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Memorias de un hombre desvanecido

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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Eztli el Jue Oct 18, 2012 4:33 pm

Fuego fatuo

En tres años, Sheridan tan solo había descrito los primeros trazos del mundo que debía crear. Su obra estaba apenas empezada y ya había topado con muchas dificultades. Cada vez que la desesperación se adueñaba de él —algo que ocurría muy a menudo— iba a jugar un rato con su pequeña y se convencía de que, por ella, lo conseguiría. Eztli no había vuelto a mostrar indicios de poseer el Poder; el sello funcionaba, por fortuna. Con todo, Sheridan no podía evitar sentirse culpable por haberle arrebatado a su hija un poder tan hermoso que además ella había usado de un modo tan espontaneo, tan instintivo y natural como respirar. «Le he arrebatado algo maravilloso que formaba parte de ella. Pero debía hacerlo. Era el único modo de protegerla. Ahora está a salvo». Además, aun sin el Poder, Sheridan sabía que, con la instrucción adecuada, su hija llegaría a ser poderosa; y le enseñaría él mismo, lo que significaba que la pequeña llegaría a ser grande.

Aquella noche encontró a Aruma fuera, contemplando embelesada el cielo estrellado. No, no era el cielo lo que miraba.
¿Qué miras, amor? —Sheridan se le acercó por detrás y la rodeó por la cintura.
Mira —señaló—, un fuego fatuo… —Giró la cabeza hacia él.— Es hermoso, misterioso, mágico… Como tú. —Le besó.
En efecto, era un fuego fatuo. Pero no uno normal: este oscilaba del verde al azul al morado y se movía siguiendo un patrón concreto, aunque tan complejo y sutil que nadie que no lo supiera lo advertiría. Se trataba de una invención de Nidawi y él, era un mensajero oculto.
No tan hermoso ni tan mágico como tú, mi dulce hechicera.
Unas horas más tarde, Sheridan se deshizo con cuidado de Aruma, salió de la cama con sigilo y fue en pos del fuego fatuo. Lo encontró no muy lejos de donde lo había visto su esposa. Lo tocó con la mano izquierda y cerró los ojos. Las palabras aparecieron en la oscuridad, tras sus párpados:
«Sher’, no tengo ni la menor idea de dónde estás, así que he enviado este mensaje a recorrer el mundo humano con la esperanza de que lo encuentres, y de que para entonces no sea demasiado tarde. La Hermandad te busca. No creo que sepan la verdad. Pero están convencidos de que sigues vivo, en algún lugar. No sé qué les ha hecho sospechar (¡¿acaso has hecho alguna estupidez?!). Te buscan. Todos los Doctos tienen una descripción tuya (ya sabes que están repartidos por todo el mundo). Ten cuidado, Sher’. Protégete. No hagas estupideces. No respondas.»
Recibir un mensaje de su mejor amigo, del que creyó que no volvería a tener noticias, le dejó algo atolondrado. «Vaya, qué serio suena Nid, qué solemne. Y si tiene esa información seguramente es que está entre los tres primeros rangos. Qué grande. Me alegro por él». Solo después de repasar mentalmente varias anécdotas, se paró a pensar en el contenido del mensaje. ¡Le buscaban! ¿Cómo? ¿Acaso había hecho alguna estupidez? «Claro, he empezado a crear un mundo. Cuando alguien usa el Poder, ellos se aseguran de saberlo. Cuando alguien usa el Poder para algo tan grande como esto, resulta obvio para ellos, debe de ser como si les hubiera gritado al oído, aunque haya intentado no hacer ruido... Y un Poder como el mío debe ser fácil de reconocer… No hay muchos que sean tan poderosos… Deben de haber llegado a la conclusión de que soy yo por descarte…». ¿Qué podía hacer ahora? En primer lugar, debía de alejar a la Hermandad de Eztli y Aruma, y el único modo de hacerlo era manifestarse en otro lugar. Volvió a casa, se aseguró de que sus chicas dormían y recolectó en silencio todos sus objetos personales; todas sus pequeñas obras de grammaría, sus cartas de amor, su ropa, sus notas, todo. Lo que no podía llevarse con él, lo quemó en un claro en lo más profundo del Eld. Las únicas pruebas que Sheridan dejó de su presencia en aquel lugar fueron una niña con sus rasgos y un pedazo de papel que rezaba «Hermosas damas, vuestra sola existencia me embriaga». Esperó que Aruma cayera en la cuenta de que eran casi las mismas palabras que le dijo a ella la primera vez que le habló, y que entendiera lo que ello significaba. Esperó que la palabra resaltada le diera a entender que todavía las amaba a ambas, que las abandonaba para que estuvieran a salvo. «No necesito teneros a mi lado, sería egoísta quedarme con vosotras, me basta con saber que estáis bien: eso es lo que significa, Aruma». Pero sabía que sus esperanzas eran vanas: no podía esperar que su esposa entendiera, en siete palabras, todo lo que él había callado durante seis años. Sabía, en su fuero interno, que Aruma quemaría su carta y maldeciría su nombre una sola vez, para no volver a pronunciarlo jamás. Sabía que su esposa le odiaría y que su hija se preguntaría siempre por qué la había abandonado.
Mientras contemplaba cómo la mayoría de sus pertenencias ardían, Sheridan lloró amargamente, consciente de que sus posesiones materiales no eran lo único que se consumía entre las llamas.
Se marchó sin mirar en dirección a la casa donde aún dormían sus dos amores; no habría podido soportarlo.


El mundo en el que se desarrolla esta historia es propiedad de Patrick Rothfuss pero la historia y los personajes son míos. No permito que copien, editen o se apropien de este relato.


Última edición por Eztli el Sáb Oct 20, 2012 6:30 pm, editado 1 vez
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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Rasec el Jue Oct 18, 2012 6:48 pm

Vas muy bien!! me encanta la historia .Qué terminara haciendo Sheridan?
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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Admin el Jue Oct 18, 2012 10:12 pm

Te puedo asegurar que he leído LIBROS, libros publicados que no son tan buenos como tu relato. Te puedo asegurar que cada vez veo cosas de peor calidad publicadas, así que si quieres que no tire las toalla en mi búsqueda de buenos libros, publícalo.
Acábalo y publícalo. Me encanta y cada vez lo veo más claro. Wink

P.D: Lo digo muy seriamente, al final de cada capítulo añade por favor las frase siguiente: El mundo en el que se desarrolla la historia es propiedad de Patrick Rothfuss pero la historia y los personajes son míos. No permito que copien o editen mi novela, ni que se apropien de ella.

Te felicito muy seriamente.


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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Tempi el Vie Oct 19, 2012 10:47 pm

Pienso lo mismo que Kvothe, tu historia es muy buena y no tendria nada que envidiar a tramas de otros libros. Si bien lo que llevas nod a para un libro, creo que sí daría para un buen comienzo de uno o si no quedaría perfecto para relato corto. Te animo a seguir, Eztli.

