mucho correr los restos del mueble y levantar el piso falso, levantó la tapa de su arcón y sacó su capa, su espada y el indulto que había recibido cuando joven de parte del antiguo Rey, sacó el resto de sus cosas, objetos que pensó que siempre iban a quedar sepultadas en el pasado. Sin pensarlo se sacó la túnica por el cuello y la lanzó al piso, cogió sus antiguas ropas y se vistió nuevamente de héroe. El cuero de sus botas negras no se habían endurecido ni un poco, y su chaleco grueso no había sido victima de los gusanos de las polillas. Se colgó en el cinturón de cuero su antigua espada, Escama Negra, sonrió al recordar su nombre, era una espada bastarda, a mitad de ser una mandoble y a mitad de ser una espada normal. Se puso al rededor del cuello su capa negra como una pesadilla, no había perdido ni un poco su color original, la cerró bajo su cuello con un broche de plata con forma de garra de águila, o cuervo como solían decir a su espalda sus compañeros. Salió de lo que quedó de su despacho y pasó por los escombros de la iglesia para salir, caminó por las tablas quemadas y las paredes caídas cuando sintió unos gritos lejanos, se detuvo y miró al rededor, desde su lugar podía ver a los dos novicios cerca del pozo, ambos mirando el piso, pensando en lo que sucedió. Luego de oír de donde venían los gritos recordó.
Corrió hasta el púlpito y lo lanzó, pegó la oreja al piso y oyó con más claridad los gritos.

—¡Aléjense de la madera! —gritó a tiempo que sacaba su espada.

La clavó en el piso limpio del púlpito por varias partes dibujando un cuadrado, luego con el pie comenzó a dar golpes a la madera para que se desprendiera. Los dos novicios miraron desde las puertas negras de la iglesia como el Maestre, ahora vestido como un soldado sin rango o un mercenario, golpeaba el piso de la iglesia hasta que lograba romperlo. Se agachó y comenzó a sacar monjes de bajó el suelo.
Eran lethani, Kandrian y Alraisen, y por último el Maestre de Conducta. Medieval sacó de bajo el escondite a Albertet, el Maestre era un poco más joven que él y también había caído en ese convento por un motivo parecido. Cuando lo vio a los ojos pensó que hubiera salvado muchas vidas si hubiera tenido a ese arcanista a mano, pero el muy cobarde eligió esconderse.
Los cuatro sobrevivientes miraron como por primera vez al Maestre Mayor. A los novicios siempre les daba cierto miedo el Maestre Medieval, pero nunca tanto como ahora.

Los tres sospechosos: El escudero, el ayudante del cocinero y su amigo encargado de las pajareras. El niño nuevo, el Arcanista personal del Rey acusado de traición, el mercenario que huyó de su destino, y por último su hijo, un niño con alma de bardo. ¿Qué podría hacer aquel grupo en medio de la guerra del Rey Penitente?

El monje y sus perros

—¡Tendremos que cavar un foso enorme! Son al rededor de cuarenta, ¡Míralos! —gritó Albertet apuntando a todos los monjes, los habían reunido a todos frente al huerto dispuestos en largas filas. Juntaron las tripas y las colocaron en su sitio, recogieron los miembros mutilados y los colocaron al lado de sus dueños. Todo el huerto quedó lleno de muertos, como si hubieran germinado de la tierra.
—¡¿Y crees que no lo sé?! —contestó molesto Medieval. Se había vuelto a poner su túnica gris pues pensó que sería mejor si llegaba alguien que viera a un pobre monje que a un pobre soldado—. ¿Qué se supone que tenemos que hacer con ellos? ¡Eran nuestros hermanos!
—Es obvio, lo mejor sería hacer una gran pira.
—¿Y de qué servirá quemarlos? ¿Acaso no hueles el hedor de la carne que despide la iglesia? ¿Eso quieres para todos los demás?
Albertet se cruzó de brazos y miró airado a Medieval. Por ningún motivo iba a cavar ni siquiera una tumba, si fuera por él los dejaría a todos pudrirse ahí mismo.
—Sólo perderemos tiempo, y energía. Y no tendremos fuerzas para lo que quieres, somos apenas dos hombres y cuatro niños. La comida que queda se acabará hoy en la noche, si racionamos podremos llegar al almuerzo de mañana, debemos guardar energías. Si los soldados llegaron hasta el extremo de saquearnos no dudes de que en Tarbean no debe quedar ni un grano de trigo. Vamos a pasar hambre Medieval. Moriremos de hambre y frío en unas semanas, en un par de días. Debemos movernos, al sur, al norte, a cualquier lado mientras no nos quedemos varados en estos restos jugando a ser monjes.
—Pero antes debemos darles santo sepulcro a estos hombres.

Albertet soltó una risa, sus dientes blancos podían verse claramente a través de su barba negra salpicada de canas.
—Vaya, Medieval, suenas como todo un tehlino. Pero no lo eres, nunca lo fuiste —le cogió la túnica gris y se la tironeó con desprecio—. Esto no es más que un disfraz, lo llevaste por años y quizá puede que te hayas acostumbrado a el, pero por eso no deja de ser un disfraz —Medieval le sacó la mano y lo miró de arriba a abajo como si por primera vez hubiera visto al ex Maestre de Conducta—. Acéptalo Medieval, lo que está debajo es tu verdadera piel. La cota de malla, las botas y la espada, ese eres tú. Sino, no hubieras guardado por todos estos años aquella espada. Lo sabes.

Medieval miró el rostro de aquel hombre, sopesó sus palabras, se peinó la barba con los dedos mientras miraba a los monjes muertos.
Los novicios llegaron corriendo tras ellos, ambos ex Maestres se giraron.

