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Memorias de un hombre desvanecido

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Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Eztli el Dom Oct 07, 2012 2:04 am

Ella

Lo primero que pensó cuando la vio es que, si Felurian hubiese sido humana, habría tenido ese aspecto. Su cabello era del color de la sangre y sus ojos del color de la miel. Una miríada de pecas doradas adornaba su piel clara. El viento hacía ondear su vestido blanco, adhiriéndolo a su cuerpo y revelando sus generosas formas. Pero no era su físico —más bien modesto— lo que la hacía comparable a la mismísima Felurian. No, se trataba de otra cosa; había algo en ella que resultaba irresistible. Tal vez fuera el fuego en su mirada, tal vez, su expresión serena e implacable, tal vez, la sonrisa que parecía aguardar tras sus labios. Cuando quiso darse cuenta, ya se había acercado a ella, blandiendo la más seductora de sus sonrisas e ignorando la débil vocecilla que, como de costumbre, protestaba en su mente: «No deberías».
Hermosa dama, vuestra sola presencia me embriaga.
Ella enarcó una ceja, entre escéptica y divertida.
Mi señor me alaga con siete palabras…
En ese momento, algo despertó en Sheridan, algo que hasta entonces había estado dormido y oculto. «Debo irme. Si me marcho ahora es posible que la acabe olvidando. Si me quedo, es seguro que la amaré. No debo amarla. No debo quedarme».
Os entregaría todas las palabras del mundo. —Con un movimiento grácil, hizo aparecer una florecilla blanca y la colocó en el pelo de la muchacha—. Os entregaría el mismo mundo sin dudar.
Ni siquiera me conocéis, mi devoto señor —apuntó ella enarcando aún más la ceja.
Vuestros bellos ojos dicen mucho sobre vos.
Ella rió con un sonido suave, y su rostro se tornó en lo más dulce que Sheridan había visto jamás.
Pasearon juntos bajo el sol ardiente de mediodía. Conversaron y rieron a la luz cálida del ocaso. Cantaron con las primeras estrellas. Compartieron reflexiones y sueños al amparo de la oscuridad nocturna. Y siguieron hablando hasta que ya no necesitaron las palabras.

La voz de la razón

Debes dejarla.
No puedo.
Debes. No es la primera vez que juegas al amor con una mujer. No será la primera a la que dejes atrás.
No estoy jugando al amor, la amo.
Sher’, no. No, no, no. —Nidawi se puso en pie y empezó a caminar de un lado a otro—. No la amas. Tú no amas. ¡No puedes amar! —Le agarró por el cuello de la camisa—. Habrá luna llena en tres noches. Y tú vendrás conmigo a Faen.
No.
Nidawi le abofeteó.
¿Has perdido el juicio? ¡Sabes lo que te harán si te fugas! ¿Sabes lo que le harán a ella? Sher’ —suavizó el tono— no es la primera vez que esto te pasa. Le has tomado afecto a esa chica, eso es todo. Pero conocerás a otras, te divertirás con ellas y las olvidarás después. Eso es lo máximo que podemos permitirnos, lo sabes. Lo sabías cuando entraste en…
¡Lo sé! Pero yo no decidí amarla, eso no es algo que se decida.
¡Debiste evitarlo! Debiste alejarte de ella en cuanto empezaste a sentir algo. De ese modo no sería tan doloroso… —Agarró el hombro de su amigo en señal de apoyo—. Oye, sé que no has elegido esto, pero debes elegir dejarlo atrás. Olvídala. Por tu bien, Sher’. Y por el suyo.
Sheridan no habló, ni siquiera miró a su amigo. Mantenía la cabeza gacha, los hombros caídos, los brazos colgando al lado del cuerpo; la perfecta postura de alguien que ni siquiera piensa oponer resistencia.
¡Sher’, por toda la sal que hay en el mar…!
Debo quedarme con ella.
Quieres quedarte con ella. Pero hiciste un juram…
Tengo que protegerla.
¡¿Protegerla?! Si te fugas con ella la pondrás en peligro. Lo que debes hacer es abandonarla como hiciste con las demás. Si de verdad quieres protegerla, vuelve a Faen y actúa como si nunca hubieses cometido el error de enamorarte.
No puedo. —Hizo una pausa, vacilante—. Está embarazada —musitó—. Está embarazada, Nid. —Alzó la vista y clavó sus ojos llenos de dolor en los de Nidawi.
Muchas mujeres crían solas a sus hijos. Quedándote no ayudarías; los pondrías en peligro a ella y al bebé. Esa es una razón más para…
De mí, Nid. Está embarazada de mí. —Sus palabras sonaron como sollozos.
Sher’, comprendo que no te guste la idea de abandonar a tu propio… —entonces reparó en las implicaciones de lo que había dicho su amigo y una expresión de puro terror se dibujó en su rostro—. De ti. ¡Anpauen!
Sí… Anpauen.


El mundo en el que se desarrolla esta historia es propiedad de Patrick Rothfuss pero la historia y los personajes son míos. No permito que copien, editen o se apropien de este relato.


Última edición por Eztli el Sáb Oct 20, 2012 6:33 pm, editado 1 vez
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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Amras el Dom Oct 07, 2012 1:53 pm

Esta muy bien Eztli, por fin conocemos algo de tu misterioso padre Jeje
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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Admin el Dom Oct 07, 2012 3:09 pm

Gu-au...
¡¡Pinta requetebien!!
Conti, por favor...


*Sólo los locos y los sacerdotes no le temen a nada. Y yo nunca me he llevado muy bien con Dios.*
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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Eztli el Mar Oct 09, 2012 7:30 pm