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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Eztli el Sáb Oct 20, 2012 6:28 pm

Vaya, Kvothe, me alagas muchísimo Embarassed jajaja Creo que intentar publicarlo sería ir un pelín demasiado lejos Razz Pero si de verdad crees que merece la pena, creo que te haré caso con lo del "copyright". Gracias Very Happy
Gracias a todos, de verdad. Very Happy
Bueno, pues aquí os dejo un poco más:

Presa

Viajó tan deprisa como pudo. Se internó en Atur e hizo varias estupideces. Fue a Ceald y dejó algunas pistas disfrazadas de errores que ningún Docto habría pasado por alto. Pasó pavoneándose por la Mancomunidad. Finalmente, se paró en Yll, confiando en que a sus depredadores ya no se les pudiera ocurrir buscarle en los Reinos Pequeños.
Pero no podía quedarse allí, pues había trazado un sutil pero claro camino hacía él. Tampoco podía huir eternamente; sencillamente, era imposible. Y no podía permitirse morir: tenía que crear el mundo de Kian Dak-Ho, o el sello de su hija se rompería. Si lo encontraban, lo matarían. Luego tenía que evitar que le atraparan, y solo había una manera: de igual forma que, seis años atrás, el único modo de evitar que la Hermandad lo matara fue morir antes, ahora, el único modo de evitar que la Hermandad diera con él era ir antes a su encuentro.
Así pues, se puso de nuevo en marcha, esta vez cuidándose de no dejar una sola pista de su presencia. Iría a Faen, a Ocaso. «Y, una vez allí, ¿qué?» Presentarse ante los Superiores con un «¡Hola! ¡Cuánto tiempo!» no parecía muy buen plan. «¿Cómo evito que me maten? ¿Cómo me gano su perdón? ¿Cómo explico mi deserción? ¿Cómo? ¿Cómo? ¡¿Cómo?!». Necesitaría la simpatía y el apoyo de los Superiores. «Y muy simpáticos no son, precisamente». Tal vez ayudara tener el apoyo de alguien de rango superior, alguien que pudiera persuadir a los Superiores y al Sumo. Alguien que entendiera cómo funcionaban las cosas entre “los de arriba” y le guiara en su empresa de salir vivo e ileso. «¿Quién? ¿Quién entiende de esto?¿Quién tiene tanta influencia? Ekaitz está bastante metido… —rió para sus adentros—. No, alguien que no me odie. Nidawi está descartado por mucho que haya ascendido desde entonces, por supuesto. Adahy… No, no nos conocíamos tanto. ¿Sang Li? Es de rango uno y estaba como enamoriscada de mí… Pero es una estirada, no defendería a nadie que se hubiese saltado un convencionalismo, imagínate a un desertor…». Solo se le ocurría una persona, un rango dos que comprendía —y aborrecía— como nadie las peculiaridades jerárquicas de la Hermandad.