—Maestre Medieval —dijo Arl respirando agitado por la carrera—, ya hemos seleccionado todo y lo dejamos en el comedor como lo pedisteis.
—Las mantas más gruesas, túnicas limpias y los demás objetos que estaban en la lista —dijo Títere.
—Bien hecho novicios —les contestó con una sonrisa Medieval—. Vamos a ver qué recolectaron.
—Maestre Medieval ¿Ya decidió qué haremos con ellos? —dijo sombrío Albertet.
—Una pira —dijo Medieval evitando mirar el rostro del ex Maestre, no quería recordar la sonrisa que de seguro puso.

* * *

Los monjes decidieron pasar la noche en el convento, era mejor que pasarla en el camino o en Tarbean.
El ex Maestre de Conducta rompió sin mayores problemas el pacto de silencio de los chicos. Ayudó decirles que sabía perfectamente lo que habían hecho, que habían salido la noche anterior y habían robado el barril de cerveza. Pero de lo otro no logró sacarles información. Ellos negaron haber violado y matado a Dinnaeh, pero si no eran ellos ¿Quién? El ex Maestre Mayor miraba a lethani, era un monje joven de unos dieciocho años, de risa fácil. Tenía acceso a los cuchillos de la cocina. Kandrian, quien tenía una mirada dura y fría, llevaba cuatro días pero le recordaba a los soldados del castillo quienes podían acatar las peores ordenes sin pensarlo. Y Alraisen, era alto y fuerte, estaba a cargo de las pajareras después de que el monje anterior muriera, antes solía ir y venir de Tarbean haciendo encargos para la iglesia y el convento.
Aquella noche hizo dormir a los tres en habitaciones diferentes, los vigilaría de cerca. El otro chico y su hijo durmieron sin problemas, los había hecho trabajar todo el día, recolectando todo lo que pudieran cargar y vender fácil. Había pensado levantar nuevamente las puertas y quedarse ahí y vivir de lo que recolectaran en el bosque, pero sabía que cualquier día iba a pasar de nuevo lo mismo. Los soldados o los rebeldes o los campesinos, o los ciudadanos de Tarbean o cualquier forajido con intención de saquear. Incluso si tenía peor suerte podrían ser aquellos monstruos que salían en las noches sin luna.

La mañana siguiente salieron del convento con rumbo a Tarbean Medieval y su hijo Arl.
La ciudad quedaba a tan solo hora y media del convento. Por primera vez el camino estaba vacío, ni un carromato, ni un comerciante, ni siquiera un ladrón o un salteador, nadie. El humo podía verse manchar el cielo gris de aquella mañana. Hacía frío y Medieval estaba cansado, hace mucho tiempo que no había cargado el peso de su cota de mallas y su espada. Arl llevaba escondida la espada corta de Kandrian, por si acaso. Cuando divisaron las paredes de Tarbean el ex Maestre no pudo evitar soltar un resoplido, se estaba incendiando La Colina. A medida que avanzaban podía oírse el sonido de los gritos, eran de dolor y gritos de furia, mezclados con llantos, pifias de caballos, madera rota y choques de espadas.

—No quiero ira allá Maestre Medieval ¿no vamos a entrar o sí?
—Hijo, no temas —Medieval no podía apartar la vista de la ciudad—. Escucha, escóndete aquí —caminó al margen del camino, sacó su espada bajo su túnica y marcó un árbol con una enorme cruz.
El chico lo miró asustado pero su padre lo calmó. Lo dejó escondido entre los matorrales y se encaminó a las puertas de La Colina.

* * *

El ex Maestre Albertet miraba a los tres chicos, y a Títere. Estaban todos sentados en el comedor, los cuatro chicos sentados en un lado, él Maestre al otro y una vela encendida en medio de la mesa frente a ellos (a pesar de ser pleno día). Albertet había tenido la idea de ir a cazar, pero si se llevaba a todos los chicos metería mucho ruido. Si llevaba a uno de los sospechosos correría algún peligro de que el chico le atacara o escapase, sabía que tenía que llevarse a Títere con él porque correría peligro con los chicos en el convento. Y si dejaba a los tres chicos y se iba a cazar con Títere los tres escaparían con todo lo que recolectaron para vender. El estomago le rugió. Albertet era un hombre sencillo, no se daba muchos rodeos con las cosas. Si tenía que mentir, mentía; si tenía que robar, robaba; si tenía que matar, mataba.
Si tenía hambre, comería, y no habría nada que se lo impidiera.

Estiró las manos y cogió la vela, la apagó y comenzó a amasarla. Le dio la forma de una persona, la cera estaba tibia y no tuvo problemas. Cuando estuvo listo puso el pequeño muñeco sobre la mesa y estiró la mano hacía los chicos.

—Dadme un pelo de su cabeza—los cuatro chicos miraron titubeantes, primero la mano del ex Maestre y luego entre ellos—. Vamos pequeños tehlinos, dadme un pelo, es una orden de su Maestre —dijo cargando un poco más su voz.
Los chicos se sacaron un pelo, el de Kandrian era negro, el de lethani casi rubio, el de Alraisen castaño. Títere estiró la mano después de ellos, el ex Maestre lo pensó un segundo y también lo recibió.
Enganchó los cuatro pelos a la cabeza al muñeco de cera. Vio resuelto a los cuatro chicos que miraban expectantes.

—Irán de caza, si no recolectamos algo moriremos de hambre en un par de días —se puso de pie—. ¿Quién de ustedes tiene experiencia cazando? —Kandrian levantó la mano, luego Alraisen. lethani miró a los chicos y también levantó la mano con algo de retraso. Albertet los miró con seriedad—. Díganme la verdad —dijo con voz resonante. Alraisen y lethani bajaron la mano—. Kandrian les enseñará. No se alejen más de tres kilometros, es peligroso. Tú, ¿Cómo te llamabas?
—Títere, Maestre de Conducta.
—Novicio Títere, irás también al bosque, lleva un saco y recolecta todo lo que puedas, raíces, moras silvestres, setas. Supongo que sabrás la diferencia ¿Aprendiste algo en el huerto?
—N-No nos enseñaron esas cosas Maestre.
—No importa, trae cualquiera que veas, yo sabré diferenciar los que los matarán de las que os alimentarán.