Deserción

Nidawi decidió posponer su regreso a Faen. Más adelante tendría que rendir cuentas ante los Superiores, pero necesitaba más tiempo, tres días no bastarían. Cuando volviera, diría que las cosas se habían complicado y habían necesitado algo más de tiempo.
Es que no había manera de morir en esta misión… Era una misión aburrida, sin peligro, sin emoción…
…así que decidiste buscar el peligro por tu cuenta.
Sheridan desvió la mirada, sin estar seguro de si Nidawi estaba dando una idea o haciendo una acusación.
Se me han ocurrido una docena de posibles muertes, pero son todas ridículas, suenan como si me hubiese ahogado en un vaso de agua.
Más bien en una jarra de hidromiel. —Nidawi esbozó una sonrisa cómplice.
Pues me lo estoy planteando seriamente. —Sheridan también sonrió, a su pesar.
Habías bebido mucho. Estabas irritable y malhumorado porque llevábamos varios días sin conseguir nada… y por una chica. —Dirigió una mirada elocuente a Sheridan que, de nuevo, no supo si su amigo le estaba acusando—. El caso es que unos hombres dijeron algo que te molestó, y tú, bebido y enfadado, tenías ganas de pelear. Entonces ellos te dedicaron un insulto particularmente ofensivo. Tres mercenarios y dos arcanistas, eso fue muy mala suerte. Obviam…
Sheridan bufó.
¿Me han matado cinco desgraciados de…?
Obviamente —cortó Nidawi alzando la voz por encima de la de su amigo—. No fueron sus habilidades las que te mataron. Fue tu propio Poder. Quisiste lucirte, demostrar de qué eras capaz y darles una lección a esos tipos. Pero se te fue de las manos, el Poder te mató. No me mires así, Sher’, podría haber pasado.
Yo no habría perdido el control del Poder. No habría necesitado correr riesgos para impresionar a unos paletos. —Parecía realmente ofendido—. No soy idiota, ¿sabes?
No eres idiota, eres arrogante, eres muy orgulloso. Y todos en el burdel te estaban mirando, así que…
¿Burdel?
Te llevé allí porque pensé que una hermosa y hábil cortesana te animaría. El caso es que esos te estaban ridiculizando. Y todo el mundo te miraba, los mercenarios, los maridos que habían huido de sus penosas vidas, los hombres desesperados… todos te miraban con superioridad. Y las chicas te estaban viendo. Así que decidiste hacer una demostración de tu poder. Pero había hombres instruidos entre tu público, no habrías podido impresionarles con cualquier truco barato.
¿Y tuve que usar el Poder? Venga ya, Nid, no soy tan mediocre.
Nidawi sonrió, satisfecho.
Eres muy orgulloso. No querías demostrar que «no eres tan mediocre», querías demostrar que eres increíblemente hábil. Querías cerrarles la boca y que temblaran ante tu presencia.
¿No crees que exageras un pelín?
¿Lo hago? Habías bebido mucho, estabas enfadado y rodeado de idiotas. Estabas rodeado de gente patética con complejo de superioridad. Mírate —rió—, solo de oírlo se te enturbia la mirada, Sher’. Usaste el Poder porque treinta hombres patéticos osaron meterse contigo y creerse superiores a ti. Creaste una criatura de cuento, un «dragón diabólico», en palabras de los testigos, puro teatro, por supuesto. Pero, por lo visto, en un alarde de poder, cometiste el error de dotar de vida a tu creación. Todo el mundo sabe que el precio de una vida es otra vida. Y el universo se cobró la tuya. Los que estaban allí aseguran que te desplomaste sin más.
Yo nunca habría hecho eso —lo dijo con un deje de ofensa, pero también con un resquicio de duda.
Claro que no. Porque yo no te habría dejado. Pero esa noche yo estaba… —compuso una sonrisa pícara— ocupado. El día siguiente, un camarero me lo explicó todo. —Puso una expresión abatida—. Jamás podré perdonármelo. Si me hubiese quedado contigo… —Pareció que iba a romper a llorar—. No debí dejarte solo en ese estado. No querré volver a hablar del tema —añadió en su tono normal—. Nunca. Me pondré triste e irritable cuando alguien me pregunte. Con un poco de suerte, al final ni siquiera te mencionarán en mi presencia.
Vaya… —Sheridan rio—. Estoy impresionado. No sabía que tuvieras esas dotes interpretativas. Pero, Nid, dar mi vida por lo que cinco paletos…
Se metieron contigo, Sher’. Te menospreciaron.
Ya, pero…
¿Tienes una idea mejor? ¿Algo verosímil? —se apresuró a añadir cuando su amigo separó los labios con expresión entusiasta.
Hubo un momento de silencio.
Qué muerte tan poco honrosa…
Claro, que el señorito quería morir como un héroe. Encima. —Le dio un puñetazo cariñoso en el hombro.
A Ekaitz le va a encantar enterarse de esto…
¡Ekaitz! Vaya, nos acaba de ganar la apuesta a todos.
¿Qué?
Ekaitz apostó su espada de fuego y hielo a que te acabarías matando tú solo haciendo alguna estupidez.
¿Qué apostaste tú? —preguntó Sheridan frunciendo el ceño.
Mi pulsera de luces trenzadas a que te asesinaría un posadero.
¿Un posadero? ¿Qué demonios, Nid?
Si yo fuera posadero, no podría reprimir mucho tiempo el impulso de asesinarte —repuso encogiéndose de hombros.
Ambos hombres rieron brevemente.
Siento que pierdas tu pulsera por mi culpa, Nid. Es una pulsera fantástica. Lo que quiero decir… Nid, yo… No hay palabras para… Lo que haces por mí, el riesgo que corres… Gracias. — Se acercó y le beso ambas mejillas.— Gracias.
Nidawi lo abrazó fuertemente y permanecieron así largo rato, conscientes de que, después de aquello, no volverían a verse jamás.


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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Samuel Odem el Mar Oct 09, 2012 8:19 pm

Esta i.n.c.r.e.i.b.l.e!!!
Porfavor continua Eztli!! quiero saber que pasaa con Ekaitz....

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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Admin el Mar Oct 09, 2012 8:32 pm

Esto se pone muy bien y es muy tierno... Jajajajaja
¿Quién diría que los fatas pueden sentir de esa manera? Razz
Genial, continuación, continuación...


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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Amras el Mar Oct 09, 2012 9:30 pm

Esto cada vez se pone mejor, esta muy muy bien y ni que decir tiene que espero la tercera parte
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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Eztli el Mar Oct 09, 2012 10:41 pm

¡Gracias, chicos!
Por supuesto, tendréis la continuación en cuanto pueda. ¡Con un público tan agradecido da gusto! Jajaja
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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Eztli el Jue Oct 11, 2012 12:34 am

La pequeña

Los últimos meses habían sido de pesadilla; el miedo, la culpa y las dudas no le habían dado tregua. Había estado triste e irascible, se había odiado a sí mismo y a su amada. Había pensado mil veces en marcharse. Pero todo se desvaneció de golpe en cuanto la tuvo en brazos; una niñita de piel marmórea y cabello negro. Su niñita. En ese momento supo que había tomado la decisión correcta, y se juró que jamás se echaría atrás, que permanecería siempre junto a sus dos amores.
La pequeña tenía rasgos fata, y el blanco de sus ojos desaparecía cuando lloraba. Pero era, a todas luces, una niña normal, al menos para tratarse de una medio fata. No mostraba señales de poseer el Poder. «Tal vez su condición de medio humana le ha impedido heredarlo». Sheridan no podía sentirse más aliviado; aquello facilitaba mucho las cosas, las simplificaba de un modo maravilloso. Era una pequeña adorable, toda alegría y afecto. «Es inofensiva. ¿Cómo iba a ser una amenaza para nadie? ¿Cómo podría alguien considerarla una amenaza? Es una niña adorable, y se convertirá en una mujer buena». Y lo más importante: no tenía Poder, lo que significaba que estaba a salvo. Pero Sheridan se equivocaba.
Eztli tenía tres años cuando ocurrió. La pequeña estaba creando florecillas blancas, como las que tantas veces había visto crear a su padre, pero las de la niña lanzaban destellos de colores. Se trataba de algo muy sencillo, pero no era simple magia fata. «¡Maldición! Sí tiene Poder». Aquello no estaba bien. Si Eztli tenía el Poder, no podría ocultarlo. Aunque Sheridan lograra encubrirla hasta que aprendiera a controlarlo, antes o después, su hija acabaría usando el Poder delante de otros, y la Hermandad lo sabría, la encontraría y la mataría. «¡No, no, no! No puede tener Poder…» Debía hacer algo al respecto. Solo había una persona que pudiera ayudarle. «Otra cosa es que se digne a hacerlo».