Intercesión

Aunque tenía el aspecto de un rubio barbudo, de ojos violetas y facciones duras, Aiyana tardó tan solo una fracción de segundo en reconocerlo.
¡Hostia puta! —lo agarró por el codo, lo lanzó dentro y cerró la puerta con un golpe brusco.
Mi dulce maestra. —Sheridan hizo una reverencia teatral al tiempo que recuperaba su propio aspecto.
Ella lo miraba con los ojos muy abiertos, atónita.
Así que era cierto... —compuso una sonrisa traviesa— estás vivo. ¡Estás vivo! —Le abrazó alegremente.— Me cago en la hostia… estás vivo —repitió con temor. Entonces su expresión se endureció de repente y su puño voló hacia la cara de Sheridan.— ¡Lloré por ti, cabronazo de mierda!
Lo siento, Aiyana —se disculpó él, palpándose la sangrante nariz.
Y Nidawi lo sabía —escupió—. Le pregunté al muy capullo si él sabía algo del asunto de que pudieras estar vivo y no dijo una puta palabra, ni siquiera reaccionó el muy idiota, y eso le delató. Eso sí, no ha cedido, se ha mantenido firme e indignado en su versión. ¡Y cómo lloró el mamonazo, cuando volvió sin ti! ¡Menudo bufón! Se me partía el corazón de verlo tan mal… ¡Cabronazos, hijos de puta!
Mi dulce Aiyana… —Le dedicó una sonrisa divertida.— Tenéis los labios de una cortesana y la lengua de un marinero borracho, ¿os lo he dicho alguna vez?
El puño de Aiyana voló de nuevo hacia él, pero esta vez lo interceptó. Aun así, con un movimiento rápido, su antigua maestra le derribó y se colocó encima de él, inmovilizándolo.
¿En qué —le propinó un puñetazo— cojones —le golpeó de nuevo— estabas —otro golpe— pensando? —Le dirigió una mirada inquisitiva.— ¡Tú! ¡Mi mejor pupilo y mi…! ¡Debiste decírmelo! ¿Sabes lo mal que lo pasé? No. Tienes. Ni. Puta. Idea. —Remarcaba cada palabra golpeándole el pecho— De. La. Vergüenza. Y. La… IMBÉCIL —Se levantó de golpe, tratando, demasiado tarde, de ocultar las lágrimas.
Sheridan se puso en pie y se acercó con cautela a la mujer.
Aiyana…
La tomó por el hombro y le dio la vuelta. Ella le apartó la mano bruscamente y le dirigió una mirada indignada; ya había logrado controlar el llanto.
¡Y yo le di mis flores de plata y sonido al gilipollas de Ekaitz! ¡Estarás orgulloso!
¿De qué habláis?
Ella hizo un gesto de indiferencia.
Ekaitz apostó su espada de fuego y…
Sheridan ya conocía aquella historia.
¡¿Tú también apostaste?! ¿En serio? —Bufó.— Vaya —sonrió, irónico—, te parecerá bonito.
Aiyana se encogió de hombros.
Y, según mi dulce maestra, ¿cómo voy a morir?
Por mi mano, si no me das una explicación YA.
¿Y perder la apuesta contra Ekaitz por segunda vez?
¿Quién dice que fuera a perderla? —preguntó con un tono malévolo, fulminándole con la mirada.
¿Qué…?
Sheridan, explicaciones. Ahora.
Yo… —La excusa que tenía pensada, le parecía ahora totalmente absurda—. Verás, necesitaba… espacio… Quería mejorar mis habilidades y necesitaba espacio y libertad para hacerlo, solo estaba investigando, experimentando, es muy difícil desarrollar el propio potencial si tienes siempre a la Hermandad encima atosigándote, llenándote de trabajo y controlándote —lo dijo todo muy deprisa, temiendo que Aiyana lo interrumpiera y luego ya no fuera capaz de retomar su pobre excusa—. Ya sé que fue estúpido pero es que realmente… Realmente… Yo…
A mí no me vengas con gilipolleces, Sher’. Puedes contarles el cuento que quieras a los Capullos Superiores y al Sumo Imbécil, aunque más vale que sea un cuento mejor narrado que este… Pero a mí no te atrevas a mentirme, Sheridan Serpi. ¿Quieres que crea que desertaste para tomarte unas vacaciones? No seas ridículo —espetó—. Te conozco demasiado bien. Quiero saber la verdad, Sher’.
Lo siento, Aiyana —bajó la mirada—, no puedo contártela.
Entonces, ¿a qué cojones has venido? —Preguntó mirándolo intensamente.
Sheridan le sostuvo la mirada sin decir nada, deseando que su expresión no resultara demasiado lastimera ni demasiado apremiante.
No puede ser. ¡Has venido para que interceda por ti! —Rió amargamente.— Quieres que incline la balanza a tu favor. Quieres que evite tu ejecución… —Compuso una sonrisa irónica.— Has venido a suplicar por tu vida —susurró con el placer perverso de quien acaba de destapar un secreto obsceno—. Nuestro orgulloso Sheridan Serpi suplicando por su vida… ¿Quién lo iba a imaginar?
Aiyana, no puedo morir ahora, tengo…
Ah, no, no, no. —Caminó hacia una mullida butaca y se sentó en ella como si fuera un trono.— Ya que has venido a suplicar, suplica.
Sheridan vaciló, no estaba seguro de si la mujer hablaba en serio o no. Decidió aceptar la burla y seguirle el juego; proporcionarle un poco de diversión era lo mínimo que podía hacer en compensación por haberle mentido y a cambio de lo que iba a pedirle. Se arrodilló frente a ella, cabizbajo.
Dulce Aiyana, necesito que salvéis mi vida.
Suena a exigencia —dijo negando con la cabeza.
Mi dulce Maestra, os lo suplico, interceded por mí. Solo vos, mi señora, podéis…
Muy falso —cortó ella.
Mi dulce Aiyana —la miró a los ojos— necesito que me ayudéis. Por favor. —Se acercó a ella sin levantarse y enterró la cabeza en las rodillas de ella.— Por favor. Aiyana, no puedo morir aún. —Levantó la cabeza y la miró a los ojos.— Necesito tiempo, hay algo… Hay una tarea que debo completar antes de morir. Tenéis que ayudarme. Aiyana, no puedo morir hasta que termine —su voz se convirtió paulatinamente en un sollozo estrangulado—, necesito vivir hasta que… —Aiyana le puso un dedo sobre los labios.
No tengo tanta influencia como para que mi opinión se tenga en cuenta, pero sí la suficiente para que mi voz sea escuchada. En todo caso, al Sumo le encantaría recuperarte, digan lo que digan los capullos de los Superiores; pocas veces la Hermandad da con un Artífice tan jodidamente poderoso y eficaz como tú. Si demuestras que sigues siendo suyo, es posible que el Sumo te acepte de nuevo. La mayoría de los Superiores intentarán disuadirlo, y no creo que ninguno hable en tu favor. Pero estoy segura de que tienes la simpatía del Sumo. Está deseando recuperarte. Solo necesita un empujoncito…
¿Se lo daréis?
Solo dime la verdad, Sheridan. Es lo único que te pido.
Me pedís lo único que no os puedo dar.
Que no quieres darme.
Sí, de acuerdo. No quiero. Contaros la verdad no estaría bien. Para nadie.
Aiyana lo fulminó con la mirada.
Hablaré personalmente con el Sumo. Por suerte para ti, me tiene en cierta estima, y valora mi criterio. Pero si decide escuchar a los Superiores, no podré hacer nada. —Estaba claramente molesta.— En todo caso, no creas que saldrás impune de esta —espetó—. Prepara tu historia. Prepara todos los convencionalismos, fórmulas y mariconadas varias. Prepara tus súplicas. Prepara tu lengua para lamer culos. Prepárate, Sher’. Prepárate para la que se te viene encima. —Dicho esto, se puso en pie, cogió la capa violeta que yacía hecha un enredo sobre una silla y salió de casa dando un portazo.


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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Amras el Sáb Oct 20, 2012 7:33 pm

Muy buena, me encanta esta historia y Aiyana es la mejor Twisted Evil cada vez me gusta mas.
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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Admin el Sáb Oct 20, 2012 8:09 pm

¡Olé! ¡Ésa es mi querida Aiyana! Qué bien que ha vuelto a salir... Embarassed
Aunque se haya pasado un poco con Sheridan, pero se le puede permitir de todo. Razz


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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Samuel Odem el Sáb Oct 20, 2012 11:45 pm

Vamos eztli!!!!!
Necesito la dosis para calmar la adiccion que has escrito como historia!!!!! 👅

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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Eztli el Vie Oct 26, 2012 2:20 pm