El ex Maestre hizo una seña para que se pusieran de pie. Los tres amigos comenzaron a hablar, Kandrian les pidió soga y un par de cuchillos para hacer trampas, se comenzaban a alejar cuando Albertet les habló.
—Sólo por si acaso, sólo por si llegan a pensar en escapar —levantó el muñeco para que lo vieran bien—. Quiero advertirles que: ni los bandidos, ni los lobos, ni los bailarines de piel les harán algo peor de lo que yo les haré cuando los encuentre —Levantó la otra mano y cogió el pequeño cuello del muñeco, partió su mente en cuatro sin problemas e hizo los cuatro vínculos. Los chicos se agarraron el cuello como si una soga los hubiera atrapado y estuvieran a punto de levantarlos hasta el techo—. ¡Son míos! ¿Oyeron? ¡Ahora lárguense, y vuelvan con algo de comer!

Los chicos hicieron un par de reverencias y salieron rápido del comedor evitando parecer que corrían. Apenas salieron de la sala el ex Maestre se sentó y comenzó a frotar con fuerza su brazo, se había enfriado hasta el hombro. «Que tonto, debí haber encendido un fuego» pensó mientras se abrazaba el brazo y trataba de calentarlo. Por la ventana vio a los chicos correr a la cocina y salir con soga y un cuchillo viejo que los soldados habían dejado por estar muy oxidado. Los tres corrieron hasta las puertas tiradas y salieron directo al bosque se se abría entre el camino hacía el convento. Por último vio salir a Títere con el saco, el chico lo miró con miedo y corrió hasta las puertas para alcanzar a los demás.
Albertet salió del comedor, tenía que encender la pira y arreglar las puertas para que se cerraran de nuevo ¡Todo con el estomago vacío! Se cruzó de brazos y miró los cuerpos, sería una gran pira, «Un gran fuego.»
«Y qué podría hacer yo con un gran fuego» pensó con una sonrisa en el rostro. «¿A qué distancia podrá estar ya ese campamento de soldados asesinos?», «¿Cuál sería la distancia máxima que podría alcanzar mi vínculo si usase el fuego de la pira?» Al practicaba siempre su simpatía, tenía una mente fuerte como una tormenta en el mar. Seguro serían muchos kilómetros.

***


Actualización 27.07.2014

El monje tehlino avanzaba con paso firme por el lugar, tratando pasar desapercibido. Las tiendas se incendiaban mientras salía gente con diversos objetos de ellas, los bancos eran saqueados y las sirenas sonaban pero ningún guardia llegaba a prestar ayuda. Era fácil notar a los afectados, vestían elegantemente y gritaban airados en contra de los ladrones, la mayoría que salía con las manos llenas de talentos y monedas más brillantes eran gente pobre, iban descalzos o sin camisa o las dos cosas, pero también se podía ver a algunos ricos aprovecharse, saliendo con las manos rebosantes de plata y oro. Los banqueros y abogados eran asesinados en plena calle, los que esgrimían las espadas tenían sonrisas llenas de venganza y placer. La avenida principal estaba regada de peleas, desorden y gritos. El monje tehlino avanzaba con paso firme, haciendo caso omiso a todo lo que veía. Tratando de pasar desapercibido, sin llamar la atención de nadie. Cientos de personas y él era la única túnica gris. «Todo el un caos», pensó.
«Por Tehlu, no quiero imaginar como debe estar La Rivera.»

El monje dobló una esquina y la calle estaba menos poblada, se largó a correr. Pasó al lado de una pelea, fuera de un local de pasteles, los vidrios estaban rotos y la puerta desencajada. Un hombre con el torso como un barril y una pechera llena de harina le asestaba con un gran garrote a tres hombres de ropas andrajosas. Pasó al lado de un cuerpo tirado al margen de la calzada, tenía el cabello largo y estaba desnuda. Pasó al lado de una casona incendiada, la ceniza estaba esparcida por toda la calle, las tejas estaban todas rotas en el piso y algunos muebles a medio quemar estaban con todos sus cajones abiertos y vacíos.
Llegó a la otra esquina y dobló nuevamente, corrió soportando el peso de su cota de malla y su espada hasta que por fin estuvo frente a la cervecería. Los grandes portones de madera estaban abiertos, «Mala señal.»
Entró al local, la primera estancia era donde vendían los barriles. En su tiempo había sido un lugar agradable, con suficiente espacio para alojar unos cien barriles de 50 litros y otros tantos toneles. Ahora estaba casi desierto, habían barriles, sí, pero ninguno entero, sólo tres destruidos en medio de la estancia. El ex Maestre dio unos pasos inseguros por el lugar, pisó una gran charca espumosa de cerveza y aquel olor tan característico impregnó la habitación. Avanzó hasta la puerta trasera, estaba trabada. Llamó a quien había sido alguna vez su amante. No hubo respuesta. Golpeó un poco más fuerte y luego simplemente tiró la puerta con una patada.
Llamó nuevamente a la mujer pero nadie contestó. Luego de recorrer apresurado la fabrica desierta y saqueada subió por la escalera de espiral hasta la casa del cervecero en el segundo piso. Minutos más tarde estaba nuevamente fuera del local, ella no estaba ahí. Tenía la garganta dolorida por haber gritando tanto el nombre de quien en sus momentos más tristes le había dado amparo, cariño y con el tiempo un hijo.
Decidió salir por la puerta noroeste, tendría que caminar un poco más pero evitaría tropezarse nuevamente con aquel caos de la puerta norte. Se peinaba la barba con los dedos mientras avanzaba preocupado. Khalan tenía más familia en Tarbean, padre y madre según recordaba. «Debe estar con su familia», pensó «escapó, estoy seguro.»
La calle principal, tan amplía que permitía pasar hasta cuatro carromatos uno junto a otro, estaba tan abarrotada que apenas podía avanzar un paso sin toparse con alguien. Allí se podía oír las espadas y los gritos desesperados de los agonizantes. El grueso del fuego se veía claramente desde ahí, el fuego lamía a más de una manzana. Sintió un tirón en su túnica.