Visita al hogar

Cómo logró convencer a Aruma de que le dejara llevarse a su pequeña a Faen y ella se quedara en casa, es algo que no llegó a comprender del todo y que nunca recordó con exactitud.
Pero, amor, no hay motivo para negarse.
¿Cómo no voy a negarme? ¡Te quieres llevar a mi hija a otro mundo y me pides que yo me quede aquí! ¿Qué pretendes hacer, que no quieres que yo vea? ¿Acaso piensas ofrecérsela como sacrificio al rey de los demonios?
Solo quiero que conozca su otro mundo —dijo Sheridan, ignorando el insulto.
Y, ¿por qué no puedo ir yo?
Por supuesto que puedes, pero no quieres.
Sí, sí quiero. Es más, me encantaría ir de visita al infierno —espetó ella—. Si es allí dónde está mi hija, allí es donde quiero estar yo. ¿Por qué demonios no quieres que vaya? ¿Qué pretendes?
Faen no es ningún infierno, amor mío. —Se acercó a ella, le acarició el rostro y le dedicó su sonrisa más devota—. Solo que a ti no te gustaría.
Ella le dio una bofetada.
¡Basta! Y deja ya de responder a todo con siete palabras, imbécil, eso es para enamorar, no para convencer. Y no, no te vas a llevar a la niña a ninguna parte sin mí. ¡NO VAS A SEPARARNOS! No sé qué demonios te ha dado, pero si te atreves a…
Solo quiero que Eztli conozca sus orígenes. —Aruma lo fulminó con la mirada—. Perdón.
Si te atreves a llevártela, juro que te perseguiré por ambos mundos y, cuando te encuentre, te haré tanto daño que me suplicarás que te mate, te haré algo tan horrible que quienes lo vean jamás podrán volver a dormir. Lo juro por toda la sal que hay en mí, lo juro por la piedra y el olmo, por la luna en constante movimiento. —Lo decía completamente en serio, estaba dispuesta a cumplir su amenaza y en su mirada se atisbaba la capacidad de hacerlo—. ¿He hablado claro?
Amor, me estás entendiendo mal, yo no…
¿HE HABLADO CLARO?
Sí, amor —musitó bajando la mirada—. Perdóname, mi amor.

Sheridan creyó que Aruma iba a echarlo de casa en cualquier momento. Temió incluso que intentara matarlo. ¿Cómo había podido creer que quería secuestrar a su propia hija? ¿Cómo había podido creer que iba a traicionarla? ¡Si tuviera la menor idea de cuánto había arriesgado por ellas! ¡Si supiera a lo que había renunciado! Pero no, claro que no lo sabía, ni debía saberlo nunca; esa era su carga. Aquello era culpa suya, y sería él quien lo remediara. Así que, una noche, cuando la pequeña ya estaba dormida, Sheridan se arrodilló frente a su esposa y le ofreció siete flores blancas.
Perdóname, mi amor, soy un completo imbécil.
Ella le dedicó una mueca extraña, como si no pudiera decidir que expresión adoptar y estuviera tratando de componerlas todas a la vez. Antes de que Aruma pudiera decidirse por el enfado, Sheridan se apresuró a “confesar”, imprimiendo una buena dosis de vergüenza y pesar en su voz, que no quería llevarla a Faen por sus padres. Eran nobles y muy tradicionales, dijo, y no veían con buenos ojos que se hubiese casado con una humana. Si la llevaba con él, su familia sería descortés con ella. Sheridan inventó una familia de ricos estúpidos y repelentes, suplicando para sus adentros que Aruma no quisiera conocerlos. Mentir tanto no entraba en sus planes; no le gustaba tener que hacerlo. «Aunque, en realidad, no es del todo mentira. La Hermandad se convierte en la única familia de todos sus miembros. Y si llamo “hermanos” a mis compañeros, podría llamar “padres” a los líderes. Y ellos le harían algo peor que “ser descorteses” con ella».
Pese a todo, son mis padres, y me gustaría que conocieran a su nieta. Su única nieta. Me temo que a mí ya me han desheredado, pero tal vez consideren que nuestra pequeña no es responsable de tener el padre que tiene… No sé si me sigues. —Sonrió tímidamente—. No quiero que tengas que pasar un mal rato por mi causa. Además, si se atrevieran a decir una sola palabra contra ti; que lo harían,… sería capaz de hacerles mucho daño, Aruma. A mis propios padres.
Repitió mil veces lo avergonzado que estaba, pidió disculpas por su familia ficticia y habló de pasada de la importancia de conocer los propios orígenes. «Hipócrita, farsante —se dijo—; esa niña nunca sabrá quién es en realidad». Al final, Aruma debió apiadarse de su abochornado marido, porque acabó consintiendo en el viaje, con la condición de que volviera en el plazo de tres ciclos. Sheridan juró que así lo haría. No le dijo a su esposa que tres ciclos en el mundo humano podían ser mucho más tiempo en Faen. Se puso en marcha tratando de no imaginarse a sí mismo volviendo a casa al cabo de tres ciclos humanos con una Eztli ya adolescente.



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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Samuel Odem el Jue Oct 11, 2012 12:43 am

Eztli tu historia es una de las mejores que e leido. Escribes con la misma pasion de Patrick (xD)
Porfavor continua!!!!
Puedo ser paciente como tres rocas juntas....
7 palabras... :lol!:

Samuel Odem
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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Celean99 el Jue Oct 11, 2012 4:35 pm

Eztli tu historia es PERFECTA!!
Espero poder aguantar hasta que continues... No tardes mucho por favor!!! : )

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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Admin el Jue Oct 11, 2012 7:31 pm

Está cada vez mejor... Very Happy
De verdad, no sé yo si debo seguir leyendo, si me engancho... ¡No podría dormir!
Aún así, creo que seguiré, sólo te pido continuaciones rápido, porque sino serás responsable de mi insomnio crónico. Razz


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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Eztli el Jue Oct 11, 2012 9:10 pm