Audiencia

No fue agradable. De hecho, fue horrible. Tampoco fue fácil; habría sido fácil fingir humildad, habría sido fácil fingir arrogancia. Pero fingir que intentaba aparentar humildad y ocultar una arrogancia que no sentía, era muy difícil. Por no hablar de la presión: si fingía demasiada humildad, ellos se darían cuenta de que trataba de engañarles y lo matarían; si se mostraba demasiado arrogante, pensarían que había olvidado cual era su lugar y lo matarían; si se mostraba demasiado sincero en su humildad, si se mostraba tan dócil como se sentía, intuirían que algo le había ocurrido al arrogante Sheridan Serpi y, en el mejor de los casos, lo matarían. En el peor, antes querrían averiguar qué había amansado al desertor. «…y quita esa estúpida cara de cordero degollado, o te preguntarán qué mierda ha pasado para que se te bajen tanto los humos… y ellos no aceptaran un “no os lo puedo contar” por respuesta».
Les contó la mentira que había tratado de contarle a Aiyana: dijo que quería investigar, experimentar. Alegó que el protocolo de la Hermandad coartaba su potencial, que no le dejaba expresarse libremente ni desarrollar plenamente su Poder. Dijo que necesitaba liberarse del yugo de la Hermandad durante un tiempo, pero que ahora que ya había tenido tiempo para él, volvería a trabajar para la Hermandad, si se lo permitían. Si el Sumo se lo permitía. Tal como Aiyana le había aconsejado, mostraba respeto y deferencia hacia los Superiores pero, a menos que le preguntaran, se dirigía únicamente al Sumo. «Eso cabreará a los gilipollas de los Superiores pero al Sumo le encantará, y al final quien importa es él».
Pidió perdón por su arrogancia de rodillas y con la cabeza gacha, pero en un tono que dejaba claro que estaba convencido de haber hecho lo correcto. «Da tu brazo a torcer pero no bajes la cabeza. No, mejor al revés. O no… ¡Joder, macho! ¡No lo sé! Tú sé Sheridan. Pero compórtate.» Desde luego, eso no era de gran ayuda.
Alagó el Poder. Dijo que había explorado aquel maravilloso poder que ellos —puso particular énfasis en ese punto— le habían otorgado. Dejó claro que se había vuelto más poderoso y que estaba deseoso de poner sus mejoradas habilidades a disposición de la Hermandad. Aunque la capucha le ocultaba el rostro, Sheridan casi podía ver la avaricia brillar en los ojos del Sumo.
¿Una muestra de ese poder? No, no podía ser, dijo con un deje de emoción, todos podrían ver su obra cuando estuviese terminada —una descarado farol que ahora tendría que hacer realidad. Aquello no gustó nada a los Superiores; protestaron, amenazaron, pidieron cosas peores que la muerte para Sheridan Serpi. Pero el Sumo estaba intrigado y su reticencia se disipó en cuanto Sheridan aseguró que no se trataba de nada perjudicial para la Hermandad ni contrario a sus principios. Aquello indignó aun más a los Superiores.
¡Mi Sumo señor! ¿Debo recordaros por qué estamos juzgando a este hombre?¿Cómo podéis confiar en la palabra de un mentiroso?
¡En el juramento de un perjuro!
¡Ya nos traicionó una vez y…!
Venerable Sumo, pensad…
Silencio.
Todos enmudecieron.
Explícate, Hermano Artífice Sheridan Serpi —todavía le llamaba «hermano», aquello era una buena señal—. ¿Por qué te fingiste muerto? Si era tiempo lo que necesitabas, pudiste pedírnoslo. Pero en lugar de ello desertaste. Mentiste. Nos engañaste. Huiste. No es así cómo actúan los hombres leales…
«Eso ya no es tan buena señal».
No, no podía haberles pedido tiempo porque le habrían dado un tiempo limitado y le habrían vigilado, alegó. Así que pensó en marcharse, mejorar su habilidad a solas y volver, triunfante, con su obra maestra, que serviría de ofrenda y de disculpa. Pero entonces se supo perseguido y, cansado de huir de los suyos «de mis hermanos y maestros, de aquellos a quienes respeto y a quienes tanto debo —dijo», decidió volver. Sí, admitió, había sido una actitud estúpida e infantil. Sí, era consciente de que suponía traición. No, no se había parado a pensarlo. «Le he recordado que eres un idiota irreflexivo capaz de cualquier gilipollez que se le pase por esa cabeza hueca que tiene. Recuérdaselo tu también». Pero, ¿por qué eligió una muerte tan indigna? Pues porque todo el mundo estaría más dispuesto a aceptar que hubiese hecho algo vergonzoso a que hubiese hecho algo heroico; es más fácil pensar mal, más propio de las personas.
Después de una larga y lastimera pantomima y cierto ajuste de cuentas, por así llamarlo, Sheridan salvó la vida. Decir que «no salió impune» era no decir nada; su cuerpo tardó varias lunas en recuperarse y su orgullo nunca acabó de hacerlo.

En cuanto se hubo repuesto un poco, empezaron a mandarle, en solitario, a una misión tras otra, a cual más absurda, compleja y peligrosa. Años atrás, eso no le habría importado: no se habría fijado en lo absurdo, se habría tomado la dificultad como un reto estimulante, habría disfrutado del peligro y no le habría importado el tiempo; ¿por qué iba a preocuparle el tiempo a un ser fuerte e inmortal como él? Ahora que tenía una importante tarea que completar y tan solo diecisiete años para ello, lo exasperaba tener que perder el tiempo en tareas absurdas y arriesgar su vida en proyectos que no solo no le importaban sino de los que, probablemente, estaría en contra si conociera mejor. Aun así, no tenía opción: completaba las misiones tan deprisa como podía y dedicaba el resto del tiempo a su obra.

La presión, la falta de sueño, el orgullo herido y la nostalgia convirtieron al jovial, amistoso, arrogante y enérgico Sheridan Serpi en un amasijo de malhumor, aspereza, frustración y fatiga.
Pero estaba vivo y eso era lo que importaba: mientras viviera, nada lo detendría. Mientras viviera, encontraría el modo de completar su tarea, de proteger a su pequeña.

Un lugar inexistente

Al cabo de un tiempo, Sheridan volvió a ganarse la confianza del Sumo, y este le concedió algo de espacio. Al cabo de un tiempo, a Aiyana se le pasó el enfado, aunque le seguía doliendo que Sheridan no le confiara la verdad. Al cabo de un tiempo, Nidawi y él retomaron el contacto, paulatinamente, para no levantar sospechas. Al cabo de un tiempo, Sheridan había hecho grandes progresos en su tarea, y cada vez le resultaba más fácil, aunque eso no significaba que estuviera cerca de terminar. Al cabo de un tiempo, pudo alimentar su orgullo con la admiración, el resentimiento y la envidia de sus hermanos, como ocurría antes. Al cabo de un tiempo, Sang Li empezó a dejarse caer por casa de Sheridan para calentarle la cama, y él llegó a creer que aquello sería suficiente para llenar su vacío. Pero se equivocaba: al cabo de un tiempo, la idea de no volver a ver jamás a sus dos amores se le hizo insoportable.

Al principio, había creído que crear un mundo sería algo infinitamente complicado, pero ahora no se lo parecía tanto. Cierto que requería mucha dedicación y entrega y que era agotador, pero a Sheridan nunca le había asustado el trabajo duro. Llegó a creer que lo lograría. Llegó a creer que no tenía posibilidad alguna de acabar a tiempo. Llegó a creer que, si quisiera, podría incluso crear dos mundos antes de que expirara el plazo. Llegó a creer que su tarea estaba condenada al fracaso desde el principio. Llegó a convencerse mil veces de su éxito y de su fracaso. Si no llegó a volverse loco fue solo porque su orgullo y su inquebrantable fuerza de voluntad le obligaban a seguir adelante, a intentarlo con todas sus fuerzas, a superar el reto, a proteger a su pequeña.

Más de una vez, triste, frustrado y nostálgico, había pensado en desertar de nuevo. Claro que descartaba esa idea al instante; ya le habían atrapado una vez, si lo atrapaban de nuevo no lo perdonarían, era demasiado arriesgado. Sin embargo, aunque sabía que era imposible, a menudo se sorprendía fantaseando con la idea de llevarse a sus amores lejos, a algún lugar donde no pudieran encontrarle, donde pudiera ser libre, un lugar donde pudiera enseñar a su pequeña a dominar el maravilloso poder con el que había nacido. «No seas iluso —se repetía— tal lugar no existe. —Y esas palabras retumbaban en su mente como un eco, reticentes a abandonarlo—. No existe…»


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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Eztli el Miér Nov 07, 2012 7:59 pm

Contratiempo

Sheridan había terminado su trabajo, así que ya nada le retenía en Cershaen —ni en el mundo humano— salvo el tiempo sobrante; decidió adentrarse en el bosque y dedicarse plenamente a su obra durante algunas lunas, pues no le esperaban de vuelta aún; las cosas habían ido más rápido de lo que cabía esperar. Pasó unos ciclos trabajando a sus anchas antes de saberse observado. «¡Maldita sea! ¿Me vigilan? Claro, ¿cómo pude ser tan ingenuo de llegar a creer que volvían a confiar en mí? Seguro que, desde que volví, hay algún Docto vigilándome en todo momento. Debieron enterarse de que terminé la misión casi antes de que ocurriera». No podía permitirse que la Hermandad se cuestionara su lealtad, de modo que decidió volver a Faen en cuanto hubiera luna llena.