—¡Ayudadme por favor! —le gritó a los pies una mujer de cabello color canela, estaba de rodillas, con el abrigo rasgado y el pelo revuelto. Tenía un brazo manchado de sangre ya seca—. ¡Han matado a mi esposo y ...! —rompió en llanto sin poder terminar la frase.
Medieval se agachó y le apartó el cabello de la cara, tenía unos treinta años y vestía bien. La miró sin saber qué decir, la mujer le recordó vagamente a Khalan.
—¿Tienes más familia? ¿Te puedo llevar a algún lado? —le preguntó.
—S-Sí, mi familia vive en la calle del Molino —dijo la mujer mirando a los ojos a Medieval. El ex Maestre se puso de pie junto con ella. Miró la salida de la ciudad a unas seis cuadras y el mar de gente luchaba por sus pertenencias y por sus casas. Giró la cabeza, la calle del Molino quedaba unas doce cuadras yendo hacía el sur, casi al lado de La Rivera. La mujer vio en el rostro el debate del ex Maestre y ex Mercenario.
—¿Me ayudará? —dijo con la voz rota. Medieval estiró la mano.
—Sí, toma mi mano. Sígueme.

* * *

Títere tenía la túnica gris llena de tierra, como siempre. Estaba de rodillas recolectando zarzamoras, con los brazos rasguñados y con algo de sangre. Tomaba las moras con sumo cuidado y las iba echando dentro de su pequeño saco. Dentro ya tenía algunas setas y un par de cebollas silvestres que encontró de casualidad. Había dejado atrás a los tres chicos, no le inspiraban confianza alguna, Kandrian evitaba mirarlo, como si no fuera digno de su vista. lethani le daba miedo, siempre sonreía pero en la cocina siempre lo veía con las manos ensangrentadas, colgando el cuero de los animales para secarlos o tirando las tripas a los cerdos y parecía disfrutarlo. Y Alraisen tenía un humor muy raro y él era demasiado pequeño para entenderlo. No había sido amigo de ellos cuando todo iba bien en el convento, y ahora luego de que el Maestre Albertet le hubiera dicho que tuviera cuidado con ellos pues habían violado y matado a Dinnaeh, menos.
Se limpió la tierra de las rodillas y siguió su camino. Iba comiendo algunas moras cuando oyó el sonido de un riachuelo, se alegró, aquella mañana no había tenido tiempo de tomar agua. Llegó hasta el pequeño brazo de agua que discurría como ya serpiente y se lavó los brazos y la cara. Ahuecó las manos y tomó largos sorbos de agua, se sentó en la orilla y se preguntó si aquel riachuelo se uniría al Omethi en algún punto o discurría desde él, tenía alguna noción de donde se encontraba el convento pero no era clara.
—... días —Alcanzó oír. Se levantó asustado, el sonido del agua ahogaba otros sonidos pero pudo reconocer aquella voz.

Continuará.



Actualización 28.07.2014

Se levantó la túnica y cruzó el riachuelo dando un gran salto, las moras se estropearon un poco pero igual se las comerían.
—No lo sé Kan, ya viste lo que hizo, no quiero que me despelleje vivo.

Era la voz de lethani, Títere se escondió tras un árbol y siguió oyendo.
—Lo único que te despellejará será el miedo. He visto a esos hombres, son arcanistas y no pueden dañarte si te alejas lo suficiente de ellos, ¿Por qué crees que nos dijo que no nos fuéramos a más de tres kilómetros del convento? —dijo Kandrian—, huyamos ahora. Medieval está lejos y Albertet estará ocupado reparando la puerta ¡No hay mejor ocasión que esta!

Títere se asomó un poco y vio a los tres monjes sentados en grandes piedras. El piso del bosque estaba muy húmedo y frío como para sentarse en el. Las trampas habían funcionado y tres conejos colgaban del cinturón de Kandrian, lethani tallaba un trozo de madera con el cuchillo que habían encontrado en la cocina y Alraisen estaba de pie y de brazos cruzados.
—Yo estoy contigo —la voz de Alraisen era grave y solemne. Era el mayor de todos los novicios, con unos veinticinco años, no se había afeitado aquella mañana pues se habían llevado las afeitadoras y la sombra de la barba le comenzaba a aparecer—, ¿Y tú, lethani?
—Yo... —lethani tenía la vista fija en el trozo de madera, de a poco había tallado en ella una cabeza de animal con sus manos hábiles, pero miraba sin mirar. Tenía las cejas juntas y la comisura de los labios apretada como si le doliera algo, pero Títere sabía que esa era su cara de estar pensando.
Bajó la madera y el cuchillo y miró a sus dos amigos.
—No quiero huir, ¿De verdad piensan que podríamos sobrevivir los tres en el mundo tal como está ahora?
—Mi señor los aceptará, no como escuderos pero sí como soldados. Sólo hay que ir donde está él.
—Pero resulta que no sabes —lethani comenzó a tallar de nuevo.
—¿Es que acaso quieres seguir pelando patatas el resto de tu vida? —le espetó Kandrian, se puso de pie y comenzó a patear piedras.
—No, pero al menos tenemos un lugar seguro donde estar. Si vamos a la guerra seguro moriremos. No somos soldados, somos monjes.
—¿Un lugar seguro? ¿Qué acaso no lo recuerdas? ¡Ayer entraron y mataron a todos! —gritó Kandrian. Títere lo recordaba muy bien, cerró los ojos y volvió a empaparse de la sangre tibia.
—¡Los mataron nuestros soldados! ¡¿O no recuerdas sus capas verdes?! ¡Pasaron por la espada a nuestros hermanos! ¡¿A ellos quieres unirte?! —lethani se había puesto de pie, el trozo de madera estaba en el piso pero sostenía el cuchillo. Kandrian seguía con aquella mirada de odio y entre ellos seguía Alraisen, con los brazos cruzados.
Los tres chicos se quedaron en silencio, Kandrian le sostuvo la mirada a lethani hasta que el monje la bajó, recogió su trozo de madera y retomó el tallado.