Kian Dak-Ho

Aunque ambos estaban irreconocibles —había usado sus mejores dotes de glamoría para cambiar su propio aspecto y el de su hija—, Sheridan no estaba tranquilo. Habían aparecido en Ocaso, lo que significaba que tendría que atravesar la tierra que lo había visto nacer y crecer. Pasaron por Hacia el Día, siguieron avanzando hasta Amanecer y desde allí se dirigieron hacia Claridad, donde habitaba Kian Dak-Ho, un ser poderoso y arcaico, anterior a los fata, un ser con conocimientos perdidos y secretos que nadie más poseía. Allí, Sheridan deshizo la glamoría que les ocultaba y cubrió sus ojos y los de su hija con vendas opacas; pronto la intensidad de la luz, que para el ciego Kian Dak-Ho era indiferente, sería insoportable para sus ojos. Avanzó a ciegas, con su pequeña en brazos, en silencio, pisando con cuidado y atento a cualquier ruido.
Creí que a los Artífices no se os permitía procrear. —Era una voz grave y aterciopelada—. Claro que no —una leve carcajada—, por supuesto que no… Sería un desastre si los Artífices se multiplicaran y se expandieran, ¿verdad? —Esta vez rió con ganas.
«Sabe quien soy». Sheridan se giró en dirección al sonido, o, más bien, giró varias veces sobre sí mismo tratando de seguir la voz. Al final desistió e hincó una rodilla en el suelo.
Kian Dak-Ho, mi ilustre señor, os estaba buscando.
¿Tuyo? —Se acercó a Sheridan por detrás, le posó sus manos como garras sobre los hombros y le clavó los dedos en la carne—. Sheridan Serpi —pronunció el nombre como si hablara de un amante—. Ponte en pie —ordenó bruscamente—, quiero conocer tu rostro.
Sheridan obedeció. Unas manos delicadas le acariciaron suave y metódicamente el cabello, el rostro y la nuca, y luego pasaron al rostro de la pequeña que llevaba en brazos.
Tu hija es idéntica a ti, Artífice. Sois hermosos.
Lord Kian Da…
Calla. Ya sé que quieres pedirme algo. Nunca recibo visitas, y cuando viene alguien es solo para obtener algo de mí… —Sollozó—. Qué gente tan poco considerada, qué gente tan egoísta… —Rió—. Se van sin beber conmigo, se van sin preguntarme cómo estoy —Sheridan lo oyó dar brincos a su alrededor al tiempo que hablaba—. Nadie dice «¿Cómo estás, Kian Dak-Ho?» —Paró en seco—. ¿Cómo estás Sheridan? —Preguntó con voz melosa—. ¿Cómo has dormido?
Estoy preocupado, mi señor. No he dormido, mi señor.
Tuyo, tuyo, tuyo, señor tuyo… —canturreó—. Kian Dak-Ho es señor, maese y lord. Mas a nadie importa Kian Dak-Ho. Kian, Kian, Kian Dak-Ho…
Por favor, haré lo que sea… Cualquier cosa. Necesito vuestra ayuda.
Nunca viniste a verme —su tono era exageradamente ofendido— y ahora que estás en apuros te acuerdas de que existo. ¡Eres lo peor! —concluyó con un gritito afeminado.
Necesito que…
Eztli, pequeña, ¿te gustan los pastelillos de fruta?
Está dormida —«¡¿También sabe su nombre?!»—, ha sido un día agotador.
Kian Dak-Ho se acercó de nuevo a él y zarandeó suavemente a la niña.
Hola, Eztli, soy el tito Ki-Ho —dijo con ternura—. Es hora de desayunar, ¿te gustan los pastelillos de fruta?
Hola, tito Ki-Ho. ¿Y papá? No veo nada…
Estoy aquí, cariño.
Nadie ve nada aquí, pequeña. —Rió.— Nadie ve en casa del ciego. Pero los pastelillos son deliciosos, los mejores del mundo. ¡Amouen! —arrancó a la pequeña de los brazos de su padre y se alejó a paso ligero.
¡Espera! —Sheridan no tuvo tiempo de reaccionar. Se apresuró a seguirle, pero demasiado tarde. Corrió a ciegas durante varios minutos, gritando el nombre de su hija y el de Kian Dak-Ho, desesperado.


No seas angustias —espetó la voz aterciopelada.
¡Kian Dak-Ho! ¡Mi hija! —Se abalanzó sobre el ser, o al menos eso creyó hasta que cayó aparatosamente al suelo.— ¿Qué le has hecho a mi…?
Aaaanguuuuustiaaaaaaas. —El hombre rio—. No está bien hablar de otra persona en su presencia como si no estuviera delante. ¿Acaso lo que tienes que pedirme no tiene que ver con tu hija? No. Mi respuesta es no. Pero tú formularás la pregunta de todos modos. Y no está bien que tu hija la escuche.
Mi hija tiene el Poder. Eso le costará la vida.
Claro, claro. Imagínate qué caos si los Artífices tuvieran hijos. Imagínate qué caos si hubiese personas con el Poder esparcidas por el mundo. —Rió suavemente—. Imagínate qué divertido. Es una lástima que vayan a matarla, porque…
No la matarían si no tuviera Poder.
Pero lo tiene. Y morirá. Morirá, morirá, morirá… —canturreó.
Sheridan empezaba a perder la paciencia.
¡NO! ¡Cierra la boca, viejo loco!
Tu señor es ahora un viejo loco —había una nota de placer perverso en su voz.
Vos podéis quitarle el Poder, así estará a salvo —alegó desesperado—. Por favor —añadió en un tono siceramente humilde—. Por favor, quitadle el Poder a mi hija.
Eso es imposible.
No para vos. Vos sois el mayor conocedor. Lo que fue otorgado puede ser arrebatado, ¿verdad?
Sheridan Serpi. Sher’, Sher’, Sher’… A ti te otorgaron el Poder, te cambiaron, hasta cierto punto, para dártelo. A ella no. Ella nació con él. Pedirme que se lo quite es como pedirme que le quite la razón o el carácter. Es como pedirme que le quite el aliento o los latidos del corazón. El Poder forma parte de ella. No puedo hacerlo. No hay nadie que pueda.
Vos sí.
¿Yo? Pero si no soy más que un viejo loco…
¿Qué queréis que haga? ¿Qué queréis que diga? ¿Qué debo hacer para que me ayudéis?
No puedo ayudarte, Artífice. Me pides algo imposible.
No es cierto. Sé que podéis hacerlo.
Puedo hacer desaparecer el Poder de tu hija. Pero eso la cambiará. Resumiendo, tu hija desaparecerá con el Poder. Tendrás el mismo continente pero el contenido será distinto: ya no será tu pequeña Eztli —añadió, apenado—. ¿Es eso lo que quieres, Artífice? ¿Quieres que la cambie? No, claro que no. Eso podrías haberlo hecho tú mismo… —Volvió a llenar el aire de carcajadas suaves.
¿No hay algún modo de…? —La voz de Sheridan era suplicante—. ¿No podríais neutralizar de algún modo el Poder? Si no puede usarlo y no sabe que lo tiene… entonces nadie se dará cuenta…
Kian Dak-Ho rio complacido.
Sí, creo que eso sí podría hacerlo, aunque nunca antes lo he intentado. Algo podría… —hizo una pausa dramática— salir mal.
Honorable Kian Dak-Ho, no sabéis cuánto os lo agradezco.
No he dicho que vaya a hacerlo.
¿Lo haréis?
Todo el mundo viene aquí a pedirle favores al pobre Kian Dak-Ho. Cuánto egoísmo. Cuánta desconsideración. Nadie viene a hablar con él. Nadie le pregunta cómo le ha ido el día… Nadie se queda a jugar una partida de tak. Vienen a pedirle favores y se van en cuanto tienen su negativa. Se van y dejan solo al pobre Kian Dak…
Mi señor, os lo suplico: ocultad el Poder de mi hija. Hacedlo y después vendré a vivir con vos si así lo queréis. Haré cuánto sea necesario.
Kian Dak-Ho se abalanzó riendo de puro placer sobre Sheridan y lo envolvió en un abrazo.
¿Harías eso, Artífice?
Sí. Haría cualquier cosa.
¿Te quedarías para siempre?
Sí.
¿Serías mi esclavo? —Le agarró por el pelo.— ¿Serías mi amante? —Se acercó hasta rozarle la oreja con los labios.— ¿Serías mi mascota?
Sí… Seré cuanto queráis si me concedéis lo que os pido.
Kian Dak-Ho lo liberó de su abrazo y rió con ganas.
Sandeces. ¡Nada más que sandeces! —Tomó a Sheridan de la mano, aún riendo—. Ven, Artífice. Voy a pensármelo antes de darte una negativa. Estás dispuesto a darme mucho, ¿verdad, Sher’? —Hizo la pregunta con un tono ligeramente lascivo—. Estás dispuesto a darme menos de lo que dices, pero también más de lo que sabes. —Rio suavemente—. Tal vez quiera algo de ti. ¡O tal vez no! —Rió como un histérico.—¿Quién sabe? Es muy posible que solo te esté haciendo perder el tiempo… Esperarás la negativa en mi refugio. ¿Te gustan los pastelillos de fruta, Sheridan Serpi? —Empezó a canturrear con una melodía lúgubre mientras guiaba a Sheridan a través de la luz cegadora, hacia su hogar.
Nadie ve en casa del ciego:
Todos a tientas van por ella
En pos todos de una estrella
Hasta aquí portan su ruego
La razón no hace mella
Ni logra ningún reniego
Como si grabada a fuego
Su sandez fuera más bella...