Se estaba bañando en un lago cuando notó varios pares de ojos clavados en él. «¿Qué demonios…? ¡Deben de ser cinco o diez!». Se puso en tensión; se tratara de quien se tratase, ya no se limitaban a observar, se estaban preparando para atacar. «¿Los habrán enviado a por mi cabeza?». Miró alrededor, la mente funcionándole a toda velocidad, visualizando varias maneras de huir, pelear y matar. «En todo caso, ¿tanta gente para enfrentarse a un solo hombre? Cierto que soy muy fuerte pero… —salió del agua y giró un par de veces sobre los talones, escudriñando entre los árboles, abandonando todo disimulo.— Siete. Juraría que son siete.»
¡Salid de ahí, cobardes! ¡Mostraos de una vez!
Dos hombres aterrizaron en el suelo, a escasos metros de él y cuatro más aparecieron de distintas direcciones. Sheridan echó mano de su daga, que reposaba en el suelo, junto a su ropa, y se puso en tensión, preparado para atacar. En sus ojos parecía desatarse la más violenta de las tempestades. Uno de los hombres que había salido de su izquierda, un tipo calvo de barba gris, soltó una risotada.
Tranquilízate, hadita. No hay necesidad de alterarse.
Bonitos tatuajes — dijo alguien a su espalda. Sheridan se giró y vio a un hombre de cabello blanco y ojos negros acercándose a él con una sonrisa repugnante en los labios.
Me pregunto qué significaran esas runas…
Vosotros… —murmuró Sheridan, más para sí que para el resto—. Los Siete…
Vamos, hadita, no estés tan tensa. Solo queremos hablar contigo.
Somos admiradores tuyos.
Todo ocurrió muy deprisa. Sheridan se vio envuelto de repente en un remolino de golpes, tajos, nombres y magia arcaica. Se defendió bien, pero sus contrincantes eran demasiado poderosos. Entonces, todo se desvaneció sin más.
Lo primero que sintió al despertar fue la mordedura del hierro, aunque no era eso lo que le había sacado de su sueño. El hombre rodeado de sombras se encontraba a su izquierda, a escasos centímetros de él. Frente a él estaba el hombre de ojos negros, mirándole con un placer terrible. Otros cuatro estaban sentados a cierta distancia. Y no podía ver al séptimo. Tres de ellos le miraban fijamente, el otro estaba entretenido observando su daga. «Pero si parece un adolescente…». Sheridan intentó moverse, pero solo consiguió que las cadenas de hierro lo sujetaran con más fuerza al árbol.
Haliax… —gruñó— Así es cómo… te haces —hizo una mueca de dolor— llamar ahora, ¿verdad? ¿Qué de… demonios queréis de mí, des… graciados?
El hombre de los ojos negros rió.
Muestra más respeto, hadita —espetó el hombre calvo sin moverse del sitio—. No estás ante cualquiera.
Solo queremos charlar.
¡Te hemos visto hacer cosas muy interesantes!
Háblanos de ese poder tuyo, fata.
Sheridan se limitó a fulminar con la mirada al hombre que tenía delante. «Espero que las runas sean lo bastante antiguas como para que los Siete tampoco las sepan leer».
Vamos, vamos… ¿Es que no quieres hablar?
El hombre susurró unas palabras y el dolor provocado por el hierro se intensificó. Sheridan cerró los ojos y se retorció, pero no se permitió gritar.
Basta, Ceniza. —El dolor remitió—. Escúchame, muchacho —esta vez se dirigía a Sheridan—, eres sumamente poderoso, pero nada puedes contra nosotros. Lo mejor para ti será concedernos lo que queremos. Más rápido. Menos doloroso. —Apartó a Ceniza y se situó ante Sheridan.— Háblame de ese extraordinario poder que tienes. ¿Son estas runas las que te lo confieren? —Acarició las palabras que tenía tatuadas en el pecho con una mano enguantada.
«¡Maldición! ¡¿Qué hago ahora?! ¡Van a matarme!».
¿Guardas silencio? Una actitud noble. Pero, ¿cuánto tiempo podrás mantenerte firme en tu nobleza?
Un latigazo de dolor le golpeó el pecho, cortándole la respiración. Entonces el dolor empezó a extendérsele por todo el cuerpo, intensificándose por momentos. «No puedo contarles nada. Pero si no hablo me matarán, y no puedo morir aún. —Rió para sus adentros, y emitió algo parecido a una carcajada en voz alta—. También me matarán si hablo». El interrogatorio continuó, como un ciclo interminable: las palabras serenas y peligrosas de Haliax, el silencio terco de Sheridan, las burlas de los demás Chandrian, los breves gritos estridentes del fata.
Sheridan intentaba pensar, trataba de dar con un modo de salvar la vida, pero sentía la cabeza cada vez más embotada. El dolor le nublaba los sentidos y ralentizaba su mente, como si tratara de pensar a través de una masa de lodo. «No puedo morir. Tengo que acabar… Eztli… Proteger a mi hija… No puedo morir, no puedo…». No se le ocurría nada. No había nada que pudiera hacer para vencer a los Chandrian, nada que pudiera ofrecerles a cambio de su vida. «Tal vez si hablo y me ofrezco como guía en su dominio del Poder…». Pero eso era absurdo. No podía intentar eso. Ni siquiera por su pequeña; si lo hacía, todo el mundo estaría condenado, incluida ella. «Aunque, tal vez… No, no puedo hacerlo. No puedo ser cómplice de algo así, no puedo ofrecerles más poder a los Siete». Se planteó mentirles, pero un mero amago le bastó para comprender que sería completamente inútil.
¡Bah! No vamos a sacar nada en limpio de esta estúpida hadita…
Las voces le llegaban lejanas, irreales. Ya no veía nada. La voz serena de Haliax dijo algo, pero no lo entendió bien. Solo supo que se había cansado de interrogarle; era el fin. Sintió una mezcla de alivio y desaliento. «Lo siento, Eztli: te he fallado. Casi lo consigo, pero te he fallado… Perdóname, pequeña». Apenas advirtió sus propias lágrimas. De pronto, el dolor cesó, y Sheridan solo tuvo tiempo para un último y desesperado pensamiento: «¡Anpauen! Espero no haber dicho eso último en voz alta…»
Y Sheridan Serpi dejó de ser.