—¡A la mierda! Yo me voy de aquí con o sin ti. Tuviste tu oportunidad. Alraisen, vamos.
Alraisen miró un momento a lethani, le puso una mano en el hombro y le dijo algo que Títere no alcanzó a escuchar. Kandrian se puso a caminar siguiendo el riachuelo hacía el norte, Alraisen le siguió.


Última edición por Medieval--- el Lun Ago 04, 2014 5:03 am, editado 1 vez


:18:
avatar
Old Medie
Conocedor del mundo
Conocedor del mundo


Hoja de Personaje
Nombre:
Sexo:
Edad:

Volver arriba Ir abajo

Re: El monje y sus perros | Editado 04.08.2014

Mensaje por Old Medie el Lun Ago 04, 2014 4:57 am

Actualización 04.08.2014

Los dos centinelas apostados en el camino vieron avanzar aquella luz azul, se movía acompasada, parpadeante. Los centinelas se pusieron de pie, sus rostros duros no demostraban miedo. Tenían antorchas clavadas en cada orilla y un fuego en donde calentaban su cena, había suficiente luz para espantar a los malos espíritus, o al menos eso pensaban ellos; por si acaso desenfundaron sus espadas y se pusieron sus cascos. La luz avanzaba, pequeña y juguetona, pero la oscuridad de la noche no revelaba nada.
—¡¿Quién mierda anda ahí?! ¡Hable! —gritó un centinela con su mejor voz, una figura oscura apareció entre la negrura, el circulo de luz de las antorchas reveló una forma humana, los centinelas suspiraron de alivio.
—Tranquilos, soy solo un monje —vestía una túnica gris algo desteñida y una sonrisa afilada, tenía atrapada a la luz juguetona dentro de una lámpara de aceite, hecha de un bronce que había perdido hace muchos años su brillo—. Me dirijo al puerto pesquero —se bajó la capucha, era un hombre de unos treinta y tantos años. Con el pelo y la barba salpicado de canas.
—El camino está cerrado —dijo uno de ellos con voz fuerte, como si el monje fuera sordo—, vete por donde viniste —ambos se quedaron de pie esperando a que el monje obedeciera, sus armaduras se veían frías de espaldas al fuego de las antorchas.
—Supongo que no me la iban a poner fácil, por suerte traje un pequeño regalo —dijo el monje escondiendo su sonrisa tras su barba—, después que lo vean me dejarán pasar, se los aseguro —comenzó a revisar los pequeños bolsillos que hace tiempo había cosido dentro de sus largas mangas grises.
—¿Acaso ahora los monjes se creen caldereros? Largate de aquí ahora si no quieres que te meta el regalo en el culo —contestó el centinela apuntando con la espada.
—Será cómico verlo caminar de vuelta —dijo el otro centinela con una sonrisa amarillenta.
—Ya verás, te dejaré con la boca abierta —la sonrisa afilada volvió aparecer, la luz azul danzaba dentro de la lámpara como si supiera que iba a pasar.
El monje se tardó sólo tres segundos en encontrar el regalo pero al centinela le pareció demasiado tiempo para esperar. Avanzó hacia él con la espada bien apretada.
—¡Aquí está! —dijo el monje, levantó su mano triunfante con un pequeño palillo blanco entre el pulgar y el indice.
El soldado se detuvo frente a él, miró el regalo con las cejas bien juntas.
—¿Un hueso?

La sonrisa del monje fue como un puñal. Murmuró las palabras, las conocía tanto como se conocía a si mismo, apretó el hueso entre los dedos y crujió junto con el cráneo de ambos centinelas. Ambos soldados calleron de rodillas en la tierra. El más cercano al monje se alcanzó a sacar el casco, la luz danzarina reveló una cabeza deformada como un melón aplastado. Le comenzó a salir sangre de los oídos y cayó muerto en unos segundos. El monje puso su lámpara en el piso junto al cuerpo y comenzó a revisarlo. Había mucho que recoger pero el monje solo optó por sacar tres cosas. Se puso de pie y siguió su camino.
—Te dije que te dejaría con la boca abierta.

El monje y sus perros

El gran fuego de la pira ardía con violencia, era alimentado por los cuerpos de los casi cuarenta difuntos hermanos, toda la madera de la cerca de de los rediles de los cerdos y ovejas, y las puertas del convento.
El humo se había levantado como una gran serpiente negra y se podía ver desde varios kilómetros de distancia hasta que la noche la devoró, pero Albertet sabía hacía que dirección estaba y pudo mantener un excelente vínculo a pesar de la distancia.
Caminó hasta el campamento, estaba cercano al puerto y era tan amplio que ocupaba una parte de la playa. Sopesó la cantidad de hombres en la colina antes de bajar, eran al rededor de unas veinte tiendas con sus respectivos fuegos para cocinar. En las tiendas podían haber de dos a tres soldados pero le dio igual la cantidad, el ex Maestre era un hombre confiado.
Llegó a la primera tienda sin percances, al parecer solo habían apostados dos centinelas. Rodeó la tienda en la oscuridad iluminando sólo con su lámpara hasta llegar al fuego. Dos soldados jugaban a los dados sobre un tablero de madera mientras un tercero afilaba su espada sentado en la arena, se veían contentos y descansados, sus armaduras colgaban dentro de su tienda pero de sus cinturones aun conlgaban sus espadas; los tres giraron la cabeza al verlo.
—Buenas noches —dijo como si lo hubieran estado esperando, hizo el vínculo y lanzó su primer objeto, un penique de hierro, a la pequeña hoguera de los soldados.