El mundo en el que se desarrolla esta historia es propiedad de Patrick Rothfuss pero la historia y los personajes son míos. No permito que copien, editen o se apropien de este relato.



Última edición por Eztli el Sáb Oct 20, 2012 6:35 pm, editado 1 vez
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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Amras el Vie Oct 12, 2012 9:30 am

Impresionante, sin palabras me has dejado Eztli. Me encanta tu historia, ya tengo ganas de ver que es lo que pasa a continuación.
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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Samuel Odem el Vie Oct 12, 2012 8:11 pm

Jajajaja!!!
El viejo loco me cayo bien. Me tienes completamente enganchado a la historia Eztli, necesito mas!!!!
Gracias.

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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Admin el Vie Oct 12, 2012 9:15 pm

Dios mío.
Ese hombre me cae peor que el Cthaeh.
Mucho peor, aún así la historia te está quedando fantástica, ¡¡queremos conti, queremos conti!! Very Happy


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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Tempi el Sáb Oct 13, 2012 4:39 pm

Creo que es realmente fantástica la historia que estás desarrollando*admiración*, Eztli. No había comentado todavía porque no había leido ninguna de las partes, pero las he leido ahora todas del tirón y que sepas que aqui hay otro que espera con ansia la siguiente parte :').

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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Eztli el Sáb Oct 13, 2012 8:33 pm

Gracias a todos *hace una reverencia*, me alegro de que os guste. Smile
Pues aquí os dejo la continuación (bueno, no exactamente, en realidad ahora viene un paréntesis en que doy un salto atrás en el tiempo Razz)

La Hermandad

No eran muchos los que conocían la existencia de la Hermandad. Y eran todavía menos aquellos que podían imaginar siquiera a qué se dedicaba. Tan solo los propios miembros sabían cuál era el nombre de la organización: la Hermandad no tenía nombre. Así, no había modo de que nadie descubriera su nombre, y nadie podría tener poder sobre ella. Era absurdo, por supuesto, y meramente simbólico —todas las cosas tienen un nombre, aunque no las llamemos de ningún modo— pero era un detalle romántico que siempre hacía sonreír a Sheridan.
Sheridan siempre había sentido fascinación por los llamados Modeladores, aquellos que cambiaban y creaban. Había fantaseado mil veces con la idea de murmurar unas palabras para hacer acudir a algo que hasta ese preciso instante no existía. Comentaba con sus amigos lo maravilloso que sería poder crear, y ellos se reían de su naturaleza soñadora. A él no le importaba. Volcaba su tiempo y energía en aprender a ver, a hacer que las cosas parecieran y a hacer que las cosas fueran. Ese interés en común fue el que le unió a Satu, una buena amiga y su primera amante. Fue a través de ella que conoció a Aiyana, su maestra. De Aiyana aprendió a conocer y a hablar. Con ella se convirtió en un artesano sublime en el arte de hacer que las cosas parezcan y el arte de hacer que las cosas sean. Fue Aiyana quien le habló de la Hermandad.
Existe una… una hermandad, por así llamarla. Tal vez hayas oído rumores sobre nosotros en que nos llaman, simplemente, «la Hermandad».
¿«Nosotros»?
Sheridan, serías grande en la Hermandad, serías el más grande que se haya visto en mucho, mucho tiempo —los ojos amarillos de su maestra brillaban de pura excitación—. Tu sueño… —vaciló—, mierda, estoy diciendo demasiado. Da igual. ¡Como si fueras a rechazar! ¡Sheridan, tu sueño se haría realidad! Nosotros —susurró, emocionada— creamos, Sher’… Creamos. —Miró intensamente a su pupilo, como esperando su reacción.
Sheridan se quedó mirando atónito a su maestra. Entendía perfectamente a qué se refería, pero no se atrevía a creerla. Ella lo agarró por los hombros y lo zarandeó bruscamente.
¡No te quedes ahí con ese careto de gilipollas! Te estoy hablando de crear —pronunció la palabra despacio, como si Sheridan no hablara el idioma—. ¡Puta mierda, Sher’! ¡Podemos darte ese poder! El Poder. Serás como los jodidos Modeladores. ¡Los Modeladores, Sher’! ¡Di algo ya, joder!
Sheridan trató con todas sus fuerzas de reprimir la enorme sonrisa boba que quería dibujarse en sus labios.
Os burláis de mí. Os burláis de mi ingenuo sueño como todos los demás.
Por toda respuesta, Aiyana murmuró unas palabras y de la nada apareció una especie de baya plateada que Sheridan no había visto jamás.
¿Me tomáis por un hombrecito, Aiyana? ¿De verdad creéis que voy a…?
Calla, imbécil, y cómete la puñetera fruta.
Sheridan estuvo a punto de ahogarse cuando su maestra introdujo bruscamente la baya del tamaño de un puño en su boca. Era lo más delicioso que había probado jamás. Era un sabor que no existía. No hasta que Aiyana lo forjó. Era el sabor de un sueño imposible hecho realidad.