Epílogo: Ojos que no ven

Claridad

Kian Dak-Ho peinaba su larga melena frente a un espejo. No podía verse, por supuesto, pero sabía que los espejos eran, en cierto modo, siniestros. De hecho, el espejo era una de las cosas que temían los fata. Kian Dak-Ho, sin embargo, disfrutaba de su naturaleza macabra. Lo único que lamentaba era no poder contemplar su propia imagen. Llegó a creer que la vería, que el Artífice lograría darle lo que su naturaleza le había negado. Pero se había engañado a sí mismo; Kian Dak-Ho era el mayor conocedor y, cuando selló el pacto con Sheridan Serpi, sabía que éste estaba desesperado, y no se puede confiar en la decisión de un hombre desesperado. Kian Dak-Ho fue consciente, en todo momento, de que el Artífice no tenía clara su decisión, de que no estaba seguro de lo que hacía, de que podía cambiar de opinión en cualquier momento, de que podía incluso fracasar. Siempre supo que la posibilidad de que Sheridan cumpliera su parte del trato era remota: jugaban demasiados factores en contra. Y, cuando pasado cierto tiempo, Sheridan no fue a pedirle un prórroga, comprendió que jamás tendría su mundo: ni siquiera un Artífice como él podría completar tamaña tarea en tan poco tiempo, era obvio que ya no tenía intención de cumplir su parte. «Lástima — había pensado entonces— , habría sido divertido tener mi propio mundo… ¡Pero esto promete ser más divertido aún!». De repente, notó una presencia en Claridad. Sonrió ampliamente.
Vaya, vaya —dijo en voz alta—. Parece que, últimamente, la cosa va de desertores. —Rió con suavidad.— ¡Qué divertido! Chaen, chaen, chaen dian —canturreó mientras se trenzaba apresuradamente el pelo— los desertores vendrán… Chaen, chaen, chaen dian… para pedirle algo a Kian… Kian, Kian, Kian Dak-Ho… —rió como un histérico y corrió al encuentro de su invitado sin dejar de canturrear— Chaen, chaen, chaen dian… ¡Los desertores vendrán! A-a-a-mo-ueeeeeeeen


Ocaso

Aiyana estaba recostada sobre la mesa, usando el brazo izquierdo de almohada. Con la mano derecha acariciaba distraídamente sus flores de plata y sonido mientras tarareaba suavemente a su son; se las había exigido de vuelta a Ekaitz cuando Sheridan regresó. «Morir sobrepasado por su propio poder… ¡Ja! Sabía que mi mejor pupilo no moriría así. Sher’ no morirá, pero si lo hace, estoy segura de que será contra un enemigo poderoso —contra varios enemigos poderosos, de hecho— defendiendo una de sus ideas maravillosas y descabelladas…» Alguien llamó a la puerta. Ella no se movió.
Adelante.
Hola, Aiyana. —Nidawi cerró la puerta suavemente tras de sí y fue a sentarse frente a la mujer.— ¿Para qué me necesitabas?
¿Dónde mierda se ha metido ese capullo esta vez?
¿Qué? ¿Sher’? No lo sé.
Nid, me cago en la puta. —Se puso en pie—. Sé que le ayudaste la primera vez, no, no te esfuerces en negarlo, no soy gilipollas, sé que lo planeasteis juntos. Y te juro que no me entra en la cabeza; creía que tú tenías dos dedos de frente, Nid. ¡Me cago en la hostia! Tratar de engañar a la Hermandad una vez fue jodidamente estúpido. ¡Pero hacerlo una segunda vez la mayor gilipollez que…! ¡Joder, Nid, es un puto suicidio!
Aiyana, no…
Mira, Nid, los Superiores están que se suben por las paredes, y el sumo ya empieza a ponerse nervioso. Será mejor que traigamos a ese gilipollas de vuelta antes de que lo hagan ellos. —Le dedicó una mirada acusadora—. Podía esperarme esto del idiota de Sher’, pero ¿tú, Nid?
Ai, aquella vez lo planeamos juntos, pero esta vez no tengo nada que ver con su desaparición. Si Sher’ tenía algo en mente, a mí no me dijo nada. Lo juro.
Y, ¿por qué coño lo ayudaste la primera vez?—Gritó, exasperada.— Quiero decir, tú eres el sensato, tú eras quien evitaba que Sher’ fuera por la vida causando estragos. ¿Por qué mierda le ayudaste en lugar de detenerle? ¿Por qué cojones lo has hecho de nuevo?
¿Me estás escuchando, Ai? Te digo que esta vez no había plan. Al menos que yo sepa.
Aiyana rodeó la mesa y agarró bruscamente a Nidawi por la pechera de la camisa, levantándolo unos centímetros de la silla.
¡Ve a por él! Si no me quieres contar nada, no lo hagas, joder. Pero ve a por ese capullo y tráelo de vuelta. Ya ha hecho el ganso durante suficiente tiempo.¡Demasiado tiempo! ¡Me cago en la puta, Nid! ¿Es que no ves que lo van a matar? ¿Cómo se le ocurre? ¿Y tú cómo mierda le dejas? ¿Cómo mierda le dejaste? —Lo soltó de golpe y echó a andar a zanjadas por la estancia.
Aiyana, te juro que no sé donde está. Tenía un buen motivo para marcharse, entonces. Y ahora tiene un buen motivo para quedarse. Y aunque siempre ha sido irreflexivo y temerario, bueno… ahora tiene más cuidado con su vida.
Un buen motivo. Ya. ¿Cuál?
No me corresponde a mí decírtelo.
Ya. Oye, ¿y esa pupila tuya?
¿A qué viene eso ahora?
Aiyana se detuvo y sonrió con malicia.
Se parece a Sher’.
¡Qué va!
Su glamoría es la hostia, y cada vez lo hace mejor. Muy astuto por tu parte, hacerla glamorarse cada vez que sale. Pero no estoy ciega, Nid. Ninguno de nosotros lo está. La muchacha es idéntica a Sher’.
¿Qué dices? ¡Para nada! ¿Tú crees? Bueno, ahora que lo dices…
Nid, no jodas.
¡Solo es una joven a la que he estado enseñando algo de magia fata! No tenía a nadie que pudiera…
¿Qué?
No tenía a nadie.
Dime que no ha ido por todo Faen preguntando por su puñetero padre.
Eh... —La mirada de Nidawi no podía ser más delatora.— ¿Qué? ¿De qué hablas?
Nid, joder, ¡deja de tratarme de gilipollas si no quieres que te reviente esa cara de imbécil! ¡Es su hija! ¿Por eso se fue? ¿Para estar con su hija?
—repuso él, resignado—. Para protegerla.
De la Hermandad.
Exacto.
Absurdo. Y, ¿por qué se ha ido ahora?
¡Por toda la sal que hay en el mar! NO-LO-SÉ.
¿Ha completado ya su tarea misteriosa?
¿Qué?
Aiyana lo miró fijamente unos segundos y supo que, esta vez, su sorpresa era sincera.
Cuando volvió el mamonazo este, me dijo que tenía una tarea que completar. Parecía algo importantísimo y repitió varias veces que no podía permitirse morir antes de terminar. Hasta lloró. ¿Qué coño tenía que hacer?
No tengo ni la menor idea… —Se pasó una mano por el pelo, pensativo—. No. Nunca mencionó nada por el estilo.
¡Puta mierda! A ver, ilumíname: ¿por qué cojones no está el muy capullo aquí con su puta hija?
¿Cuántas putas veces tengo que decirte que no lo sé, Ai?
Jodeeeeeeer… Y, ¿no sabes dónde puede estar? —Levantó las manos en gesto apaciguador al ver la mirada del hombre—. Vale, vale.
Se quedaron un largo minuto en silencio, cada uno sumido en sus reflexiones.
¿Estás enseñando a la chica a usar el Poder?
¡No!
No pasa nada, Nid. A mí no me parece mal, aunque es un puto suicidio…
Ni siquiera tiene Poder.
Aiyana le dirigió una mirada de curiosidad.
Es poderosa, una digna hija de su padre. Ya entendía de nominación cuando llegó aquí y entendió enseguida la glamoría y la grammaría. Pero no tiene el Poder. No es que no sepa usarlo; sencillamente, no lo tiene.
Pero…
Sí, es extraño.
Es raro de cojones. ¿No te comentó Sher’ nada al respecto?
No. Nunca me habló de su hija. De hecho, desde que volvió, nunca me habló de nada… —añadió con tristeza, más para sí mismo que para Aiyana.
¿Sabes que han empezado a hacer preguntas, Nid? No soy la única que se ha dado cuenta de que esa jodida medio humana se parece un cojón a nuestro promiscuo Sheridan Serpi, al follamujercitas… Será mejor que se largue, o al final se la cargarán. Debiste echarla enseguida.
Lo sé, pero… no me pareció justo. Sher’ tuvo que irse cuando ella era tan pequeña… Y ya que no ha podido encontrar a su padre, al menos…
Nid, tiene que irse —declaró con firmeza—. O morirá. Y las gilipolleces que haya hecho o esté haciendo Sher’ para protegerla habrán sido en vano.
Lo sé…Haré que se vaya. Y enviaré un fuego fatuo a recorrer el mundo. —Aiyana le dirigió una mirada inquisitiva—. Oh, es un sistema de comunicación que inventamos Sher’ y yo. Solo él sabría que se trata de un mensaje, cualquier otro lo tomaría por un simple fuego fatuo.
De puta madre. Dile que vuelva cagando leches. Que su hija ha estado aquí preguntando por él y que la ha visto gente que no debería haberla visto. Dile que esté preparado para mentir y para cualquier otra cosa. Dile que es un mamonazo de mierda y que le voy a sacar las entrañas por capullo.
¿A qué viene eso último? —Sonrió ampliamente—. No le veo la relación.
Tú te callas, cabrón, que también eres culpable. ¡¿Cómo habéis podido tenerme en la inopia todos estos años?!