Los hombres lo miraron extrañados, el soldado de la espada dejó la piedra de amolar y se puso de pie lentamente, estaba envuelto en una capa gruesa de color verde oscuro.
—Buenas noches tehlino —contestó dubitativo— bajó la vista a su espada como si nunca la hubiera visto antes y luego levantó la vista al monje—. ¿Qué haces aquí?
—¿Ustedes son los soldados que mataron a los hombres del convento hace un día atrás? —preguntó el monje. Los dos soldados guardaron los dados y se pusieron de pie lentamente al escucharlo. Uno sacó su puñal del cinturon el otro puso su mano en la empuñadura de su espada enfundada.
—¿Qué quieres? —preguntó el soldado de la espada, parecía que le molestara algo en la empuñadura pero la apretaba con fuerza con la mano derecha, con la izquierda sujetaba su capa para que no se cayera.
El monje sonrió con desenvoltura y levantó su mano desnuda con la palma hacía arriba como si les cobrara algo.
—Vengo por mi venganza.
Los demás soldados sonrieron amenazantes y desvergonzados.
—¿Quieres que te pague en drabines o en iotas? —los tres rieron, el que faltaba desenfundo su espada.
—En sangre —contestó siniestro Albertet. De su palma surgió una pequeña voluta de luz lechosa, del tamaño de un huevo. Los dos soldados soltaron el aire, impresionados, el tercero lo contuvo. La luz brilló blanca un poco más y creció hasta el tamaño de un pomelo hasta tornarse amarilla y rojiza como el fuego, cuando estuvo lista Albertet borró su sonrisa y movió el brazo rápido como un látigo y lanzó la voluta de luz contra el soldado más cercano, la luz en su mano se disparó como una flecha dibujando una linea brillante que atravesó el pecho del soldado traspasándole el pecho y la capa, la luz cruzó el hombre se metió en la tienda y se clavó en el piso, cristalizando la arena instantáneamente.
El soldado cayó de frente sobre su espada, enterrando su cara en la arena. Su capa verde oscura comenzó a flamear ahí donde pasó el haz de luz.
La reacción de los otros dos hombres fue diferente, mientras uno miraba alternadamente al monje y el cuerpo, el otro soltó un largo grito de horror que luego conjugó con cortos gritos de terror e incredulidad.
El segundo haz de luz cruzó al hombre que no gritaba, la linea de luz fue más recta esta vez y se perdió como una flecha de fuego en el campamento, el que gritaba soltó otro grito largo.
Los soldados salieron de sus tiendas alertados, con sus espadas brillando a la luz de sus hogueras, algunos aparecieron con sus armaduras puestas, vestían yelmos y cascos, capas verde oscuro y rostros desencajados de miedo. —¡Fuego!— se oía en la dirección que había salido disparado la segunda flecha dorada como el sol.
—Fuego —dijo el monje, sonriente, casi para sí—. "El fuego purifica", lo dice el libro del camino.

Eran más de cincuenta, tiraron abajo dos tiendas para poder rodear completamente al monje. Un corro de brillantes espadas, y en medio el monje, los muertos y la hoguera de los soldados caídos.
Albertet giró lentamente para ver a todos los soldados, sonreía sin reparo y eso sumado al fuego azul era suficiente para mantener a los soldados a ralla. El más valiente de los hombres dio el primer paso como siempre suele pasar. El ex Maestre le dio cara. El soldado dio un segundo paso y los otros soldados se alentaron, el corro se hizo más pequeño. Albertet levantó lentamente su lámpara donde aun danzaba la pequeña llama azul, era hora.
Dijo el vínculo fuerte y claro, sonó como un conjuro, como brujería, pero simplemente era un vínculo para conectar el fuego de su lámpara con el fuego de la pequeña hoguera en donde había lanzado el penique. Antes de salir había hecho el vínculo al encender con el fuego de la pira su lámpara, la pequeña llama contenía tanta energía como tres fraguas, tanto calor que se había vuelto azul. Cuando vinculó el fuego de su lámpara a la hoguera el fuego se alzó como un demonio y se coloreó tan rojo que parecía sangrar su luz.
Los soldados se echaron atrás tapando sus rostros, sintiendo el calor insoportable que despidió la hoguera por unos largos segundos, Albertet también giró la cara y se tapó como pudo del calor, por un momento pudo ver reflejado en las armaduras el azul del fuego. Se preguntó si el penique se hubo derretido o simplemente estaba al rojo vivo. Hubiera podido calcular los taumos perfectamente pero tenía mejores cosas que hacer. «Ahora viene la mejor parte» pensó. Había hecho un vínculo tras otro, había mantenido el vínculo de la pira por varias horas, pero este sería el mayor y el más fuerte de todos.
Partió su mente, miró el fuego y sintió el penique escondido en las brasas, miró a los soldados, con sus armaduras, sus espadas, cotas de malla y cascos, todos juntos, pegados uno al lado del otro, los miró y los sintió «Todos los fuegos son uno, todos las aguas son una. Todos los aceros son uno.» Nombró el vínculo.
Todo pasó tan rápido como un parpadeo. Las espadas se enrojecieron, la madera de los escudos ardió ahí donde el hierro las tocaba, los hombres hirvieron dentro de sus armaduras, las cotas de malla se hundieron en los cuerpos de los hombres traspasando los chalecos, el cuero y la piel, los cascos y yelmos se pegaron a las cabezas levantando aquel olor a pelo quemado que tanto odiaba Albertet. Varios corrieron hasta el mar, muchos no llegaron, muchos se ahogaron al entrar con las pesadas armaduras. Las hebillas ardieron, las cadenas, los anillos, las espadas rojas caían al piso con varios dedos pegados a las empuñaduras, cristalizaban la arena volviéndola un vidrio opaco y brillante a la vez. La carne se carbonizó, la sangre se evaporó, los huesos se volvieron ceniza. No sobrevivió nadie.
Cuando todo acabó el silencio de la playa era sepulcral. Sólo el crepitar del fuego quedó ahí donde hace solo un momento se mezclaban los gritos de los hombres, los tintineos de las espadas y los relinchos de los caballos.
Albertet estaba de pie en medio de todo. El fuego de la hoguera volvió a la normalidad cuando la lámpara de bronce se derritió y su pequeño fuego azul se extinguió, se hundió en la arena hasta que la humedad del mar detuvo el bronce liquido. Al estaba sudado a más no poder, su túnica gris se le pegaba al cuerpo empapado. Se paseó por el incendio que se elevaba y expandía pero la brisa marina le refrescaba. Sonrió al oír al mar a lo lejos, «Arena en los pies, brisa fuerte, fuego salvaje, agua eterna», era un buen lugar para oír nombres, «¿Podría oírlos?». Valía la pena intentarlo.
Recorrió las tiendas más grandes y de una sacó triunfante un cuerno con cerveza. Caminó hasta la orilla del mar y se sentó con las piernas cruzadas en la arena con el incendio frente a él. Le dio un sorbo a su cerveza y asintió para si, miró el fuego y descansó.