Antes de ingresar en la Hermandad, debías ser todo un maestro en glamoría y grammaría, y un nominador experto, casi instintivo; debías conocer mil y un nombres antes de hacer el juramento. Podía parecer una cifra desorbitada, pero conocer era necesario para crear. Los Modeladores fueron antes Conocedores. A la mayoría de hermanos les llevaba más de cien y más de doscientos años conseguirlo. A Sheridan solo le llevó varias décadas.
Pero el conocimiento y dominio de las diversas artes no eran suficiente para convertirse en Artífice —así era como se llamaban a sí mismos (en deferencia a los antiguos Modeladores, no utilizaban su mismo nombre). Necesitabas el Poder. Los Superiores te lo daban, lo añadían a tu esencia. Utilizaban nominación y modelación. Modelaban a los hermanos para que pudieran albergar el Poder, y añadían el poder a su nombre. O más bien les daban un segundo nombre, de modo que además de ser ellos, fueran modeladores. Era, en parte, una metamorfosis. Se trataba de un procedimiento complejo, delicado y muy peligroso. La mayoría morían en el proceso. Otros enloquecían. Otros muchos se convertían en pobres engendros, con el cuerpo y la mente quebrados, y había que matarlos. A veces, la esencia de las personas se perdía en el proceso y, tras añadir el Poder, la persona original había desaparecido para siempre y había alguien nuevo en su lugar. A veces también había que matar a estos últimos; se acababan volviendo locos, malignos y peligrosos. Incluso las raras veces en que todo salía bien, era posible que la persona cambiara muchísimo. En definitiva, era un proceso muy, muy peligroso, las posibilidades de éxito eran muy escasas, las expectativas en caso de fracaso eran horribles y las expectativas en caso de éxito no eran especialmente alentadoras. Por eso, muchos hermanos hacían su juramento cuando alcanzaban el nivel de conocedores y permanecían siempre como tales. Pero todo aquello no fue suficiente para echar atrás a Sheridan.

Y todo salió bien. Cierto que Sheridan había sufrido algunos cambios, pero tan sutiles que él mismo tardó en percatarse. Se volvió algo más impetuoso, algo más irreflexivo. Sus ojos, que siempre habían sido océanos en calma eran ahora mares agitados. Se volvió más agresivo, más enérgico, más melancólico. Se volvió muy enamoradizo —lo cual era un problema. Y se convirtió en un gran bebedor, aunque no estaba seguro de si debía atribuir ese cambio a la particular metamorfosis. No se trataba de grandes cambios, no era nada importante: Sheridan seguía siendo Sheridan, y había conservado la cordura. Aun así, recordaba haberlo pasado realmente mal después de recibir el Poder. Recordaba haber sentido decepción al principio. Dudas. Miedo. Arrepentimiento. Depresión. Creyó que se había vuelto loco y tendrían que matarle. Rompió todos los muebles de su casa en un ataque de rabia y terror, cuando, presa de la paranoia, encontró deformaciones inexistentes en su cuerpo. Aiyana veló por él todo ese tiempo con infinita paciencia; incluso suprimió el lenguaje soez. Casi.
Tranquilo, Sher’. Esto es normal. Pasará pronto. Y entonces serás el mejor de los modeladores. —Le ofreció una jarra de licor, que Sheridan rechazó con un manotazo brusco, haciéndola saltar por los aires.— Serás el mejor Artífice de la puta historia —añadió ella, ignorando el desastre—, en unas décadas hasta el capullo pedante del Sumo parecerá un mierda a tu lado, ya lo verás, Sher’. ¡Y el imbécil de Ekaitz! Ese cabronazo se muere de envidia… —Le apartó un mechón de pelo de la cara.— A él le llevó una eternidad meter los nombres en ese pedazo de mierda que tiene por cabeza, y todavía no ha alcanzado tu nivel, aunque aspira a ser un Superior, el muy capullo… Qué hijo de puta es, el muy gilipollas, verás qué cara se le queda cuando…
Oír a su maestra soltar tal sarta de improperios en un tono tan dulce le hizo estallar en carcajadas y disipó toda su amargura. Rió hasta que se le saltaron las lágrimas. Y el hecho de llorar le hizo llorar más. Y después de aquello se sintió mejor. Tras un sueño reparador, estuvo listo para hacer el juramento.