Reinos Pequeños

Aruma había salido, como tantas otras noches, a contemplar las estrellas. Pero, aquella noche, otro espectáculo captó su atención; un fuego fatuo. Estaba en pie, siguiéndolo con la mirada, contemplando cómo se alejaba en dirección al Eld, cuando Yuuto se le acercó por detrás y la abrazó.
—¿Qué miras tan embelesada, cariño?
Aruma se estremeció; ya había vivido aquella escena antes. «Desde luego, esto no puede ser un buen presagio». Se deshizo bruscamente del abrazo de Yuuto, casi en un acto reflejo, y se alejó unos pasos de él, tratando de ahuyentar el torrente de pensamientos que la había asaltado.
¿Cariño?
Aruma se giró hacia su marido y le dedicó un intento de sonrisa cálida, que resultó en poco menos que una mueca de dolor. Yuuto la miró con infinita tristeza y le acarició el rostro.
¿Lo echas de menos, verdad? —Aruma lo fulminó con la mirada.— Al padre de tu hija —continuó él—. Lo echas de menos.
Ese… desgraciado me abandonó. Nos abandonó a Eztli y a mí —declaró con firmeza—. Se marchó sin dignarse a dar explicaciones, ni a despedirse. Sin dignarse siquiera a anunciar su marcha. —Su mirada se endureció—. No necesito para nada a ese miserable en mi vida ni en mis pensamientos. ¿Sabes? Me alegro de que borrara su rastro antes de irse —escupió, furiosa—, así no me queda nada que me haga pensar en él. —Su mirada se enterneció al tiempo que llevaba las manos al rostro de Yuuto—. Además, ¿por qué iba a ocupar mis pensamientos con otro hombre cuando te tengo a ti?
Fue a besarle en los labios, pero él la detuvo con delicadeza.
Pero lo echas de menos… —repitió con una sonrisa apenada—. Todavía le amas —no había reproche en su voz, tan solo resignación y pesar—. Nunca has dejado de hacerlo.
Yuuto, ¡te amo a ti! —«Lo he intentado».— ¡Por eso me casé contigo! —«Lo hice porque yo estaba muy sola y tú me trataste muy bien».
Shhh… —Le dio un beso en la frente.— Cariño mío… No tienes que… —Volvió a besarle la frente.— Qué frío hace, ¿verdad? Prepararé algo de chocolate, ¿te apetece? —Se dirigió hacia la puerta.
Yo… —«Mi dulce Yuuto…».
Yuuto se detuvo.
Yo… —repitió—. Es solo que… Echo de menos a mi pequeña —dijo con la voz estrangulada—. No dejo de preguntarme dónde estará, si estará bien, si estará a salvo.
Yuuto volvió a su lado, la abrazó y le secó las lágrimas con delicadeza.
Eztli es una muchacha fuerte e independiente, igual que su madre. Esté donde esté, estoy seguro de que estará bien.
Aruma asintió con la cabeza y se obligó a sonreír.
Te quiero, Yuuto.
Se puso de puntillas para besar al hombre, que, esta vez, aceptó el beso y se lo devolvió con ternura.