Desde el puerto, el pequeño pueblo pesquero miraba desde sus ventanas, sin dar crédito a lo que vieron. Rezaron a Tehlu de principio a fin. Lo último que vieron del espectáculo fue todo el incendio extinguirse de un segundo a otro, como si la noche lo hubiera engullido.

* * *

Títere se miraba las manos, tenía tierra bajo las uñas. Estaba sentado en el comedor junto con lethani, tenían todo cerrado para que el calor del fuego calentara la estancia vacía, la mañana era gris y fría, los días de invierno se aproximaban más y más.
Ya habían desayunado y no había mucho más que hacer. En la cazuela aun quedaba mucho caldo, le habían guardado al Maestre Medieval, al Maestre Albertet y a Arl pero ninguno había llegado a dormir. La noche anterior casi no había podido cerrar los ojos, los dos se habían quedado hasta tarde mirando la pira que había encendido Albertet antes de irse. El fuego ardió como nunca había visto el novicio, el calor había calentado las paredes de las habitaciones en donde durmió.
La mañana siguiente trato de hacer todo como si no hubiera pasado nada en el convento. Hizo su cama y eligió para usar una túnica limpia y a la medida (pues los soldados dejaron la mayoría de las túnicas), sacó agua del pozo y se lavó. Aun tenía el pelo mojado cuando saludó a lethani en la cocina. El monje calentó la cazuela que había hecho ayer, verduras silvestres que había encontrado Títere con algunas setas que el Maestre Albertet apartó de las venenosas, como resultado quedó un buen caldo con trozos de carne de dos palomas que cazó lethani de vuelta al convento, —Hubiera quedado mejor con sal, pero es mucho pedir que encontrasen sal en el bosque— les dijo Albertet. Cuando le mencionaron que Kandrian y Alraisen habían huido no se molestó, pero luego de cenar encendió una lámpara y se fue a atraparlos, «Que tonto, debió haber ido por ellos en cuanto le dijimos, ahora deben estar a kilómetros de aquí» pensó Títere, pero no se atrevió a decirlo.
Pensó que lo mejor sería que no los encontraran, les temía al igual que a lethani. No hablaba con él si el monje no le dirigía la palabra y se alejaba tanto como el convento se lo permitía pues no se atrevía a atravesar el lugar en donde habían estado las puertas.
Removió la tierra en busca de alguna zanahoria que se le pudiera haber escapado pero no encontró ninguna. Cuando salió del huerto notó que lethani lo observaba, le preguntó si tenía hambre y le ofreció un poco más de caldo, el novicio aceptó.
Tenían los platos vacíos frente a ellos, Títere se sacaba la tierra bajo las uñas entreteniéndose en algo.
—¿Crees que volverán los Maestres? —preguntó lethani, miraba por la ventana del comedor hacía donde estuvieron hasta ayer las puertas destrozadas.
—Tienen que volver, este es su lugar —Títere se sorprendió de sus propias palabras, él también tenía dudas de que volvieran pero no quería demostrarlas, quería que volvieran, lo necesitaba.
—Eso espero. En realidad solo espero que vuelva el Maestre Mayor, el Perro prefirió quemar las puertas en vez de ponerlas —su rostro se endureció—, no sé para qué fue a buscar a Alraisen y a Kan si no tiene puertas para mantenerlos encerrados. Espero que el Maestre Medieval lo castigue por tamaña idiotez. Títere asintió en silencio.
lethani se puso de pie y fue a abrir las ventanas. El frío entró junto con el olor de la madera y la carne quemada. Títere miró la pira alzarse, negra y maloliente y giró la cabeza. Ya no tenía ganas de quedarse allí.
—¿Vamos a recolectar comida? Creo que podría cazar un conejo, vi a Kan hacer la trampa... creo que podría hacerla —le dijo lethani desde la puerta. Títere volvió a asentir.
Salieron del convento, lethani se puso al cinturón una espada de los soldados que habían muerto fuera de la iglesia, Títere se preguntaba si sabría usarla, él cargaba el saco de arpillera que usó para traer lo que fuera comestible del bosque.
Los dos túnicas grises se encaminaron por el bosque en dirección contraría a Tarbean, hace un día y una noche que la ciudad se incendiaba y el humo parecía extenderse más y más. Títere sabía que en cualquier momento toda esa gente tendría que huir de ahí, se preguntaba si buscarían la protección de un castillo, o un convento así como lo hicieron sus padres. Quizá vendrían en la noche a robarles la comida, o peor aun, entrarían a pleno día por la entrada sin puertas y los matarían para adueñarse del lugar. Rezó en silencio mientras recolectaba setas de todo tipo por que al volver encontrara al Maestre Medieval, él si sabría que hacer. Rezó también por sus padres, por sus tíos y por su única abuela que aun vivía. Rezaba por sus tíos y sus primos cuando escuchó los pasos. Las ramas secas y las conversaciones, se quedó de rodillas y giró la cabeza para ambos lados buscando a lethani. Se arrastró hasta un árbol y desde ahí miró el grupo avanzar.
Eran por lo menos veinte personas, habían hombres, mujeres y niños. Por sus ropas notó que no eran campesinos ni soldados, aunque dos hombres llevaban espadas, uno al final de grupo y otro al principio. Algunos niños jugaban mientras avanzaban y tuvo que esconderse un poco más para no ser visto. Oyó avanzar el grupo hasta que el sonido de las ruedas del carromato que iba al final se comenzó a perder, salió detrás del árbol y miró el grupo seguir el camino hacía el convento.

lethani salió del otro lado del camino, aun no había cazado ningún conejo.
—¿Los viste? ¡Van al convento! —dijo Títere sintiendo una mezcla de miedo e ira.
—Sí los vi. Son una troupe Ruh.