Ceremonia

Cuando un hermano hacía su juramento como conocedor y se convertía en Docto, se celebraba un pequeño ritual al que acudían el maestro del hermano en cuestión, uno de los Superiores y, con suerte, algún hermano curioso. En las escasas ocasiones en que un hermano podía prestar juramento como modelador, y convertirse así en Artífice, se llevaba a cabo un ritual más elaborado («Una mariconada», según Aiyana) que presenciaban el maestro del hermano en cuestión, los trece Superiores, e incluso el mismísimo Sumo. También se invitaba a los hermanos de rango elevado, y no se permitía asistir a los de rango menor, para evitar que toda la hermandad se congregara a ver el insólito espectáculo.
Sheridan ingresó en Oscuridad embargado de felicidad. Se internó hasta llegar a lo más profundo. Una vez allí, hurgó en su shaed —una de sus primeras obras— y sacó suficiente luz de luna para inundar un buen trecho de Oscuridad de luz plateada. Paseó la mirada por el gran círculo de luz y empezó a ponerse nervioso. Al otro lado del lago, había trece figuras sentadas en el suelo, de piernas cruzadas: los Superiores. Llevaban capas gris perla que ocultaban sus rostros y formas. Detrás de ellos, sentado en un trono suntuoso y cubierto con una capa negra, estaba el Sumo. La figura que buscaba estaba en pie, a una distancia respetuosa; el pelo ámbar de Aiyana tenía un efecto hipnótico bajo la luz plateada. Pese a su poco ceremonioso atuendo —todo encaje, transparencias y cuero— y a llevar la capa roja hecha una bola en la mano, tenía un porte muy solemne, muy digno. Aiyana, de hecho, siempre tenía un aspecto majestuoso «Hasta que abre la boca —pensó Sheridan, y tuvo que hacer un esfuerzo por reprimir una inapropiada sonrisa.» Tras su maestra había tres figuras más, dos cubiertas por una capa roja y la tercera por una verde. «Qué poco me gusta toda esta parafernalia… Bueno, acabemos cuanto antes.» Se desvistió tratando de ocultar su apremiante prisa y su ligero temblor y se metió en el agua hasta la cintura. Allí, se despojó de su segundo atuendo: deshizo la glamoría que hasta ese momento le había dado el aspecto de un hombrecito viejo, y volvió a parecer Sheridan. Respiró hondo y se esforzó en recordar las fórmulas que Aiyana le había hecho memorizar. Los hermanos Doctos hacían el juramento en fata, usaban un registro formal y pomposo, sí, pero aun así fata. Para los Artífices, el ritual era mucho más pomposo, y requería más formalidades y más simbolismo, por eso usaban un idioma simbólico y oculto, un idioma que ya nadie conocía (excepto, por supuesto, los Superiores y el Sumo).
Yerstga thiy nfints arklastve ntro xlongnye ntri sksoyv. —«Aparezco ante vosotros como soy, sin tapujos ni secretos». Pronunció lo mejor que pudo aquel idioma absurdo e impronunciable que ya nadie hablaba. Abrió ambos puños y mostró lo que sostenía: ámbar en la mano derecha y sombra en la izquierda. Los moldeó hasta formar un círculo perfecto de vaporosas espirales negras y ámbar.— Rukvlhe mimme kna dlatjrtga rvrisokvr mimmivr dnukdrwa. —«Con mis manos forjo la señal de mi servicio». Los nervios amenazaban con traicionarle. «Y ahora la canción absurda que probablemente no entiendan ni ellos. ¿De verdad eso puede significar algo?». — Blgerdnvr tzlavr dgra hmm mmm — la canción tenía pausas que debía llenar tarareando— vskriotneeee… hmmm… dvyrtni flwh dthi gnutm mimmivr… hm hmm dnukdrwa tseu hmm hmmm trnidtf hmm hmmm zsdvalntr’… —Al terminar la canción, algo pareció cambiar en el aire. Abrió los brazos.— Thiy ygdr dnatrvasu oy, thiy ygdr brirkektga. —«A vosotros me entrego, a vosotros os recibo. Y eso es todo, se acabó este maldito idioma.»
Entonces, de una de las capas gris perla emergió una mujer de cortas trenzas rojas que se metió en el agua y nadó hacia él. Cantó en el mismo idioma en que Sheridan había hablado, pero en sus labios sonaba dulce, hermoso. A medida que cantaba, siete palabras, escritas en un alfabeto que ya nadie leía, aparecieron en la espalda de Sheridan, tres más aparecieron en su mano izquierda y una última en su pecho, justo encima del corazón. Entonces Sheridan nadó hacia el otro lado. Las figuras gris perla se pusieron en pie y se apartaron para dejarle pasar. Salió del agua y se arrodilló frente al Sumo. Él se puso en pie y entregó a Sheridan una daga de un metal extraño con inscripciones en el mismo idioma que los tatuajes; la daga que había nacido de la unión de su anterior canción y los murmullos del Sumo, símbolo de la aptitud del aspirante y de la aprobación del Sumo (si una de las condiciones fallaba, no había daga, y, en ese caso, tanto el aspirante como el maestro que le había propuesto morían; así evitaban que cualquiera pudiera aspirar a ser Artífice).
Bienvenido, hermano Artífice Sheridan Serpi.
El Sumo y los Superiores se marcharon, caminando con elegancia, casi deslizándose, fuera de la luz plateada y fuera de Oscuridad. En cuanto estuvieron fuera de su vista, Aiyana se abalanzó sobre él.
¡¡¡Sher’!!! ¡Mi Artífice Sheridan Serpi! —Acarició sus tatuajes— Bienvenido al club. ¿Cómo te sientes?
Mojado —repuso él, un tanto aturdido.
Eres idiota —dijo ella jovialmente—. Mira, estos son Adahy, Nidawi y Eimi —señaló a las figuras rojas y a la verde, que sin sus capuchas eran un hombre oscuro, un hombre delgado de pelo castaño y ojos verdes, y una mujer de hermosos ojos violetas, respectivamente—. Adahy y Eimi son de rango tres, y Nidawi de rango cinco. Ahora mismo tú estás en el rango trece, porque eres un novato, pero ascenderás antes de que los hermanos tengan tiempo de aprenderse tu nombre. —Sonrió complacida y se dirigió al hombre de rango cinco.— Necesitabas un rango nueve, ¿verdad? Dale tres lunas y tendrás un jodido rango siete. Dale nueve y será tu puto superior.



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Última edición por Eztli el Sáb Oct 20, 2012 6:32 pm, editado 1 vez
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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Rasec el Sáb Oct 13, 2012 8:55 pm

Vas muyy bien a este paso Patrick comprara tu historia! Shocked
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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Admin el Sáb Oct 13, 2012 10:51 pm

¡Buah!!!!!!! ¡¡Me mata Aiyana!! ¡¡¡Es la mejor!!!! Very Happy
Me gusta más que la mismísima Denna, lástima que sea fata...

Dios mío, me encanta como va esto, de verdad. Me gusta muchísimo y no quiero engancharme, ¡pero tienes mucho jodido talento para esto! (Ves... Aiyana ya se ha apoderado de mi cuerpo ¬¬ XD) Me encanta. Razz No te pediré continuación, porque espero que eso ya lo sepas. Sólo te digo dos palabras:

Perfecto, sublime.


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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Tempi el Lun Oct 15, 2012 1:35 pm

Magnífica, me está enganchando esta historia, sigue así*entusiasmo*.

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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Eztli el Lun Oct 15, 2012 6:50 pm