El Eld

Eztli acababa de volver de Faen y se sentía aletargada, como en medio de un sueño. Llegó a temer que los recuerdos de su estancia allí se desvanecieran como se habían desvanecido los recuerdos de su primera visita a la tierra de su padre. Pero eso no ocurrió.
La experiencia le había dejado un sabor agridulce. Más agrio que dulce. Volvía con ciertos conocimientos sobre magia fata y un montón de respuestas ambiguas a las muchas preguntas sobre su padre, y tan solo una idea muy vaga de por qué pudo haberse ido, de qué motivo pudo tener para abandonarlas a ella y a su madre. Volvía ahíta de hostilidad; el pueblo fata se le había antojado todavía más hostil que la raza humana; cada vez que salía, atraía todas las miradas; miradas de curiosidad, de desprecio, de desconcierto, de desaprobación, de incredulidad. «Los humanos temen a la medio fata y los fata desprecian a la medio humana». Incluso Nidawi, tan amable y entusiasta al principio, había acabado por mostrarse distante, frío, arisco.
Ni siquiera se planteó volver a los Reinos Pequeños. Necesitaba empezar de cero, lejos de casa, donde no supieran que su madre se había quedado embarazada de un «demonio», lejos de la hostilidad. Puso rumbo a Tinuë, pues siempre había sentido curiosidad. Empezó a ganarse la vida como pudo, haciendo cualquier trabajo para el que estuviera capacitada en los pueblos en que paraba. Pero en pequeño pueblo víntico, conoció a una mercenaria apodada la Furia que le ofreció una buena cantidad por sus servicios como traductora, de modo que Eztli se desvió de su camino para acompañarla a Ceald. De ella, aprendió muchísimo. Y entre el aprendizaje y el trabajo, tenía suficiente para distraer su mente de sus inquietudes. Al final logró apartar a Faen, a Sheridan y a su sangre fata de sus pensamientos. Casi.

Un lugar que no existe

A Sheridan nunca le había gustado la idea de arrebatarle el poder a su hija. La desesperación le había llevado al extremo de hacer un pacto con el peligroso Kian Dak-Ho por tal de sellarlo, para proteger a su pequeña de la Hermandad. Sabía que era la única manera, sabía que había hecho lo correcto. Sin embargo, nunca dejó de sentirse culpable.

Se le ocurrió mientras daba forma al mundo de Kian Dak-Ho. La manera de que su hija pudiera conservar y desarrollar el Poder. Decidió crear un mundo para sí, para su hija. Un mundo en el que viviría con Aruma y con Eztli, donde sería libre. Empezó a crear el mundo soñado. Soñó con el día en que enseñaría a su hija a crear, soñó que volvía a besar a Aruma, que tenía más hijos con ella. También Aiyana y Nidawi tenían un lugar en su sueño, y Adahy, Darel, Erandi, Fuyu, Awan… Su mundo soñado era un lugar en el que todos los Artífices como él podrían ser libres, un mundo en que no tuvieran que estar atados a la Hermandad, donde pudieran crear sin tener que servir para ello a la causa de nadie, sin tener que someterse a los deseos de otros.
Para que su hija recuperara el Poder, solo debía incumplir su parte del trato con Kian Dak-Ho; si no le entregaba su mundo en veinte años humanos, el sello de Eztli se rompería. Sin embargo, Sheridan sabía que no era buena idea molestar a Kian Dak-Ho, de modo que continuó trabajando en su mundo, decidido a entregárselo al cabo de veinte años y un día. Así, pensó, el sello de su hija se rompería pero no podría decirse que él incumplió su parte del trato. Kian Dak-Ho no podría acusarle de no haberle pagado por su servicio, y no podría, por tanto, enfadarse con él.

Lo cierto es que Sheridan fue un iluso al creer que podría manipular a Kian Dak-Ho, que podría dar la vuelta a las cosas a su antojo. Fue un iluso y un arrogante al creer que podría completar una tarea de tamaño calibre en tan poco tiempo. Sheridan Serpi siempre fue un soñador empedernido, defensor incondicional de ideas descabelladas y maravillosas. La palabra «imposible» carecía de valor para él. Para ser justos, hay que decir que pudo haberlo conseguido; de no ser por aquel azaroso contratiempo, quizá habría acabado por lograr lo que se proponía. Aunque, tal vez, eso tampoco habría traído nada bueno; Sheridan había entrado, sin proponérselo, en una desdeichada espiral: cuanto más avanzaba, más se adentraba, más se acercaba a la ruina. Pero nunca fue consciente de ello. Nunca vio —o no quiso ver— el desastre que había hecho.



El mundo en el que se desarrolla esta historia es propiedad de Patrick Rothfuss pero la historia y los personajes son míos (a excepción de los Chandrian). No permito que copien, editen o se apropien de este relato.
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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Admin el Miér Nov 07, 2012 8:54 pm

Eztli, me pregunto cómo me he podido olvidar de comentar.
Como no he averiguado la respuesta, te suplico que me perdones por no haber recordado tu relato y espero que no me lo tengas en cuenta. Porque como siempre, es genial. ( cheers Y sale Aiyana cheers )
La trama se está complicando y se acelera hacia el final, pero me encanta como va, me encantan los personajes, excepto Aruma (¡mira que no interpretar el maldito mensaje!) pero son todos geniales, también me cae mal Yuuto. No puede ser tan perfecto y bondadoso.
Conti, conti, conti, conti, conti... ¡¡¡YAA!!!!


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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Eztli el Miér Nov 07, 2012 9:11 pm

Jajajaja ¡No tienes que pedirme perdón, hombre! Y menos suplicarme... xD
Aiyana te tiene enamoraico, ¿eh? Razz Me extraña que te hayas olvidado de meterte con Kian jajaja

Me alegro de que te guste Very Happy Pero creo que tendré que pedirte perdón yo a ti... La verdad es que no tenía intención de continuar, al menos de momento. Ahora que se sabe por qué desapareció Sheridan y qué estuvo haciendo, la idea era que lo demás fuera saliendo en el rol. Aunque tampoco descarto retomar la historia desde otro personaje o desde otro momento, pero es solo una posibilidad.
Jo, me sabe mal... :S
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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por ANGIE =) el Vie Dic 07, 2012 8:22 pm

PRECIOSO!!

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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Admin el Vie Dic 07, 2012 8:27 pm

Hola, Angie, sería muy recomendable que te presentaras y por si acaso te recomiendi que te leas las normas, si no lo has hecho ya.
Aunque tu mensaje sea corto, ten en cuenta que las mayúsculas pueden resultar molestas, aunque por suerte, no en este texto tan corto.


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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Celean99 el Lun Dic 10, 2012 10:30 pm

Hola Smile
Voy un poco retrasada en tu lectura, pero es genial!!, Escribes de maravilla, me das envidia jajajaja

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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Penthe el Mar Dic 11, 2012 5:57 pm

Te felicito muy buena tu historia!!
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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Eztli el Mar Dic 11, 2012 6:47 pm

Gracias, chicas ^^
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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Samuel Odem el Miér Dic 12, 2012 2:05 am

Te superas como siempre Etzil.
Te sigo!!!

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Re: Memorias de un hombre desvanecido

Mensaje por Arliden el Miér Ago 21, 2013 9:40 am

Me he leído esta historia en unos cuantos días y es maravillosa, de verdad. Te felicito por esta obra de arte, es mejor que muchísimas otras historias que he leído o escuchado y es que soy un Ruh... ojalá continúes algún día y de nuevo, ¡muchas felicidades! chinchin 
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Re: Memorias de un hombre desvanecido

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