:18:
avatar
Old Medie
Conocedor del mundo
Conocedor del mundo


Hoja de Personaje
Nombre:
Sexo:
Edad:

Volver arriba Ir abajo

Re: El monje y sus perros | Editado 04.08.2014

Mensaje por Albertet el Lun Ago 18, 2014 10:33 pm

Tres siglos más tarde leo El monje y sus perros por fin. En una palabra: JO-DER.

 Sorpresa  Sorpresa  Sorpresa 

Qué buena historia, ambientada además en el mundo de Kvothe, y ¡dentro del foro!


Me gusta la ambientación tipo El nombre de la rosa, la Abadía del Crimen y todas esas novelas de monasterios medievales como Los Pilares de la Tierra. Es muy buena idea que esté centrado en los alrededores de la ciudad de Tarbean, en la guerra que provoca Kvothe.

¿Lo de situar a los miembros del foro en un monasterio es porque somos unos frikis todo el día encerrados en el foro como si fueramos monjes? Y además a puñaladas entre nosotros, como buenos monjes, espero que no acabemos así  Very Happy 

En cuanto a mi personaje, me hace gracia que sea buen arcanista, seguro que Berthus le tendrá mucha envidia (cuando no tenga el poder del talento, claro)

Spoiler:
Pero Medieval, no seas mamón, ya van dos veces que pones que tengo canas, cuando no las tengo ni de lejos... Mad  Mad  Mad  magebarbe 
avatar
Albertet
Héroe de historias de taberna
Héroe de historias de taberna


Volver arriba Ir abajo

Re: El monje y sus perros | Editado 04.08.2014

Mensaje por Old Medie el Miér Ago 20, 2014 6:34 pm

@Albertet escribió:Tres siglos más tarde leo El monje y sus perros por fin. En una palabra: JO-DER.

 Sorpresa  Sorpresa  Sorpresa 

Qué buena historia, ambientada además en el mundo de Kvothe, y ¡dentro del foro!


Me gusta la ambientación tipo El nombre de la rosa, la Abadía del Crimen y todas esas novelas de monasterios medievales como Los Pilares de la Tierra. Es muy buena idea que esté centrado en los alrededores de la ciudad de Tarbean, en la guerra que provoca Kvothe.

¿Lo de situar a los miembros del foro en un monasterio es porque somos unos frikis todo el día encerrados en el foro como si fueramos monjes? Y además a puñaladas entre nosotros, como buenos monjes, espero que no acabemos así  Very Happy 

En cuanto a mi personaje, me hace gracia que sea buen arcanista, seguro que Berthus le tendrá mucha envidia (cuando no tenga el poder del talento, claro)

Spoiler:
Pero Medieval, no seas mamón, ya van dos veces que pones que tengo canas, cuando no las tengo ni de lejos... Mad  Mad  Mad  magebarbe 

 Very Happy Gracias Al, seguiré esta historia a medida que tenga tiempo. Con lo del foro y mis cosas me ha quedado poco tiempo para escribir (además que uso casi todo mi tiempo libre para devorar Tormenta de Espadas).

Y con respecto a las canas  risotada  qué puedo decir, no tengo referencias para tu personaje sólo mi imaginación. Te pasa por no haber colgado una foto todavía.


:18:
avatar
Old Medie
Conocedor del mundo
Conocedor del mundo


Hoja de Personaje
Nombre:
Sexo:
Edad:

Volver arriba Ir abajo

Re: El monje y sus perros | Editado 04.08.2014

Mensaje por Títere el Jue Ago 28, 2014 5:32 pm

¡Sí! Si-go vivo, si-go vivo Laughing

Está genial la historia Medieval, a parte de que tu escritura es excelente, que este ambientada en el mundo de Kvothe como dice Al y además en el foro le da un toque estupendo.
Cuando el novicio Títere y Lethani entran en el bosque, yo pensaba: "Y ahora es cuando a Lethani le dan impulsos homosexuales y se abalanza sobre mí Sad" Jajajaja  risotada

Por favor, síguelo, quiero saber que pasa con la troupe Ruh Very Happy


-...el primer borrador lo escribes con el corazón, el segundo, con la mente.-
avatar
Títere
Conocedor del mundo
Conocedor del mundo


Hoja de Personaje
Nombre: Hans Boggart
Sexo: Hombre
Edad: 28

Volver arriba Ir abajo

Re: El monje y sus perros | Editado 04.08.2014

Mensaje por Old Medie el Vie Ago 29, 2014 1:38 am

Gracias Títere xD Estoy escribiendo, llevo un poco y estoy esperando a que se pase luego esta semana, tengo varios ensayos que redactar y trabajos que terminar antes de poder escribir Sad


:18:
avatar
Old Medie
Conocedor del mundo
Conocedor del mundo


Hoja de Personaje
Nombre:
Sexo:
Edad:

Volver arriba Ir abajo

Re: El monje y sus perros | Editado 04.08.2014

Mensaje por Títere el Vie Sep 18, 2015 12:43 am

Joder macho, me acuerdo de cuando me lo leí, lo imprimí y me lo estuve releyendo durante una semana entera... Es buenísimo, una pena que no lo terminaras Sad


-...el primer borrador lo escribes con el corazón, el segundo, con la mente.-
avatar
Títere
Conocedor del mundo
Conocedor del mundo


Hoja de Personaje
Nombre: Hans Boggart
Sexo: Hombre
Edad: 28

Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba


Publicar nuevo tema   Responder al tema
 
Permisos de este foro:
Puedes responder a temas en este foro.