Hermanos Artífices

Por supuesto, entrar en la Hermandad tenía un precio, y ese precio era mucho más elevado para los Artífices. Mientras los Doctos gozaban de cierta autonomía y tenían bastante libertad —podían salir al mundo y dedicarse a lo que quisieran, siempre que permanecieran localizables y disponibles para la Hermandad y siguieran ciertos principios básicos—, los Artífices pertenecían por completo a la Hermandad, y vivían e iban donde la Hermandad les ordenaba hacerlo. Además, los Artífices estaban sujetos a muchas más restricciones. Los Artífices no podían tener vinculaciones ajenas a la Hermandad; no podían pertenecer ni guardar lealtad a ninguna Corte «Como si eso pudiera interesarle a alguien.» ni a ninguna asociación o grupo, ni siquiera podían seguir perteneciendo a su propia familia, debían dejarla atrás al entrar en la Hermandad «De todos modos, nunca hemos estado especialmente unidos». Por supuesto, no podían amar, no podían vincularse emocionalmente a otra persona «Es una lástima, Satu, lo nuestro podría haber sido muy bonito». Por encima de todo, los Artífices no podían tener descendencia, tenían terminantemente prohibido traer hijos al mundo, hijos que nacerían con el Poder: solo la Hermandad podía entregar el Poder, solo el Sumo decidía quién era digno de poseerlo «Oh, silphium, hierbecita maravillosa, sé que te encargarás de eso». Los Artífices debían obediencia absoluta a la Hermandad, debían completar todas las misiones que les eran asignadas sin vacilar, sin discutir «Bueno, ellos nos dan el Poder, es justo que puedan usarlo, ¿no?»; eran, en cierto modo, siervos.
A Sheridan, nada de eso le importaba. Cumplía sus misiones sin reparar demasiado en ellas. Hacía lo que le pedían y el resto del tiempo se regodeaba en su nuevo juguete, desarrollaba su Poder, el Poder que siempre había soñado. Le daba igual qué tuviera que sacrificar, a qué tuviera que renunciar. Estaba dispuesto a dar todo cuanto tenía, todo cuanto le definía, a cambio del maravilloso Poder que le habían otorgado.
Contra lo que Aiyana había afirmado, Sheridan escaló muy despacio. Si de poder o habilidad se hubiese tratado, Sheridan habría ascendido hasta el primer rango en un suspiro. Pero había cosas que importaban tanto o más que la habilidad. Cosas que a Sheridan no le interesaban, igual que no le interesaba en absoluto ascender. Lo que quería ya lo tenía: el Poder, el poder creador. Lo demás le daba igual. Ni siquiera entendía del todo el propósito de la Hermandad. Sabía que, de algún modo, los Artífices actuaban también como artífices de la Historia. Urdían complejas tramas, sembraban discordias, inclinaban balanzas, desmoronaban alianzas, forzaban uniones… Por lo que Sheridan intuía, cada vez que les asignaban una misión, escribían una página de una historia, la mayoría de veces desastrosa y protagonizada por hombrecitos. Sheridan se preguntaba, no sin cierta ironía, si, al llegar al rango uno, ofrecerían a los hermanos la posibilidad de convertirse en hermanos Escribas o hermanos Titiriteros o algo por el estilo. Pero prefería no pensar demasiado en ello; saber que trabajaba para tal propósito le cargaba la conciencia. Claro, que no le importaba. También estaba dispuesto a pagar ese precio por el Poder.
De modo que, debido a su falta de interés, Sheridan tardó algunos años en llegar al rango siete que requería Nidawi. Pero a ninguno de los dos le importó. Trabajaban bien juntos, hacían un buen equipo. Sheridan no solo era poderoso, también era eficaz. Juntos, casi siempre pulían las misiones en la mitad del plazo que les daban, de modo que desde el primer momento tuvieron mucho tiempo para divertirse juntos, conocerse mejor y, finalmente, hacerse amigos.



Pacto con un diablo

La casa de Kian Dak-Ho era agradable. Se trataba de una amplia cabaña de ébano repleta de mullidos cojines, cálidas mantas y deliciosos pastelillos de fruta. En cada estancia había una pequeñísima ventana cubierta por una gruesa cortina ámbar, de modo que la luz allí dentro era tenue y agradable. Hasta el propio Kian Dak-Ho era agradable; era un anfitrión muy atento y, aunque al ya impaciente Sheridan le sacaban de quicio sus absurdas divagaciones, la pequeña Eztli parecía entenderse bien con él. Calculó que debían llevar un ciclo allí cuando Kian Dak-Ho le llamó a sus aposentos para hablar en privado.
Kian Dak-Ho estaba sentado sobre un cojín con las piernas cruzadas y la espalda muy erguida. Era alto, delgado, de aspecto frágil y rasgos delicados. Una larga trenza de color miel caía sobre su hombro derecho hasta la cintura. Tenía la piel rosada y los ojos totalmente blancos, sin iris ni pupila. Frente a él había colocado otro cojín para Sheridan y, entre ambos, una bandeja con pastelillos de fruta y dos jarras de licor de saúco. Sheridan se sentó y esperó.
He tomado una decisión, Artífice —dijo con voz melosa—. Estoy dispuesto a hacer lo que me has pedido. —Compuso una sonrisa torcida.— O al menos a intentarlo. —Rió con aquella risa suave suya.— Como ya te dije, nunca he hecho nada parecido… Ahora solo falta que tú estés dispuesto a pagar mi precio.
¿Cuál es ese precio?
Yo jamás he hecho nada parecido a lo que me pides. —Tomó un trago de licor.— Tú tampoco has hecho jamás nada parecido a lo que voy a pedirte. Es lo justo. —Le dedicó una cálida sonrisa a Sheridan y se llevó un pastelillo a la boca.
Sheridan esperó pacientemente a que Kian Dak-Ho hablara; en el tiempo que llevaba allí había aprendido que era lo más productivo. Cinco pastelillos y media jarra después, Kian Dak-Ho se acomodó en el cojín, con la espalda perfectamente erguida, la cabeza alta y las manos entrelazadas sobre los muslos y compuso una expresión solemne.
Quiero que crees un mundo para mí, Sheridan Serpi. Uno en el que pueda ver. Eres un gran Artífice, tienes un gran talento y un gran Poder. Créame ese mundo y el Poder de tu hija jamás se manifestará.
A Sheridan se le heló la sangre en las venas.
Tal vez podría hacerlo, ¡pero me llevaría décadas! Como mínimo... —se lamentó—. No puedo esperar hasta entonces para…
Kian Dak-Ho lo acalló con un ademán.
Sellaré el poder de Eztli ahora. Tú tienes veinte años humanos para crear mi mundo —sonrió con un ligero deje de sadismo—, un mundo en el que un ciego como yo sea capaz de ver. Si pasado ese tiempo yo no tengo mi mundo, el sello se romperá. —Ladeó un poco la cabeza y sonrió ampliamente, mostrando todos los dientes.
Sheridan tragó saliva; veinte años para crear, él solo, todo un mundo. Un mundo adecuado para Kian Dak-Ho, y además donde pudiese ver… Era un plazo más que ajustado. Su anfitrión se puso en pie.
¿Sellamos el trato, Sher’? —Una leve carcajada.
—repuso él poniéndose en pie; no tenía alternativa.
Kian Dak-Ho le tomó la mano izquierda y cantó siete versos en un idioma arcaico, olvidado, luego susurró una palabra sobre los labios de Sheridan y le pidió que la repitiera, y, por último, hizo un pequeño corte con una uña como el acero en los labios de Sheridan y en los suyos propios y le dio un beso en la boca. Entonces Sheridan lo sintió; algo que recorría todo su ser y se alojaba en lo más profundo de su mente y de su alma. Lo había oído decir muchas veces, pero solo ahora lo comprendía de verdad: un trato con Kian Dak-Ho era un vínculo irrompible, casi físico. No había modo de eludir un pacto con él. Sheridan se estremeció: también se decía que, salieran como salieran las cosas, Kian Dak-Ho siempre sacaba beneficio de los tratos que hacía.


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Última edición por Eztli el Sáb Oct 20, 2012 6:31 pm, editado 1 vez
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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Admin el Lun Oct 15, 2012 9:59 pm

¬¬
Pedazo de...
Evil or Very Mad
Maldito ciego viejo y hijo de mala burra... ¬¬
Conti, conti... Razz


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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Samuel Odem el Mar Oct 16, 2012 1:15 am

Bromeas Kvothe, esta increíble el giro!!!!!!
Por favor eztli!!!!
Continua!!!! study

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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Dinael el Jue Oct 18, 2012 1:55 am

NE-CE-SI-TO la continuacion dios la necesito ya,YA
Eres increible Etzil te quiero por esta historia!
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Re: Memorias de un hombre desvanecido

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